Aclaración:
Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Advertencia: OOC
-Final: Juntos-
El carruaje de Hinata llegó a El Remolino a medianoche, cuando la mayor parte de los residentes dormían. Agradeció ahorrarse la tarea de explicar lo inexplicable a Mitzuki, Hanabi y los demás aquella misma noche. Estaba cansada de hablar, de viajar y de tratar de no pensar en todo lo que bullía en su cabeza. A cada vuelta de rueda que la alejaba de Londres, la sensación de fracaso y desesperanza iba en aumento. En ese momento solo quería abandonarse al sueño.
-Lady Uzumaki -dijo la señora Gorst en voz baja mientras la recibía en la puerta-, ¿va a regresar lord Suigetsu a esta casa?
-No -respondió Hinata, negando con la cabeza-. El juez cerró el caso.
-¡Oh! -Una amplia sonrisa invadió el semblante del ama de llaves-. ¡Esas sí que son buenas noticias! ¿Entonces va a regresar pronto lord Uzumaki?
-No lo sé -contestó Hinata, y el desaliento de su actitud pareció desanimar la buena disposición de la señora Gorst.
El ama de llaves se abstuvo de añadir ningún comentario; dio instrucciones a un lacayo para que subiera el baúl de Hinata y a una doncella para que sacara las demás cosas del carruaje.
Mientras los sirvientes se afanaban en sus tareas, Hinata subió a toda prisa los dos tramos de escalera hasta la habitación donde Mitzuki dormía. Entró en el dormitorio sin hacer ruido y colocó una vela en el tocador pintado de azul. Al oír la respiración suave y serena del niño, su corazón se estremeció de súbita alegría. Al menos, podía contar con eso... la confianza y el inocente amor de un niño. Tenía la cabeza acurrucada en la sedosa almohada y su redonda mejilla infantil brillaba a la luz de la vela. Hinata se inclinó para besarlo.
-Ya estoy en casa -le susurró.
Mitzuki se estiró y pronunció algo ininteligible. Sus cejas se arquearon y apenas abrió una rendija de sus ojos verdes. Se alegró de verla y esbozó una sonrisa soñolienta antes de volver a dormirse profundamente.
Hinata recuperó la vela, salió de puntillas de la habitación y se dirigió a su alcoba. Esta le pareció muy vacía, pese a la presencia de las doncellas, que ordenaban su equipaje y extendían las sábanas. Cuando al fin la dejaron sola, se puso el camisón y dejó la ropa amontonada en el suelo. Apagó las lámparas y se metió en la cama boca arriba, con los ojos abiertos en la oscuridad.
Con la mano extendida, palpaba el espacio vacío junto a ella. Se había acostado con dos hombres diferentes en aquella misma cama. Con uno, por deber; con el otro, por pasión.
En el fondo Hinata sabía que Naruto no tenía intención de volver, que quería reparar así todo el mal que le había hecho. Le había creído cuando le dijo que no podía pasarse el resto de su vida mintiendo por él. Pensó que sería mejor para ella, que le facilitaría las cosas si desaparecía.
Pero la realidad era que Hinata lo amaba demasiado como para dejar que se fuera. Lo quería como esposo y no le importaba lo que el mundo pudiera pensar. El amor hacia él era mucho más intenso que el decoro, el deber y hasta el honor.
Cayó en un sueño turbulento, con la mente inundada de imágenes perturbadoras. En sueños, sus seres queridos se apartaban de ella, como si no la vieran ni la oyeran. Ella corría tras aquellas figuras en la penumbra, les suplicaba, tiraba de ellas, pero estas se mostraban impasibles ante sus lamentos. Comenzaron a desaparecer uno por uno, hasta que solo quedó Naruto... Y entonces, también él se disipó.
-No -sollozó mientras lo buscaba, frenéticamente-, noooo...
Un grito desgarrador rompió el silencio.
