CAPÍTULO 26

-Dime que es mentira. Dime que lo que he oído no es más que una burda mentira, unas ganas absurdas de jugar conmigo -. Anya estaba fuera de sí, dando vueltas por el salón mientras yo me había sentado en el reposabrazos del sofá, apoyando mi cuerpo en el respaldo.

-Ya te he dicho que no. Me he cansado de mentir -. Murmuré, cada vez con menos entereza. Sabía que acabaría llorando de un momento a otro, pero estaba tratando de que Anya no fuera testigo de mi flaqueza. Estaba segura de que me lo echaría en cara-. Me he enamorado de Clarke Griffin.

Anya seguía refunfuñando. Enterraba las manos en su pelo una y otra vez, como si aquello le removiera las ideas y alguna resultaba lo suficientemente fuerte como para hacerme cambiar de opinión. Pero no, yo seguía firme en mis ideales. Ya había perdido a Clarke una vez; no estaba dispuesta a volver a pasar por eso. Y me daba igual luchar contra viento y marea, haría cualquier cosa por estar con ella, por pasar el resto de mis días con ella a mi lado.

-¡Es tu alumna, por dios! ¿Cómo…? -. Una mueca de desagrado cruzó su rostro, y se giró-. Todo el mundo estaría en tu contra.

-Lo sé. Y me da igual.

-Sabes que puede joderte la vida, ¿verdad? Que por… encapricharte con ella, puedes perder tu trabajo para siempre.

Asentí con la cabeza, no tenía fuerzas para alzar la voz. Sabía muy bien a lo que me enfrentaba, y sentía miedo, muchísimo. Era como saltar al vacío, un fondo negro donde no se distinguía nada. Y yo estaba al borde del precipicio, atrapada entre las amenazas de Cage y Bellamy, y la nada. Sólo tenía dos opciones: la primera, era saltar al vacío y dejar que todo me carcomiera, que el mundo se volcara sobre mí y me declarase culpable, y muy probablemente tendría que dejar mi trabajo para siempre; y la segunda, sacar fuerzas de flaqueza y enfrentarme a ambos, por el bien del instituto y de Clarke. Sin embargo, no podía evitar sentir miedo. Si huía, si era egoísta, podría estar con Clarke para siempre, y nadie resultaría herido. Sólo… el instituto quedaría en manos de un psicópata sin escrúpulos, y nadie era consciente de ello. Era tan fácil elegir esa opción…

¿Y si… y si por una vez me comportaba de manera egoísta, mirando únicamente por mis intereses? Aquella idea cada vez me tentaba más; al fin y al cabo, Clarke dejaría el instituto dentro de una semana, para siempre. Nadie me importaría entonces, no de esa manera. Entonces… ¿por qué no permitirme tal lujo?

-Clarke Griffin va a arruinarte la vida -. La voz de Anya, fría y anodina, me devolvió a la realidad-. Y esta vez, yo no estaré para recoger tus pedazos -. Ni tan siquiera hice ademán de ir tras ella, de suplicarle que se quedara conmigo. Sabía que era una muestra de debilidad, y no me las podía permitir-. Adiós, Lexa.

Los recuerdos de aquella disputa me seguían doliendo. Y ahora, cuando Abby Griffin se había colado en mi casa en busca de su hija, volvían con más fuerza. Sabía que me estaba arriesgando al traer a Clarke aquí, pero era el único sitio seguro que conocía. Y ya ni tan siquiera aquellas paredes podían protegernos.

Abby tiraba del brazo de su hija sin delicadeza alguna, impidiéndole prácticamente ningún movimiento. Apenas podía caminar recta, sus pies tropezaban constantemente uno con otro y sus ojos pronto se habían convertido en una tormenta gris de la que no paraban de surcar las lágrimas.

Miré a mi alrededor, algunos vecinos estaban atentos a lo que había pasado. Aquella insistencia, aquellos gritos… No teníamos una tormenta que nos resguardara de miradas indiscretas; el sol resplandecía en el cielo, un atardecer tardío que cada vez sentía con más certeza que sería el último que vería en libertad.

