Narrando Plagg:

El mal tiempo pasó, pero la situación empezaba a ser de locos en la mansión Avilés. Había mucha gente viviendo allí y los problemas de convivencia empezaban a notarse. Isabel estaba mucho tiempo con su hija, y además parecía estar débil, tenía nauseas y malestar, y a pesar de ello no quería que ningún médico fuese a verla. La abuela de Alfonso evitaba ver a la mujer a toda costa, la odiaba por ser marquesa, aunque no se molestó en conocerla para nada, pero estoy seguro de que si la hubiese conocido mejor le caería peor. Y en cuanto a los chicos, estos tuvieron que mantenerse separados y no hacer tonterías, que ya bastante se la habían jugado a pesar de nuestras advertencias.

Por otro lado La Flamenca no daba señales, de nuevo se esperaba que estuviese tramando algo, es más, los chicos salían del cortijo de vez en cuando y no se volvieron a topar ni con ella ni con Luparia, la cosa estaba calmada y eso los héroes de Sevilla lo agradecían, aunque también les daba miedo por lo que las villanas pudieran tramar.
Isabel, a pesar de estar sintiéndose mal, decidió volver al trabajo tras unos días de descanso por el temporal y por lo que le había pasado, y eso daba más libertad a todas las personas de la casa, aunque era bastante raro que no volviese a tener noticias de Andrés, su marido. La única persona que no se sentía cohibida en su propio hogar era Juan Alberto, este se llevaba bien con la mujer, aunque ella era a veces igual de cortante con él que con todos los demás en la casa, sin contar a Carla que era su hija y la quería mucho.

Alfonso dejó de oír a su padre tener relaciones con alguien, la Flamenca había desaparecido por completo, ni siquiera iba a visitar a su amante, aunque eso estaba por cambiar, pues volvería a hacerle una visita más adelante.

En cuanto a nuestros protagonistas: ellos no volvieron a darse mimitos mientras la madre de Carla estuviera dentro de la casa. No tuvieron ocasión de tener relaciones tampoco, ni siquiera por la noche, ya que a Isabel le gustaba merodear por los pasillos de las habitaciones, y todos sabían que era a propósito para vigilarlos, así que Alfonso estaba bastante ansioso, era un adolescente que recientemente había conocido el sexo, así que estaba desbocado. Mari en cambio no parecía necesitar nada de eso, solo se limitaba a hacer su trabajo y ya, no se quería meter en líos.

Llegó el día en el que Isabel volvería al sanatorio mental a trabajar, Carla se ofreció a ir con ella con la excusa de que probablemente se sentiría mejor con ella cerca, y de paso superar su miedo a aquel sitio, aunque realmente a la muchacha rubia no le apetecía nada ir, pero debía hacerlo por ayudar a Alfonso, ya que sin su ayuda no podrían entrar de incógnito. Isabel aceptó y una mañana se la llevó al trabajo sin problemas, la chica a escondidas se llevó una libreta pequeña para apuntar algunas cosas y que no se le olvidaran, intentaría anotar todo lo posible para ayudar a Alfonso a encontrar respuestas.

Mientras ellas dos estaban fuera, Juan Alberto aprovechaba para ver junto a algunos trabajadores los desperfectos que pudiera tener su viñedo, afortunadamente no había más que unas pocas ramas rotas y racimos de uvas tirados por el suelo, pero no era algo muy grave. Natalia se había quedado en la casa, seguía estando bastante pegada a Alfonso y este no sabía por qué, pero trataba de hacer que hiciera algo en verano, no solo montar a caballo, le pedía que aprendiera algún idioma o que hiciera algo de provecho, pero este estaba cansado y quería tomarse unas vacaciones como bien era aquella época para todos los estudiantes.
Estos dos se encontraban en el salón sentados en los sofás mientras la asistenta leía un papel con unas cuantas opciones.

—A ver, debes escoger algo que hacer en verano, decídete.—Decía seriamente Natalia.—A parte de la hípica debes hacer algo más para que no te tires todo el día sin hacer nada de provecho.

—Natalia, me libré del toreo porque casi me matan,—Contestó cansado de todo aquello el chico.—no quiero meterme a otra cosa y menos en vacaciones... ¿Es obligatorio que deba hacer algo?

—Sí, tu padre ha sido muy claro con esto, obviamente no vamos a hacer que te metas en algo de lo que salgas mal parado, tienes: inglés, portugués, francés, también puedes hacer alfarería como tu abuela, incluso podrías intentar ser parte de la guardia civil.

—¿Y en eso no se supone que puedo salir mal parado?

—Sí, cierto, pues ignóralo, lee la lista y elige al menos una cosa más en la que dedicar tiempo.—La mujer de cabello negro se levantó del sofá, dispuesta a irse a otra parte.

—¡Espera!—Alfonso se levantó rápido tras ella, y esta se detuvo para mirarle.—¿Puedo hacer pintura? Eso es algo que hacía hace años y ya no, pensé que quizá ahora padre me dejaría ser pintor.

—Pues eso puede estar bien, se lo preguntaré a él y ya te diremos algo, ahora debo irme a hacer cosas, hasta luego.—Ella sin más se marchó por la puerta principal del cortijo para ir con Juan Alberto.

El chico suspiró mirando la hoja, ponían cosas tan absurdas como: hacer de ganchero*, de limpiador de zapatos, recadero, o cazador, esas cosas no eran para él, además, era rico, ¿por qué debía limpiarle los zapatos a gente aleatoria por la calle? La caza todavía tenía un pase, incluso la pesca no le parecía mal como hobby, pero era demasiado joven como para tener que trabajar de algo, no tenía que mantenerse solo ni era pobre, era como pasatiempos y le parecía algo estúpido. En cambio pintar era la actividad perfecta para él, le gustaba y le servía para entretenerse.

Al no saber si le dejarían o no, se quedó confuso, podría tener mucha suerte o no, y en ese momento lo que más se le apetecía era ver a María del Carmen, y como no había nadie en el cortijo podría aprovechar para verla, así que la buscó por el ala del servicio, mas no la encontró. Tuvo que buscar por toda la casa, y al final dio con ella en la habitación de Carla, terminando de hacer la cama.

—Buenos días, Mari.—Saludó el de ojos azules, mientras veía como ella se giraba.

—Oh, hola Alfonso, Carla se ha ido, por si estabas buscándola.—Contestó la morena.

—Ya lo sé, pero he venido a verte a ti, de hecho eso es mucho más normal que el que esté buscándola a ella.

—En ese caso, ¿quieres algo?

—Solo vine a verte, todos están fuera del cortijo y quería aprovechar, últimamente no hemos podido vernos mucho.

—Lo sé, pero es lo que hay, ya acabará todo esto cuando pueda volver a mi casa, o al menos eso espero.

Alfonso se acercó a Mari y la rodeó con sus brazos, deseaba abrazarla y sentirla cerca, estar escondiendo su amor siempre era algo duro. Ella también le abrazó brevemente y luego se apartó de él y le acarició la cara.

—Bueno, podía ser peor, tú piensa que al menos aquí estás segura y mi padre es justo con el pago, además yo te tengo muy cerca...—Él se acercó y la besó, aunque como buen pervertido que era, seguía pensando que quería acabar lo empezado el otro día, y al estar en esa habitación podían encerrarse. El beso siguió, incluso con lengua, cosa que añadió Alfonso, por supuesto, y prosiguió poniendo su mano en toda la nalga de Mari Carmen. Ella al notar sus intenciones le separó un poco bruscamente y le miró molesta.

—¿Q-qué haces...?—Preguntó sorprendida.—Ahora mismo no podemos dar este espectáculo, por no hablar de que la puerta está totalmente abierta.