Hinata se sentó en la cama, con el corazón latiéndole con fuerza. Al principio pensó que había gritado ella misma, pero escuchó atentamente y lo oyó otra vez.
-¡Hanabi! -exclamó.
Respiró hondo y saltó de la cama, impulsada por los gritos ahogados de su hermana. Salió corriendo de su alcoba, descalza, pues no se molestó en buscar la bata ni las pantuflas. Al llegar al rellano de las majestuosas escaleras, vio en mitad de ellas a un hombre que tiraba de Hanabi y la arrastraba hacia abajo. Con una mano la sujetaba por la gruesa trenza y con la otra le rodeaba el brazo para inmovilizarla.
-¡No, Indra, por favor! -gritaba Hanabi, forcejeando con él en cada escalón.
Entonces él la empujó y Hanabi cayó rodando por los tres o cuatro peldaños que quedaban, hasta desplomarse en el rellano del primer piso.
Aterrorizada, Hinata dio un alarido estremecedor. Otsutsuki... No creyó que osara presentarse en plena noche y sacara a Hanabi de la cama. Estaba enrojecido por el alcohol y por un iracundo sentimiento de superioridad. Alzó la mirada e hizo una mueca despectiva al ver a Hinata.
-Me llevo lo que es mío -dijo, arrastrando las palabras-. ¡Ya te enseñaré yo a no contrariarme! No volverás a ver a mi esposa nunca más. Si las encuentro juntas alguna vez, las mataré a las dos. -Agarró a Hanabi del cabello y la levantó. Daba la impresión de disfrutar de sus alaridos de dolor-. Creías que ibas a poder apartarte de mí -gruñó-. Pero me perteneces, y voy a hacer de ti lo que quiera. No eres más que una perra desleal. Esta noche empieza la primera lección.
Llorando con violencia, Hanabi miró a Hinata. -¡No dejes que me lleve, Hinata!
Hinata se abalanzó escaleras abajo, mientras Otsutsuki seguía arrastrando y empujando a su hermana.
-¡No la toques! -gritó mientras sus pies descalzos descendían los peldaños a toda velocidad. Cuando llegó abajo cogió a Otsutsuki por el brazo y tiró de él con fuerza-. ¡Suéltala, o te mato!
-¿Pero qué dices? -preguntó al tiempo que esbozaba una risotada desagradable; acto seguido la apartó de un empujón, con una facilidad alarmante.
Hinata se dio un golpe seco en la parte posterior de la cabeza contra la pared. Por un momento, el mundo dejó de existir y una espesa nube gris inundó su mente. Parpadeó con fuerza y se llevó las manos a la cabeza, y entonces percibió un zumbido molesto y penetrante que no se extinguía. Por encima de este, oía aún las súplicas de Hanabi, a lo lejos.
Con poco esfuerzo, logró sentarse y advirtió que Otsutsuki estaba cruzando el gran salón con Hanabi a rastras, que tropezaba y sollozaba junto a él. Pese a su debilidad física, luchaba con coraje, tratando con todas sus fuerzas de liberar el brazo que tenía capturado. Enojado por aquella resistencia, Otsutsuki la golpeó en la cabeza con un objeto que llevaba en la mano. Hanabi se tambaleó y a continuación lo siguió con más docilidad. Le temblaba todo el cuerpo.
La servidumbre se había despertado con los gritos. Algunos acudieron al vestíbulo y contemplaban el espectáculo sin dar crédito a lo que veían.
-¡Deténganlo! -gritó Hinata tras aferrarse a la baranda e incorporarse-. ¡No dejen que se marche!
Pero nadie se movió y, de pronto, supo por qué. El objeto que Otsutsuki tenía en la mano era una pistola. Y su furia era tal, que no vacilaría en utilizarla.
-¡Abre las puertas! -ordenó con brusquedad, apuntando con el arma a uno de los lacayos-. ¡Vamos!
El lacayo se apresuró a obedecer. Se encaminó hacia la entrada, manejó con torpeza las cerraduras y los picaportes y empujó los portones hacia fuera.