Cerré la puerta detrás de mí, con fuerza. Ésta retumbó y los cuadros de las paredes retumbaron, pero no me importaba. Me habían arrebatado a Clarke por segunda vez, y no estaba segura de si era capaz de soportarlo. Ya había perdido a Costia, de una manera cruel y sin posibilidad de recuperarla; ¿pero Clarke? Saber que estaba a menos de medio kilómetro de mí, siendo presa de los gritos de su madre, de las miradas indiscretas de sus vecinos y conocidos… me sentía enferma.

Me dejé caer en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Doblé las rodillas y apoyé la mejilla allí, con los brazos rodeando las piernas. Deseaba llorar, volver a vaciarme de este injusto dolor que yo misma me había buscado.

¿Y si había tardado demasiado? ¿No hubiera sido mejor renunciar a todo, vivir en secreto las pocas semanas que nos quedaban y luego poder hacer lo que quisiéramos? Sí, ahora me daba cuenta. Había escogido el camino más difícil, el que estaba lleno de obstáculos… ¿y para qué? Casi podía oír las sirenas de los coches de policía acercándose, las miradas avergonzadas y juiciosas de los vecinos, el cuchicheo molesto de todo el vecindario. Las miradas crueles, el vacío a mi alrededor, el miedo de los niños cuando volviera a clase… si es que lo hacía.

Me quedé dormida allí mismo, en medio de aquel pasillo frío y anodino. Cuando me desperté era noche cerrada y me dolía cada músculo de mi cuerpo, incluso en lugar que no sabía ni que existían. Durante unos segundos tuve la decencia de mirarme en el espejo del pasillo; me asusté con mi reflejo. Estaba pálida, casi del mismo tono que alguien con hemofobia veía cómo alguien se desangraba delante de sus narices. No tuve otra opción más que reírme ante mi propio aspecto, decir que era una sombra de mí misma se quedaba corto.

Subí a la habitación y al instante los recuerdos me atormentaron. Veía sombras; sombras de Clarke y de mí, dejándose llevar por la pasión más arcaica y primitiva bajo las sábanas. Sus labios recorriendo cada centímetro de mi piel, su voz ronca en mi oído; su suave piel en contacto con la mía; sus manos traviesas explorando cada rincón de mi cuerpo, haciéndome perder el raciocinio más veces de las que era capaz de recordar. Ver su rostro a escasos centímetros del mío, con esa sonrisa que me arrebataba hasta el último aliento, siendo testigo de la oscuridad de sus ojos, el azul carcomido por la oscuridad del deseo que nunca parecía desfallecer.

Sentía rubor en mis mejillas, un intenso calor subiendo por mi cuello al rememorar cada encuentro en aquella cama, desde aquella noche en la que Clarke había llegado en mitad de la noche, en mitad de un diluvio que parecía no tener fin. Con el corazón roto de tal manera que sólo yo era capaz de arreglar, colocando cada pedacito en su sitio.

Suspiré y me di la vuelta. No me veía capaz de dormir allí, los recuerdos eran demasiado recientes y el dolor demasiado real. Así que me tumbé en el sofá, cerré los ojos y esperé que Morfeo me abriese la puerta a sus dominios.


Tenía miedo de estar allí, de volverme la comidilla de todo el instituto. Llegué tarde a propósito; no quería responder preguntas de ningún tipo porque sabía que me vendría abajo a las primeras de cambio. Y además, Anya estaba en bando neutral… en el mejor de los casos.

La suerte no parecía estar de mi parte. Casi había llegado a la sala de profesores cuando me encontré con Dante, que salía de su despacho. Parecía tener prisa. Él iba demasiado entretenido con su corbata, y yo que no me atrevía a levantar la mirada del suelo, inevitablemente nos chocamos. Todas mis carpetas cayeron al suelo, revelando un par de dibujos que nadie debería haber visto.

