Hola, mis muy queridos lectores. Siento no haber actualizado antes, pero he tenido algunos problemas personales y sobre todo burocráticos, de los que no os voy a aburrir con detalles. Me hubiera gustado actualizar a finales del mes pasado, para así más o menos volver a retomar las fechas a las que estáis acostumbrados, pero ya veis que me ha sido imposible. Sin embargo, espero que eso no os moleste y que os alegre ver que, como siempre, he vuelto a actualizar, ya que como he dicho en muchas ocasiones no tengo ni la más mínima intención de dejar abandonada la historia. Y no descartaría que quizás, en la próxima actualización, venga con un pequeño drabble del Assassin's Creed Rogue, ya que por desgracia el Unity no lo podré tener al carecer del PS4, pero no descarto algún fic próximo de Elise y Arno. Disfrutad de la lectura.

Revelaciones

Noviembre de 1191 d.C.

Adelantó con lentitud las manos hacia la pequeña hoguera que había logrado prender dentro de aquella estrecha y húmeda cueva. Apenas llegaba a sentir los dedos, los cuales estaban completamente empapados, al igual que el resto de sus pertenencias. La inglesa sintió un ligero picor en su nariz consiguiendo que, finalmente, estornudase fuertemente. Habían estado horas cabalgando, expuestos ante el inclemente clima, sin descanso hasta encontrar ese diminuto refugio. Se trataba de una caverna de escasa profundidad que se hallaba tras un paso elevado casi anegado debido a las riadas. Habían tenido suerte de poder atravesarlo sin que ninguno de sus caballos fuera arrastrado por el agua y, después, se habían adentrado en el interior de la sima.

María sabía que la tormenta se acercaba más y más hasta su posición por el eco de los truenos en la lejanía. Durante todo el recorrido la luz había ido escaseando cada vez más, hasta estar sumidos en una casi perpetua oscuridad debido a las implacables nubes. Sabía que cuando se habían adentrado en la cueva todavía no había anochecido, pero era demasiado peligroso continuar el viaje bajo aquellas condiciones. Y, aunque no había hablado con el Asesino de ello, sabía que ambos habían llegado a la misma conclusión. Adentrarse más en la montaña no aseguraba encontrar otro refugio en el que cupieran ellos y sus monturas; donde estar seguros de que el agua no inundaría el lugar.

Ambos caballos estaban al fondo; el de Altaïr se hallaba de pie, moviendo vigorosamente la cola mientras relinchaba cada cierto tiempo, mientras que el suyo permanecía recostado sobre sus patas, al parecer completamente exhausto por la larga jornada de viaje. Ella había conseguido prender la hoguera debido a que aún contaba con algo de yesca seca; el resto había terminado empapándose. Durante ese tiempo el Asesino se había quedado cerca de la entrada, observando el cielo con sumo cuidado, el cual de tanto en tanto se iluminaba por completo, dando paso después a un fuerte tronido que retumbaba fuertemente en el interior de la caverna. La inglesa se había desprendido de su capa, colocándola cerca de la hoguera, esperando que de esta forma se secara con rapidez; sin embargo, al sarraceno no parecía importarle que toda su ropa estuviese empapada.

La inglesa había visto morir a mucha gente durante la época invernal debido a haber estado demasiado tiempo bajo la lluvia. En el castillo eran pocos los sirvientes que habían perecido por ello, pero recordaba a uno de los jóvenes palafreneros tumbado junto a la despensa, únicamente cubierto con una gruesa manta de lana mientras su madre, una de las criadas que trabajaba en las cocinas, intentaba en vano bajarle la fiebre. El muchacho había estado la noche anterior buscando a uno de los caballos de su padre, el cual había escapado de las caballerizas tras oír un potente trueno. Había encontrado al animal a pocas millas de su hogar, pero de regreso se topó con una fuerte tormenta. Cuando llegó estaba completamente helado y, aunque intentaron que entrase en calor, a los pocos días la fiebre fue tan alta que el lacayo terminó colapsando. Aún podía oír el llanto desconsolado de su madre ante el cuerpo inerte de su hijo. Debido a ello odiaba la lluvia, porque sabía perfectamente a qué fatídico destino podía llevar.

Vio como Altaïr se daba la vuelta, caminando con lentitud hasta estar a un par de pasos de la hoguera. Aunque el día prácticamente casi había terminado él seguía con aquel semblante, una pétrea máscara de seriedad que había estado llevando durante todo el camino. Apenas habían intercambiado una decena de frases y todas ellas acababan de forma abrupta ante el tono del Asesino. María sabía que todo aquello era su culpa, ya que al haber sacado el tema de Adha había conseguido algo que nunca había deseado: herir de forma directa al sarraceno. Tal vez pensase que fingiendo indiferencia no notaría su cambio de actitud en relación a días pasados, pero era demasiado evidente que se encontraba afectado por lo que ella había dicho.