—Lo sé,—El rubio se sonrojó, rascándose la nuca con vergüenza.—pero... es que tengo ganas de estar contigo... como la otra vez en la clase de arte.

—Lo siento, pero no puedo, estoy trabajando, puede venir Natalia y regañarme por no cumplir con mis quehaceres, por no decir que si nos pilla estoy fuera.

—Pero podemos echar el pestillo de la puerta, además aquí Carla tiene todo el paquete de preservativos y no creo que le importe que usemos su cama.—Él agarró suavemente a Mari de la cintura con ambas manos y la acercó a él, poniéndose a besarle el cuello.

—¡A-Alfonso! Te lo digo en serio, ahora mismo no es buen momento...—Nuevamente ella se zafó de él.

—¿Por qué? La otra vez fue mucho más arriesgado porque había más gente en casa, y mi padre estaba relativamente cerca, ahora todos están fuera salvo mi abuela que está sorda como una tapia y las doncellas que no dirían nada.

—Parece buen momento, pero de verdad, no puedo, mis partes están sangrando...—Confesó avergonzada. Eso era cierto, Mari tenía la regla, aunque poco se sabía de ello en esa época y la gente pensaba que las mujeres se ponían muy enfermas, aunque, literalmente es cierto, pero no porque sea una enfermedad.

—¡¿Qué?! ¿Tanto daño te hice el otro día? No lo pareció...

—¡No es por eso, burro!—Ella le dio la espalda y se cruzó de brazos, cada vez más enfadada ante la persistencia de Alfonso.—Me ocurre cada cierto tiempo, pero tranquilo, se me pasará, nos pasa a todas las chicas, pregúntale a Carla, el otro día me lo dijo cuando encontré unos trapos llenos de sangre aquí en su habitación.

—Qué asco... ¡P-pero si a ti no te importa a mi tampoco, luego nos limpiamos y ya esta!—Desesperado, el chico volvió a agarrarla por la espalda y le agarró los pechos desde atrás.—¡Te deseo demasiado y quiero hacerte el amor otra vez!

—¡Alfonso, no me hagas golpearte!—Exclamó ya de los nervios la pobre muchacha, quien empezó a asustarse un poco al ver que Alfonso hacía fuerza, pensó que él era mucho más gentil y no la obligaría a hacer nada que no quisiera, pero en ese momento estaba excitado, se había vuelto un salido, y luego se quejaba de mi...

Pero esa conducta le iba a salir muy cara, porque cometió el error de no cerrar la puerta, y Juan Alberto, quien llegó rato antes, se había quedado viendo absolutamente todo junto a Natalia, que estaba atónita, los chicos no se dieron cuenta, y el rubio, cuando trató de llevar a Mari a la cama, vio a su padre y a la asistenta mirarles, él con una cara de cabreo monumental, eso hizo que Alfonso soltara a la otra, horrorizado. Ella solo se alejó y miró con miedo la situación, se había quedado todo tenso, en silencio, hasta que...

—Alfonso, ¿qué te crees que estás haciendo?—Interrogó con un tono severo Juan Alberto, tratando de no gritarle a su hijo.

—Padre... Yo...—El chico no sabía ni qué decir, puesto a que le pillaron rotundamente y no podía excusarse.

—No hace falta que digas nada, lo he visto y oído todo, y vaya, mis sospechas y las de Isabel eran ciertas.

—¡Lo siento, padre, pero yo la amo y quiero estar con ella! ¡No puedo seguir fingiendo!.

—¡¿Y qué esperas que le diga yo a Carla y a su madre acerca de esto?! ¡Ellas y Andrés esperan que sigamos con el maldito trato!

—¡Carla no! ¡Ella de hecho nos ha estado encubriendo porque tampoco le gusto yo, estaba fingiendo!

—Me da igual, un trato es un trato y no podemos romperlo.—Juan Alberto miró a María del Carmen con un gesto de culpabilidad.—María del Carmen, perdóname, pero estás despedida...

—¡¿Qué?! ¡No puede despedirla! ¡Ella no ha tenido la culpa, he sido yo el que ha venido a molestarla!

—Es una tentación para ti y mientras esté en esta casa te distraerás de tus obligaciones y a ella de las suyas, de modo que sintiéndolo mucho se tiene que ir.

—Señor Avilés... Por favor, sea piadoso conmigo, necesito dinero para mandárselo a mis padres.—Decía con un triste tono la muchacha, quien por dentro se derrumbaba pero quería mantener la compostura al estar frente a algunas personas.

—No te preocupes, te daré un finiquito bastante grande y recomendaré tus servicios a algunos contactos míos que te puedan contratar, sé bien que no es culpa tuya, es de mi hijo, pero no hay más que hacer, no puedo decir que no a todo esto estando tan avanzada la cosa, y menos como están los marqueses ahora mismo.

—¿Entonces usted cree que puedo elegir?—Alfonso intentaba conseguir alguna buena noticia aunque fuera, tenía un poco de esperanza en su padre esperando que hubiese cambiado en más cosas.

—En otras circunstancias hubiese dejado que te quedaras con la muchacha que te gusta, pero de ti depende que en el futuro seas esposo de una marquesa, porque el título de Andrés pasará a Carla, y eso para nuestra familia es lo mejor ahora, por no hablar de que si Isabel se separa de su marido, ella se quedará sin nada y eso la llevaría a la ruina.

—Muy bien, en ese caso yo voy a seguir estando con Mari Carmen, Carla también se negará al matrimonio y entonces las cosas os explotarán en la cara, no podéis obligarnos a casarnos entre nosotros.—El chico rubio ahora estaba muy enfadado, pero estaba dispuesto a hacer frente a todo el mundo ya. Se puso junto a Mari y la rodeó con su brazo, pero esta, se apartó y le miró con recelo.

—¿Sabes? Esto ya no es problema mío, ¡hemos terminado!—Exclamó esta, intentando no llorar, aunque cada vez era más difícil.

—¡¿Por qué?!

—¡¿Que por qué?! ¡Porque casi me violas! ¡Y me han despedido por tu culpa a sabiendas de que podía pasar! ¡Eres un inconsciente!—Finalmente se puso a llorar y se tapó la cara con las manos. Natalia actuó rápido y se metió en la habitación sacando un pañuelo de su bolsillo y dándoselo a la joven, mientras le rodeaba los hombros con el brazo.

—Tranquila, mejor vamos a tu habitación,—Habló con voz tranquilizadora la asistenta de las gafas.—mandaré a que te ayuden a recoger tus cosas si quieres.

Mari asintió y las dos abandonaron el cuarto sin decir nada más. Alfonso se quedó destrozado, se dio cuenta de lo mal que hizo las cosas, no podía creer que casi forzara a la chica de la que tan enamorado estaba. Su padre le miraba con decepción y negó, acercándose a él y poniéndole la mano en el hombro.

—Lo siento, hijo, pero es la mejor opción y además te lo tienes merecido por lo que le has hecho a esa chica. Tal vez en el futuro Carla y tú os gustéis más y esto se solucione, ahora tu mente está nublada por la adolescencia.

—Eso no va a pasar, padre, ahora quiero estar solo... me voy a mi cuarto.—Este caminó evitando a su padre y salió de la habitación de su amiga para entrar en la suya. Juan Alberto también se sintió bastante mal, hablaría con Isabel, pero no sabía cómo decirle algo así, tenía miedo de la influencia de Andrés si él le fallaba en el trato.

