RENACIMIENTO

Por Mal Theisman

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.

Acá les dejo la primera parte del Capítulo 17... espero que la disfruten...

Capítulo XVII: Final y Principio

(Parte I)

Martes 10 de abril de 2012

La victoria electoral no había sido el final de sus esfuerzos, sino tan sólo la conclusión de la primera etapa.

El peso de las tareas no recaía ahora en los expertos en opinión pública y los creativos publicitarios, sino en los negociadores y en quienes habían oficiado como jefes de campaña; desde el día después de las elecciones, todos los esfuerzos de los equipos que trabajaban para los recién elegidos senadores de la Tierra Unida estaban orientados a sondearse mutuamente e indagar sobre sus posturas y posiciones frente a los temas de interés público.

Había llegado la hora de pensar en alianzas... en encontrar coincidencias que permitieran un trabajo mancomunado entre los distintos senadores, con miras a fortalecerse mutuamente y a impulsar el avance de proyectos comunes y compartidos.

Y quizás de poder algún día hacerse con el Gobierno mismo.

Aquellas arduas tareas ocupaban con aún más energía a quienes se habían propuesto grandes metas por lograr... entre los que estaban dos operadores políticos que habían conseguido el milagro de colocar como senador a alguien como Lynn Kyle. Para Sean Brent y Rudolf Spier, la victoria de Kyle sólo había sido el principio del resto de sus planes; ahora contaban con una baza importante para jugar en el juego político que se avecinaba en cuanto el Senado entrara en funciones... y la tarea que los tenía entretenidos aquella mañana de abril de 2012 era la de encontrar a los jugadores adecuados para poder presentarles su carta de triunfo.

Sentado en su escritorio, Sean Brent leía y releía una serie de legajos que su equipo de asesores y expertos había venido compilando para él desde el día mismo de las elecciones. Cada legajo versaba sobre un senador determinado, conteniendo en sus páginas información personal, biografía, historial, propuestas y principales líneas argumentales; datos indispensables para que el jefe de campaña y principal "asesor" de Lynn Kyle, senador electo por Denver-Colorado, pudiera hacerse una idea sobre las personas con quienes tendría que tratar.

Cada uno de aquellos senadores era especial y diferente del resto, tanto en atributos y cualidades personales como en posturas políticas y opiniones frente a asuntos determinados de la agenda pública, pero todos ellos compartían una cualidad básica y elemental.

Todos ellos habían criticado con virulencia al Gobierno Provisional de la Tierra Unida durante la campaña.

Y el hecho de que fueran opositores al Gobierno los convertía en la clase de gente que Sean Brent estaba buscando para organizar algo nuevo... algo que sirviera a lo que tenía en mente.

Por supuesto, muchos de ellos podían ser demasiado... peculiares, como pudo comprobarlo Rudolf Spier cuando comenzó a lanzar nombres a su socio para que los tuviera en consideración, tomándolos de los tres o cuatro legajos que él había escogido para analizar.

- ¿Harlowe?

- Un poco provincial para mi gusto... - objetó Brent casi sin pensarlo; el historial del senador Terry Harlowe había sido de aquellos a los que más atención le había prestado. - Lee sus discursos, de lo único que habla es de Oregon, Oregon y más Oregon... cualquiera creería que ese tipo piensa que el mundo se acaba en los límites de su región.

- ¿Y eso qué tiene de malo?

- Que nos vendría bien contar con senadores que entiendan un poco lo que pasa fuera de sus terruños. Alguien que entienda que estamos hablando en términos globales.

- Está bien... - suspiró con resignación Spier mientras abría un nuevo legajo, correspondiente al senador por la Región Autónoma de Vladivostok... alguien familiar para él. - ¿Qué piensas de Nikitchenko? El tipo parece tener un genuino interés en los asuntos mundiales...

- Pavel Nikitchenko... he leído su nombre en alguna parte... - murmuró Brent a la vez que hacía memoria para ver de dónde le era tan familiar aquel nombre... y poniendo una cara de estudiada desconfianza cuando la respuesta llegó a él. - ¿No era uno de tus colegas, Rudolf?

- Sabes que no puedo confirmar o negar eso, Sean.

Spier se estaba cerrando con velocidad, como solía hacerlo cada vez que el tema de su antigua ocupación asomaba en una conversación, y de no ser porque Sean Brent conocía en todos sus detalles la historia, la obcecación de Rudolf Spier por enterrar cualquier conversación sobre lo que hacía antes del Holocausto podría haberlo enfurecido.

- No seas paranoico.

- Lo que tú llamas "paranoia" yo lo llamo "cautela" - se defendió Spier mediante un razonamiento que para él no admitía discusión. - Sólo tenlo en cuenta, ¿quieres? El tipo todavía tiene algunos contactos en la vieja regional...

Frente a Spier, Sean Brent se acomodó en su silla, dándole un respiro a su espalda y decidiéndose a probar hasta qué punto podía analizar más a su socio...

- No sé qué me preocupa más, sus contactos o tu entusiasmo.

Del otro lado del escritorio, Spier se limitó a poner una cara de estudiada inexpresividad, dedicándose luego a hojear el legajo que había preparado sobre el nuevo senador por Texas.

- Pasemos a otro prospecto entonces... ¿Davies? Tiene exactamente la actitud hacia los Zentraedi que estamos buscando... y no sólo lo siguen en Texas, sino en todas las regiones del sur...

- Si tan sólo no dijera cada dos por tres que el Holocausto fue "el castigo de Dios por nuestras iniquidades"...

Para eterna frustración de Brent, tipos como Timothy Davies, que antes del Holocausto había sido un simple reverendo pueblerino y que durante la Reconstrucción se había transformado en poco menos que un profeta religioso cuyo mensaje fanático llegaba a cientos de miles de desesperados y asustados habitantes del viejo sur de Estados Unidos, estaban apareciendo como hongos después de la lluvia, inundando los medios con admoniciones acerca del "fuego y azufre" con el que Dios había castigado a una humanidad corrompida y decadente.

En épocas anteriores al Holocausto, santurrones como esos hubieran merecido miradas condescendientes, pero ahora, con la Tierra convertida en ruinas y arena, y con millones de personas que sólo tenían frente a ellos una vida dura en campamentos de refugiados sobrepoblados y en ciudades tambaleantes y precarias, el mensaje apocalíptico y tonante de aquellos figurones fundamentalistas estaba empezando a calar hondo.

Davies había sido sólo uno de los quince o veinte senadores elegidos tras presentar una plataforma de fundamentalismo religioso y extremada xenofobia... pero por alguna razón que Brent no entendía, el nuevo senador por Texas poseía una extraña habilidad para inspirar confianza en las personas, y tranquilidad en aquellos que pudieran considerarlo como un loco místico. Pero aún con eso encima, Brent tenía muy en claro que para llegar lejos con su plan, iba a ser necesario apelar a la moderación y no hacer invocaciones a la furia de Dios.

- Es difícil conformarte, Brent...

- Ponlo desde este punto de vista, Rudolf - trató de explicarse Brent con cierta molestia. - Ya tenemos bastante trabajo tratando de lograr que nuestro propio loco parezca un tipo sensato y sensible ante la opinión pública...

- Cosa que logramos a pesar de todo - replicó Spier. - ¿O acaso no ganamos en Denver?

- Ahora tenemos que ganar en otros lados, mi amigo - fue la respuesta concisa del jefe de campaña. - Y no creo que podamos dar la impresión correcta si nos aliamos con un pueblerino, un maniático religioso o alguien que tiene en su currículum un--

- Déjalo ahí, ¿quieres? - lo interrumpió Spier con brusquedad, evidentemente determinado a que esos asuntos no aparecieran en las conversaciones cotidianas.

- ¿Sensible, señor Spier? - continuó picando el jefe de campaña.

- Cauteloso, señor Brent - contestó Spier con un tono terminante que buscaba poner fin a toda discusión abierta sobre sus pasadas actividades... y ocupándose luego de hacer una reflexión que no tardó en compartir con el jefe de campaña. - Sabes, Sean, va a resultar difícil que encuentres entre estos tipos alguien como el viejo Russo... ¿O esperabas que surgieran estadistas de entre las ruinas?

- Russo hubiera dicho que "estadista" es una palabra que sólo aparece en los libros de historia y en los discursos de los lamebotas...

- También te hubiera dicho que te tragaras tus preconceptos y que te fijaras en quién podía ayudarte... no en quién te caía mejor o te parecía más simpático.

- ¿Qué crees que hubiera dicho sobre Kyle? - preguntó Brent con viva curiosidad.

- ¿Russo? - reaccionó Spier, pensando en qué hubiera opinado el senador Russo acerca de toda aquella maraña en la que los dos se habían metido. - Primero te hubiera destripado por vender tus servicios a un ególatra desquiciado como él... y luego te hubiera felicitado por lograr meterlo en el Senado.

Una sonrisa nostálgica asomó en el rostro de Sean Brent al pensar en su viejo padrino político y jefe, un hombre al que muchos habían considerado maquiavélico y despiadado, pero que Brent había llegado a admirar por su manejo y comprensión de lo que era la política en la vida real. Un hombre que no tenía reparos en hacer lo que fuera necesario para cumplir los objetivos que se proponía... y alguien que había tenido una visión clara y precisa de lo que debía ser el Gobierno de la Tierra Unida.

Una visión truncada por el Holocausto... y que corría riesgo de desaparecer con las políticas del nuevo Gobierno.

- El viejo era un tipo especial...

- Lo que estoy tratando de decirte, mi amigo, es que ya hemos tenido que tragarnos un gran zapato con Kyle - observó Spier con una sinceridad que sorprendió a Brent. - ¿Qué hay de malo en tragarnos unos cuantos más, especialmente si pueden sernos útiles?

Brent no reaccionaba; las dudas todavía lo consumían... y entonces Spier supo que había que encarar la cuestión desde otro ángulo: era necesario hacer a un lado las peculiares personalidades de aquellos hombres y enfocarse en lo que ellos podrían aportar a sus planes.

- Piensa en los recursos... Harlowe representa a la segunda región más poblada de la Costa del Pacífico, Nikitchenko nos da una base de apoyo para el Lejano Oriente y Davies tiene fanáticos no sólo en su región sino también en muchas otras. Con esos recursos a nuestra disposición, podremos encarar mejor nuestros siguientes movimientos.

- Lo haces parecer como si estuviéramos planeando una guerra.

- ¿No es eso lo que estamos haciendo? - replicó Spier, silenciando a Brent de manera terminante.

Brusco o no, terminante o no, Brent se vio obligado a reconocer que Spier tenía razón... lo que estaban haciendo allí ya había dejado de ser una simple campaña política para convertirse en algo más grande, en un esfuerzo vivo y determinado por alterar un curso de acción que significaría desastre para la Tierra y para los pocos sobrevivientes de la raza humana. El camino frente a ellos estaba cargado de obstáculos y de rivales, los cuales deberían ser derrotados o neutralizados para que ellos, y las personas que pensaban como ellos, tuvieran la posibilidad de reencauzar a la Tierra por un camino que llevara a asegurar la supervivencia de la humanidad en un Universo hostil y despiadado.

Para todos los propósitos prácticos, estaban en una guerra... una guerra silenciosa y oculta, que no se libraba con ejércitos, naves o armas sino con maniobras, alianzas y palabras estudiadas que sirvieran tanto para convencer como para dañar... y que se lucharía no en el espacio o en la tierra, sino en oficinas, pasillos y reuniones reservadas.

Una guerra que requeriría vastos recursos.

- ¿Qué dices entonces?

- Tenemos quince potenciales aliados en total, creo que como núcleo de un bloque propio es algo bastante prometedor - resumió Brent tras darle un repaso a la lista de nombres que había estado compilando durante toda la mañana, pasándosela luego a Spier para que se hiciera cargo de ella. - Rudolf, quiero que te pongas en contacto con los jefes de staff de todos los senadores en esta lista...

- ¿Incluyendo a Harlowe, Nikitchenko y Davies? - quiso saber Spier, arqueando una ceja en señal de expectativa.

- Incluyendo a esos tres - coincidió Brent, dándole a su socio la razón en todo aquel asunto. - Diles... pregúntales si estarían interesados en una junta.

- ¿Con qué fecha?

- El día de la inauguración del Senado.

- Entiendo... - gruñó Spier, anotando en su hoja de papel aquella fecha mientras Brent continuaba delineando las futuras acciones a realizarse.

- Y ya que estamos planeando alianzas... creo que es hora de explicarle a Lynn Kyle qué pasos vamos a seguir a partir de ahora.

- ¿Quieres meter al chico en la junta? - inquirió sorpresivamente su socio; era evidente que Spier no creía que Kyle pudiera tener arte ni parte en los asuntos "serios".

- Si queremos que esto siga adelante, vamos a tener que enseñarle al chico a apegarse al libreto.

- Esto va a ser como en la campaña, Sean - advirtió Spier con una pizca de sarcasmo. - Prepárate para el berrinche senatorial del siglo...

- Eso lo veremos, Rudolf - replicó el jefe de campaña, que ya estaba marcando en su teléfono el número interno correspondiente a su secretaria, dándole instrucciones en cuanto ella respondió al llamado. - Clarice, comunícame con el senador.

En la oficina, Sean Brent y Rudolf Spier esperaron con paciencia que lentamente se agotaba a que la secretaria del jefe de campaña contactara a Lynn Kyle... y la tardanza de la secretaria en contactar a Kyle activó todas las alarmas en los dos socios: muy probablemente el senador estuviera haciendo de las suyas, y sin avisarles a sus "colaboradores", cosa que quedó confirmada cuando la secretaria volvió a hablar a Brent.

- El senador no está disponible.

- ¡¿Qué?! - bramó con incredulidad el jefe de campaña, quien se paró de su escritorio impulsado por la irritación.

- Está en camino hacia una junta con la Juventud de la Paz y no desea que se lo interrumpa - explicó con voz levemente temblorosa la secretaria al otro lado del teléfono, aún cuando todo lo que hacía era repetir textualmente lo que el senador Lynn le había dicho en respuesta a su consulta.

- ¿Está usando el auto oficial?

- Sí, señor Brent.

- Entonces pásame con el chofer - ordenó Brent, esperando con impaciencia hasta que la secretaria lo contactó con el chofer personal del senador Lynn. - Tom, aquí Brent... ¿estás conduciendo al senador?...

Rudolf Spier tomó asiento una vez más, presintiendo que lo que iba a desarrollarse ahora sería de su interés... y por qué no, quizás de su agrado. Había algo en el porte y en la decisión de Sean Brent que así se lo prometía, y Rudolf Spier era un hombre que había aprendido a confiar en su capacidad de observación y en su intuición informada...

Por su parte, el jefe de campaña continuaba escuchando lo que tenía para decirle el chofer de Kyle, sosteniendo el aparato de teléfono con tal fuerza que no le faltaría mucho para triturarlo con sus propias manos.

- Gira y regresa al hotel de inmediato - fueron las instrucciones que Brent le dio al conductor, que aparentemente puso reparos con rapidez a la orden del jefe de campaña. - Ya sé que va a protestar... es más, cuento con eso.

Esa decisión fue sorpresiva aún para una persona calmada y dada a esconder sus emociones como Rudolf Spier; su socio Brent ya no sonaba como el hombre que permanentemente insistía en encontrar la vuelta alrededor de los caprichos de Lynn Kyle, o que trataba de "civilizar" al entonces candidato a base de palabras astutas y maquiavélicas. Ahora, con las elecciones efectivamente ganadas, el jefe de campaña abandonaba su postura conciliadora y comprensiva, comportándose con Kyle como si fuera un subordinado directo, alguien que no tenía derecho a réplica en ningún asunto que lo involucrara.

En efecto, Brent ya estaba tratando a Kyle como si él fuera un pelele... cosa que, a fin de cuentas, era lo que tanto Brent como Spier siempre habían esperado de Kyle.

- Eres un buen hombre, Tom - respondió Brent con una sonrisa a lo que debía haber sido el asentimiento del conductor de Lynn Kyle. - Si tienes que golpearlo, asegúrate de no dejar marcas. Nos vemos.

Tras colgar el teléfono y tomar algo de aire, Sean Brent se encontró con que su socio lo estaba mirando muy divertido... y si había algo que le helaba la sangre al jefe de campaña, era ver a Rudolf Spier divirtiéndose con algo; el humor de su socio tendía a ser demasiado negro para el gusto de Brent.

- Eso fue muy vicioso, Brent - dijo Spier entonces, sonando como si aprobara vivamente la conducta de Brent.

- A partir de ahora, mi estimado amigo, es cuando dejamos de tratar al senador con guantes de seda - declaró de manera terminante el jefe de campaña, como si en esa resolución estuviera poniendo todas sus fuerzas. - No estuvimos soportando sus berrinches por casi un año para que ahora crea que puede actuar con independencia. Ya llegamos al Senado, y esas son las Ligas Mayores... y ahí o te comportas como es debido o te quedas fuera antes de que te des cuenta.

