COOPERACIÓN MÁGICA INTERNACIONAL

O

EDUCANDO A NIÑOS MÁGICOS

CAPÍTULO 26

- ¿Qué demonios es eso? – Preguntó Cecilia asombrada.

- No lo se. Puede ser un híbrido de pegaso con alguna otra cosa o una criatura deforme.- Contestó Nieves.

- ¿Con esos dientes y esa agresividad? – Pero Cecilia no contempló a Nieves alzando los hombros en un claro gesto de ignorancia porque estaba muy ocupada alternando entre vigilar a la criatura y buscar con la vista a sus hijas. No supo dilucidar si el hecho de no divisarlas la tranquilizaba o la ponía más nerviosa.

- Creo que no puede volar demasiado… - El vozarrón del semigigante las hizo girarse simultáneamente.

- ¿Sugiere entonces que ataquemos las patas? – Preguntó Nieves. De todos los presentes, era sin duda la única que sabía realmente de qué iba aquello. Hagrid asintió con la cabeza.

- ¿Cree que bastará un hechizo de cuerda, como esos que usan los gauchos argentinos? –Volvió a preguntar Nieves mientras el resto la miraban con asombro.

- Eso es. Sabe usted bastante de criaturas mágicas, ¿No? – Contestó Hagrid con admiración.

- Algo se, si.

- ¿A qué espera para sacar su varita? – Una voz, probablemente de uno de los norteamericanos, se escuchó detrás de ellos.

- No tengo varita.- Contestó Hagrid un tanto incómodo.

- ¡Qué no tiene varita! ¡Cómo es posible…!

Nieves giró la cabeza hacia la señora Granger Weasley en un claro gesto interrogatorio, aunque en realidad no había querido ser tan evidente. La bruja inglesa negó con la cabeza y fue entonces cuando Cecilia decidió tirar por la vía resolutiva, como de costumbre.

- Tenga.- Y le tendió su varita de reserva. Desde que nació su hijo Alberto, Cecilia siempre tenía encima una varita de repuesto, por si acaso. El hábito era tan fuerte que había viajado con las dos y no se había desprendido de ninguna de ellas en ningún entorno mágico.

- Pero… no puedo.

- Cójala. Mejor eso que nada. Haya y pluma de grifo, por si le dice algo...

Hagrid miró interrogadoramente hacia la bruja inglesa, y después hacia el mago de las gafas que había estado subido a la copa del árbol. Los dos, por turnos, asintieron con la cabeza. Una enorme manaza temblorosa tomó cuidadosamente entre dos dedos la varita que Cecilia le ofrecía. En su manaza parecía un mondadientes.

Pero surtió efecto. Con voz quebrada por la emoción pero firme, Hagrid lanzó con una habilidad insospechada para un hombre tan grande como él manejando un palito tan minúsculo un certero hechizo que anudó las patas del caballo alado y lo hizo caer al suelo.

- Excelente, señor Hagrid.- Exclamó Nieves satisfecha.

- Gra… gracias… ha sido… ha sido… ¡Eh! ¡No se acerque!¡Sigue sigue siendo muy peligroso! ¡Puede morder!

El mago que anteriormente se había sorprendido de que Hagrid no llevara una varita encima se había detenido en seco a la distancia mínima para garantizar que el animal no le alcanzara con los dientes.

- ¡Póngale un bozal!

Ante la pasividad de Hagrid, demasiado extasiado por su primer hechizo exitoso en décadas, Nieves tomó la iniciativa y protegió mágicamente la boca del animal.

Poco a poco, los alumnos habían ido saliendo de sus diversos escondites. Mencía y sus amigos, que habían estado contemplando la escena desde la ventana de la cabaña de Hagrid con el corazón en vilo, salieron corriendo. La niña se echó en los brazos de su madre con fuerza mientras Cecilia le acariciaba el pelo y la besaba en la cabeza. Levantó la cabeza sin soltarla y vio entonces a la mayor de sus hijas que corría por el prado hacia ella con el rostro pálido.

- ¡Mamá! – Isabel se sumó a su hermana en el abrazo a su madre, completamente olvidado el incidente con Bror Zabini. Había cosas muchísimo más importantes en el mundo que haber ido a dar con un caradura. Aunque seguiría comportándose como una adolescente durante mucho tiempo, puesto que tan solo tenía doce años, era como si la hubieran sumergido en una piscina llena de alguna sustancia madurativa. A partir de ese momento, aunque ni ella misma fuera consciente de ello, de vez en cuando ese baño la haría mostrar pequeños destellos de madurez. Ese era uno de ellos, aunque a ella le pareciera justamente lo contrario, abrazada a su madre como hacía cuando tenía cinco años.

- ¡Olympe! ¡Olympeeeee! – . Hagrid, por su parte, se dirigía iracundo a la semigigantona, la cual se encogió de hombros como si no fuera responsable de nada.- ¡Por las barbas de Merlín! ¿Qué rayos es esto?

La señora Granger Weasley había seguido a Hagrid con el rostro bastante congestionado y también miraba a al directora francesa con cara de pocos amigos, mientras los padres de alumnos extranjeros habían empezado a hablar con sus vástagos y otros alumnos del colegio. Los ánimos se estaban caldeando.

- Parece ser que la prueba en cuestión era demostrar las habilidades con la doma de ese caballo... – Murmuró Nieves. Cecilia la miró con aprensión. Había soltado a sus dos hijas, las cuales permanecían una a cada lado de su madre sin decir nada. Nieves se dio cuenta entonces del parecido entre la mayor y su madre. Los rasgos de Alberto siempre habían predominado en Isabel, excepto los ojos que eran los de Cecilia. Pero ahora que las veía juntas observaba que había otras muchas cosas en común, además de la altura. Mencía, en cambio, se parecía más a la madre y a la hermana de Cecilia, excepto porque tenía el pelo oscuro. Y de repente estuvo segura de que la nueva generación estaría a la altura de los mil años de brujería que las precedían. Por alguna razón, Nieves sintió entonces una sincera admiración por Alberto, el hombre que junto con Cecilia había producido semejantes brujas.

