Capítulo XXVI

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Estaba llegando a casa. Eran más de la cuatro de la madrugada, quizás las cinco, pero a mí se me había espantado completamente el sueño. Detuve mi coche, junto al de Tom y me bajé, sin intención de entrar aún en la casa. Caminé en la penumbra del jardín, que se iluminaba por unas farolas bajas que estaban alrededor de la piscina. Encendí el tercer cigarrillo que me fumaba, desde que había salido del apartamento de Arien. Dos en el coche, aún fuera de su edificio, completamente consciente de lo mucho que me costaba dejarla.

Cuando el humo de la primera calada salió de mi boca, enredé los dedos en mi cabello, masajeando mi cabeza, esperando que mis ideas se calmaran. Noté que se me humedecían los ojos y como, finalmente, ya estaba sólo qué más daba llorar.

- Amar es una putada… - me dije a mí mismo, intentando recoger las lágrimas con el dorso de la mano, y que no dejaban de caer.

No estaba demasiado seguro de qué era lo que me ayudaba a mantener esta aparente calma. Las lágrimas eran una forma de expulsar el desconsuelo, porque no podía permitir que ese sentimiento, que ahora pesaba en mi alma, llenara cada espacio de mi vida. Muchas personas sobrevivían al dolor del amor. Yo también lo haría.

- Pensé que ya no llegabas… - escuché la voz de Tom tras de mí, ni siquiera lo escuché acercarse. Me pasé la mano por las mejillas una vez más, esperando que él no lo notara.

- Ya ves… te equivocabas… - no pude evitar el tono sarcástico de mis palabras, tiré el cigarrillo al suelo, aún de espaldas a él, y lo pisé. Sólo entonces me di la vuelta, pero no para hablar con él. Únicamente quería entrar en casa, en mi habitación. Permanecer en la penumbra, durante las horas que aún me quedaban de éste, el último día con Arien.

Pasé junto a Tom sin mirarlo. Sabía que la decisión e alejarme de Arien era mía, pero también sabía que lo había hecho por mi hermano, y aunque con el tiempo, estaba seguro que comprendería que era lo mejor, este día me sentía egoísta y dolido. No quería que Tom me hablara, ni que se me acercara, no quería ni que respirara cerca de mí, porque me dolía.

- Vienes de estar con ella ¿verdad? – me recriminó. Y sentí como ese egoísmo del que hablaba, estaba siendo desplazado por la furia. Apreté el puño y respiré profundamente, porque me sentía a punto de darle el mayor puñetazo de toda su vida.

- Tom… - pronuncié su nombre con aprensiva calma - … no quiero que vuelvas a mencionar el tema.

Él bufó, y supe que me escupiría alguna desagradable reseña de nuestra vida. Alguna estúpida historia en la que a sus ojos, yo era el egoísta que siempre hablaba de lo que quería. Me di la vuelta, y no estuve seguro si vio en mi rostro la ira, la tristeza, o la profunda soledad que ahora mismo estaba sintiendo. Pero se quedó en completo silencio, sin emitir ni una sola palabra más sobre el tema.

- Gracias… - susurré, con el mismo tono aprensivo de antes.

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- ¡En diez minutos! – nos avisó una voz desde la puerta.

Tom emitió uno de sus característicos tonos de nerviosismo, que yo secundé, con un poco menos de ímpetu. Gustav nos miró desde el rincón que había adoptado como su cuartel general, casi dos horas atrás, demasiado ensimismado, tanto, que parecía incapaz de entender el idioma en el que hablábamos los demás. Georg, sin embargo, reía de buena gana, sentado en un sillón, cada mal chiste que Tom en su nerviosismo soltaba. Yo caminaba de un extremo al otro de la habitación, entonando en voz baja, las notas de la primera canción.

- ¡Ya! – se volvió a abrir la puerta, y todos nos miramos como si nos estuviesen acusando de algún crimen. Una mirada furtiva y clara. Todos estábamos muertos de la ansiedad.

Nos reunimos, formando un círculo, como era nuestra costumbre, nos tocamos las manos y nos deseamos suerte a la vez. Luego comenzamos a avanzar por el pasillo que nos llevaría desde la habitación, gasta el escenario. Era el primer concierto del tour, y a pesar de lo nerviosos que solíamos ponernos siempre, en cada uno de los conciertos, éste indiscutiblemente, era el peor, aunque el hecho de encontrarnos en Hamburgo, mitigaba algo de esa inseguridad. Al menos nuestra familia estaría ahí, en medio del público, entregándonos su apoyo.

