Disclaimer: Los personajes de esta historia, así como parte de la trama no me pertenecen, son propiedad de J.K. Rowling y yo simplemente los uso para ir más allá de la imaginación.
CAPITULO 26
Minerva se sentía cansada. Como si hubiera vivido más de una vida. Cerró los ojos y se dejó golpear por la suave brisa veraniega que corría aquel atardecer por su pequeña terraza. Tenía ya setenta años.
La puerta de la terraza se abrió con brusquedad, dejando pasar a un adolescente que se dirigió simplemente a la barandilla y se dejó apoyar observando el horizonte. Minerva supo quien era, su nieto, Harry.
Y entonces recordó los cinco años que había pasado con él. Había visto llegar a un chico delgado y bajito con once años, y tenía ante ella a un muchacho de quince que cada vez más le recordaba a James y Lily.
Recordó con una sonrisa, la alegría del chico cuando recibió su Nimbus 2000 y jugó su primer partido con ella. Se le veía radiante. Todo el mundo lo comparaba con su padre, pero ella sabía que en realidad, Harry había heredado el don de su abuelo Charlus. Recordó la valentía que tuvo al enfrentarse al troll en aquel baño para salvar a la que se convertiría en su mejor amiga.
Recordó su paso por el Torneo de los Tres Magos. Ella misma trató de impedir su participación apelando a Albus, y sufrió cada vez que Harry se presentó a las pruebas.
Recordó con dolor las cuatro veces que se había enfrentado a Voldemort. En primero, para conseguir la piedra filosofal, no siendo este más que un espectro de lo que fue. En segundo, con su recuerdo de dieciséis años. En cuarto, tras la última prueba, en donde renació. Y en quinto, en el Departamento de Misterios.
Y entonces recordó a Sirius Black. Recordó cuando Harry le conoció. Recordó su avidez por conocer a sus padres a través de sus palabras y anécdotas. Recordó el cariño que sentía por la persona que él consideraba su única familia.
Y ahora estaba muerto. Porque aquella noche había caído a través del Velo del Departamento de Misterios, cruzando la frágil línea que separa ambos mundos. Y no iba a regresar.
- ¡Maldición!
La sorda palabra del chico hizo que Minerva saliese de su ensoñación y le mirase. Acababa de golpearse la mano con la dura piedra y posiblemente se le hincharía en pocos minutos.
- ¿Te encuentras bien Harry?
El chico levantó la cabeza, sorprendido, sin esperarse que hubiera alguien allí. Luego reconoció a la profesora. Asintió con torpeza sin mirarla a los ojos.
- ¿Por qué no te sientas? – le indicó ella.
Harry tomó asiento a su lado, mirando al suelo. Minerva no pudo evitar una sonrisa melancólica al recodar una escena parecida en la cual a su lado estaba Lily.
- ¿Quieres hablar?
Harry levantó la mirada. Por primera vez halló ante sí una pregunta directa y clara, sin añadidos escondidos. Y era la primera vez que alguien se la hacía.
- Tengo miedo – susurró con voz rota – Tengo miedo de perder a los que quiero, como ya he perdido a Sirius. No soy más que un estúpido niñato que no supo confiar en los adultos y por eso está muerto.
El chico miraba al suelo, intentando retener lágrimas de frustración y rabia.
- Estoy harto – siguió – Harto de ser Harry Potter. Solo quiero ser un chico de quince años con una vida normal. ¿Es mucho pedir?
- No – pudo susurrar Minerva.
- Odio tener que estar marcado por una profecía. Odio que Voldemort me tenga en su punto de mira. ¿Por qué yo?
Minerva no pudo responder a su pregunta desesperada. Porque parte de la culpa era suya. Por haber confiado en Tom, por haber confiado en Voldemort. Porque él la había perseguido, había perseguido a sus amigos, había perseguido a su familia...
Pero también había sido él quien le había dado una hija, y luego un nieto. Porque sin él, ese chico que tenía ante ella no estaría.
- A veces la vida no resulta ser como desearíamos – dijo Minerva – Soñamos con algunas cosas, y nos suceden otras bien distintas. Son nuestras elecciones quienes nos muestran el camino, y aunque a veces no son las adecuadas, siempre podemos volver a elegir. Podemos aprender de nuestros errores.
- ¿Usted también? – inquirió el chico.
- Yo también. Todo el mundo ha deseado alguna vez cambiar alguna elección. Pero lo importante es que seguir adelante y aprender del error – sonrió Minerva – Eres un gran chico Harry, y ya eres un gran mago. Se que la muerte de Sirius te duele, pero tienes que seguir adelante.
- Tengo miedo – repitió él en voz baja.
- Serías un insensato si no lo tuvieras – sonrió la profesora – No estás solo Harry.