Ese día no podía ir peor, aunque Alfonso por lo menos tenía una cosa menos de la que preocuparse, ya que Carla al regresar le facilitaría la información que necesitaban sobre el manicomio de su madre, y podría ir a investigar con el maestro llevando a cabo su plan. Anímicamente el chico no estaba bien, había perdido a su novia, pero es algo típico en adolescentes, el amor o lo que creen que es amor de verdad se desvanece como si nada por cualquier cosa.

Las cosas cambiaron radicalmente. María del Carmen tendría que marcharse cuando tuviera las cosas preparadas, Juan Alberto habló con ella y le dijo que podía quedarse lo que quisiera, sin embargo la joven ya no se sentía cómoda ahí y decidió irse cuanto antes con el finiquito que le habían dado de setenta mil pesetas tras firmar el despido. Hizo sus maletas rápidamente y se cambió de ropa para irse después de comer, y al menos esperaría a que Carla llegara para despedirse de ella.
Alfonso ni siquiera quiso comer, no había salido de su cuarto para nada. Carla y su madre habían llegado un poco antes de comer, se habían puesto cómodas y directamente se sentaron a la mesa ya que Juan Alberto estaba allí también.
Nosotros estábamos con nuestros portadores, yo trataba de consolar a Alfonso, pero este estaba bien tozudo y no quería saber nada de nada y no sabía si quería seguir con el plan del manicomio.

Él estaba echado en su cama, llorando a mares, nunca le vi tan afectado por algo, bueno, aquella vez que habló con Carla sobre lo de su situación y que echaba de menos a su madre, sin embargo ahora creo que estaba incluso peor, al no haber nadie delante, solo yo, no se cortó un pelo en llorar sobre su pañuelo de seda a moco tendido.

—Chico, se me rompe el corazoncito al verte así de triste, ¿puedo hacer algo para ayudarte?—Le pregunté apenado.

—No, ya te he dicho que no puedes hacer nada, Plagg...—Me dijo con la voz temblorosa mientras se secaba las lágrimas.—¡Esta vez he sido yo el que ha sido un completo imbécil!

—Menos mal que lo reconoces... ¿En qué estabas pensando, picha brava? Le has costado el empleo a tu novia, bueno, ex-novia.

—¡Deja de restregarme las cosas, no estoy de humor!

—Precisamente por querer restregar las cosas estáis así, debes dejar que se enfríe el asunto y pedirle perdón cuando puedas.

—¡No me quiere ver y dudo que me dejen acercarme a ella nunca más! ¿Por qué no te vas a la despensa y te inflas a queso? Es lo único que sabes hacer...—El muchacho se volvió a echar de cara en su almohada, estaba realmente afectado, yo solo di un gruñido y decidí irme de allí, supuse en ese momento que lo que necesitaba era estar solo, y con tanto estrés ni siquiera un ser místico y poderoso como yo puede pensar con claridad. Le hice caso y me fui a la despensa para buscar algo de queso, que desde luego era mucho más agradable que ese crío en aquel momento.

Mientras tanto, en la habitación de María del Carmen, ella estaba sentada en su cama pensando, bueno, ya no sería más su cama, pero ahí estaba, pensando en todo lo que pasó, tampoco podía olvidarlo, estaba entre enfadada y triste, seguía sin digerir la situación, a Alfonso se le fue la cabeza, fue despedida por su culpa y habían roto, todo en un instante, además también pasó mucha vergüenza puesto a que Juan Alberto y Natalia escucharon parte de la conversación y supieron que ya mantuvieron relaciones. En parte fue un alivio para la chica recibir una generosa cantidad de dinero y además el padre de Alfonso le había prometido que le recomendaría a gente de su estatus, por lo que al menos ella tenía claro que no acabaría en un mal sitio, o al menos eso deseaba. Tikki también estaba con la muchacha, y estaba afectada por los acontecimientos, tampoco le gustaba ver así a su humana, y esta no era borde con ella como lo era Alfonso a veces conmigo...

—¿Qué opinas de todo esto, Tikki?—Le preguntaba la morena a su kwami.—Por lo que sé tienes como millones de años, supongo que tendrás algún consejo...

—Sí, opino que la convivencia es algo mala a veces, sobre todo si es antes de tiempo, por eso creo que debes alejarte de Alfonso hasta que se suavicen las cosas, aunque, tal y como están, dudo que Juan Alberto le deje volver a verte.

—Pues mejor, porque yo no quiero verle a él... Ha hecho exactamente lo mismo que Gato Negro, es más que obvio que es él... No sé cómo me pude enamorar de semejante estúpido y cretino adicto al sexo...

—Cálmate, puede que te estés precipitando, aún no tienes claro que sean la misma persona, y Gato estaba borracho, Alfonso estaba más que cuerdo en ese momento y se le fue de las manos porque no teníais mucho tiempo para hacer algo, puede que el hecho de que la gente esté encima de él en todo momento le agobie y quisiera estar contigo cuando nadie estaba.

—Ha sido muy inconsciente... él lo sabía... pero lo mejor es que por un tiempo nos alejemos, ha pasado todo muy deprisa.

—Exacto Mari, solo no le des muchas vueltas, sé que es duro, pero a veces dejar que el tiempo cure las heridas es la mejor opción, seguro que él se arrepiente de eso que hizo.

Ella asintió y se puso a leer para distraerse mientras que se hacía la hora de comer para los criados. Alfonso siguió ahí lloriqueando en su cuarto, y los demás se habían puesto a comer en el comedor principal, excepto la abuela y Natalia que técnicamente era del servicio. Juan Alberto debía comentar todo lo ocurrido a Isabel y a Carla mientras comían, puesto que acababan de llegar y no se habían enterado de nada, pero él se encontraba algo nervioso y no sabía cómo sacar el tema.

—¿Dónde está Alfonso? ¿Por qué no ha venido a comer?—Preguntaba con seriedad la mujer rubia, sentada recta frente a la mesa mirando al otro adulto.

—Está encerrado en su habitación, no quiere salir porque... bueno, ha ocurrido algo bastante grave que te va a sentar muy mal...—Juan Alberto contestó un poco preocupado por la reacción de Isabel, a lo que esta al oír aquello arqueó la ceja mirándole, esperando a que siguiera hablando.—Verás, resulta que Natalia y yo hemos sorprendido a Alfonso agarrándole los pechos a la doncella de Carla con intención de... acostarse con ella.

—¡¿Qué?!—Gritó repentinamente Isabel, apretando los puños contra la mesa mientras se levantaba toscamente de la silla, adoptando un gesto bastante lleno de ira.—¡¿No decías que tu hijo estaba tratando de estar más cerca de Carla?! ¡Te lo dije!

—¡Sí, y eso es lo que parecía, pero resulta que ella les estaba encubriendo!—El hombre moreno señaló a la adolescente rubia y esta miraba lo que ocurría con un pesado bloqueo mental que le impedía procesar la información que le llegaba, no era capaz de decir nada.

—¿Eso es cierto, hija?—Cuestionaba con un tono irritado la madre de la chica, y esta bufó al final.—Oh, claro, por eso querías venir conmigo al asilo, ¡para que esos dos se lo montaran mientras tanto!

—¡Isabel por Dios!

—R-realmente no, quería acompañarte por todo lo que está ocurriendo con padre...—Contestó preocupada Carla, por fin, aunque con algo de miedo.—Pero algunas otras veces sí les he encubierto, ellos se aman, yo no amo a Alfonso ni él a mi, somos buenos amigos pero ya está, y yo estoy feliz viendo que él lo es con Mari... ¿No podéis hacer el trato de otra manera?

