26-. Tras los pergaminos.
Era increíble lo desesperada que se encontraba. Jamás hubiese imaginado que una discusión con Malfoy lograría descomponerla tanto. Cierto era que ella no había actuado de la mejor manera posible. ¿Y qué? Ella era un ser humano como cualquier otro. Tenía derecho a equivocarse. Estaba cansada de tener que ser siempre perfecta en todo. Lo odiaba. Lo odiaba por hacerla sentir así. Desde que discutieron hacía dos semanas, el rubio no le dirigía la palabra. Más que para lo estrictamente necesario, algo así como "pasame la sal, Granger" Sí, porque ahora vivían en Grimlaud Place. Y no solo ellos y los Potter. Eso hubiera sido medianamente aceptable. Con ellos también se alojaban Pansy Parkinson, Theodore Nott, Blaise Zabinni, Luna Lovegood e incluso Seamus Finnigan. Una auténtica locura.
Ese echo no paso desapercibido para Hermione. Sabía cual era perfectamente las intenciones macabras del grupo al que consideraba sus amigos. Protegerla. Hermione masticó su comida con desagrado. Colocó un rizo tras su oreja y miro la mesa concurrida que se extendía ante sus ojos.
¿Es qué acaso no la consideraban capaz de valerse por si misma? Por Merlín, ella había participado en una guerra y había salido airosa de ello. Pero los demás también, eso era un echo.
Se había enfrentado a un basilisco con tan solo doce años. Que acabó petrificándola y gracias a dios no matándola.
¿Es qué toda su vida había sido una inconsciente? Por lo visto si. Desde que entró a Hogwarts solo había arriesgado su vida, una vez detrás de otra, y no contenta con eso se aventuró en una misión suicida en busca de los horrocruxes. Desde luego había tenido una vida completita.
Se llevó pausadamente a la boca otra cucharada. No la dejaban respirar. Se agobiaba con tantas atenciones a su alrededor. ¿Es qué tampoco la consideraban capaz de ir al baño sola? Ni que fuera a aparecer Becka o Ron por el retrete.
Ron. La comida pasó dolorosamente por su garganta. Nunca había sabido lo que era sentirse traicionada. Hasta ahora. Y podía decir que era una sensación para nada agradable. Confiar todo a una persona, la que consideraba más allá que solo su marido, si no también su mejor amigo. Al que le confiaría su vida misma. ¿Para qué? Para que el jugara con ella. Porque estaba más que segura que si Ron hubiera querido matarla lo hubiera echo hace mucho. ¿Quién le decía a ella que podía confiar en todas las personas que tenía delante?
- ¿Qué me dices Hermione?- preguntó una voz de mujer.
Ya la habían traicionado una vez. No podía consentir que le volviera a ocurrir. Era un dolor indescriptible. Un dolor que no se podía palpar. Un dolor que la desgarraba por dentro. Sentía como si una parte de ella se hubiera perdido junto a Ron. Porque para ella, a pesar de todo, eso era lo que había ocurrido con Ron. Lo habían perdido. Arrugó la servilleta entre sus manos.
- ¿Hermione?- la llamó alguien.
¿Qué le diría a Rose cuando creciera? ¿Cómo le explicaría que su padre era un criminal? ¿Cómo le haría entender que a pesar de todo su padre fue un gran hombre? Porque es obvio que lo fue. Y ella quería que su hija supiera la clase de hombre que fue su padre. Fue él quien se internó en el bosque prohibido con Harry en busca de Aragorg, echando a un lado su temor a las acromántulas. Fue él quien ayudó a Harry a vencer a un trol en primer año para salvarle la vida a ella. Fue él quien recibió un mordisco de parte de Sirius Black por defenderlos. Fue él quien se sumergió en un lago helado para rescatar a Harry y conseguir la espada de Gryffindor.
No le entraba en la cabeza que una persona pudiese cambiar tanto. Había algo que no le cuadraba y no conseguía descubrir de que se trataba. Ron podía ser caprichoso, egoísta pero no malvado, ni mucho menos despiadado. Pero ella había comprobado que si lo era la última temporada que vivió con él. Algo estaba mal. Lo sabía.
Si tan solo pudiera leer el cuaderno de Blancanieves podría descubrir algo más sobre el leñador. El único problema era que el cuaderno se encontraba en manos de Malfoy. Por nada del mundo pensaba pedírselo. Si él le había negado el habla ella también lo haría. Tenía tanto o más derecho a leerlo que él. Al fin y al cabo Blancanieves era algo así como su antepasada. Ese cuaderno le pertenecía.
- Hermione, ¿estas bien?- inquirió Harry observándola detenidamente.
- ¿Qué decías, Harry?- preguntó con una falsa sonrisa llevándose a la boca una nueva cucharada.
- Nada, olvídalo- contestó haciendo lo mismo.- ¿Dónde vas?- volvió a preguntar al ver como ella hacía intención de levantarse de la mesa.