-Oh, lo siento -. Se disculpó el director. Por azares del destino, había sido yo quien cayó al suelo, del que ahora intentaba levantarme-. Estás muy pálida, ¿te encuentras bien?

-Sí -. Respondí de manera autómata; las manos me temblaban y las carpetas no hacían otra cosa que resbalarse de mi regazo una y otra vez-. Es… no he dormido bien esta noche.

Técnicamente no era una mentira. Había dormido, sí; pero sueños cargados de pesadillas. El disparo volvía a atosigarme en sueños, de una manera aún más dolorosa si era posible. Me desperté varias veces bañada en sudor y con el corazón deseando salirse de mi pecho. No había sido una buena noche.

Tuve que dejarme ayudar. Dante recogió todas las carpetas y me las tendió, las sostuve con fuerza contra mi pecho. Me miraba con un gesto que no supe comprender, para luego darme dos golpecitos en el brazo y desaparecer por el pasillo.

Tal vez no estaba tan sola aquí como había pensado.

O tal vez me equivocaba y la gente era más cruel de lo que creía. Nada más poner un pie en la sala de profesores, casi una decena de pares de ojos se fijaron en mí. Cage estaba allí, con aquella sonrisa triunfante en su rostro, ese gesto indescriptible de triunfo antes de presentar batalla.

-Creía que no ibas a aparecer por aquí, Woods -. Murmuró él, irguiéndose y caminando hacia mí, contoneándose-. Oh, parece que tienes mucho trabajo. Tal vez sea porque prefieres pasar las tardes follándote a las alumnas que haciendo lo que tienes que hacer.

No fue sutil esta vez. No fue un susurro en mi oído, algo que sólo yo debía escuchar. Habló alto y claro, para que todos los que estaban allí fueran testigos de su triunfo.

-¿No lo veis? -. Giró sobre sí mismo, extendiendo los brazos-. Esa dedicación tan absoluta, esas ansias por correr a clase. ¡Me pegó! ¡Esta hija de puta me pegó por decir algo que es cierto! ¿O acaso es mentira, Woods?

Estaba deseando volver a hacerlo, cerrar mi puño y golpearle la mandíbula, pero eso sólo haría que se volvieran de su lado y yo perdería los pocos apoyos que había conseguidos desde que entré a trabajar aquí. Miré a mi alrededor, todos estaban atónitos. ¿Le creían o no? No era capaz de leer nada, excepto confusión y temor.

-Haces todo esto únicamente porque tu padre no te ha legado la dirección del instituto, pero eso no lo cuentas porque no te interesa -. Si quería guerra, la tendría. Y si quería otro puñetazo en la mandíbula, estaba muy cerca de su objetivo-. Sí, Dante se jubila. Y este engreído manipulador está haciendo lo imposible por hacerse con ese puesto que su propio padre me ha ofrecido. Y si para ello tiene que entrometerse en mi vida sexual, lo hace. De igual manera que encarga que den palizas a alumnos de este instituto.

Sin que nadie me reprochase nada, fui hasta mi casillero, dejando allí las carpetas que no me hacían falta para las primeras horas. Me daba igual llegar un poco tarde a clase, al fin y al cabo los alumnos me adoraban y no solían darme problemas. Podía permitirme ese lujo.

-Ah, si… alguien tiene problemas acerca de mis preferencias en la cama, sólo diré que vivir dentro de un armario no es nada cómodo. Por desgracia, no todos conducen al hermoso país de Narnia.

Sin esperar réplica alguna, me giré y me fui a clase. Estuve más tensa de lo normal, de Cage podía esperarme cualquier cosa, pero todo lo que había dicho era cierto. Bueno, todo no. Omití el único punto en el que tenía razón, pero él no tenía pruebas de ello. Tan sólo tenía el boceto de un cuadro a medio hacer, algo que cualquier otro hubiera hecho.