La oficina de Brent cayó en un profundo silencio, en medio de un ambiente que destilaba energía y dureza... y entonces Spier comprendió que la paciencia hacia Lynn Kyle era un valor que no iba a correr más en el futuro próximo. En opinión de Spier, ya venía siendo hora; él no iba a derramar lágrimas porque se le pusiera un freno a los berrinches del nuevo senador por Denver-Colorado.

- No le va a gustar - advirtió Spier.

La contestación de Brent, aún sonando sarcástica por momentos, fue brusca, determinada, y por sobre todas las cosas... brutalmente honesta.

- ¿Tengo cara de que eso me importe?


- Gracias por venir con tanta premura, almirante.

- No tiene que agradecérmelo, señor Presidente... - contestó el almirante Gloval mientras estrechaba la mano de Tommy Luan, que estaba de pie tras su escritorio.

A la inquietud del almirante Henry Gloval por comparecer frente al Presidente del Consejo en una reunión sorpresiva y sin temario aparente se le sumaron emociones encontradas al comprobar que junto al Presidente se hallaba el consejero Marcel Pelletier, el hombre al que Luan había escogido como candidato a sucederlo al frente del Gobierno de la Tierra Unida.

Por un lado, Pelletier era un hombre inclinado a la negociación y al compromiso, y como consejero había probado ser un político equilibrado y centrado con el que había sido sencillo trabajar... pero por el otro lado, la relación entre el Supremo Comandante y el posible futuro Primer Ministro estaba resintiéndose por una serie de cortocircuitos en los últimos meses, lo que hacía que Gloval apostara por la prudencia cada vez que Pelletier andaba cerca.

- Consejero, buenos días...

- ¿Cómo está hoy, almirante? - respondió con cortesía el consejero civil, estrechando la mano que Gloval le ofrecía.

Con las cortesías habituales finalmente concluidas, los tres hombres decidieron silenciosamente y cada uno por su cuenta que lo mejor era que dieran comienzo a lo que se habían reunido para discutir.

La oficina privada que el Presidente Luan tenía a su disposición en el edificio donde funcionaba provisionalmente el Consejo de la Tierra Unida era amplia y espaciosa, dotada de poca decoración, a excepción de un par de banderas ceremoniales colocadas sobre la pared y a cada lado del escritorio, y de un escudo del GTU labrado en madera y con acabados de oro, rodeado por una inscripción que decía "SELLO DEL CONSEJO DE GOBIERNO DE LA TIERRA UNIDA."

El escritorio del Presidente era también de madera, con algunas elegantes figuras talladas al frente y a los costados, y si bien podía calificarse como de tamaño medio, el ser usado por una persona de corta talla como Tommy Luan le hacía dar la impresión de ser verdaderamente gigantesco. Algunos retratos ocupaban buena parte del escritorio: uno del Presidente con su esposa, otros tantos de la época de alcalde en Ciudad Macross, e incluso uno de Tommy Luan estrechando la mano del Papa Pablo VII durante la visita que el Presidente del Consejo hiciera a la cabeza de la Iglesia Católica en su nueva sede de Ciudad del Cabo.

El lugar podía ser amigable cuando alguien como Luan lo ocupaba... pero tenía todas las posibilidades de convertirse en un sitio intimidante, como lo era efectivamente aquella tarde, algo que el almirante Gloval notó con claridad al reparar en las expresiones tensas de Luan y Pelletier.

- ¿Café, Henry? - ofreció el Presidente, poniéndose de pie para tomar un termo y tres tazas que siempre tenía por allí para cualquier emergencia.

- Creo que esta vez voy a aceptarle la oferta, señor Presidente...

Rápidamente, el Presidente del Consejo sirvió café en una taza que acercó al almirante junto con un poco de azúcar, aprovechando ese momento relajado para comenzar con los temas de interés oficial:

- No tuve oportunidad de decírselo ayer en la junta del Consejo, pero estoy muy orgulloso de sus hombres y mujeres, almirante...

- No más que yo, señor Presidente.

Satisfecho, el Presidente Luan regresó a su asiento, haciendo sonidos de alivio y comodidad en cuanto pudo reposar su figura pequeña y rechoncha en la silla del escritorio.

- ¿Ya empezaron a traer de regreso a las tropas? - quiso saber Luan, quien solía encontrar en Gloval un canal de comunicación con el Alto Mando que era más claro y efectivo que los reportes oficiales.

- Ayer comenzamos a transportar a las tropas del Distrito Militar Nueva York de regreso a sus bases, y regresamos a una de las alas de la Fuerza Aérea a su base principal en Quebec - informó Gloval, repitiendo de memoria los datos que Maistroff y el general Cuevas le habían dado momentos antes de dejar el SDF-1 para asistir a aquella conferencia. - Si todo sale en orden, para dentro de tres días sólo quedarán en Ohio las tropas asignadas a las tareas de ocupación...

La sonrisa en el rostro de Luan se hizo más grande, mostrándole a Gloval que la pesada carga de encabezar el GTU no había acabado con el ánimo tradicional de Tommy Luan.

- Esas son buenas noticias, ¿no lo crees, Marcel?

- Por supuesto, señor Presidente - asintió vivamente el consejero civil. - El almirante y las fuerzas bajo su mando merecen nuestro reconocimiento y respeto por lo que han logrado, así como por el profesionalismo y escrupulosidad con que se desempeñaron.

- Se lo agradezco, consejero. Esperemos que sea para bien... - anheló sinceramente el almirante Gloval. - Ha sido una campaña muy dura y difícil, y no quisiera que este esfuerzo no resultara en más seguridad para nuestras ciudades en la región.

- Compartimos el mismo deseo, almirante - respondió Pelletier con lo que parecía ser entusiasmo. - Confío en que sus tropas podrán comportarse con igual profesionalismo y sentido del deber ahora que debemos encarar la ocupación y reconstrucción de Ohio.

- Puede estar seguro de eso - remató Gloval, dejando luego que pasaran unos cuantos segundos de incómodo silencio antes de lanzarse el todo por el todo frente al Presidente. - Presiento que no me ha llamado sólo para darme un agradecimiento institucional, Tommy.

- Tiene buenos instintos, Henry - lo elogió el presidente con una sonrisa, moviéndose luego hacia el termo que tenía por allí. - ¿Más café?

- Por favor...

Una vez más, el Presidente llenó con café la taza de su máximo comandante militar, aunque en esta vez la relajación cedió su lugar a un nerviosismo evidente en el ligero temblor de las manos de Luan... una señal que le indicó a Gloval que el tema a tratar a continuación era algo muy delicado y potencialmente conflictivo.

- Hemos estado planeando algunos... cambios.

La palabra "cambios" hizo que un escalofrío recorriera la espalda del Supremo Comandante, aunque sus reflejos militares le permitieron controlar sus nervios y darle la suficiente entereza de ánimo para poder preguntar luego sin que se le notara inquietud en la voz:

- ¿A qué se refiere?

Pero no fue Luan, que ya estaba volviendo a su sillón, quien contestó, sino que la respuesta quedó a cargo del consejero Pelletier, y Gloval se percató de que el afable consejero ya estaba dándole más dureza a su tono cuando hablaba... como correspondía que lo hiciera alguien que iba a asumir un gran poder y una gran responsabilidad.

- Modificaciones a la estructura del Gobierno... que habrán de entrar en vigor cuando el Senado comience a sesionar. Específicamente, modificaciones al Consejo de la Tierra Unida.

- ¿Como cuáles, consejero? - quiso saber el almirante con una brusquedad que rápidamente trató de atenuar para no hacer más incómoda la cosa. - Si es que se puede preguntar...

- Queremos reducir el total de miembros del Consejo de los actuales veintiséis a veinte... - explicó entonces el consejero Pelletier, midiendo cuidadosamente sus palabras pero sin esconder el mensaje principal. - Nuestra intención, ahora que tenemos un Senado para ocuparse de las cuestiones legislativas, es hacer que el Consejo funcione de manera más ágil y expeditiva, como lo requiere el manejo de las cuestiones ejecutivas...

- ¿Un recorte de miembros? - preguntó Gloval, haciendo a un lado la explicación que Pelletier acababa de darle y concentrándose en la acción concreta que venía con aquella pregunta. - ¿Por qué no lo planteó durante la junta de ayer, consejero?

Sólo un fugaz ceño fruncido reveló al mundo que Marcel Pelletier no había tomado muy bien ni el tono ni la pregunta de Gloval, y le tomó mucho esfuerzo hacer que su irritación no se trasladara a sus palabras, que pudieron sonar tan calmadas y conciliadoras como siempre mientras le explicaba al almirante los pasos a seguir.

- Esto es un proyecto por el momento, almirante, aunque uno que cuenta con muchas posibilidades de llevarse a la práctica. El anuncio al resto del Consejo tendrá lugar en unos días... y lo comunicaremos a la población general en una fecha más cercana a la inauguración del Senado.

- Habla como si ya estuviera decidido, consejero - disparó el almirante Gloval sin sutilezas.

- Como le dije, almirante... hay buenas probabilidades de ponerlo en práctica - contestó Pelletier con evidente frialdad.

El almirante Gloval entendió perfectamente lo que Pelletier estaba dejando implícito... sea cual fuere, la decisión ya estaba tomada y muy probablemente ya se hubieran dado los primeros pasos para ponerla en marcha, lo que haría que su opinión al respecto careciera completamente de valor para el Presidente y su candidato a sucederlo. Pero había algo más en el aire... la sensación de que esa modificación que estaban proponiendo para el Consejo tenía otros objetivos además de "mejorar su funcionamiento"; había otros propósitos que le daban a la reunión aquel clima de tensión.

Como si revelarlos fuera algo que implicara un gran riesgo...

Pero tarde o temprano, Gloval lo averiguaría; y lo mejor que podía hacer ahora era sonar lo más tranquilo y calmado posible, y tratar de arrancarle a Pelletier y Luan los particulares de aquel proyecto tan secreto como sorpresivo.

- ¿En qué consistirán las modificaciones? - preguntó el almirante tras beber un sorbo de su café.

Con reticencia, el Presidente Luan se hizo cargo de dar respuesta a la inquietud del almirante.

- Para empezar, sólo habrá un representante por región en lugar de los actuales dos... y cada región estará representada exclusivamente por un delegado civil.

Así que eso era... Luan y Pelletier habían acordado recortar el peso de los militares en el Consejo de Gobierno, y no sólo con el Alto Mando, sino también con los comandantes regionales en cuya representación estaban los correspondientes delegados civiles y militares.

La reforma que Pelletier estaba poniendo en marcha apuntaba a fortalecer el poder de los elementos civiles del Consejo frente a sus contrapartes de uniforme... y a Henry Gloval le quedó más que claro que la intención de Pelletier era la de minimizar la influencia de los militares en su futuro gobierno. Las razones para aquella movida eran variadas; podía deberse a que Pelletier tuviera un interés genuino en restaurar un gobierno civil pleno, podía ser porque desconfiara de los militares, o porque estaba interesado en evitar que sobre él cayeran las acusaciones de "pelele de los militares" que Luan había tenido que soportar durante su gobierno.

Muy probablemente, razonó Gloval, se tratara de las tres razones juntas... aunque sus pensamientos debieron detenerse cuando comprobó que el consejero civil se disponía a seguir hablando, esta vez con un tono más comprensivo.

- Entiendo que el Alto Mando está atravesando un proceso de fortalecimiento, almirante, y entiendo también que usted requiere de todos los oficiales que puedan asistirlo... y con eso en mente, tener nueve oficiales militares que dividen su tiempo entre sus obligaciones al Alto Mando y sus labores en el Consejo es cuanto menos contraproducente.

- No podría estar más de acuerdo con usted, consejero - coincidió el almirante en un esfuerzo para no hacer más tenso el asunto, sin mencionar además que realmente compartía el punto de vista de Pelletier. - ¿Pero qué tiene exactamente en mente para el Consejo?

Pelletier sonrió triunfalmente; parecía como si hubiera podido descifrar los temores de Gloval sin necesidad de indagar mucho, y esa sonrisa triunfal -mesurada y bien disimulada, pero triunfal al fin- no desapareció de su rostro ni siquiera cuando ofreció una respuesta a la inquietud implícita del almirante Gloval.

- No tiene por qué preocuparse, almirante... no pensamos eliminar la representación militar en el Consejo - dijo el consejero para tranquilizar al Supremo Comandante. - Somos plenamente conscientes de que una estrecha colaboración entre el Gobierno y los militares es indispensable por el momento, mientras dure la emergencia, pero también entendemos que es necesario transitar hacia la... normalización... del Consejo de la Tierra Unida.

Gloval bajó un poco la guardia en su silla, no lo suficiente para darse por tranquilizado, pero sí como para decirle a Pelletier sin palabras que él estaba atento e interesado en saber más acerca de sus planes. De inmediato, el consejero civil aceptó la invitación silenciosa del almirante y se explayó sobre los particulares de la propuesta:

- El nuevo Consejo estará integrado por el Primer Ministro, el Presidente del Senado y los representantes de los nueve comandos regionales. Por supuesto, usted todavía formará parte del Consejo en calidad de Supremo Comandante de nuestras fuerzas militares, al igual que el general Maistroff y el resto de los miembros del Consejo del Alto Mando, para proveer al resto de los miembros con sus inestimables conocimientos y experiencias militares.

- Comprendo - gruñó Gloval con reticencia, pasando entonces a otro tema que lo había preocupado. - ¿Cómo negociarán estos cambios con los comandantes regionales? Creo que deben ser consultados si se piensa modificar su representación en el Consejo.

Luan tomó la posta, contestándole al almirante con aquella mezcla de seriedad e inquietud que había tenido durante toda la reunión... y Gloval entendió que aún había noticias que los dos altos políticos querían comunicarle en aquella reunión...

- Al respecto, almirante... también tenemos ciertas ideas en lo que hace a los comandantes regionales...

El almirante se inclinó hacia adelante, mostrando interés en saber qué tenía planeado el GTU con respecto a los generales y almirantes que desde el primer día de la reconstrucción se habían hecho cargo del gobierno y manejo de las fuerzas militares en las distintas grandes regiones y continentes del planeta.

Habían sido aquellos altos oficiales quienes, como virreyes del GTU, debieron tomar a su cargo la reorganización y reconstrucción inmediata de las vastas extensiones a su cargo, así como la negociación con los gobiernos regionales y locales que habían comenzado a aparecer en sus áreas de responsabilidad, por no mencionar el hacerse cargo de reorganizar las tropas bajo su mando y empeñarlas en tareas de rescate, seguridad y mantenimiento de la paz.

Y ahora... parecía que sobre ellos también iba a caer el peso de las reformas de Pelletier.

- Apreciamos mucho los esfuerzos que han hecho durante las primeras etapas de la reconstrucción, con las misiones de rescate, la construcción de los campos de refugiados y su abastecimiento, y con los programas de reconstrucción urbana, pero creemos que estamos en una nueva etapa, almirante Gloval... - señaló el presidente Luan - una etapa en la que vamos a necesitar una mayor especialización, ahora que las mayores urgencias están prácticamente superadas.

Pelletier se hizo cargo, como venía haciendo durante toda la reunión, de las cuestiones más técnicas del asunto.

- Los comandantes regionales permanecerán en sus cargos, atendiendo los asuntos estrictamente militares y de seguridad... pero las cuestiones políticas, económicas y sociales pasarán a manos de nuevos comisionados civiles, designados por el Consejo. Consideramos necesario dar inicio con la separación de las esferas militares y civiles en los niveles de gobierno.

Una vez más, se hizo el silencio en la oficina del Presidente; todos los hombres consideraban para sus adentros las implicaciones de la propuesta... y trataban al mismo tiempo de estudiarse mutuamente, de modo tal de poder adelantarse a cualquier posible reacción o movimiento.

- Es una reorganización muy amplia la que tienen pensada... - comentó el almirante, remarcando luego de manera nada inocente. - Va a afectar mucho al funcionamiento del Gobierno.

- ¿Lo dice como crítica, almirante?

- Lo digo como un hecho, consejero.

Previendo que las cosas estaban por salirse de control, el Presidente Luan intervino para moderar la discusión, así como para explicarle a Gloval los razonamientos que lo habían llevado a aceptar la propuesta que Marcel Pelletier le había llevado aquella mañana.

- Cuando iniciamos la reconstrucción, sólo teníamos ruinas y cientos de millones de desahuciados... prácticamente no había una civilización o una economía que gobernar, pero ahora, gracias al trabajo mancomunado de todos nosotros, especialmente las fuerzas bajo su mando - agregó Luan como concesión y reconocimiento hacia Gloval - hemos podido sentar las bases de una civilización funcional y efectiva.

El almirante miró inquisitivamente al pequeño Presidente del Consejo, pensando seriamente en lo que él le acababa de decir, y reconociendo que lo que Luan acababa de postular tenía completo y absoluto sentido... pero en lugar de demostrar su acuerdo, el almirante sencillamente permaneció en silencio, invitando a alguno de sus dos interlocutores a continuar.

