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CAPÍTULO 25

Luz extinta

—Detente —le rogó apenas, cuadras más adelante. Lo hizo, se orilló y notó que ella intentaba abrir la puerta sin éxito. Su debilidad y cuerpo descontrolado no le permitían hacer nada.

—Candy…

—Tengo que… —escuchó de ella y el reflejo de una arcada lo hizo reaccionar. Bajó de inmediato y la ayudó. No paraba de hacerlo, una y otra vez sobre el pavimento. Se sentía perdido, asustado, embravecido, pero, sobre todo, desesperadamente preocupado por ese frágil ser por el que, sabía, daría hasta el último aliento.

No podía dejar de evocar lo ocurrido hacía unos segundos.

Iba entrando a su recámara. Observaba todo, nostálgico. Por la tarde, pese a que estudiaron e hicieron deberes, la asaltó sobre aquella cama en medio de risas que inundaban sus oídos. Candy cada vez estaba más receptiva, más alegre. Burbujeaba energía y eso lo atraía todavía más si eso fuera posible. Su forma de mirarlo, de tocarlo. Era como si su mundo comenzara y terminara con él y eso lo hacía sentir tan único, tan fuerte, que se encontraba buscando todo el tiempo que esas esmeraldas con oro lo mirasen de aquella manera en cada segundo.

—No vamos a terminar nunca, Terry —soltó, acariciando su rostro con esa dulzura tan suya. El chico besó su nariz delicadamente, ya, sobre ella, como tanto le agradaba.

—Oh, sí, ahora mismo lo haremos, Estrellita. —Candy rio, mostrando sus hermosos dientes.

—Prefiero que tomemos nuestro tiempo —expresó con picardía, probando con sutileza la comisura de su boca. Terry abrió los ojos más que feliz.

—¿Si te he dicho que me agradas, verdad? —asintió con sus mejillas enrojecidas, la pinchó en el abdomen provocando ese sonido que adoraba saliera de su garganta—. Bueno, pues me agradas mucho, chiquilla —dijo y la besó como siempre: con intensidad y posesividad.

Al dejarla en esa maldita casa, toda la soledad lo invadió. Pero al sentarse sobre aquel colchón, recibió esa aberrante llamada. Era Cleo, apenas la escuchaba. Hablaba en susurros, pero entendió bien el mensaje; se trataba de Candy y ella le abriría, debía sacarla de ahí. ¡Ya!

Corrió, corrió como jamás lo había hecho. Arrancó, rechinando las llantas y llegó casi enseguida. Entró sin problemas, la mujer estaba petrificada y sus arrugadas manos temblaban. La atmósfera en esa opulencia era aplastante, erizante. El ambiente denso, el olor a desdicha, a vacío. No pudo creer, por un segundo, que Candy pasara ahí sus minutos, sus horas.

Subió sin fijarse en nada, salvo en las voces, con el corazón en la garganta, las manos sudorosas, y, de pronto, un grito de su delicada garganta. No se detuvo, al contrario, tropezando como un demente corrió con mayor ahínco, como si su existencia dependiera de que llegase en milésimas de segundo. La sangre se detuvo al ver a aquella mujer con ese objeto listo para golpear de nuevo a ese cuerpo frágil, suave, limpio, suyo. La escena fue escalofriante, dolorosamente vejatoria.

La detuvo, ubicándose frente a ella. Su mirada era desorbitada, no la de alguien normal, sano. Le importó un carajo haciéndole ver que si no cesaba, él haría algo peor. Funcionó, pero luego esas palabras llenas de desprecio lograron hacerlo sentir las heridas que su chiquilla tenía bien hondas en su pecho.

La odiaba, la odiaba y no comprendía cómo era posible que su propia madre se comportara así, que un ser tan inocente, tan dulce y lleno de maravillosos pensamientos, pudiera vivir de esa forma, sufrir de esa forma.

Sus movimientos débiles lo trajeron a la realidad. La ayudó a subir de nuevo a la camioneta limpiando con delicadeza sus labios rotos. Su mirada seguía vacía. ¡Mierda! ¿Cómo alguien podía ser tan salvaje, tan inhumano?