- He acabado de comer. Voy a descansar- respondió secamente sin mirar a nadie arrastrando su silla hacia atrás.
Todas las miradas se depositaron sobre ella. Luna y Ginny intercambiaron miradas cómplices entre ellas.
- Te acompaño- anunció Luna sonriente-. Yo también estoy cansada. Los frinkitols no me han dejado dormir esta noche.
Hermione se pasó una mano por la cara desesperada. Ni un segundo. Ni un segundo podían dejarla en paz.
- No Luna, gracias. No hace falta que vengas conmigo. Se donde está mi habitación. Se como llegar a ella y se subir las escaleras sola- a toque de varita depositó los patos en el fregadero-. No te preocupes que si no se como llegar al baño o como se abre una puerta yo te aviso- se despidió sarcástica.
Todos en la mesa se quedaron mudos viendo como Hermione salía por la puerta. Ninguno sabía que decir ante el arrebato infantil de la castaña. Ginny se levantó con la intención de seguirla, pero las palabras de su esposo la detuvieron.
- Dejalá, Ginny, Hermione tiene razón. Un rato sola no le irá mal. Si no acabará explotando- suspiró apesadumbrado-. Y creedme, ninguno querreis estar cerca cuando eso suceda.
Después del momento incomodo que todos pasaron en la comida, Ginny decidió secuestrar a su marido y llevarse un rato a los niños. A todos los niños. Hermione ya le había dado permiso el día anterior para llevarse a Rose a la madriguera. Ginny obligó a Harry que le preguntara al rubio oxigenado Malfoy si le parecía bien también si se llevaban a Scorpius con ellos. Draco no puso mucha objeción ya que tenía algo importante que hacer y no se podía llevar a su hijo con el.
- ¿Para qué coges eso?- le preguntó Ginny.
Harry en ese momento tenía una duda existencial, no sabía si meterse en la bolsa que llevaba el sonajero de repuesto de Albus o el osito de peluche de James.
- Coger juguetes- contestó elevando los hombros- Rose y Scorpius no tienen ninguno aquí. No podemos llevarlos sin nada para que se entretengan.
Ginny bufó.
- Harry, mamá guarda todos mis juguetes y los de... Ron- dijo no sin esfuerzo- Creemé, estarán de todo menos aburridos.
- Tienes razón- dijo cambiando rápidamente de tema- De todas maneras, por si a caso me llevo los dos- y dicho eso metió el sonajero y el osito en la bolsa.
Ginny sonrió. A veces su marido era tan adorable. Desde luego había nacido para ser padre.
Una vez listos, se encaminaron los seis hacia la chimenea. Luna se despidió de los pequeños con un gran beso y muchas cosquillas para todos. Harry, con James y Scorpius en brazos fue el primero en que la chimenea se lo tragase. Ginny avanzó un par de pasos dispuesta a hacer lo mismo. Las palabras de Luna la detuvieron unos instantes.
- Dale recuerdos a tu madre. Y comentale que quiero adoptar a un gnomo de su jardín. Son tan monos- dijo dejando a una Ginny descolocada.
Ginny sacudió la cabeza. Hay cosas que nunca cambiaban y Luna le gustaba tal y como era. Se internó en la chimenea con Albus y Rose en brazos. Unas llamas azules se los tragaron de inmediato.
La tarde comenzaba a caer y con ella leves gotas de lluvia anunciando una gran tormenta. Luna Lovegood miraba las gotas caer por la ventana. Abstraída en sus pensamientos. Pensamientos que involucraban a una única persona. Neville.
Pensaba en los buenos momentos que había vivido junto a él. Las interminables risas que acompañaban las tardes oscuras como las de hoy. Los paseos por los terrenos de Hogwarts a altas horas de la madrugada. Las charlas interminables sobre las plantas y las discusiones interminables sobre los seres en los que únicamente ella creía.
Sonrió apenada. Todo eso había llegado a su fin. Le dolía, pero era un dolor soportable. No era nada que no se esperara. Neville era una buena persona. Y hablando se entiende la gente. Al fin y al cabo tenían metas muy diferentes.
El se conformaba con su puesto de profesor en Hogwarts y ella estaba muy orgullosa de ese logro. Pero ella al contrario, quería viajar. Quería recorrer el mundo en busca de los seres que tanto la apasionaban. Neville no estaba de acuerdo, pero aceptaba su decisión. Quedando así, simplemente como buenos amigos. No dejarían que la relación que acababan de terminar ensuciara la amistad que tantos años les habían costado fortalecer. Al fin y al cabo eran adultos.
Resopló sin dejar de mirar por la ventana. Ambos sabían que era lo mejor para los dos.
- Parece que no te gusta la lluvia, Lovegod- comentó Theo entrando al salón dejándose caer en el sofá.
Luna dirigió lentamente su mirada hacia el ex-slytherine pero no dijo nada. Se limito a observarlo. Nunca lo había echo y tenía curiosidad.