- Las exigencias de esta nueva etapa no están sólo en la supervivencia y en la seguridad, almirante - intervino el consejero Pelletier ante el silencio cauteloso de Gloval. - Tenemos una economía de la que ocuparnos, tenemos cuestiones referidas al gobierno y a la solución de disputas entre comunidades, por no decir grandes decisiones políticas que deben ser cuidadosamente consideradas desde todos los ángulos.

Otra vez, el Presidente tomó la palabra... relevando por una vez a Pelletier de dar la parte difícil del mensaje.

- Y para eso, requerimos de un gobierno que sea lo más capaz de resolver ese amplio abanico de asuntos. Por supuesto, con la colaboración militar... pero dándole mayores prerrogativas a los civiles que las que el actual esquema de gobierno ofrece.

- Con todo respeto, señor Presidente... - comenzó a objetar Gloval. - Creo que no es el momento para plantear cambios tan drásticos al Gobierno, más aún con todo lo que representa la restauración del Senado--

- Almirante, usted me planteó en su momento que no quería un gobierno militar - replicó el Presidente con algo de dureza, rememorando aquellas primeras conferencias mantenidas entre los dos mientras la Tierra aún humeaba por el fuego de Dolza.

- Y no lo quiero, señor, pero la situación no está precisamente normalizada.

- Y no lo va a estar en mucho tiempo, Henry, pero tarde o temprano vamos a tener que movernos hacia un gobierno más normal... y si me lo pregunta, prefiero que sea en nuestros propios términos y no forzados por cualquier circunstancia ajena a nuestro control.

- Apreciamos mucho los esfuerzos de sus hombres, almirante - habló Pelletier con una comprensión que no ocultaba la firmeza de sus decisiones - pero ya es momento de que los civiles podamos hacernos cargo... y también es momento de que los militares empiecen a volver a sus tareas normales.

Los tres hombres volvieron a mirarse, estudiándose con sumo cuidado y procesando cada uno a su manera lo que acababa de ocurrir en aquella junta...

Para el almirante Henry Gloval el mensaje había sido claro y evidente: en unos días más asumiría un nuevo Gobierno de la Tierra Unida, y ese gobierno iba a hacer lo que fuera necesario para demostrar su independencia y autonomía... especialmente frente a los militares que lo habían instalado. Era claro y obvio para el almirante que Marcel Pelletier, de ganar la confirmación del futuro Senado para ser Primer Ministro, iba a hacer todo lo que pudiera para que su cargo fuera real y efectivo, y para lograr que los militares se subordinaran paulatinamente al gobierno civil que él iba a encabezar.

En principio, Gloval no podía discutir eso, y estaba más que de acuerdo con poner a sus fuerzas nuevamente en las tareas específicas que les correspondían, pero aquella molesta sensación que lo atormentaba desde hace unos meses no sólo seguía allí sino que se potenciaba...

Esa horrible sensación de pensar que las cosas estaban yendo demasiado rápido, que se las hacía con demasiada prisa... y que tanta prisa podía tener graves consecuencias.

- Lo entiendo, consejero - concedió Gloval, sabedor de que la decisión ya estaba tomada y de que nada de lo que él dijera iba a hacer algo para cambiarla... aunque aún le quedaba una última oportunidad. - ¿Plantearán el tema en la próxima sesión del Consejo?

- No lo tenemos previsto, pero--

- Sugiero que lo hagan, señores - se apuró a sugerir Gloval, interrumpiendo a Pelletier a media frase. - Una decisión como esta requiere el acuerdo del Consejo, y no que se la tome a espaldas del mismo.

Una vez más, Gloval encontró en el rostro de Pelletier esa contenida irritación que asomaba a pesar de los mejores esfuerzos del consejero por disimularla.

- Lo tendremos en cuenta, almirante - anunció Pelletier con una sonrisa un tanto forzada. - Muchas gracias por sus consejos y por su comprensión.

El almirante Gloval asintió cortésmente para agradecer las palabras de Pelletier; no convenía dejar la reunión en malos términos o con calculadas descortesías. Después de todo, lo más probable era que ambos hombres se vieran obligados a trabajar juntos en poco tiempo más, como cabezas de la parte civil y militar del Gobierno de la Tierra Unida respectivamente.

Por la ventana podía verse cómo el Sol iniciaba su puesta, que acabaría con él desapareciendo en el horizonte desértico que se extendía al oeste de Nueva Macross.

- ¿Hay algo más que deseen considerar conmigo, caballeros? - preguntó con cortesía el almirante Gloval a los dos hombres que estaban tras el escritorio.

- Por el momento, nada - respondió Luan, tratando de poner paños fríos al asunto y terminarlo todo con buenos términos. - No quisiéramos alejarlo más de sus obligaciones militares...

- En ese caso, será mejor que regrese al SDF-1 - asintió el almirante mientras adoptaba una postura militar dura y precisa. - Que tengan un buen día, señor Presidente, consejero Pelletier...

Dicho eso, y rubricando la despedida con una venia firme, el almirante Henry Gloval, Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida, abandonó la oficina del Presidente Luan, cerrando la puerta de manera suave al cruzarla, mientras que dentro de la oficina permanecían en silencio el hombre que regía los destinos del Gobierno de la Tierra Unida y el hombre que pronto se haría cargo de esa responsabilidad...

- Fuiste un poco duro con el almirante, Marcel - observó con tono risueño el Presidente Luan, mientras Pelletier volvía a sentarse en su asiento.

- No lo tomes a mal, Tommy, yo le tengo aprecio al almirante y reconozco lo que han hecho sus fuerzas, pero quiero que Gloval tenga una cosa bien en claro.

- ¿Y qué es eso, mi amigo? - lo invitó Luan a explicarse, acomodándose en su sillón para mirar de frente al consejero.

- En unos días más, y si el Senado así lo quiere, yo me voy a hacer cargo del Gobierno de la Tierra Unida - respondió Pelletier con franqueza y determinación. - Y eso incluye hacerme cargo de sus fuerzas militares en mi carácter de comandante en jefe.

- Sabes que eso es mucho pedir por ahora.

- Pero voy a dar los primeros pasos, señor Presidente - contraatacó Pelletier. - La normalidad incluye militares subordinados al poder civil... y el primer paso que pienso dar es dejar bien en claro que ni voy a ser un pelele ni mi cargo de Primer Ministro va a ser una pantalla o una formalidad para encubrir otra cosa, sino que va a ser un puesto ejecutivo y de decisión como corresponde que sea la cabeza de un gobierno. Ese es un mensaje que quiero darle a todos...

El consejero se detuvo para servirse una taza de café, haciendo lo posible para no distraerse con el panorama maravilloso de un atardecer de Nueva Macross que le ofrecía la ventana de la oficina.

- Y el primero que quiero que entienda eso es el almirante Henry Gloval.


Miércoles 11 de abril de 2012

La Base Aérea Nueva Macross atravesaba un período de inusitada actividad aquella tarde, que la hacía parecerse más a uno de los agitados aeropuertos comerciales de antes del Holocausto que a una base militar.

Docenas de vuelos militares despegaban y aterrizaban en las cuatro pistas de la Base Aérea, siguiendo una coreografía cuidadosamente supervisada por los atareados controladores de vuelo de la Fuerza Aérea, que desde sus puestos en la torre de control de la Base hacían lo imposible por mantener a todas aquellas aeronaves a una distancia segura las unas de las otras.

Era una tarea complicada, dada la cantidad y variedad de aeronaves que se concentraban en la Base Aérea aquel día; enormes transportes de carga VC-27 Tunny, que volaban pesadamente con Dios sabía qué cosas en sus bodegas, transportes livianos VC-33 que prácticamente aprovechaban cualquier sitio vacío para aterrizar verticalmente, e incluso algunos cuantos aviones comerciales que habían escapado al Holocausto sólo para ser requisados por las Fuerzas de la Tierra Unida.

A eso había que sumarles, como siempre, los cazas Veritech que iban y venían por toda la región, ya sea para escoltar a los vuelos de transporte como para garantizar la seguridad de la Base Aérea.

El resultado de toda esa actividad era un pandemonio generalizado en la principal base aérea de la capital de la Tierra Unida, que a su vez se traducía en un permanente ir y venir de personas por los pasillos y salas de estar de los edificios de la base. Técnicos que corrían para darle mantenimiento a los aviones, pilotos que aprovechaban un minuto de respiro, personal de la Policía Militar que iba por ahí en medio de sus rondas, contingentes de soldados que desembarcaban de los aviones que los habían transportado hasta la ciudad... tanta actividad y tanto ruido en un lugar normalmente calmado tenía como efecto poner a todo el mundo nervioso.

Incluyendo, claro está, al teniente comandante Rick Hunter, que habiendo quedado fuera de las labores de patrullaje de su unidad por cuestiones administrativas, pasaba su rato libre en uno de los comedores de la base, junto a un gran ventanal que le daba una vista inigualable de las pistas 1 y 4, y de los vuelos que llegaban y partían desde ellas...

- Y aquí viene otro... - murmuraba el primer teniente Dan Shelby antes de darle un mordisco a su sandwich, al notar que un enorme VC-27 Tunny de la Fuerza Aérea iniciaba su descenso para aterrizar en la pista 4.

- ¿Cuántos crees que vengan esta vez?

- Puedes enlatar a una compañía entera con todo su equipo en un Tunny - explicó Shelby, que para eso le bastaba con recordar el viaje de regreso a Nueva Macross junto a su compañía un par de días atrás. - Eso, para que entiendas, son ciento cincuenta pisahormigas listos para patear traseros, Hunter.

- Y son... ¿cuatro Tunnies? - preguntó Rick tras contar el número de VC-27 que trataban de aterrizar en formación en la pista de la Base Aérea.

- Un batallón completo, entonces - contestó sin pensarlo mucho el teniente del Ejército. - Tres compañías de fusileros y la compañía de comando y servicio.

Apenas hacía dos días desde que Shelby regresara de Ohio, tras participar en la dura campaña contra los separatistas de aquella región, y esa era la primera oportunidad que Rick tenía de charlar un poco con su colega del Ejército... entre otras cosas, para darle a Shelby la oportunidad de desahogarse un poco de todo lo que había ocurrido en Ohio, por no mencionar un incidente muy desagradable que el teniente del Ejército había tenido que sobrellevar el día anterior en la ciudad.

Desde el momento en que los dos se sentaron, Shelby no había dicho ni hecho un sólo comentario, pero bastaba verle el rostro, que parecía congelado en una expresión de permanente seriedad, para saber que había muchas cosas que él llevaba encima y que debía descargarlas antes de poder seguir adelante... pero para eso, había que darle tiempo a Shelby, y hasta tanto él se sintiera listo, Rick no iba a ponerle ninguna clase de presión.

- Todos esos hombres apretados en la bodega del avión, cargados hasta la coronilla con equipos de combate... debe ser muy desagradable - comentó Rick como si nada.

- Ni te imaginas cuando se juntan la turbulencia y alguien con pobre digestión--

La respuesta de Shelby provocó que Rick, que entonces estaba disfrutando de un sorbo de Petite Cola, encontrara la bebida repentinamente repulsiva, haciendo que él la escupiera con algo de asco en el suelo, tras lo cual le dedicó a su amigo del Ejército una mirada muy poco amistosa.

- Gracias por arruinar mi Petite Cola, teniente.

- Es un placer, comandante - contestó Shelby en tono bromista. - Tu problema, pedazo de piloto, es que te han malacostumbrado a tener tu propio asiento en un avión, con todo el confort y el lujo...

- No sé cómo los separatistas no podían encontrar a tus tropas siguiendo el sonido de tu bocota - protestó Rick, aunque al ver la reacción de Shelby a ese comentario, el teniente comandante Hunter entendió que había tocado un punto sensible, y decidió que bien podía ser el momento de pasar a un tema más ríspido. - ¿Cómo estás?

La expresión de Shelby volvió a tornarse sombría, abandonando la diversión que segundos antes había sentido al burlar a su amigo del cuerpo de Veritech... e incluso llegó a asomar en su rostro una furia sorda y reprimida que buscaba algo para destruir.

Una furia que un grupito de muchachos con camisetas de la "Juventud de la Paz" había exacerbado cuando comenzaron a gritarle improperios al teniente Shelby faltándole poco para llegar a su residencia del barrio militar de Nueva Macross... improperios que fueron acompañados por un escupitajo que aterrizó de lleno en el pecho del uniforme marrón del oficial del Ejército.

- Acostumbrándome...

- Escuché lo que pasó el otro día - murmuró Rick con comprensión. - Lamento mucho que te hayas tenido que cruzar con idiotas como esos...

- Siempre los vas a encontrar, Hunter... vienen con el trabajo - respondió Shelby, minimizando las cosas sólo para tranquilizar a Rick. - Había escuchado que las cosas por acá estaban un poco tensas, pero no pensé que iba a encontrarme esto a mi regreso.

Frente a él, Rick dejó escapar un bufido de frustración e hizo un nuevo intento de beber su Petite Cola para quitarse el mal gusto de la boca...

- Están pasando por un buen momento... ahora que eligieron a su santo patrono para el Senado...

- Dios, ese idiota... - gruñó Shelby como si pensar en Lynn Kyle le revolviera el estómago.

- Senador idiota, teniente Shelby - lo corrigió Rick con doloroso sarcasmo.

Pero Shelby no respondió al chiste de Rick con otra broma o con algo para bajar la tensión, sino que, sintiendo que la mención de Kyle rompía todos los diques de su amargura, se lanzó de una vez por todas a darle rienda suelta a sus emociones, con su rostro contrayéndose de dolor e indignación.

- ¿Sabes, Rick? Ninguno de nosotros quería estar allí... digo, no era que creyéramos que esos tipos no merecían un buen castigo, sabes cuántos de los nuestros murieron en sus emboscadas y luego durante la campaña... pero yo no me puse el uniforme para dispararle a otro ser humano, y menos cuando murieron tantos durante la guerra y quedamos tan pocos-- me entiendes?

- Perfectamente - asintió Rick.

- No soy un asesino, Hunter... a mí me mandan allá para que comande hombres y cumpla objetivos, y todo lo que queremos es volver a casa y a una vida más o menos normal... ninguno de nosotros es un asesino... al asesino le gusta matar, disfruta matar, lo hace por placer... si tuviera en mi unidad a un tipo que se divirtiera matando gente, sería el primero en echarlo a patadas del Ejército por enfermo y peligroso, pero no--

Rápidamente, el teniente Shelby se detuvo, recobrando súbitamente la compostura y actuando como si nada acabara de pasar allí, excepto para darle a Rick una tímida disculpa:

- Dios, no debería molestar con esto...

- ¿Sabes qué? - exclamó Rick, que veía una posibilidad de darle a Shelby un ámbito más apropiado para que se desahogara de todos sus dolores. - Mañana pienso ir con Max al final de nuestros turnos a tomar algo... si quieres venir y hablar un poco, eres más que bienvenido. O si no puedes mañana, vente a casa esta noche, así cenas con Lisa y conmigo algo distinto a las raciones de combate...

- Gracias, Hunter... ya algo vamos a arreglar - respondió en tono sentido y agradecido el oficial del Ejército, aunque la mención del teniente Sterling, así como algo que acababa de notar en el pasillo cercano, lo llenó de curiosidad. - Oye, hablando del susodicho...

- Está escoltando uno de los vuelos de transporte, así que lo tendremos por acá en un rato más - explicó Rick.

- No lo decía por él, sino por ella...

Volteando para ver qué estaba queriendo decir Shelby, Rick alcanzó a ver a la teniente Parino-Sterling, que venía por el pasillo a paso vivo y decidido, y con un fulgor asesino en sus ojos verdes que se reflejaba en la mueca salvaje que formaba con sus labios.

- ¡Buenas tardes, Miriya! - la saludó Rick, alzando con su mano un frasco que guardaba para ocasiones como aquella. - ¿Mermelada?

A pesar de cuatro segundos de debilidad en los que pareció que se iba a abalanzar como una leona sobre su presa sobre el frasco de mermelada de naranja que le ofrecía Rick, Miriya Parino recordó bien rápido que había llegado hasta allí en busca de otra presa, más elusiva y más irritante que la mermelada, pero que en ciertos momentos podía ser más deliciosa y placentera...

- ¿Has visto a Maximilian? - inquirió duramente Miriya, enfocándose en que tenía un esposo al que encontrar y a quien gritarle por su demora.

- Debería estar volviendo en breve... - explicó Rick, pero no pudo explayarse más.

- ¡Más vale que sea "en breve"! - gritó Miriya, interrumpiendo a Rick y sobresaltando a Shelby al punto de hacerle extrañar los buenos tiempos de Ohio. - ¡Llevo toda la tarde esperando a que Su Alteza regrese a la base y me acompañe! Tengo que estar en el consultorio de la doctora Cascio en una hora, y si ese microniano arrogante no aparece...

Rick Hunter cometió un error fatal en medio de la tormenta de invectivas de Miriya: dejó que sus labios formaran una sonrisa... pero antes de poder volver a la cara de poker que requería una situación como aquella, la oficial Zentraedi notó la sonrisa de su jefe de escuadrón y lanzó un grito que esperaba que sirviera para dejar bien en claro su opinión sobre Max y sus responsabilidades paternas:

- ¡Él puso esta cosa dentro de mí, así que no se va a escapar tan fácilmente!

