Disclaimer: La trama le pertenece a G. Showalter y, los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.
Hola, como dije antes aquí regreso con el capítulo, espero que lo disfruten. Un beso y nos leemos dentro de tres días.
CAPÍTULO VEINTICINCO
Jasper y Carlisle volaban sobre el templo de la Deidad, mirando como cientos de demonios alados surcaban el cielo oscureciéndolo, reduciendo la marcha sólo cuando alcanzaban los ríos que serpenteaban alrededor de la estructura. Aquellos ríos fluían por los bordes de la nube, cayendo por los lados en cascadas impresionantes, enmarcadas por la estrella.
La mayor parte de los demonios lucharon con éxito contra las corrientes y lograron avanzar lentamente a través de los jardines a los caminos de alabastro, por delante de las columnas ricas en hiedra, a las puertas altísimas de dos hojas que conducían dentro. Pero no podían abrirlas, sin importar cuanta fuerza usaran, acuchillando, golpeando y dando patadas.
Durante un momento, Jasper regresó a la noche en que había encontrado a Isabella. Los demonios también los habían atacado sin motivo, todos en un intento de alcanzarla. Pero ella no estaba dentro, por tanto... ¿qué podrían querer esta vez?
—Nunca habían atacado a nuestra Deidad así —dijo Jasper. Las alas eran más pesadas que de costumbre, la nieve seguía cayendo—. ¿Por qué ahora? ¿Con qué propósito?
—Sólo puedo suponer que siguen órdenes —dijo Carlisle.
—¿Sí, pero de quién?
—No de Laurent, lo sabemos. Está fuera de servicio.
—El que tira de sus cuerdas, ¿quizás?
—Tal vez.
—¿Quién más sacrificaría a una horda entera en una misión suicida? Y otra vez, ¿con qué objetivo?
—Sólo hay una manera de averiguarlo.
Sí. Interrogatorio.
—No me gusta esto —se pasó la lengua por los dientes, observó su propia nube, una horrorosa mancha negra en esa extensión de azul intenso, durante un largo, silencioso momento.
Aunque Isabella estuviera dentro, los demonios no intentaron infiltrarse en la nube. Oh, lanzaban miradas de anhelo en el camino, incluso se dirigían hacia allí, pero todos eran repelidos y volvían para profanar el templo.
Carlisle suspiró.
—Digamos que los demonios están aquí simplemente distrayéndonos. Digamos que otra horda está en otra parte, esperando hasta que nos involucremos en la batalla para actuar. Aun así no nos podemos alejar de esto. Tenemos las órdenes de la Deidad y debemos cumplirlas.
Jasper preocupado se pasó dos dedos por la mandíbula.
—Tienes razón. Lo hacemos. Pero eso no significa que todo mi ejército sea necesario.
Imaginó a la mitad de sus tropas y proyectó la voz en sus mentes.
«Patrullar el cielo circundante, buscando algo sospechoso, cualquier tipo de la perturbación demoníaca». Si se sorprendieron por el nuevo sistema de comunicación, lo escondieron bien. Esto
era más fácil, más rápido, y sólo lamentó no haberlo hecho antes.
Recibió un: «¡Sí, señor!» después de otro.
«A mi señal», proyectó a la otra mitad, «atacamos». A Carlisle, añadió:
—Tú, Demetri y Félix escoltareis a tres demonios a Jacob. Vivos. —Jacob no estaba lo bastante bien para luchar, pero estaba fuera de su cama de enfermo—. Averiguar lo que podáis de ellos. Os acompañaré cuando el templo esté totalmente limpio.
Carlisle le palmeó el hombro. Era la primera vez que se habían tocado fuera del entrenamiento.
—Considéralo hecho. —Con esto, el ángel dejó a Jasper para reunir a sus amigos.
Dio un rápido vistazo a su nube -no pudo evitarlo-. Ninguno de los demonios intentaba entrar. ¿Qué estaba haciendo Isabella? ¿Echando humo por abandonarla? ¿Preocupándose después por su salud?
Eres un guerrero. Compórtate como uno. Dejó en blanco la mente, levantó la mano y creó la espada de fuego. En un abrir y cerrar de ojos, sus soldados también levantaron sus espadas. Nadie rompió filas actuando antes de que diera la señal. Esto también era nuevo.
El grito de guerra de Jasper resonó a través del cielo.
—¡Ahora!
Los ángeles cayeron en picado, Jasper incluido. Los demonios se congelaron en el lugar, temblando, pero ninguno huyó. Se abrió camino a través de ellos, sangre negra era rociada sobre la fachada de alabastro y nácar del templo, cabezas rodando, cayendo, sus adversarios muriendo con... sonrisas, se dio cuenta, como si ellos conocieran un secreto que él no.
