Aunque habían decidido casarse en dos semanas, Belle no había querido renunciar a su puesto en Los White's hasta entonces. Trataba a Graham en público tal y como venía haciendo, algo difícil, por no decir imposible, dado el perseverante acoso de su prometido. Belle desdeñaba sus demostraciones de afecto con altanería y sobriedad, pues sabía perfectamente cuál era su lugar en el palacete. Y era en la oscuridad de su alcoba, a altas horas de la noche, cuando dejaba salir toda la pasión acumulada durante el día.

Durante el resto del día, sin embargo, se mostraba pudorosa y cándida. Incluso esa misma mañana había precisado de la compañía de Mary Margaret para ir a la Villa, donde encargarían su vestuario a madameChevalier, ante la insistencia de Graham. Ahora que iban a moverse en círculos distintos, Belle necesitaba un vestuario apropiado. A cambio, ella le enseñaría modales al rudo y aterrador hombre del que se había enamorado.

De haber sido otro hombre, Emma se habría sentido apenada por la marcha de Belle, pero saber que se casaba con el mejor amigo y socio de Regina hacía que se sintiera mucho mejor. Siempre había considerado al ama de llaves como a una hermana mayor, como a una amiga, pero la diferencia de clases entre ellas era abismal, y públicamente se comportaban como la duquesa de Mills y el ama de llaves. Gracias a su matrimonio con Graham, eso cambiaría.

Así se lo estaba haciendo saber a Regina, quien la miraba con placer. Estaban solas en la salita, hablando del futuro entre susurros.

Era en esos pequeños momentos de felicidad cuando Regina se ponía a temblar de alegría, temiendo que de un momento a otro le arrebataran todo aquello por lo que había luchado desde hacía tanto tiempo, temiendo que la vida, cansada de fiarle trocitos de felicidad, comenzara a pasarle factura.

Y una de las facturas irrumpió como un vendaval aquella misma tarde, en el mismo instante en que

Marco le anunció la visita del capitán Jones.

Dio tal brinco en el asiento, que incluso Emma se asusto.

—Está bien, Marco —pudo decir, después de un eterno silencio—. Hazle pasar a la biblioteca y ofrécele una copa. Dile que me reuniré con él en seguida. Otra cosa, Marco —añadió cuando el mayordomo se disponía a marcharse—. Vuelva luego a la salita a hacer compañía a Su Excelencia.

—Regina… —Emma miró aterrada a su esposa, quien la tomó entre sus brazos y la besó en la frente—. ¡Oh, Regina! Tengo miedo…

—¿Cómo vas a tener miedo, si yo estoy aquí? —riñó—. No sabemos qué busca exactamente, pero te juro que no te tocará ni un pelo. Antes le mato. Y ahora calla, finge que no esperábamos su visita.

—Pero, ¿y si me pregunta…?

—Ya buscaré el medio de que no tengas que pasar por ese mal trago, Emma.

Regina se inclinó para besarla suavemente y salió de la salita. Su porte era regio, y su andar, imponente. Cualquiera que la viera pensaría que la rigidez de sus hombros no era sino el producto de una pose altanera típica de la aristocracia. Emma creía lo contrario.


Si Regina estaba sorprendida por su visita no lo demostró. Jones casi pensó en echarse atrás en su plan, pues, secretamente, tenía que confesar que la duquesa lo intimidaba sobremanera.

—Disculpad mi intrusión, Excelencia —comenzó a decir Jones cuando escuchó los pasos firmes de la duquesa entrando en la biblioteca. El capitán atravesó la estancia con calma, casi pidiendo disculpas, para ponerse frente a ella. Su actitud era la de siempre, comedida y servicial ante la duquesa, pero sus ojos, fríos y cínicos, indicaban que su cortesía no era más que una fachada.

—Buenas noches, Capitán. Sabed que siempre sois bienvenidos a Los White's.

—Sois muy cordial, Excelencia.