—¡Claro que no! ¡Dos familias se unen por el matrimonio entre dos de sus integrantes! Y ya no tenemos más herederos, a no ser que te quieras casar con el hijo mayor del señor Avilés que tiene como treinta años.

—¡No me quiero casar con nadie, madre! ¿No podemos dejar eso aparcado hasta que arregléis las cosas entre padre y usted?

—Lo de él y yo está ya muy roto, cariño, no sé cómo acabará la cosa porque no me puedo divorciar de él, solo podemos separarnos, si hacemos el trato con la familia Avilés al menos las ganancias estarán repartidas entre tu padre y yo y podré tener algo con lo que vivir, si el trato no se hace y me separo de tu padre, él se negara a darme parte del dinero que gane con el marquesado, ¿lo entiendes? No tenemos otra opción.

Carla se quedó pensando algo triste, ella sabía que no era obligada por placer y que en esta ocasión ya era más necesidad de su madre. Pero aún había un rayo de esperanza y algo le pasó por la cabeza a la chica:

—Madre... si padre y usted vuelven a estar juntos, ¿promete disolver el acuerdo? Esto me destrozaría la vida y a Alfonso también porque estaremos unidos por siempre y jamás podremos casarnos con quien realmente nos guste, supongo que sabe como se siente eso, si padre y usted no vuelven a estar juntos yo prometo que convenceré a Alfonso y nos casaremos por su bien...

Isabel, conmocionada miraba a su hija, y tras un rato de silencio, suspiró y asintió.

—Está bien, si vuelvo con tu padre juro que el trato de unión de las familias se disolverá.—Dijo finalmente Isabel, y luego miró a Juan Alberto, quien se había quedado estupefacto.—Lo siento, pero no me he dado cuenta del daño que le hacía a mi pobre hija, yo pensaba que ella amaba a Alfonso.

—Es muy poco considerado por tu parte hacer esto ahora cuando mi hijo ha estado mal con el trato desde el principio y aun así yo le he fallado por cumplir mi parte.—Comentó enfadado el hombre, mirando mal a Isabel.

—No he dicho que lo esté anulando, Juan Alberto, he dicho que si por algún casual vuelvo con mi marido y no me quedo en la maldita calle como una pordiosera el trato se romperá, pero es una posibilidad muy remota, así que relájese, todos estamos hasta el cuello de problemas, no solamente su hijo, ahora hay que mantener la calma y esperar a ver qué pasa.

—Muy bien, pero no voy a ser paciente, a mi también me importa la felicidad de mi hijo aunque antes no lo pareciera, y no tendría ningún problema en anular el trato, ¿sabe por qué? Porque a mi no me hace falta más dinero ni títulos ni ninguna de esas porquerías, ¡prefiero que mi hijo sea feliz!

Todo quedó en silencio otra vez, Isabel miraba a Juan Alberto de manera seria, Carla por su lado estaba quieta y sin decir nada de nada, limitándose a comer la paella que tenía en su plato.

—¿Vamos a tener la comida en paz? No quiero hablar de negocios después de haber estado trabajando entre gente loca, necesito descansar la cabeza.—Isabel perdió el interés en la conversación y se tocó las sienes con los dedos, masajeándolas levemente.

—Uf, está bien, dejemos el dichoso tema ya, no quiero que te conviertas en mi enemiga, tenemos que tener en cuenta que son adolescentes, cuanto más les prohibamos algo más lo querrán hacer.

—Tienes razón, quizá no hemos hecho las cosas del todo bien... En fin, ¿qué ha pasado al final con esos dos?

—He tenido que despedir a la chica, eso era lo que quería decir, era una tentación para Alfonso y él se ha quedado destrozado.

—¡¿Ha despedido a Mari?!—Interrumpió Carla, poniéndose mal de nuevo.—¡Ella es mi amiga y mi doncella! ¿Quién estará conmigo ahora?

—No te preocupes, pondré anuncios por toda Sevilla buscando una nueva empleada para ti, además podrás ver a Mari cuando quieras, pero fuera de este cortijo y sin Alfonso presente.

—Está bien... pero ellos no se merecen que les prohíban verse...

—Ella ha ''roto'' con mi hijo, él hizo algo indecente y un Avilés no puede ir haciendo esas cosas, ni siquiera a una doncella que se supone que es su pareja.

—Pero... ya antes habían mantenido... relaciones, bueno, el hecho en sí es motivo del despido si les ha pillado, pero, ¿por qué han roto?

—Trató de abusar de ella, oí cómo le propuso mantener relaciones y ella se negaba pero Alfonso insistía e incluso la agarró, no puedo permitir que siga haciendo eso, y mucho menos en mi casa, no sé quien le ha dado esa educación, pero desde luego yo no, y ya se acabó este tema, prefiero que lo hables tú con él después, a ver si puedes conseguir que baje a comer.

Carla solo asintió muy apenada pensando en todo eso, necesitaba explicaciones, de modo que después hablaría con Alfonso. Comieron de una vez, ya que con la discusión se olvidaron e iban a dejar enfriar su paella.
Tras la comida comieron un poco de tarta de queso, aunque Carla prefirió llevársela a Mari Carmen, puesto a que se sentía mal por ella también.

La rubia caminó hasta el ala del servicio y fue hasta la habitación de Mari, tocando a la puerta. La morena, dentro, miró con extrañeza, y al ver que nadie entraba decidió ir hasta allí y abrirla por sí misma. Vio a Carla y la dejó pasar, cerrando la puerta de vuelta.

—Hola, me he enterado de que te han despedido...—Habló primero la joven de ojos marrones, dándole el plato con la tarta a su amiga.—Te he traído esto por si tienes hambre, yo no me lo voy a comer, tengo que mantener mi figura. ¿Cómo te encuentras?

—Gracias, no me apetecía nada ir a comer con los criados... y, estoy desolada,—Contestó Mari Carmen, mirando el postre que le dio y lo agarró.—solo espero encontrar pronto un nuevo trabajo, dentro de lo que cabe Juan Alberto ha sido bueno conmigo y me ha dado mucho dinero y recomendará mis servicios como doncella a sus contactos, pero Alfonso me ha tratado mal, y aunque sé que no nos hubieran dejado estar juntos tras pillarnos yo le he dejado igualmente delante de su padre.

—No sé qué decir acerca de todo esto, pero solo puedo desearte suerte y decir que estaré para lo que necesites, me dejan visitarte si no está Alfonso conmigo, aunque he de advertirte que la cosa está muy tensa con el trato entre familias, Juan Alberto y mi madre casi se pelean.

—Siento oír eso, pero lo de vuestro trato no tiene que ver conmigo, yo poco puedo hacer, y por culpa de jugar a esta tontería me han despedido de un buen trabajo cuando mis padres más lo necesitan, no quiero ver a Alfonso ni tener nada que ver con lo que esté pasando en esta casa, solo deseo irme y volver a mi vida de antes si me es posible.

—Lo entiendo, estos días todo está yendo muy extraño, pero Alfonsín es buen chico, ahora iré a hablar con él, todavía no he podido porque su padre dice que se encerró en su cuarto, él me dará su versión. No lo cortes todo de raíz, si de verdad te ha dolido lo que hizo es porque le quieres de verdad, dudo que quisiera hacerte daño.

—Carla, desde hace días me he estado engañando a mi misma, desde lo del cementerio, cuando Alfonso me dijo que me quería y que yo también le quería a él, hice un esfuerzo por pensar que era así, pero no... más bien siento alivio ahora, no terminaba de sentirme a gusto con él, tal vez algún día se enfríe la cosa y podamos ser amigos, pero solo eso, ya que todo está en nuestra contra y jamás volveremos a ser nada.

