Capítulo 26:

La tranquilidad de la noche pronto dio paso al ajetreo del día. En El Santuario otro día más se reanudó, exactamente igual que el anterior, como si nada hubiese pasado.

Hacía un día muy agradable. Una ligera brisa acompañaba; gracias a ello la mañana, calurosa de por sí, no era en exceso sofocante.

El mar también estaba en calma, todo y que, en aquellos instantes, el gran señor del océano Poseidón se encontraba entre la furia y la confusión. A varios metros de profundidad, justo cuando pareciera llegar al fondo mismo del Egeo, aparecía el gran Reino Submarino. En el centro mismo se elevaba el gran templo dedicado al dios de los mares y, a su alrededor, cubriendo el mundo submarino, los siete grandes pilares, que custodiaban cada uno de los siete mares.

Dentro del mismo templo un jovencísimo Poseidón, de tan sólo dieciséis años de edad, daba vueltas en círculos, tratando de calmarse. Alexandros Solo, como había sido conocido hasta entonces, contaba únicamente con la compañía de su mejor amigo, Panagiotakis Zabat, más conocido como el General Marino de Scylla, y dos de las seis mujeres pez destinadas a ser doncellas de la Reina Marina, Arista y Aquata.

Las chicas observaban en silencio. Se les había negado la posibilidad de buscar a su Señora: una, por dejar de ser pura; la otra, por estar apunto. Precisamente esta segunda joven, Aquata, tenía órdenes de permanecer en el gran templo de la superficie, en el Cabo Sunion, actuando como una sacerdotisa del mar, mas en aquellos instantes era más seguro para ella permanecer allí.

Nereo, dios de las olas y padre de Anfitrite no había bromeado cuando había dicho que sus guerreros apodados "Nereidas" vencerían a aquellos conocidos como "Marinas" y harían que Tritón se convirtiera en el nuevo soberano del mar. Uno de ellos había atacado en el templo del Cabo Sunion a Salmacis de Limnades, y de no ser por Agenor de Hipocampo quizás ahora estaría muerto. Poseidón sabía que aquello no había sido otra cosa que un aviso. Si no se preparaban, el próximo ataque sería mortal.

- Deja ya de dar vueltas, Alex- pidió su amigo. El aludido no le hizo caso-. Te marearás- musitó después. Tampoco entonces le hizo caso.

Y es que aquel joven de largos cabellos verde mar y penetrante mirada oscura era incapaz de comprender por qué un dios como Nereo se manifestaba ahora, ni cómo iba a ser capaz un muchacho como Pavlos, que no era otro que Tritón, dominar el Reino del Mar, cuando tenía toda la pinta de ser un chico débil y manipulable. Tampoco entendía por qué Nereo le tenía tanto odio, ni por qué deseaba derrocarle en beneficio de Tritón. Sentía furia también por esto último, y una gran impotencia al pensar que podría haber perdido ya un guerrero. O dos, si Agenor no hubiera podido con la nereida.

Por si fuera poco aún restaban dos cosas muy importantes: ocuparse de sus asuntos con Atenea, a quien había amenazado y de quien sospechaba que no tardaría en volver a ver; y, segundo, poder encontrar a Anfitrite, cosa que necesitaba tanto como seguir respirando, lo que le causaba mayor confusión. ¿Cómo podía desear a otra persona sin conocerla?

No lo entendía.

A Takis le preocupaba aquella situación. Como General Marino de Scylla sabía perfectamente lo complicada que se ponía la situación si aquellos nuevos rivales, las Nereidas, eran capaces de atacar con los mismos sistemas que ellos. No creía que exactamente fuesen los mismos ataques, pero seguramente serían parecidos. Se estremeció al pensar que podía tener un rival ahí fuera con otras seis temibles técnicas.