Para sorpresa de todos los presentes, una vocecita aguda resonó en todo el vestíbulo.
-¡Deténgase!
La mirada de Hinata se desvió hacia las escaleras. Allí estaba Mitzuki, con su pequeño camisón blanco y el cabello celeste despeinado y enmarañado. Tenía una pistola de juguete en la mano, una de aquellas pistolas que podían cargarse con un inofensivo cartucho de pólvora.
-¡Voy a dispararte! -gritó el niño, apuntando a Otsutsuki con su pistola.
Por instinto, Indra levantó el arma y apuntó a la pequeña figura.
-¡No! -chilló Hinata a Indra-. ¡Es de juguete!
-¡Suelta a la tía Hanabi! -exclamó Mitzuki y, acto seguido, disparó. El juguete emitió un débil estallido que dejó perplejos a todos los presentes.
Al darse cuenta de que la minúscula pistola era inofensiva, Otsutsuki comenzó a reírse, sin acabar de creer lo que estaba viendo, aquella pequeña y furiosa criatura que había en las escaleras.
De pronto, una figura imprecisa cruzó las puertas abiertas dando un brinco con la agilidad de un animal.
-Naruto... -murmuró Hinata, al tiempo que este se abalanzaba sobre Indra y caían los dos al suelo, sobre el que rodó la pistola.
Hanabi salió despedida hacia un lado tras el encontronazo; dio una vuelta y luego otra, hasta que ya no sintió el cuerpo, entumecido de dolor. Cerró los ojos y se desmayó con los brazos extendidos, como una muñeca de trapo sobre el suelo.
Los dos hombres luchaban con ferocidad por apoderarse de la pistola, insultándose y gruñendo mientras se golpeaban. Hinata se dio la vuelta y subió las escaleras, tan deprisa como le fue posible. En cuestión de segundos, llegó a donde estaba Mitzuki y lo tiró al suelo, protegiendo su pequeño cuerpo con el suyo.
Desconcertado, el niño emitió un grito ahogado. Tenía las mejillas humedecidas por las lágrimas.
-Mamá, ¿qué ocurre? -preguntó con voz lastimera.
Ella lo abrazó con fuerza.
Hinata se atrevió entonces a mirar hacia abajo, donde Naruto se retorcía y forcejeaba para coger la pistola. Ella se mordió el labio, aterrorizada, luchando en su interior por guardar silencio. Los dos hombres estaban enzarzados en una lucha a muerte y rodaban por el suelo brillante... Y entonces, una estruendosa explosión invadió la habitación.
Ambos permanecieron inmóviles.
Hinata se aferró a Mitzuki. Tenía los ojos muy abiertos y no dejaba de mirar los dos cuerpos alargados y la mancha de sangre, roja como el rubí, que se iba extendiendo alrededor de ellos. Su garganta emitió un sonido ahogado y tuvo que taparse la boca con la mano para reprimir un grito de angustia.
Naruto empezó a moverse con lentitud, se separó de Indra y presionó con sus manos la herida que había en el estómago de este. Respirando con dificultad, se dirigió a los sirvientes que había junto a él.
-¡Llamen al doctor Dan! -gritó-. Y que alguien vaya a buscar al alguacil. -Luego le dijo al mayordomo, haciendo un ademán con la cabeza-: Lleva a lady Otsutsuki a su habitación antes de que recupere el sentido.
El tono seco de su voz impuso un cierto orden sobre el caos reinante. Todos se apresuraron a obedecer, agradecidos por su autoridad.
Temblando de alivio, Hinata cogió a Mitzuki de la mano y lo alejó de la escena. -No mires, cariño -murmuró al ver que intentaba ver algo por encima del hombro.
-Ha vuelto -dijo entonces Mitzuki, apretándole los dedos con fuerza. - Ha vuelto.
