Bueeeeno! Tras una semana de ausencia, aki stamos otra vez! Sorry, peña, pero fue inevitable. Os compensare! XD

Feliz veranoooooo!

CAPÍTULO XXVI:

Estuvo caminando alrededor de media hora, vagabundeando por las cercanías del campamento sin rumbo fijo. La noche era terriblemente fría, pero no había nubes y era un espectáculo contemplar la nieve resplandeciendo a la luz de las estrellas, con una luna enorme coronando aquel cielo negro repleto de luceros blancos. Se quedó un buen rato pensando en todas aquellas cosas que le venían rondando desde hacía días, y todas ellas relacionadas con aquella persona en concreto que no quería saber nada de él, que tendría que confiar en él más que ninguna otra. Seguramente así sería si no hubiera seguido dándole motivos para lo contrario. El viento agitó las ramas de los raquíticos árboles bajo los que se había sentado, y puñados de nieve comenzaron a venírsele encima hasta obligarle a marcharse. Arrastrando los pies con desgana, sin prestar la más mínima atención a su entorno, comenzó a desandar el camino de vuelta a la tienda sin ninguna energía. Apenas pudo confesarse con un nudo en la garganta si sería demasiado tarde y estaría todo perdido, si habría alguna solución a aquella encrucijada emocional que les estaba destruyendo. Podía notar que su voluntad se retorcía sólo de imaginarlo.

Por una vez que no había sido su culpa, una sola y miserable vez en que todo era condenadamente perfecto, o casi… Por un error… No podía evitar pensar que no debería haber vuelto a Arcadia, pero tampoco podía evitar preguntarse si no habría sido todo totalmente diferente si hubiera tardado más en regresar, o menos, si así se habrían evitado todas aquellas desdichas que les habían conducido al fondo de un barranco helado, que también parecía estar congelándoles el alma.

Basch se despertó con la sensación de que algo no estaba como debería. Apenas una claridad azulada traspasaba la gruesa lona de la tienda que les aislaba del exterior, pero fue suficiente para comprobar qué era lo que le había despertado como si de un sexto sentido se tratase. Balthier había salido. Frunció el ceño, sentándose antes de avanzar a gatas hasta la entrada. Al tirar de las correas las tapas se abrieron de golpe, sacudidas por un viento frío que le cortó momentáneamente la respiración. Había olvidado que sólo las vendas cubrían su torso cuando estaba bajo en saco, y en cuestión de segundos una ligera escarcha se adhirió a su piel encarnada. Demasiado obstinado para que aquello le detuviese, alargó el brazo para echarse las mantas encima y se asomó fuera esperando encontrarle cerca para decirle que entrase, pero no estaba allí. Intranquilo, recorrió con la mirada el campamento sin observar ninguna evidencia de a dónde podría haber ido. Trastabilló al salir cuando una nueva ráfaga de aire glacial se enredó en sus mantas en un intento ruin de arrebatárselas sin éxito. Al parecer la ventisca de días anteriores había pasado, y un cielo asombrosamente nítido y despejado se extendía sombre las cumbres nevadas, iluminadas por miles de diminutas estrellas. La vista desde la cornisa era sencillamente extraordinaria.

Estremecido, fue a intentar reavivar las tristes brasas que habían resistido valientemente las rachas de viento helado. No había campamento. Habían plantado la tienda contra una pared de piedra inclinada muy hacia delante, de modo que la nieve no los sepultaba y apenas les golpeaba la ventisca. Estuvo un buen rato intentando mantenerse ocupado con eso hasta que finalmente dejó los leños y fue a por su abrigo ya con una preocupación insistente ante la tardanza del pirata. Cuando volvió a salir abrigado y manta en mano, se detuvo al descubrir la esbelta figura que se acercaba lentamente hacia él, aún lejos. Había una apariencia engañosamente frágil en la imagen de Balthier de pie en aquel océano de nieve y hielo. Copos de nieve se habían acumulado sobre los hombros del abrigo de pelo blanco que se había echado encima. Todavía no parecía haberle visto, caminando estoicamente ante el frío que les calaba hasta los huesos.

Sus miradas no se cruzaron hasta que ya estaba a una docena de pasos, sin ocultar la sorpresa de encontrarle levantado. Fue un gesto espontaneo e inocente que inundó inesperadamente al guerrero de un calor renovado, aquella calidez que esos orbes miel jamás habían dejado de profesarle. Nunca lo diría abiertamente. Intentaba convencerse a sí mismo de que no lo necesitaba, el oír lo que su corazón reclamaba por él en silencio. Lo veía todos los días grabado a fuego en sus ojos, sus manos y sus labios, pero no podía dejar de desearlo.

-¿Dónde has estado? – la pregunta fue más brusca de lo que había pretendido, pero ya era tarde.