—Veo que Marco ya os ha servido una copa. Creo que os acompañaré —manifestó con amabilidad, al mismo tiempo que se dirigía al aparador y se servía una copa—. ¿Y a qué debo el honor de vuestra visita? Por vuestra actitud y por la hora, no creo ni por asomo que sea una visita de cortesía, capitán Jones. ¿Me equivoco?

Regina se giró para poder mirar al oficial de frente. Fue entonces cuando los dos comenzaron a medirse con los ojos. Cualquiera diría que su relación era amistosa, tal y como había pretendido Regina que pareciera. Pero estaba muy lejos de ser verdad. Sus miradas siempre reflejaban algo de recelo, por no hablar del profundo desprecio y odio oculto que cada uno sentía por el otro. Regina se percató del brillo de triunfo que iluminaba la mirada del capitán francés. Y supo lo que tenía que hacer. Cualquier cosa antes que dejar que esa abominación humana interrogara a Emma.

—Y bien, Jones. ¿Qué es eso tan importante que teníais que decirme? —preguntó, casi amigablemente.

—Excelencia, en primer lugar quería manifestaros mi incredulidad y mi total inocencia en este asunto. No soy más que un emisario, ya que sigo las órdenes del mariscal.

—¿Órdenes? —Regina fingió no saber de lo que estaba hablando y mostró cierta impaciencia y desdén ante la palabrería del francés—. ¿Qué órdenes son esas?

—Necesitamos que nos acompañéis a la plaza para interrogarla, Excelencia. Es solo una investigación rutinaria —se apresuró a decir Jones, al ver el rostro desencajado de la duquesa.

Porque a decir verdad, la duquesa no salía de su asombro. Había esperado que Jones le pidiese permiso para interrogar a la servidumbre, o incluso para interrogarla a ella misma, pero no que tuviera que ir hasta la plaza. ¿Y ahora le pedía que lo acompañara? ¿Qué había descubierto? No podía tener sospecha alguna de sus actividades encubiertas, salvo…

—¿Y de qué se me acusa exactamente? —preguntó, con aspereza, sin molestarse ahora en mostrarse cortés.

Non,non,Excelencia. Yo no os acuso…

—Por lo tanto, no tengo ninguna obligación de acompañaros.

—Bueno… No es tan fácil, Excelencia —sostuvo Jones. Lo dijo casi disculpándose, pero sus siguientes palabras estaban cargadas de significado, y sus ojos brillaron victoriosos cuando le tendió los documentos—. Sin embargo, vuestra iniciativa de cooperación dirá mucho en vuestro favor cuando se os juzgue por traición.

Regina no lo podía creer. Desplegó los papeles y leyó rápidamente el contenido. Miró la firma, y comprobó que la acusación la presentaba el mariscal.

—¿Y quién tratará de culparme de traición, eh? ¿Vos? ¿El mariscal? ¿Qué maldad he cometido para que se sospeche de mí de esa forma, después de todo lo que he hecho por Su Majestad el Emperador?

—Excelencia, como os dije, no hago sino cumplir las órdenes de mi superior. Pero, en compensación por todo lo que habéis aportado al ejército de Su Majestad el Emperador, os diré que vuestra situación es sumamente delicada. En varias ocasiones se os ha visto junto al Pochoreza, de quien se dice que es un guerrillero bajo las órdenes del Empecinado.

—Otra falsa acusación, como así se ha demostrado no hace mucho. No se ha encontrado ninguna prueba en su contra.

—El Pochoreza es un rebelde, Excelencia —expresó Jones, con impaciencia y enojo—. Es sabido el odio que siente el hombre por cualquier francés.

—¡Ah, Jones! Digamos que conmigo ha hecho una excepción al ser su cuñada.

—¿Cómo decís? —preguntó atónito el Capitán.