Casi había amanecido cuando el alguacil partió, después de someter a un largo interrogatorio a los Uzumaki y a la servidumbre. El desarrollo de los acontecimientos no le sorprendía demasiado: como él mismo señaló en su estilo lacónico, Indra era ya conocido por su frecuente ebriedad y violencia. Era solo cuestión de tiempo que alguien le diera su merecido.
Aunque el percance no tendría mayores repercusiones, Naruto, al parecer, no podía sacárselo de la cabeza con facilidad. Decidió darse un baño para relajarse. Una buena dosis de jabón eliminó hasta el último rastro de suciedad y de sangre de su cuerpo, pero seguía sin sentirse limpio.
Se vistió y se peinó el cabello mojado y, después, pensó en Hinata. Todavía no se lo había dicho todo. Había cosas dolorosas que él no quería decir y que ella no querría escuchar. Refunfuñando, se frotó los ojos irritados con el dorso de la mano.
Entonces se planteó que toda aquella historia había comenzado con su incontenible deseo de ser Naruto Uzumaki. Lo más sorprendente era la naturalidad con la que todo había sucedido. Se había apropiado de aquel nombre, pero ni siquiera a él mismo le resultaba fácil recordar que estaba viviendo una vida robada. Su otra existencia, sombría y gris, se había cerrado por completo, como si fuera un desván polvoriento que no deseaba abrir. Y Hinata había logrado que la farsa continuara. Naruto no acababa de entenderlo; tal vez ella quiso tomarlo como una de sus múltiples obras de caridad y rescatarlo de su realidad... Embargado por el temor y el deseo, fue a despedirse de ella.
A lo largo de toda su vida, había logrado acallar la voz de la conciencia. Lo que es más: casi estaba seguro de que carecía de tal atributo. Pero ahora lo perturbaban sobremanera las consecuencias de haber traído a Hanabi a El Remolino. De no haberlo hecho, tal vez lord Otsutsuki estaría vivo. Por otra parte, si Naruto hubiese dejado a Hanabi a merced de su esposo, tal vez fuera ella quien habría Muerto, ¿Tomó la decisión correcta? ¿Tuvo acaso la opción de decidir correctamente?.
Hinata se sentó frente a la chimenea de su alcoba y se estremeció cuando el calor del carbón se extendió sobre sus pies descalzos. Hanabi se había dormido enseguida, sedada por una dosis de láudano que el doctor le había administrado. A Mitzuki lo habían enviado a su dormitorio y se quedó tranquilo tras un vaso de leche caliente y un cuento. A pesar de su agotamiento, Hinata tomó la decisión de permanecer despierta, por temor a que Naruto pudiese abandonarla de nuevo mientras ella dormía.
Dio un respingo al ver que el picaporte giraba y Naruto entraba en la habitación sin llamar. Se levantó al momento y, tras una breve mirada a aquel rostro distante, se contuvo y rodeó su propio torso con los brazos, abrazándose a sí misma.
-Pensé que ibas a abandonarme tras las declaraciones de Londres -dijo con calma-. No creí que volvieras.
-No iba a hacerlo. Pero pensé que estarías aquí sola, con Hanabi, y sabía de lo que Otsutsuki era capaz. -Emitió un chasquido de desagrado por sí mismo-. Habría venido antes si no fuera porque apenas podía pensar con claridad.
-Llegaste a tiempo -dijo Hinata con la voz quebrada-. Naruto, yo..., abajo... Por un momento pensé que estabas malherido, o muerto...
-No sigas.
Naruto alzó la mano indicándole que guardara silencio.
Hundida en la desdicha, Hinata se mordió la lengua. ¿Cómo era posible que, tan solo unos días antes, estuvieran tan intensamente unidos y que ahora se encontraran el uno frente al otro como dos extraños? Ella lo amaba, cualquiera que fuese su nombre, sin importarle en absoluto la sangre que corría por sus venas, independientemente de lo que él creyera o deseara. Siempre y cuando él también la amase. Sin embargo, al ver sus impenetrables ojos azules, pensó que convencerlo era una misión imposible.