El pelo le caía como suaves cortinas por la frente, era moreno, no tanto como Harry pero oscuro. Los ojos azules, no tanto como los de ella, pero eran bonitos. La nariz respingona era asaltada por unas pocas pecas, que lo hacían parecer aún más atractivo de lo que ya era. Sus labios carnosos se entreabrían buscando oxigeno. Su pose despreocupada le llamaba la atención. El chico no era excesivamente delgado pero tampoco era musculoso. Digamos que era un chico común. Común pero excesivamente guapo.
A Theo no le paso desapercibido el examen visual al que estaba siendo sometido por la antigua Ravenclaw. Elevó los hombros y decidió hacer lo mismo. ¿Por qué no? Se dijo. ¿Cómo era el refrán ese que decían los muggles? Ah, si. Ojo por ojo, diente por diente. No sabía si en su caso servía o no, pero le daba igual. Solo sabía que la rubia le miraba y él no iba a ser menos. Nunca lo había sido y no iba a empezar ahora.
Empezó la inspección por sus piernas. Delgadas, demasiado delgadas. ¿Podían unas piernas tan frágiles sostener el peso de una persona? Por lo visto si. Continuó por la cadera. No era ni muy ancha ni muy estrecha. Tenía la medida justa para quien la estrechara contra si. Sonrió. Su vientre era plano. ¿Es qué esta chica no tenía ni un gramo de grasa en su organismo? Continuó por los pechos, sin detenerse demasiado. Habría sido muy vulgar mirarlos descaradamente. Y el no era vulgar, el era un caballero. Sin armadura pero un caballero a fin de cuentas. El breve momento en que los miro no encontró nada que le llamara la atención, a excepción de que parecían firmes. Pequeños pero firmes. No le disgustaba la idea. Su cuello era largo, una cualidad que la hacía parecer un poco más alta de lo que en realidad era. Su cabello rubio caía en ondas descontroladas por su espalda. Dirigió la mirad a su rostro. Sus ojos eran azules, un azul cielo muy bonito, admitió. La nariz era pequeña y sus labios con forma de corazón le daban un toque infantil demasiado tentador. Su piel blanca la hacían parecer un ángel junto a su mirada llena de curiosidad.
Luna nunca le había parecido atractiva. Siempre la veía por Hogwarts dando brinquitos de lado a lado, echo que lo sacaba de quicio. Las pocas clases que compartió con ella siempre estaba distraía y las pocas veces que la escuchó hablar solo soltaba incoherencias sin sentido. La consideraba una chica irritante.
Muchos años habían pasado desde que dejaron el colegio. Ahora por el contrario encontraba la actitud de Luna graciosa, casi tierna. Era divertido escucharla hablar sobre seres imaginarios con tal convicción como si su vida dependiera de ello. Siempre tenía una sonrisa para mostrar a todos. Y eso era algo que encontraba admirable.
- Deberías pintarte las uñas- soltó de repente la rubia.
-¿Perdón?- preguntó el chico anonadado mirándose las uñas.
- He dicho que deberías pintarte las uñas. Un color transparente debería bastar- explicó con voz suave, melodiosa.
Se acercó al moreno y le tomó la mano examinando sus dedos. Theo tragó saliva.
- ¿Bastar para qué?- preguntó con una voz entrecortada que logró disimularla muy bien. El contacto con las manos pequeñas de Luna lo ponían nervioso.
- Para ahuyentar a los norx amarillos. Son unas criaturas que se alimentan de las uñas. No pararán hasta dejarte los dedos en carne viva. El esmalte les asusta. Sería una pena estropear tus manos con unos dedos sin uñas- soltó sus dedos y se encaminó a la salida-. Deberías pintarte también las de los pies.
Con esto Luna salió por la puerta dejando a un Theo descolocado y tremendamente confuso. ¿Qué acababa de pasar? ¿Le acababa de decir lo que había escuchado que le había dicho? No, imposible.
Negó con la cabeza divertido. No se creía lo que estaba a punto de hacer. Se levantó con rapidez atraído por el olor a coco que desprendía la rubia.
- Lovegood, no tengo pintauñas- informó a un metro de ella.
Luna sonrió. Theo intentó recordar si alguna vez había visto una sonrisa tan hermosa.
- Eso tiene fácil solución- fue su última respuesta.
No, definitivamente no la había visto.
Podía escuchar su corazón latir. Ningún ruido, ninguna voz perturbaba su tranquilidad. ¿Se habrían marchado todos? Estaba segura de que no era así. Pero la pregunta más importante era: ¿Se atreverían a molestarla después del numerito que había montado en la comida?