- Estoy seguro de que no debe tardar mucho más en llegar... - trató de aplacarla el Líder Skull mientras el teniente Shelby no sabía dónde podía esconderse. - Sabes cómo es esto de los vuelos de escolta, Miriya, uno tiene que ir a la velocidad que le marca el escoltado, y si te toca acompañar a una vaca lechera con un caballo, bueno...

- Dejaremos las clases de naturaleza para después, Rick - contestó con frialdad Miriya, impávida ante los intentos de Rick por calmarla. - Todo lo que me importa es saber donde está mi esposo.

Justo en ese momento, un llamado hecho a los gritos desde un punto no determinado del pasillo captó la atención de Rick, Miriya y Shelby, haciendo que buscaran con la vista hasta reparar en un oficial de cabello azul y traje de vuelo que caminaba a paso vivo por el pasillo, acompañado por otras dos personas que ninguno pudo ubicar o reconocer; un joven corpulento de tez oscura y uniforme de las Fuerzas Espaciales, y una mujer igualmente joven y también morena, pero mucho más pequeña en contextura física, que se veía notablemente embarazada en su uniforme del cuerpo médico.

- ¡Miriya! - llamó una vez Max, que parecía jubiloso de encontrar allí a su esposa.

"Sterling, nunca sabrás lo cerca que estuviste..." pensó para sus adentros Rick, que ya podía respirar aliviado.

El que no podía respirar aliviado era Maximilian Sterling, que sólo tuvo que ver la furia en los ojos de Miriya para saber que estaba a punto de enfrentarse a una situación conyugal muy particular...

- ¡¿Por qué tardaste tanto, Maximilian?! - lo increpó Miriya vivamente, mirando luego al hombre y a la mujer que estaban acompañando a Max. - ¿Y quiénes son estas personas?

- "Hola, Maximilian, ¿qué tal estuvo tu vuelo? Espero que no muy aburrido, aunque si te aburriste ya me voy a ocupar yo de que pases una noche de lo más entretenida-- ouch, discúlpame por lo bocafloja, ¿por qué no me presentas a las personas que están contigo, amor?"

- Date por satisfecho con salir de aquí con todos tus miembros - contestó con helada crueldad Miriya, transformándose milagrosamente en una persona amigable para saludar a los que venían con su esposo. - Mucho gusto, segunda teniente Miriya Parino Sterling, encantada de conocerlos...

El hombre, en cuyo cuello relucía la insignia de un segundo teniente, sonrió con cierta incomodidad, inseguro sobre cómo seguir tras aquella batalla, pero decidiéndose a aceptar el saludo de Miriya y aprovechar la oportunidad para presentarse.

- Yo soy el segundo teniente Vincent Grant y ella es mi esposa, la doctora Jean Grant...

A su lado, la mujer sonreía con timidez y asentía, tomando la mano que Miriya le ofrecía, mientras Max continuaba con las presentaciones... afortunadamente sin que su esposa siguiera con el ataque que le había prometido.

- Vince, él es mi jefe de escuadrón, el teniente comandante Rick Hunter y él es un amigo nuestro, el primer teniente Daniel Shelby...

- Hunter... he escuchado algo por allí... - murmuró el teniente Grant mientras se acercaba a saludar a Rick. - ¿No tenía algo que ver con Roy Fokker, señor?

- Era mi hermano adoptivo... - contestó Rick con orgullo, deteniéndose mientras reparaba en algo de manera súbita. - Sólo por casualidad, teniente...

- ¿Sí?

- ¿Usted tiene algo que ver con la comandante Grant? - quiso saber Rick, explayándose más para que todo quedara claro. - ¿Claudia Grant, del SDF-1?

El teniente Grant sonrió a la mención de ese nombre... era una sonrisa que iba más allá de la alegría normal, y que presagiaba la felicidad de un reencuentro largamente demorado.

- Es mi hermana mayor, señor.

Con una sonrisa, Rick trató de ser lo más amistoso posible con el recién llegado y su esposa... después de todo, el hecho de que sea el hermano de Claudia lo convertía casi en el propio hermano de Lisa Hayes...

- No sabía que usted y su familia iban a venir a Nueva Macross, teniente--

- Por favor, señor, llámeme Vince. Si usted era hermano de Roy Fokker, entonces es prácticamente de la familia - pidió y explicó Vince, pasando después a hablar de los motivos de su viaje a Nueva Macross. - Cuando las cosas se calmaron en Australia, alguien recordó que yo había escogido las Fuerzas Espaciales como rama de servicio, y alguien más decidió que yo podía serle útil al almirante Griffith y a su comando, así que me dijeron que le diera tiempo a mi esposa para preparar la mudanza desde Brisbane hasta Nueva Macross--

- ¡Me diste diez minutos, Vince! - protestó a viva voz Jean Grant, interrumpiendo y aterrando a su esposo a la vez.

- Querida, eres militar... diez minutos deberían ser suficientes para alistarte - devolvió Vince, sin que eso hiciera mella en el ánimo de su esposa.

La pequeña doctora, por el contrario, no se dejó intimidar por su corpulento esposo, y se plantó frente a él como si estuviera a punto de irse a los golpes con él.

- No cuando se trata de mudar todo lo que tienes a otro continente, y menos cuando ando cargando con tu propio engendro demoníaco--

- ¡Esa es mi chica! - la felicitó Vince, dándole un beso a Jean en los labios que bastó para silenciarla... aunque después la joven doctora amenazara con seguir su batalla cuando Vince hizo un nuevo comentario. - Sé que te llevarás de lujo con mi hermana...

- Bienvenido a Nueva Macross, Vince... - intervino entonces Rick, dándoles de corazón la bienvenida a los recién llegados. - Y es todo un gusto conocerte, Jean.

- Muchas gracias, comand--

- Llámenme Rick, por favor - interrumpió Rick, devolviéndole el favor a Vince y Jean con una sonrisa de genuina felicidad en los labios. - Si ustedes fueron amigos de Roy, entonces son como mi familia.

- Está bien, Rick... - contestó un poco inseguro Vince, ya que "familia" o no, todavía estaba hablándole a un teniente comandante.

- ¿Tienen lugar para hospedarse? - quiso saber Rick.

- Por el momento no nos asignaron vivienda, pero Claudia ya me dijo que su casa es nuestra casa, al menos hasta tanto alguien nos proporcione nuestra propia vivienda...

- Es algo chico - observó Max, mientras Miriya asentía en coincidencia con la opinión de su esposo.

- Créeme que no es mejor en Brisbane - contestó Jean como si nada.

- Ouch... - murmuró Rick; tenía muy en claro lo complicadas que estaban las cosas en Australia.

De pronto, Jean miró el reloj y le dio un golpe en el brazo a su esposo, que se había quedado un tanto distraído con el movimiento en la Base Aérea, y cuando se aseguró de tener la atención de Vince, le explicó el porqué de tanto apuro y urgencia.

- Amor, tu hermana dijo que nos iba a esperar en la entrada de la Base Aérea...

- ¡Diablos, tienes razón! - exclamó Vince, apurando entonces las despedidas. - Un gusto haberlos conocido, muchachos... nos veremos más adelante...

- ¡Adiós y buena suerte! - exclamaron a coro Rick, Shelby y los Sterling.

- ¡¡Adiós!! - respondieron los Grant, que ya para entonces estaban en una viva carrera por el pasillo hacia el acceso principal de la Base Aérea.

No habían pasado ni treinta segundos de que los Grant se alejaran de allí para que Miriya frunciera el ceño y se lanzara a despotricar con indignación contra las políticas habitacionales de las Fuerzas de la Tierra Unida.

- Dios, estos tipos... ¡un hombre casado, con su esposa embarazada, los trasladan a la otra punta del mundo y ni siquiera les asignan una vivienda decente!

Rick asumió el deber de explicarle a Miriya todo lo que estaba pasando, relevando de dicha tarea a un Max que no entendía aún por qué su esposa estaba tan enojada con él.

- Sabes que todo es un loquero, con esto de los traslados de tropas a Nueva Macross y el regreso de gente como Shelby--

- ¡Hey, qué bueno, ahora soy gente! - exclamó jubiloso Shelby, ganándose una mirada de reprobación burlona por parte de Rick, que luego dejó en evidencia su preocupación por la situación que estaban pasando los Grant con su falta de vivienda...

- Dios, quisiera poder hacer algo para ayudarlos...

- ¿Se te dio por ser buen samaritano, jefe? - preguntó Max en tono risueño.

Sin negar la afirmación de Max, Rick explicó por qué esa situación estaba volviéndose algo muy especial para él... algo incluso personal.

- Digo, Claudia me ha ayudado mucho, y ni qué decir a Lisa... lo menos que podría hacer por ella es darle una mano con este problema de su hermano y su familia...

- ¿Y qué podrías hacer, Hunter? - saltó Shelby en medio de la conversación, descolocando a los tres al punto de recibir de parte de ellos caras confundidas y un tanto molestas que él debió cambiar. - Aparte de ofrecer tu casa, desde luego...

Al menos Shelby lo logró con Rick; la cara de molestia cambió a una más sonriente... el rostro de alguien que acaba de pasar por la epifanía maravillosa de una nueva idea, una idea que podía cambiarlo todo y traer solución a todos los problemas.

- Shelby...

- ¿Qué? - preguntó el oficial del Ejército, un tanto receloso por el comportamiento de su amigo.

- ¡Eres un genio! - lo elogió Rick, avanzando hacia Shelby para abrazarlo.

- Eso sonó como en las películas - se apuró a contestar Shelby mientras evadía el abrazo del comandante Hunter. - Mientras no remates tu descubrimiento con un abrazo o un beso...

Al ver que Rick cambiaba de blanco y se acercaba a él, Max Sterling entró en guardia bien rápido.

- Woah... alto ahí, jefe - exclamó Max para detener a Rick. - ¿Qué pasa?

- Creo que voy a ir a lo de Claudia y decirle que le voy a prestar la casa a su hermano y su cuñada hasta que consigan la suya propia... - explicó el comandante Hunter, muy satisfecho consigo mismo con su genialidad... en especial con la parte que él no había dicho y que le parecía aún más genial.

- ¿Y donde vas a vivir tú mientras--? - quiso saber Miriya sólo para que la respuesta viniera rápidamente con la fuerza de la obviedad. - Oh...

Rick asintió lentamente, sonriendo de oreja a oreja y con toda la expresión de un niño a punto de hacer una maldad... aunque también se parecía a la de alguien que acaba de descubrirse a pocos pasos de llegar al mismísimo Paraíso, algo que Max no perdió tiempo en remarcar como solía hacerlo:

- Qué bueno es tener a alguien que te preste refugio, comandante...

- ¡Hunter, eres un grandísimo idiota! - bramó Shelby, descolocando una vez más a los tres pilotos de Veritech, en especial a Rick, que estaba demasiado ocupado vanagloriándose por su idea como para pensar qué podía verle Shelby de idiota al asunto.

- ¡Hey! - protestó el piloto, pero Shelby no le hizo ningún caso, sino que comenzó a caminar hacia Rick para plantarse frente a él.

- ¿Por qué no piensas un poquito más allá? - lo increpó el teniente Shelby, clavando su dedo índice en el pecho de Rick con demasiada fuerza para el gusto del piloto. - ¿O no sabes la oportunidad que tienes a tus pies?

- Max, ¿me podrías decir qué diablos está queriendo decir ese tipejo de uniforme marrón? - reclamó Rick a su mejor amigo, mientras intentaba no doblarse del dolor que Shelby le provocaba.

Por su parte, tanto Max como Miriya habían captado al vuelo las insinuaciones del teniente Shelby, encontrándose en completo acuerdo con lo que había dejado implícito el oficial del Ejército... una idea que a los dos les parecía no sólo maravillosa, sino también algo más que adecuado para el nivel que habían alcanzado Rick Hunter y Lisa Hayes en su relación.

Fue Max el que se ocupó de tratar de hacer entender a Rick; era una operación que requería sutileza y diplomacia, atributos de los que su adorada esposa carecía por completo.

- Creo, Rick, que te está sugiriendo un curso de acción más... radical...

- ¿Eh? - gruñó Rick sin captar absolutamente nada de lo que allí se discutía.

Tomándolo del hombro y llevándolo hasta un rincón más alejado del trajín de aquella sala, Max le hizo a Rick una pregunta sencilla que esperaba que su amigo pudiera comprender en todo su significado.

- ¿Por qué tienes que prestar la casa a los Grant?

- Porque me preocupa que estén apiñados en lo de--

- No me escuchaste, Rick - lo interrumpió Max con brusquedad, tratando de darle énfasis a la parte clave de la pregunta. - ¿Por qué prestarles la casa cuando puedes...?

Una vez más, sólo hubo incomprensión y confusión en la cara de Rick Hunter, hasta que una Zentraedi habituada a resolver las cosas con violencia decidió que la franqueza y la honestidad brutal eran las mejores maneras de superar la incapacidad de Rick para captar indirectas.

- Rick, Maximilian y Daniel quieren decirte que lo que tendrías que hacer es ofrecer tu casa de manera permanente al teniente Grant y mudarte a lo de Lisa... permanentemente.

- ¡¿QUÉ?! - exclamó Rick en medio de lo que parecía ser un ataque de apoplejía, a la vez que Shelby aprovechaba la oportunidad para respaldar a Miriya en su propuesta.

- Piénsalo, Rick, es la oportunidad perfecta... y podrás dar el siguiente paso con tu comandante favorita.

- Pero no puedo poner a Lisa en semejante compromiso... - balbuceó con inseguridad el comandante Hunter.

- ¿Y qué te hace pensar que le va a molestar? - replicó Max de manera risueña. - A fin de cuentas, prácticamente viven juntos, sólo cambian de casa cada noche...

- Míralo desde este otro ángulo, Hunter - insistió Shelby, que veía que Rick estaba a punto de reconocer lo que para ellos había sido obvio y evidente por sí mismo. - Evitan duplicaciones inútiles de gastos en agua, energía, teléfono...

- Y ni qué decir en lavandería... - agregó Miriya, ganándose la mirada desconfiada de Max... que tras un año de matrimonio ya tenía bien en claro que su esposa no era de aquellas que medían sus palabras.

Sin que él tuviera que pedirlo, Rick se tomó unos segundos para considerar la idea... era algo que le causaba inquietud y no poco temor dado que se trataba de un gran paso, un paso verdaderamente trascendental en su relación si es que podían concretarlo... y a decir verdad, la oportunidad que la llegada de Vince y Jean Grant le proporcionaban era una que bien valía la pena aprovechar...

Y de sólo pensar en compartir el lecho de Lisa Hayes en forma permanente, de vivir bajo el mismo techo con ella, de despertar e irse a dormir con ella, de compartirlo todo y sin reservas... de formar un hogar con ella... el corazón de Rick Hunter comenzó a dar brincos en su interior, emocionando al piloto de combate a más no poder.

- Oye, no es una mala idea... - debió reconocer Rick, a quien la emoción por el prospecto de finalmente vivir con Lisa bajo el mismo techo le estaba empezando a resultar muy atractiva. - ¿Crees que a Lisa le vaya a gustar?

- ¿Gustar? - murmuró incrédulo Miriya; su intuición femenina a toda máquina. - ¡Creo que te va a preguntar qué diablos estuviste esperando para lanzarte a esto!

- Sólo hay una forma de averiguarlo, jefe... - agregó Max, mientras Shelby sonreía satisfecho.

Pasaron unos cuantos segundos de silencio, interrumpido por el trajín de la Base Aérea, mientras tres oficiales observaban a un joven piloto de combate que estaba librando su eterno y duro combate contra las dudas que siempre lo azotaban... una batalla con sus avatares, sus avances y derrotas, sus momentos sombríos y sus triunfos eufóricos, coronados por una victoria que quedó patente en la sonrisa y en la mirada brillante del teniente comandante Richard Hunter, mientras él hallaba la fuerza para poner su decisión en palabras.

- Creo... creo que le voy a proponer la idea a Lisa... y veremos qué piensa...

Cosa inédita en la historia de las Fuerzas de la Tierra Unida, un oficial del ejército y dos pilotos de Veritech (una de ellos Zentraedi) encontraron algo en lo que estaban plenamente de acuerdo y que les causaba un gran orgullo, y que no tuvieron mejor forma de demostrarlo que dándole una viva y simultánea palmada en la espalda a un atribulado teniente comandante de las Fuerzas Espaciales, que casi se dobló de la fuerza de esos golpes mientras sus amigos coreaban un elogio sentido:

- ¡Ese es mi muchacho!


- ¿Cómo nos estamos sintiendo hoy, Miriya?

Como siempre, Miriya tenía que hacer un gran esfuerzo para recordar todos y cada uno de los síntomas que venía experimentando en su embarazo antes de responder a la pregunta que le había hecho su ginecóloga, la doctora Valerie Cascio... a cuyo consultorio había logrado llegar justo a tiempo para la sesión que tenía programada, a pesar de la demora de Max en regresar de su vuelo de patrullaje.