Pero como amigo de Alex le preocupaba la cada vez más creciente obsesión del heredero de los Solo con respecto a una mujer que no había visto en su vida. Aquello no era nada bueno. Si Anfitrite aparecía y se negaba a regresar con Poseidón, la furia del dios podía causar una catástrofe mundial. Pero, ¿y si después de verla se daba cuenta que se había obsesionado para nada y ya no quería saber de ella?

Demasiadas preocupaciones. El moreno suspiró resignado, las chicas le miraron con curiosidad un instante. Él las ignoró y se acercó a su señor, golpeándole ligeramente el hombro.

- Alex, deja YA de dar vueltas.

Alexandros se detuvo y dirigió una dura mirada a Takis. El general comprendió al instante e hincó una rodilla al suelo.

- Lo lamento, Señor- dijo-. No era mi intención ofenderle.

- No lo has hecho- murmuró Poseidón con voz fría. Takis le miró, pero evitó hacerlo directamente a los ojos. El dios se dio cuenta y se burló-. ¿Tanta amistad y de repente tanto miedo?

Ligeramente sonrojado, a Panagiotakis el suelo se le antojó de repente muy interesante. No se atrevió a levantar la cabeza un solo instante durante el lapso que duró la charla de su Señor.

- Sé lo que piensas, puedo adivinarlo. Somos dos almas en un mismo cuerpo y cuando uno está en activo, el otro duerme.

Se hizo el silencio. El dios del mar suspiró y colocó las manos tras la espalda. Miró al guerrero, que seguía sin moverse. Después observó a las dos muchachas, espectadoras mudas, quienes habían adoptado la misma posición que Scylla desde el mismo instante en que se dieron cuenta que ahora quien hablaba no era el joven Alexandros Solo, sino su gran señor.

- Tanto ajetreo, para un solo cuerpo, es demasiado- agregó Poseidón. Vio que Takis se atrevió a alzar la cabeza. Seguía sin mirarle a los ojos. Estaba preocupado-. Hay dos opciones: o bien una de las dos almas desaparece para siempre- Takis se estremeció y el dios sabía por qué: si una de las dos almas desaparecía, estaba claro que sería la del mortal-, o bien ambas almas se unen en una sola.

- ¿U-una sola?

Poseidón asintió.

- Es algo muy difícil, creo que no ha sucedido nunca. Pero podría ser que...

Su frase se vio interrumpida por el ruido de pasos. Poseidón miró a la puerta, las pisadas eran cada vez más cercanas. Panagiotakis, Arista y Aquata se levantaron. El primero se colocó junto a su señor, en posición defensiva. Aquellos pasos no pertenecían a ninguno de sus compañeros, podían saberlo bien.

La gran puerta se abrió de golpe y lo único que Takis pudo ver fue un haz de luz verde. Golpeó con fuerza a los presentes, arrolló objetos decorativos, rompiéndose varios de ellos al estrellarse contra el suelo, y provocó que las dos mujeres pez se golpeasen contra la pared, perdiendo ambas la conciencia.

- ¡Mierda!- exclamó Takis, después de mirar un instante a las chicas. Él también había caído al suelo, aunque sin consecuencias-. ¡Señor!- gritó después.

Poseidón no se movió. No hizo ni aparecer su tridente, ni mucho menos vistió su armadura. Seguía tranquilo, con su túnica azul marino ondeando con fuerza. Simplemente esperó.

Cuando la luz se disipó tres figuras aparecieron en el umbral. Dos hombres y una mujer, ataviados con unas armaduras azules muy similares, que no evocaban a ninguna criatura. El hombre del centro, un muchacho de larguísima melena escarlata, sonrió con satisfacción. Pero antes de que pudiera hablar, Poseidón se le adelantó.

- ¿Quiénes sois vosotros, que venís a mancillar mis sagrados dominios?

En respuesta, ellos rieron. Poseidón apretó los puños e hizo aparecer su tridente, con el que amenazó a los recién llegados.

