Stupid me says: ¡Tristeza! Aww, tanto tiempo sin actualizar a mi pequeño bebé, duele, dueleee. Hum, bueno, después de tanto tanto tiempo, los saludo y agradezco por todos sus reviews, lecturas y por la espera. Contestaré algunas preguntas después, err, mhm, es muy noche, no esperen nada coherente aquí, je. Quiero dedicar este capítulo a mi querida Kassypor su cumpleaños, aunque sé que quizá no es el mejor capítulo que he hecho, lo siento (prometo actualizarme con todos tus bebés, argh, quiero leer algo que valga la pena y no cosas de la maldita tesis).
Bueno, los dejo con el capítulo, que lo disfruten. Perdón de antemano por todos los errores que sé que tendrá y que me perseguirán por un tiempo hasta que me decida a revisarlo otra vez.
Notas especiales para el capítulo: OMG, fluff y lemon... casi al mismo tiempo (creo que me siento enferma, lol). Algo de angst y un poco de violencia contra un niño embarazado, err... Oh, noes, creo que será el penúltimo lemon antes de volver al plot. Maldito plot, algún día acabaremos contigo. Kanda y Allen conversando de algo tan mundano y con tanta normalidad que me preocupa, je.
Rating: M
DISCLAIMER: D Gray-man no me pertenece, es de Hoshino Katsura-senseii. Si me perteneciera, Lvellie sería aún más cruel y detestable de lo que podría serlo alguna vez *sonrisa*
Apóstol de Dios
26. Discusiones irrelevantes
No tenía idea del por qué se sentía así, tan nervioso. Se suponía que debía manterse tranquilo y respirar profundamente para evitar despertar a su bebé. Después de todo, había batallado mucho para que se relajara, ¿no? No debía despertarlo, no si quería dormir tranquilo al lado de Kanda sin darle otra excusa para la segunda sesión de sexo que había anunciado. Pero esa no era el problema principal aquí, sólo se estaba engañando para evitar pensar en lo que tenía enfrente. En quien tenía enfrente.
- ¿Te gustaron los chocolates que te hice llegar? Si es así, me encantaría que probaras alguna otra de mis recetas.
Fijó por unos segundos la mirada en el rostro de aquel hombre, aunque de inmediato se arrepintió y dirigió su vista al suelo. No sabía por qué se sentía así, nunca había tratado directamente con este inspector y lo poco que sabía era que era el jefe de Link. Era el secretario Malcom=C=Lvellie, ese que le había tratado tan amablemente pero cortante a la vez cuando le advirtió sobre el término de esta misión. De que todo tenía que salir bien si es que no quería volver a ser fichado como traidor.
Pero su bebé estaba creciendo bien. Los doctores lo sabían, Komui lo sabía, incluso Bookman estaba tomando registros al respecto. ¿Tenía que venir él también? De pronto abrió los ojos con miedo, haciendo memoria de que el hombre se había ido de la Orden junto con su maestro en alguna misión especial. ¿Eso quería decir que el maldito mujeriego alcohólico estaba por aquí? Estuvo a punto de darle un ataque de no ser porque recordó que debía mantenerse sereno ya que su niño dormía. No quería despertarlo, no.
Abrió la boca, sin decidirse a hablar aún y cuando sabía que Lvellie le estaba observando fijamente, todo sin borrar la sonrisa con la que se había presentado en un principio. Acarició su vientre, aunque por unos segundos, como si quisiera tomar valor para preguntar por lo que pasaba.
- ¿No tienes nada qué decir, Allen Walker?
Parpadeó un par de veces, confundido por la pregunta, una que no esperaba. En realidad no tenía nada qué decirle a esta persona, no le tenía confianza para nada y, extrañamente, se encontraba bastante bien a pesar de todo. Había apartado a Kanda de Lenalee, aún y cuando se negara a admitir que eso había sido un logro; es que nunca se había sentido tan celoso, tan posesivo, con tantas ganas de tener a Kanda sólo para él. ¿Era por su embarazo, verdad? De ninguna manera había desarrollado una especie de egoísmo basado en ese idiota, ¿cierto? Negó suavemente con la cabeza, dándose cuenta de que se estaba desviando del tema. Estúpido Kanda, siempre tenía ese poder para distraerlo de todo con tan sólo traerlo a sus pensamientos. Tanto como para no haber notado hasta ahora que el secretario se había acercado bastante a él y que incluso lo analizaba con la mirada mientras caminaba a su alrededor.
Sintió que se enrojecía por el bochorno de saberse observado tan penetrantemente, sobre todo porque sabía que habría algún comentario con respecto a su aspecto. No le importaba verse así, era sólo que no sabía qué demonios decir si le preguntaba acerca de cómo se sentía. Después de todo, aún estaba adolorido a causa de la actividad realizada hacía poco en la cama de Kanda y no podía dejar de pensar en eso aunque quisiera. Le afectaba, todo esto le afectaba y no sabía cómo actuar en esta situación. Trató de concentrarse en encontrar alguna excusa, algo amable qué decir en cuanto fuera interrogado.
Pero no esperaba que Lvellie desviara al tema, que mencionara algo que poco tenía qué ver con su gran vientre. Aún si estaba ligado aunque no lo quisiera.
- He escuchado que tuviste un problema durante la invasión al Cuartel General - le escuchó aclararse la garganta, como si quisiera llamar del todo su atención, aún si no logró que Allen le mirara a la cara -. Estoy sinceramente decepcionado.
Tragó saliva con nerviosismo, intentando que no se notara demasiado su estado emocional. Sobre todo, intentó no quebrarse y llorar al recordar lo que había pasado con Tyki Mikk. Había procurado enterrarlo profundamente, olvidarse del asunto y seguir adelante, pero era mucho más difícil de lo que creía. Aún soñaba con ese maldito encuentro, aún le horrorizaba encontrarse con el Noah otra vez, incluso más de lo que le temió cuando le arrebató su Inocencia. Debía comportarse como un hombre y asumirlo, aún y cuando se pusiera a temblar con tan sólo recordarlo y la fobia a ser tocado de esa manera regresara. Kanda era el único que lograba que se sintiera un poco mejor, irónicamente, ya que era la única persona que le acariciaba con esas intenciones; pero era diferente, todo con el japonés era diferente a lo que había experimentado antes, así que no se sorprendía a pesar de que siguiera teniendo miedo a la intimidad sexual. Era el efecto que causaba en él, ese que era tan contradictorio y correcto a la vez. Oh, de nuevo se había puesto a pensar en Kanda cuando se suponía que debía decir algo.
Sin embargo, ¿qué clase de excusa podría poner ante esto? No le importaba que Lvellie se sintiera decepcionado, lo que en realidad le preocupaba era su posición en la Orden. No quería que lo consideraran un traidor, quería seguir con su promesa a Mana y seguir caminando, quería seguir liberando las almas en pena de los akuma. Aunque ahora tenía otra razón por la cual quería permanecer ahí, otra razón egoísta sumándose a las anteriores. Por eso pensó en alguna respuesta para dar, algo que satisfaciera al hombre que estaba frente a él.
- ¿Estás consciente de que eso aumenta las sospechas puestas en ti, verdad? ¿Que la posibilidad de que te dejen conservar a la criatura ha disminuído drásticamente? - abrió los ojos con horror al escuchar al secretario hablar, sintiendo como su pulso se aceleraba.
No. No podían hacer eso. De ninguna manera podrían quitarle a su niño, no era posible, no cuando ya le había prometido que lo cuidaría con su vida. No cuando había sido tan idiota y tenía que recompensarlo. Tuvo que respirar por la boca, temblando, incapaz de poner en orden sus pensamientos con tan sólo la posibilidad de que lo separaran de su bebé. ¿Y Kanda? ¿Qué pasaría con Kanda? ¿Qué acaso él no podía opinar al respecto, qué no era el papá del niño? Su ritmo cardiaco estaba fuera de control, algo que definitivamente no era una buena señal.
Apenas se enteró de que Lvellie se aclaró la garganta, ahora dándole la espalda para volver a hablarle, sin saber que en estos momentos no obtendría la atención que quería.
- Sin embargo, los médicos concuerdan con que es mejor que se te deje conservar a la criatura, al menos mientras sea pequeña - de nuevo, había logrado que le escuchara, aunque esta vez no pudo reaccionar de la forma que hubiera querido. Por alguna razón, eso no le hacía sentirse mejor -. Aunque personalmente me opongo. No pareces ser una buena influencia para un infante, si me permites decirlo. Sobre todo porque tú mismo sigues siendo un niño después de todo.
Un niño. Claro que era un niño. Kanda se lo recordaba una y otra vez a pesar de que se negaba a aceptarlo. Pero era verdad. Era un jodido niño, tan tonto que estaba dejándose llevar por las sensaciones en su cuerpo. Le preocupaba reaccionar de una manera inadecuada. Un movimiento en falso y podría hundirse aún más, llevándose consigo, no sólo a su bebé, sino también a Kanda. Porque, si llegaban a descubrirlo, si llegaban a saber lo que hacían, todo se iría a pique. Absolutamente todo.
- Pero no te preocupes por eso - siguió el secretario, ahora sí obteniendo toda la atención del exorcista -, podría hacerle daño a tu bebé. Ni los Comandantes ni yo queremos que eso pase. Sería terrible que no completaras esta misión exitosamente.
Tragó saliva para después morderse el labio inferior con rabia. De nuevo, las reacciones de su cuerpo se habían vuelto más extremas; de por sí era muy emocional antes de empezar con el tratamiento, ahora le estaba tomando todo su autocontrol el no explotar, gritar y llorar al mismo tiempo. Fueron ellos los que le hicieron esto, el inspector Lvellie le había dicho que podrían quitarle a su bebé y luego le decía que no se preocupara al respecto para no lastimar al niño. Mierda, pura mierda. Apretó los puños.
- Aunque, por lo que he oído, parecería que quisiste deshacerte de esa criatura. Que justamente por eso te encontraste con el Noah - la sonrisa del hombre se amplió una vez que se volvió para verle -, para matar a ese niño inocente sin levantar sospechas directas contra ti. Para liberarte de un problema y de un exorcista al mismo tiempo.