Hermione, tumbada en la cama, se mordió el labio pensativa. Su cabello desordenado descansaba sobre la almohada. La figura del leñador ocupaba todos sus pensamientos. Sabía que había algo que no lograba comprender del todo, algo que, se le escurría entre las manos antes siquiera de lograr alcanzarlo. No sabía como explicarlo, pero a pesar de todo lo que había pasado y por muy estúpido que sonase, sabía que Ron, al igual que el leñador, no eran malos. Sonaba ilógico, lo sabía, pero era lo que sentía. No podía comentarlo con nadie más, la llamarían loca. Tal vez Ginny era su única esperanza, pero dejaría esa opción para el último momento.
Se incorporó pesadamente. Una vez sentada, sus manos jugaban nerviosamente apoyadas sobre sus rodillas. Podía ir ahora al cuarto de Malfoy y conseguir el cuaderno clandestinamente. Debía ser muy cuidadosa para que el rubio no la pillara. ¿Cómo reconocería el cuaderno? Pensando, llegó a la conclusión de que no podía ser muy difícil. A fin de cuentas el cuaderno había logrado sobrevivir a lo largo de los siglos, debía ser muy viejo y fácilmente reconocible.
Se levantó y paseó con pasos silenciosos hasta la puerta del rubio. Se pasó la mano por la cara infundiéndose valor. Se sentía como una niña pequeña buscando los regalos de Navidad antes de tiempo. Sujetó el pomo con fuerza. A la de tres entraría.
"Uno", no tenía porque pasar nada.
"Dos", cogería el cuaderno y saldría.
"Tres", Malfoy no se enteraría de nada.
Abrió la puerta con cuidado y la cerró tras de sí. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. De todas las habitaciones que había en la casa, el rubio tenía que haber escogido la única que no tenía ventanas. Típico, pensó. Murmuró un lumos, una tenue luz blanca iluminó la habitación, lo suficiente para poder reconocer los objetos de su alrededor.
A la vista quedaba que el fuerte de Malfoy no era hacer la cama. La cubierta arrugada se lo decía a gritos. Se encamino con pasos lentos al escritorio. Allí descansaban una pila de hojas. Las examinó sin detenerse en detalles. Buscando simplemente lo que quería encontrar. No halló nada.
Resopló. Tal vez y solo tal vez en los cajones tenía más suerte. Lo único que encontró en ellos fue una colección de calcetines y ropa interior masculina. Cerró el cajón con rapidez. Un calor sofocante comenzó a embriagarla de inmediato. Estaba segura que estaría en esos momentos más roja que el cabello de Ginny, y eso ya era bastante decir. Menos mal que nadie podía verla en este momento tan vergonzoso y humillante.
El armario. Eso es, tenía que estar en el armario. No le quedaba ningún lugar más por registrar. Era su última oportunidad. Se dirigió hacia el con mirada amenazante y paso lento. Tuvo excesivo cuidado con las puertas, por eso de que son viejas y suelen chirriar al menor movimiento. Lo que encontró le hizo perder la esperanza de inmediato. ¿En serio podía tener tan mala suerte?
Camisas, pantalones y camisetas era lo único que se encontraba en su interior. Junto con ropa de Scorpius. ¿Pero cuanta ropa se había traído Malfoy? Seguro que menos de la mitad que tiene en su mansión, pensó con ironía. Bufó dándose por vencida, este era el fin. Se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, entrelazó un rizo en los dedos pensando cual debería de ser su siguiente movimiento.
Casi como por arte de magia, sus ojos se dirigieron a una caja, de la cual una de sus esquinas asomaba temerosa por debajo de la cama. Gateó hasta llegar a ella, estiró los brazos y la alcanzó sin esfuerzo. Se mordió el labio con miedo. ¿Y si hay no estaba lo que ella buscaba? Hablaría entonces con Malfoy, no le quedaría de otra. Rogó a Merlín que al menos hubiera algo que la ayudara en su investigación.
Abrió la caja con los ojos cerrados. Los abrió lentamente, mirando primero por entre las pestañas hasta que estas se separaron lo suficiente para poder distinguir lo que se encontraba en su interior.
Bingo. Lo primero que visualizó fue una foto de ella misma con ropas antiguas, no le costó llegar a la conclusión de que aquella muchacha que la miraba con sus ojos era Blancanieves. Dejó la imagen en el suelo, por muy interesante que le pareciera, no era eso lo que estaba buscando. Más fotografías que fue dejando con las anteriores, ni siquiera se detuvo a mirar quien aparecía en ellas. Entonces encontró algo que le hizo ahogar un grito. Un fajo de pergaminos unidos entre sí con cinta transparente, fácilmente reconocible. Pasó las hojas con cuidado, una letra, pulcra y estilizada, muy similar a la de ella, le decía que parara la búsqueda, que ya había encontrado lo que quería.
