Gracias a la imaginación de Charlaine Harris que nos ha regalado estos personajes con los que jugar. Todos suyos.
Bueno, un pequeño capítulo de transición antes de liarla otra vez. La calma antes de la tempestad.
Aclarar que no recuerdo si en algún momento se habla en los libros sobre el linaje de Eric, le he hecho hijo del jefe local porque sirve a un propósito en mi fic, si Harris no lo pone, yo relleno los huecos intentando seguir lo más fielmente posible su historia, pero, nada que ver con True Blood, que AB haga lo que quiera con su fanfic...
Gracias por vuestra atención y vuestros comentarios. Y a Anira y a Mussol por las sugerencias ;)
Espero que os guste.
26.
En cuanto salí de la sala donde estaba mi vampiro y esa puta, fui a buscar a Claude. Lo encontré en la biblioteca dando instrucciones a alguien.
_ Sookie – se levantó y me besó en la mejilla-. ¿Dónde has estado toda la tarde? – me miró con curiosidad, sabiendo que había estado con Preston.
_ Me he estado enterando de muchas cosas – le miré enfadada-. ¿Por qué me mantuvisteis al margen de lo que pasaba a mi alrededor? Entiendo que Preston ocultara sus intenciones, pero, ¿tú? ¿No pudiste mandarme un mensaje diciendo, "hola, prima, soy el nuevo príncipe, ten cuidado"? – se rió por lo bajo-. Sí, ríete, a mí me ha hecho mucha gracia descubrirlo como lo he hecho, ha sido genial, sí...
_ Lo siento, prima, siempre creí que Preston te protegería, no se me ocurrió pensar que formase parte de la oposición – su mirada se endureció y me recordó a Niall-. Pagará por eso...
_ Sobre eso quería hablarte – puse el pendrive y la carpeta sobre la mesa-. Quiero que le dejéis al margen, sé lo que hizo y porqué, no tiene nada que ver contigo. Se equivocó y ahora lo ha arreglado – los empujé hacia él-. Ahí tienes información sobre todos los que están en la oposición, direcciones, planes, cómo se financian..., todo lo que necesitas para neutralizarlos – me miró con los ojos muy abierto, claramente sorprendido-, en esta carpeta, hay suficientes pruebas contra la maldita reina para acabar con ella – sonreí con deleite y él también. Había una suerte de orgullo en su mirada, como si por fin me comportase como lo que era, una Brigant.
_ He mandado a buscar a Cataliades, quiero que nos ayude con esto... Cuanto antes llegue y pueda echarle un vistazo a esto, mejor – cogió el pen y lo puso en su portátil, sus ojos expresivos me fueron relatando lo que pasaba por su cabeza viendo su contenido.
_ Bien, pero quiero que me prometas que a cambio de esta información, Preston queda libre. Nadie le va a tocar ni un pelo.
_ Por mí, bien – cerró el portátil y se levantó sonriendo-. Buena suerte con tu rey...
_ Ya se cuidará Eric de hacerle algo si no quiere que me enfade con él.
_ ¿Funcionaría tu amenaza de cerrarle las piernas si le hace daño a tu último novio? – soltó una carcajada.
_ No estoy dispuesta a permitirle que le haga daño, sé que en estas circunstancias suena extraño, pero quiero a Preston y entiendo sus razones para lo que hizo, por estúpidas que fuesen – le miré fijamente-. Nadie, y tú me vas a ayudar en eso, repito, nadie va a hacerle daño.
_ Y yo repito que buena suerte con tu Northman – llamaron a la puerta-. Adelante – ordenó con voz firme.
Un hombre pasó y tras él entraron Pam y Bill, que me miró con añoranza, ¿recordaba que una vez, hacía una eternidad, fue el hombre que amé? Eric me había dicho que no, pero debería preguntárselo otra vez. Entró y se dirigió a Claude en voz extremadamente baja. Pam se paró ante mí y me miró con su expresión aburrida de siempre que casi me hizo sonreír, cómo la había echado de menos.
_ Hoy va a ser una noche muy agitada, mejor que estés preparada. Ve y cámbiate, ponte algo regio, esta noche vas a necesitar ser una princesa.
Con esas palabras me dejó y se fue a hablar con Claude que rápidamente pasó a informarle de lo que le había traído. Salí e hice lo que me dijo, Pam nunca me habría dicho algo así si no sirviera a un propósito y con los años había aprendido a hacer caso. Más o menos... Fui y me cambié, busqué en el armario que Eric había llenado para mí y durante unos minutos me quedé quieta mirando la ropa sin saber qué ponerme. Pensé en cuál se pondría Pam y escogí uno de Prada con unos Louboutin morados, me recogí el pelo en un moño bajo y me maquillé un poco.
_ Perfecta – oí a mis espaldas y me sobresalté.