Esta vez sí se sentía horrorizado. ¿Cómo demonios...? ¿Quién se atrevería a hacer algo tan terrible como eso? Los Noah, sólo ellos o el Conde del Milenio, o.. Lo estaban comparando con ellos, eso era. Después de todo, lo consideraban un traidor. Pero se resistía a creer que pudieran llegar a una conclusión como esa después de lo que había pasado. Había sangrado, había sentido que su bebé estaba en verdadero peligro y hubiera preferido morir con tal de mantenerlo a salvo. Aún si en ese entonces pensaba que no lo amaba tanto como lo hacía ahora. Ese error lo perseguiría toda su vida, de eso no había duda; pero no podía permitir que los Comandantes pensaran eso de él, necesitaba seguir siendo exorcista después de todo. Y necesitaba a ese niño ahora más que nunca.
- Yo-yo nunca haría algo como eso, yo...
- Sólo repito lo que he oído, Allen Walker - la sonrisa amable se volvió a dibujar en el rostro del mayor, mandándole un escalofrío directo a la médula espinal -. Pero debes admitir que es muy sospechoso todo esto, ¿no lo crees?
No, no lo creía. Porque podían tomar cualquier excusa para considerarlo traidor, todo: tocar el piano cuando nunca antes había estado cerca de uno, saber leer esos símbolos que para los demás no tenían sentido, haber atraído la curiosidad de Cross cuando éste no había tomado más discípulos que él y, sobre todo, el hecho de que pudiera manejar el Arca que supuestamente le pertenecía al Conde. Todo eso podrían usar en su contra. Pero el acusarle de querer asesinar a su propio hijo, eso iba más allá de cualquier cosa de la que pudieran imputarle.
Y quiso decirlo. Quejarse y gritarle, decirle que le dejara en paz y que él se haría cargo de todo porque quería a ese niño más que a nada en el mundo a pesar de que su corazón aún se debatiera por abrirse con alguien que no fuera su amado Mana. Aunque no debía. No debía porque, después de todo, este hombre era la autoridad. Así que lo único que podía hacer era morderse la lengua y soportar lo que viniera. Por Dios, esperaba que no hablaran con Kanda. No sabía si el orgulloso samurái podría mantener la cabeza fría a pesar de que ya le había demostrado antes lo propio que podía ser para guiarse en esas situaciones. Era una lástima que él no tuviera esa misma capacidad, porque ahora mismo sentía sus ojos humedeciéndose con lágrimas que aún no eran derramadas. Malditas hormonas.
- La verdad no creo que esa haya sido lo que pretendías - parpadeó un par de veces, concentrándose en la voz de Lvellie -. No estoy del todo seguro, pero podría ser que esa no fuera tu intención.
Se quedó paralizado, apenas percatándose de que el hombre se le había acercado nuevamente. No tenía idea de lo que quería decir, ya ni siquiera sabía hacia dónde iba a esta conversación. Sólo pudo reaccionar hasta que sintió el rostro del inspector muy cerca del suyo ya que se había inclinado hacia él para susurrarle algo al oído:
- Porque para mí eres sólo una puta que le tocaba satisfacer a su padrote. Eso y nada más, joven Allen Walker.
Era... Le había llamado 'puta' y ni siquiera había pestañeado al hacerlo. Sólo se lo dejó saber, como si disfrutara el deje de desprecio que había en sus palabras. Se mordió el labio inferior. No era por Lvellie o lo que pensara de él, era porque le recordaba las palabras de Tyki Mikk, se las traía a la memoria una y otra vez cuando lo único que quería hacer era olvidarse. Maldijo entre dientes de forma inaudible al sentir las lágrimas deslizándose por sus mejillas. Demonios, esto sólo empeoraba las cosas.
- Si no hubiera sido por ese pequeño encuentro que tuviste con el enemigo, tal vez se hubiera podido hacer algo al respecto. Tal vez las bajas que hubo ese día habrían podido evitarse.
Se llevó la mano izquierda a la boca, una vez haciendo todo lo posible con tal de no llorar más. Pero ya no podía más, así que masculló una disculpa, tal vez inaudible, aunque no podía hacer otra cosa. Porque quería alejarse cuanto antes, porque esas lágrimas no sólo eran de tristeza sino que seguían siendo de rabia. Rabia contra el secretario por recordarle esto y rabia contra sí mismo, por supuesto. Ahora lo único que quería era correr al lado de Kanda y refugiarse en sus brazos, aún si sabía que terminaría siendo tomado por el japonés por segunda ocasión. Prefería complacerlo con su boca una vez que más que permanecer por más tiempo aquí, escuchando los reclamos bastante válidos del hombre frente a él.
- Sin embargo, tal vez lo tuyo pueda justificarse por lo de tu embarazo; no sé, esa será la excusa que se pondrá, así que no tienes problemas por ahora.
¿Qué clase de tortura era esta? Justo cuando estaba a punto de irse, el inspector había vuelto a hablarle, ignorando completamente que ya se había despedido. Y sólo para decirle algo como aquello; primero acusándole de mujerzuela barata y ahora diciéndole que no tendría problemas por eso. Demonios. No entendía por qué estaba jugando con él, provocándole un estrés que decía no quería que afectara al niño que llevaba en su vientre. Tenía que calmarse.
- Aunque los otros exorcistas no tienen justificación. Se distrajeron de su deber, se desviaron de lo que era necesario en esos momentos. Dejaron que todo eso pasara, que todas esas muertes ocurrieran por estar jugando a las escondidas contigo.
- ¡Eso no es verdad!
Por fin había tenido que elevar la voz, luciendo terriblemente enojado. ¿Cómo se atrevía? Podía meterse con él todo lo que quisiera, llamarle ramera incluso, pero no iba a permitir que dijera que sus amigos no hicieron todo lo necesario para repeler el ataque del enemigo. Lenalee incluso había arriesgado su vida para sincronizarse con la Inocencia nuevamente. Y Lavi y Kanda, ellos dos, habían hecho todo lo posible por regresar a tiempo para salvarles. Habían intentado llegar hacia él antes de que eso pasara. Kanda había sufrido todo eso por su culpa. No iba a dejar que hablara mal de ellos.
- ¿Disculpa? ¿Cómo puedes negarlo si estabas ocupado con...?
- ¿Dónde estaban ustedes? ¿Dónde estaban los altos mandos para defender a los miembros de la Orden? - dijo entre dientes, apretando con tanta fuerza los puños que casi no sentía los dedos - ¡Ustedes no pueden reclamarles a los que sí están peleando! ¡No saben nad-...!
- ¿Cómo te atreves? ¡Pequeño marica de mierda!
Apenas logró apoyarse en la pared para no caer del todo al suelo, aún si había terminado de rodillas al no poder sostenerse. El mayor le había abofeteado con mucha fuerza, tanta que un pequeño hilo de sangre se deslizaba desde su boca hasta su barbilla. Elevó la mirada, sin molestarse en limpiar el líquido rojizo que manchaba su rostro. Lvellie respiraba agitadamente, como si le costara un gran trabajo hacerlo. Y lo miraba con el ceño fruncido, furioso, aún con la mano que lo había agredido alzada. Nunca lo había visto tan enojado. Las pocas veces que había tratado con el inspector Lvellie, el hombre siempre parecía tener el control en todo momento. Daba la impresión de que Allen había tocado un punto sensible. Y le molestaba tanto a la persona que tenía enfrente que hasta se había atrevido a golpearle, rebajarse ante él. A llamarle de esa manera.
Al final, Lvellie pareció recuperar un poco de cordura, pues ahora se arreglaba el traje, evitando mirarle en todo instante. ¿Era posible que se arrepintiera de ese gesto? No, no lo creía. Porque seguía con las facciones en el rostro contraídas por el enfado, como si fuera a perder el control nuevamente.
- ¡Moyashi-chan!
Desvió la mirada, buscando el origen de aquel llamado. Aunque sabía de quién se trataba.
- ¿Lavi?
El aprendiz de bookman se acercaba hacia él, prácticamente corriendo; así que trató de levantarse del suelo a pesar de todo ese peso adicional que cargaba. De pronto cerró uno de sus ojos plateados al tiempo que dibujaba un gesto de dolor al sentir un golpecito bastante notorio en sus costillas. Genial, su bebé se había despertado. Adiós a una noche tranquila de sueño.
- ¡Hey! No trates de lavantarte por ti mismo - parpadeó cuando Lavi colocó la mano derecha sobre su cintura, ayudándole a incorporarse. Aceptó la ayuda de buena gana a pesar de que se sentía muy incómodo por esa cercanía tan íntima. Si Kanda se llegaba a enterar, Lavi tendría muchos problemas, y los problemas con Kanda no eran tan fáciles de sobrellevar.
Y eso iba a decirle cuando el pelirrojo habló de pronto con su usual tono de voz tan escandaloso:
- ¡Si que te has puesto muy torpe, Moyashi-chan! Mira que caerte así, deberías de tener más cuidado. A tu bebé no le debió parecer divertido un movimiento tan brusco como ese, ¿verdad?
Le miró con incredulidad. ¿Acaso Lavi no había visto lo que pasó? Suspiró quedamente, aliviado. No quería que su amigo se metiera en problemas si llegaba a reclamarle al secretario por lo que había hecho. Porque seguramente él sí estaba en apuros por haber actuado así. Se mordió el labio inferior, arrepentido por sus acciones tan impulsivas. Y no era porque retiraba lo que había dicho, no, sino que pudo haber actuado más inteligentemente y guardarse sus pensamientos para sí mismo; no se hubiera puesto en peligro así nada más. Era por esta razón por la que prefería que Kanda estuviera a su lado, para no cometer tonterías como esta. Maldijo entre dientes, aunque cuando Lavi estrechó más su abrazo dejó de pensar. Demasiado cercano y no era Bakanda. Por Dios, ¿se estaba volviendo elitista acaso? ¿Que nada más dejaría que Kanda le tocara?
- Vamos, Moyashi-chan. Será mejor que te revise la enfermera por si acaso te llevaste un golpe fuerte.