Guardó todo con rapidez menos los pergaminos, se incorporó, pero antes de salir de la habitación, vio algo que la hizo detenerse. En la mesilla de al lado de la cama había un porta retratos. E n el una familia feliz sonreía a la cámara. Escondió los pergaminos debajo de una camiseta de Malfoy que vio tirada en el suelo y la guardo debajo de su brazo. Se sentó en la cama para observar mejor el descubrimiento que acababa de hacer. Draco Malfoy, con su pose aristocrática sonreía feliz agarrando a Astoria por la cintura. Ella, más atractiva de lo que Hermione recordaba, sostenía a un pequeño bebe con dos pelos rubios, casi blancos, de a penas unos días entre sus delgados brazos. En realidad se les veían felices. Hermione nunca había visto una sonrisa tan sincera como la que Draco le regalaba en esos momentos a Astoria.
Un agujero en su pecho comenzó a expandirse. ¿Seguiría Draco teniendo sentimientos por Astoria? Recordaba muy bien la conversación que tuvo con Malfoy en su casa. En ese momento el le había dicho que el único motivo por el que se casó con Astoria era porque a parte de que ya tenían el matrimonio concertado, ella lo aceptaba a pesar de su condición de ex/mortífago. También le dijo que nunca hubo sentimientos de por medio, que en su momento tuvieron o más bien, el tuvo su momento de confusión. ¿Y si le había mentido? ¿Y si en verdad el la amaba? No debería de importarle. Sabía que no debía de importarle, pero no podía evitarlo.
La puerta se cerró dejando pasar a una persona. Hermione nerviosa dejó caer el portarretratos al suelo. El frágil cristal se resquebrajo.
- ¿Qué diablos crees que estas haciendo aquí?- le preguntó Draco en un tono frío, casi helador, dando un paso hacia ella.
Caminaba ansioso por los pasillos de San Mungo. Hacía tiempo que no iba a visitar a su madre y ya era hora de hacerlo. Mientras caminaba se prometió a sí mismo que no dejaría que volviera a pasar tanto tiempo para su próxima visita.
Pansy lo esperaba en la puerta de la habitación con mala cara. Por su pose nerviosa asumió que la morena no le diría nada bueno.
- ¿Qué tal está?- le preguntó a modo de saludo.
- No tengo muy buenas noticias, Draco- comenzó Pansy-. Tu madre ha empeorado. No responde a la medicación adecuadamente. Hoy ni siquiera ha querido comer, lleva desde ayer sin probar bocado.
El rubio suspiró resignado. Temía entrar a la habitación por lo que se pudiera encontrar, pero no le quedaba de otra.
- Déjame lo de la comida a mi- ordenó con voz autoritaria antes de entrar en la habitación.
Lo que encontró dentro lo descolocó por completo. Su madre daba vueltas por la habitación, con la mirada fija en el suelo y las manos agarrándose la cabeza. Murmuraba cosas que el no lograba entender.
La saliva pasó con esfuerzo por su garganta, provocándole un dolor atroz.
- Hola madre- intentó captar la atención de Narcisa sin ningún resultado. La mujer seguía dando vueltas sin darse cuenta de que su hijo había llegado. Draco se acercó a ella cauteloso y colocó sus manos sobre las de ella, en una caricia tierna. Narcisa elevó la cabeza y miró a su hijo- Hola madre- repitió.
- ¡Draco!- exclamó Narcisa- Lo han matado, lo han matado. El era una buena persona, tu lo sabes. Le dieron el beso, esos condenados permitieron que los dementores besaran a tu padre. Me lo han quitado. No me queda nada- sollozaba abrazando a su hijo.
- Te quedo yo, madre. Siempre me tendrá a mí,- hizo una pausa, infundiéndose valor- y a Scorpius.
- Scorpius- repitió Narcisa confundida- Ese era tu mejor amigo, ¿no? Ese que era gordito que hacía todo lo que tu le decías. Goyle, creo que era su apellido.
- No madre, Scorpius no es...Sí, justamente es ese que dice- rectificó antes de terminar la frase.
Lucius recibió su triste muerte antes de que Scorpius naciera. Desde entonces su madre no atendía a razones y dijeras lo que le dijeras no se enteraba de nada. Había perdido la cuenta de las veces que le había explicado que Scorpius era su hijo, pero a Narcisa no le entraba en la cabeza. Que triste era saber que Scorpius nunca conocería al que debió de ser su abuelo paterno, pero más triste era aún saber que su madre nunca sabría que Scorpius era su nieto. Que injusta era la vida en algunas ocasiones.
- Goyle es un buen amigo, deberías decirle que viniera a verme. Siempre se ha portado bien contigo.
- Lo haré, madre. La próxima vez que venga lo traeré conmigo- mintió Draco, total en la siguiente visita su madre no se acordaría de nada.
Justo en ese momento entró Pansy con la bandeja de la comida en la mano. La depositó en la mesa que se encontraba en una esquina de la habitación y salió tan silenciosa como había entrado.
- Me gusta esta medimaga, siento que me recuerda a alguien. Harías muy buena pareja con ella, ¿Sabías?- comentó con una sonrisa perdida.
Draco sonrió, desde que era pequeño su madre siempre intentó emparejarlo con Pansy. Decía que era la chica perfecta, guapa, con dinero, de buena familia y lo más importante, a Narcisa y Lucius le caía bien.