Cuando finalmente estuve sobre el escenario, y los fans gritaban con tanto furor que mi corazón ya no latía ni medianamente cerca, a lo que se puede catalogar como normal. La fuerza de cada latido se marcaba en mi pecho, y busqué utilizar esa misma fuerza al emitir la voz, extendiéndola, buscando tocar a cada uno de los que estaban presentes.

Las canciones se sucedieron del modo adecuado, concluyendo un concierto aceptable, pero al que, a mi modo de ver, le había faltado brillo. Por lo demás, los fallos técnicos y de precisión, los iríamos solucionando. Nadie que no estuviera familiarizado con la rutina que debíamos seguir, los habría notado, así que se podía considerar un concierto exitoso.

- ¡Ha sido estupendo! – exclamó Georg, presa de la euforia y la adrenalina, alzando una mano en dirección a Tom, buscando chocarla. Caminábamos aún por el pasillo que había tras el escenario, y que nos llevaría a la sala común en la que nos cambiaríamos.

Mi hermano respondió el golpe, pero en su rostro había un gesto, que a claras luces mostraba su frustración personal.

- Yo fallé dos acordes en la quinta canción – se quejó, como si se tratara de un error funesto.

- Es verdad, yo lo noté – aclaró Gustav, con los ojos puestos en quitarse las vendas de los dedos – y casi me desconcentro por ello.

Georg los miró continuando parte del recorrido caminando de espaldas.

- ¡Oh, vamos! … ¡¿No pueden ser tan amargados? – Georg normalmente era el más optimista de los cuatro. Camino otra vez de frente y me miró a mí, que iba a su lado, buscando mi apoyo - ¿No es así Bill?...

Lo miré y me encogí de hombros.

- Yo también me equivoqué… - sentí la mirada fugaz que Tom me dio. Probablemente él sabía a qué momento del concierto me refería. Y también sabía, que no había sido una equivocación en realidad, me había fallado la voz por otro motivo, uno muy personal, y que no compartía con nadie.

- ¡Oh! – se quejó Georg, alzando las manos al cielo, dramatizando una especie de suplica.

- Calma Georg… - habló Tom, palmeándole el hombro, utilizando su tono particular tono risueño, lo que me llevó a adivinar una broma más de su parte, para el pobre Georg – de todos modos iremos a esa fiesta, con las bailarinas que contrataste…

Georg se dio la vuelta, mirando a Tom casi alarmado.

- ¡Shhh!... – le exigió con un dedo en los labios, con tanto ímpetu, que casi me pareció ver saltar las gotitas de su saliva, desde la boca.

- ¡¿Qué bailarinas Georg? – escuchamos la voz de Liese, apareciendo por una puerta a pocos metros de donde nos encontrábamos.

Georg cerró los ojos, y todos nos reímos de buena gana ante su gesto, que marcaba un profundo dolor interno. Por todos era sabida la afición de Georg a 'mirar', pero a Liese parecía hacerle muy poca gracia.

- Los pasillo no son un buen sitio, para guardar secretos – volvió a intervenir Gustav, aún atento a las vendas que quedaban en sus dedos.

-Calla – murmuró enfadado Georg.

Sí, Georg, a veces también se enfadaba.

- ¿Georg? – insistió Liese, como clara señal de necesitar una respuesta.

Natalie también se asomó, tras ella, con una sonrisa traviesa jugueteando en los labios, sin querer perderse la pequeña batalla.

Georg se dio la vuelta y le sonrió a su novia.

- Son sólo para mirar… - se defendió.

Y ante aquellas palabras, el estruendo de nuestras carcajadas, se abrió paso por el pasillo, llenándolo.

Era increíble la forma que tenía el alma de protegerse, como intentaba subsistir, hundiéndose profundamente, para que el dolor no la alcanzara.

Cerca de dos horas más tarde, me encontraba en l barra de aquel pub de Hamburgo, en el que Georg había querido organizar una fiesta, para celebrar nuestro primer concierto. Debía de reconocer que ésta, a simple vista, no se parecía en nada a las que primeras fiestas a las que asistimos con la banda, pero si mirabas con ahínco en los rincones, te encontrabas con las mismas escenas que reinaban en aquellas, de hace algunos años.

- ¿Qué te sirvo? – preguntó el barman a una chica que acababa de abrirse paso junto a mí, llegando a la barra.

- Él estaba antes – aclaró ella, alzando bastante la voz, para ser oída por encima de la alta música.

