Disclaimer: Los personajes de KFP no me pertenecen, a excepción de los que todos conocemos.
Capítulo 26: Nací para cuidarte
"Te quiero."
¿De verdad lo había oído o todo era parte del mismo sueño? Era extraño. Ya no sentía dolor. ¿Acaso estaba muerto? ¿Había acabado todo?
"Yo también te quiero", es lo que le hubiera gustado decirle, pero sus labios ya no se movían.
Se la imaginó levantándose y corriendo hacia el campo de batalla a cuatro patas, como siempre solía hacer. Incluso así era habilidosa y rápida.
—No te vayas. No quiero que te pase nada.
Ella no podía oírlo. Estaba sumergido en ese mundo de sueños donde solo él tenía voz. Donde solo su eco resonaba en la infinita oscuridad.
Sintió como si le clavaran un aguijón en la espalda. ¿Otra vez? Creía que el dolor se había ido para siempre. A continuación notó algo suave y cálido que cubría con cuidado la zona donde Kuo le había atacado, y las punzadas, poco a poco, fueron remitiendo. Empezó a respirar con tranquilidad. ¿Qué habría sido eso?
En medio de la oscuridad, se abrió una luz. Parecía el final de un largo túnel oscuro. A sus oídos comenzaron a llegar voces, gritos. Desgarradores y angustiosos sonidos que lo hicieron levantarse y salir corriendo hacia la luz. Tenía que averiguar qué estaba ocurriendo.
Cuanto más se acercaba, la lucecita se agrandaba hasta hacer desaparecer la oscuridad por completo. Po cerró los ojos, deslumbrado por la repentina claridad. Cuando volvió a abrirlos, la realidad se le presentaba en crueles imágenes. Por un momento, pensó que era la guerra que se estaba librando entre tigres y pandas fuera de la cabaña en la que él se refugiaba, pero después se dio cuenta de que no era así. La batalla tenía lugar en un pueblo que ardía en llamas. Por donde quisiera que mirara, las casas se quemaban y todo estaba destrozado. Se dio cuenta de que ese pueblo era el de los pandas. Podría jurar que era el mismo.
Por su lado pasaron corriendo madres con sus hijos, intentando protegerlos. Se dio cuenta de que en esa dimensión, él no existía. Las imágenes estaban sucediendo en su cabeza, pero su cuerpo seguía en el mundo real, luchando contra el veneno.
Se fijó especialmente en un tierno panda que jugaba con su osito de peluche cuando su madre lo tomó en brazos.
—¡Llévatelo! ¡Huid los dos! —gritaba el padre de la criatura. Po lo reconoció enseguida. Era Yuan. Un Yuan mucho más joven y fuerte del que había conocido.
La madre del bebé corrió todo lo que pudo. El pequeño no era consciente de la peligrosa situación y, en los brazos de su madre, continuaba jugando con su peluche hasta que este se cayó de sus pequeñas manos, y fue entonces cuando empezó a llorar, desconsolado.
La osa panda se adentró en el bosque a toda prisa, dejando el fuego, la guerra y los chillidos atrás. A cada paso que daba, la cacofonía se perdía cada vez más hasta que el silencio de la noche la inundó. Lo único que se oía eran los sollozos del bebé que cargaba en sus brazos.
—Calla, pequeñín, o nos descubrirán —le pedía amorosamente su madre.
Oyó el crujir de las hojas en el suelo. Alguien se acercaba. Abrazó a su hijo, vigilando la zona por la que había oído el ruido, y retrocedió unos pasos hacia atrás. El sonido se movió hacia su derecha y ella pegó un respingo. El bebé lloró de nuevo.
—Tranquilo, mi niño, tranquilo. No te pasará nada.
Su cuerpo empezaba a temblar. No sabía quién iba tras sus pasos, pero si se escondía no podía ser nadie bueno. No le importaba lo que le ocurriera a ella, pero esos malditos tigres no tenían piedad. No quería que le pasara nada a su hijo.
Continuó retrocediendo. Había dejado de oír ruido y volvía el silencio. Se dio la vuelta rápidamente para seguir corriendo cuando una figura la detuvo. A pesar de que se ocultaba en las sombras, pudo reconocer su esbelta figura, su larga cola y, sobre todo, sus rayas negras. Era un tigre.