Entreabrió los labios para decir algo, pero al sentir cómo el pelirrojo le jalaba para que se incorporara, sus pensamientos no fueron coherentes nunca más. El contacto físico le hacía sentirse más incómodo de lo normal. Además, estaba hablando de nuevo, hablando como si nada hubiera pasado.
- Discúlpenos entonces, inspector Lvellie - le oyó decir, dirigiéndose al mayor con una actitud bastante relajada, como si no le importara que estaba hablando con una de las principales autoridades de la Orden Oscura -. Pero tengo que llevar a este niño embarazado al médico.
Le sorprendió que el secretario no hiciera nada en realidad, sólo observar analíticamente a Lavi pero sin responderle. Al poco tiempo ya estaba siendo ayudado a caminar; el aprendiz de bookman le guíaba con paciencia, con un mano en su espalda y la otra apoyada en su vientre, cosa que le hacía sentirse aún más incómodo. Aunque se sentía aliviado, siempre que Link hacía eso por él se sentía un poco mejor a pesar de que significaba que Kanda se pondría furioso y que quien pagaría los platos rotos sería él.
- Sí que eres torpe, Moyashi-chan; aunque eso te hace ser más lindo, ¿no?
Se sonrojó ante el comentario de Lavi, por vergüenza y enojo a la vez. Pero no podía dejar de poner atención en Lvellie, volteando para verle una vez más aún si el pelirrojo le estaba obligando a caminar lejos. El secretario le devolvió la mirada, aún con ese gesto serio que había recuperado tras el arranque de furia contra él. Debió haber sido algo que dijo, algo que le molestó tanto como para hacer eso. No sabía si responsabilizar a Lvellie cuando había sido su culpa por provocarle. Rayos, Kanda se enojaría por haber hecho una tontería como esa.
- Ahh, si Lenalee se entera de que el inspector Lvellie ha regresado se va a poner realmente mal - comentó Lavi, aún sonriendo alegremente, como si no hubiera estado frente al susodicho unos segundos antes.
Arqueó una ceja, como pidiendo una explicación, ya olvidándose un poco de que el mismo secretario seguía observándole. Pero Lavi volvió a hablar, cambiando por completo el tema, centrándose esta vez en él nuevamente.
- Será mejor que te limpies esa sangre o Yu-chan se pondrá histérico si te ve así.
Parpadeó un par de veces, recordando que ese golpe le había hecho sangrar después de todo, aunque el ardor que seguía presente en su mejilla izquierda le hacía difícil ignorarlo. Tuvo que humedecer el dedo pulgar de su mano derecha para limpiar la sangre casi seca que manchaba su rostro. Sí que se había ganado una buena bofetada por sus palabras irresponsables. Sonrió con ironía.
- No debiste hablarle así al inspector Lvellie, Moyashi-chan. No tienes idea de lo que me costó no darle una golpiza por atreverse a hacerte eso.
Tragó saliva, reconociendo el tono de reproche en la voz de su amigo. Entonces eso quería decir que sí se había dado cuenta, sí había visto el pequeño altercado que tuvo con esa importante autoridad. Por eso le sorprendía más el autocontrol del bookman junior, aún si debía estar acostumbrado a estos descubrimientos con respecto al mayor. Admiraba a Lavi porque su manera de aparentar sí engañaba a las personas, no como él. Al menos sabía que no podría fingir que no había pasado nada enfrente de cierto japonés; después de todo, el maldito bastardo sabía leerlo perfectamente. Se ruborizó un poco, desviando la mirada hacia el suelo. Maldito Bakanda, ahora tendría que inventar una buena excusa porque estaba seguro que no se tragaría que ese golpe fue producto de una inocente caída.
Lavi se detuvo de pronto, aunque le dio algo de tiempo para reaccionar, pues le dejó ir poco a poco, conduciéndole hasta los barandales del centro de la torre. Miró hacia abajo casi por inercia, maravillándose como siempre de lo grande que era el Cuartel General de la Orden Oscura. Aunque una certera patadita le hizo volver a concentrarse en su acompañante, quien le miraba penetrantemente. Se sintió incómodo nuevamente, le molestaba cuando le miraban así, sobre todo ahora que estaba en esa condición. Además, no sabía si reclamarle a Lavi por verlo de esa forma o tragarse sus palabras y agradecerle por haberle sacado de ese problema con el secretario Lvellie.
- ¿Sabes? Algunos chicos del escuadrón científico, Lenalee y yo estamos en el comedor para festejar la Navidad - exclamó el pelirrojo, logrando hacerle parpadear de nuevo -. También por tu compleaños, Lenalee se puso especialmente terca con eso - le oyó reír suavemente, ahora evitando mirarle a toda costa -. Pero ambos sabemos que seguramente Yu-chan te tendría secuestrado, así que decidimos no ir a buscarte. Eso sin contar que es tan posesivo que nos mataría si nos atrevemos a apartarte de su lado, sólo hay que ver como se puso con eso de no estar contigo todo ese tiempo que pasó con Lena.
¿Cómo se puso Kanda? Él se puso mucho peor, muchísimo peor. Se había sentido tan mal y con tantas ganas de apartar a Lenalee de ese idiota que sentía pena por sí mismo. Era algo vergonzoso el saber que se sentía sumamente celoso cuando alguien más estaba con Bakanda, sea Lenalee e incluso Lavi. Sobretodo porque ellos dos eran cercanos a Kanda, tan cercanos en público como él quisiera mostrarse muchas veces en lugar de sólo discutir con el otro exorcista para aparentar que se seguían odiando. Aunque ahora no sabía lo que la gente opinaría si de pronto cambiaba su actitud (aún más de lo que ya había cambiado por culpa del incidente de la invasión a la Orden), no había mucho qué perder. Pero nunca lo haría, no. Porque no quería alejar a Bakanda. Se mordió el labio inferior.
- De todas maneras no pudimos convencer a Johnny de dejarte en paz y se ofreció a ir a buscarte - le distrajo la carcajada que soltó de pronto el aprendiz de bookman, trayéndolo a la realidad nuevamente -. Por supuesto que no íbamos a dejar que encontrara a nuestros dos tortolitos en su nido de amor, así que me ofrecí para ir al matadero. A veces hasta yo mismo me sorprendo de lo suicida que puedo ser.
Ladeó el rostro, aún escuchando las risas de Lavi. Cierto, había venido a buscarle para que bajara a festejar con los demás, con sus amigos. Esos que no le habían dado la espalda luego de lo que le pasó con Tyki Mikk. Se sintió avergonzado otra vez; pasaba tanto de su tiempo pensando en Kanda que se olvidaba de que había otras personas aparte de ese imbécil y del hijo de ambos. Estuvo a punto de hacer una pequeña reverencia para disculparse por ser tan distraído y para agradecer que le invitaran a celebrar con ellos, pero no pudo llevarla a cabo porque un nuevo golpecito le hizo quejarse un poco. Su bebé estaba muy inquieto, de seguro se sentía de mal humor porque le había despertado tan abruptamente.
- Al parecer el bebé tiene el carácter de Yu-chan, ¿no? - escuchó al pelirrojo reírse de nuevo, como si estuviera sumamente divertido con el hecho de que su niño estaba molestándole de esa forma.
- No digas eso, Lavi - masculló, prácticamente sudando frío.
Su bebé con el carácter de Kanda. Eso sí que sería difícil. Aunque ya tenía ese parecido de querer mantenerle despierto por más tiempo o el hecho de que no le gustaba que nadie le tocara. Esperaba que al menos no fuera tan demandante como ese idiota. Estaría en un grave problema, no creía poder atenderlos a los dos al mismo tiempo. Espera, ¿en qué estaba pensando? Negó con la cabeza rápidamente. Kanda era mayor de edad, supuestamente un adulto. Debía saber cuidarse sólo, debía entender que el bebé estaba primero que sus necesidades físicas y además...
No. Estaba hablando de Bakanda. El estúpido idiota egoísta con apetito insaciable. Suspiró. Sí que estaría en graves problemas.
- ¿Qué pasa, Moyashi-chan? Te ves totalmente devastado.
- No es nada - susurró, cansinamente, intentando controlar sus pensamientos con respecto a lo que haría cuando tuviera a su bebé en sus brazos. Si es que le dejaban tenerlo por el tiempo suficiente como para estar con su niño de esa forma tan cercana. Resopló entrecortadamente. Debía dejar de pensar en aquello.
- ¿Entonces? ¿Vas a tu fiesta o qué?
El otro exorcista estaba sonriendo ampliamente, como si quisiera obligarle a olvidarse de todo y pasar un tiempo divertido con ellos. Pero Allen no estaba muy seguro de querer ir con ellos, no porque no se sintiera agradecido porque le estaban invitando a festejar con ellos, era sólo que quería estar un poco más con Kanda antes de dormir. Porque se sentía inseguro por lo que Lvellie le había dicho y quería recostarse al lado de ese bastardo insensible para que le diera un poco de su calor.
Palpó con cuidado su abdomen, recordando que en uno de los bolsillos de su pantalón tenía algo que era muy especial para él. El amuleto que Kanda le había dado. Lo llevaba consigo siempre que podía, manteniéndole en contacto con su bebé tal y como el japonés le había dicho. Recordaba cómo Kanda había tratado de no darle importancia al asunto, pero para Allen había sido el gesto más hermoso que Kanda le había dado en todo este tiempo que tenían de supuesta relación. Sonrió con calidez.
- Anda, Moyashi-chan, contesta. ¿Vienes conmigo?
Se volvió hacia Lavi, a punto de darle por fin una respuesta cuando escuchó una voz tras de él. Una voz que le hizo sentir un fuerte escalofrío recorrer su espalda.
- El estúpido Moyashi no va a ningún lado...
-o-o-o-o-o-o-
Parpadeó un par de veces, retirando el brazo de su rostro para observar el techo a pesar de la escasa luz que había en su habitación. El Moyashi estaba tardado mucho en regresar, demasiado. Se preguntó si después de todo sí había tomado una ducha a pesar de que no le había dejado correrse dentro. Ese chiquillo era tan extraño; su habitación estaba hecha un desastre casi siempre, pero en cuanto a su limpieza personal era muy cuidadoso. Aunque seguramente era porque se avergonzaba de que se ensuciaba precisamente por las sesiones de sexo y sólo por eso. Sonrió maliciosamente. Era culpa del idiota por verse tan molesto cuando se corría dentro o el gesto que dibujaba cuando terminaba en su rostro. Definitivamente era su culpa.