- No desvíe el tema, madre. Es hora de comer- dijo destapando la bandeja. Un bol de sopa y un filete de pescado reposaban en ella. Draco acercó sus fosas nasales al vapor que salía del bol. Aspiró su aroma- Huele muy bien.
- Me da igual como huela- dijo Narcisa cruzándose de brazos en un gesto infantil- No comeré hasta estar junto a mi esposo.
- No diga eso- agarró las manos de su madre y la guió hasta el comodo sillón que estaba al lado de la mesa. Se agachó a su lado, mirándola a los ojos- Hagaló por mi. Padre esté donde esté, está bien. Si no come se enfadará y ya sabe como son sus enfados- fingió un escalofrío.
Narcisa se estiró en su asiento.
- ¿Tu crees qué estará bien? ¿Me lo prometes?- sus ojos brillaban.
- Por supuesto, padre es fuerte. El siempre ha soportado todo- respondió con melancolía, sujetando el bol entre sus manos- Se lo prometo. Coma un poco, anda.
Después de media hora de incesantes berrinches por parte de Narcisa y guardar la compostura para no tirar la comida por los aires de parte de Draco, Narcisa terminó de comer. Draco llamó a Pansy para que recogiera la bandeja antes de marcharse. Cuando la morena llegó a la habitación, Draco se estaba despidiendo de su madre.
- En un par de días volveré a venir- dijo Draco.
- Acuerdaté de decirle a Goyle que venga también- dijo Narcisa- Me haría muy feliz volver a verlo.
Pansy miró a su amigo confundida. El rubio le hizo entender que era una historia muy larga que luego, con tiempo, le explicaría.
- Lo haré- contestó desganado.
- Cuídate, Draco- dijo depositando un beso sobre la mejilla de su hijo. Draco cerró los ojos-. Y gracias por hacer que el muchacho venga a verme todas las semanas. Ha sido todo un detalle de tu parte, hijo. Me hace mucha compañía.
Draco abrió los ojos de golpe. A Pansy se le calló la bandeja al suelo, ocasionando un ruido ensordecedor.
- ¿Un muchacho?- preguntó Draco intentado comprender lo que le decía su madre, incapaz de poder decir nada más.
- Así es. Ese pelirrojo que iba contigo a la escuela. Dice que tenéis una amiga en común. Hellen... Herminia...-dijo ella chascando los dedos- No recuerdo el nombre.
- ¿Hermione?- ayudó Pansy.
- Si. Eso es, Hermione. Un nombre un poco vulgar para mi gusto, pero si es tu amiga también es la mía- comentó con una sonrisa.
Draco se pasó las manos por el pelo.
- He de irme ya, madre. Volveré pronto- depositó un breve beso en la mejilla de su madre y salió de la habitación acompañado de Pansy que lo guió con prisa hasta su despacho.
Con las manos en los bolsillos y la mirada fija en ningún punto en particular, Blaise caminaba por las calles dirección Grimlaud Place.
Hacía dos horas que había salido de la casa. No soportaba estar encerrado, el era un alma libre, y como tal necesitaba hacer cosas que un alma libre hacía. Como quedar con una bella morena y hacerle cien mil cosas indecentes.
Sonrió ante el recuerdo de lo que acababa de ocurrir. Aún tenía las manos calientes de recorrer el despampanante cuerpo de la chica que ni siquiera recordaba su nombre. Los besos y lametones que había recibido le quemaban cada centímetro de su cuerpo. Que sensación tan agradable. Lo repetiría una y otra vez, no por nada era un alma libre.
Para su consuelo, nunca se había enamorado, y era algo que no quería hacer. Eso era para los tontos y desesperados. El era el más feliz del mundo yendo de flor en flor. No había nada de malo en ello ni mucho menos. El lo sabía, ellas lo sabían. ¿Cual era el problema entonces? Algunos podrían pensar que era un sinvergüenza porque jugaba con los sentimientos de las mujeres. Pero el no hacía eso y solo Merlín lo sabía. Quien conociera a Blaise Zabinni sabría que el adoraba a las mujeres, nunca les haría daño queriendo. El no buscaba estabilidad con ninguna mujer, despampanante o no, eso era lo de menos, porque todas tienen su encanto ¿Pero que culpa tenía el si ellas se le acercaban y le insinuaban cosas inimaginables gustosas de practicarlo con el? "En el fondo las comprendo, soy irresistible" pensó divertido.
Dobló la esquina y avanzó por la silenciosa calle de Grimlaud Place, mojándose en el trayecto. Poco le importaba. Se llevó el cigarrillo a los labios y le dio un calo. Nunca imaginó que iba a engancharse a ningún producto muggle, hasta que probó el tabaco. La primera vez le supo a rayos y relámpagos, la segunda a gragea ahumada; luego ya le pilló el tranquillo. No sabía el que, pero había algo en el tubo blanco que le gritaba que siguiera fumando. Debía ser lo que los muggles llamaban nicotina. Estos muggles y sus inventos, aún sabiendo que es perjudicial para la salud lo anunciaban en todos los lugares. A el le daba igual, no tenía intención de dejarlo y de algo había que morir. Mejor del tabaco que de un avada, por lo menos moriría por propia voluntad. Pero era triste ver a los niños de once años escondidos por las esquinas fumando a espaldas de sus padres. Demasiado triste.