- Muy bien, muy bien... - sonrió Miriya mientras se pasaba una mano por sobre su vientre, que a su tercer mes de embarazo ya empezaba a tomar un perfil bastante notorio.

Sentada frente a Miriya y del otro lado del escritorio, y sonriendo de manera amigable, la ginecóloga familiar de los Sterling aprovechaba el instante para pensar por enésima vez cómo había llegado a aquella situación.

La doctora Valerie Cascio, cuyo uniforme militar asomaba por debajo de la bata blanca que vestía orgullosamente como símbolo de su profesión, era una ginecóloga militar de unos treinta y cinco años de edad, que se había unido al servicio de las Fuerzas de la Tierra Unida pocos años después de su formación, atraída tanto por su vocación médica como por un interés por asegurarse de que las mujeres militares tuvieran acceso a un tratamiento médico adecuado a su condición.

Hasta la fecha, la carrera de la doctora Cascio había sido bastante satisfactoria para ella; había alcanzado el rango de teniente comandante en el servicio médico militar, se había ganado un buen lugar en la planta permanente del hospital militar del SDF-1, un puesto que aún conservaba en el nuevo Hospital Militar de Nueva Macross, como miembro del departamento de Ginecología y Obstetricia... pero nada de eso, ni siquiera su buen humor y excelente trato hacia los pacientes, la había preparado para lo que era el desafío médico de su carrera.

Para Valerie Cascio, todo había empezado un lejano día de febrero cuando recibió la llamada emocionada de un colega y amigo suyo del hospital militar, el doctor Martti Kinnunen, que le avisaba en un tono misterioso y bastante inquietante que muy pronto podría tener un gran caso en sus manos.

A la llamada del doctor Kinnunen la siguió una llamada aún más escalofriante de parte de un alto directivo del equipo científico del mismísimo doctor Lang, que le requirió extraordinaria discreción a la hora de atender su próximo caso, así como le pidió además "tener informado" al doctor Lang acerca de cualquier situación inusual que llegara a presentársele.

Dos horas después de aquella segunda llamada, una aterrorizada doctora Cascio recibía en su consultorio a una joven pareja de pilotos de combate que venía a atenderse con ella por recomendación del doctor Kinnunen, tras descubrir que la mujer de la pareja estaba esperando bebé. Al principio, la doctora Cascio no podía imaginarse qué tenía de extraño todo aquel asunto... hasta que reparó en que la mujer en cuestión era una antigua piloto de combate de las Fuerzas Zentraedi.

Y por segunda vez en aquel día, Valerie Cascio sintió un sudor frío recorriéndola... porque a su consultorio habían llegado muy orondos y campantes los futuros padres del primer híbrido humano-Zentraedi en la historia, para pedirle si podía hacerse cargo del manejo médico de dicho embarazo.

La mayoría de los médicos que no sueñan con un Nobel o con una carrera mediática ni se hacen ilusiones de eso, prefiriendo ocuparse de cosas más tranquilas... de modo que a la doctora Cascio le resultó bastante irónico verse arrastrada por el destino hasta un lugar de lujo en la historia de la medicina.

Al menos, reflexionó la doctora, siempre era reconfortante ver un embarazo que se desarrollaba con normalidad... había tenido demasiadas historias infelices de nacimientos muertos, embarazos inviables y abortos terapéuticos durante los duros días que siguieron a la Lluvia de la Muerte... momentos duros y espantosos que habían puesto a prueba no sólo el compromiso médico de Valerie Cascio, sino también su propia estabilidad emocional...

Y con la misma energía con la que siempre le pedía perdón a Dios por todo lo que había ocurrido aquellos días, la doctora Cascio se esmeraba por hacer que cada embarazo que tratara terminara de la mejor manera posible.

- ¿No hubo más dolores por la noche? - quiso saber la doctora, que como siempre, tomaba cuidadosa nota de todo lo que ocurría con el embarazo de Miriya Sterling, tanto para su propia tranquilidad como médica como para mantener calmado el interés voraz del doctor Lang y el resto de los exobiólogos y científicos del SDF-1.

- Ninguno, excepto cuando Max--

- Entendí, ya lo tengo claro - se apresuró a detenerla la doctora, ya muy al tanto de la falta de discreción de Miriya Sterling en lo referido a asuntos maritales. - ¿Estás tomando los medicamentos que te recomendé?

- Tal y como lo indicó, doctora - contestó muy orgullosa Miriya, repitiendo al pie de la letra la indicación que la doctora le había hecho días atrás. - Uno por la mañana, antes del desayuno, y otro por la noche, después de cenar...

- Muy bien... - la felicitó la doctora, satisfecha de que una paciente con la fama de rebeldía de Miriya Sterling continuara en su senda de cooperación, para luego mirar al hombre que estaba sentado junto a la piloto de combate. - ¿Y el señor Sterling está colaborando con usted?

Los ojos de Miriya destellaron resentimiento al mirar a su esposo... esa clase de resentimiento que Max sólo podía reparar de una única forma...

- Eso quisiera... - gruñó Miriya, causando de inmediato que su esposo protestara para defender su honra y caballerosidad.

- ¡Querida!

Rápidamente la doctora intervino para evitar que esa consulta degenerara en un match cuerpo a cuerpo entre el señor Sterling y la señora Sterling... la agresividad parecía ser moneda corriente en ese matrimonio tan insólito como milagroso.

- Tranquilícense los dos... estoy segura de que alguna manera van a tener de sobrellevar todo esto. No son la primera pareja en tener un niño...

- Niña, doctora Cascio - la corrigió Miriya con rotunda seguridad en sí misma.

Visiblemente sorprendida por la seguridad y confianza que exudaba Miriya, la doctora Cascio no pudo sino acomodarse y preguntarle directamente a su paciente:

- ¿Y cómo lo sabrías tú, Miriya?

- Lo sé - fue la respuesta de Miriya, una respuesta que no admitía la más mínima duda.

Al principio, la doctora Cascio temió que todo ese embarazo fuera un desastre sin atenuantes... dado que debería supervisar el comportamiento de una mujer que hasta hacía un año no tenía la menor idea de los rudimentos más básicos de la sexualidad humana, o siquiera de que existía una manera de traer gente al mundo que no involucrara cámaras de clonación... y los primeros exámenes ginecológicos de Miriya no habían sido prometedores, en particular por el comportamiento de la paciente.

Pero para sorpresa de la doctora (e indirectamente de todos los científicos y militares que seguían con gran interés el embarazo de Miriya Sterling), la oficial Zentraedi había demostrado una increíble habilidad para adaptarse a las exigencias de la maternidad, así como para adoptar los comportamientos humanos correspondientes a una situación como la de ella... agregándole, desde luego, su muy particular toque.

Y era bueno que Miriya Sterling encontrara relativamente sencillo el poder adaptarse a las exigencias que le imponía su gravidez, porque la doctora Cascio tenía muy en claro que lo que iba a poner sobre la mesa en ese momento iba a ser para la piloto Zentraedi algo muy duro de oír... y de aceptar.

- Miriya, tenemos que discutir algo muy importante... - comenzó la doctora, hablando en un tono grave y serio.

Del otro lado del escritorio, Miriya reaccionó con extrañeza... y luego con un súbito temor que la llevó a adoptar una postura defensiva.

- ¿Se refiere a la mermelada?

- No es eso--

- Porque me gusta mucho la mermelada, y no voy a dejarla por nada del mundo... - se apuró a aclarar Miriya, quien ya se sentía cercana a una prohibición de consumir su antojo favorito.

Viendo que la cosa se estaba saliendo de control, la doctora Cascio hizo borrón y cuenta nueva y comenzó una vez más, preocupándose por dejar bien en claro su postura acerca de la obsesión de Miriya por la mermelada.

- Miriya, lo que voy a decirte no tiene nada que ver con la mermelada...

- Mejor así... - suspiró aliviada la Zentraedi, dándose el gusto de sonreírle a su esposo como si necesitara tranquilizarlo a él.

Por desgracia para Miriya, y sin que ella lo supiera, la doctora Cascio tenía muy en claro que el alivio de la Zentraedi iba a ser temporal... y que bien pronto ella estaría escuchando algo que sería mucho más duro que cualquier restricción al consumo de mermelada.

Inclinándose sobre su escritorio, la doctora juntó sus manos y procuró mirar a Miriya a los ojos, tratando de parecer lo más segura, seria y comprensiva posible, mientras preparaba en su cabeza la manera en la que le haría saber su decisión a la piloto de combate.

- Como sabes, el estar esperando a un bebé es algo que requiere muchísimo cuidado y atención--

- Lo sé, doctora, y por eso Maximilian y yo nos hemos estado--

- ¡MIRIYA! - exclamó una vez Max, temeroso de que su adorable esposa continuara proclamando al mundo sus secretos de alcoba... e inconscientemente dándole un segundo más de respiro a la doctora Cascio.

Pero por desgracia para la doctora, no había forma de evadir lo que tenía que hacerle saber a Miriya, de modo que juntando fuerzas una vez más, se decidió a dejar el asunto bien en claro... costara lo que costara.

- Como te decía, Miriya... es esencial para que el bebé pueda desarrollarse bien el que la madre se abstenga de hacer mucho esfuerzo físico o de exigirse demasiado...

- Lo entiendo... - asintió Miriya.

- Y me temo mucho que...

- No sea tímida, doctora Cascio... - la invitó a seguir Miriya, sin saber que no era timidez lo que detenía a la doctora Cascio, sino el temor a cómo iba a reaccionar Miriya a lo que iba a decir...

Pero bueno, era hora de dejarlo bien en claro, de modo que la doctora Valerie Cascio se lanzó a dejar el asunto en claro, esta vez de manera definitiva.

- Me temo mucho que las exigencias físicas a las que se ve sometida una piloto de combate pueden ser... riesgosas para el bebé.

Los ojos de Miriya se abrieron bien grandes, y su cara formó una expresión de total incomprensión... la oficial Zentraedi hizo lo posible por entender lo que la doctora le quería decir, pero al cabo de unos segundos no le quedó otra cosa más que lanzar una sencilla y desconcertada pregunta:

- ¿Perdón?

"Lo lamento, Miriya, pero esto va en serio" pensó la doctora Cascio, que no estaba dispuesta a revelarle a Miriya que lo que le iba a decir venía por orden directa del mismísimo almirante Gloval, que al igual que el doctor Lang, estaba muy interesado en que aquel embarazo llegara a término y evitando cualquier complicación posible.

- Miriya, mi consejo profesional es que solicites una licencia temporal como piloto de combate... hasta tanto nazca el niño - descerrajó la doctora, que al terminar se sintió aliviada y apesadumbrada a la vez.

El consultorio de la doctora Valerie Cascio cayó en un tenso e incómodo silencio que sólo fue roto por la respiración irregular de Miriya Sterling.

- ¿Quiere que deje de volar? - balbuceó Miriya, dolida al principio pero lentamente acumulando irritación y pura furia. - ¿Que deje mi VIDA?

- Este embarazo es muy especial, y no estaría cumpliendo mi deber como doctora si no te pidiera que fueras extremadamente cautelosa, Miriya... - trató de explicarse la doctora Cascio, apelando a su tono más conciliador y profesional. - Las cosas que hace un piloto de combate pueden provocarles consecuencias muy serias para el bebé que llevas dentro.

Miriya no quiso creerle a la doctora... por nada del mundo quería aceptar siquiera la posibilidad de quedarse en tierra, de perder la oportunidad de surcar los cielos, de combatir en el aire o en el espacio... de hacer aquello para lo que había sido creada... y así se lo demostró a la doctora Cascio con una mirada fría y terrible, que a su vez le dejó bien en claro a la doctora que había que exponer los riesgos en todo su potencial.

- Incluso podrías llegar a perder a tu bebé - remató la doctora, congelando en su sitio no sólo a Miriya, sino al propio Max.

La mirada de Miriya se tornó furiosa, y todo el cuerpo de la Zentraedi pareció estremecerse de furia, al punto que cuando habló, cada palabra salió de los labios de Miriya Sterling como si estuviera propulsada por la indignación y la furia.

- Usted evidentemente debe pensar que yo soy una persona débil...

- Amor, escúchala... - le imploró Max, rogando en silencio que su esposa entendiera razones.

- ¡¿Por qué?! - bramó una Miriya más triste que furiosa, por más que ella no quisiera admitirlo. - ¡Soy la mejor piloto de combate que hay en este planeta, y no pienso dejar de volar por nada del mundo!

- ¡Porque lo dice por tu bien, por eso! - replicó Max alzando la voz con dolor. - ¡Porque dentro tuyo estás llevando una nueva vida y tienes que ser responsable por ella!

- ¡Mi vida es volar!

Con infinita tristeza, y deseando hacerle entender a su esposa lo mucho que todo esto le preocupaba, Max le contestó con suavidad... revelando en ese momento hasta qué punto él se preocupaba por el bienestar de esa irascible y altanera mujer que lo había enloquecido...

- Mi vida eres tú... - continuó Max, acariciando el vientre de su esposa... - y pronto será ella también...

Miriya no sabía qué decir... no sabía cómo hacer que su esposo comprendiera que el volar era mucho más para ella que lo que los micronianos llamaban un "hobby" o una "pasión"... era literalmente su vida misma, era aquello para lo que había venido al universo, era eso que le daba sentido a su vida y que la hacía ser lo que ella era...

Y de pronto, Miriya se perdió en la mirada tierna y enamorada de su esposo... y pronto terminó por entender que en su vida había más que volar... mucho más...

- ¿Podrías hacerlo por los dos, amor? - suplicó Max, mientras la doctora Cascio trataba de ser lo más discreta y poco conspicua posible. - Prometo que las voy a cuidar mucho...

- ¿Cómo sabes que es una niña? - preguntó Miriya, ya casi al borde de las lágrimas...

Max le sonrió, y volvió a acariciar con ternura el vientre de su esposa, dándole luego un beso en la mejilla mientras se explicaba:

- Porque tú crees que es una niña... y porque confío en ti...

Unos cuantos segundos pasaron hasta que algo parecido a una respuesta apareció en la expresión de Miriya Parino-Sterling; en un principio, fue algo casi imperceptible y fugaz... pero con el paso de los segundos, la dureza y firmeza de la Zentraedi cedió paso a una expresión más calma, pero no menos defensiva, hasta que por fin, exhalando como si estuviera encontrando alivio al hacerlo, Miriya le lanzó una advertencia a su ginecóloga de cabecera:

- Sólo mientras dure el embarazo, doctora Cascio.

- Sólo mientras dure el embarazo, Miriya - confirmó la doctora, haciendo luego una importante salvedad que esperaba que mejorara el humor de la teniente Parino-Sterling. - Ten en cuenta que ni siquiera tienes que pedir que te den licencia del servicio activo... sólo deberás dejar de volar hasta que nazca el bebé.

A su lado, Max no podía sino acariciar la mano de su esposa, tratando de darle fuerza y alentarla... él sabía cuán doloroso debía ser para Miriya tener que renunciar, aunque sea de manera provisoria, a volar, y sabía que sólo iba a poder sobrellevarlo si él ponía todo de sí para hacerla sentir bien.

- Estoy seguro de que Rick tendrá algo en qué mantenerte ocupada hasta que llegue el momento, amor...

- Odio sentirme inútil - protestó Miriya, sin que el optimismo de Max hiciera mella en su decaído ánimo.

- No tienes por qué ser inútil - contestó Max, quien de pronto vio una luz al final del túnel para su esposa. - Una pregunta, doctora...

- Las que quiera, teniente.

- ¿Esta restricción no excluye los simuladores, no?

Tras pensarlo bien, la doctora Cascio se jugó por una respuesta prudente.

- Sólo si no son de los que simulan demasiado bien lo que es volar un caza Veritech... ¿qué tiene en mente?

Sin contestarle a la ginecóloga, Max tomó por los hombros a su esposa y la miró a los ojos, tratando de contener las ganas de besarla que lo habían invadido, mientras su mirada brillaba con el fulgor de una idea que podía solucionar todos sus problemas.

- Amor, ¿qué te parecería la idea de patear los traseros de todos los pilotos de combate de la Base Aérea?

- ¿A qué te refieres, Max?

- A programar y servir como "rival" en todas las prácticas de simulador... - sugirió Max, agregando luego a modo de incentivo: - Podrás dispararle a gusto a otros pilotos de la base... y después, burlarte de ellos en la cafetería...

La idea en sí no era mala: según lo veía Max, Miriya podía hacerse cargo de los equipos de simulación de la Base Aérea, poniendo su experiencia de combate al servicio de los equipos de simulación para darles a los escuadrones de combate algo serio frente a lo que pudieran practicar sus habilidades... y de pronto, Max pensó que estaban a punto de darle un nuevo y mejorado significado al viejo adagio que afirmaba que mientras más se sudara en las prácticas, menos se sangraría en el combate...