Intentó correr en dirección contraria, pero la voz madura y femenina de la felina la hicieron detenerse. Así que era una mujer...
—¡No, espera! ¡Por favor, espera!
La tigresa salió a la luz de la luna, donde la panda pudo ver su rostro con mayor claridad. Era una tigresa de rasgos hermosos y expresión desesperada. Parecía asustada y suplicante. ¿Acaso sería una trampa? Llevaba algo en las manos. Algo envuelto en una manta. ¿Y si escondía algún tipo de arma?
Quiso volver a huir, pero el llanto de un bebé la detuvo. No era el suyo el que lloraba. Se giró hacia ella. La tigresa ya no le prestaba atención. Acercaba la manta a su cara y acariciaba con ella a la criatura que ahora solo sollozaba.
—Ya está, mi pequeña. Todo saldrá bien.
Cuando volvió a levantar la mirada, sus ojos estaban empañados en lágrimas. Dio un par de pasos adelante y mostró a una preciosa bebé idéntica a ella. La pequeña volvía a quedarse dormida bajo las atenciones de su madre. Los ojos de las dos hembras se encontraron por primera vez.
—Es mi hija, Tigresa. Por favor —le rogó —. Me están siguiendo. Vienen a por mi niña y a por mí. Por favor, llévala contigo.
La panda dudó por unos segundos y bajó la mirada. Unas lágrimas escaparon de los ojos de Akame.
—Si no lo haces, la matarán.— Se la tendió. Una vez más, la osa dudó —. Por favor.
Finalmente, la panda cogió a su hijo con un solo brazo y tomó a Tigresa con el que le quedaba libre, acunándola con cuidado para no despertarla. Una sonrisa de agradecimiento y tristeza se formó en la cara de la tigresa madre.
—Gracias.
Desde la rama de uno de los árboles más cercanos a la batalla, Kuo observaba el magnífico panorama que había causado su mente retorcida y sus brillantes planes. Todo había salido a la perfección. Los tigres volvían a pelear por las tierras que les pertenecían, había visto luchar a la legítima heredera con el Guerrero del Dragón y, ahora, Xiong pugnaba por salir ileso de la guerra en la que él le había metido.
Pobre marioneta, pensó.
Con un poco de suerte, uno de esos pandas acabaría con él. Entonces, solo quedaría Tigresa para ocupar el puesto de líder.
Eran tantos los placeres que no sabía cuál saborear primero.
Con la dosis de veneno que había introducido en su cuerpo, a esas horas el panda debía estar más que muerto. Uno menos. Siempre supo que ese oso gordinflón no servía para nada. Ahora venía la parte más divertida. Estaba seguro de que la maestra le buscaría con intención de matarlo. No quedaría impune la muerte de su querido enamorado. Él se encargaría de ella. Estaba deseoso de clavar sus venenosas garras en su delicioso cuello. Se relamió, imaginándose el momento. Ella gritaría y se retorcería de dolor. ¡Cómo adoraba los gritos! Y una vez que su cuerpo yaciera sin vida, él sería el nuevo líder de la manada. Por el momento, solo tenía que aguardar y observar el espectáculo.
Reconoció a Yuga corriendo por uno de los laterales de la explanada. Parecía preocupada. Seguramente estaba buscándolo. Pobre tonta. No era más que una ilusa desgraciada que había creído que él la quería. Moriría como tantos otros inútiles. Al fin y al cabo, no sabía nada de pelear.
La escena que vio a continuación se le antojó interesante. La felina dio con un par de pandas exactamente iguales. Uno de ellos intentó atacarla, pero ella esquivó el golpe con facilidad y después los tres se quedaron mirándose como pasmarotes. Cuando ella había intentado huir, otro panda la había atacado y uno de los gemelos la había protegido. No sabría decir si la situación lo divertía o lo inquietaba.
En otra parte del terreno, una serpiente, un mono, una mantis religiosa, una grulla y un panda rojo entraron en escena. Parecían algo desorientados y confundidos. Estaba seguro de que los había visto antes en alguna parte.
—¿Qué demonios... ? ¿El maestro Shifu y los furiosos?