—¿No lo sabíais? —preguntó a su vez Regina, triunfal—. Creí que al ser íntimo amigo del difunto marqués estabais al corriente —Regina sintió deseos de echarse a reír ante el rostro incrédulo del oficial—. El Pochoreza es hijo de Mary Margaret y de su primer esposo, de quien enviudó con tan solo dieciocho años. No puedo creer que David no os dijera ni una sola palabra.

—En más de una ocasión se quejó de que ella no había ido virgen al matrimonio…

—¡Cómo iba a ser así, si había estado casada anteriormente! —Regina estaba irrefrenable, y agradeció su rapidez de reflejos para justificar la existencia de Neal al resto del mundo—. Claro que David nunca quiso al muchacho y prohibió a Mary Margaret que hablaran de él.

Jones no podía creerlo. Se había quedado sin palabras. También sin argumentos. Si aquella extraordinaria historia era verdad, algo de lo que tenía serias dudas, eso explicaría la presencia del Pochoreza en Los White's.

—Aun así, Excelencia, creo que deberíais venir conmigo —insistió. Su voz sonó aguda ante el timbre de impaciencia.

—Hablemos claro, Jones —exigió Regina, con la misma impaciencia—. ¿Cuáles son exactamente vuestras órdenes?

—Arrestaros y reteneros en la plaza hasta que se demuestre vuestra inocencia, Excelencia. Por ese motivo, y en consideración a la antigua amistad y profundo cariño que siento por la familia, creo que es mi deber aconsejaros que vengáis cuanto antes y no presentéis objeción alguna.

—Repito: ¿qué pruebas tenéis contra mí?

Su voz sonó como un rugido de rabia, que encubrió a la perfección el miedo y la desesperación que sintió de pronto. No sabía a qué estaba jugando, pero dudaba que las intenciones del capitán Jones fueran tan altruistas como aparentaban. Sabía que ocultaba algo, y casi podía adivinar qué.

—Algunos de los soldados que hacían la guardia el día que os robaron la pólvora han confesado que vos dejasteis que se la llevaran y que salvasteis al cabecilla del grupo.

Regina guardó silencio durante una eternidad. Se llevó la mano al pecho en un gesto distraído, y después miró de reojo al oficial. Sería tan fácil matarle…

Sin embargo, dijo:

—Os acompañaré, Jones. Pero ya que os mostráis tan considerado, debo abusar de vuestra confianza y vuestra amistad y pediros un favor más.

—Lo que pidáis, Excelencia.

Regina lo miró con absoluto desprecio. Pudo ver el triunfo brillar en su cínica mirada, y supo que el capitán no iba a satisfacer su petición, por lo tanto, no le quedaba más remedio que formularle una sutil amenaza. Le miró fijamente y dijo entre dientes:

—Que nadie se acerque a mi esposa.

Aguardó un segundo antes de presentarse ante Emma y explicar lo ocurrido. El capitán Jones esperaba fuera, junto a siete soldados. Sonrió cínicamente al verlas. Supuestamente les debía lealtad. Casi escupió la palabra.

Lealtad. ¿Hacia un pueblo que le había arrebatado sus tierras? ¿Hacia unos hombres que le habían obligado a ver cómo mataban a sus padres? ¿Hacia una nación que le había obligado al exilio? Él sabía lo que era la lealtad, y a quién iba dirigida la suya.

No hizo falta que se presentara ante Emma, pues ella apareció frente a ella.

Tal debía ser la expresión de su rostro que Emma se echó a llorar. Regina corrió a su encuentro, la tomó entre sus brazos y la abrazó con fuerza.

—Shhh, cariño. No pasa nada. No es más que una investigación rutinaria.

—A mí no me mientas, Regina. Algo horrible pasa, lo sé. ¿Venía a por mí? Regina negó lentamente. Alzó la vista al techo y luego la miró.