_ ¡Pam...! – grité agarrándome el pecho- ¡Qué susto!
_ En esta casa estás segura, ya lo sabes. Eric nunca nos toleraría ni olerte, cuanto más hacerte algo.
No supe qué decir a eso a la que en otra vida fuese mi amiga. Asentí levemente y me dispuse a salir cuando me paró y abrió uno de los departamentos del vestidor que aún no había explorado. Sacó unos pendientes y un colgante con un corazón con una llave, de oro blanco y diamantes, de unas cajitas de Tiffany. Me los puso con sumo cuidado y me sonrió por el espejo mientras yo me debatía entre admirarlos y sentir enfado con Eric por haberse gastado ese dineral en mí.
_ Son preciosos... – dije con un hilo de voz.
_ Todo es poco para ti, Sookie, ya lo sabes... – me tendió la chaqueta que acompañaba al vestido y me hizo salir. Estaba ya en la puerta cuando la volví a oír hablar – Éramos amigas... – afirmó-, sé que lo éramos aunque no lo recuerde.
Me paré en seco y me giré para mirarla, acaricié su rostro de porcelana y sonreí.
_ Lo éramos, aún lo somos aunque no lo recuerdes.
Su hermoso rostro se suavizó unos segundos, lo que tardó en recuperarse de su momento de ternura, y me adelantó para guiarme a donde fuese que debíamos ir. Sonreí para mí, esa era mi Pam...
Entramos en una sala de reuniones en la que ya estaban todos donde parecía que se estaba celebrando el juicio contra Freyda, entramos rápidamente y nos colocamos detrás de Eric, a su lado, el señor C estaba en su papel de abogado del rey, nos estábamos saludando cuando, para mi asombro, la voz de la Antigua Pitonisa resonó en la sala.
_ Ah, ¿cómo no?, la señorita Stackhouse. Olvidaba que Northman es un hombre de ideas fijas y costumbres... – todos los presentes se volvieron para mirar a Eric y ella sonrió con su cara arrugada- Sí, lo olvidaba también..., pero la magia no siempre funciona, ¿verdad, Vikingo? – me quedé helada con sus palabras y Eric miró hacia donde me situaba por encima de su hombro. Giró la cara hacia el señor Cataliades-. Acabemos con esto.
En un juicio sorprendentemente rápido, Eric se convirtió en un vampiro libre, con la bendición de la Antigua Pitonisa, y Freyda fue condenada por, entre otras cosas, conspirar para derrocar a un dirigente de otra especie a la que, casualidades de la vida, la mujer con la que el rey tenía un vínculo de sangre, pertenecía, por eso me habían hecho vestir como una princesa y me habían puesto como un árbol de Navidad, era bien conocida la afición de las hadas por las joyas.
¿Ya estaba? ¿Así de fácil? ¿La Antigua Pitonisa aparecía de golpe y salvaba el día? La sensación de que algo fallaba que me dejaron las palabras que dedicó a Eric, diciéndole que tuviese cuidado con lo que deseaba, me dejaron en tensión. Cuando pidió vernos, me temí lo peor, ella si me recordaba, ¿quizá la magia se desvanecía? Eric me cogió de la mano delante de todos y me llevó para ir a verla, claro, que antes de llegar, hicimos una paradita para besarnos y si la hacíamos esperar, pues nada, que esperase, era mucho mayor la urgencia por tenerle sobre mí, dentro de mí, que la de ver a la Pitonisa. Me detuvo porque a mí la señora ésta me daba lo mismo ya y sólo quería tocarle, pero había que ir a verla. Cuando entramos nos reprochó nuestra tardanza, demasiado bien sabía lo que habíamos estado haciendo y no hacían falta sus poderes de Oráculo, con que usase su olfato era más que suficiente. Entonces dijo algo que me extrañó porque no lo había pensado siquiera.
_ ¿Y ahora, qué, Northman? Has recuperado tus recuerdos y a tu mujer, te has deshecho de la legítima muy astutamente, eres rico y poderoso. ¿Qué quieres? ¿Quieres el reino?
Pero Eric no lo quería, quería dedicarse a sus negocios y a mí en paz sin que nadie nos molestara nunca más. ¿Tenía la Pitonisa el poder de garantizarnos eso? Ella quería que Eric fuese rey, ya en vida fue hijo de uno, así que lo llevaba en la sangre, pero se negó y lo aceptó dejándonos en la biblioteca con su bendición. Seguía sin creerme que fuese así de simple pero me dejé llevar por su sonrisa.
_ ¿No tiene truco? – pregunté otra vez y se encogió de hombros sonriéndome-. Pues entonces ven aquí – le cogí por la camisa y tiré de él hacia mí, mis labios encontraron los suyos y mis manos volaron hacia su bragueta-. ¿Por dónde íbamos?