Durante toda la silenciosa marcha había estado pensando en cómo sacar el tema sin mencionar a la mujer. No podía iniciar una conversación anunciándole que ella había visto a Adha pues él había invocado su figura de alguna forma, así que tenía que evitar aquel tema, ignorarlo. Pues lo verdaderamente importante no era eso. Aún no llegaba a comprender qué era aquello, quién podía ser aquel fornido hombre que hablaba o el porqué de repente el Fruto había comenzado a chirriar de aquella forma. Demasiadas preguntas sin respuestas que únicamente podían ser satisfechas por el Asesino, pues era el único que conocía el poder que escondía la Manzana y el alcance que podía tener sobre las personas.

Todavía sentía esa profunda sensación de miedo en su interior. Miedo a lo desconocido, a lo que no podía ser controlado. Temía de forma irracional al poder que el orbe podía despertar y lo que podía hacer con ella, con todos, si no llegaba a ser controlado. Sabía que advertir a Altaïr era el primer paso para que aquella sensación desapareciera, pero las palabras que debía pronunciar eran difíciles de decir. Admitir sus temores era algo que siempre había intentado evitar, pues era demostrar que era débil. Una mujer débil rodeada de hombres que la consideraban inferior. Pero sabía que si se callaba en esta ocasión sería peor. No podía permitir que lo que había pasado volviese a ocurrir.

«El miedo no es malo. Lo auténticamente malo es dejar que ese miedo nos domine».

Clavó los ojos en la figura del Asesino. Ella se había dejado dominar la noche anterior. Su orgullo le había impedido que admitiera sus sentimientos y debido a ello se encontraba ahora en la situación actual. Bajó la vista, centrándose en el fuego. Era la primera vez que estando acompañada del sarraceno que se sentía sola e ignorada. Y, por alguna extraña razón, odiaba eso. Aunque Altaïr fuera alguien parco de palabras nunca había permanecido tanto tiempo sin hablar con ella, soltar un comentario oportuno o simplemente mirarla con esa extraña sonrisa de burla que ponía a veces. En ciertas ocasiones llegaba a incomodarle bastante alguna de esas cosas, pero en ese momento las añoraba. La tibia sensación de camaradería que habían compartido hasta la fecha parecía haberse extinguido, y todo por su culpa.

Apretó los labios, elevando con lentitud las rodillas, rodeándolas cuidadosamente. Tenía que decírselo, daba igual que él la considerase débil o asustadiza. No creía que nada pudiera ser peor que la incómoda sensación de abandono que estaba sintiendo en esos instantes.

—Altaïr —llamó en voz alta. Él, al decir su nombre, se giró automáticamente, sin variar un ápice su semblante—. Tengo algo que decirte.

Aunque él no respondió tampoco desvió la mirada. Ella estiró la mano, invitándole a que se sentase, pues prefería que ambos estuvieran a la misma altura si iban a tener aquella conversación. Altaïr, tal como le había indicado, se sentó justamente frente a ella, sin dejar de tener contacto visual. Parecía intrigado en lo que iba a decir. La inglesa se aclaró la garganta antes de empezar a hablar.

—Tú… tenías razón —dijo—. Ayer antes de que te despertara sí pasó algo.

Hizo una breve pausa, cerrando con fuerza los puños. No podía acobardarse ahora, tenía que vencer aquel temor irracional que intentaba por todos los medios impedir que continuase.

—Después de que hablases fui a despertarte —comentó—. Pero cuando me acerqué algo pasó. —Se detuvo tragando algo de saliva al recordar el momento—. Algo bastante… inusual —musitó.

Tras esas palabras volvió a sumirse en un breve estado de mutismo. Los recuerdos de la noche anterior aparecían como imágenes inconexas en su mente, la cual intentaba hilar todos los hechos para relatarlos de manera lógica y concisa sin dejarse llevar por sus emociones.

—¿El qué? —habló por primera vez Altaïr.

—Mientras dormías estabas tocado tu bolsa y brillaba —narró—. Supuse que ahí guardabas la Manzana, pero cuando intenté despertarte algo me frenó —murmuró—. Una luz cegadora lo inundó todo y cuando por fin conseguí abrir los ojos había… alguien a nuestro lado. Un hombre.

Aún podía recordar aquellos claros ojos azules mirando a ningún lugar en concreto, casi transparentes. Llevaba una especie de toga como única vestimenta y su rostro, oculto tras la espesa barba, daba nociones de su avanzada edad. Sin embargo, no había sido capaz de oír su voz, no tenía ni la más remota idea de cuales habían sido sus palabras. Sólo recordaba aquel chirrido que aún podía sentir perforando sus tímpanos.