—Al contrario de lo que pensábamos, vienen a por mí. Calla, calla, amor mío —rogó, cuando Emma comenzó a llorar de nuevo—. Saldré de esta, te lo juro. Pero ahora debes prestar toda tu atención. Graham no vendrá hasta mañana por la mañana, pero puedes contar con el capataz. Es de mi absoluta confianza. Pídele que busque a tu hermano… O mejor, dile que envíe a uno de los mozos y que él se quede contigo. Neal no tardará en venir, y te hará compañía hasta que yo vuelva…

Regina se calló de pronto. Al ver el rostro desencajado de Emma, la tomó por su cintura y la atrajo hacía sí para besarla con pasión, casi salvajemente.

—¡No, no! —gritó Emma, que trató por todos los medios de librarse de su desesperado beso—. No te atrevas a besarme como si fuera la última vez.

Regina la miró con pesar y se inclinó de nuevo para buscar sus labios y besarla de forma más suave. Se apartó a desgana y apoyó la frente en la de ella.

—¡Ay, Emma! —susurró junto a su boca—. Necesitaría más de cien vidas para demostrarte lo mucho que te amo.

—Me temo, esposa mío, que solo cuentas con una —replicó ella alegremente. Pero después tragó saliva y la miró desolada—. Más vale que no hagas ninguna estupidez, Regina, porque si algo te ocurre, mi vida habría acabado. Piensa en ello antes de actuar, amor mío.

Regina la miró con ardor y le dio un último y ferviente beso. Después se giró sobre sus talones y salió del palacete, donde aguardaban los soldados.

Fue la primera en partir.

Jones fue el último.

Pero antes de espolear a su caballo, el francés le dirigió tal mirada de deseo y triunfo que Emma tuvo la horrible sospecha de haber caído en una trampa.


Emma se movía inquieta de un lado a otro por la pequeña sala. A cada segundo miraba por la ventana, esperando ver en cualquier momento a su hermano llegando por el empedrado camino principal. Todo estaba demasiado quieto, demasiado en silencio y demasiado oscuro. El rostro se le desencajó cuando miró el reloj que había en la pared. Eran las once. ¿Era posible que tan solo hubiera transcurrido una hora desde que Regina se marchara con los soldados? ¿Y dónde demonios se había metido su hermano? Se atrevió a mirar de reojo al capataz, que, sentado en un sillón, soportaba la espera y las idas y venidas de Emma por la estancia con estoica serenidad.

El capataz le dirigió una cálida sonrisa que pretendía reconfortarla, sonrisa a la que ella trató de corresponder sin éxito alguno. Por fin escucharon el ruido de cascos, y ambos se agolparon ante la ventana. Neal iba al frente y, flanqueándole, Archie, la señora Monsalve.

No pudo evitar fruncir el ceño. ¿Qué hacía la Portuguesa con ellos? —Aguardad aquí, Excelencia —oyó decir al capataz, antes de que abandonara la salita. Emma se dejó caer en el sofá y miró la puerta, abatida. No había pasado ni un minuto cuando Neal y los demás irrumpieron en la estancia. —¡Ay, Neal! ¡Se la han llevado! —gritó, a la par que se echaba en sus brazos. Neal la abrazó con fuerza mientras dirigía una mirada significativa a Archie y a la Portuguesa. —Emma, hermana, cálmate y cuéntame qué ha pasado —exigió firmemente Neal.

Atropelladamente, Emma comenzó a narrar lo sucedido. —Apenas si ha tenido tiempo de explicarse, Neal. Solo sé que, a pesar de lo que sospechábamos —dijo, mirando a la Portuguesa de soslayo—, no han venido a por mí, sino que la acusación estaba presentada contra Regina. Esta noche le interrogarán, y mañana será juzgada por el mariscal Perrin.

—¡Maldito hijo de la gran puta! —exclamó con furia Yarah.

—Calla, hombre —amonestó Archie—. A ver si aprendes modales, jodida portuguesa, que estás frente a una dama.