Me agarraba a esa posibilidad como a un clavo ardiendo. Sólo esperaba que mis compañeros fueran lo suficientemente listos como para no caer en sus redes y se volvieran contra mí. Lo peor de todo, era que Cage podía ser muy persuasivo.


Cuando volví a casa, no había tenido noticias de Clarke en todo el día. No había ido a clase, y sus amigos no sabían nada acerca de su paradero. Lo más seguro era que estuviese en casa, incomunicada del mundo.

Sentí un profundo dolor en el pecho; el dolor de una flecha emponzoñada cuyo veneno discurría ya libremente por mi sangre, matándome lentamente y sin descanso.

Me sentía rara en mi propia casa. Lo único que parecía frenar la ponzoña corriendo por mi sangre era el retrato de Clarke, permitiéndome vivir unas cuantas horas más. Sabía que no podía quedarme allí para siempre, que tenía que reaccionar y seguir adelante. Tenía demasiadas cosas que hacer, y no podía permitirme el lujo de distraerme con el recuerdo de alguien que estaba a kilómetros de mí.

Alguien llamó a la puerta cuando la noche empezaba a caer. Había estado entre exámenes y trabajos durante horas, y no me había dado cuenta. Recogí todo aquello como pude, mientras mi aún desconocida visita volvía a golpear la puerta con insistencia.

Lo que me encontré al otro lado no era nada más y nada menos que Abby Griffin.

-¿No vas a invitarme a pasar? -. Inquirió con la voz cargada de tal frialdad que hizo que un escalofrío recorriera mi espalda de arriba abajo-. Bonita casa.

La observé de reojo, casi parecía más una mujer de negocios que un médico. Claro que normalmente me imaginaba a los médicos enfundados en pijamas de hospital y batas blancas, con un fonendo colgando del cuello y corriendo por los pasillos de los hospitales. Ellos también tenían vida fuera de aquellos imponentes edificios donde todo estaba impregnado con el olor a desinfectante. Abby Griffin era una prueba de ello. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, una camisa de manga corta sin demasiados adornos, vaqueros y sandalias que le hacían unos cuantos centímetros más alta de lo que era en realidad.

Si no me hubiera impresionado tanto su visita, si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, hubiera considerado la idea de mostrarme descarada y juguetona; no podía negarse que Abby Griffin era atractiva. Pero eso sería en otro universo, en éste, ahora mismo, estaba a punto de sufrir un paro cardiaco sólo con su presencia.

-Anoche hablé con Clarke durante horas -. Comenzó, y yo ya sentía que me temblaban las piernas. La idea de que había decenas de policías en las esquinas empezaba a cobrar fuerza, dispuestos a encerrarme en chirona hasta el resto de mis días-. Seguramente la habrás buscado en el instituto, y te habrás quedado decepcionada al ver que hoy no fue a clase.

Su tono de voz era tan tranquilo y conciliador que daba miedo. Era como esos torturadores que te tenían amarrado a una silla, clavándote el cuchillo en la piel mientras tranquilamente te hablaban de sus viajes al extranjero y lo bien que se estaba en las playas del Caribe. Y tú, mientras, desangrándote. No era agradable.

-Va a llamar a la policía, ¿verdad? -. Mi voz era apenas un susurro, como un animalillo asustado que no se atrevía a salir de su madriguera.

-No -. Respondió simplemente, girándose hacia mí-. A Clarke no le gustaría que te hiciera eso. Ven, no muerdo -. Se acercó a mí, cogiéndome con delicadeza la mano y obligándome a estar a escasos centímetros de ella-. Anoche tal vez lo hubiera hecho, al fin y al cabo… bueno, a saber qué cosas has hecho con Clarke. Pero he tenido horas para pensar, muchas. Es lo que ocurre cuando estás de guardia durante la noche, que apenas ocurren incidencias y… si algo ocurre y no es muy grave, los internos se encargan. Pero yo anoche no podía dormir, así que me puse a pensar en todo lo que me había dicho mi hija. Y básicamente, todo se resume en este cuadro.