Chasqueó la lengua al sentir unos pequeños pasos sobre su pecho. El estúpido golem del general Cross había invadido su habitación de pronto, exigiéndole ver a Allen cuando no estaba. Al menos había dejado de morderle y sólo se limitaba a caminar por la cama, como si evaluara la situación y estuviera decidiendo qué haría en cuanto regresara su amo. Tonterías. El idiota del Moyashi estaría demasiado ocupado satisfaciéndole una segunda vez como para poder ocuparse del golem caprichoso.
Se incorporó, ya cansado de esperar a que el pequeño imbécil se decidiera a regresar. Ignoró por completo al molesto Timcanpy, quien parecía observarlo con gran enfado por haberle tirado de esa forma. Se abrochó los pantalones, dispuesto a ir a buscar al niñito, sin importarle si tenía que meterse a la regadera con él. Aunque eso no era tan mala idea. Otra sonrisa se dibujó en su rostro al tiempo que se ataba el cabello en su usual coleta alta, aún pensando en la posibilidad de joderse a su Moyashi en los baños. La sola imagen del niño desnudo, totalmente sonrojado y húmedo por el vapor del agua, siendo tomado una y otra vez por él le hacía pensar en tomarse a sí mismo la palabra y coger al menor en cuanto llegara a su habitación.
Pero no podría esperar mucho tiempo, no. No cuánto había estado ahí sin hacer nada. Chasqueó nuevamente la lengua, mirando a su alrededor y encontrándose con algo realmente curioso. Si es que podía llamársele curioso al hecho de haberse topado con uno de esos pequeños sujetadores que se suponía que Allen debía de ponerse. Aunque, ahora que lo recordaba, el niño no lo estaba usando cuando tuvieron sexo hacía unos momentos. Al parecer le apenaba tanto que ni siquiera se le ocurría el mostrarse así frente a él. O tal vez simplemente había decidido quitárselo antes de coger, después de todo, fue el mismo Moyashi quien lo condujo hasta aquí, ¿cierto? El imbécil siempre estaba lleno de sorpresas.
Guardó la prenda que tanto detestaba el niñito en uno de los bolsillos de su pantalón, abriendo la puerta para salir e ir a buscar al torpe brote de habas de una vez por todas. Hasta podría estar perdido, era tan idiota que era capaz de irse por otro lado a pesar de haber recorrido el mismo camino tantas veces. Se aseguró de dejar bien encerrado al golem dorado, escuchando como se golpeaba contra la puerta para intentar salirse; ya estaba a punto de perder la paciencia con ese maldito bicho infernal, ese que desaparecía de vez en cuando casi como si quisiera darle una vaga esperanza de que se podía deshacer de él. Pero no era cierto: la cosa esa siempre regresaba a molestar, poniéndose posesivo con el Moyashi como si le perteneciera, amenazándolo a él con morderle si acaso se atrevía a quitarle a 'su adorable amo'. Más tonterías, estúpidas e idiotas tonterías.
Empezó a caminar rápidamente, sólo deteniéndose al visualizar algo en el suelo. Eran unas pequeñas manchas rojizas, un par de gotas en ese mismo piso donde estaban sus habitaciones. Frunció el ceño, preguntándose si algún exorcista o buscador había regresado herido de alguna misión, aunque era poco probable que perdiera tan poca cantidad de sangre si tenía alguna herida que permaneciera abierta luego de regresar a la Orden.
Aunque pronto dejó de pensar en eso cuando escuchó la escándalosa voz del conejo, esa que era tan condenadamente identificable. Y estaba hablando de una manera tan asquerosamente melosa que le disgustaba aún más. Porque sabía que le estaba hablando a Allen, a su Moyashi. Ese era el tono de voz que utilizaban para comunicarse con él; Lavi, Lenalee, incluso algunos científicos. Todo desde que el abdomen del niño se había vuelto más grande. Era casi como si quisieran que el bebé escuchara esas voces amables para que se sintiera más seguro, cosa de le molestaba un poco por alguna razón que no lograba descifrar. Aunque según el Moyashi, su bebé sólo reaccionaba con alegría cuando estaba cerca de él, de su papá; pero esas eran palabras de un niñito emocional que de pronto se mostraba con necesidades que luego negaba haber tenido. Tan idiota como siempre.
El conejo estaba hablando con voz muy alta, realmente molesta. Se acercó un poco más, al fin observando al Moyashi apoyado en el barandal mientras el pelirrojo seguía moviendo la boca, invitando al niñito a una dichosa reunión, alguna fiesta realizada en su nombre. Su cumpleaños. El cumpleaños del Moyashi. Era obvio que los demás quisieran estar con ese niño idiota, todos le querían después de todo, tanto como para acosarlo hasta que decidiera ir con ellos. Aunque tal vez Allen querría ir con ellos, eran sus amigos después de todo. Chasqueó la lengua. Daba igual, ya tenía planes para su Moyashi.
- Anda, Moyashi-chan, contesta. ¿Vienes conmigo?
Absolutamente no. De ninguna jodida manera. Le atraparían y no le dejarían irse. Sería demasiado tiempo y no iba a esperar. Frunció el ceño otra vez.
- El estúpido Moyashi no va a ningún lado.
Pudo ver como el chiquillo se tensaba visiblemente al volverse para verle, como si no esperara encontrárselo ahí. Lucía bastante nervioso, cosa que le extrañó un poco; pero no tanto como el aspecto del rostro del niño.
- Che. ¿Qué demonios te pasó en la cara, Moyashi?
Allen se tapó el rostro con la mano derecha, un gesto completamente inútil pues ya había visto la hinchazón en una de sus mejillas. Como si alguien le hubiera golpeado. Sintió la sangre hervir en su venas, ¿quién jodidos se había atrevido? Iba a volverlo mierda por haber lastimado al Moyashi. Apretó los dientes. Él se permitía herir a Allen, sólo él podía hacerlo, nadie más. Porque herir a ese chiquillo no era algo que pudiera evitar, no cuando sentía la necesidad de cobrarse un sentimiento que nunca sería mútuo.
- Ah. Yu-chan, realmente no...
- ¡Me caí! Sólo me caí, eso.
Miró a esos dos con incredúlidad. Primero al conejo, como había empezado a hablar (utilizando esa forma de dirigirse a él que tanto odiaba. Ya lo mataría algún día) como si tratara de excusarse por lo que le había pasado al inglés. Pero el Moyashi se veía tan desesperado como para inventar una de las excusas más patéticas que había oído en su vida; nadie creería que eso era producto de una caída, mucho menos él. Además, estaba seguro de que si el niñito hubiera tenido ese tipo de accidente ya hubiera ido a la enfermería con lo cuidadoso que se había puesto con respecto a su embarazo. Así que no se tragaba nada de eso y Allen pareció notarlo, pues lucía cada vez más nervioso por tenerlo cerca.
¿A quién trataba de encubrir? Estúpido Moyashi, siempre preocupándose más por los otros que por sí mismo. Odiaba que fuera así. Caminó hacia él, sin importarle en lo más mínimo que el menor se encogiera como si quisiera escapar inútilmente de él. Terminó por tomarle del rostro, escuchando un pequeño sonido de molestia por parte del niño y un reclamo del conejo por tratar tan bruscamente a 'la madre' de su hijo. Ignoró al idiota aprendiz de bookman, concentrándose por completo en el Moyashi, quien parpadeaba de vez en cuando mientras se mordía el labio inferior; como si estuviera apenado por la situación en vez de adolorido por ese golpe.
- ¿Quién fue? - demandó saber, acercando su rostro al del Moyashi, logrando que el pequeño se pusiera aún más nervioso.
- Suéltame, Bakanda - suplicó Allen, revolviéndose incómodamente entre sus manos, definitivamente más avergonzado que enfadado.
- Che. No hasta que me digas a quién le voy a romper la cara.
- ¿Eh? No soy una mujer a la que debas de defender, imbécil. Puedo defenderme perfectamente, así que déjame ir en este instante - eso era, ahora su voz sonaba furiosa. Aunque, de nuevo, ese sonrojo que empezaba a resaltar en sus mejillas nunca le ayudaba.
- Mhm. Así como lo hiciste con el sujeto que te hizo eso.
- ¡No es tu problema, idiota!
Estaba desesperándose y este niño se había puesto insoportable de nuevo. ¿Por qué tanto ahínco en negarse a decirle qué había pasado? Y claro que era su problema, era su Moyashi el que estaba lastimado, así que completamente su problema. Iba a volver a gritarle y a exigirle que hablara, aún si tenía que recordarle que en realidad no se había podido defender contra los enemigos, contra ese Noah bastardo; aún y cuando sabía que traer eso a colación pondría a Allen realmente mal. Para su suerte, el conejo volvió a hablar, haciéndole olvidar que estaba a punto de sacar esa carta que se suponía debía dejar enterrada para siempre.
- ¡Oh, líos matrimoniales! Debo decir que se ven adorables, pero es mejor que no hagan esa demostración en público, ¿saben? Y, Moyashi-chan, creo que Yu-chan se enterará de esto, así que es mejor que tú se lo digas.
Vio al chiquillo otra vez, sorprendido más por sus acciones que por las palabras de ese idiota del parche. Allen había colocado las manos sobre las suyas, todo sin mirarle directamente. Maldito niñato, no sabía que eso prácticamente le obligaba a mandarlo todo al demonios y llevárselo aparte para follárselo una vez más.
- Fue el inspector Lvellie, pero fue mi culpa así que... ¡Bakanda!
Cuando apenas estaba a punto de intentar descargar su ira con ese maldito infeliz, el Moyashi lo estaba deteniendo nuevamente, jalándole del brazo con una fuerza que pensaba que ya había perdido. De verdad se preocupaba mucho por esas personas que solamente lo despreciaban. Imbécil.
- Che. Estúpido mocoso.
- ¡No puedes hacer nada al respecto, idiota!