Contempló nuevamente su nube, pero los demonios se mantenían alejados de ella. Quizás debería comprobar a Isabella. Ella...
Un fuerte peso cayó de golpe contra él, dándole vueltas sin fin. Perdió el agarre de la espada. Chocó contra el pasillo del fondo, expulsando el aire de los pulmones. No, no expulsando. Filtrándose. Los órganos habían sido perforados, porque tenía un par de cuernos introducidos en el pecho. Un veneno paralizante se infiltró directamente al cuerpo.
La distracción mataba. Sabía esto. Ah, lo sabía, y sin embargo ahora lo pagaría. Los músculos sufrieron espasmos ya que ordenó a los brazos que golpearan y a las piernas que dieran patadas, pero los miembros no obedecieron. El demonio se sacudió para liberarse, se rió alegremente y gritó a sus amigos.
Pronto, los demonios acorralaron a Jasper, mordiéndole, agarrándole, y no había nada que pudiera hacer para detenerlos.
«¿Estás todavía en el templo?» proyectó a Carlisle.
«Cerca». Una respuesta atropellada, indicando la rapidez de los movimientos del guerrero mientras hablaba.
«Estoy en los pasillos del fondo... ayúdame». Nunca había tenido que pedir ayuda antes, y tenía que ser aquí y ahora... era humillante.
Una eternidad pareció pasar antes de que los gruñidos y gemidos de dolor aparecieran a su alrededor. Los dientes fueron separados de él, los cuernos cortados, y los demonios comenzaron a colapsar uno tras otro a su alrededor.
—No te preocupes. Yo he estado donde estás. —Carlisle permaneció a su lado, matando a cualquier demonio que se atreviera a acercarse a él—. La toxina debería desaparecer en unos minutos.
Jasper sólo podía quedarse allí, sintiendo como si hubiera sido lanzado a los fuegos del infierno. Al menos todavía podía ver su nube... una nube que ahora tenía tres puntos de color en el centro. Oscuro, emergiendo... ¿rojo?
Rojo. Sangre. La sangre de Isabella. Un demonio cayó del centro, disparado hacia la tierra como una flecha. «La nube», gritó mentalmente a Carlisle. «Mi nube. Dentro. Isabella. ¡Ayúdala!»
Carlisle no se quedó para hacer preguntas, se lanzó. Al instante, los demonios que habían estado esperando, demasiado temerosos de atacar al guerrero allí, acorralaron a Jasper. Estuvo cerca de morderse la lengua por la mitad, y tiró de manera enérgica. No se sorprendió cuando el hueso del hombro se salió. ¿Pero logró liberarse de la corrupción del veneno? No.
Le arañaron la cara. Le acuchillaron el pecho. Le hicieron cortes en las piernas. Los demonios estaban demasiado felices, demasiado distraídos para notar cuando los músculos finalmente comenzaron a moverse nerviosamente de vuelta a la vida. Primero se movieron los dedos, después los dedos del pie, finalmente, la toxina completamente eliminada. Hizo encajar el hombro en su lugar y se levantó con un movimiento. Rugiendo, creó otra espada de fuego y la balanceó en círculos, cortando a través de cada uno que se agrupaba alrededor de él. Las cabezas volaron, y los cuerpos cayeron.
Extendió las alas y se disparó en el aire. Casi allí...
—¡Isabella! —Cuando intentó entrar en la nube, rebotó hacia atrás, los huesos le vibraron por el impacto.
Carlisle voló alrededor por el otro lado.
—Hay una especie de bloqueo. No puedo pasar sin matar tu casa.
—Lo siento —le dijo Jasper a la nube cuando balanceó la espada a través del lodo ennegrecido. Esto no era la muerte misericordiosa que había imaginado, pero, sin embargo, era una muerte.
Tenía que alcanzar a Isabella. Al instante una entrada se creó, los bordes chisporrotearon, el fuego creció, se extendió. Jasper se niveló y se dirigió a su dormitorio.
El horror le llenó. La sangre goteaba de las paredes, cubría la cama y el edredón, y hasta formaba pequeños charcos por todo el suelo, pero no había ningún cuerpo. Ninguna urna.
Carlisle se acercó a su lado.
—Es más fuerte de lo que parece. Independientemente de lo que pasó, se recuperará.
—Sí. —Aunque, ¿lo haría? Claramente una dura batalla había ocurrido aquí—. ¡Isabella! —gritó.
Ninguna respuesta.