-Quédate conmigo -susurró ella, no obstante, y tendió una mano suplicante-. Por favor.
-No me pidas eso, Hinata -respondió Naruto. Era como si se odiara a sí mismo.
-Pero tú me amas. Sé que me amas.
-Eso no cambia las cosas -replicó él con tristeza-. Tú sabes por qué debo irme.
-Tu lugar está aquí, conmigo -insistió-. Para empezar, tienes el deber de cuidar de la criatura que has ayudado a engendrar.
-No existe tal criatura -respondió con rotundidad.
Hinata se acercó para reducir la distancia que los separaba. Con cuidado, tomó su voluminosa mano, que le caía rígida a un lado, y la llevó hasta su vientre. Presionó la palma de aquella mano contra su cuerpo, como si así pudiera hacerle sentir que sus palabras eran ciertas.
-Llevo a tu hijo dentro de mí.
-No -susurró-. No puede ser.
-Yo no te mentiría.
-A mí no -respondió con amargura-, pero sí al resto del mundo. Por mi culpa. -Su otro brazo se deslizó alrededor de ella y la abrazó, como si no pudiera contenerse. Todo su cuerpo se estremeció y hundió su rostro en el cabello de Hinata. Ella notó que le cambiaba el ritmo de la respiración y se dio cuenta de que la máscara se estaba rompiendo, y que el amor frustrado y la desesperación afloraban a la superficie-. Hinata, no sabes lo que soy -susurró.
-Sí, lo sé -respondió ella con urgencia, rodeándole con fuerza la espalda con los brazos-. Eres un hombre bueno, aunque tú no lo creas. Y eres mi esposo.
Una risa temblorosa estalló en la garganta de Naruto.
-Maldita sea. ¿Es que no comprendes que lo mejor que puedo hacer por ti es salir de tu vida?
Hinata dio un paso atrás y le tomó la cabeza, obligándolo a mirarla. Los azules ojos del hombre que tenía ante ella brillaban por la afluencia de las lágrimas y la boca le temblaba por las emociones reprimidas hasta aquel momento. Ella acarició su hermoso cabello, su amado rostro, como si pudiera curarlo con el tacto.
-Quédate conmigo -dijo Hinata, tratando de sacudir sus anchas espaldas. Pero no había forma de mover su voluminoso cuerpo-. No quiero oír ni una palabra más al respecto. No veo por qué tenemos que vivir separados y sufrir, cuando tenemos la posibilidad de estar juntos. Si crees que no me mereces, trata de superarte cada día durante los próximos cincuenta años. -Se aferró a su camisa y se apretó contra él-. Además, no quiero un hombre perfecto a mi lado.
Naruto desvió la mirada, tratando de controlarse, y respondió:-Desde luego, no es mi caso.
Hinata le dedicó una sonrisa temblorosa. Percibió algo en la voz de Naruto que le hizo albergar un rayo de esperanza.
-Te ofrezco el tipo de vida que deseas -añadió ella-. Una vida con sentido, con un propósito, y con amor. Tómala. Tómame.
Presionó los labios contra su boca firme, robándole un beso rápido, y después otra vez, persuadiéndolo y seduciéndolo hasta que él respondió con un gemido y apretó la boca contra la suya, con un deseo ferviente que le hizo perder de pronto el control. Exploró la boca de ella con la lengua y un sonido primitivo y viril emergió de su garganta cuando, desesperado, tiró del camisón de Hinata hacia arriba con las dos manos.
Hinata enroscó la pierna desnuda alrededor de la suya, ofreciéndose con un ardor que lo volvió loco de deseo. La llevó en brazos hasta la cama y el cansancio de Hinata se esfumó, mientras la excitación hacía que su sangre corriera por las venas a toda velocidad.
-Te amo -susurró, acercándolo hacia ella y sintiendo el estremecimiento con que él respondía. Tiró del camisón y la desnudó; sus labios se posaron en un pezón y lo chuparon con firmeza, mientras extendía los dedos por su vientre y sus caderas.