La miré algo sorprendido, ella me sonrió podría decir que sin coquetería, sólo amabilidad, como quien ha hecho su buena obra del día. Yo me fijé en sus ojos claro, pero no tanto, y cuando los retiró de los míos, observé su cabello oscuro, ondulado, pero no lo suficiente.

- ¿Qué te sirvo? – se dirigió a mí el barman.

Y no supe si fue la amabilidad de aquella chica, la soledad, o simplemente el deseo de sentirme un poco menos muerto.

- ¿Qué bebes? – le pregunté a ella, que volvió a mirarme, ligeramente sorprendida.

- Sueño dorado – mencionó el nombre de su cocktail

- Un sueño dorado, y un vodka naranja – me dirigí al hombre, que de inmediato se fue en busca de lo que había pedido.

- Gracias… - me dijo la chica, con las manos apoyadas en el borde de la barra.

- Bill… - me presenté, en tanto esperábamos nuestras copas.

Ella sonrió sin mirarme. Era una sonrisa dulce, quizás demasiado.

- Sí, lo sé… - me aclaró, mirándome entonces. Entonces sonreí yo, era obvio que sabía quién era yo, después de todo era nuestra fiesta, así que no podía pretender ser un desconocido.

- Pero yo no sé tu nombre… - continué hablando, con el interés justo.

Ella se llevó la mano al pecho y fingió indignación. Lo que me obligó a ampliar la sonrisa.

- ¿Debería sentirme ofendida? – preguntó con una suave sonrisa jugueteando en la comisura de su labio.

- Quizás… - acepté.

Ella no reprimió una mirada coqueta. No era ciego, sabía que de alguna manera habíamos conectado.

- Marianne… - me dijo entonces.

- Hola Marianne… - quise sacarme de encima las tres últimas semanas. Los tres últimos veintitrés días de infierno. Todas aquellas horas de imaginarme qué estaría haciendo Arien, mientras i vida continuaba, la suya, seguramente también lo haría.

- Servidos – nos habló el barman, dejando las dos copas ante nosotros. Partiendo de inmediato, ante la exigencia de otro.

Comenzamos a caminar juntos, en medio de las personas. Los chicos y yo teníamos un sitio reservado.

- Yo estoy por allá – me indicó ella a su izquierda.

- Yo estoy en un rincón de perdición, por allá – indiqué mi derecha.

Ninguno de los dos habló de inmediato. Bebimos de nuestras copas y nos quedamos de pie al final de la pista de baile.

- ¿Tú contrataste a esas chicas? – preguntó por las bailarinas, que se contorneaba sugerentemente dentro de unas jaulas que tenían un cómodo sillón dentro.

Me reí, recordando el incidente entre Georg y Liese.

- ¡Lo hiciste! – me acusó Marianne, con una expresión mitad, sorpresa, mitad diversión.

- No, no, no… - comencé a negar, sin poder borrar la sonrisa, que parecía dejarme como un mentiroso.

Ella entrecerró los ojos, con una expresión que claramente buscaba hacerme confesar.

- Lo hiciste… - insistió con seguridad.

- No… - negué. La risa estaba remitiendo – ha sido… otra persona…

Marianne continuó analizándome, mientras revolvía su copa lentamente.

- ¿Qué tal tu sueño dorado? – le pregunté.

Ella abrió un poco los ojos, como si la hubiese sorprendido en algún pensamiento oculto.

- ¿Tu copa? – aclaré.

- Oh… muy bien… - respondió rápidamente.

- Bien… - se me estaba agotando el ya escaso tema de conversación – voy… - indiqué hacía el sitio en el que estaban los chicos.

- A tu rincón de perversión… - se apresuró a decir ella, sonriendo con aquella misma amabilidad, sin presunciones, del inicio.

- Sí… - sus ojos claros, buscaron en los míos, y aunque sabía que no podrían encontrar nada - … ¿quieres venir con nosotros? – la invité.

- Claro… - aceptó.

Y así caminé con ella. Deseando recrear en su cabello oscuro, la imagen de otra persona. Y en sus ojos claros. Unos más claros aún, que eran capaces de leer en mi alma, como jamás lo haría ella.

"Y en mis ojos la huella de los tuyos, selló el sueño para siempre"

Continuará…

Bueno, bueno, bueno… sé que no les gustará lo que han leído, pero se supone que cuando decidimos seguir adelante, estás cosas pasan. ¿Quién no ha querido alguna vez olvidar el pasado con un nuevo presente?

Espero que el capí les gustara, a mí me hizo reír un montón lo de Georg, y es que así me los imagino a ellos.

Besos y nos estamos encontrando.

Siempre en amor.

Anyara