- Cálmate, Poseidón, que no es para tanto- ironizó el chico del centro-. Pero como quieras- añadió ipso facto-. Mi nombre es Sao. Y ellos son Nesea y Cimódoce- a Takis se le escapó una risita. Sao le ignoró, mas no así Cimódoce, quien arrugó el entrecejo.

- Scylla... no te hará tanta gracia cuando sepas dónde está tu rival.

Takis abrió los ojos como platos y comprendió.

También lo hizo Poseidón, pues enseguida exclamó:

- ¡Nereo y Tritón!- antes de que nadie dijese nada, agregó:- Atacar al dios del mar, ¡pagarán por esto! ¡Y vosotros tres seréis los primeros!

Blandió el tridente. Los intrusos se pusieron en guardia.

- ¡Golpe de la Salamandra!

La técnica de Salmacis de Limnades cumplió su objetivo: dar a Cimódoce. La nereida hizo un gesto de dolor y se volteó. Al ver al general del antártico sus ojos brillaron.

- ¡Pero si eres tú!- exclamó-. ¿Qué tal está Giota?

Salmacis apretó los puños pero no respondió.

- ¡Señor! ¿Estáis bien?- preguntó.

A la voz de Salmacis se unieron las de sus compañeros. Pèlag, Belo, Euterpe, Gerión y Agenor se congregaron en la entrada del templo. Puesto que los pilares que protegían eran prácticamente indestructibles, todos ellos fueron al auxilio de su señor en cuanto sintieron que algo iba mal.

- ¡Ah! ¡Ése es el tipo que atacó a Salmacis!

- ¡Y esta vez no quedará así!- gritó el griego. Cimódoce rió ante la amenaza, pero aceptó el reto.

- Si lo que quieres es morir... ¡adelante!

Poseidón cerró los ojos. De manera que, tan sólo un día después del aviso de Nereo, sus nereidas hacían acto de presencia. Mientras tanto, Cimódoce se lanzaba contra un Salmacis que estaba más que preparado así que le esquivó sin problemas.

- Aquí hay demasiada gente- murmuró el general-. ¡Sígueme!- ordenó.

Cimódoce se rió, pareciera que la nereida sólo sabía reír.

- Vaya un idiota- comentó uno de los gemelos. Cimódoce les miró molesto, pero como no les conocía era incapaz de reconocer la voz de cada uno, así que no supo quién habló.

Cuando finalmente se marchó, siguiendo a Limnades, Belo comentó:

- Sí que es idiota, sí.

- ¡Oídme bien todos!- exclamó entonces Sao, alternando su mirada de Poseidón a sus marinas-. Mi Señor Nereo y el señor Tritón- Gerión de Chrisaor y Pèlag de Dragón Marino entornaron los ojos casi al mismo tiempo, algo habían percibido sólo en esa media frase- han dispuesto que nos haremos con este Reino Submarino. Hemos venido a aniquilaros y- se dirigió a Poseidón- así ya no quedará nadie que pueda protegerte, tendrás que renunciar a tu trono.

Poseidón sonrió irónico.

- Siempre me quedarán las Empresas Solo.

- Y a mí las Zabat- bromeó Takis.

Sao no entendió de lo que hablaban. Aunque griego de nacimiento y originario de las costas, jamás había oído hablar de la familia Solo, una de las más importantes del panorama marítimo. Y mucho menos había escuchado nada sobre los Zabat, otra rica familia de empresarios, aunque en su caso eran mucho menos conocidos, y además no estaban dedicados al mar, sino al textil.

- Sea como sea- agregó el de cabellos escarlata-. He venido aquí a derrotar a Kraken- Belo se irguió. Al ver su expresión, Sao supo con quien tenía que vérselas-. Te mataré, al mejor estilo Berserker.

Al pronunciar aquella última palabra, la chica que quedaba, Nesea se cruzó de brazos.

- Sao, cállate.

Pero Belo, sin mostrar expresión alguna, no se sintió intimidado.