Bastó que Max se perdiera en los intensos ojos verdes de su esposa para comprender que finalmente se había convencido de que la idea no era para nada despreciable... y Max no pudo sino sonreír al ver en la mirada de su esposa ese fulgor centelleante que siempre le aparecía cada vez que la batalla se acercaba.

- ¿Me prometes una cosa, Maximilian? - solicitó Miriya con voz tranquila y una sonrisa en los labios.

- La que quieras, amor...

- ¿Podría competir primero contra ti?

Una vez más, Max Sterling sonrió a su esposa, tomándola de la mano para asegurarle que cumpliría con aquella condición... así como para advertirle que no esperara la menor concesión por estar ella embarazada.

- Por supuesto.

Con todo resuelto, Miriya se volvió hacia la doctora Cascio, que durante toda aquella conversación había mantenido un perfil bajo y discreto, acostumbrada como estaba a ver discusión tras discusión entre las parejas que solían consultarla para los embarazos... y esta vez, nada indicaba que Miriya guardara rencor o resentimiento hacia la doctora por haberle dicho que debía mantenerse lejos de las actividades de combate.

Todo lo contrario: Miriya Sterling incluso parecía ansiosa...

- ¿Dónde tengo que firmar para que me den esa licencia, doctora Cascio?


Viernes 13 de abril de 2012

Una rápida y majestuosa fanfarria, con iguales partes de orquestal y de electrónica, suena acompañando a la serie de gráficas generadas por computadora que ocupan la transmisión televisiva. De una de esas gráficas, que simula un haz de luz que da la vuelta al mundo, aparece el logotipo de la cadena de televisión, al tiempo que la voz modulada de un locutor anuncia formalmente el título y comienzo del programa.

- Ahora, las Noticias MBS del mediodía, con Yasmeen Sharif.

Las gráficas digitales se disuelven en la transmisión, que luego muestra una vista panorámica de los estudios y redacción de noticias de la cadena MBS, y los últimos acordes de la fanfarria de apertura acompañan a la cámara mientras se fija en la bien maquillada y cuidada cara de la conductora del noticiero. Esta, por su parte, sonríe a la cámara, gesto que se transmite al instante a los televidentes que acaban de sintonizar la transmisión de noticias.

- Muy buenos días a todos ustedes y bienvenidos a Noticias MBS - dice la reportera, cortando la frase sólo para otra sonrisa. - Estos son los principales titulares a las 12 del mediodía.

Una versión más rápida de la fanfarria de apertura suena mientras la transmisión vuelve a mostrar gráficas de computadora, esta vez acompañando las imágenes de un imponente complejo de edificios en pleno trabajo de ser preparados para un gran evento.

- Preparando el escenario: continúan los trabajos para poner a punto al nuevo Centro de Gobierno en Ciudad Macross, con vistas a la ceremonia de inauguración del Senado - relata la conductora del programa mientras la transmisión muestra imágenes de un amplio recinto de sesiones. - Además: ¿Cambios en el Consejo? ¿Nuevas caras en el Gabinete? ¿Quiénes serán los líderes de la oposición en la Cámara? Los últimos rumores y corrillos de la política, analizados para usted por nuestros especialistas.

Atrás quedan las imágenes del recinto de sesiones; esta vez, el titular viene acompañado por imágenes de diversas ciudades en todos los continentes de la Tierra. Algunas de esas ciudades se ven flamantes y modernas, verdaderos oasis de civilización y desarrollo en medio del desierto global; otras muestran las cicatrices aún no borradas de la jornada de fuego que casi acaba con la raza humana.

- Remembranza: distintas ciudades del mundo se preparan para la conmemoración del primer aniversario del ataque de Dolza - explica la conductora del noticiero. - Los planes oficiales del GTU para el 18 de abril todavía están cubiertos por el secreto, pero ya han empezado a trascender algunas propuestas.

Una nueva serie de imágenes reemplaza a las anteriores. Esta vez no hay ni paz ni recogimiento, como había sugerido el titular anterior; en estas imágenes, los espectadores pueden ver en toda su crudeza escenas de violencia y disturbios en las calles de una ciudad, en donde a los avances descoordinados y furiosos de turbas embravecidas les responden los movimientos precisos y estremecedores de soldados equipados para la guerra. Una espesa nube de humo, o de gases tal vez, nubla todo el escenario, pero a través de ella los espectadores pueden ver que no hay un sólo edificio en esa calle que tenga sus ventanas intactas.

- Paz lejana: Nuevos disturbios en la ciudad de Dayton entre manifestantes separatistas y las tropas de ocupación de la Tierra Unida dejan un saldo de cinco muertos y veintitrés heridos - anuncia la periodista; las imágenes de violencia son sucedidas por una conferencia de prensa encabezada por un general vestido con uniforme de fajina cuyas palabras permanecen en silencio, bloqueadas por la locución oficial del noticiero. - Ante la posibilidad de más incidentes, las autoridades militares en Ohio consideran endurecer la ley marcial actualmente imperante.

Otra conferencia de prensa aparece en pantalla, pero esta vez no hay ningún general en una locación azotada por la violencia. Detrás del atril que ocupa el centro de la imagen, el orador es un hombre de aspecto más fino y pulido, quizás, pero tanto o más duro que cualquier general. Atrás del orador, varios hombres miran a la cámara con expresiones indescifrables, mientras detrás de ellos pueden verse mástiles de los que ondean pabellones dominados por un color rojo sangre. Ni siquiera los flashes de cientos de cámaras logran cambiar el ánimo o la expresión del orador y de sus acompañantes; antes al contrario, sólo los hacen adoptar poses más oficiales mientras siguen con su anuncio.

- Buscando la unidad: los líderes del Bloque Soviético anunciaron hoy que están dispuestos a iniciar negociaciones con las regiones rusas del GTU con miras a la reunificación de la Federación Rusa en el corto plazo. Todas las repercusiones en el GTU y los gobiernos regionales rusos, en minutos...

De la sala de prensa y sus pétreos ocupantes, la transmisión pasa a un amplio salón repleto de pantallas de datos y poblado por personas pequeñas vestidas con trajes de negocios que se mueven sobre un suelo repleto de papeles desperdigados por doquier. Estas personas corren de un lado a otro, agitando pequeños papeles y reaccionando a los datos que aparecen en las pantallas como si de éstos dependieran sus propias vidas.

- Apertura prometedora: tras su primera semana de operaciones completas, las acciones en la Bolsa de Valores de Nueva York trepan, especialmente en el sector de las industrias de armamento luego de que Corporación Meridian anunciara la creación de Sistemas de Defensa Meridian, su primera subsidiaria en el campo de la tecnología militar.

Pantallas muy parecidas a las que llenaban la sala de operaciones de la Bolsa aparecen en la transmisión, pero éstas corresponden a computadoras caseras en distintas escenas que quizás fueran cotidianas, de no ser porque a su alrededor pueden verse a docenas de técnicos festejando como si acabaran de vencer una gran batalla.

- On-line una vez más: con la interconexión de cuarenta y ocho redes locales en todo el mundo, renace Internet después de casi un año de colapso por el Holocausto de Dolza. Qué es lo que se ha hecho, y qué falta todavía para que todos podamos estar una vez más navegando la Red de Redes...

Con aquel último anuncio, la transmisión vuelve a enfocarse en la conductora del noticiero, quien luego de una de sus clásicas sonrisas, hace un anuncio a la cámara mientras toma en sus manos unos papeles, que después pretenderá ordenar cuando la cámara haga un alejamiento.

- Estas y otras noticias, luego de unos breves anuncios de nuestros patrocinantes. No se vayan, por favor... ya volvemos con Noticias MBS al Mediodía.


Para Lisa Hayes, habituada por naturaleza a los días duros, ese día en particular había sido de lo más duro y arduo que había tenido que enfrentar desde el día en que hizo su ingreso a las Fuerzas de la Tierra Unida. Además de las locuras cotidianas que tenía que supervisar dada su condición de jefa de la Central de Operaciones, Lisa y el personal bajo su mando debieron vérselas con los malabarismos militares que planteaba el tener que hacerse cargo del retorno de las fuerzas que habían combatido en Ohio junto con el arribo de las unidades transferidas a la región capitalina.

Como resultado, a la Central de Operaciones le correspondía negociar y solucionar el desquicio de vuelos, convoyes, transportes y movimientos de tropas que convergían en una Nueva Macross que estaba cercana a convertirse en el epicentro mundial del caos.

Y eso sin contar las mil y una exigencias de seguridad resultantes de la inminente inauguración del Senado de la Tierra Unida; el magno evento seguramente iba a atraer la atención de todas las personas que se creían con buenas razones para atacar al Gobierno de la Tierra Unida, desde manifestaciones violentas y caóticas hasta, Dios no lo quisiera, terroristas o cosas aún peores. Todas las tropas en la capital estaban en alerta máxima, y era tarea de los controladores bajo el mando de Lisa Hayes el coordinar sus acciones y recibir la información proveniente de las tropas... llevando a los controladores y oficiales de la Central muy cerca del surmenage o del colapso nervioso.

Para horror de Lisa Hayes, ni siquiera los oportunos cafés que tanto Claudia como Kim se habían ocupado de llevar a la Central lograban mejorar su ánimo o reponer sus fuerzas... haciéndole temer a la comandante Hayes que las cosas fueran de mal en peor.

Nunca jamás le había fallado el café.

Pero afortunadamente para la comandante Hayes, había algo que nunca fallaba con ella... algo que hizo su aparición en el pasillo de acceso a la Central de Operaciones exactamente a las 1755 horas, en el momento preciso en que Lisa adelantaba cinco minutos su final de turno, algo a lo que se había visto obligada tras rendirse a su espantoso dolor de cabeza.

La cura para todos los males de la comandante Hayes era el teniente comandante Rick Hunter, que tras completar su propio turno de servicio se había apresurado a buscar a su novia al mismísimo SDF-1, quizás sabiendo inconscientemente que Lisa necesitaba de su compañía con urgencia... y que sin hacerle caso ni al protocolo militar ni a la más elemental paciencia se había apostado en el pasillo, esperando a que Lisa saliera para rescatarla de ese día.

Lisa Hayes jamás entendería, ni quería hacerlo, cómo diablos ese piloto de cabellos oscuros y ojos azules era capaz de convertir un día odioso en todos los sentidos en una tarde prometedora y alegre; sólo sabía que el milagro jamás fallaba, y cuando Rick ofreció "sacarla de esa endemoniada fortaleza espacial para que tomara algo de aire", Lisa no necesitó ni que le repitieran ni que le insistieran para aceptar gustosa la oferta, con lo que apenas diez minutos después los dos ya estaban bien lejos del SDF-1, caminando en medio del viento frío de aquella tarde invernal.

Las vueltas de la vida los habían llevado a los dos a compartir un buen café con sandwiches en el Café Seciele, que rápidamente se había convertido en el "antro" favorito de ambos... un lugar tranquilo y agradable en donde los dos pudieran hablar de lo que se les viniera en gana, sin preocuparse de otra cosa que no fuera la cuenta que les llegaría, y que siempre terminaba siendo más abultada que lo que se proponían.

No que a alguno de los dos les molestara: a fin de cuentas, si la pasaban bien...

Al descanso en el Café Seciele le siguió una necesaria y reconfortante caminata por una de las avenidas más anchas y arboladas de Nueva Macross, que los condujo hasta una plaza cercana que los dos se resolvieron rápidamente a explorar.

La plaza en sí estaba completamente cubierta de pasto, y disponía de unos pintorescos senderos de piedra para recorrerla, a la vera de los cuales había bancos para sentarse y sencillamente disfrutar de un minuto de tranquilidad y aire fresco en aquella ciudad que cada día se volvía más ruidosa y enloquecedora. Había unos cuantos árboles en la plaza, de múltiples y variadas especies, que al verlos no daban la impresión de haber sido plantados nueve meses atrás. El tamaño de aquellos árboles se debía a las manipulaciones genéticas que los equipos del doctor Lang habían realizado en sus semillas, como parte de un programa que buscaba acelerar el crecimiento de las plantas y vegetales y así darle más ímpetu a la restauración ambiental de la Tierra.

Caminando a la sombra de unos "pinos mutantes", como los llamaba en broma Rick, los dos jóvenes oficiales sencillamente dejaban que el ambiente tranquilo de la plaza, la conversación agradable que mantenían y la enloquecedora compañía mutua hicieran maravillas por quitarles el estrés de un largo día de trabajo... y los temas de conversación que elegían sólo hacían que su humor mejorara, como ocurrió cuando Rick se lanzó a relatarle a Lisa las desventuras y locuras que sobrevinieron en el Escuadrón Skull cuando se conoció la noticia de la suspensión de vuelo impuesta a Miriya Parino-Sterling por decisión de su ginecóloga.

Al principio, Lisa había reaccionado con preocupación; ella conocía bien a Miriya y si la Zentraedi sentía la mitad de la pasión que Rick sentía al volar, entonces tener que quedarse en tierra por seis meses más iba a ser algo insoportable para ella... pero conforme Rick relataba la historia, las sonrisas salieron con naturalidad, e incluso un par de risas escaparon de la comandante Hayes cuando Rick le contó del plan que Max había pergeñado para mantener entretenida a su esposa mientras le estuviera vedado volar, por no decir las caras que Miriya había puesto mientras su esposo hacía esa sugerencia.

- ¿Y entonces qué hiciste? - quiso saber Lisa, que miraba a Rick con vivo interés y entretenimiento.

- Hacerle caso a Sterling, desde luego - contestó Rick como si fuera algo obvio, encogiéndose de hombros.

- ¿Y nadie protestó en el equipo de simulación?

- Por el contrario... todos están más que felices con la idea - la corrigió Rick, con toda la apariencia de estar divirtiéndose horrores con las desventuras de una de sus mejores pilotos. - Ellos por tener a una piloto como Miriya para ayudarlos a rompernos la cabeza a los pilotos... y yo porque no voy a tener a una Zentraedi enfurruñada atacando a todo lo que se mueva porque no la dejan volar...

- Eres cruel, Rick - le espetó Lisa, aparentando estar ofendida por la forma en la que Rick se refería a Miriya.

- No - se defendió el piloto.

- Sí - insistió la comandante.

- ¡NO!

- ¡SÍ!

Finalmente, y como último recurso, Rick se lanzó estrepitosamente a los brazos de la comandante Hayes, rodeándola con sus propios brazos y estampándole una serie de besos en los labios que le quitaron a la orgullosa oficial toda idea de seguir picándole la cresta a su piloto... o cualquier otra cosa que no fuera besarlo y dejarse besar por él, para luego hacerle saber mediante ahogados soniditos que ella estaba disfrutando con locura ese ataque sorpresivo...

- ¿Soy cruel ahora? - preguntó Rick casi en susurros, mientras alrededor de ellos dos soplaba el viento frío de la tarde.

- Lo voy a pensar... - contestó Lisa con voz embelesada, superándolo luego para volver al tema original de conversación. - ¿Está de mal humor Miriya?

- Está un poco enojada... yo lo estaría si me pasara lo mismo.

Pese a que la cara de Rick era de pesar y tristeza de imaginarse lo que sentiría si le prohibieran volar por seis meses (si ya le había destrozado el quedarse en tierra sólo un mes como sanción), la frase que él acababa de decir se le hizo demasiado oportuna a Lisa como para dejar pasar la chance de hacer una broma más a costa de su piloto.

Rick debió advertir que se le venía encima una broma cuando al mirar a su novia a los ojos, encontró aquella chispa traviesa que preanunciaba el ataque...

- Si te pasara lo mismo, Rick, lo primero que espero es que me digas quién es el padre... - disparó Lisa, quien entró a reír cuando vio que el teniente comandante Hunter ponía cara de desconcierto primero, y de indignación después.

- ¡Qué descaro!

Fue entonces el turno de Lisa de tranquilizar y quitarle lo ofendido a su piloto con un beso, que a pesar de sus mejores esfuerzos por hacerlo apasionado y demoledor, terminó siendo algo tierno y divertido para los dos, condimentado con las risitas involuntarias que tanto ella como Rick le ponían al asunto... risas que no terminaron ni siquiera cuando los dos dejaron de besarse.

- Volviendo al tema... - murmuró Lisa para recuperar el aliento - qué bueno que por lo menos tenga a Max a su lado, ¿no te parece?

- Amén... y qué bueno que Sterling tenga la paciencia que tiene, porque de lo contrario...

- No seas cruel - lo reprendió Lisa con su mejor indignación femenina. - Lo que importa es que no haya problemas en el embarazo y que el niño nazca bien...

De pronto, Rick se detuvo, recordando súbitamente un detalle curioso que había notado tanto en Max como en Miriya cuando aquella mañana le comunicaron la noticia de la suspensión de vuelo de la teniente Sterling...

- ¿Sabes? No sé por qué, pero tanto Max como Miriya están convencidos de que va a ser una niña...

- Qué curioso... - respondió Lisa, interesada repentinamente en el tema. -Supongo que hay que creerles a los padres de la criatura...

- Me parece razonable... - concluyó Rick mientras sin proponérselo se distraía sobre cómo la paternidad cambiaba a las personas... y encontrando que los Sterling habían cambiado mucho desde que se enteraron de aquella bendición en sus vidas.