—Pero... si hacíais muy buena pareja, ¿cómo has podido fingir así?

—A ver, estaba fingiendo pero no, no sé cómo explicártelo, pero a mi quien me gustaba era Gato Negro, luego, no sé cuando, llegué a la conclusión de que eran la misma persona, y ahora estoy muy confusa, ¿tú que opinas?

Carla se quedó de piedra, en silencio y pensando, no debía decirle lo que sabía aunque eso pudiera arreglar la relación de esos dos idiotas, debía convencerla de que no lo era.

—¿Pero qué chorradas dices? Anda, cómete la tarta que el hambre te hace desvariar, obviamente no son el mismo, Gato Negro es mucho más liante que Alfonso, él está empanado y no hace las cosas bien, ¿cómo has llegado a esa conclusión?

—He llegado a esa conclusión de muchas maneras...—Mari se volvió a sentar en la cama y comenzó a comerse la tarta compulsivamente, poniéndose nerviosa.

—¡Tranquila! Vas a atragantarte, no pienses más en todo esto, solo vuelve a tu casa y olvídate de chicos idiotas, ahora solo importas tú, yo ya me encargaré de hablar con él, cuando estés lista para irte avísame y te acompañaré para que no te vayas sola, ¿eh?

Mari tragó la tarta que tenía en la boca y asintió mirando a Carla.

—Bien, luego cuando acabe te avisaré, pero no le digas nada de esto a Alfonso, ni lo de las sospechas ni lo de que en realidad no me siento cómoda con él, no quiero destrozarle a pesar de estar enfadada con él.

—De acuerdo, nos vemos luego, que aproveche.—La rubia acarició la cara de la morena y le dio un beso en la mejilla, tras eso se despidieron y esta salió de la habitación.

María del Carmen siguió comiéndose su tarta mientras que Carla subía hacia la habitación de Alfonso, al llegar golpeó furiosamente la puerta, adoptando un gesto de enfado. Realmente se le notaba cabreada con el rubio por lo que hizo, quería una explicación.

—¡Eh, pedazo de cenutrio! ¡Abre la maldita puerta y dime qué te pasa en la cabeza, desgraciao!—Gritaba ella, dándole igual que alguien más les pudiera oír.

Se oyeron pasos apresurados dentro de la habitación y luego el cerrojo de dentro abrirse, acto seguido, el adolescente, con una cara de pena increíble y los ojos hinchados de llorar, abrió la puerta y miró a Carla molesto.

—¡Deja de chillar, histérica!—Exclamó Alfonso, agarrando de la muñeca a la muchacha, tirándola hacia dentro de la habitación y cerrando la puerta tras ellos.—¿A caso quieres que toda la casa se entere de lo que ha pasado?

—¡¿Ahora te preocupas por eso?! ¡Ya lo sabe todo el mundo!—Carla le agarró del traje y le miró fijamente.—¡¿Cómo has podido hacerle eso a Mari Carmen?!

—¡Carla, para!—Alfonso se apartó de ella cada vez más alterado.—¡Escúchame! ¡Estaba harto de esconderme! ¡Es cierto que no debí intentar obligarla y ya me siento muy mal por ello, pero pensaba que lo evitaba por miedo a ser descubierta, no porque no quisiera!

—¡Me da exactamente igual! ¡Eso no se hace, ahora tardarán bastante en encontrarme otra asistenta exuberante a la que observarle el trasero mientras trabaja y me vista, me peine y me bañe! ¡¿Es que no piensas en los demás?!

—Ah, ¿así que solo te importa eso?

—No voy a decir que sea algo que me no preocupe, porque como amiga puedo ver a Mari cuando me de la gana y tu padre ha solucionado lo que tú has provocado, pero yo no voy a poder tener otra doncella hasta a saber cuando.

—Mira, no vamos a llegar a ningún lado así, de modo que déjame en paz, o mejor, cambiemos de tema de una puñetera vez y dime todo lo que sepas del manicomio de tu madre, tenemos una misión entre manos y no quiero pensar en todo esto, voy a aparcarlo de una vez y centrarme en lo otro.

—Uf, está bien, es mejor olvidar que has sido un capullo, así que ya se relajará todo el asunto si os dais tiempo.—Carla se sentó en uno de los sillones individuales que tenía el chico por ahí en su cuarto y este, refunfuñando por el insulto que ella le dijo, también se sentó en otro.—En cuanto a lo del manicomio... pues tengo varias cosas que decirte a cerca de él, he estado especialmente atenta a los sitios que mi madre me ha enseñado, pero hay zonas a las que no me han dejado entrar porque según mi madre: ''hay cosas que no debería ver'', y la mayoría del tiempo hemos estado repartiendo medicinas entre los enfermos en el gran salón.

—Entonces, ¿no hay nada que puedas decir para ayudarnos a Fu y a mi a entrar?

—Sí, de hecho hay varias cosas que os pueden ser bastante útiles, primero: le pregunté a mi madre si los internos se solían escapar, para ver si me decía cuántas entradas tenía el manicomio, y ella me dijo que en todas las entradas había enfermeros vigilando, también por los jardines por si alguien saltaba las vallas limítrofes, pero que siempre se suele escapar alguien. Me enseñó que se podía entrar al edificio por cinco sitios: la puerta principal, que es por donde entraría Fu, una puerta para entrar la comida a la cocina, que se usa muy poco cuando van a reponer los alimentos, una enorme a un lado que da a los jardines, la de la del comedor que lleva a otro jardín y la última, que está más oculta, lleva a la morgue, que está en otro edificio cercano más pequeño y está estrictamente cerrada desde fuera, solo se puede entrar desde los quirófanos, y ese camino de un edificio al otro está estrictamente vallado y no se ve nada, por si los enfermos ven a uno de los suyos en una camilla ir hacia allí. Segundo: He conocido a una de las internas menos agresivas, y esta me ha dicho cosas sobre ella, espero que no sean mentira, pero nos basta con su apariencia física para que el señor Fu diga que la conoce y que va a verla, tengo apuntado todo en mi libreta, y tercero: He visto algunos sitios bastante sospechosos que merece la pena ser investigados por la primera planta, la segunda solo son habitaciones de enfermeros y visitantes y unos almacenes o nosequé. Por el día parece haber una actividad normal dentro de lo que cabe, lo raro podría estar por la noche que no hay visitantes y dan los tratamientos y los castigos más severos, así que tendría que ir otra vez hoy y quedarte hasta por la noche escondido. ¿Te sirve todo esto?

—¡Sí, es perfecto, Carla! Muchas gracias, iremos hoy, el maestro Fu vendrá después a saber esto, así que le diremos que él vaya primero y entre a ver a la mujer que dices que está internada allí, yo iré después y me colaré por alguna de las entradas, y tú estarás dentro con tu madre para vigilar, guiarnos y distraer a los de dentro.

—Espera espera, ¿piensas meterme a mi en todo eso? Me puedo meter en un lío si nos pillan, ¿no puedes contar con Catarina?

—Ya dije que no, por favor, Carla, eres la única que puede entrar sin provocar sospechas.

—Bueno, lo intentaré, pero no sé si mi madre me dejaría ir de nuevo...

—Tú inténtalo, igualmente vamos a seguir con el plan como podamos, intenta que te deje ir con ella, en cuanto llegue Fu se lo diremos.

Carla asintió y luego se fue de allí para ver si Mari estaba lista. Esta ya lo estaba, y mientras Juan Alberto volvía a su despacho, Isabel leía en el salón, y Alfonso iba a comer por fin, la chica rubia y María del Carmen se marcharon con Natalia del cortijo en un carruaje hacia la casa de la chica. Ni siquiera quiso despedirse de Alfonso, quien estaba comiendo solo en el comedor y pudo verlas pasar de largo con las maletas.