El chico miró al horizonte. El sol se escondía tras las montañas.
- A tu madre le gustaba venir a esta terraza. Solía traerse algún libro y podía pasarse horas enteras aquí – comentó Minerva.
- ¿Mi madre?
Harry miró a su profesora intrigado. Minerva no pudo evitar sonreír. Conocía la ansiedad que sentía el chico por conocer mejor a sus padres. Cada vez que alguien los nombraba, sentía curiosidad y ansias de saber.
Minerva no quería contarle la verdad. No quería agobiarle con mayores cargas. No quería tener que decirle que todo era su culpa, que Voldemort era su abuelo. Pero tampoco quería evitar una pizca de felicidad a su único nieto.
Así que comenzó a hablar. Y pasaron muchas horas hablando. Ella le habló de Charlus y Dorea, de sus años en Hogwarts, le habló de las travesuras de James siendo niño, de las inquietudes de Lily, de sus charlas en la terraza...
Era muy de noche cuando se quedaron en silencio.
- Me hubiera gustado conocerles – susurró Harry.
- Lamento que no los conozcas, pero algo si que te voy a decir Harry – respondió Minerva – Tienes algo de ellos en ti. Eres idéntico a James, tienes los ojos y el carácter de Lily, la valentía de Dorea y vuelas igual que Charlus. Eres parte de ellos, al igual que ellos forman parte de ti.
Harry comenzó a llorar. Minerva le pasó el brazo por encima de los hombros y el chico se dejó mecer por la bruja. Ella le abrazó con fuerza, llorando en silencio.
Aquella noche no eran alumno y profesora, eran nieto y abuela perdidos en un mar de soledad.
Era de noche. En junio ya no hacía frío, pero aún así, Minerva se arrebujó bajo una suave manta. Miró al cielo, donde brillaba una creciente luna en un amplio manto de estrellas. Estaba sentada en lo alto de la Torre Norte.
Otro año más se había ido, y con él, se había ido un gran hombre. Porque aquella mañana habían enterrado en el jardín del colegio a Albus Dumbledore.
Gruesas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Su cabeza no dejaba de hacerle recordar todos los momentos en su vida en los cuales estaba presente Albus.
Recordó la primera vez que lo vio, sujetando el Sombrero Seleccionador como ella hizo años después. Recordó su primera lección, "transformar es desear ver tu propia imaginación". Recordó sus palabras de orgullo cuando le ofreció la beca en el IET, y las de decepción cuando ocurrió el suceso de séptimo curso.
Recordó los tres años en Madrid, las palabras, las caricias, esas noches interminables de transformaciones y cariño. Los buenos y malos momentos.
Recordó su sonrisa sincera cuando la acompañó al altar el día de su boda con Edward. Recordó la tristeza en sus ojos al ver como ella volvía a confiar en Tom Ryddle. Recordó la rabia el día que ella buscó su amparo en Hogwarts.
Recordó su apoyo cuando nació Lily, y su ayuda. Recordó su presencia constante a su lado, en silencio.
Y lloró. Porque ya nunca más volvería a estar a su lado. Porque se había ido una gran persona, porque se había ido una de las personas más importantes de su vida.
Porque Albus Dumbledore había muerto la noche anterior, a manos de un mortífago. Porque en verdad, era Tom quien había vuelto a irrumpir en su vida, llevándose a otro ser querido.
Y por eso, hacía unas horas había escrito una carta, o más bien una nota. La había llevado a la lechucería y la había enviado con una sola palabra escrita en el destinatario, Tom. La nota decía.
"Banco del Amor, Londres. Viernes a medianoche. Ven solo. Nagini"
Había usado ese nombre intencionadamente. Era un nombre que solo conocían ellos dos, así Tom sabría que la carta era de ella.
Había dejado correr demasiado tiempo. Era hora de contarle la verdad.
Minerva abrió los ojos. Ya no había un muchacho de sonrisa preciosa ante ella. Ahora había un hombre, un espectro de un hombre, de mirada roja.
He aquí el capítulo 26. Se que ha sido muy corto pero es que no sabía no me quedaba mucho más y tampoco quería volver ya al presente, eso me lo guardo para el próximo capítulo, que puede que ya sea el final.
Espero que os haya gustado la historia, porque hasta aquí ha sido la historia de Tom (Voldemort) y Minerva. Ahora, queda el futuro. Gracias por haber seguido la historia, por los 222 reviews (jamás imaginé llegar a tantos) y por vuestro incansable apoyo.
Gracias a laurus cullen weasley, Nailahcris, Anzu brief, Warios, Dany Hogg, y Yedra Phoenix, por vuestros comentarios en el último capítulo.
Nos leemos en el 27!!
Nimue – Tarrazó
¿Qué sería de la vida sin dragones?