Antes eran arriesgados y competitivos a más no poder, sin perder ninguna oportunidad de desafiarse o de entablar combate, sea en el aire, en los simuladores o, ya en el terreno privado, en los asuntos amorosos... eran el epítome de la personalidad competitiva y ambiciosa del piloto de combate, alguien que vivía sólo para ser el mejor y para hacérselo saber al mundo.

Pero ahora, los Sterling parecían ser más cautelosos y medidos, sin perder jamás ese ánimo de competir que los caracterizaba, sólo que encauzado hacia las bromas y picadas de crestas de siempre... ahora, los dos mejores pilotos del escuadrón de Rick se protegían en todo lo que pudieran, y se comportaban más como un equipo que como dos rivales... era una transformación que no dejaba de sorprender a Rick o a cualquier otro piloto del Escuadrón Skull.

Por su parte, y tras darle a Rick un considerable tiempo para que haga sus reflexiones, la comandante Hayes se acurrucó bien cerca de su piloto, respirándole cerca del cuello con un aliento que Rick encontró irresistible, mientras le susurraba al oído del teniente comandante Hunter una pregunta que era inocente sólo por su tono...

- Ahora que sacaste el tema, ¿qué crees que vaya a ser nuestro bebé?

- ¡¿EH?! - contestó aterrorizado Rick, que ya estaba devanándose los sesos para recordar si había visto señales de que Lisa anduviera en la dulce espera, y que se le hubieran escapado...

El no encontrarlas, y el ver que Lisa no tenía la apariencia de hacerle una broma -lo estaba taladrando con su mirada, y tenía los labios apretados; su típica cara de seriedad-, sólo contribuyó a que el terror de Rick se hiciera irresistible... y a que su rostro se tornara pálido como hoja de papel, mientras todo lo que podía hacer era mirar a Lisa con unos ojos azules que destilaban pánico...

Y entonces, la máscara de seriedad de Lisa se partió en mil pedazos, mostrándole a Rick a una mujer a quien él adoraba por sobre todo en el mundo... pero que a pesar de ese amor que él le profesaba y que ella retribuía, se estaba burlando de él sin la menor señal de vergüenza...

- Caíste... - canturreó Lisa al oído de Rick, haciendo que al piloto le hirviera la sangre de ganas de matarla y besarla a la vez.

- ¡¡Hayes, espera a que te ponga las manos encima!! - bramó indignado Rick, haciendo gestos de lanzarse a atrapar a una escurridiza Lisa que no dejaba ni de burlarse de él ni de hacerle comentarios sugerentes y provocadores...

- Ojalá me pusieras las manos encima, Hunter...

Cuando todo se calmó, cuando Lisa dejó de bromear a costillas de su piloto y cuando Rick renunció al anhelo de castigarla allí mismo (aunque no de castigarla aquella noche en la cama), Lisa retomó la conversación, recordando algo que se le había pasado de comentarle a su novio:

- Hablando de mujeres embarazadas... ayer conocí al hermano de Claudia y a su esposa...

- ¡Ah, qué bien! - contestó Rick con una gran sonrisa. - Vince y Jean me parecieron muy buena gente...

Lisa lo miró extrañada, confundida y con viva curiosidad en su mirada.

- ¿Y tú cuándo los viste?

- Ayer en la Base Aérea... Max nos presentó, él había escoltado su vuelo.

- Mira qué curiosidad... - comentó la comandante Hayes, sorprendida por aquellas casualidades de la vida.

- ¿"Muy pequeño el mundo es", Hayes? - canturreó Rick antes de besar a Lisa en la mejilla como si le pidiera perdón con ese gesto.

- Tonto - lo reprendió Lisa, volviendo rápidamente al tema del teniente Grant y de su esposa. - Pero como te decía... me parecieron muy buenas personas. - Él es un calco de su hermana... salvo en el humor asesino, y ella da toda la impresión de ser una mujer extraordinaria y una doctora de primera...

- No me imagino lo contenta que debe estar Claudia ahora que tiene a sus parientes cerca de ella...

Lisa no lo comentó allí mismo, pero todavía tenía muy vívida en su memoria la imagen de absoluta felicidad que destilaba su mejor amiga, de alivio, de paz y tranquilidad... todas esas emociones que no la habían dejado ni por un instante durante la tarde que la comandante Grant había compartido con su hermano, su cuñada y Lisa... la alegría incomparable de una persona que se reencuentra con un ser amado al que había creído perdido...

Jamás en su vida Lisa había visto a Claudia tan feliz y emocionada... pero eso era algo que más valía dejar en reserva y no comentar por allí, de modo que la respuesta a la pregunta de Rick fue una pequeña mentirita blanca:

- Está que salta en una pata de la felicidad, pero no quiere que nadie se entere...

- Típico - gruñó Rick, aunque ahora una idea que jamás había dejado de rondar su cabeza lo estaba asaltando con renovados impulsos.

Una idea que lo ilusionaba y que lo aterraba a la vez... una idea que de concretarse podría ser el principio de muchas cosas, de una verdadera nueva etapa en su vida corta y ajetreada... una idea cuyo futuro estaba en las manos de aquella mujer de cabello color miel e intensos ojos verdes, que continuaba caminando acurrucada a su lado en esa fresca tarde de abril, dándole al piloto de combate un pequeño anticipo de lo que iba a ser el calor de dormir junto a ella...

- Oye, ahora que mencionaste a los Grant... estaba pensando - comenzó a hablar Rick para luego dejar todo el asunto flotando en el aire.

- ¿Sí? - lo invitó a terminar Lisa, apretándolo del brazo para remarcar el pedido.

- ¿Ellos te dijeron donde se iban a hospedar aquí en Nueva Macross?

- Me comentaron que por ahora no tenían residencia asignada, pero que Claudia les había dado albergue... - contestó Lisa tras hacer memoria, para luego entregarse a una repentina curiosidad. - ¿Por qué lo dices?

- Porque anduve pensando algo al respecto... - contestó en tono misterioso y ansioso Rick, cuya atención fue rápidamente captada por uno de los bancos de madera de aquella plaza, colocado al lado del camino y bajo un frondoso abedul. - ¿Por qué no vamos a ese banco de allí?

La comandante Hayes miró a su novio con preocupación y cautela.

- Rick, cuando me dices que nos sentemos termino preocupada...

- Sólo sentémonos, ¿te parece? - insistió Rick, que ya la estaba llevando de la mano y a paso vivo a aquel banco de madera... porque a él no se le hacía posible tratar una cuestión tan grande estando los dos parados y sin reposar.

Resignándose a lo que su piloto tenía en mente, Lisa se dejó conducir hasta el banco, aceptando luego que Rick la ayudara caballerosamente a tomar asiento, y esperando en impaciente silencio a que él hiciera lo mismo. Ya sentado junto a ella, Rick la acercó con su brazo hasta hacer que Lisa reposara sobre su pecho, lo que a él le daba la oportunidad de llenar sus pulmones con el aroma suave del cabello de Lisa, ese aroma que a él lo fascinaba más que cualquier flor...

- Bien, Rick, ya estamos sentados - anunció Lisa, haciendo lo posible para no dejarse encantar por la magia del momento y olvidarse de que Rick tenía Algo Grande para hablar. - Escupe.

El piloto comenzó a hablar con cierta timidez, como si estuviera tanteando aguas peligrosas e insondables... lo que lo obligaba a actuar con prudencia.

- Estaba pensando en que me parecía bastante mal que los Grant no tuvieran residencia, más con Jean embarazada... y teniendo que estar los tres viviendo con Claudia en una cajita de fósforos, creo que eso es una receta para el desastre.

- Se me había cruzado la misma idea por la cabeza... cielos, una mujer embarazada sin una casa propia en donde vivir - acotó indignada Lisa, volviendo luego a su piloto y a sus misteriosos planes. - ¿Pero qué pensaste?

Una vez más, Rick miró a su novia con emociones encontradas: esperanza por un lado, e incertidumbre por el otro... emociones que lo obligaban a continuar tanteando el terreno con sus palabras, mientras hacía lo posible por no sucumbir a la mirada implacable de esos ojos verdes...

- Se me ocurrió que tal vez... sólo "tal vez"... podría encontrarles a los Grant un lugar más definitivo en donde vivir.

- Ahora mi pilotito es más listo que la Dirección de Bienestar Militar - contestó ella en tono cariñoso, besándolo primero en el mentón y luego en los labios a la vez que él ponía cara de ofendido.

- ¡No te burles, trato de hacer una obra de bien!

- Jamás me burlaría de ti, pilotito... - le prometió la comandante Hayes, justo en el instante en el que sus labios volvieron a encontrarse con los de Rick...

Un instante en el que ella aprisionó los labios de su piloto con los suyos, llevándolo sin derecho a réplica a una experiencia de placer y amor que hizo estallar todas las preocupaciones de Rick, dejándolo sólo con el deseo de sentir a su novia mientras ella exploraba desvergonzadamente su boca, infligiéndole una dulce tortura que él jamás quería que terminara, y que le hizo exclamar con voz ahogada:

- Aw...

Sabiendo que Rick Hunter estaba totalmente a su merced, Lisa hizo más intenso ese beso, acompañándolo con repetidas y rítmicas caricias en el cuello y hombros de Rick, caricias que no por ser tiernas dejaron de encender el fuego en el corazón de un piloto de combate que todos los días encontraba nuevas razones para amar a aquella mujer... y para convencerse de que el camino correcto en su vida había comenzado el día en que los dos se encontraron por primera vez como personas que podían amarse...

Y la vida para Rick era dejarse amar por ella, dejarse acariciar por ella, dejarse subyugar por esa mirada hipnótica, por esa personalidad maravillosa... dejarse enloquecer por Lisa, como ella lo estaba enloqueciendo en esa tarde invernal, al punto de hacerle olvidar que los dos estaban en un parque, porque la sensación de estar besándose con tanta pasión era una verdadera promesa del Paraíso.

Una promesa que, desafortunadamente, debió concluir cuando los dos se rindieron a la falta de aliento en sus pulmones y al total agotamiento que les había venido como consecuencia de la energía puesta en aquel beso tan devastador como apasionado... aunque la pasión no murió en sus miradas, que continuaron clavándose en los ojos del ser amado, igual de intensas y prometedoras mientras los dos se separaban...

- ¿Me decías? - preguntó con voz dulce y enamorada Lisa, cuidando de no dejar de mirar a Rick a los ojos. - ¿Y cuál sería aquel lugar donde podrían vivir los Grant?

- ¿Me prometes que no te enojas? - imploró Rick.

- ¿Me prometes que no me haces enojar más demorando? - replicó Lisa, aunque Rick bien sabía que eso era una broma... porque ella lo miraba con todo el amor del mundo.

"Bien, Hunter... no lo demores más", se dio ánimos en silencio el Líder Skull, "si quieres que esto salga adelante, pon todas tus fuerzas y pon las cartas sobre la mesa..."

- Mi casa - exclamó por fin Rick, sintiendo que se quitaba un peso del pecho al lanzar esas dos palabras.

Pero en el rostro de Lisa no había ni comprensión ni acuerdo... sólo una completa perplejidad que no tardó en convertirse en incredulidad cuando su mente, aún embotada por los efectos de aquel beso, ofreció una posible explicación a las palabras de Rick.

- ¡¿Qué?! - bramó Lisa, asustando un poco al comandante Hunter, aunque no lo suficiente como para hacerlo desistir de sus planes.

- En mi casa, Lisa... - se explayó Rick, obligándose a mirar a Lisa a los ojos mientras lo hacía. - La idea que tengo es cederles mi casa a los Grant para que la usen...

- ¿Y a donde diablos irías tú? - quiso saber Lisa, con igual mezcla de incredulidad y temor en sus palabras.

Dándose ánimos, juntando fuerzas de donde no las tenía y fortificándose para enfrentar lo que prometía ser una campaña ardua y difícil, Rick acarició el rostro de Lisa para ablandarla, mientras le sonreía con ternura y amor al decirle:

- Lisa, no sé si te has dado cuenta, pero te amo...

- No metas eso en la conversación, Hunter... - lo cortó en seco (y no muy convencida de tener que hacerlo) la comandante Hayes, sin que por eso hiciera que Rick dejara de acariciarla.

- Te amo como no te imaginas - continuó el comandante Hunter, poniendo todo lo que sentía en aquellas palabras. - Y la verdad, no sé qué haría si no estuvieras más conmigo...

- ¿A qué viene todo esto, amor?

Lisa lo sabía antes de que Rick dijera una sola palabra... podía ver la respuesta en esos ojos azules que la habían conquistado, esos ojos que ahora la miraban con inquietud y esperanza, como si en ese momento se estuviera jugando la vida... podía sentir la respuesta en el toque frío con el que Rick tomaba sus manos entre las de él...

- A que ya no puedo estar más sólo en esta vida - concluyó Rick.

- ¿Qué?

Unas lágrimas inoportunas hicieron brillar los ojos de Rick, azuzadas por el recuerdo de un tiempo oscuro y difícil en las vidas de ambos...

- ¿Recuerdas... recuerdas cuando lo de la Comisión-- cuando estuvimos...?

- Sí... me acuerdo... - le respondió Lisa con lágrimas en sus propios ojos, salvando a Rick de poner en palabras aquel momento negro de su relación.

Por su parte, Rick continuaba... poniendo su dolor en palabras, en un esfuerzo por hacerle saber a Lisa la naturaleza del demonio del que quería escapar, lo horrible que para él era esa soledad que buscaba exorcizar junto a ella... y que había visto en todo su espantoso dolor durante los dos días que los habían visto separados y enfrentados por una idiotez suprema...

- Recuerdo lo que fueron esos días sin ti... llegar a una casa vacía sin que estuvieras allí, o ver tu casa y saber que no podía ni siquiera acercarme...

- Me pasaba exactamente lo mismo... - contestó Lisa, cuyo corazón se partía de dolor al pensar en que para ella había sido exactamente igual atravesar por esos días de soledad y desesperanza... y sin que ella lo supiera, sus ojos se nublaron con el mismo dolor y tristeza que embargaban a los de Rick...

- Y recordaba lo espantoso que era no tenerte cerca, no escuchar tu voz... irme a dormir sin que tú seas lo último que ocurrió en mi día... o despertarme sin mirarte a los ojos...

Lisa no supo qué contestar, qué decirle a su amor... y aún de haberlo sabido, su voz estaba demasiado quebrada como para poner sus sentimientos en palabras, de modo que simplemente tomó la mano de Rick en la suya para darle todo el aliento posible...

Y cuando lo hizo, cuando sintió el calor de Rick en sus manos, todo cobró completo sentido para Lisa... era como si todo estuviera perfectamente claro ante sus ojos.

Por su lado, Rick se obligó a recobrar las fuerzas... el momento decisivo estaba cerca... estaba a punto de enfrentar la verdad...

- Amor, ya no puedo vivir sólo, eso es lo que trato de decirte... - suspiró el piloto, casi sin habla - y no sé qué piensas tú, pero a mí--

- Me encantaría, Rick... - lo interrumpió con plena decisión la comandante Hayes, quien gracias a una epifanía -o tal vez al consejo de su propia intuición- había descubierto el significado pleno de lo que Rick estaba queriendo decirle... no sabía cómo lo sabía, sólo lo sabía, y mirar al hombre de su vida a los ojos la convenció de estar en lo cierto...

- ¿Eh? - contestó confundido el comandante Hunter, inseguro sobre qué era precisamente lo que a Lisa le encantaría... especialmente por temor a que ella hubiera interpretado todo de manera equivocada.

Lisa se ocupó de acallar los temores de Rick con un largo y caluroso beso que obró maravillas en el abrumado piloto de combate... y que a la vez, puso fin a aquellos demonios de la soledad que los habían invadido segundos atrás... ese beso era la mejor manera que tenían los dos de reafirmar que estaban juntos ahora...

- ¿Cuándo te mudas? - susurró Lisa sobre los labios de Rick, mientras sentía que su novio recuperaba el ánimo y las fuerzas con sólo la promesa de una respuesta afirmativa a su anhelo...

- Entonces...

- ¡Entonces es un sí, piloto! - confirmo ella, lanzándose a abrazar a Rick con tanta fuerza que el piloto se sintió morir entre sus brazos...

Pero a pesar de eso, todavía Rick sentía que debía moverse con cautela... no quería precipitarse.

- ¿No te molesta entonces la idea?

- ¡Molestarme! - replicó incrédula la comandante Hayes, estrechando el abrazo que los unía. - Lo único que me molesta es que hayas tardado tanto tiempo en proponer esto, piloto tonto y adorable...

Pasaron los segundos, y todo el ser de Rick se estremeció de gozo; su mirada se volvió brillante de la emoción y sus labios sonrieron como si estuviera a las puertas del Paraíso, y todo lo que había en su mente y en su ser era amor hacia esa mujer joven y maravillosa que acababa de aceptar el reto que él había lanzado sin palabras...