—Robert, necesito que vayas al apartamento —lo llamó al ver el cuerpo laxo y asombrosamente lacerado de Candy a su lado. Cuando se bajó, hacía un momento, notó de nuevo un par de marcas en su costado como las de aquella vez, sangraban. El pánico era casi el mismo que aquellos días en los que perdió todo, la sensación de miedo. El dolor generado por la impotencia de no poder hacer nada por alguien que era vital en su vida, fue aún peor.

—¿Qué sucede?

—Es Candy, está mal. —El hombre le informó que enseguida salía hacia allá. Al llegar, la cargó con cuidado, seguía temblando y parecía no reaccionar. Ya en su habitación la recostó sobre su cama—. Candy, mírame —le rogó, haciendo a un lado su cabello, que en ciertas partes se adhirió por la sangre ya seca.

Dolía como los mil demonios ver su rostro magullado y comprender que no era nada en comparación con su interior. Entender que daría su existencia a cambio de que ella no hubiese pasado por algo semejante, que nunca nadie le hubiese siquiera lastimado.

Tomó su barbilla y la hizo girar. Candy cerró los ojos para no encontrarse con los suyos.

Suspiró dolorosamente recorriendo su cuerpo con mayor atención, examinando con deliberada lentitud. Sí, tenía pequeños hematomas en su abdomen, otros más intensos muy cerca de su pecho, unas mordidas en realidad.

Casi no entraba aire a sus pulmones, dolía cada molécula que aspiraba. Más arriba, otro par. El pecho comprimido le recordó lo que ya su cerebro había registrado al sacarla de ahí.

La tocó alguien, «ese»…

Alzó de nuevo la mirada hasta la de ella y se topó con sus ojos bicolores observándolo llenos de culpa, miedo, dolor, desazón y carentes de ilusión. Estaban razados, expectantes. Su estrella sabía bien la furia que bullía en su interior, la ira que estaba intentando guardar. Se acercó un poco más, viéndola fijamente.

—Jamás nadie te volverá a dañar, Candy, eso te lo juro —rugió con decisión. Un par de lágrimas saladas escurrieron, ya sin poder mantenerlas presas por su piel lacerada, amoratada y roja de algunos sitios.

—Quiero desaparecer… —habló al fin, pero lo que dijo solo sirvió para hundirlo más en ese pozo en el que sentía, caía junto con ella. Ni en mil años lo permitiría, no su luz.

El timbre sonó. Besó su frente y la dejó unos segundos.

Tembloroso, abrió. Su tío observó su rostro pálido, completamente descompuesto, muy similar al de aquellos meses.

—¿Qué pasó, Terry? —deseó saber con su maletín en la mano, serio, demasiado preocupado.

—La… La golpearon, tío. —Nunca le decía así, su voz se notaba asombrosamente quebrada. El hombre frunció el entrecejo sin comprender.

—¿Quién?, ¿por qué no la llevaste al hospital? —Terry se frotó el rostro, desesperado.

—¡Mierda! —sollozó sin llorar—. Su madre y… No sé… Alguien más. Robert, si la llevaba a un hospital preguntarían. Está mal, no quiero exponerla y no sé bien lo que ocurrió. —Su tío asintió comprendiendo.

—¿Está en tu habitación? —Su sobrino asintió, abatido. Al entrar no pudo esconder su asombro. Su rostro estaba mallugado, la golpearon con desmedida fuerza, brutalidad en realidad—. ¿Candy, cielo? —La chica miraba hacia un punto, ajena a todo.

Robert negó, notando que, además, de golpes, le habían roto el alma. Se acercó con sigilo, sabía que esa era la manera de proceder después de algo similar…

La joven se cubrió el pecho, ansiosa, con lo que podía de su blusa rota. Terry bufó, abrió sus cajones y sacó la de uno de sus pijamas, pues para esas alturas, ya Candy tenía muchas más pertenencias ahí. Se acercó, sereno, escondiendo su miedo, su ira y todos esos sentimientos para solo mostrarle cariño, ternura, seguridad, aplomo. Acunó su mano con suavidad midiendo su reacción, parecía que saltaría en cualquier momento.