—Comenzó a hablar pero yo no oía nada —aclaró—; el Fruto empezó a emitir un fuerte sonido que me impedía escuchar lo que decía. —Apretó sus puños hasta el punto de que sus nudillos quedaron completamente blancos—. Sentí una fuerte presión a mi alrededor, apenas… apenas podía respirar, no había aire. Pensé que si te separaba de la Manzana aquello desaparecía —susurró— y así fue —sentenció.

El Asesino parpadeó, escuchando atentamente las palabras de la inglesa. No sabía muy bien que responder ante tal aclaración, aunque una pregunta se hacía eco fuertemente en su mente. Una amarga cuestión que hacía que recordase que María aún desconfiaba de él.

—¿Por qué no me lo dijiste? —indagó—. Cuando me despertaste, ¿por qué no hablaste cuando te pregunté? —Sentía una ligera sensación de escozor en el pecho.

—Porque tenía miedo —dijo rápidamente en un hilo de voz—. Miedo —repitió—. ¿No es curioso? Llevo toda mi vida intentando no sentir miedo de nada. Ni a la lucha, ni al dolor, ni a la muerte… —enumeró—. Pero, cuando vi eso —hizo un amago de señalar a la bolsa de Altaïr— me entró pánico.

No sabía exactamente cómo explicar aquellas confusas y descontroladas emociones que había desarrollado en esos instantes tan caóticos. Aquellas palabras era lo más cercano a la verdad que podía narrar sin desplomarse, pues la inquisidora voz de Altaïr exigiéndole una respuesta que aún no tenía era demasiada presión en estos momentos como para que pudiera pensar algo.

—Quise contártelo —añadió—, iba a contártelo —indicó—. Pero cuando despertaste pensé que no me creerías —mintió—. Era una locura, algo producto de brujería o de una pesadilla. Sin embargo, sé que fue real. Lo que vi, a quien vi —especificó— fue real y salió de esa maldita cosa.

Al terminar de decir aquello se quedó callada, expectante de cuál iba a ser la reacción del Asesino. Aunque sus palabras no eran del todo veraces no había mentido en el quid principal del tema; aquella traumática situación había sido lo que inicialmente le había impedido hablar con libertad sobre lo sucedido. Sus emociones quedaban en un segundo plano en comparación a eso. Esperaba que él comprendiese que su intención no había sido ocultarle la verdad, sino intentar entender lo que había ocurrido antes de adentrarse en una cuestión que planteaba más incógnitas que respuestas.

Altaïr permanecía sentado, analizando cuidadosamente el relato de la inglesa. Las palabras de ella no hacían más que alimentar el sentimiento de incertidumbre que todavía le provocaba el artefacto. Era cierto que había decidido quedarse con él para mantenerlo a salvo y estudiarlo en un lugar seguro, por eso lo mantenía oculto siempre a su vera para que nadie tuviera la posibilidad de arrebatárselo. Desde que vio aquellas visiones en el refugio de Acre había sido cuidadoso, ya que no quería despertar nuevamente a los dormidos espectros que parecían vivir en su interior. Pero lo había hecho y María había sido testigo de ello. La última vez que algo así pasó él apenas pudo controlarse a sí mismo, terminando arrodillado sobre el suelo de la habitación, sintiéndose físicamente agotado.

Cuando Abbas había tomado la Manzana colapsó debido a su poder, el cual extrañamente a él no le afectaba de la misma forma. Era cierto que sentía un profundo cansancio al sostenerla, pero en ningún caso había llegado a casi perder la consciencia al tenerla en sus manos. Y, sin embargo, aún sin tocarla directamente se había manifestado, haciendo que María estuviera bajo su nefasto influjo. Tanta había sido la presión a la que había sido sometida que no había sido capaz de respirar. Recordaba esa asfixiante sensación aunque, al contrario que ella, él comprendía en cierta medida qué ocurría. No podía culparla por haberle ocultado aquello; la situación que tenía que haber vivido era demasiado confusa para cualquier persona que no entendiera el devastador poder que podía despertar el Fruto.

Apretó los labios, pensando en qué decirle. Había sido del todo inesperada su respuesta, pues de todas las posibilidades que su mente podía haber barajado por su extraño comportamiento lo que había ocurrió distaba demasiado de lo pensado. Sentía los ojos de la inglesa fijos en él, ansiosa de recibir algún tipo de explicación o reacción por su parte. El Asesino sabía que apenas conocía una ínfima parte del verdadero poder que contenía la Manzana, pero lo menos que se merecía María era conocer lo que él ya sabía.

—Sé que era real —dijo—. No se trataba de magia ni de brujería. Lo que hace este artefacto, por extraño que parezca, no tiene nada que ver con esos campos.