- ¡¡Gracias, amor, gracias!! - le contestó Rick en una explosión de gratitud, regando besos por los labios, mejillas y cuello de su comandante favorita. - ¡Prometo ser un pilotito muy limpio y ordenado, cocinar cuando tú me lo pidas y dejar todo en su lugar! Ah... y también ocuparme de atender a mi comandante favorita...

- Ten por seguro que vas a dejar las cosas en tu lugar y ser limpio, Hunter, porque esto se acaba ahora mismo si no lo cumples - le advirtió con falsa dureza Lisa, sin decirle a Rick que ni por asomo iba a permitir que se escapara.

- ¡Sí, comandante! - respondió jubiloso el piloto, haciendo una venia que Lisa reciprocó de inmediato, antes de que los dos volvieran a abrazarse...

Y luego, envueltos en la alegría infinita que sentían, sus labios volvieron a encontrarse, para sellar dulcemente y con ternura aquel acuerdo tan especial con el que los dos acordaban no sólo vivir bajo el mismo techo, sino poner los cimientos de un verdadero hogar.

Su hogar.

Mientras Rick Hunter y Lisa Hayes se abrazaban y besaban bajo aquel abedul en esa plaza tranquila de una Nueva Macross sobre la que estaba cayendo el atardecer, la tarde dejó de sentirse fría y pasó a ser cálida y prometedora...


Aquella noche el teléfono de la residencia de la teniente comandante Claudia Grant repicó con una insistencia casi humana, que hizo que Claudia gruñera con rabia mientras atravesaba el comedor de su casa para responder al llamado, dejando en la cocina una cena que estaba a medio cocinarse.

Jean estaba reposando en la segunda habitación de la casa, un cuarto de huéspedes que hasta la fecha había quedado sin usar, pero que Claudia había reservado para que descansara su cuñada embarazada. Vince, por su parte, debía estar regresando en ese mismo momento del Cuartel General, en donde había pasado el día poniéndose al tanto de sus deberes, así como peregrinando infructuosamente a la Dirección de Bienestar Militar para que le asignaran una residencia propia.

No que Claudia se molestara de tener a su hermano menor y a su esposa en la casa; antes al contrario, tanto Vince como Jean eran una buena compañía para una mujer solitaria como Claudia, y habían demostrado toda su intención de ayudar en lo que fuera mientras vivieran bajo el techo de Claudia... y ni qué decir de la pura felicidad que inundaba el corazón de Claudia al comprobar una vez más que su familia tenía futuro, y que en unos meses más ella tendría un sobrino...

Tal vez sus días no serían tan solitarios como lo había temido desde el momento en que Roy murió...

Pero a pesar de toda la felicidad, había momentos, como Claudia estaba descubriendo por esos días, en los que las exigencias de mantener un hogar se volvían sencillamente imposibles de ser enfrentadas.

Una vez más, Claudia Grant rogó para sus adentros que el éxito coronara los intentos de su hermano, deteniéndose justo cuando llegó al repicante aparato de teléfono.

- Residencia de la comandante Grant - anunció Claudia al descolgar el teléfono. - ¿Quién habla?

- Claudia, soy yo, Lisa - contestó una familiar voz de soprano del otro lado del teléfono. - Disculpa por la molestia, pero--

- Jamás molestas, Hayes - la tranquilizó con sorna Claudia. - A menos que llames a estas horas por cuestiones laborales. ¿En qué puedo ayudarte?

- ¿Por casualidad estaría Vince por allí?

Dicho y hecho, la puerta del frente de la casa de Claudia se abrió en ese mismo instante, dejando pasar al segundo teniente Vincent Grant, cuyo uniforme arrugado y percudido hacía juego con el cansancio que traía en su rostro... al igual que la mirada derrotada de un hombre que había fracasado en la empresa de aquel día.

"Mejor suerte mañana, Vince..." pensó Claudia al ver la cara de su hermano.

Claudia se acordó de que había alguien hablándole por el teléfono, aunque no pudo dejar de mirar a su cansado hermano mientras colgaba su chaqueta de servicio en un perchero de la sala de estar.

- Acaba de llegar en este mismo momento, Lisa - contestó Claudia a la pregunta que su amiga le había hecho un minuto antes. - ¿Qué pasa?

- ¿Podrías ponerlo al teléfono, Claudia? - inquirió Lisa. - Tengo una propuesta para hacerle...

Antes de que Claudia dijera una palabra, Vince ya estaba a su lado, mirando interrogativamente a su hermana al saber que él era el tema de conversación.

- Es para ti, Vince - dijo Claudia en tono misterioso, cediéndole el teléfono a su hermano.

- Teniente Grant al habla - se presentó Vince inmediatamente, adoptando al instante la postura de firme. - Buenas noches, comandante Hayes, ¿qué puedo hacer por usted?

Claudia sólo tuvo que ver el rostro de Vince para saber que lo que Lisa le estaba diciendo era algo muy bueno y positivo... porque la tristeza y el cansancio que traía su hermano desapareció por arte de magia, siendo reemplazado por una sorpresa increíble y por un alivio que no encontraba palabras para ser descripto...

- Muchas-- muchas gracias, comandante - balbuceó Vince en cuanto Lisa dejó de hablarle. - A usted y al comandante Hunter, por supuesto, sólo que--

El teniente Grant hizo silencio, evidentemente porque Lisa le estaba diciendo algo.

- Sí, señora, por supuesto que acepto, muchísimas gracias... se lo agradezco de corazón... gracias otra vez, y que ustedes dos tengan también una muy buena noche...

Con una mano temblorosa, Vince Grant colgó el teléfono y luego giró lentamente para enfrentar a su hermana, que lo miraba con confusión y un optimismo que ni ella podía explicarse...

- ¿Qué pasó, Vince? - preguntó Claudia.

La única respuesta que recibió fue un pulgar levantado, seguido luego por un abrazo de oso que casi exprimió a Claudia... luego de lo cual el teniente Grant corrió a la habitación de huéspedes para darle a su esposa lo que evidentemente era una gran noticia.


Lunes 16 de abril de 2012

Desde hacía unos cuantos días, se venían haciendo trabajos frenéticos para tener a punto el nuevo y flamante Centro de Gobierno de Nueva Macross para el momento de la jura de los nuevos senadores y la inauguración definitiva del Senado de la Tierra Unida.

Diseñado para servir como sede del Gobierno de la Tierra Unida mientras Nueva Macross fuera su capital, el Centro de Gobierno contaba con varios edificios de acero y vidrio, de diseño moderno y vanguardista, distribuidos en un predio de cuatro hectáreas ubicado a menos de un kilómetro de la inmensa mole del SDF-1. Cada edificio estaba destinado a una rama particular del Gobierno: uno de ellos albergaba al Consejo de Gobierno y a su staff de apoyo, otro servía de sede para los distintos ministerios del Gabinete, un tercer edificio actuaba como sede de la Corte Suprema de Justicia y de otros pocos tribunales de alcance mundial, y un cuarto edificio contenía a las oficinas privadas de los senadores de la Tierra Unida.

En el centro del cuadrángulo marcado por esos cuatro edificios se elevaba uno de más baja altura, pero de aspecto más clásico, en donde se hallaba el recinto de sesiones del Senado de la Tierra Unida, en donde en escasos minutos más, ciento cincuenta hombres y mujeres de diversas regiones del planeta prestarían juramento como integrantes de la rama legislativa del Gobierno de la Tierra Unida.

El recinto en sí no tenía ninguna pretensión de ser majestuoso o imponente, ya que a los arquitectos y diseñadores del lugar habían optado por un estilo modesto y sobrio en el contexto de un mundo arrasado, pero el lugar tenía una fuerza que hacía que quienes lo vieran por primera vez tardaran un poco en recobrar el aliento, con sus cientos de bancas dispuestas en un semicírculo y con la plataforma elevada en donde se sentaría el Presidente del Senado, rodeado por una plataforma más baja ocupada por el secretario de la cámara y su equipo de asistentes, y que contaba con un atril para uso de quien tuviera que dar un discurso frente a la Cámara.

Los diseñadores del Centro de Gobierno habían tratado de hacer que el lugar fuera lo más funcional posible, dado que de acuerdo a ciertos rumores que venían del seno del Gobierno, quizás en el futuro cercano la capital fuera trasladada a otra ciudad, lo que les imponía hacer un complejo que pudiera quizás, en un futuro, servir de sede para una universidad o alguna otra utilidad semejante.

Pero esa era una cuestión que quedaría para el futuro; ese 16 de abril, el recinto de sesiones sólo sería utilizado para el juramento de los nuevos miembros, y para la primera sesión oficial del Senado, un evento que sería transmitido a todo el mundo a través de los servicios noticiosos existentes, incluyendo Internet, que ese día hacía su regreso triunfante como red de alcance global tras su práctica aniquilación durante el Holocausto.

Los primeros invitados comenzaron a llegar al recinto alrededor de las diez de la mañana, encontrándose con un lugar engalanado y limpio a más no poder, al que se le había dado un toque patriótico en su decoración, simbolizado por el gigantesco escudo de la Tierra Unida, hecho en metal, colocado en la pared y justo por encima del sitial del Presidente de la Cámara. Conducidos por los ujieres del recinto, los invitados fueron dispuestos en palcos y asientos especialmente preparados para la ocasión, en donde esperaron con paciencia a que dieran las doce del mediodía, hora en la que comenzarían oficialmente los actos.

Los medios de prensa estaban pendientes en todo momento de la llegada de los "grandes invitados" al evento, una lista que incluía a figuras como el almirante Henry Gloval, el propio presidente Tommy Luan, el futuro presidente del Senado, el antiguo consejero civil por Europa, Hans Burckhardt, quien había competido y ganado la senaduría por Nueva Berlín... y entre tantos otros, el propio Lynn Kyle, quien se dio el gusto de entrar al edificio de sesiones del Senado como si estuviera asistiendo a la premiere de una película.

Veinte minutos después de que Lynn Kyle hiciera su entrada triunfal, se dio comienzo a la ceremonia oficial.

Curiosamente para un evento tan importante como el que se celebraba aquel día, los organizadores de la ceremonia trataron de hacerla lo menos pomposa y recargada que fuera posible, con lo que tras una sencilla formación de honor realizada por un pelotón ceremonial del Ejército para recibir al presidente Luan y al Consejo de Gobierno en el recinto de sesiones del Senado, una voz oficial hizo un pedido simple a través de los altoparlantes del recinto:

- Se ruega a la concurrencia que se ponga de pie para oír el Himno de la Tierra Unida.

Los acordes de la marcha patriótica resonaron en todo el lugar, en medio del silencio respetuoso y grave de toda la concurrencia, que se abstuvo de hacer sonido alguno mientras sonara el Himno. Por su parte, la comitiva militar presente en el acto, encabezada por el almirante Gloval y formada por docenas de generales, almirantes y otros oficiales superiores vestidos con sus uniformes de gala, se mantuvo en posición de firmes y haciendo la venia, en señal de respeto no sólo al Himno, sino también a la bandera de la Tierra Unida que estaba siendo en ese mismo momento izada en un mástil colocado junto al estrado del presidente del Senado.

Cuando el crescendo final del Himno llegó a su fin y sus notas dejaron de sonar, todos los presentes aplaudieron largo y tendido hasta que, una vez más, la voz del maestro de ceremonias expidió instrucciones a través del altoparlante:

- A continuación, se tomará juramento a los señores senadores electos.

Las juras de los senadores no se atenían a ningún rígido esquema u orden prefijado: algunos cuantos senadores, pertenecientes por lo general al mismo continente, escogían hacer un juramento común y simultáneo mientras otros realizaban juramentos individuales; otros elegían jurar por Dios mientras que los ateos se abstenían de hacerlo. Algunos expresaban su juramento en su idioma natal, otros rubricaban documentos... en lo que a actos oficiales se refería, aquella toma de posesión de los senadores de la Tierra Unida fue un asunto bastante variado y, en ciertos momentos, pintoresco.

Por supuesto, hubo momentos en donde lo pintoresco cedió su lugar a la tensión y a la irritación contenida, como fue evidente para cualquiera que echara un vistazo al palco ocupado por las autoridades militares en el preciso instante en que un joven de no más de veinticinco años, de largo cabello oscuro y andar seguro, caminó por el pasillo hasta plantarse en el sitio en donde el Presidente del Senado, quien también ocupaba una banca en el Senado en representación de Nueva Berlín, le tomaría juramento oficial.

- Por favor, levante la mano derecha - solicitó el Presidente del Senado cuando Lynn Kyle se detuvo frente a él.

Con movimientos precisos y serios, el joven senador electo levantó su mano derecha en alto, mientras el Presidente del Senado se dispuso a leer la fórmula oficial a la que Kyle debía responder.

- Lynn Kyle, ¿jura usted solemnemente desempeñar con lealtad y abnegación el cargo de senador de la Tierra Unida por la Región Autónoma de Denver-Colorado, cumpliendo en todo lo que manden la Carta Constitutiva y las leyes de la Tierra Unida, respetándolas y haciéndolas respetar en cuanto de usted dependa, y sirviendo con todas sus fuerzas a los intereses de la humanidad?

- Lo juro - contestó con voz resuelta el joven, sin inmutarse por los flashes de innumerables cámaras o por las expresiones furibundas de dos docenas de jerarcas militares.

Haciendo lo posible para que en su rostro no quedara en evidencia el desagrado profundo que sentía por el nuevo senador, el Presidente del Senado se forzó a sonreír y a tender la mano al nuevo senador por Denver-Colorado.

- Felicitaciones, senador Lynn... queda usted incorporado.

El recinto del Senado estalló en aplausos, aunque ni Lynn Kyle ni nadie más hubiera sido capaz de saber cuántos de esos aplausos eran de genuina admiración, y cuántos eran meros formalismos.


Al cabo de una hora, la ceremonia de toma de posesión del Senado estaba comenzando a hacerse pesada para los más jóvenes e impacientes, categoría que por lo general incluía a los niños y adolescentes de hasta diecisiete años que habían sido arrastrados al recinto del Senado, ya sea porque sus propios padres estaban entre los juramentados o entre los altos personajes invitados a tan magno evento.

Curiosamente, esa categoría de "jóvenes e impacientes" también tenía entre sus filas a una persona sentada en uno de los tantos palcos de invitados reservados para los oficiales militares de la Tierra Unida... un joven teniente comandante de las Fuerzas Espaciales, que en el pecho de su uniforme negro de gala llevaba las alas doradas de un piloto de combate, y que sólo encontraba refugio ante el aburrimiento en el contacto permanente de su mano con la de una joven mujer sentada a su lado, quien de tanto en tanto le retribuía una sonrisa capaz de derretir el Polo.

Pero aún con esas sonrisas, aún pudiendo tomarla de la mano con disimulo, la ceremonia y sus integrantes estaban erosionando los nervios y la paciencia del piloto, al punto de hacerlo exclamar con cierto fastidio en medio de la jura de los senadores de las regiones australianas.

- Lisa, ¿podemos irnos? Me estoy durmiendo con estos tipos...

- Estamos en un acto oficial, teniente comandante - lo reprendió Lisa en una voz baja a la que se le notaban algunas risas. - Más le vale que se comporte.

Lejos de acatar la indicación de la comandante Hayes, Rick miró a ambos lados con impaciencia, buscando desesperadamente una forma de salir de aquel palco sin provocar mucho caos o atraer la atención sobre sí mismo... pero luego de varios segundos de buscarla, debió enfrentarse al hecho de que no había manera de irse sin poner a todo el palco de cabeza, lo que lo dejó frustrado en varios niveles...

En medio de su desesperación, tanto física como emocional, Rick volvió a susurrarle algo al oído a Lisa:

- ¿Hay baño en este edificio?

Por su parte, y sabedora de que de nada serviría reprender a su piloto favorito, Lisa sencillamente se ladeó hacia su costado para tener a Rick lo más cerca posible, y en cuanto se halló a tiro lanzó una promesa susurrada e interesante justo al oído de Rick:

- Hunter, si te portas bien el resto de la ceremonia y eres paciente, te daré una buena recompensa...

- Estoy abierto a sugerencias - contestó él, hablando justo lo suficientemente alto como para que a su lado un comandante de la Armada con cara de avinagrado lo mirara con reprobación.

Nadie más que Rick Hunter pudo oír lo que Lisa tenía para ofrecerle... nadie más que él tenía permitido conocer los extremos de pasión que ella prometía con sus palabras suaves y tiernas... y nadie más que él podía comprender hasta qué punto la promesa de Lisa valía el esfuerzo de mantenerse callado y en paz durante el resto de la ceremonia...

Sólo un comentario escapó de los labios de Rick Hunter cuando Lisa terminó de delinear su propuesta.

- Wowwww...

- ¿Convencido? - quiso saber Lisa, que aprovechaba la cercanía para sellar su oferta con un tierno beso en la mejilla de Rick.

- Muy - replicó Rick, quien rápidamente pareció encontrarle un interés a lo que ocurría en el recinto. - Ahora no hables más, amor... creo que jura el senador por Nueva Bangkok o algo así...


CONTINUARÁ