Era obvio que no podía ir a matar al inspector, ya antes lo había deseado, aunque tal vez no con tanto fervor como ahora; porque sabía lo mucho que a Lenalee le aterraba esa persona en específico. Pero si el tipo estaba con planes de meterse con quien le pertenecía, estaba muy equivocado si pensaba en salirse con la suya. Chasqueó la lengua, dándose cuenta de que estaba dejándose llevar por sus pensamientos de ira otra vez. De ninguna forma podría lastimar a ese sujeto, no si quería seguir siendo exorcista; eso y que usarían de excusa cualquier cosa que intentara para perjudicarlos a Allen y a él. Sobre todo al Moyashi, quien de por sí ya tenía demasiadas cosas en su contra como para agregar otra producto de su poca capacidad de control cuando se trataba del niño este.
Así que no lo discutió más, esperando a que Allen se decidiera a soltarle por sí mismo. Aunque el Moyashi seguía aferrado a él, con mucho menos fuerza, como si simplemente quisiera estar en contacto con él. Le miró de reojo, preguntándose si de verdad era eso, si era cierto que lo que el muchachito quería era permanecer tocándolo sólo porque así se sentía mejor. Pero el siempre inoportuno conejo interrumpió nuevamente, logrando que las ganas de matarlo que ya tenía desde que lo conoció aumentaran:
- ¡Entonces vamos a la fiesta! Yu-chan puede venir también, apuesto que será divertido. Además, no me digas que no tienes hambre, Moyashi-chan.
- Bueno, yo...
- ¡Vámonos!
De pronto estaba siendo prácticamente arrastrado por el Moyashi, ya que éste se negaba a soltarlo mientras Lavi jalaba al pequeño para obligarle a caminar. Era algo molesto, aunque no tanto por la velocidad tan baja a la que el niño podía caminar. El conejo parecía ser bastante más paciente que él, pues guiaba a Allen con mucho cuidado, todo lo contrario a sus intentos porque el Moyashi se apresurara para llegar a su destino cuanto antes. El menor lucía bastante nervioso, algo que ya era común para Kanda desde lo que había pasado durante la invasión a la Orden. Suponía que debía ser muy incómodo para el Moyashi caminar así por los pasillos, prácticamente al descubierto de todos; no estaba muy seguro, pero al menos Allen había terminado por comportarse más o menos como normalmente lo hacía cuando estaban solos. Era una especie de bendición para él que el Moyashi se hubiera acostumbrado a tenerle cerca tanto como para volver a insultarlo como antes, aún si lograba sacarle de quicio seguido. Bueno, esa era parte de su personalidad, una parte que le gustaba aún y cuando muchas veces fuera un dolor en el trasero.
Así era su Moyashi después de todo; lo prefería mil veces así que al chiquillo sumiso que ese trauma le había dejado. Esperaba que las cosas siguieran así, que Allen volviera a ser como antes; y era por eso que debía ahorrarse cualquier mención acerca de ese Noah bastardo, ese al que mataría nada más verlo. Era una venganza que debía consumar tarde o temprano. Eso y debía de encontrar una forma de alejar al inspector Lvellie del Moyashi, como fuera.
Dejó de pensar en sus planes de asesinato cuando escuchó el grito de alegría de los que estaban en la cafetería. Eran pocas personas: unos cuantos miembros del escuadrón científico, Lenalee, el vampiro ese y el conejo que los había obligado a ir. Estaban felicitando al Moyashi, apartándolo de su lado casi al instante para abrazarle, uno por uno. Apretó ligeramente los dientes, cruzándose de brazos mientras veía a los otros demostrándole cariño al menor, incluso acariciando gentilmente su vientre para preguntarle por su bebé; increíblemente, Allen los aceptaba bastante bien, sonriendo amablemente y agradeciendo por haber hecho esta pequeña reunión para él.
No estaba poniendo atención realmente a lo que los demás decían, además, el olor dulzón de los postres que tenían en la mesa le desagradaba por completo. Suponía que el Moyashi debía sentirse encantado con toda esa comida para él, tanto que hasta estaba soportando que le tocaran a pesar de que afirmaba que no le gustaba. Aunque era difícil saberlo del todo, pues también había afirmado en un principio que detestaba que él le acariciara y ahora el mismo Moyashi guiaba sus manos hacia ese vientre que evitaba que pudiera moverse con la agilidad de antes. Así que Allen podía haber cambiado de idea y decidir que siempre sí le gustaba que los demás tocaran ahí. Con este niño y sus cambios de humor debido a su embarazo ya no sabía qué esperar.
Terminó por sentarse en la mesa donde estaban los demás rodeando al Moyashi, intentando ignorar a todos y a la vez preguntándose cómo era que había terminado ahí. Oh, cierto, no quería separarse del idiota ese y esperaba poder tirárselo una vez más en esa noche. A pesar de que fuera ya de madrugada y que Lenalee estuviera diciendo que al menor que necesitaba descansar mejor al tiempo que le dirigía cierta mirada de reproche. Chasqueó la lengua, molesto. Detestaba cuando Allen estaba rodeado de tantas personas que se dirigían hacia él con ese tono de voz que tanto odiaba, no quería ni imaginarse cómo le hablarían al bebé en cuanto naciera.
Pero hacía mucho tiempo que el chiquillo no se encontraba con tanta gente; usualmente sólo estaba con él y con el inspector bastardo, así que no podía culparlo por tratar de congeniar nuevamente con estas personas. Siempre le recordaba, una y otra vez, que ellos eran su familia también. Para él no era más que una tontería, pero si el Moyashi se sentía mejor así entonces trataría de que estuviera cómodo. Al menos hasta que se viera con una oportunidad para llevarlo de regreso a la habitación.
Claro que, para Kanda, estar entre tanta gente ruidosa no era ni mucho menos una manera entretenida de pasar el tiempo. Además había que sumar el hecho de cómo se comportaban con el Moyashi, como le hacían involucrarse con ellos a pesar de que él estaba presente. Solamente el conejo era lo bastante suicida como para hablarle de vez en cuando sobre lo lindo que se veía Allen vestido de esa forma, o que observara detenidamente cómo el chiquillo sonreía mientras que sus mejillas se teñían de rojo cuando prácticamente le obligaron a abrir un par de obsequios de los que estaban presentes.
Era más ropa sumamente pequeña, zapatos diminutos, juguetes, cosas así. Arqueó una ceja. Eso no era para el Moyashi, por supuesto que no. Se preguntó si los demás consideraban que Allen se pondría feliz si le daban cosas para el bebé. Era difícil saberlo ahora, con el chiquillo sonriendo de esa forma y agradeciéndoles a todos una vez más. Sí parecía estarlo pasando bien después de todo, cosa que extrañamente le molestaba; ya estaba acostumbrado a acaparar todo el tiempo del Moyashi, a estar prácticamente solos si lograba ignorar al hijo de puta ese llamado Howard Link.
Terminó por hartarse de la situación después de unos cuantos minutos. No podía seguir con esta situación, sentía que la furia le invadía cada vez que veía al científico Johnny acercarse de más o al vampiro que tanto detestaba volver a abrazar al menor para reafirmarle una vez más lo maravilloso que era que estuviera esperando un bebé a pesar de ser hombre (no podía creer lo idiota que era ese tipo). Así que se levantó de la mesa sin decir nada, dispuesto a volver a su cuarto. No importaba, regresaría por el Moyashi luego de un rato y se lo llevaría a pesar de las quejas que éste pudiera poner. Además, no tenía por qué reclamar; después de todo lo estaba dejando festejar con los demás sin meterse, eso ameritaba una buena sesión de sexo.
Sonrió maliciosamente.
Oh, sí. Eso era lo que reclamaría como recompensa por haber actuado 'prudentemente' esta vez. Le había costado mucho no ir a buscar a ese inspector para además tener que aguantar ver al niño con otras personas. Aunque también tenía preguntas con respecto a ese incidente en los pasillos, cosa que le recordaría al Moyashi hasta que éste se animara a hablar sobre eso; el mismo niño debía saber lo disuasivo que podía ser.
Volvió a sonreír, alejándose sin percatarse de que ese en el que tanto pensaba le seguía atentamente con la mirada. Con una mirada de súplica que no alcanzó a ver.
-o-o-o-o-o-o-
Sí que le había costado subir todas esas escaleras a pesar de la inicial ayuda de Lavi, pero estaba feliz por al fin haber llegado. Resopló, arreglándose sus ropas mientras miraba hacia arriba, pensando detenidamente en cómo lograría zafarse de un encuentro sexual seguro para sólo ir a dormirse y ya. Porque estaba cansado, muy cansado.
Era cierto que estaba feliz porque sus amigos le habían hecho esa pequeña fiesta para él y todo eso, pero no era justamente lo que quería para esa fecha. Era patético, ¿no era así? Lo único que deseaba era dormir tranquilamente al lado de Kanda y nada más. Estaba agradecido con todos los regalos que le habían dado para su bebé, claro que sí; después de todo, no tenía nada más que la ropa que Lenalee ya le había regalado antes, así que era muy bueno saber que podía contar con más cosas para su niño.
Aunque, hablando de la chica, pasó un mal rato al explicarle de dónde venía la herida en su rostro. No podía decirle la verdad, no después de que Lavi había dicho que se pondría mal al saber que ese inspector había vuelto. No sabía por qué a ella le afectaría enterarse, pero prefirió no ser él quien le diera esa noticia, mucho menos cuando la china se había esforzado tanto como para darle esa pequeña reunión con sus amigos. Su excusa no fue convincente, era obvio que no le creería si Kanda no lo había hecho; Lenalee era mucho más perspicaz con ese tipo de cosas, sabría de inmediato que no estaba diciendo la verdad. Sin embargo, no lo molestó demasiado, casi como si prefiriera también ignorar ese problema por ahora y dejarlo para después, cosa que él agradeció infinitamente.