- Ven- susurró en tono glacial.

Ni corto ni perezoso, Sao se lanzó al ataque. Un rayo de luz verde, similar al que apareció en el templo, surgió de su derecha y golpeó con furia al general. Brotó la sangre, saltó la tiara del Kraken. Sao sonrió con satisfacción, Belo no se movió.

- ¡Belo!- gritó su hermano.

La luz se disipó. Belo permanecía inmóvil, con la misma expresión fría. No parecía percatarse de que tenía una fuerte magulladura en una mejilla ni de que estaba sangrando por la nariz.

- ¡Belo!- repitió Agenor.

Lentamente, sin dejar de mirar a su contricante, Belo se llevó la mano a la nariz, la retiró y observó su propia sangre. Dirigió una nueva gélida mirada a Sao, quién sabe lo que estaba pasando por su mente.

- ¿Eso es todo?- preguntó.

Sao apretó los puños. Sus ojos celestes relampagueaban. En contraste, los naranjas de Belo no trasmitían ninguna emoción. Belo de Kraken era un auténtico témpano de hielo.

Sin decir nada más, Belo le señaló con el dedo. Antes de que Sao pudiera reaccionar, Kraken disparó. Un rayo blanco salió disparado del dedo de Belo y acabó estrellándose contra uno de los hombros de Sao. Al principio, la nereida no sintió nada, pero al cabo de unos segundos se percató de que sentía un intenso dolor en la zona donde le había dado su rival. Al mirarse, descubrió que desde el hombro se extendía una mancha blanca, que le producía el mismo dolor.

Hielo, esa era la mancha blanca. Frío, ése era el dolor.

- ¿Quién hace daño a quién?- inquirió mordazmente el del océano ártico.

Sin responder, Sao se llevó la mano contraria al hombro congelado: no podía moverlo. Apretó los dientes. Sintió impotencia, pues no sabía cómo contrarrestar ese hielo que se estaba expandiendo más y más. Pero cuando ya le había alcanzando más allá del codo, se detuvo. Sao se sorprendió.

Mayor fue su sorpresa, cuando descubrió que Belo, el frío Belo, estaba sonriendo. Le dio muy mala espina.

- Voy a divertirme mucho contigo- musitó.

Sus compañeros sonrieron, su gemelo como el que más.

Nesea sintió entonces que alguien la sujetaba del brazo. Un sudor frío recorrió su espalda: era Poseidón.

- Tú no pelearás, no ahora- dijo, la furia perceptible en su voz-. Vas a llevar un mensaje.

Nesea trató de zafarse, pero el dios del mar le apretaba con demasiada fuerza.

- ¿Un mensaje?- preguntó.

- Sí.

Mientras Poseidón le indicaba a aquella enemiga el mensaje que quería que llevase, sin duda alguna a sus señores, el resto de generales marinos coincidían que lo mejor era marchar de allí, pues no tenían nada que hacer.

De todos ellos sólo decidió quedarse Gerión, pues decidió que aquello de lo que se había dado cuenta tenía que decirlo ya. Pèlag podría haber hecho lo mismo, pero no vio la necesidad de quedarse si ya estaba Chrisaor. Tras dirigir una rápida mirada a Aquata, que seguía inconsciente, emprendió el camino de vuelta hacia el Atlántico, tras Euterpe.

- ¡Arista!- exclamó Agenor, sin duda después de darse cuenta hacia dónde miraba su compañero. La pelirroja apenas estaba incorporándose.

Agenor quería quedarse, ver cómo estaba la joven. Pero después de ver la mirada que le echó su señor, decidió que era mejor irse.

- Panagiotakis- dijo el Dios, en cuanto vio al de cabellos azules regresar al Océano Pacífico Norte.

- ¿Sí?- inquirió éste, confundido: si estaba poco acostumbrado a tratar de "Señor" a su mejor amigo, menos acostumbrado estaba al oír su nombre completo.

