9

El hombre quedó semi congelado en el lugar, tratando de inventar una respuesta. Se quitó los lentes de sol y le sonrío a la mujer que lo miraba un poco incrédula.

- Este… hola cariño… pasaba por aquí…

- Si, seguro… con buzo y siguiéndome por cuadras, ¿crees que no me dí cuenta?

- Bueno… pensé que no me habías visto.

- Me sentí observada y al girar mi cabeza vi un hombre con buzo y gafas caminar casi al paso y cerca de mi, detenerse donde yo lo hacía y volver a caminar cuando yo lo hacía. ¿Me puedes decir qué estás haciendo?

- Yo… este… ¿no quieres un café?

- No, quiero una respuesta.

Titubeando un poco, el hombre explicó en pocas palabras su preocupación y curiosidad. La mujer lo miraba semi divertida, semi incrédula; ver a Albert con buzo era todo un espectáculo y además con la cara cubierta de rubor tratando de explicarse.

- Y finalmente, lo que pasa es que me preocupas que andas sola cuando ya queda poco para que nazca Hope.

- Tranquilo, está bien. Ya llegaste hasta aquí, ¿en serio quieres saber qué hago?

- Sí.

- Acompáñame.

Siguieron caminando de la mano hasta llegar al orfanato, un lote de niños corrieron hacia ellos cuando la vieron llegar, varios se detuvieron al ver al hombre de buzo. Candy los presentó, mientras el chico de las bolsas iba como todas las mañanas hacia la cocina con su cargamento.

Después de un rato, Albert estaba integrado plenamente a los juegos de los infantes. Su mujer lo veía desde una de las ventanas del corredor, mientras acariciaba los cabellos de una niñita que había llegado el día anterior y aún andaba asustadiza por las dependencias.

La directora la llamó para conversar un rato. Era una mujer un poco bajita, medio rechoncha, que tras perder a su marido y ver sus hijos adultos se había dedicado a cuidar a todos esos pequeños que habían perdido de una u otra forma su familia.

Desde la llegada de Candy con la asistente social, cada vez que requerían un consejo médico, la mujer se acercaba a ella y Candy le ayudaba feliz. Tras la conversación, ambas mujeres salieron al patio donde Albert aún jugaba con los chicos. Candy se sentó en una banquita a mirarlo, cubriéndose los ojos con la mano como visera.


Se ve hermosa sentada en ese banco y cuando los niños la recibieron pareció iluminarse más, ignoro porqué no me contó lo que hacía, pero estoy orgulloso de ella. Encontró una forma alterna de ayudar a los demás, distinto a su quehacer diario en el hospital.

Después de presentarme, besó a cada uno de los chicos que nos rodeaban y repartió los dulces que llevaba en la cartera. Ellos salieron corriendo y una niñita de rizos oscuros y piel muy blanca, tomó mi mano.

- ¿Juegas?

Miré a Candy, mi primer impulso era decirle que sí, pero ¿estaría bien? Ella me sonrío, besó mi mejilla y le dijo a la chiquilla.

- Muéstrale todo Jaquie.

Y la infante salió hacia el patio para presentarme de nuevo a los niños y dar un paseo por el lugar. Rápidamente me sumé a ellos, parece que pocos adultos juegan con ellos, porque estaban felices.

Jugamos a las escondidas, a trepar árboles, a saltar la cuerda. Después de un rato, nos tiramos en el pasto del jardín, que era bastante amplio. Cerré los ojos y sentí el sol en mi cara, ¡qué agradable!, hacía su tiempo desde que percibiera esa sensación de relajo absoluta (no estoy considerando nuestros días de vacaciones)

Uno de los niños, de cabello corto, castaño y rostro con muchas pecas, se sentó y me preguntó:

- ¿el bebé de Candy es tuyo?

- Sí, ¿cómo lo sabes?

- Ella dijo que ese bebé era un regalo de un hombre maravilloso- me dijo otra de las niñitas, una trenza larguísima le llegaba casi a la espalda.

- La verdad es que Candy y mi hija son el mejor regalo que me ha dado la vida.

Sentí su mirada, estaba sentada en una banquita y cubría sus ojos con sus manos. Se veía hermosa, deslumbrante y yo la amaba, la amo y la seguiré amando mientras viva, porque ella es mi propio sol y jardín en esta vida.