—Debe revisarte, Estrellita… —asintió, absorta en su mirada. Terry sonrió complacido—. ¿Nos das un segundo, tío? —El hombre salió consternado. Con una ternura que para Candy le resultaba insólita, le ayudó con sumo cuidado a quitarse la otra camisa sintiendo que la quemaría, o mejor aún, mataría al responsable de ello, y le colocó la que llevaba entre las manos—.De todas maneras tiene que revisar tus heridas… ¿Comprendes? —Candy respiraba tan lento como un pajarillo herido, parecía no desear hacerlo en realidad.

—Solo…, no te vayas —le pidió temerosa. Con las manos temblorosas acarició su babilla.

—Nunca… Tranquila —dijo y abrió la puerta.

Despacio y con mucho tacto, la examinó. Nada de movimientos fuertes, tampoco abruptos, sabía colapsaría si no lo hacía así.

—Traes la muñeca fracturada, Candy —Ella asintió, observándola sin ninguna expresión—. Te daré unos analgésicos, ¿sí? Inmovilizaremos esa mano aquí, pero luego irás para que te lo haga bien, y te daré algo para que esos golpes sanen más rápido y curaré las heridas. ¿Okey? —La joven apenas si asintió—. Candy, debo saber esto… —Su tono hizo que lo mirara fijamente—.¿Abusaron de ti? —Terry no pudo esconder su reacción inhalando con fuerza, irguiéndose. La joven agachó la cabeza con los labios temblorosos, negando. Ambos soltaron el aire. No era que lo ocurrido no fuera atroz, pero agregarle más carga a eso, sería un desquicio—. Bien, ahora… Creo que debes pensar en denunciar esto. No merece quedar impune algo así, ¿comprendes? —La chica retrocedió olvidando el dolor un segundo.

—No… —soltó amedrentada, con la mirada desorbitada. Robert se rascó la frente, ya demasiado ansioso, preocupado. Terry no dejaba de verla, no se despagaría de su lado y evidentemente no la sacaría de ahí. La joven tenía un mar de problemas encima, eso era más que evidente y temía que lo arrastrara a ellos. Su sobrino ya había pasado por mucho, no deseaba una jodida dificultad más en su vida, no de ese tipo—. Quiero darme un baño —musitó bajito, con esa vocecilla que Terry adoraba, rota.

Al notar que no lograría nada en ese instante, asintió comprendiendo que no era el momento, y eso lo sabía, solo que no pudo evitar decirlo, no cuando se trataba de él, del ser que su hermano tantas veces le rogó cuidara, si llegaba a faltar.

—Puedes hacerlo, solo vigila la muñeca. No la muevas. Iré por lo que necesito… Regreso pronto —le sonrió, centrándose en lo importante; la salud física y mental de esa niña. Terry se acercó a Candy al ver que se intentaba levantar con dificultad—. No tardo, hijo —concluyó y salió molesto, indignado. Era claro por las huellas en su piel que intentaron abusar de ella… Ver a alguien golpeado era de las cosas que lo superaban en su trabajo, pero saber que los responsables fuesen los padres, era aberrante. ¿Qué habría sucedido?

El móvil de Terry comenzó a sonar. Lo ignoró poniendo de pie a Candy.

—Te acompaño. —La joven se zafó de su tacto negando con recelo.

—No… —Terry respiró hondo. No podía mantenerse siquiera de pie sola.

—Lo siento, no dejaré que te expongas, no puedes sostenerte, Candy. —La levantó con cuidado y la llevó.

—No quiero… —sollozó a un lado de la ducha. Sujetó su rostro con delicadeza extrema, solo deseaba que lo viera.

—No puedo dejarte sola, no así —musitó y un par de lágrimas más resbalaron.

—Tengo miedo —murmuró despacio. La acercó a él y la encerró en su pecho.