Apretó los párpados al sentir un golpecito de nuevo. Su bebé estaba muy inquieto a causa de tanto alboroto, todo después de lo que había pasado con el secretario Lvellie. Lavi tenía razón, no había sido un buen modo de despertar, así que de cierta manera entendía que estuviera así. Y toda esa gente tocándolo cuando Allen sabía que el niño prefería estar con Kanda. Justo como él. Se sonrojó un poco. Maldita sea, estaba haciéndolo de nuevo; eso de ser malagradecido con los otros por preocuparse por él cuando lo único que quería era estar con el samurái unos momentos más. No sabía si culpar a Kanda por eso, era él quien quería pasar el tiempo con el pelinegro. Porque Kanda había sido el que se había marchado de la pequeña fiesta que habían hecho los demás por la Navidad y por su cumpleaños, y se había sentido mal por eso. Era culpa de las hormonas, eso lo sabía; se suponía que él más que nadie debería de saber que Kanda era un total antisocial y que era obvio que no soportaría mucho tiempo ahí. Pero él había sido lo suficientemente obstinado para no soltarle mientras Lavi lo llevaba a su destino, había actuado como un niñito otra vez.
Tragó saliva, sin decidirse a llamar a la puerta una vez que estuvo frente a ella. No estaba muy seguro del por qué estaba tan nervioso, no era como si fuera la primera vez que tendría que lidear con un Kanda enfadado, ¿qué no estaba así prácticamente todo el tiempo? Bakanda era caprichoso, no era exactamente el adulto que todos pensaban que era. Eso o tal vez él mismo se estaba proyectando en Kanda; él era egoísta, tan egoísta como para que el mayor estuviera sólo con él y aparte querer ser capaz de estar con sus amigos. Pedía demasiadas cosas, ¿verdad? Tantas como para también querer tener a su bebé en brazos a pesar de que no estaba muy seguro de ser capaz de cuidarle como lo merecía. Mucho menos después de lo que le había dicho el inspector Lvellie.
Pero no pudo continuar con sus pensamientos porque la puerta a la que no se decidía a tocar se abrió de pronto. No pudo ni siquiera reclamar cuando fue jalado al interior para luego oír como la puerta era cerrada tras de él.
- ¡Bakan-...!
Sus palabras fueron cortadas al instante cuando los labios del otro se posaron sobre los suyos, iniciando un beso bastante profundo que le robó el aliento. Al principio intentó resistirse por lo sorpresivo del ataque, pero después terminó cediendo, abrazándose al mayor con fuerza mientras correspondía el beso lo mejor que pudo. Respiró profundamente en cuanto se separaron, aún sintiendo algunos besos superficiales al tiempo que intentaba volver a la realidad y concentrarse.
- Moyashi.
- Podrías haber esperado hasta que entrara, ¿sabes? - le susurró entre besos, tomando aire en cuanto tenía la oportunidad de hacerlo.
- Che. ¿Te hubieras decidido algún día?
Ese idiota desesperado. Lo entendía de cierta forma, pero su cuerpo le pedía por descanso. Aunque sabía que no era muy buena idea el dormir con el japonés si éste estaba con su usual terquedad por tener sexo. Porque él prefería estar despierto y enterarse de las perversiones que se le ocurrían al otro que despertar por la mañana y llevarse un buen susto por las marcas en su cuerpo.
Emitió un pequeño gemido cuando la lengua de Kanda se paseó por su cuello, lamiendo hasta su barbilla y de regreso. Cerró los ojos, sintiendo que el calor le invadía nuevamente. Pero seguía preguntándose cómo demonios era que el otro no se cansaba; apenas unas cuantas horas antes se habían acostado y él se sentía adolorido todavía por el encuentro, aún si las caricias de Kanda estaban logrando que se olvidara de esa molestia poco a poco.
Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, apenas logrando ahogar un sonido que amenazó con salir de su boca cuando una de las manos del mayor se coló hasta su entrepierna. Se aferró a la camisa del otro, gimiendo muy suave al oído del japonés a pesar de que quería evitarlo. Se suponía que no quería tener sexo ahora, estaba cansado y acababa de estar con sus amigos por lo que no podía sacárselos de la mente. Pero Kanda sabía cómo moverse para excitarlo a pesar de que estuviera adolorido, como llevarlo al punto que quería para que se dejara llevar. Ese maldito bastardo.
- Para ya, Bakanda - logró decir entre quejidos, intentando ignorar que su rostro se teñía de un color rojizo cada vez más intenso -. Acabamos de hacerlo, ¿no te parece suficiente?
- Mhm. La verdad no pensé que fueras capaz de aguantar una segunda ronda tan pronto, Moyashi. Pero ya te estás poniendo duro otra vez, eres un pequeño pervertido.
Quiso quejarse, por supuesto. ¡Era culpa de Kanda después de todo! Pero obviamente fue interrumpido por su propio gemido debido a que el mayor mordisqueó suavemente el lóbulo de su oreja derecha. Detestaba eso, como su cuerpo era tan sensible cuando se trataba de ser tocado por esta persona. Todo por su culpa, culpa de Kanda.
- Voy a follarte contra la pared.
- ¿Q-qué...?
Dio un respingo cuando Kanda le tomó de los hombros para darle la vuelta, obligándole a colocar las manos contra la pared cercana a la puerta. Se asustó, por supuesto. No le gustaba para nada estar así, con Kanda a sus espaldas, sin poder verle para tratar de adivinar lo que estaba pensando. Aunque no sabía si esto era peor que lo que le había obligado a hacer antes; no quería volver a repetir esa posición tan vergonzosa donde lo obligó a estar sobre él. Tragó saliva, negando rápidamente con la cabeza.
- ¡Idiota! Apenas puedo moverme, ¿qué no te has quejado por eso? Además, esto no es precisamente cómodo y...
- Che. De hecho, es una ventaja que no te puedas mover, Moyashi - tembló ligeramente, sin poder quejarse a pesar de lo que el otro exorcista decía -. Así no podrás escapar fácilmente.
Entreabió los labios, más no sabía muy bien qué debía decir. Cualquier cosa que dijera podía ser utilizada en su contra y eso le asustaba. Además, Kanda se presionaba más y más contra su cuerpo y eso le desconcentraba tanto como para no poder poner en orden sus ideas para detener a ese pervertido.
No estaba muy seguro si soportaría mucho tiempo de pie; Kanda seguía acariciándole insistentemente, como si quisiera obligarle a gemir más audiblemente a pesar de que tratara de evitarlo con todas sus fuerzas. Seguían estando muy cerca de la puerta, sabía que podían escucharlos. ¿Qué acaso a Kanda no le importaba? Debía de ser más cautelosos, debían de comportarse. Se mordió el labio inferior, apretando con fuerza los párpados cuando el mayor logró levantarle el vestido para introducir la mano derecha dentro de sus pantalones, acariciándole por sobre la ropa interior descaradamente. Demonios.
- Va-vamos a la cama, por favor - masculló entre dientes, apenas tomando el aliento necesario para hacerse oír por lo bajo.
Como respuesta, Kanda se las arregló para quitarle los pantalones y la ropa interior, apenas contando con su ayuda al levantarle una de las piernas seguida de la otra. Entonces comprendió que no le daría oportunidad de resistirse, que estaba decidido a tomarlo de esa forma. Sintió un escalofrío cuando el japonés posó una de las manos sobre su vientre, moviéndola con mucha suavidad. Y le tranquilizó. No sabía por qué, pero le calmaba que Kanda le tocara así; tal vez era porque también Kanda podría sentir al menos en parte lo que experimentaba cuando el bebé se movía dentro de él, que se diera cuenta de lo mucho que se había tranquilizado ahora que estaban solos en la habitación de nuevo. Quería besarlo, quería besar a Kanda pero sabía que ahora que el juego había empezado no acabaría hasta que el otro quisiera. Y lo mejor que podía hacer era pelear por sí mismo para evitar que Bakanda se aprovechara de más.
Cosa que era difícil, muy difícil. Ahora que estaba tocándole de esa forma, directamente, todo desde que logró deshacerse de su ropa inferior que quedó olvidada en algún rincón en el que no pudo fijarse. Mucho menos ahora que las manos del otro habían subido por su cuerpo, aún por debajo del vestido, hasta donde menos le gustaba que Kanda le tocara. Frunció el ceño a pesar de que sabía que estaba sumamente sonrojado. Odiaba eso, ¿por qué Kanda debía de mostrarse tan fascinado por esas cosas? Dolían cada vez más, cada día era más incómodo para él tenerlas y, sobre todo, detestaba ponerse sostén. Sí, era bueno para no mancharse y de cierta forma dolía menos que los roces contra su ropa, pero de por sí su masculidad ya había sido lo suficientemente mancillada desde el principio de esta misión para que aparte tuviera que pasar por eso. Totalmente injusto, sí. Injusto porque el único que parecía "sacarles provecho" era Bakanda. Es decir, su bebé no necesitaba alimentarse así porque todavía estaba adentro de él, ¿no? ¿Por qué debía tenerlos ya? Empezaba a pensar que esta parte del experimento era sólo para fastidiarlo. Aunque no creía que Komui estuviera muy de acuerdo con el uso que Kanda les estaba dando, ehm. Rayos. Ahora estaba mucho más ruborizado que antes. Hasta ahora se estaba dando cuenta de por qué el supervisor había lucido así por la palabra "estimulación".
- Pensando demasiado, ¿eh, Moyashi? - ahogó un gemido al escuchar a Kanda tan cerca de su oído, dejándole sentir su cálido aliento - Es raro que no te estés quejando porque tengo las manos sobre tus pequeños pechos.
- Maldito bastardo...
En definitiva: esto era sólo para joderle la vida.
De pronto, los gemidos entre el dolor, la molesta y el ligero placer escapaban de su boca con mayor facilidad. Era difícil ahogarlos en esa posición, cuando estaba usando las dos manos para apoyarse en la pared. Obviamente no iba a dejar que esa superficie tan fría quedara en contacto con su abdomen, así que trataba de mantenerse alejado lo más que podía a pesar de que Kanda se presionara más contra él. Ese idiota, ¿de verdad se preocupaba por él o no?
- Che. Relájate un poco, imbécil. No es como si no lo hubieramos hecho antes tantas veces...
- ¡Nunca lo habíamos hecho así! - le reclamó de inmediato, cortándole otra oración que sabía que lo único que lograría era que se avergonzara aún más. Kanda sabía cómo usar las palabras, le encantaba verle así de nervioso y apenado.