El poder que contenía era algo más allá de aquellos conceptos, más cercanos al poder divino de cualquier deidad. El hombre que lo poseyera tendría el mismo dominio sobre el resto de sus semejantes que un rey. Controlaría sus vidas, dictaminaría la guerra a su favor y ostentaría la riqueza y el poder hasta que fuera imparable. En manos equivocadas podía llegar a ser una terrible arma.

—Aquello fue una visión —explicó—, yo también las he visto, aunque en diferentes circunstancias. —Hizo una breve pausa, al tiempo que se podía escuchar un fuerte trueno haciendo eco dentro de la cavidad—. Tú conoces el poder de la Manzana, lo que le hace a las personas, pero sólo sabes una pequeña parte de lo que puede hacer. El Fruto hace que creas en lo que en verdad no está ahí, forma ilusiones —sentenció—. Al Mualim me dijo en una ocasión que fue gracias al Fruto por lo que las aguas del mar Rojo se abrieron, o al menos eso creyeron los judíos. El mar nunca se separó, todo fue un engaño, un simple espejismo.

Durante toda su vida había escuchado en un sinfín de ocasiones el lema de su Hermandad, tantas veces que llegó un punto de su vida que llegó a carecer de significado, siendo interpretado a placer por cada integrante de la Orden. Sin embargo, ahora comprendía verdaderamente lo que querían decir. No se trataba que nada en sí fuera verdad; podía ser veraz para algunos pero no para otros. Todo estaba permitido en el sentido que no había nada que frenase dichas acciones más allá que la moral; un camino autoimpuesto por cada uno que él deliberadamente se había saltado hacía tan solo algunos meses.

—Debido al terrible poder que la Manzana posee no debe caer en manos enemigas —aseguró—. No pensé en ningún momento que podría llegar a reaccionar de nuevo a no ser que la tocase directamente, por eso la he mantenido a buen recaudo —musitó—. Pero veo que me equivoqué.

María lo miraba con expectación, atenta a su pequeño discurso. Había supuesto que el poder del artefacto también consistía en crear visiones debido a que había visto la figura de Adha la noche anterior, y tomó como la creación de una evocación de la mente del Asesino. Pero el resto de lo que había dicho, blasfemando contra las Antiguas Escrituras al asegurar que el que Moisés separase las aguas no fuese cierto era demasiado confuso para ella. La habían adoctrinado en la fe cristiana desde que tenía razón de ser, conocía aquel pasaje de la historia que relataban como parte del milagro de Dios, pero el Asesino aseguraba que simplemente se trataba de una farsa, un ultraje.

—¿Las aguas nunca se abrieron…? —susurró en tono débil, siendo captada dicha pregunta por el sarraceno.

—Nunca lo hicieron —negó—, como tampoco se transformó en vino en Caná. Todo ello fueron simplemente ilusiones —pronunció con lentitud—. No sé hasta qué punto el Fruto ha influido en la historia que conocemos, pero estoy seguro que más de lo que creemos —anunció—. Al Mualim al ser consumido por el poder del Fruto dijo que por fin había comprendido de qué forma funcionaba el mundo. De que nada era verdad y que todo estaba permitido.

La inglesa hizo una mueca. Aún podía observar confusión en su rostro, aunque tras esas palabras pasó a una total incomprensión.

—No le veo sentido a eso —repicó—. Me parece caótico.

Altaïr asintió con ligereza. Lo cierto es que la frase como tal podía dar pie a error. María nunca había leído retazos de filosofía, así que no podía profundizar más que el sentido inicial que él mismo había errado en creer la primera vez que la escuchó. Se llevó la mano al rostro masajeándose con lentitud el entrecejo.

—En cierto sentido lo es, pero porque el mundo es caótico —dijo—. Nada es verdad, porque los cimientos en los que se basan lo que tanto sarracenos como cristianos anhelan es una farsa. Esta guerra no es más que el conjunto de creencias de muchas personas en cosas que verdaderamente no ocurrieron —comentó—. Todo está permitido significa que es uno mismo el que debe atenerse a las resoluciones de los actos que ha cometido y convivir con ellos, sin dejarse influir por nadie más.

El Asesino no esperaba que comprendiese aquel concepto a la ligera. Si a él le había costado años desvelar el auténtico significado que se escondía tras sus palabras no tenía el derecho a exigirle una rápida comprensión a ella. Podía ver confusión y cierto recelo en su mirada ante sus declaraciones, lo esperado de cualquier creyente al que le fuera cuestionada su fe de forma radical. Al Mualim le había dicho que sólo herejes y conversos elegían verdaderamente su religión porque el resto de personas simplemente no se habían planteado otro camino. Él sabía que tenía razón, que sus palabras eran lógicas y ciertas, pero se había negado a creer en ello.