—Dijo la sartén al cazo… —gruñó Neal. Miró a los dos con dureza y después se volvió a mirar a Emma—. Atiende, gatita. Vamos a sacarla de allí, ¿de acuerdo? Pero debes prometerme que no te moverás de aquí.

—No creo que consigáis nada, Neal. Regina ordenó expresamente que esperaras aquí conmigo. Hasta mañana no llegará el Mariscal, por lo que nada podemos hacer esta noche. Es posible que, con su poder e influencia, Regina salga de esta sin dificultad. Además, no tienen nada contra ella. Es posible que a primera hora de la mañana Regina ya esté de vuelta.

—Emma… —susurró Neal. Bajó la vista al suelo, porque de pronto no se atrevió a mirar a suhermana. Alzó la vista, lo suficiente para ver los grises ojos de Yarah animándole a hablar—. Si no la rescatamos esta noche, Regina… Neal enmudeció de golpe. Carraspeó con fuerza para disimular su desasosiego, pues mantenía una dura lucha interna, en la que se debatía entre decirle la verdad, o contarle una pequeña mentira piadosa.

—Habla, por lo que más quieras, Neal.

—Emma… yo… No sé cómo decirte esto… Tu esposa… —Silencio, Neal—ordenó la señora Monsalve. Miró a Emma con tristeza y soltó un suspiro de resignación—. Excelencia, no ocurre nada. Pero debemos tomar todo tipo de precauciones, no vaya a ser que a Jones se le vaya un poco la mano.

—¿Por qué no dices la verdad? —intercedió Archie—. Será mejor prepararla para lo peor.

—¡Señor! —exclamó atónito el capataz ante la rudeza de su tono. Raudo como un rayo, corrió al lado de su señora y la obligó a sentarse. Emma tenía el rostro blanco y las manos crispadas. Miraba interrogante a su hermano, pero le conocía lo suficiente como para saber que Neal trataría de escurrir el bulto con el propósito de no hacerla sufrir.

—Dime qué está ocurriendo, Neal.

Neal miró implorante a sus compañeros. Los dedos de su hermana se habían crispado sobre su brazo, y sintió sus uñas clavándosele en la piel. Más profundo fue el dolor que sintió por ella.

—No se celebrará ningún juicio, Excelencia —dijo Yarah, al ver que el Pochoreza estaba paralizado por la conmoción—. Esta misma mañana el rey ha abandonado Madrid. Tan solo ha dejado una pequeña guarnición en el palacio del Retiro. Todas las tropas de Madrid han recibido aviso de abandonar las plazas de inmediato y reunirse junto a las tropas del rey. Emma la miró de hito en hito.

—Pero… entonces… Regina… Jones… —No sabemos los motivos, pero una cosa está clara; Jones quiere librarse de su esposa, duquesa, y aprovechará la confusión de la retirada de las tropas de Arganda para hacerlo.

—¡Oh, Dios mío, señora Monsalve! ¡Os lo suplico, os lo ruego! —imploró Emma, que miró a los tres y cayó de rodillas a sus pies, mientras lloraba desconsolada al comprender las intenciones del francés—. Traédmela viva, por favor.

Tranquila, gatita —susurró Neal mientras intentaba levantarla del suelo. La obligó a mirarle y dijo—: Por mi honor y por lo que más quiero, juro que te traeré a tu esposa.


Durante todo el trayecto hasta Arganda, Regina no pudo evitar preguntarse por el repentino cambio de sucesos. Evocó los acontecimientos de aquella turbulenta noche, cuando les habían robado el cargamento de pólvora, pero entonces había estado tan aturdida que no recordaba si algún otro soldado francés estaba consciente y había sido testigo de todo. Por otro lado, de eso hacía más de un mes… ¿por qué marear la perdiz ahora? Aunque Jones siempre le había mostrado un respeto casi reverencial, sus cínicos y fríos ojos le habían lapidado en más de una ocasión. Sabía que le tenía cierta envidia y encono. Incluso se rumoreaba que en el pasado había querido cortejar a Emma.