- Asegúrate que esta mujer abandona el Reino Submarino- Takis asintió-. Y ve a buscar ése rival tuyo.

Scylla obedeció, no sin antes lanzar una fugaz mirada al combate entre Belo y Sao, que no se habían ido de allí, y otra a Gerión. Si Poseidón iba a estar ahora con la compañía del general de Chrisaor estaría bien protegido. No en vano, era uno de los más poderosos.

- Takis- le llamó la atención el dios del mar antes de que marchara-. Muévete cerca de la mansión Solo. Tengo un mal presentimiento.

Takis arqueó una ceja, extrañado, pero no dijo nada.

- ¿He resultado creíble?- preguntó en voz baja a Gerión, una vez estuvieron solos.

- Desde que dijo "Takis", no.

Alex sonrió.

- Volví a ser yo desde que Agenor se marchó- hizo una pausa- pero no creo hacerme una idea de lo que pasó antes. Ése es una nereida- señaló a Sao, que seguía combatiendo-, ¿no es así?- Gerión asintió. El griego suspiró-. El alma de Poseidón es muy fuerte, pero yo tampoco pienso rendirme- sacudió la cabeza-. ¿Qué es lo que querías decirme?

Gerión se cruzó de brazos antes de hablar.

Todo aquello mientras resaltaban blanco y verde, a escasos metros del templo.


Ajenos a todo lo que estaba ocurriendo bajo las olas del mar, en la tierra, en El Santuario había una actividad frenética. Ignorando los entrenamientos de sus Santos, la diosa de la guerra caminaba por el recinto, con la única compañía de un par de soldados rasos. Su sencillo vestido azul llamaba la atención puesto que ninguna mujer allí vestía esas ropas. Por ello, y por la presencia de los soldados, no pasaba inadvertida.

Finalmente detuvo sus pasos en los límites del Santuario. Podía escuchar el ajetreo diario de la villa de Rodorio. Cerró los ojos para sentir mejor el olor del mercado. Le encantaba el pueblo, aunque sus visitas se podían contar con los dedos de una mano.

Ante ella se alzaba un pequeño templo, un lugar donde podían descansar los viajeros, peregrinos en su afán de ver a la diosa. Cosa que, por supuesto, nunca sucedía. También era un lugar donde podían tomar reposo enfermos, también las parturientas acudían allí.

En ese momento, sin embargo, a Atenea sólo le interesaban dos personas que había allí: Rigel de Orión y Hevelius de Lagarto. Aquel templo, aunque no siempre, también llegaba a servir para el reposo de los Santos heridos.

Entró. A su paso, las doncellas hacían pronunciadas reverencias, como si estuvieran siguiendo el protocolo de saludo para unos reyes. Claro que Atenea, en su calidad de diosa, era mucho más importante que cualquier rey.

No necesitó preguntar por sus Santos, las doncellas supieron inmediatamente el por qué estaba allí La de los Ojos Grises. En silencio una de las muchachas hizo un ademán a la diosa, y ella supo por dónde ir. Era una habitación pequeña, con buena iluminación. Tanto las sábanas como las cortinas eran blancas y olía a limpio. En las dos únicas camas descansaban los Santos.

Atenea dio orden a los soldados de que esperasen fuera de la habitación y cerró la puerta. Sus pupilas pasaron de la brisa que mecía las cortinas a una de las esquinas, donde permanecían las Cajas de Pandora de Orión y Lagarto. Al mirar de nuevo las camas, se percató de que Hevelius tenía los ojos abiertos, fijos en el techo.

La diosa se le acercó.

- Mi Señora...- murmuró el guerrero.

Atenea chistó.

- No digas nada- se sentó al borde de la cama-. ¿Cómo te encuentras?- preguntó. Él la miró sin comprender-. ¿Cómo estás?

Hevelius volvió a mirar al techo. "Mal", habría querido decir, pero tampoco sabía cómo hacerlo. Si su diosa sabía el motivo por el cual se sentía mal tal vez decidiera apartarlo de la orden. No quería irse.