Tiró el pitillo al suelo después de dar el último calo, lo pisó con elegancia con la punta de su zapato antes de entrar en la casa. Unos ojos azules que para el pasaron desapercibidos sonreían malévolamente en la distancia.
Cuando entró se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero, dejando un reguero de agua a sus pies. Sacó la varita y se secó en un abrir y cerrar de ojos. Adoraba la magia. Se encaminó veloz al salón, había descubierto un nuevo invento muggle que le llamaba mucho la atención. La televisión de Harry. Era curioso ver como las personas conseguían hablar y moverse en un tamaño tan reducido como lo era la caja tonta, como la llamaba Hermione. Pero lo que más le gustaba de la televisión era que a altas horas de la madrugada, cuando todo el mundo debería de estar durmiendo, salían chicas sin ropa haciendo cosas que le daban ideas para probar con cualquiera de sus amigas. No entendía porque no lo ponían en una hora más decente. Al fin y al cabo aprender nunca está de más.
Cuando entró en el salón la estampa que vio lo hizo detenerse de golpe y olvidarse definitivamente de la televisión. Luna le estaba pintando las uñas a Theo. A su Theo. Abrió y cerró los ojos repetidas veces. Pues no era una imaginación.
Se acercó con una sonrisa en la boca y se sentó en el suelo, quedando así en frente de ellos.
- ¿Qué hacéis?- preguntó con verdadero interés totalmente inocente. Casi parecía un angelito.
Theo le miró con el ceño fruncido. ¿De todas las personas con las qué convivían tenía que ser Blaise justamente quién le pillara en ese momento tan...humillante? Ni siquiera sabía porque estaba dejando que Luna le pintara las uñas.
- Le estoy pintando las uñas a Theo, el me lo ha pedido- respondió Luna sin dejar de hacer su trabajo.
Theo tragó saliva. ¿Había escuchado lo que creía que había escuchado? Miró a su amigo, observando su reacción. Blaise ahogó una risa.
- Ya veo. Pintando las uñas- comentó a nadie en particular sobándose la barbilla-. ¿Y puedo preguntar por qué?- sus ojos oscuros se clavaban en Theo divertidos.
- Lo acabas de hacer- respondió Theo malhumorado. En ese momento deseaba que la tierra se le tragara. Este momento sería objeto de burlas por parte de su mejor amigo hasta el día que muriera.
- Para ahuyentar a los norx amarillos, son unos bichitos microscópicos que se comen las uñas y no paran hasta dejarte los dedos en carne viva. Algo así como las termitas- Luna dejo el dedo corazón de la mano derecha para agarrar suavemente su próxima víctima. El dedo anular- Ya le he pintado las de los pies.
"Luna, por el amor de dios, callaté" pensó Theo desesperado.
Esta vez Blaise no pudo contener su risa pero por respeto a Luna la mal disimuló con un gran ataque de tos.
- Ya veo. ¿Y el rosa chicle les da miedo? Interesante, muy interesante diría yo.
Blaise miró a Theo con una sonrisa de suficiencia de oreja a oreja, de esas que dan miedo cuando te las dedican. La sonrisa solo podía significar una única cosa. Harás lo que yo te diga si no quieres que todo el mundo se entere de esto.
- Puedo pintarte las uñas también si quieres. Ahora que Theodore está a salvo los norx amarillos irán a por ti.
- Si eso, Blaise, píntate las uñas, corres peligro- dijo Theo sabiéndose derrotado.
- Creo que correré el riesgo. Mis uñas son demasiado perfectas para estropearlas con esmaltes- fue su última palabra antes de encender la televisión con la terrorífica sonrisa dibujada en su cara.
Theo cerro los ojos. Esa sonrisa le daría pesadillas los próximos meses.
Draco rezumaba furia por cada uno de sus poros. Las palabras de su madre le quemaban las entrañas. "Gracias por hacer que el muchacho venga a verme todas las semanas". "Fuisteis juntos a la escuela" "Tenéis una amiga en común".
Hablando mal y pronto, ¿Cómo coño había conseguido el puto pelirrojo entrar a la habitación de su madre sin que nadie se diera cuenta?
Pansy estaba de pie, observando a su amigo a un par de pasos de distancia. Lo conocía demasiado bien y sabía que Draco estaba enfadado. Enfadado era quedarse corto. La palabra adecuada sería furioso. Y eso no era bueno, nada bueno para aquellos estuvieran en su radio de mira. Y ahora mismo la única que estaba en ese temido radio era ella. Pansy dio un paso, acortando la distancia entre ellos. La mirada del rubio, intensamente gélida, la hizo detenerse en el acto.