Regina sabía de sobra que Jones deseaba a su esposa, pues en más de una ocasión le había visto devorarla con los ojos. Un escalofrío de aversión le sacudió al imaginar a su bella y chispeante esposa en manos de aquel ser despreciable. ¿Mataría para evitarlo? Sin duda alguna. La comitiva iba encabezada por Jones y dos hombres. A la retaguardia, tres soldados, y flanqueándole el resto.

Sonrió con orgullo. Sabía que el Capitán le tenía cierto temor, pero hasta el punto de necesitar a ocho personas para reducirle… ¡Buf! Claro que en peores situaciones se había visto, y siempre había salido ilesa.

Cuando llegaron a Arganda del Rey se desviaron a la izquierda y se encaminaron hacia la casona por la parte trasera. Regina entrecerró los ojos y miró a su alrededor con desconfianza. La plaza era un hervidero de actividad, y cuando entraron en la casona se percató de que los oficiales no hacían más que ir de un lado a otro atropelladamente. Aguantó un amago de tos cuando una nube de humo invadió su garganta. Uno de los soldados la empujó hacia las escaleras que conducían al sótano y se volvió a mirarle con furia. Miró sobre su cabeza, en dirección a la puerta principal, que estaba abierta de par en par… y comprendió lo que realmente estaba ocurriendo. Aquella noche no la someterían a ningún interrogatorio, ni a la mañana siguiente se le juzgaría por traición. No podía ser así, cuando los soldados estaban preparando su rápida retirada de la plaza de Arganda.

Supo que iba a morir. Esa misma noche. Apretó los dientes con rabia y preparó los puños para golpear al soldado que ahora la empujaba sin contemplación. El joven soldado fue más rápido. Sintió un agudo dolor en la sien, y después lo vio todo borroso. Luchó con todas sus fuerzas para no caer en la negrura de la inconsciencia, aferrándose a aquella tenue y efímera luz que le permitiría seguir en este mundo, porque temía que, si se dejaba llevar por la reconfortante pero engañosa oscuridad, no volvería a ver la luz del sol. Y lo último en lo que pensó fue en una hermosa cabellera rubia mecida por el viento y en unos ojos azules como el cielo…


Descubrió que la habían maniatado. Miró a su alrededor, pero todo estaba en absoluta oscuridad. Y silencio… salvo ese extraño zumbido. Descubrió que el zumbido procedía de dentro de su cabeza. Temió que el brutal golpe que le había propinado el soldado la dejara sorda del oído derecho.

Pero, ¿en qué demonios estaba pensando? ¿Qué importancia tenía perder el oído si seguía con vida? ¿Por qué no la habían matado? ¿A qué estaba jugando Jones? ¿Cuánto tiempo había permanecido inconsciente? Y lo más importante, ¿con cuánto tiempo contaba antes de que la mataran? Porque una cosa estaba clara: la iban a matar esa misma noche. Miró por el pequeño ventanuco, aguzando la vista. No podía ver con claridad, porque una cortina de humo se lo impedía. Todavía estaban desmantelando el cuartel, y hasta ella llegó el olor a madera quemada.

Un rugido salió de su garganta al imaginar lo que estarían haciendo los franceses. ¿Irse con las manos vacías? Jamás. Antes tratarían de llevarse todo lo que pudieran, y sabía que todas las casas de Arganda y de los pueblos de alrededor iban a ser saqueadas esa misma noche, y para ello contaban con total impunidad, salvo que alguien se lo impidiera. ¿Quién? Sonrió. Aquellos a quienes llamaban bandoleros y bandidos. Aquellos que con entusiasmo, rebeldía y valor habían luchado contra la locura de un general con imperiales pretensiones. Sí, aquellos guerrilleros que habían hecho de sus ataques una guerra de desgaste impedirían que sus vecinos y compatriotas se vieran asaltados por las tropas francesas. Pero, si los guerrilleros estaban ocupados ayudando a sus gentes, y si Neal estaba con ellos, ¿quién protegería a Emma?