- Hamal de Aries me ha contado esta mañana cómo te encontró. Supe inmediatamente cómo fue tu batalla- Hevelius seguía mirando el techo. Se mordía el labio-. Y puedo imaginarme lo que te está pasando, Hevelius- el santo plateado sintió los ojos humedecerse. Sólo podía pensar en que no quería irse.

En la otra cama se escuchó un gemido. Rigel estaba despertando.

- Buenos días- murmuró la diosa mirándole cálidamente. Rigel tardó varios segundos en reaccionar y, cuando por fin lo hizo, se quedó con la boca abierta. La diosa volvió a mirar a Hevelius-. El ruido de una explosión puede provocar pérdida de audición. Sufriste varias y, aunque seas un Santo, eres humano.

Desde la otra cama, Rigel miró de uno a otro, confundido. ¿A qué venía eso de "explosión" y "pérdida de audición"?

- ¿Me has oído?- preguntó la diosa entonces, al ver que Hevelius no contestaba.

- Sí- respondió-. Pero...

Atenea volvió a chistar.

- Lo entiendo. No pasa nada- se levantó de la cama. Los dos Santos la miraron-. Descansad, queridos Santos.

La de los Ojos Grises se encaminó a la salida. Pero justo antes de hacerlo se volteó y miró a Hevelius. Por medio del cosmos le dirigió estas palabras:

- "Quedarte sordo no va a hacer que te vayas."

Y allí le dejó, llorando de alegría, mientras Orión preguntaba qué pasaba.


- Nereo no desea hacer que Tritón ocupe su lugar. Las nereidas tratan con más respeto al primero que al segundo.

Alex-Poseidón examinó en silencio a Gerión de Chrisaor. ¿Sería verdad?

Si realmente Nereo no hacía todo eso para darle el trono a su, en teoría, nieto, sino para dominar los mares por sí mismo, sería mucho más peligroso. Las mismas nereidas serían más peligrosas.

- Te mataré, al mejor estilo Berserker- recordó Alex las palabras de Sao mientras le veía combatir.

Sin darse cuenta Alex de que había logrado recordar algo que había vivido no él, sino la otra alma que habitaba su cuerpo, miró a Gerión y dijo:

- Nereo tiene ayuda de Ares.

Chrisaor abrió la boca, sorprendido, a punto de decir algo. Pero justo cuando iba a hacerlo se escuchó un potente grito:

- ¡Cruento Trueno Helado!

Primero vino un destello cegador de color verde, al que siguió un repentino descenso de la temperatura, hasta llegar a congelar buena parte del terreno. Finalmente una explosión hizo temblar toda la zona.

Las chicas pez, por fin ambas despiertas, se abrazaron gritando, asustadas. Por un instante Alex creyó que todo se hundiría, cuando recordó que los pilares sólo podían ser destruidos por Atenea.

Y cuando todo fue calma y silencio, y Sao, el guerrero nereida se hizo visible, pudieron ver que miraba a Poseidón con aires de autosuficiencia. Le oyeron claramente decir:

- Yo también sé congelar. Pero puedo llegar más lejos que eso.

Junto a él, en el suelo, estaba Belo de Kraken.

No se movía.

Continuará...


¡Un nuevo cap! Ojalá que os haya gustado, la espera merece la pena, ¿no? Por si acaso, quisiera recordar una pequeña chorrada: Salmacis de Limnades es un tipo... "a lo Aphrodite". Es muy narcisista. Ea, dicho eso, espero que hayáis disfrutado del cap.

Esta vez una nota de capítulo muy corta. Es que son las dos de la madrugada y llevo tratando de acabar el capítulo desde las nueve, casi. Y como que tengo ganas de irme ya a la cama...

Todo comentario, sugerencia, críticas o tomates serán bienvenidos. ¡Hasta la próxima!