Permaneció observándolos, intentando predecir cuáles serían sus movimientos. Un tigre se adentró en la pelea hasta llegar donde estaban ellos. Era Jian.
Sus garras rasgaron la corteza de esa viejo árbol.
Ese estúpido Jian.
Siempre tenía que estar metiendo las narices donde no le llamaban. Estaba seguro que no estaba planeando nada bueno. ¿Acaso también tendría que ocuparse de él?
Se deslizó silenciosamente a una rama más baja y agudizó el oído para escuchar la conversación. Por suerte, estaban lo suficientemente cerca.
—No todos los tigres quieren esta guerra —les decía Jian—. La clave para terminar con esto es ir a por los de verdad luchan por la necesidad de sangre.
—¿Y cómo sabremos cuáles son? —preguntó el maestro Mantis.
—Luchad cerca de mí y yo os lo indicaré.—Se volvió hacia el panda rojo, que meditaba la situación con seriedad —. ¿Está de acuerdo, Maestro Shifu?
El maestro asintió y se dirigió a sus alumnos, dando una orden clara.
—Seguid a Jian y haced lo que sea necesario para parar esto. Yo iré a por el líder.
La situación se le había salido por completo de las manos. No tendría que haber salido así. El plan era una lucha uno contra uno en el que ganaría uno u otro bando y en la que solo uno moriría, pero no una guerra en la que participarían todos los felinos contra todos los osos. En ningún momento había querido jugarse el cuello como se lo había jugado años atrás.
Maldita sea...
La lucha no iba a su favor ni mucho menos. Por alguna razón, muchos tigres ponían poco entusiasmo en la batalla. Algunos incluso se negaban a pelear contra ciertos pandas, y los pocos que deseaban ganar el encuentro empezaban a sentirse agotados. Eran los tigres más sanguinarios, los más crueles, los que no tenían una familia ni nada que perder. En definitiva, los pocos carnívoros que comían carne por su exquisito sabor y no por necesidad de alimentarse.
Los pandas se les echaban encima y parecía que no podían hacer nada. Si hubiera un marcador, estaría muy desequilibrado. Si seguía así, alguien lo mataría.
Desesperado, propinó un puñetazo a su contrincante, y antes de que pudiera ponerse en pie, dio un salto y se subió a una de las ramas de los abetos que se encontraban más cerca. Escaló hasta las ramas más altas, donde ningún panda podía atraparlo y escapó de allí, saltando de árbol en árbol. Sí, huir era de cobardes, pero si se quedaba en la pelea, estaba condenado. Yuan lo odiaba a muerte e iría a por él por haberle arrebatado a su familia.
Sus patas se movían con toda la velocidad que los años le permitían. De repente, sintió otra presencia, y antes de que pudiera ver de quién se trataba, algo lo derribó. Cayó al suelo con un golpe sordo. A su lado, cayó también quien lo había tirado del abeto. Era su hija.
Se puso en pie rápidamente. La mirada de Tigresa estaba llena de odio contenido. Cuando se levantó, estuvo casi seguro de que de un momento a otro se le tiraría a la yugular.
—Después de todo esto —empezó a hablar, intentando controlar la ira que salía por cada uno de sus poros —, después de la masacre de la que eres culpable, ¿huyes? En vez de asumir tus responsabilidades, escapas como un maldito cobarde.
Xiong permaneció callado. No sabía por dónde podía salir su hija si se le ocurría dar una excusa. No la conocía lo suficiente para saber si reaccionaría de una manera violenta. De lo que estaba seguro era de que estaba mucho mejor entrenada y tenía muchísima más fuerza de la que él podría soñar. En una lucha contra ella, no podría vencer.
—¿Dónde está Veneno? —preguntó repentinamente la maestra. Parecía haber perdido el interés por su huida —. Dímelo ahora mismo o...
Xiong se dio cuenta de que la furiosa había sacado las uñas, amenazadoramente.
—¿Serías capaz de atacar a tu propio padre?
Tigresa apretó los puños y su expresión se deformó en una mueca de profunda rabia.
—¡Tú no eres mi padre! —le gritó—. Mataste a mi madre e intentaste matarme a mí.
—No sé de dónde habrás sacado eso, pero...