«Ah… Ahora abandonas la lógica y la sustituyes por la moral —dijo con desprecio—. Me has decepcionado».

Él había preferido confiar en las personas a someterlas. Tanto cristianos como sarracenos perseguían los mismos fantasmas, falsas ilusiones de una tierra más allá de la muerte, del Paraíso que les había sido prometido. Aunque no fuera real ellos lo creían como tal, y por tanto no tenía derecho a interponerse en sus creencias, a negarlas fervientemente hasta convencerles de que lo que hacían era un error. No se podía obligar a nadie a cambiar su forma de ver el mundo sin que antes estuviera predispuesto a aceptarlo. Muchas de las personas que llegaban a Masyaf huyendo de todo el conflicto creado en Tierra Santa eran gente que había perdido la fe en todo, la esperanza. Allí no se intentaba imponer la doctrina que tenía la Hermandad, y los que se unían a ellos era porque confiaban en ese camino y creían que era el correcto. Era una elección, no una obligación.

—No estoy de acuerdo en lo que has dicho —comentó—, al menos en una parte de ello. No creo que los cimientos en los que nos basamos sean erróneos; tal vez no sean perfectos, pero no son un error —aseguró—. Sin embargo… —añadió— entiendo a lo que te refieres al final —dijo—; uno no puede simplemente culpar a otros de los errores que comete y debe aprender a aceptarlos y vivir con ellos.

Le costaba mucho comprender el extraño razonamiento del Asesino a veces. Su forma metódica de expresarse era casi la de un enigmático profesor que simplemente te daba las respuestas sencillas en vez de las que verdaderamente eran. Pocas veces estaba de acuerdo con la filosofía de vida que él había elegido pero, esa vez, sus últimas palabras tenían sentido, pues era algo sobre lo que ella había meditado muchas veces desde hacía meses. Desde que se unió a los Templarios había visto como moría demasiada gente por culpa de aquella Cruzada. En varias ocasiones se convencía a sí misma que lo que estaba haciendo era lo correcto, que sus actos traerían finalmente la tan ansiada paz. Sin embargo, cuando la situación la superaba y no podía con el remordimiento su mentalidad cambiaba, aduciendo que simplemente era un soldado que recibía órdenes, restándose la responsabilidad pertinente en los actos que había cometido.

Era una asesina y lo sabía. La diferencia principal entre Altaïr y ella era que él no escondía tales hechos. Todas las personas que conocieran su fama sabían que estar ante él era ver al mismísimo Ángel de la Muerte; una sombra sigilosa que acababa con sus víctimas de forma rápida y concisa. No obstante, ella ocultaba su pasado con vergüenza y culpabilidad; nunca había hablado con nadie de la masacre de Acre salvo con otros soldados que estuvieron presentes. Tan borrachos que dudaba que recordasen algo de sus conversaciones. La penitencia que tenía que pagar por sus pecados eran aquellas pesadillas que la atormentaban de tanto en tanto. Jamás llegaría a perdonarse ser partícipe de esa carnicería como para olvidarse de lo ocurrido.

Cerró los ojos con lentitud, hundiendo su cabeza en sus rodillas con pesar; recordar aquello siempre la deprimía por el mero hecho de que hubiera tenido lugar. Nunca se borraría de su mente el rostro de las mujeres y niños que, presas del pánico y el miedo, habían gritado entre el calor y el aceite hirviendo hasta finalmente colapsar de dolor ante sus ojos. No había sido ella quien había dado la orden, pero sentía sobre sus hombros una pesada carga, rememorando esos castaños e inocentes ojos que la miraban con terror justo antes de perder su vivaz brillo para siempre.

—Alguna… —empezó a decir con voz suave—. ¿Alguna vez te has arrepentido de algo? —preguntó—. No me refiero a tus asesinatos o a tus objetivos —dijo rápidamente—. Sino a algo que no has podido controlar y que, sin más, ocurrió —terminó musitando.

Aquella pregunta sorprendió al Asesino, el cual no se esperaba que María dijera algo así. Parpadeó un par de veces, observándola detenidamente. Tenía el rostro apoyado sobre sus rodillas y la mirada perdida en el fuego; estaba ligeramente pálida mientras que sus brazos la rodeaban intentando no perder el calor de su cuerpo. Él conocía el arrepentimiento a la perfección, en muchas ocasiones de su vida se había manifestado como una contagiosa enfermedad que, aunque a veces superara, siempre volvía a persistir con más fuerza. Normalmente las solía achacar a aquellas muertes que no había podido evitar. Se arrepentía de no haber podido ser lo suficientemente fuerte para salvar la vida a Adha, de no haber hecho algo para evitar la muerte de Ahmad, de haber sido un simple infante en vez de un hombre para poder luchar por la vida de su padre. Muchos momentos y en todos podía sentir ese amargo escozor; sin embargo, había sucesos más sencillos que también le causaban pesar, cosas que no había podido evitar pero sentía que había sido culpa suya.