—Lo sé, pero aquí nada te pasará, te lo juro —asintió, temblorosa.

Besó su cabello absorbiendo su aroma, comprendiendo que su Candy estaba muy lejos de ahí. La separó un poco sonriendo tristemente muriendo despacio en su interior al verla de esa manera—. Templaré el agua, y te ayudaré a ingresar, ¿de acuerdo? —asintió sin remedio con la mirada gacha. Necesitaba con urgencia quitarse su saliva, su olor, su tacto. No soportaba que siquiera Terry la tocara temiendo que lo detectara, que se mezclaran.

Le permitió desnudarla con su ayuda. Su tacto no le molestaba, al contrario, funcionaba como bálsamo para cada herida de su alma, de su cuerpo, pero no deseaba que su piel sucia, lo contaminara. No a la luz que alumbraba su oscuridad desde hacía meses.

La ayudó a ingresar con delicadeza, le dio un beso en la frente y salió.

Ya sola, observó su cuerpo dañado, comprendiendo que no era nada en comparación con lo que en su alma había. Dejó que el agua hiciera su trabajo mientras veía fijamente irse los restos de jabón con el que se frotaba una y otra vez deseando desaparecer cualquier huella, y su maldita saliva pegada a sus poros, por el drenaje.

Sentía todo y sentía nada. Odio y dolor. Hielo y ardor. Oscuros sentimientos de desazón, de prolongada nevada.

Sentado a los pies de la cama con la cabeza entre las manos, una lágrima de impotencia y rabia salió. Necesitaba saber qué ocurrió y si ese hijo de perra la… No quería ni pensarlo, ni siquiera imaginarlo. El móvil vibrando en la mesilla de noche lo sacó de sus cavilaciones.

No reconoció el número.

—¿Sí?

—¿Eres Terry? Soy Karen, la hermana de Candy —lloraba, era evidente. Cerró los ojos frotándose el puente de la nariz. Ya debía saberlo.

—Sí, soy yo —musitó con voz críptica, contenida.

—¿Dónde está? Quiero verla, ¿está contigo, verdad? —Estaba a punto de ponerse histérica.

—Sí, te mando mi ubicación… Ahora aviso para que te dejen pasar. —La chica soltó el aire, había alguien más con ella—. Y algo más; no quiero aquí a tu madre… ¿Queda claro? —Le advirtió, importándole una mierda lo que quisiera la hermana de su luz extinta.

—Sí, sí, es Laura, ahora vamos… —dijo y colgó y le mandó su dirección por mensajería instantánea. El agua dejó de escucharse, su tío no debía tardar. Entró con sigilo. Candy no lucía mejor, solo húmeda. Sin decir nada la recibió con una enorme toalla y la arropó. Su cuerpecito desnudo, lastimado, hacía que le doliera incluso la piel.

—¿Necesitas más ayuda? —negó sin verlo, evadiéndolo—. Te dejé ahí una muda… Karen y tu tía, vienen para acá… —Su delicada estructura anatómica se tensó. Apretó los dientes conteniéndose, elevó su barbilla tratándola como a un fino cristal—. Nadie que no quieras se acercará. —Candy asintió creyéndole completamente.

Se sentía sumergida en un océano de dolor, de ira, de decepción. Su identidad estaba trastocada, su orgullo pisoteado y todo aquello que había logrado de alguna manera mantener en pie durante todo ese tiempo, se cayó como si un castillo de naipes se tratara. Aguijonazos de hielo quebraron su ser, el infierno se materializaba y sentir que las propias aguas la jalaban para hundirse más, no lo soportaba. Aun así, no lloró, su esencia se alejó de su pensar y logró refugiarse en los confines seguros de su mente, donde todo fuera diferente, donde nadie la podría encontrar.

Su tío llegó minutos después. Esperaron a que saliera del baño y comenzó trabajar. El timbre sonó, Terry desapareció dejando a una Candy, pálida, sin expresión. Eso lo helaba más aún que si la viese llorar sin cesar.