—¡No te atrevas a negarlo! ¡Ten el valor de decir la verdad por una vez en tu miserable vida! —le espetó.
Pero su padre biológico siempre había sido un cobarde y moriría siéndolo. Jamás confesaría el crimen del que era culpable. Pero lo peor de todo era que, a pesar de las circunstancias, seguía mostrando una pose altiva y seria. Su orgullo le impedía mostrar el miedo que a veces sentía.
—¿Dónde está Veneno? ¿Dónde se esconde ese maldito cobarde? No te lo preguntaré otra vez.
—No lo sé —respondió, serenamente —. Parece que aún no te has dado cuenta de que hace lo que le da la gana.
La maestra sonrió con burla. Ella jamás había sido así. No se alegraba de la desgracia ajena. Pero en esa ocasión todo era distinto.
—Sí, claro que me he dado cuenta. También lo hizo contigo. No eres más que su estúpida marioneta.
Xiong sintió que sus nervios se crispaban.
—Ni se te ocurra volver a hablarme así, porque no me temblará la mano aunque seas mi hija.
—No te tembló al mandar asesinarnos a mi madre y a mí —contestó ella, de forma cruda —. Yo no soy tu hija, y tú no eres mi padre. Mi padre—mi verdadero y único padre— se llama Shifu.
Xiong embistió entonces a su hija. Intentó tirarla al suelo. La maestra lo esquivó con su desarrollada agilidad. Xiong sacó sus garras y levantó la mano, dispuesto a cualquier cosa con tal de salvar su vida. De repente, algo le golpeó la mano con fuerza. El tigre gimió de dolor y retrocedió unos pasos. Levantó la vista hacia su nuevo rival: un viejo panda rojo ataviado con vestimentas de maestro y un cayado mucho más alto que él.
El maestro Shifu se volvió hacia su hija adoptiva con una sonrisa sincera. Era la primera vez que la felina lo veía sonreír en medio de una pelea.
—Tigresa, ve a ayudar a tus compañeros. Yo me encargaré de él.
Su mente lo transportó a otro lugar. Seguía viendo secuencias dentro de su cabeza. Era raro, como si solo sus ojos estuvieran allí presentes.
Su madre ya había recorrido el estrecho de las montañas nevadas y andaba camino al mar, donde estaba segura de que encontraría algún barco con el que pudieran huir.
Las imágenes se sucedían tan deprisa que no le había dado tiempo de parar a meditarlo, pero inconscientemente, sin necesidad de que alguien se lo explicara, sabía que ese pequeño panda era él, que la que lo cargaba era su madre, y que esa pequeña tigresa era su querida maestra. Lo sentía.
Todo parecía ir bien. Parecía que iban a lograrlo. Pero de un momento a otro, todo cambió. No estaban solos. Algunos tigres habían conseguido salir del pueblo para encontrar a todo aquel panda que hubiera podido escapar. Sabían que los que huyeran también serían los más débiles, y los más fáciles de asesinar. Poco podrían hacer contra verdaderos luchadores como eran ellos.
La panda corrió todo lo que pudo. Pero los felinos la acechaban y pronto la encontrarían. No solo acabarían con ella, también con los niños.
En una de sus carreras encontró unas cajas llenas de verduras y frutas. Seguramente se tratara de la mercancía con la que su pueblo comerciaba. Esas cajas estaban destinadas a pueblos muy lejanos, donde los niños estarían seguros.
Sin pensarlo dos veces, metió a su hijo en una de las cajas y puso a la pequeña a su lado. Inmediatamente después, Po empezó a gimotear. Su madre agarró sus manitas y las besó con cuidado. Mandó a callar al bebé suavemente e intentó que no viera las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos. Le brindó una última sonrisa tranquilizadora y miró a la cría de tigre que dormía al lado de su hijo.
—Cuídala, hijo mío. Cuídala siempre.
Dicho esto, la panda se alejó del lugar y volvió sobre sus pasos. Si había algún tigre por allí, no llegaría más lejos. Ella sería el cebo perfecto.