—Sí —manifestó—, muchas veces en mi vida, la verdad —aseguró—. Hace unos años, cuando aún era un fedayín un grupo de soldados empezó a perseguirme —comentó—. Mi misión era solo recabar información y huir, pero me emboscaron y tuve que luchar en medio de una calle abarrotada —recordó—. Aún era un novato y no sabía bien qué hacer en esas situaciones, por lo que empecé a pelear para, tras haber acabado con unos cuantos, poder huir. Solo quedaron en pie tres soldados.

Había sido una cruda tarde de invierno. Tras el deshielo, Al Mualim le habían enviado a Jerusalén debido a que unos traficantes de esclavos estaban aumentando su influencia por las llanuras, secuestrando chicas de las zonas pobres para llevárselas más allá de Tyro, convirtiéndolas de esta forma en mera carne con la que comerciar. Había seguido a uno de los cabecillas, Sabri, consiguiendo saber dónde sería el próximo intercambio; tras eso le siguió para robarle el papel con las órdenes que había recibido. Desgraciadamente falló en su cometido, llamando la atención innecesariamente, provocando que un grupo de guardias lo emboscase.

—Pensé que podría marcharme —dijo—, pero entonces apareció un niño. Debió separarse de su madre o era huérfano. Nunca supe cómo llegó allí.

Recordaba al pequeño. Un crío de apenas cuatro años de rostro sucio y ojos llorosos, caminando a través de los guardias con sus pies desnudos manchados de la sangre de los otros soldados. No paraba de temblar y parecía a punto de llorar. Demasiado asustado como para moverse, demasiado inocente como para entender que estar allí ponía su vida en peligro.

—Uno de los guardias esgrimió su cimitarra contra mí —pronunció con lentitud—; yo la esquivé, pero el niño no. Le cortó el cuello —musitó—. Ni siquiera pareció darse cuenta porque siguió atacándome o simplemente no le importaba que el crío muriese —hizo una breve pausa—. Cuando acabé con los guardias ya estaba muerto, ahogado en su propia sangre.

Aunque su experiencia como Asesino era breve se había acostumbrado a la muerte de otros. Pero en aquel instante, observando el cuerpo inerte de aquel niño que no había podido salvar, sintió que debía haber hecho algo. Apartarlo, empujarlo, alejar a los guardias de allí. Cualquier cosa antes de lo que había ocurrido. Sabía que no había sido su culpa, porque él no era responsable del niño, ni lo conocía, y no había sido su hoja la que le había dado muerte. Pero aun así se sentía culpable por no haber podido hacer nada por él.

—Fue una situación que claramente no pude controlar —anunció— y aún así me arrepiento de ese hecho cada vez que lo recuerdo.

Sin embargo, había aprendido que ese dolor que se había acostumbrado a ignorar, manteniendo sus pensamientos en otros asuntos más importantes, no lo debilitaba. La necesidad de proteger a otros le daba fuerzas. Era una alta responsabilidad, pero debía aceptarla y sobrellevarla. El núcleo de su Hermandad dependía principalmente de su gestión; no podía dejar que nada le impidiese llevar a cabo aquella difícil tarea. No obstante, en aquel instante estaba siendo un hipócrita. Era cierto que María no estaba directamente retrasando su viaje, pero lo había hecho sin pretenderlo. Había dejado que el mero hecho de querer asegurar su bienestar se antepusiera a sus responsabilidades. Sabía que era un error, pero no lo había podido evitar.

Vio el rostro compungido de la inglesa, haciendo una forzosa mueca que intentaba disimular un gesto de dolor que era claramente visible. No sabía a qué se debía aquella gesticulación pero le hizo sentir incómodo. No había pretendido que ella sintiese lástima de él con su relato; simplemente había expuesto un ejemplo de algo que había ocurrido. Estaba seguro que ella también había cometido errores en su pasado, situaciones de las que no había podido escapar y que simplemente habían ocurrido ante sus ojos. Ladeó la cabeza, prefiriendo mantener el silencio que se había formado entre ambos.

No obstante, los pensamientos de María estaban alejados de cualquier sentimiento de lástima o pesar que pudiera sentir debido a dicha historia. En su mente el remordimiento era el peor mal que podía existir y, tras las palabras de Altaïr, no había podido evitar evocar a sus propios demonios. Aquellos niños derritiéndose frente a sus ojos, con su madre intentando inútilmente detener el aceite. La situación había sido totalmente diferente, pues el Asesino no había sido partícipe en sí de la muerte de aquel infante. No había ayudado a su regimiento a arrinconar a los infieles, ni había sido él quien había ordenado el cerco alrededor de ellos ni se había quedado impasible mientras otro daba la Orden aun sabiendo que aquel acto los llevaría a todos al Infierno.