Haciendo todo lo posible para controlar el pánico, buscó cuarto por cuarto mientras que la nube seguía quemándose desde el exterior, pronto desaparecería para siempre, pero no encontró ningún signo de ella. Simplemente había desaparecido.
—No está aquí. ¿Cómo puede no estar aquí?
—Podría haber... ¿caído? —La compasión marcando la voz de Carlisle.
No. ¡No! Jasper atravesó la nube hacia la tierra, Carlisle justo detrás de él.
«Vi a un demonio dejar la nube», proyectó. «Ese demonio podía haberla llevado con él y simplemente no la vi».
Si ese fuera el caso, habría luchado contra el demonio todo el camino, decidida a morir, antes que ser capturada y encarcelada. Si de alguna manera el demonio hubiera logrado mantenerla dominada, le habría hecho daño y sería un daño terrible, pero Jasper preferiría que estuviera herida que muerta.
Podría salvarla del daño. No de la muerte.
Ahora, sin embargo, tenía una respuesta a su primera sospecha. Los demonios habían atacado el templo por un motivo, sólo que no había adivinado que habían buscado la distracción y la soledad de Isabella. Furioso con los demonios, con él mismo, se lanzó lejos muy cerca de la superficie de la tierra, casi destrozándose las alas cuando redujeron la marcha. El aterrizaje le sacudió el cuerpo entero, haciéndole tropezar hacia adelante.
La primera cosa que notó fue el cadáver de un demonio en pedazos por el suelo. Una muerte reciente, la sangre líquida, sin coágulos, y no por el impacto, por garras. ¿Dos demonios luchando el uno contra el otro? Por el derecho sobre Isabella, quizás.
Jasper miró alrededor estrechando los ojos, buscando cualquier signo de ella. En cada dirección del bosque, los animales e insectos estaban extrañamente calmados.
A la izquierda, la luz de la luna se reflejó a lo lejos sobre algo. ¿Algo de Isabella? Corrió, dejando una estela de hielo, y recogió... la urna de su hermano. Estaba vacía.
El cristal se rompió en la mano.
—¿Qué es eso? —preguntó Carlisle cuando aterrizó.
Jasper se inclinó y acarició la tierra. Seca. La esencia de su gemelo no se había derramado aquí. Se podría haber caído dentro de la nube, y si ese fuera el caso, se habría ido para siempre, quedando solamente ceniza. Destruida por su mano como Edward mismo había sido. O uno de los atacantes de Isabella lo podría haber vaciado por el camino. Pero Jasper no lo sintió...
Espera. Sí, lo hizo. Había sentido a su hermano: El cielo de la mañana, gotas de rocío y una pizca de los trópicos. Alguien había absorbido su esencia.
Otro olfateo y Jasper comprendió que el olor se perdía. Quienquiera que se llevó la esencia de Edward se escapaba. ¿Isabella? ¿O un demonio? ¿O ambos?
—¿Jasper? —preguntó Carlisle.
—Ve. Ayuda a tus muchachos a interrogar a los demonios —le dijo a Carlisle. Si tuviera que destruir el mundo para salvar a Isabella, lo haría, pero no permitiría que el soldado fuese culpado de ninguna manera.
Sin esperar una respuesta, corrió hacia delante, diciéndose que no se permitiría más miedo o furia. Ni ahora ni más tarde. El pecho le ardía, seguramente sangraba, las fisuras que había sentido una vez ahora eran heridas auténticas ya que las emociones manaron a través de él.
Las ramas le golpeaban las mejillas, rasgándole la túnica. Las rocas dentadas le cortaban los pies desnudos, los demonios debían haberle quitado los zapatos. A lo largo del camino, evitó a dos demonios más, uno muerto, otro a punto de morir. No se paró, pero creó otra espada y acuchilló en el centro del cuerpo al que quedaba con vida.
En el borde del bosque había una cerca eléctrica. Isabella, una humana, no habría podido pasar por las púas en la parte superior, aunque quienquiera que se la llevaba y tenía la esencia de su gemelo, pudo hacerlo. Perseguía a un demonio, entonces. La pregunta ahora era por qué ese demonio arrastraba a Isabella con él.
Los instintos primitivos que le habían llevado a buscar a Isabella por placer, se afilaron en algo oscuro y mortal. La furia lo consumió completamente, ninguna duda sobre ello, manando la fuerza más destructiva que había experimentado alguna vez. Agitó las alas, con intención de volar, pero fijó la mirada en una marca oscura unida al metal.
Sangre. Roja, no negra. Fresca. Saturada con la esencia de Isabella.
Bien, entonces. No hubo más preguntas. Estaba allí, y le necesitaba. A pesar de todo lo que tuviera que hacer, la salvaría. Incluso a costa de su propia vida.