Po comenzó a llorar de nuevo desconsoladamente, intentando atraer la atención de su madre, a la que nunca volvería a ver. Su llanto despertó a Tigresa. La pequeña abrió los ojos despacio, haciendo algún que otro puchero con la boca. Estaba a punto de echarse a llorar cuando vio a Po. El osezno dejó de gimotear en el momento en que vio a la niña despierta por primera vez en todo el viaje. Sus ojos color rubí le llamaron la atención. Ambos se quedaron mirando. Sus mentes infantiles intentaban comprender lo que estaban viendo. Tigresa movió su cola de un lado a otro, y el panda intentó agarrarla, riendo por fin. Instintivamente, la felina sonrió y alargó sus bracitos atigrados hacia el panda hasta conseguir tocar su cara. Cuando consiguió su objetivo, rió contenta.
Las últimas imágenes que llegaron a su cabeza fueron cómo los encontraron los comerciantes que viajaban hasta esas tierras en busca de las mercancías. Eran una pareja de cerdos que se ganaban la vida humildemente. Ni siquiera se dieron cuenta de que en las cajas de verduras había una cría de tigre y otra de panda hasta que la niña comenzó a llorar.
Después de llevarse la sorpresa de su vida, decidieron que lo correcto sería llevar al panda al Valle de la Paz, al restaurante del señor Ping. Por lo que sabían, era un buen hombre y no le iba nada mal con el negocio. Desafortunadamente, ellos no ganaban demasiado dinero y no podrían mantener una boca tan insaciable como la de un panda.
—¿Y qué haremos con la pequeña? —preguntó la mujer.
—La llevaremos al orfanato de Bao Gu.
—¿Es necesario?
—Sí. Los tigres son fieros por naturaleza. No es seguro que viva en el pueblo.
—Pero, cariño, es tan pequeña...
—Lo sé, pero crecerá y su fuerza será descomunal. No podemos correr ese riesgo.
La cerdita miró con tristeza a la pobre niña, intentando pensar que en el orfanato la cuidarían bien. Quién sabía. Tal vez incluso encontrara un hogar.
Po se vio a sí mismo cuando apenas era un bebé tumbándose al lado de Tigresa y abrazándola para que dejara de llorar. Y por raro que parezca, la niña se acurrucó, complacida, y se durmió al sentir el cálido abrazo del panda.
"Tal vez nací para cuidarte", se dijo el Guerrero del Dragón cuando vio la tierna sonrisa de la felina.
—Nací para cuidarte —murmuró Po en el mundo real.
La vieja adivina sonrió y quitó su mano lentamente de la frente del panda. Estaba segura de que esos recuerdos le servirían de mucho.
El Guerrero ya no temblaba. Tampoco sudaba ni se contraía de dolor. El bálsamo que le había aplicado había surtido efecto. Contra un veneno tan potente había que usar medios fuertes.
—Por supuesto, Po. Tu destino es cuidar de ella. Por eso Tigresa fue a parar al Palacio de Jade, en el Valle de la Paz; por eso tú fuiste elegido Guerrero del Dragón; y por eso sentiste la necesidad de seguirla cuando ella se decidió a escapar. Las estrellas se confabularon para que cumplieras la petición que tu madre te había hecho.
La cabra se levantó con ayuda de su bastón y se dirigió a la puerta. Po no tardaría en despertar. Ahora todo iría bien. Salió de la cabaña y dejó al Guerrero del Dragón a solas.
Minutos más tarde, el panda despertaba de un largo y profundo sueño. Se sentía total- y extrañamente recuperado. Se incorporó, intentando comprender cómo se había salvado de una muerte segura y rememorando los recuerdos que habían llegado hasta su cabeza mientras estaba inconsciente. Al posar su mano derecha sobre el suelo, dio con algo blando y mullido. Cuando vio lo que era, no podía creérselo. Un osito de peluche viejo y sucio yacía en el suelo junto a él. El mismo que había visto en su sueño. El juguete que había perdido de pequeño.
Continuará...
Bueno, no tengo mucho que decir. Tenía ganas de escribir, así que aquí está el capítulo. Nos vamos acercando al final de la historia. Calculo que quedarán uno capítulos más. Disfrutad, chicos. Y gracias por vuestros reviews. Estaré aquí lo más pronto posible. ^^
Besos.
¡Hasta Pronto!
Pétalo-VJ
