Todas las cosas buenas de la vida son ilegales, inmorales o hacen engordar

Un día después del encuentro fortuito con Gold, no podía sacarme de la cabeza que él poseía un modo de recuperar mi magia. Y lo que me quitaba literalmente el sueño era qué pediría a cambio de aquel favor.

Traté de poner en orden mis pensamientos.

El punto más importante era que no estaba dispuesta a depender de él. Si me ofrecía algo de tanto valor, era porque seguramente el precio también sería muy alto. Y todo esto suponiendo que estuviera realmente dispuesto a ayudarme.

Miré mi reloj. Era casi medianoche, y en vez de estar descansado en mi casa me encontraba de pie frente a la de Gold.

Podría regresar a mi hogar y dejar el asunto. Había un enorme helado en mi nevera que necesitaba ser terminado, sin considerar que esa sería la idea más segura e inteligente que tendría nunca. Lo malo era que por mucho que quisiera relajarme con algo tan trivial, aquello no resolvería ninguno de mis problemas.

El plan alternativo era mucho menos conservador. Consistía en colarme a hurtadillas y robar la botellita sin ser vista. Era una ocurrencia muy arriesgada, pero no dejaba de pensar en cuánto disfrutaría de esa victoria de salir bien. Quedar por encima de Gold, más considerando sus actuales ventajas, tenía un valor incalculable. Por supuesto a no ser que me descubriera y me denunciara, en cuyo caso estaría en graves apuros.

- ¿Regina? ¿Qué haces aquí?

Debería haber reflexionado en otra parte.

- Yo... - inicié aproximándome hacia él.

No hice nada de forma consciente. Algo dentro de mí actuó por cuenta propia, guiándome hacia una posibilidad que no había considerado.

Le cogí de la mano, y con los ojos fijos en los suyos tiré de él hacia adentro.

Estaba segura de que utilizar mis encantos para conseguir mis propósitos, era moralmente reprochable. Lo valoré un instante. El pensamiento no sólo no se debilitó, sino se volvió de lo más atractivo.