Sentía unas terribles ganas de vomitar lo poco que había ingerido hasta entonces. El olor aún permanecía fresco en su recuerdo, rememorando el aroma de la carne quemada, el cual cada vez que lo evocaba la hacía sentirse enferma. Tragó saliva mientras cerraba los ojos. Debía convivir con ello, pues ese era su castigo, el equitativo por haber arrebatado tantísimas vidas inocentes. Pero quemaba demasiado, era una tortura. Normalmente su mente la protegía de tales pensamientos, por eso simplemente lo recordaba en sus pesadillas, olvidando aquel hecho el resto del tiempo, pero en este momento era incapaz de blanquear su mente, de erradicar esas crueles imágenes. Sintió los labios temblar, notando como una palabra que había intentado no decir en voz alta escapase de entre ellos como un maligno hechizo que no se haría real hasta que fuera pronunciado.

—Soy una asesina… —susurró.

Tras decir ello sintió como sus ojos empezaron a arder, como si hubiese descubierto algo que había ignorado hasta la fecha. Desde que ocurrió sabía lo que era, en qué se había convertido al permitirlo, pero decirlo de aquella forma lo convertía en real y, de alguna forma, hacía que se sintiera completamente indefensa ante la mirada confusa del Asesino.

—¿Qué? —preguntó sin comprender sus palabras.

—Soy una asesina —masculló en un tono algo más alto, desgarrándose la garganta al decirlo.

Altaïr parpadeó, aún extrañado por su repentina confesión. Bajó la vista, observando el fuego, sin saber bien que decir en esa situación.

—Eras un soldado, María —dijo—. Era tu deber.

—No tienes ni idea de cuál era o no mi deber, Altaïr —respondió de forma ácida—. Yo hice un juramento, todos hicimos un juramento. Y lo quebrantamos, lo rompimos y derramamos sus cenizas sobre todo lo que creíamos —contestó agarrándose fuertemente el pelo—. Tú no puedes comprenderlo, no puedes entender qué es creer en algo y simplemente destrozarlo por el mero hecho de que era lo que había que hacer.

Tal reacción sorprendió al Asesino que no sabía qué decir. La inglesa estaba temblando, con su rostro oculto entre sus piernas, hablando en un tono cargado de rencor.

Non nobis Domine non nobis sed Nomini Tuo da gloriam —musitó—. Todo por Dios, en su nombre, por él. No debíamos vanagloriarnos de nuestras conquistas, no debíamos hacernos con las pertenencias de otros, no debíamos beneficiarnos de la muerte de los infieles. Pero lo hicimos —dijo—. Todos los que luchamos en Acre queríamos honor y gloria, queríamos ser reconocidos, no nos importaba si era en nombre de Dios o del Rey Ricardo, solo queríamos poder —alzó la voz—. Tiramos por tierra nuestras creencias, nuestra fe y todo porque nos lo dijeron: Que sufran el infierno en vida, que es lo que tendrán en su muerte.

Le dolía la garganta, sentía como su cuerpo convulsionaba irremediablemente mientras cerraba los puños fuertemente, haciendo que la herida de su mano empezase a palpitar debido al dolor. Su respiración se había acelerado mientras que, en la lejanía, los truenos seguían atosigando sus cansados oídos, haciéndole recordar al resonar de los tambores antes de una ejecución.

—Nosotros los matamos, Altaïr, a todos… —siseó—. A cada hombre, mujer o niño sarraceno que pudimos encontrar en Acre. —Tras decir eso levantó la cabeza clavando sus cristalinos ojos en los de él—. Los llevamos al sur de la ciudad y los apilamos contra las murallas, los unos contra los otros. Eran tantos… tantos… Muchos murieron aplastados antes de que Robert diera la orden de ejecutarlos. Y yo simplemente me quedé ahí, mirando como morían sin siquiera dignarme a apartar la vista.

Sentía unas apabullantes ganas de llorar, pero no podía porque no serviría de nada. Tenía un nudo en el pecho que apenas la dejaba respirar con normalidad. Las palabras parecían atragantarse antes de salir. Aquella era la confesión que pensó que jamás haría, la que siempre permanecería oculta en sus recuerdos.

—Yo les maté. Y sé perfectamente que no viviré lo suficiente como para arrepentirme lo que debo de ese hecho. Jamás podré remediarlo y aunque sé que debo vivir con ello diariamente no deja de atormentarme —comentó—. No hay misericordia para los pecadores.