Hinata, gimiendo, lo abarcó con brazos y piernas. Sentía una necesidad de él mayor de lo que jamás creyó humanamente posible. Él alzó la cabeza y volvió a besar su boca, con besos prolongados e intensos que la dejaron sin aliento. Jadeando, Hinata le tiró de la ropa y trató de desabrocharle la camisa.
-No puedo esperar -murmuró él mientras se llevaba las manos a los pantalones y los desabrochaba de un tirón.
-Quiero sentir tu piel -gimoteó ella, luchando todavía con la camisa.
-Después... Dios santo...
Le separó las piernas y la penetró de un firme empujón. Ella gritó al sentir aquella dulce y pesada presión tan adentro y su cuerpo se vio invadido por exquisitas sensaciones que recorrieron todas sus terminaciones nerviosas. Se arqueó y tembló de placer mientras él se movía con suavidad en su interior, prolongando aquella intensa sensación. Sus estocadas se hicieron más y más profundas, a un ritmo lujurioso e incitante de impacto y retirada.
Le hizo el amor como si se tratara de un festín, con movimientos carnales y calculados. Hinata logró introducir la mano por debajo de su camisa y rozó los tersos músculos de su espalda, instándole a que acabara rápido. El se tomó su tiempo, sin embargo, como si disfrutara de sus roncos gemidos.
-No puedo, estoy demasiado cansada -gimió ella-. Por favor, otra vez no...
-Otra vez -dijo él con voz ronca, profundizando de nuevo las estocadas, y ella volvió a estremecerse de placer, que esta vez le resultó casi doloroso de tan intenso. Naruto se adentró completamente en ella y dejó que las contracciones lo llevaran a derramar su propia descarga, apretando los dientes mientras la tormenta se desataba en su interior.
Temblando y respirando entrecortadamente, se fueron relajando en medio de una maraña de sábanas. Hinata se sumió en un letargo de paz y volvió el rostro hacia Naruto al sentir que él le acariciaba el cabello. La luz del día amenazaba con introducirse en la quietud de la habitación, pero las pesadas cortinas se lo impedían.
-Aunque hubieras decidido abandonarme -susurró Hinata en su letargo-, no habrías resistido mantenerte alejado por mucho tiempo. Él emitió un sonido compungido.
-Porque te necesito -dijo, y le besó la frente.
-No tanto como yo a ti -respondió ella.
Él sonrió, mientras sus manos le acariciaban todo el cuerpo. Pero cuando volvió a hablar, su tono era serio.
-¿Qué haremos de ahora en adelante, con todo lo que nos ha sucedido? -preguntó.
-No lo sé. -Hinata apoyó la cabeza en la parte interior de su hombro-. Empezaremos de nuevo, eso es todo.
-Cada vez que me mires -señaló él-, te acordarás que yo ocupé su lugar.
-No -respondió ella, poniendo un dedo sobre sus labios y dispuesta a no permitir que ningún fantasma del pasado los estorbara en aquel momento-. Supongo que en ocasiones pensaré en él... Pero en realidad nunca lo llegué a conocer. Él no quería una vida junto a mí, ni yo junto a él.
Él torció la boca en una mueca irónica y murmuró:-Pues eso es lo único que yo he querido siempre.
Hinata llevó la mano hacia su pecho y sintió el latido de su corazón.
-Cuando te miro -dijo-, te veo a ti, solo a ti. -Se acurrucó más a su lado y añadió, con voz ronca-: Te conozco muy bien.
El comentario provocó en él una risa involuntaria y se puso de lado para observarla mejor. Estaba claro que quería rebatir la cuestión, pero al mirar su pequeño rostro le cambió la expresión y lo invadió una ternura extraordinaria.
-Tal vez sí -dijo, y la acercó aún más a su cuerpo.
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Fin
Hay epílogo