-Oí… un ruido y salí a ver qué era – comenzó el pirata lentamente, llegando a su altura -. Hace un par de días que nos sigue un puñado de lobos y…

-Mentiroso – a Balthier se le heló la sangre ante la rotundidad de su sentencia -. ¿Quieres que me crea que saliste a rastrear desarmado? ¿Y sólo con un simple abrigo, con este frío?

Los ojos del pirata se desencajaron un instante antes de desviar la mirada suspirando con abatimiento.

-Está bien, Basch. No te enfades más conmigo. No creas que podré soportarlo eternamente.

-No estoy enfadado.

-¡Sí, sí lo estas! – exclamó el pirata -. ¡Estas… frustrado! ¡Todo te frustra!

-¡Quizás si no me dieras motivos, no me frustraría! – replicó el capitán, saltando rápidamente. No entendía por qué le gritaba si sólo se había preocupado por él.

-¡¿Más? ¡¿Qué he hecho ahora? ¡¿Es culpa mía que te pongas histérico porque haya salido un rato?

-¡Sabes que no es sólo por eso! ¡Un frío así es muy capaz de matarte, Balthier!

-¡Una lástima, sin duda! – la ironía cortó al guerrero en seco sin poder replicarle, abriendo los ojos de par en par.

Colérico, Balthier dio por zanjada la discusión pasando a su lado con una exhalación y dejando tras de sí el vaho de su agitado aliento. Dominando el temblor de su cuerpo por la rabia, se agachó y entró en la tienda cerrando tras de sí. Una ráfaga helada atravesó el campamento, haciendo a Basch estremecerse. Levantó la vista al cielo un instante, obligándose a serenarse antes de seguirle. Aquello acabaría en desastre si ninguno de los dos era capaz de mantenerse razonable. Durante un breve instante, vio que estaba temblando cuando apartó la lona para pasar. Estaba arrodillado de espaldas a él quitándose el abrigo cubierto de nieve en el diminuto espacio, pero al sentirle entrar se recuperó de inmediato.

-Balthier – comenzó.

-¿Qué pasa ahora? – le espetó con agresividad conteniendo un escalofrío y dándose la vuelta para mirarle. Sus ojos miel ardían como ascuas -. ¿Es que estoy demasiado cerca de tu saco? ¿Necesitas más centímetros para sentirte seguro? ¿Qué crees, que voy a violarte mientras duermes? ¡No hay problema! – sin detenerse en su sarcasmo, cogió todas sus cosas y las arrojó contra el lado contrario de la tienda antes de que el rubio pudiese decir nada -. ¿Te parece suficiente espacio ahora? ¿O prefieres que duerma fuera? ¡Oh, por supuesto que sí! – gateó hasta la entrada para salir, pero cuando llegó a su altura Basch no se movió.

-Yo no te he pedido que te vayas.

-No me hace falta – tendió el brazo hacia la lona todavía abierta y Basch retuvo su muñeca -. Déjame salir – se desafiaron con la mirada mientras ejercían fuerza. Uno para soltarse y el otro para seguir reteniéndole.

-Balthier, cálmate – la inesperada suavidad de su voz consiguió trastocarle, haciendo desaparecer momentáneamente aquel brillo peligroso de su mirada. Se quedaron así un segundo, sin que Balthier atinase a intentar soltarse de nuevo -. Quédate – pidió, bajando aún más la voz al comprobar que surtía efecto. Le soltó al notar otro estremecimiento ascender por su columna. Le temblaban las manos. No, todo él estaba temblando -. Balthier… tienes los labios azules – Basch se detuvo al ver el tono violáceo de su piel -. ¿Cuánto tiempo estuviste fuera?

-No lo sé.

-Dios, Balthier, estás azul. ¿No tienes frío?

-No.

-Ven, toma – el pirata no se movió. Arqueó una ceja observando cómo cerraba de nuevo la entrada y se desprendía de su manta y su chaqueta.

-Te he dicho que no tengo frío. No quiero tu estúpido abrigo – se sostuvieron la mirada. Basch se esforzó por ignorar el cortante comentario, inclinando la cabeza con una sonrisa amarga.

-¿Es que tienes que complicarlo todo siempre? – preguntó -. No creas que no sé lo que estás intentando hacer, Balthier.

El tono de su voz le habló al pirata de desaliento, traición, pesar… Le habló de rabia, de una rabia triste y profunda que no era propia de él. Fue casi doloroso escucharle. Su mirada era triste, pero también acusadora. Balthier apretó los dientes. Durante un instante casi le había convencido de que tenían una tregua, que todo había pasado, pero por muy cálida que fuese su voz en sus ojos seguía grabada a fuego la marca del resentimiento. Seguía dudando de él. Seguía sin creerle. Sólo estaba cansado de la situación, y sólo era amable con él por lástima. Le apartó de la entrada sin mirarle y pasó sobre él alcanzando el exterior. Odiaba cuando hacían eso. Era una de las formas más rastreras de trato.