- Siempre hay una primera vez.
Kanda estaba hablando tan cerca de su oído, con mucha suavidad, aún si se interrumpía de vez en cuando para besarle el cuello; pero eran palabras que detestaba, palabras que el japonés repetía porque sabía que las odiaba. Y, aún así, no podía evitar los sonidos guturales que salían de su garganta. Maldito Bakanda. Cada vez era más complicado mantenerse en pie por su culpa.
Al fin dejó de tocarle ahí, apretando por última vez las tetillas por lo que se quejó notoriamente. Ese idiota. Tomó aire por la boca, esperando por el siguiente movimiento, tratando de volverse un poco para verle. Pero una sensación fría y húmeda en su entrada le hizo olvidarse de todo lo demás. Apretó los dientes, maldiciendo en voz baja por la falta de cuidado del pelinegro.
- Separa un poco las piernas, Moyashi.
Cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior. Aún seguía enfadado, claro, pero ese dedo moviéndose dentro de él le era suficiente como para distraerse del todo. Ahogó un gemido cuando tres dedos entraron a la vez, haciéndole temblar visiblemente. Encogió los dedos de las manos, mirando hacia el suelo mientras sentía las lágrimas formándose en sus ojos. Su rostro ardía, todo él estaba ardiendo. Arqueó la espalda, encontrándose con el pecho de Kanda. Pudo verle de reojo: como el idiota ese sonreía socarronamente mientras seguía rozando ese punto en su interior que le obligaba a gemir audiblemente a pesar de que intentara evitarlo.
- Ba-kanda...
- Ya estás listo.
No era una pregunta.
No pudo evitar lanzar un pequeño grito cuando esos dedos fueron sustituidos por el miembro erecto del mayor. Dolía. ¿Por qué siempre tenía que doler? Llevaban mucho tiempo haciéndolo y aún así sentía dolor al ser penetrado por Kanda a pesar de la preparación previa. Había llegado a pensar que todo era mental. Que en realidad esa molestia no era física, sino una repulsión natural que sentía por el acto, tal vez por culpa de su maestro. Negó con la cabeza, tratando de sacar a ese maldito de sus pensamientos; de por sí estaba pasando por un mal momento como para recordarlo precisamente a él. Apretó con fuerza los párpados, esperando a que el otro exorcista se decidiera a empezar con las embestidas.
Porque lo deseaba. Dolía, sí, y dolería más al terminar. Pero quería hacerlo. Después de todo, esta era la manera en la que se sentía más unido a Kanda. Además, era masoquista. Ya se lo había dicho a sí mismo. Así que no importaba si dolía.
- Estás muy callado, Moyashi - le susurró Kanda, aferrándose a su cuerpo, acercándose aún más -. Te haré gritar si sigues así.
- ¡No! Este... - miró hacia otro lado, una tontería, pues sabía que Kanda no podía verle el rostro en esa posición -, ¿por qué demonios no te mueves ya? Eres desesperante.
- Che. ¿Necesitado tan pronto? - Kanda se movió un poco, sólo un poco y aún así logró que sus piernas temblaran.
- ¡Sólo quiero dormir, así que hazlo de una vez! - se quejó, aunque sabía que eso no convencería al mayor. Ni él mismo se lo creía ya.
- De acuerdo, Moyashi.
No le dio oportunidad de prepararse; Kanda salió casi por completo para luego hundirse en él de inmediato. Jadeó audiblemente, de nuevo tratando de aferrarse a algo, a lo que fuera. Pero no podía, lo único que lograba hacer era apoyarse en la pared y cerrar los ojos con fuerza, sintiendo las embestidas de Kanda en su interior una y otra vez.
Entreabrió los ojos cuando Kanda colocó una mano sobre su vientre una vez más, aún penetrándole rítmicamente. Volvió a tranquilizarse un poco, aún si los movimientos seguían y eran cada vez más rápidos y fuertes. Maldito Bakanda. Pero le estaba acariciando tan suavemente, algo raro comparado con la manera en que se movía de adentro hacia afuera como si no pareciera importarle en lo absoluto la posición en la que estaban. Resopló, mordiéndose el labio inferior después para ahogar los gemidos que Kanda se esforzaba tanto por arrancarle.
Otra vez estuvo tentado a reclamarle, a alargar un poco más la sesión de sexo aunque sus piernas apenas podían sostenerle en pie. Pero Kanda había movido la mano que estaba en sus caderas para colocarla sobre su mano izquierda, entrelazando sus dedos con firmeza. Ese gesto tan íntimo le hizo desconcentrarse, olvidarse un poco del dolor y de lo raro que se sentía por tener esas sensaciones encontradas como cada vez que lo hacía con Kanda. Sonrió. Una estúpida sonrisa se dibujó en su rostro y ni siquiera sabía por qué se sentía feliz por esto. Qué tontería.
Pero escuchaba a Kanda jadear cerca de su oído, gemir profundamente mientras mascullaba algunas palabras obsenas entre dientes que lograban avergonzarlo aún más. Sin embargo; se sentía bien. Era algo que no podía evitar. Simplemente se sentía bien. Aún con el dolor, la molestia, el cansacio, las inseguridades, la discusión que tuvo con el inspector Lvellie; todo lo demás. Se sentía tan bien.
- Ka-Kanda...
- Moyashi.
Respiraba por la boca, sin poder controlar los temblores que recorrían su cuerpo cada vez que el miembro de Kanda rozaba ese punto que le daba tanto placer. No quería gemir más audiblemente, no quería darle más razones a Kanda para aumentar la velocidad y la fuerza. Pero lo estaba haciendo. Y estaba repitiendo su nombre. El mayor besó su cuello, devolviendo la mano que estaba sobre su Inocencia hacia sus caderas para apoyarse al embestirle. Apoyó los brazos en la pared, casi sin poder sostenerse ya. ¿Qué tanto tardaría en terminar? Podía escucharlo aún gimiendo por lo bajo, hablando de su cuerpo utilizando esas odiosas palabras que tanto le molestaban. Pero no parecía estar a punto de correrse, aún no.
En cambio él...
Un notorio gemido escapó de sus labios cuando Kanda empezó a masturbarle rápidamente, sin parar el vaivén de sus caderas un instante. Negó con la cabeza, negándose a acabar así. No quería darle esa satisfacción a Bakanda, no cuando la utilizaría como excusa para volver a tomarlo así de nuevo. Por Dios, quería descansar aunque fuera un poco. Pero cierta parte de su cuerpo no estaba de acuerdo. Seguía siendo un maldito adolescente hormonal.
- ¡Kanda!
Se mordió con fuerza el labio inferior, saboreando el sabor de su sangre una vez más. Todo por evitar ese gemido que sabía que se convertiría en grito tras haber llamado al otro exorcista de esa forma. Algunas lágrimas se derramaron por sus mejillas sonrojadas tras su orgasmo, uno de los más fuertes que había tenido. Sus piernas habían dejado de responderle y habría terminado en el piso abruptamente si no fuera porque Kanda le había abrazado para que no cayera. En cambio, ambos se deslizaron hasta el suelo lentamente. Se sorprendió por la gentileza con la que le había sostenido y como se había arrodillado con él. Era algo de lo que no creía que el otro fuera capaz, pero al menos le había demostrado que sí le preocupaba lastimar al bebé, o algo así entendía por ese gesto.
Soltó un ligero quejido cuando Kanda salió de su interior, dejándole en el suelo mientras recuperaba la respiración apoyándose en la pared que le servía de apoyo otra vez. Vio al mayor entre el flequillo blanco, observando como el otro lamía los restos de su corrida de la mano derecha con un gesto de aparente indiferencia. Tragó saliva, desviando la mirada, avergonzado. No tenía idea de por qué al japonés le gustaba el sabor del semen, para él era tan bochornoso que prefería no pensar en eso cada vez que el pelinegro se corría en su boca luego de obligarle a darle sexo oral. Se mojó los labios, nervioso.
- ¿Listo para lo que sigue, Moyashi?
- ¿Lo que si-...? ¡Bakanda!
Sus piernas aún temblaban, todo él temblaba por el placer que acababa de experimentar. Pero para Kanda no era suficiente, eso era obvio. Porque se había aproximado otra vez hacia él, levantándolo a pesar de que quisiera resistirse por el bien del descanso que necesitaba aún si era totalmente inútil si su bebé seguía despierto por más tiempo.
No se enteró de lo que pasaba hasta que ya estaba recostado en la orilla de la cama, con los pies rozando el piso. Se cubrió parcialmente el rostro, aunque observando al otro con los ojos entreabiertos. Kanda le miraba fijamente también, soltándose el cabello para después desabrochar su camisa. Resopló suavemente, encogiéndose un poco al ver a Kanda acercarse.
Aunque no pudo evitar el quejido que salió de su boca cuando tres dedos volvieron a introducirse en su interior, entrando y saliendo lentamente, buscando. Y encontrando. Arqueó la espalda, tapándose la boca con ambas manos para evitar hacer más ruido de ese tipo.
- Che. Sigues tan estrecho, Moyashi. Aún después de que te jodí hace sólo unos instantes. Me pregunto si alguna vez te adaptarás a una buena follada sin que haya necesidad de meterte los dedos primero.
- No digas ese tipo de cosas, idiota - masculló entre dientes, con la voz ahogada. Justamente era lo que odiaba, a Kanda hablando de esa forma. Sabía que era parte del juego que el otro disfrutaba, pero no por eso iba a dejar que hablara tantas tonterías acerca de él.
Se mordió el labio nuevamente cuando los dedos del espadachín salieron de su cuerpo. Apretó con fuerza los párpados al tiempo que se aferraba a las sábanas de la cama del mayor cuando éste entró en él otra vez de una sola estocada. Juró que estuvo a punto de gritar por el dolor, pero en lugar de eso un gemido salió desde lo profundo de su garganta. Estúpido Bakanda. Maldito bastardo.