Entre tanto jaleo yo estaba rodeado de quesos en la despensa, me había comido tanto que estaba sediento, algunas botellas de vino que había por ahí me llamaban y me decían: ''Tómame, Plagg, que estoy muy buena'', me tentaban tanto que acabé bebiéndome toda una botella de vino yo solo, y eso... oh, eso no fue nada pero que nada bueno... Empecé a ver cosas raras, como una especie de bicho rosado enfrente mío, flotaba y me miraba, sus ojos eran negros y parecía enfadado. Por un momento pensé que era Tikki, que me iba a regañar por beber, pero yo ni aun estando borracho iba a ver a Tikki de otro color, con los ojos negros y con una cola larga... entonces, al espabilar y mirar para fijarme más, él ya no estaba, desapareció, tal vez estaba viendo alucinaciones por todo aquello que me había metido en mi minúsculo cuerpo, sin embargo me había dado algo de miedo, así que para compensar busqué otra botella de vino, total, ese día suponía que Alfonso no saldría para nada y no me necesitaría, mal pensado...

A eso de las cinco de la tarde llegó Fu con su caballo y entró en la casa buscando a Alfonso, él ni siquiera me buscó a mi ni nada, así que fui a lo mío sin más. Por lo que sé ellos estuvieron repasando su plan, que consistía en hacer que el Maestro entrara al orfanato con la intención de visitar a una enferma que Carla conoció. Alfonso entraría por el jardín, según la rubia la gente estaba poco ahí cuando anochecía, pero debía tener mucho cuidado de que no le vieran. Yo, que por ese momento no sabía que esa misma tarde íbamos a actuar, me puse borracho perdido, seguía en la despensa, y una de esas veces alguien entró ahí, vi la luz entrar y me escondí torpemente tras una pata de jamón serrano que había allí. Puse la oreja para escuchar, y me enteré de algo jugosillo:

—Natalia está más seria que de costumbre, ahora no pasa ni lo más mínimo.—Dijo alguien que parecía ser una sirvienta.

—Es cierto, ni siquiera el señor Avilés es tan duro con nosotros,—Respondió otra mujer a la primera.—seguro que es por la marquesa de Burgos, esa señora es muy irritante, y no hace más que pedirle cosas a Natalia cuando ni siquiera le corresponde a ella hacer ciertas tareas.

—Bueno, mientras no nos toque a nosotras hacer trabajo extra me da igual, anda, coge tú el bote de tomate, que está en el estante de arriba y eres más alta que yo.

—Que vaga eres...—Oí cómo alguien se acercaba a donde yo estaba y cogía algo de la parte superior de la despensa. Por lo que oí la asistenta de los Avilés también había cambiado su actitud, y dentro de lo que cabe es cierto, atender a Isabel todo el santo día puede ser agotador.—Por cierto, ¿qué hacen estas botellas de vino vacías aquí?

—Ni idea, pero será mejor sacarlas o don Avilés nos llamará la atención, luego interrogamos a los demás, seguro que alguien aprovechó para beber a escondidas, no tienen morro ni ná...

—No no, déjalas ahí que se lleve la bronca otro...

Las sirvientas tras coger lo que necesitaban se marcharon de ahí y yo me quedé pensando en lo que acababa de pasar. Y tras un buen rato la despensa se volvió a abrir, yo seguía escondido por ahí.

—¿Plagg? ¿Estás aquí?—Preguntó Alfonso en voz baja, reconocí su voz, así que salí frente a él y asentí, tratando de no parecer borracho ni nada, pero me tambaleaba mientras flotaba y eso me delató, además que el chico no era tonto y vio las botellas de vino vacías.—¡¿Has estado bebiendo?!

—M-me dijiste que viniera a la despensa, ¡yo te obedecí!... ¡Hip!—Contesté como pude.

—Maldita sea... justo ahora no... ¡Tenemos que ir luego al manicomio! Isabel y Carla están a punto de irse y Fu debe entrar primero mientras nosotros nos colamos...

—P-perdóname niño, ¡soy un kwami débil!

—Anda, métete en mi bolsillo, ya pensaré algo... Dios, que desastre...—Se le notaba preocupado, así que no dije nada más y me metí en su bolsillo interior.

Él salió de la despensa y nos marchamos de allí para irnos con el Maestro, quien estaría esperándonos con el caballo. Cabalgaron hacia la ciudad para dar una vuelta, Carla e Isabel se habían ido en el carruaje hacia el asilo mental, por suerte la rubia había sido afortunada y su madre le permitió acompañarla, así que Alfonso y Fu tendrían que hacer tiempo hasta que ellas dos llegaran, de modo que fuimos a la casa del Maestro, Alfonso nunca había estado allí, era una casa bastante oriental con incienso y un montón de cosas raras chinas.
Intentaron darme café para que se me pasase la borrachera, sin embargo no me gusta el café y fui incapaz de bebérmelo, más estando borracho, y me echaron una bronca increíble ya que debíamos actuar ya. El maestro se puso un traje normal y no su típica ropa tradicional para pasar desapercibido y Alfonso solamente esperó sin dirigirme la palabra, evitando transformarse antes de tiempo para que no le hiciera efecto el alcohol y la cosa se torciese, sin embargo ya no se podía evitar más y tuvo que transformarse porque no podía ir con su caballo hacia Las Cinco Llagas o alguien lo reconocería. Fu solamente cogió su caballo y cabalgó hacia el psiquiátrico, el otro, transformado en Gato Negro, pudo llegar hasta allí sobrio y colarse sin ser visto en el jardín. Debía tener cuidado porque estaba lleno de gente paseando, haciendo actividades, y las enfermeras y enfermeros procurando que nada raro pasase entre los internos, ya que era habitual que hubiera problemas entre los más locos. Eran las seis y media de la tarde y aún no anochecía, no pudieron esperar a que fuera de noche por el horario de visitas.

No había rastro de Isabel por ahí fuera, pero Alfonso pudo localizar a Carla esperando en una silla, ella misma le sugirió que entrara por el jardín para que pudiera distraer a los vigilantes, y él le hizo caso. Al verse ambos, la rubia se dirigió a una joven paciente y le dijo que le hiciera algo malo para armar escándalo y luego le haría un favor, esta aceptó y empezó a tirarle del vestido y a llamarla ''guarra'', ''burguesa de mierda'', cosas así de bonitas, todo pactado. No toda la gente de allí estaba loca del todo, algunos incluso mejoraron pero les obligaron a permanecer allí, así que al no poder hacer nada confiaban en Carla para poder salir de allí cuanto antes.
Al ver que la interna comenzaba a agredir a Carla, y esta gritaba por ayuda de manera teatral, los enfermeros que custodiaban la puerta doble del jardín corrieron a socorrer a la adolescente y alejar a la otra de ella, uno de los hombres agarró a la mujer aquella y le puso los brazos tras la espalda para evitar que se moviera. Esta fingía un ataque de locura y gritaba rabiosa muchas obscenidades, oponiendo resistencia e intentando agarrar a Carla sin éxito. Al final tuvieron que agarrarla entre dos para llevarla a aislamiento mientras Carla era atendida por otro de ellos. Pidió que la acompañaran con su madre a tomar una infusión para relajarse, y un enfermero le hizo caso y se la llevó hacia dentro del edificio, como no quedaba nadie más cerca, Gato Negro corrió hacia la puerta y entró cautelosamente, mirando hacia todos lados.
Sabía que le verían tarde o temprano, aunque fueran los internos, pero para eso se destransformaría para no llamar más la atención siempre que pudiera, además para no emborracharse por mi culpa, y como empezaba a sentirse mareado, optó por volver a su forma original escondiéndose en un cuarto de baño. Salió como si nada y entonces fue por el pasillo por el que se fue Carla y empezó a investigar por allí.