- ¿Los niños franceses están bien? – Preguntó Cecilia sacándola de sus reflexiones mentales. En realidad, estaba pensando una larga colección de barbaridades todas ellas destinadas a la señora francesa aquella. Si por una maldita casualidad el bicharraco hubiera tocado un solo pelo de la cabeza de alguna de sus niñas, Cecilia estaba segura de que, por muy semigiganta que fuera, se las habría visto con ella.

- Creo que el chico está en la enfermería con una coz en la cara. Espero que no le haya roto nada.- Contestó Nieves con un tono cansino.

- ¿Qué era eso, Nieves? – Mencía se atrevió a preguntar.

- No lo se, cariño.

Mencía iba a preguntar alguna otra cosa, pero la señora Granger Weasley, seguida por Hagrid y por el mago que había estado lanzando hechizos desde lo alto del árbol se le adelantó.

- Tengo que agradecerles su rápida y eficaz intervención. No me explico cómo se le pudo ocurrir a Madame Maxime semejante... er... semejante idea.

- Venga, Hermione, no hace falta disimular. Ibas a decir estupidez o barbaridad, o algo peor. Y sinceramente, Olympe merece que reprobemos su actuación sin ningún tipo de recato... – Interrumpió Hagrid. Debajo de aquellas barbas tan espesas y de la melena greñuda y encrespada era posible observar que estaba un poco colorado.

- Er, vengo a devolverle su varita... – Dijo mirando a Cecilia un tanto cohibido. Ella tomó su varita de repuesto extrañada de aquella reacción tan poco habitual.

- Ha sido una gran satisfacción... me ha hecho muy feliz...

Para su completo asombro, el hombretón dejó escapar un lagrimón.

- Perdón. En el fondo, soy muy sentimental...- Y Sacó entonces un pañuelo que podía perfectamente servir como sábana de cama individual y con gran estrépito se sonó las narices.

- No soy quién para aconsejarle sobre el uso que debe darle a su varita, pero ¿sabe? Yo tengo cuatro hijos que aunque son bastante buenos hacen sus trastadas mágicas. Nunca dejo de llevarla encima. Y como ve, hasta llevo una supletoria, por si acaso. Con su profesión, tal vez sea recomendable que haga lo mismo.

- No tengo varita. La partieron en dos cuando me expulsaron.- Contestó Hagrid. Ahora lloraba a moco tendido.- Por eso ha sido tan... especial...

Cecilia se giró hacia la señora Granger Weasley demandando con la mirada una explicación. La bruja inglesa se sintió un tanto intimidada por aquella mirada gris que parecía perforar.

- Hace muchos años, cuando Hagrid era un niño, se le acusó indebidamente de la suelta de un basilisco por el colegio... y lo expulsaron.- Intervino el mago del árbol. Cecilia lo miró de arriba abajo, registrando en su cerebro la cicatriz en forma de rayo que tenía aquel hombre en la frente. Puede que sus hijas no hubieran oído hablar del conflicto que sacudió la Magia Inglesa una década atrás. Al fin y al cabo, eran un par de bebés cuando ocurrió, y aquello no salió de las islas británicas. Pero ella entonces era una funcionaria de Internacional, y aunque no viajaba siguió puntualmente aquel proceso. Lo reconoció al punto. Aquel mago tirando a bajo de cabello revuelto y muy negro era Harry Potter.

- Pero hace varios lustros que me rehabilitaron.- Contestó Hagrid.- Cuando acabó la guerra y se demostró que fue culpa del señor tenebroso...

- ¿Quiere decir que de niño le privaron de la posibilidad de recibir educación mágica para siempre, y encima por un delito que no había cometido? – La Cecilia crítica estaba saliendo a la superficie a gran velocidad.

- Así fue. Pero como dice Hagrid, su nombre fue rehabilitado y... – Hermione se calló de repente. Muchos años en el mundo mágico habían acabado por malear un tanto sus procesos mentales, pero aún quedaba debajo mucho de la joven bruja que fue. Se dio cuenta de que todo aquello había sido una gran barbaridad, de principio a fin.

- Un castigo vitalicio aplicado a un menor de edad. Sinceramente, me parece exorbitado. Y encima por algo que no cometió. ¿Y la compensación tras todos estos años? Porque, obviamente, si el sistema comete un error en la administración de justicia, el perjudicado debería ser indemnizado...

Tanto Hermione como Hagrid se quedaron callados.

- Pero, de verdad, yo me manejo muy bien sin varita... y como mago no era gran cosa, supongo que porque soy semigigante... – Hagrid, ante el sonrojo de Hermione, intentaba que sus amigos no quedaran en semejante evidencia.

- No dudo que usted se maneje sin varita. Pero si ha sido rehabilitado totalmente, entonces tiene derecho a tener una.

- El lunes próximo me encargaré de comenzar los trámites, Hagrid. Estoy segura de que el señor Ollivander tendrá una adecuada...- Hermione, muy colorada, respiró profundamente deseando que todo aquello terminara de una vez para poder irse a casa a pasar la vergüenza en privado.

- Yo... yo...

Hagrid volvió a sonarse la nariz, causando un buen sobresalto en unas cuantas personas que andaban por los alrededores. Cecilia no se sorprendió. Era como el claxon de un camión trailer de los más grandes.