Durante unos minutos todo permaneció en completo silencio, solamente siendo roto por algún que otro trueno o el relinchar de alguno de los caballos al fondo de la cueva. Altaïr recordaba a la perfección el instante del que estaba hablando María. Había ocurrido tras la caída de Acre, después del asedio. Él se encontraba muy lejos de allí, persiguiendo a los hombres que se habían llevado a Adha. La noticia la supo tras volver a Masyaf, la masacre que había ocurrido a las puertas de la ciudad. Aquello no hizo más que avivar el odio y desprecio de los sarracenos por los Templarios; un cuantioso número de personas que conocía perdió a gente en aquella carnicería. Nunca había pensado que María podía haber presenciado aquel acto.

—Tú no diste la orden, María —habló en tono suave—. No eres la primera persona, ni la última, que cumple órdenes sin pensar en las consecuencias que podrían provocar. Te ordenaron que llevases a esas personas a aquel lugar. No fuiste la mano ejecutora.

—Pero siento como si lo hubiera sido —masculló—. Si no hubiese encontrado a esas personas tal vez estarían vivas, habrían conseguido huir. Tú no puedes entenderlo —dijo—, nunca has matado a un inocente.

Sus palabras hicieron eco en su cabeza, recordando un suceso que prefería olvidar. Sí había hecho tal cosa, aunque el Credo dictaba otra muy distinta. Había roto todas las directrices en las que se basaba su Hermandad por culpa de su egoísmo y estupidez. Por su culpa Malik había perdido a su hermano en el Templo de Salomón, quedando gravemente herido al intentar huir. Había actuado guiado por su ego y sus ansias de acabar con el Maestre Templario cuanto antes, sin pensar en las consecuencias que sus actos podían traer sobre sus acompañantes o sobre su Orden.

—Ni siquiera la doctrina en la que vivo está libre de errores sobre segundas interpretaciones —comentó—. Hace algún tiempo pensé que nuestra forma de vida, nuestras normas, simplemente estaban impuestas para asustar a los más cobardes y que, en algunas ocasiones, podían ser violadas siguiendo el dogma principal de nuestra Orden. Yo también tengo las manos manchadas de sangre, María, mucho más que tú.

Aunque había madurado nunca se libraría de los errores de su pasado, sólo podía luchar por enmendarlos, para forjar un futuro mejor para su Hermandad. Y, al igual que él, María tenía que aprender a vivir con dichos fantasmas, aunque para ello tuviese que huir para purgar dichos actos. Tal vez por eso estaba tan empeñada en alejarse de Tierra Santa, de abandonar todo lo que conocía para, al igual que un penitente, pagar sus pecados recorriendo un largo y arduo camino. Él simplemente podía guiarla al inicio, ayudarla en los primeros estadios de su viaje ya que, al final, tendría que recorrer el resto del viaje sola, intentando controlar a los demonios que parecían atormentarla.

Continuará…

Ya sé, ya sé, ha sido un final muy... soso. Sin gracia ni salero, lo sé, pero no todos los capítulos pueden acabar con esa picaresca y estamos entrando en una parte de la historia muy lenta, ya que las cosas tienen que ir ocurriendo lógicamente y poco a poco. Es más creo que este capítulo ha sido muy precipitado aunque pienso que todo se ha ido desarrollando de manera lógica, aun así lo encuentro acelerado. Ya me daréis vuestras impresiones en vuestros reviews. Otra cosa es que en este capítulo quería profundizar en el sentimiento de culpa que lleva arrastrando María durante todo el fic, ¿por qué se ha manifestado de forma tan intensa en el capítulo? Porque ya se sentía culpable por haber mentido a Altaïr, estaba en un estado vulnerable y, al haber hablado Altaïr de su pasado, sintió la necesidad de confesarse, de alguna forma hacerle conocer al Asesino lo terrible persona que es. Creo que es una especie de castigo para ella, lo dicho es muy complicada a veces. Ya me diréis que os parece.

Muchísimas gracias por todas aquellas personas que han leído y comentado el capítulo anterior, creo que es uno de los que más personas de diferentes nacionalidades han leído lo cual me enorgullece mucho. Sin vuestras visitas esto no sería posible.

Jo11, yo también amo la pareja, sino no escribiría sobre ella. Me alegra muchísimo que te guste como escribo y espero que también este capítulo te haya gustado.

Nuevamente muchas gracias a todos los que seguís la historia al día y a mis queridos lectores ocasionales. Un saludo a todos los lectores de: España, México, Chile, Venezuela, Argentina, Estados Unidos, Islandia, Rusia, Brasil, Perú, China, Nicaragua, Canadá, Alemania, Filipinas, El Salvador, Francia, Bolivia, Kazakstan y Uruguay. Espero que os haya gustado muchísimo el capítulo y nos veremos en la próxima actualización.