El Maestro Fu, mientras tanto, había entrado buscando a Celia Salamanca, quien era la mujer de la que le informó Carla. Le dejaron pasar sin muchas preguntas, simplemente le llevaron hasta el salón principal donde estaban casi todos los internos que no querían o no podían salir al jardín. El hombre chino buscó con la mirada a alguna mujer que coincidiera con la descripción de la chica: una mujer de unos treinta y tantos años, de cabello pelirrojo oscuro y liso. Al ser la única pelirroja del lugar, el Maestro Fu la encontró rápido y se dirigió a ella para al menos fingir que la conocía.

—Buenas tardes señorita, ¿es usted Celia Salamanca?—Preguntó amablemente Fu.

—¡Sí! ¿Padre? ¡Ha venido a buscarme!—Exclamó la chica, contenta, abrazándose a Fu.

—No, yo no soy tu padre, soy chino, pero soy un gran amigo de tu padre y ha pedido que venga a verte.

Ella pareció ponerse un poco triste y miró hacia otro lado, no parecía recordar el aspecto concreto de su padre, o si quiera poder distinguir quién era realmente, esa chica no estaba bien del todo, pero les serviría para investigar desde dentro.

—Pensaba que papá vendría a por mi para sacarme de este maldito lugar...—Contestó ella, llevándose las manos a la cabeza y pareciendo bastante afligida.

—Tranquila, seguro que en cuanto mejores alguien te sacará, pero yo te vendré a visitar varias veces, ¿y si me cuentas algo de ti y lo que haces en este sitio? Supongo que estás aquí porque tienes que recuperarte.

—...Claro, voy a contarle todo lo que sé, y espero que pueda creerme, porque solo deseo salir de este lugar y no me dejan, vamos a sentarnos por ahí y hablaré...—La pelirroja se llevó al Maestro a una mesa con dos sillas en aquel gran y oscuro salón, que se mantenía en medio de un inquietante silencio, en el que a veces estallaba un leve llanto, risas desquiciadas e incluso algún grito. Una vez estuvieron sentados bien lejos de los enfermeros y cuidadores, Celia miró fijamente a Fu, no parecía estar enferma mentalmente ni nada, su actitud cambió de un momento a otro.—¿Cómo se llama?

—Wang Fu, pero puedes llamarme solo Fu.—Respondía el Maestro habiéndose fijado en esto.

—Es curioso, pero no recuerdo que mi padre tuviera a ningún amigo chino ni de otra raza básicamente porque era un racista de mierda... Así que ya puede dejar de fingir, ¿tiene que ver con esa niña rubia que me interrogó esta mañana?

—Pues sí, la verdad es que sí, verás, es importante que no digas nada, pero sentimos que hay algo mal en este sitio y alguien está escondiendo algo en él, de modo que quería entrar con la excusa de conocer a alguien para visitarle, y te ha tocado a ti, así que perdónanos por meterte en esto...

—No tiene que pedir perdón, señor Fu, le ayudaré si usted me ayuda a salir, no estoy loca, estoy aquí por un error...

—¿Por qué estás aquí?—El Maestro no estaba seguro de si creerla del todo, pero escucharía lo que tuviera que decir por si le podía asegurar alguna pista por mínima que fuera, ya que estaba ahí dentro debía aprovechar.

—Me metieron en este centro porque una vez hace años me dio un ataque de pánico por unas pesadillas horribles que empecé a tener con un insecto monstruoso gigante, aquello me hacía no poder dormir del miedo que sentía, y acabé atacando a mi madre pensando que era el monstruo que trataba de matarme en mis pesadillas. Me metieron mis padres aquí por la fuerza y justo dos meses después de ingresar en el manicomio se me pasaron las pesadillas, pude descansar y empecé a recuperarme, tal vez fuera la medicación que me daban para el sueño y relajarme, sin embargo jamás me sacaron de aquí incluso viendo que estaba bien... Así que estoy desesperada y debo hacerme la loca a veces para salirme con la mía, ayúdeme y trataré de conseguir la información que haga falta.

—Muy bien, yo te ayudaré Celia, cuéntame lo que sepas sobre el lugar, ¿cuáles son los tratamientos que sigues?

—Pues una vez al día, casi siempre por las mañanas, llega una enfermera con unas pastillas y nos da a cada uno nuestra ración, hay algunos que lo toman con gusto, otros con repulsión, y otros que simplemente rehusan de tomárselas, y son obligados a tragarlas. Como dije antes esas pastillas sirven para dormirnos y relajarnos, pero a mi ya no me hacen efecto tanto, de modo que me las tomo y finjo estar atontada como el resto, no causo problemas, sigo el protocolo y no me hacen las horribles cosas que les hacen a los que se oponen...

—¿Qué cosas horribles les hacen?

—¿Me creerá si lo cuento? Muchas veces lo dije a los visitantes pero un enfermero siempre viene para desmentirlo... y de hecho ya hay algunos mirándonos, van a venir a vigilar que no diga nada, si me hago la loca me dejarán a mi aire y no creerán que soy un peligro.

—Te creeré, Celia, cuenta, y haz lo que haga falta si se acerca alguien...

—Muy bien...

Celia comenzó a hablar con Fu, y mientras tanto Carla estaba en la misma sala intentando mantener ocupados a los enfermeros para que no vigilaran al Maestro o fueran por ahí y pillaran a Alfonso. Ella no pudo ir con su madre porque le dijeron que había ido a ayudar con una operación, así que se quedó allí tomando su infusión y después iría con su amigo rubio.
El chico de ojos azules se fue por su parte, se había adentrado en un pasillo bastante alejado que acababa en una puerta de cristal solitaria por la que nadie entraba. Suponía que estaba cerrada o algo impedía a la gente pasar allí, así que se acercó lentamente y puso su mano en el pomo, haciendo presión para comprobar si la puerta se abría, y para su sorpresa se abrió, dejando ver otro pasillo alargado mucho mas oscuro, solo alumbrado por dos lámparas de araña con sus respectivas velas, aunque muchas estaban apagadas y no se veía bien. En aquel pasillo había algunas puertas de madera oscura a cada lado, todas estaban cerradas y había unos letreros junto a cada una. El chico, con cautela, esperando que nadie le viera, se acercó a la primera puerta que vio y leyó el cartelito que había al lado de esta, ponía: Sala de ''hidroterapia'', y al acercarse no escuchó nada tras esa puerta, lo que hizo querer abrirla y ver qué escondía. Entreabrió la puerta levemente y se asomó a dentro: solo alcanzó a ver una fría sala rectangular y bastante amplia con unas seis bañeras y un ventanal enorme en la pared que se encontraba frente a él y era lo único que iluminaba la habitación. Ahí no había nadie por fortuna para Alfonso, aunque ese lugar por alguna razón le inquietaba, pues vio algunas mangueras gruesas de color gris y unas lonas gruesas con cinturones que le hacían pensar que ataban a la gente con eso a las bañeras o algo así. El suelo era todo de azulejos grises pequeños y en el centro un desfiladero por el que se podía ir el agua. El adolescente pensó que se trataba simplemente de un lugar en el que aseaban a los enfermos, no le dio más vueltas y cerró la puerta para seguir investigando y no pensar en como bañaban a los más rebeldes y violentos.