- Dime Pansy- su voz era terroríficamente calmada- ¿Cómo es posible que el idiota de Weasley haya visitado a mi madre en más de una ocasión?
Pansy se miró las manos.
- Yo... no lo se, Draco- suspiró resignada.
- Así que no lo sabes- le dijo Draco tomándose su tiempo para pronunciar cada una de las palabras.
Pansy abrió la boca para decir algo, pero Draco le interrumpió.
- Ahora mismo no pienso escuchar nada que salga por tu boca, Pansy. A no ser que lo que me tengas que decir sea que sabes como ha conseguido entrar Weasley delante de tus narices-. Pansy se mantuvo silenciosa, era lo mejor en estos casos-. ¿No, verdad? Pues pon tu lindo culo a trabajar y haz algo útil. Hazle una revisión completa a mi madre. Como tenga un solo rasguño la próxima vez que me veas, será en Azkaban, porque cometeré un asesinato- se dirigió hacia la puerta en dos zancadas-. Nos vemos en casa- y cerró de un portazo.
La gente se apartaba para dejarlo pasar, y si no lo hacían eran arrollados por la serpiente rubia. Murmuraban palabras soeces dirigidas hacia el, pero el ni las escuchaba. Tenía mucho en lo que pensar. Draco llegó a la sala de las chimeneas y se introdujo en la primera que pillo libre. Las llamas lo trasladaron al salón de Grimlaud place, donde Theo y Luna estaban sentados en el sofá, la segunda pintándole las uñas al primero.
Pasó delante de ellos ignorando haberlos visto. Tenía que hablar con Potter, pero para ello tendría que esperar a que volvieran del cuchitril en el que vivían los Weasley. Siempre había odiado ese apellido, pero por lo menos ahora tenía razones. Y unas muy buenas basadas en muy buenos fundamentos, meterse con las dos personas que significaban algo para él. Solo pensar en que Weasley había estado cerca de su madre, le removía las entrañas. Por no decir lo que el muy sinvergüenza le había echo a Hermione. ¿Cómo se había atrevido a dañarla tanto, a humillarla de esa manera? No podía imaginar como se podía haber sentido ella en esos momentos, pero desearía haber podido ahorrárselo, haber llegado a tiempo y que nada de esto hubiera ocurrido. Si tan solo hubiera estado más pendiente de las señales, de los pequeños detalles que no había logrado percibir y que habían estado delante suyo el último año.
Llegó a la puerta de su dormitorio y abrió la puerta. Necesitaba una ducha para relajarse y poder pensar con más objetividad. La milésima de segundo que permaneció la puerta abierta pudo distinguir una mata de pelo abultada sentada en su cama sosteniendo algo que miraba con curiosidad entre sus manos. Cerró la puerta indignado. Lo último que le faltaba para rematar ese día de mierda, que invadieran su intimidad.
- ¿Qué diablos crees que estas haciendo aquí?- le preguntó en un tono frío, casi helador, dando un paso hacia ella.
Hermione volvió a murmurar el lumos que por el susto se le había apagado. ¿Qué le diría? No podía decirle la verdad, no al menos de momento. Tenía que pensar algo pronto. Se estiró para recoger el marco de la foto. Lo reparó en un abrir y cerrar de ojos y lo colocó en su lugar.
Los ojos de Draco se desviaron junto al movimiento de brazo de ella. ¿Qué hacía Granger en su habitación observando la que alguna vez fue su familia?
- Vine a recogerte la ropa- ¿En serio? Eso es lo más inteligente que podía decir?-. Ya sabes, para llevarla a lavar.
¿En serio Granger lo consideraba tan estúpido como para tragarse esa milonga?
- Eso lo puedo hacer yo, no deberías ensuciarte tus manos con ropa que ha llevado un mortífago. Se te podrían caer- dijo Draco dando un nuevo paso hacia ella-. Y que yo sepa una fotografía que no es de tu incumbencia no es ninguna prenda de ropa.
Hermione sintió como su corazón era estrangulado por Malfoy. El brazo donde tenía la camiseta en la que había guardado los pergaminos de repente comenzaba a pesarle toneladas.
- Tienes razón, no me incumbe para nada- respondió dolida con el mentón elevado-. Te echo esto a lavar- refiriéndose a la camiseta.
- Tendré que poner un hechizo en la puerta contra gente indeseada- escupió dando un nuevo paso hacia ella, haciendo que ella retrocediera.
Hermione apretó los puños. se encaminó hacia la puerta. El no se lo impidió. La puerta se cerró a sus espaldas.
Draco inhaló. Un olor a vainilla impreso en el ambiente lo embriagó. Suspiró.
Hermione al otro lado de la habitación se llevó la camiseta a las fosas nasales. Un olor a menta la inundó. Suspiró.