—¿Cuándo se supone que debemos matar a esa mujer? —escuchó que decía un soldado tras la puerta del sótano. —Cuando todos se hayan marchado —contestó otra voz—. Ha sido muy explícito. No quiere que haya ningún testigo. Por lo visto es alguien con demasiadas influencias, ya sabes… Una noble.

—¿En serio crees que es un traidora?

—¿Y qué si no lo es? Jones nos dará una propina muy generosa por liquidarla.

—¡Propinas! —escupió el soldado—. Deberíamos olvidarnos del asunto, ir con los demás y tratar de llevarnos cuanto sea posible en el saqueo.

—¿Y enfrentarme a la furia del capitán? ¡Ni loco!

—Eres un maldito cobarde —farfulló su compañero—. ¿Cómo puedes temer tanto a un hombre que no se atreve a matar a su enemiga con sus propias manos?

—Jones no tenía tiempo para hacerlo —defendió el hombre—. Apenas si contaba con tiempo suficiente para ir a buscar a su putita. El otro soldado soltó una obscena carcajada ante el último comentario de su compañero. Al instante Regina se puso rígida y aguzó el oído. Aunque para ella el castellano era como su lengua nativa, podía presumir de hablar francés a la perfección, y no se le había olvidado ni una sola palabra. Esa noche dio gracias a Dios por la increíble memoria que le había otorgado.

—Sí —pudo decir el soldado, cuando se calmó—. Un bonito souvenir, todo hay que decirlo. Toda una joyita, la niña.

—Imagina cuando matemos a su esposa y se convierta en la viuda más rica de Francia y España. Sí, amigo. Jones sabrá doblegar y dominar a la duquesa de Mills.

Regina abrió los ojos de golpe y se quedó paralizada, incapaz de creer lo que oía. Después de una eternidad, cuando la dolorosa realidad dejó de paralizarla, rugió con toda la desesperación y la rabia que acompañaron al pánico, pero el sonido fue amortiguado por la mordaza. Comenzó a temblar sin control, mientras sus ojos enloquecidos buscaban algo con lo que cortar las cuerdas, pero el sótano estaba completamente vacío. Mientras estaba inconsciente, aquellos brutos la habían registrado de pies a cabeza y la habían despojado de todas sus ropas, excepto la interior y el bluson. Ni rastro de los botines ni de, evidentemente, la faca. Se tumbó de espaldas para ver si de ese modo lograba frotar las cuerdas que le sujetaban las muñecas contra el suelo, pero lo único que consiguió fue lastimarse las manos.

Intentó aflojar las cuerdas de los pies y de las manos con furia, pero tuvo que reconocer que, salvo el daño ocasionado, no consiguió nada. Entonces se puso de rodillas y comenzó a llorar. Era un llanto de rabia y de impotencia, de dolor y desesperación. No le importaba morir. Nunca le había importado. Pero ella no. Ella no podía morir, porque sabía que si caía en manos de aquel canalla su vida habría acabado. Tenía que librarla de Jones como fuera, pero, ¿qué podía hacer?

En un intento desesperado se arrastró hasta que llegó a la pared. Entonces se puso de rodillas y comenzó a golpearse el hombro con toda la fuerza de la que fue capaz, con el fin de dislocárselo y pasar las muñecas a través de las piernas hacia adelante. Luego se quitaría la mordaza y roería las cuerdas y… Tan solo obtuvo un dolor casi insoportable. Rugió de nuevo, mirando a través de un lacrimoso velo la estancia, buscando como una desquiciada algo a lo que agarrarse para no sucumbir a la desesperación. No supo durante cuánto tiempo estuvo golpeándose contra la pared, ni cuánto se había dejado llevar por la locura… Y de pronto, lo único que pudo hacer fue mirar estupefacta a unos ojos grises que la miraban con preocupación.