Atrapé su erección en mis manos y comencé a acariciarla, gimió en mi boca, ¡Dios!, cómo me ponía eso. Su boca se deslizó por mi cuello y mordisqueó sobre mi yugular, notando mi pulso y mi torrente sanguíneo, bajó por mi escote mientras sus manos, que habían deshecho mi moño, encontraban la cremallera del vestido. Lo dejó caer y me quedé en ropa interior, se separó un poco para mirarme y se mordió el labio inferior con deseo.
_ ¿Te gusta? – bajó desde la gargantilla hasta trazar el contorno de la blonda de mi sujetador haciendo que mis músculos internos se contrajeran con ese simple roce-. Lo escogí personalmente para ti, las dos cosas. Las joyas y la ropa interior, el resto de lo dejé a Pam, que entiende más, sólo le dije que me gustaría que tuvieses un vestido rojo.
_ No deberías haberte gastado tanto en mí, ya lo sabes.
_ ¿Eso no ha cambiado? – me hizo un pequeño puchero que terminó en media sonrisa.
_ No, pero gracias, me ha gustado todo mucho.
Le empujé sobre el sofá y se sentó, me arrodillé ante él y levantó la ceja sonriendo con anticipación. Desabroché los botones de su camisa con parsimonia, lamiendo la piel que descubrían y procurando fijar mis ojos en los suyos tanto como la acción me lo permitía. Se encogió cuando mordisqueé su bajo vientre y sus costados, cualquiera hubiese dicho que mi vikingo milenario tenía cosquillas, me reí por lo bajo mientras llegaba a mi destino. Mientras mi lengua y mis manos jugaban con él y se deshacía en mi boca, sus ojos me tenían hechizada, me paró y me hizo levantar, me quitó las bragas y el sujetador pero me dejó el liguero, sonreí, mi vampiro fetichista, y se tumbó en el sofá, me extrañó que no me dejara hacerle una mamada, demasiado bien sabía lo que le gustaban, pero cuando me levantó y colocó mis piernas a cada lado de su cabeza me estremecí de gusto, también quería probarme, como en nuestra primera vez... Volví a llevarle a mi boca mientras besaba la cara interna de mis muslos, lamía mis inglés y agarraba con fuerza mi culo. Le lamí desde la base hasta la punta y dejé que se adentrara en mi boca casi hasta el final, pero cuando su lengua comenzó a pasearse por mí, perdí el ritmo y la concentración por completo. Su boca succionando mi clítoris y sus dedos dentro de mí eran demasiado entretenimiento para seguir con mi tarea, aún así, lo había hecho, había vuelto a llevarle a mi boca y a succionar mientras mis jadeos reverberaban en su piel y se estremecía con la vibración. Noté como sonreía mientras me movía contra su cara.
_ Vamos, amante, no lo reprimas, córrete... – Dicho y hecho.
Me dio la vuelta rápidamente y se colocó entre mis piernas y demandó mi atención, como si no la tuviera siempre, con un "mírame, amante". Oírle decirme eso siempre era una antesala del placer, conseguía derretirme, me ponía tonta cuando me llamaba así. Al final, lo que se echa de menos del otro eran esas pequeñas cosas, oírle llamarme amante, su risa, sus manos reteniendo las mías, sus ojos en los míos mientras nos dábamos placer, la frialdad de su cuerpo... Siempre pensé que lo que más me gustaba de él era que siempre estaba ahí para mí, sentirme protegida, y que se anticipara a mis necesidades, incluso a aquellas que aún no sabía que tenía, o el sentirme amada, todo eso era importante, claro, pero si tenía que ser sincera conmigo misma, eso era lo que más había recordado en la última década, y para mi pesar y mala conciencia, reconocer que lo había hecho mientras eran otras manos más cálidas las que me tocaban y era otra risa la que escuchaba. Eric era un espectáculo en sí mismo, no necesitaba ni desnudarse, como ahora, con su camisa negra abierta, exhibiendo su pecho de alabastro, sus manos grandes y poderosas se agarraban a mis caderas y me ayudaban a mantener el ritmo que el placer ya me estaba haciendo perder, su pelo largo y rubio despeinado de sexo, porque mis manos demandantes se habían agarrado a su cabeza para besarle, su boca entreabierta dejando escapar un jadeo mientras sus ojos permanecían fijos en mí. Me agarré a su cuello y me incorporé un poco para llegar a su boca y besarle, notaba la sensación que se arremolinaba en mi vientre y que anunciaba el inminente placer, y, aún así, me pilló de improviso. Justo cuando explotaba se mordió la muñeca y me la ofreció mientras mi cuello era suyo, intensificándolo todo un millón de veces más. Mi orgasmo espectacular se mezcló con la oleada de amor que me envolvió mirando a mi querido, mi vida, mi esposo.
Con razón lo llamaban la pequeña muerte, pero era una que yo quería vivir toda mi vida con él.