Pasó a la siguiente puerta, siguió el mismo procedimiento que la anterior y trató de escuchar dentro por si había alguien, y esta vez sí que parecía oírse algo; una voz de hombre junto a unos sonidos de ahogamiento y algún que otro grito de desesperación.

—Ha recibido un duro choque traumático,—Hablaba el hombre que estaba allí dentro.—debemos pedir a Isabel que le trate enseguida, si sigue así podría morir o en todo caso herir a alguien.

—Sí, ya le dije yo que preparara el quirófano hace un buen rato,—Contestó una mujer esta vez con una voz bastante serena y sin parecer nada nerviosa ni apurada por el estado de ese paciente.—vine para decirte que prepares la camilla con ruedas y arneses y le lleves atado con ella, Gerardo está descontrolado y no se comporta normal desde hace días, hay que hacerle una lobotomía.

—Entendido...—Se oyeron algunos pasos y ruidos, y Alfonso interpretó que estaban intentando poner al hombre afectado en una camilla de ruedas, así que antes de que pudiera salir nadie el chico intentó alejarse de allí y miró hacia las demás puertas para ver dónde se podría meter.

Lo lógico era meterse en la primera que miró, pero antes de decidirse por esa vio una sombra y oyó unos paso justo al final del pasillo en el que se encontraba, donde este se dividía en otros dos a ambos lados y no había ninguna puerta. Se aproximaba alguien lentamente por allí, y el muchacho, tenso y sin saber exactamente qué hacer, entró corriendo por una puerta aleatoria que casualmente estaba un poco abierta antes de que aquella persona le viera.

Estaba acelerado y su corazón latía muy rápido por la complicada situación en la que se metió, aunque cuando respiró hondo y se relajó se fijó en dónde se había metido: estaba en una capilla, alumbrada con muchas velas y tenía un ambiente bastante acogedor, pero tétrico y lúgubre a la vez. Sobre el pequeño altar que había, se podía ver un enorme crucifijo con Jesucristo colgado allí. También había unas pocas filas de bancos y un confesionario a un lado, aunque no había nadie allí salvo un cura de cabello negro y a media melena que vestía un largo hábito negro y un sombrero también de este color, redondeado. Este, que estaba junto al altar, al parecer rezando, se giró hacia el chico y le miró en silencio, ya que oyó el portazo que dio al entrar.

—Buenas tardes joven, ¿te has perdido?—Preguntó amablemente el cura, acercándose lentamente a Alfonso. Este en un principio se había asustado, pero al ver que aquel señor no parecía enfadado ni tenía una cara que le diera mala espina se relajó, además no parecía ser uno de estos curas mayores con pintas de pedófilo, este era joven, de no más de cuarenta años.

—N-no, señor, bueno, c-creo que sí...—Tartamudeaba el rubio sin saber exactamente cómo contestar.—Vine a visitar a mi tía y... creo que me he ido por el pasillo equivocado, este sitio es tan grande...

—No te preocupes, si quieres puedo llevarte de nuevo al salón principal.

—¡Ah, muchas gracias padre! Pero no hace falta, volveré por donde he venido, no me gustaría molestarle...

—Chico, mi deber es servir a todos los hijos de Dios, no sería una molestia echarte una mano.—Aquel hombre sonreía y se mantenía agradable con Alfonso, aunque este debía seguir investigando y no podía volver atrás o le pillarían.

—De verdad, no es necesario, pero muchas gracias por ofrecerse a ayudarme, ¡n-nos vemos!—Alfonso se fue corriendo de allí volviendo a cerrar la puerta para evitar que aquel hombre le siguiera o algo, que por muy buenas que fueran sus intenciones le fastidiaría todo el plan, y prefería ser un estúpido a fastidiarlo todo por ello.

Al salir de vuelta al pasillo de antes vio cómo se llevaban en una camilla al hombre de antes al que parecía haberle dado un ataque de algo, y como se dirigía hacia los quirófanos Alfonso les siguió para ver qué era lo que hacía Isabel que no podían hacer otras personas de allí.

Tras girar en varios pasillos vacíos con algún que otro paciente ido que no se enteraba de nada, el chico vio cómo los enfermeros con la camilla se metían en un elevador y las puertas se cerraron tras ellos, descendiendo hacia la planta del sótano. Alfonso vio que había unas escaleras por las que podría bajar, de modo que se acercó a ellas, sin embargo allí había un hombre bastante fuerte vestido como un empleado de reparaciones, y al ver al chico se acerco a él rápidamente y le miro amenazante.

—No puedes estar aquí y mucho menos bajar a los quirófanos, solo el personal autorizado puede estar por estos lugares.—Replicaba aquel hombre de piel oscura y cabello rizado y negro, corto.

—Perdone, pero Isabel Burgos es mi... suegra, Carla, su hija está por aquí y la estaba buscando, la marquesa nos dio permiso para estar aquí.

—¿Y quieres que me crea eso? ¡Vete ahora mismo o tendré que despacharte!

Alfonso sin remedio tuvo que irse, intentaría bajar cuando Carla estuviese cerca y así al menos tener alguna excusa, o al menos intentarlo cuando aquel hombre estuviese distraído mientras estaba transformado en Gato Negro. Se marchó por el pasillo de las habitaciones de los enfermos, las cuales había ignorado por completo al estar siguiendo a esa camilla con los enfermeros. Las paredes del pasillo estaban pintadas con... a saber qué materiales, pero ese color marrón, rojo y negro y el olor asqueroso que había por ahí daban algunas pistas de lo que se podía tratar, por no hablar de la de porquería que tenía el suelo. Algunos garabatos eran dibujos de monigotes a palitos, pero dibujados de una manera muy siniestra, y otros eran mensajes o palabras que la gente escribía como podía como único entretenimiento o ''salvación'' según ellos. Ponían cosas cómo: ''No quiero morir'', ''El hedor a muerte y podredumbre nos persigue'', ''Cayetana meretriz'', y también simplemente habían marcas de manos y manchas, como si alguien hubiese dado manotazos a la pared con las manos manchadas de sangre, heces o pintura, Alfonso no quería saber de qué se trataba eso, pero no se paró a mirar con detalle la cantidad de cosas escritas o dibujadas sobre esas paredes que solían ser blancas o de un beige muy claro. Al no ser hora de dormir o simplemente de volver a las habitaciones, nadie quería pisar por allí, por eso los internos se mantenían fuera de esos pasillos y se quedaban en el gran salón de actividades principal o en el jardín a tomar el aire. Esto relajó a Alfonso, porque poca gente se cruzaba con él y ya nadie le decía nada, solo le quedaba ir con Carla y pedirle que fuera con él hasta los quirófanos, hasta entonces no podía moverse a sus anchas por el manicomio, y estaba dispuesto a pasar la noche ahí recorriendo todo el lugar si hacía falta con tal de descubrir si Isabel escondía algo.

Continuará...

[Si se os hace compleja la trama y todo eso, tranquilos, que como en todas las historias habrá soluciones. Esta historia es LARGA y aún le quedan dos temporadas más, porque esta es solo la primera, y la mayoría de los cabos sueltos que queden se irán solucionando a medida que avance la historia, de modo que no os preocupéis, solo disfrutad de la lectura, así como en la serie de Ladybug debe haber más personajes que en el futuro sean relevantes y cosas que ahora no tengan sentido para irse desvelando poco a poco, así que tened paciencia, que aún queda mucha historia, solo espero no hacerla demasiado aburrida, que a veces me paso escribiendo cosas irrelevantes y se alargan los capítulos más de lo debido, tengo que pedir perdón por eso xD
¡En fin, gracias por vuestra opinión y todos los comentarios! Nos leemos~]