La mueca fría y casi cruel que Abby me había regalado hacía apenas quince minutos había desaparecido, y en su lugar había uno mucho más conciliador, tranquilo e incluso cariñoso. Parecía que su odio de la tarde anterior había desaparecido, siento sustituido por un amor incondicional hacia su hija… y hacia mí.

-Clarke me dijo que todo empezó con este cuadro… bueno, y un libro sobre bolcheviques modernos -. Estaba mirando el cuadro como si fuese la octava maravilla del mundo, sin poder apartar los ojos de él. Era como un imán y ella un trozo de metal-. Me dijo que te quería, que no quería vivir en un mundo en el que tú no estabas. Me dejó ver, por primera vez desde que Jake murió, sus dibujos. ¡Sus dibujos! Nadie es lo suficientemente digno para ello, y llegaste tú. La adoración con la que te dibuja es tan… inmensa, que empezaste a romper la coraza de mi odio sin ni tan siquiera conocerte. Y ya no queda nada de esa coraza.

La invité a que se sentara en el sofá, no quería parecer una mala anfitriona. Además, su cercanía me seguía dando miedo, y me sentía más segura si la tenía un poco más lejos de mí. Preparé un par de tazas de té, en parte para mantener mi mente ocupada durante unos minutos, y para tranquilizarme.

Pero conforme Abby Griffin iba hablando, me convencía más y más de que lo que había hecho con su hija la tarde anterior había estado mal. Era normal, Clarke era su hija… su única hija, y el afán de protección habló por ella. Bien era cierto que ni su hija ni yo habíamos sido justas con ella, manteniendo esta… ¿relación? en secreto durante meses. Al fin y al cabo, era cierto que teníamos al resto del mundo en nuestra contra.

Le hablé de La flaqueza del bolchevique, de mi vida de niña, de Costia y de lo que ese conjunto significaba para mí; y cómo, sin quererlo, Clarke no se había asustado al conocer mi pasado, ni había salido huyendo al ser testigo de la historia.

-El mundo está en nuestra contra, no me podía permitir el lujo de airear la admiración, el afecto, la devoción y el posterior amor que sentía por Clarke -. No me reconocía mi propia voz, estaba asustada; era la primera vez que conocía el miedo de verdad-. Nadie podía saberlo. Y aun así, parte del mundo lo sabe.

Con voz tímida y temblorosa, describí cada detalle de aquellos meses en los que me permití conocer la luz de los ángeles para luego caer en el infierno. Pero hubo un ángel que me amó demasiado, y sacrificó su propia inmortalidad para salvarme de las tinieblas y el fuego eterno, porque aún me seguía amando. Tanto o más como yo a ella.

-Tengo un amigo que es abogado, tal vez puede ayudarte en tu cruzada con ese malnacido de Cage Wallace -. Se acercó a mí, y cogió mi mano con una delicadeza sólo propia de una madre-. Bueno, amigo… tal vez esa palabra se queda corta cuando en unos meses voy a casarme con él -. Estaba nerviosa, un nerviosismo propio de una adolescente que se enamoraba por primera vez. Me tendió una tarjeta, Marcus Kane, inscrita en ella-. Yo sólo quiero lo mejor para Clarke, un buen futuro. Y si tú eres capaz de dárselo… no soy nadie para ponerme en medio. Ahora que he conocido toda la historia, por ambas partes, sólo me queda disculparme.

-Señora Griffin, se ganó mi perdón en el momento en el que escuchó a su hija -. Murmuré con la poca voz que pude encontrar-. Lo único que le pido es que me permita cuidar de su hija hasta que mi corazón deje de latir.

Me había pasado con mis palabras, teñidas de una poesía que sólo Clarke era capaz de crear. Pero no me importaba, Clarke me inspiraba a ser mejor en cualquier campo. Me carcomía la vergüenza, y aunque mis mejillas estuvieran rojas como la mismísima lava que parecía correr bajo mi piel, Abby Griffin aceptó.


Plot twist.

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