¿Cuántas veces se habría guardado de esa manera?

Abrió serio. Una joven con cierto parecido a Candy, solo que de rasgos más exóticos, menos tiernos y el cabello castaño, lo observó con ojos llorosos. Laura iba detrás con el semblante desencajado.

—Hola… —murmuró la chica cuando él les permitió entrar—.¿Cómo está?, quiero verla —pidió de nuevo entre lágrimas. Terry la observó, notando la diferencia en sus caracteres de inmediato.

—La están revisando, curando —informó, irritado. Sentía rabia porque ninguna de ellas dos la hubiesen ayudado antes.

—Cleo dijo que estaba muy mal, que…

—Tu madre es un jodido monstruo —soltó, importándole una mierda lo que pudieran pensar. Él odiaba, odiaba de tal forma que no lograba pensar con claridad.

—No sabemos bien qué fue lo que ocurrió y… —intervino la tía un tanto molesta por su tono. Terry la miró fijamente, sin replegarse ni un poco.

—Yo sí, y me parece inaudito que ustedes no. ¿Cuánto tiempo llevan no deseando ver lo que sucedía frente a sus narices? —Les reclamó, contenido, frustrado, necesitando descargar con alguien su desazón, su impotencia. ¡Ellas eran su familia, carajo!

—No creí que… —Terry giró hacia Karen.

—No es la primera vez, aunque en esta ocasión fue más allá…—sentenció, imperturbable, frío. Laura se acercó a su sobrina con tristeza.

—Venimos por ella, yo la cuidaré y… —Terry rio negando. Ni un estúpido ejército proveniente del infierno haría que lo permitiera.

—No, señora. Candy se quedará en donde ella decida. —ambas mujeres notaban la posesividad de su voz.

—Es mi sobrina —le recordó, alzando la barbilla, intentando hacerle ver que ella era la que decidiría.

—Se quedará donde decida. Ahora… ¿Si quieren pasar?, acompáñenme… Pero les advierto… Aquí no solo hubo un monstruo —Laura parpadeó, descolocada, al comprender sus palabras. Lo siguieron temblorosas. Robert ya terminaba de inmovilizar su muñeca mientras Candy miraba la cortina corrida como si viera algo más.

—¡Candy! —chilló Karen, corriendo hasta ella. Candy volvió el rostro mostrando un poco de tristeza. En cuanto la vieron de cerca, se llevaron las manos a la boca lagrimeando. Sin perder tiempo su hermana se hincó a un lado del piso y la rodeó impactada, profundamente afligida, incrédula.

—Cuidado, está herida, tiene rota una muñeca —le recordó el doctor. Esta asintió, abrazándola con cuidado mientras Candy acariciaba su cabello como consolándola con su mano lesionada, con su gesto ausente.

Terry observó el cuadro, mudo. No daba crédito a la reacción de esa chiquilla.

La tía se acercó, deshecha, y se posicionó a un lado de su sobrina, sobre el piso.

—Mi amor… Mi cielo… Lo siento tanto…

—Yo también —admitió, mientras los dos hombres observaban la interacción. Laura acarició su lastimado rostro llena de coraje y de pronto la marca en su cuello la hizo erguirse. Llena de pánico la miró a los ojos. Candy notó el gesto de su tía lleno de furia y como esta de inmediato giró hacia Terry con gesto acusador.

—No, no… —solo pudo decir débilmente para evitar un malentendido atroz. El chico comprendió lo que ahí ocurría. Apretó los puños deseando ya descargar eso que sentía bullir en su interior, dejar salir esa marea roja que lo matizaba todo. Desde que estaba con ella jamás le había hecho daño y jamás se lo haría. Candy era frágil. Adoraba verla gemir, jadear, llevarla a la cúspide del placer una y otra vez sin detenerse, pero nunca la heriría, eso era impensable.

Laura la encaró dejando de respirar, escarbando en su memoria, en algún momento donde Candy, mucho tiempo atrás, mencionó que no le gustaba cómo la miraba el esposo de su madre… Algo de pronto se activó en su interior, como una lucecita que de repente es tan potente como un reflector de mil watts.

—¿Te… Te tocó, Candy? —Terry sintió cómo su corazón embravecido se detenía. Todo fue silencio por unos segundos. Karen levantó la cabeza sin comprender a quién se refería su tía. La joven bajó la mirada notoriamente nerviosa—. Mi amor, ¿fue él? —Candy alzó la vista y la clavó en su novio, afligida, culpable, dolida.

—Yo… Yo me defendí —musitó, llorosa. Terry negó, horrorizado, comprendiendo de alguna forma que se trataba de ese hombre que vio en su casa. Su corazón ahora presa de las arritmias se hundía cada vez más en su pecho y la impotencia lo invadió todo, absolutamente todo.

—Quién? ¡¿Qué?! —exigió saber Karen un tanto histérica. Laura cerró los ojos levantándose de inmediato al tiempo que negaba con una mano sobre la boca, horrorizada, inigualablemente consternada.

—¿El esposo de tu madre, Candy? —preguntó con voz oscura Terry sin dejar de verla directamente, de pie, casi frente a ella. La joven se removió incómoda, temblorosa. Karen la miró con la boca abierta dejando salir al mismo tiempo un pequeño grito de horror.

—Qui… Quiero estar sola… —musitó, tocándose la mano que inmovilizaron. Sus delgados dedos temblaban, sus ojos no decían nada.

—Está muy alterada, no creo que sea el momento para esto—intervino Robert, atónito, notando a la chica a punto de colapsar, lo asombroso era que no había soltado una sola lágrima.

—Tienes razón, Robert y gracias por todo… —Terry los observó, dándose cuenta de que se conocían, sin embargo, eso era lo de menos, su estrella parecía caer y caer en un pozo tan hondo que no sabía cuándo tocaría el piso y, por mucho que deseara, no sabía cómo estirar el jodido brazos y sacarla, no después de comprender esa abominación, de conocer al fin esa pieza que siempre le faltó y que ya entendía por qué—. Yo te cuidaré, mi amor, estarás bien… Vamos —dijo y pretendió acercarse, cariñosa, arrepentida, decidida a cumplir su palabra. Terry se movió, pero su tío lo detuvo con gesto severo. Candy negó ansiosa, moviéndose más de la cuenta, negando.

—No, no… Yo quiero estar aquí… Por favor —Terry se zafó rabioso y se ubicó a su lado como lo haría un animal salvaje cuidando a su pareja. Ella le dio paz, él haría lo que fuera para dársela también, aunque no tuviera la menor idea de cómo lo lograría después de lo ocurrido.

—Seré claro, Candy permanecerá donde ella quiera. No se le forzará a nada y no lo diré nuevamente. —Su tía asintió notando su forma protectora, firme.

Karen se limpiaba el rostro sin saber qué decir, qué hacer, azorada, asombrada, dolida. No tenía la menor idea de todo lo que su hermana pasaba.

—Vamos afuera… No creo que sea el lugar para esto —ordenó el médico, notando la tensión. Terry aceptó comprendiendo que ya no podía ocultar más su rabia y que eso no lo necesitaba Candy en ese momento.

—Ahora regreso, Estrellita —murmuró, pegado a su rostro—. Solo tranquilízate, estás segura aquí. ¿Sí? —Ella asintió despacio, mirándolo con millones de mensajes en esas esmeraldas que no lograba interpretar, pero sabía, tenían demasiado dolor. Besó con ternura su frente, sintiendo su dolor y fue tras los otros adultos.

Karen no se movió.

—Yo aquí me quedo, quiero estar con ella —manifestó y se sentó a su lado para abrazarla. Todos asintieron.

El dolor de lo vivido, el frío permeándolo todo, la ira deambulando herida por sus torrentes, por cada uno de los cuerpos de ese lugar, se podía sentir, incluso tocar y la incertidumbre de lo que pasaría, de lo que en su cabeza había, los sumía aún más.

CONTINUARA