Kanda le tomó de las caderas, elevándolo un poco para tomar un ritmo de sus embestidas. Cerró los ojos de nuevo, gimiendo entre dientes aunque no quisiera hacer tan obvio que lo estaba disfrutando. Que dolía como siempre pero que a la vez empezaba a sentir algo más de placer. Tomó algunos mechones negros del otro, tirando de ellos de vez en cuando como si quisiera aferrarse a algo, cosa que al mayor no pareció importarle en lo absoluto pues seguía penetrándolo sin parar.
Sin embargo, ni él mismo se dio cuenta de cuando extendió su brazo izquierdo para rozar el rostro del mayor, entreabriendo los ojos para mirarle sin dejar de jadear cada vez que Kanda le complacía al tocar ese lugar dentro de él. Pero abrió los ojos con sorpresa, despejándose a pesar de que los movimientos seguían, cuando Kanda acarició su mano con una de las de él, mirándole intensamente pero sin aminorar el ritmo. ¿Kanda estaba siendo amable con él o era su imaginación? No importaba, no quería pensar en eso. Con estar así por unos instantes más estaba satisfecho.
El pelinegro se inclinó hacia él, besándolo profundamente, moviendo la lengua contra la suya. Llevando el control, como siempre. Lo raro era que no le molestaba tanto esta vez. Tal vez sólo había decidido darle esto a Bakanda porque quería estar con él después de las palabras del inspector, esas palabras que le habían hecho recordar cosas que no quería.
Terminó por abrazarse al otro, sin importarle que su gran vientre le impidiera hacerlo con la cercanía que quería. Fueron tan sólo unos segundos de ese acercamiento tan íntimo, pues el ritmo se había acelerado visiblemente.
Podía escuchar la respiración agitada de Kanda, así que cerró los ojos, esperando. Sabía que se correría pronto. Y que tendría que limpiarse otra vez. Se mordió el labio inferior cuando sintió la mano de Kanda sobre su miembro de nuevo, masturbándole al ritmo de sus embestidas. Se retorció un poco, halando el cabello del mayor para que bajara un poco la velocidad.
Pero a Kanda seguía sin importarle, pues no se detuvo hasta que logró que el menor se corriera por segunda vez, arqueando la espalda para encontrarse con el cuerpo del otro. Fue por ese gran placer que sintió que apenas se dio cuenta cuando Kanda salió de él otra vez para terminar sobre sus muslos y abdomen. Parpadeó cansinamente, sin poderse creer que Kanda no hubiera tomado la oportunidad de correrse dentro de él cuando no tenía ya la fuerza para oponerse. Un momento, ¿de verdad estaba siendo amable con él?
- ¿Kan-da?
Toda su sensación de alivio se fue a la basura cuando el mayor le subió por completo el vestido, descubriendo su pecho de inmediato. Apretó los dientes al sentir el frío del aire de la habitación rozando esa parte tan sensible, aunque lo helado del ambiente era la última de sus preocupaciones.
- ¡N-no! ¡Bakanda!
Odiaba esto. Detestaba que el maldito bastardo jugara de esa forma con esos. Que los metiera a su boca y que succionara tan fuerte como si no le hubiera dicho antes lo mucho que dolía. ¡Y que se tomara la comida del bebé!
- Mhm. Será una lástima tener que compartir esto, Moyashi - susurró el japonés, dando una última lamida en una de sus tetillas luego de haberse salido con la suya otra vez -. Sabe muy bien a pesar de ser tan dulce.
- ¡Argh! ¡Quítate de encima, imbécil! - le gritó, sonrojándose furiosamente por esos malditos comentarios.
- Che. Espero que puedas conservarlos por un tiempo más para seguir disfrutándolos, mocoso.
- ¡Cállate ya!
Se encogió en la cama, enfadado. Había roto todo poco encanto que había logrado conseguir con él, aunque después de todo fue tonto por pensar que Kanda podría comportarse bien con él. Aún si todavía le extrañaba ciertas actitudes que el otro exorcista había tomado esta vez.
- Oye, Moyashi.
- ¡Me llamo Allen!
Hacía tanto que no le recordaba cuál era su nombre que puso demasiado empeño en hacerle notar algo que, obviamente, el otro ya sabía. Pero, de nuevo, Kanda pareció ni inmutarse, porque de inmediato sacó una pequeña prenda de uno de sus bolsillos, mirándole fijamente sin dibujar gesto alguno en el rostro.
Empalideció cuando el sostén celeste fue puesto en sus manos para luego ruborizarse. ¿De dónde demonios había salido eso? ¿Acaso ese pervertido había estado hurgando en sus cosas?
- Antes de que empieces con tus paranoias, quiero decirte que tú mismo lo dejaste aquí en mi habitación, así que debes atenerte a las consecuencias.
- ¿Con-secuencias?
No recordaba haber dejado eso en la habitación de Kanda, no estaba tan loco para hacerlo. Pero aún así quería saber acerca de esas 'consecuencias' y si eran tan horribles como pensaba que eran.
- Será mejor que te lo pongas si no quieres manchar tu ropa. De por sí fue una suerte que no cayera nada sobre tu lindo vestido, Moyashi.
Le miró con el ceño fruncido, avergonzado por lo que Kanda estaba haciendo ahora: el japonés limpiaba los restos de semen que habían salpicado ambos cuerpos, dejándolos al menos decentes para poder dormir. Estaba acostumbrado, sí, pero aún así era raro para él que Kanda tuviera esa especie de rutina. Aunque con Kanda casi todo era tan metódico, tenía un horario muy estricto y procuraba seguirlo al pie de la letra. Todo se perdía simplemente cuando Allen estaba cerca, así que en gran parte era su culpa que Kanda se apartara de lo que tenía que hacer. No sabía cómo sentirse al respecto, pero la sensación de felicidad un tanto extraña se apoderaba de él de vez en cuando.
Se colocó la molesta prenda de todas formas. Kanda tenía razón después de todo, no quería pasar por ese bochorno de tener su ropa sucia por su terquedad. Trató de bajarse de la cama para buscar su ropa inferior, pero Kanda le pasó solamente la interior, mirándole desde arriba con una mueca divertida en su rostro.
- No necesitarás los pantalones, Moyashi.
- Ni siquiera se te ocurra tocarme cuando estoy dormido, Bakanda - murmuró, colocándose cuidadosamente el único obstáculo que tendría Kanda para meterle mano.
- Che. Esperaré hasta que despiertes entonces, idiota.
Se hizo a un lado cuando Kanda se sentó a su lado en la cama, aún con la camisa y los pantalones desabrochados, recostándose inmediatamente. Allen le miró, sentado como estaba, acomodándose algunos mechones blancos tras una de sus orejas. Terminó por recostarse al lado del mayor, mirando hacia el techo, pensando en algo que de pronto le había llegado a la mente.
- Kanda.
- ¿Qué quieres, Moyashi?
- Mhm... ¿Cómo crees que deberíamos de llamar a nuestro bebé?
Sintió como el otro se movía en la cama para mirarle, siguiendo recostado como estaba. Se sonrojó un poco por la forma de observarle tan intensa. Por la pregunta que de pronto se le había ocurrido.
- Debe ser un nombre japonés.
- ¿Qué? ¡Pero va a nacer aquí! - reclamó de inmediato, apoyándose en uno de sus codos para mirarle desde arriba - Es justo que tenga un nombre occidental, será su lugar de nacimiento después de todo.
- Che. ¿Para qué preguntas entonces si vas a salir con tus reclamos?
Cerró la boca de inmediato, dándose cuenta de que Kanda tenía razón. Resopló entrecortadamente, recostándose otra vez al lado del otro sin decidirse a decir nada en realidad.
- Sólo quería saber tu opinión - susurró, jugando nerviosamente con las mangas del vestido sin atreverse a mirarle de nuevo.
Aunque más bien quería una sugerencia. Nunca había pensando en un nombre para su bebé, no sabía cómo dirigirse a él o si estaba bien pensar en algo como eso antes de que naciera.
- Podría llamarse Allen - le escuchó decir, provocando que prácticamente le diera un ataque de tos. ¿Es que había escuchado mal acaso? -. Che. ¿Qué tienes, imbécil?
- ¿Te gusta mi nombre? ¿Allen? - se señaló a sí mismo, algo asustado porque a Kanda de pronto le hubiera dado por decir algo como eso.
O era que estaba escuchando mal, eso. Tal vez ya estaba dormido y estaba soñando...
- Sí, ¿y? - dijo Kanda, con voz indiferente, arqueando una ceja como si no entendiera el por qué de tan repentino alboroto.
- '¿Y?' ¿¡Entonces por qué sigues llamándome 'Moyashi'!?
- Che. Eso es porque tú eres un moyashi, idiota - contestó el mayor, como si fuera una respuesta de lo más obvia.
- ¡Pero me llamo Allen! - volvió a insistir, queriendo saber por qué demonios Kanda se esforzaba por llamarle de esa forma si de verdad le gustaba tanto su nombre como para pensar en ponerle así a su hijo.
- Deja de hacer tanto escándalo por algo como esto, Moyashi. Pensé que te morías de sueño y que caerías rendido rápidamente.
Claro que tenía sueño, pero estaba interesado en esto por más tonto que podría parecer. Además, su bebé se había tranquilizado nuevamente, así que tal vez tendría oportunidad de dormir aunque fuera un poco.
- ¿Eso quiere decir que me llamarás por mi nombre alguna vez? Después de todo te gusta, ¿no?
- Eso no pasará, Moyashi.
- ¿¡Qué!? - apretó los dientes, tentado a tirar de ese cabello negro otra vez - ¿Ni siquiera porque es mi cumpleaños?
- Eso no tiene nada que ver. Sigues siendo un moyashi y lo seguirás siendo para siempre.
Hizo un puchero ante la sonrisa socarrona del otro exorcista. Ese maldito idiota. Sabía lo mucho que detestaba que le llamara de esa forma y que una de las cosas que más quería era que Kanda al fin se dignara a llamarle por su nombre, que lo tratara como su igual por alguna vez en su vida.
- Algún día lograré que me llames por mi nombre. Ya lo verás, Bakanda.
- Sigue soñando, estúpido Moyashi. Ahora duérmete ya y no hagas tanto ruido por una tontería como esta.
Kanda había puesto una de sus manos sobre su cabeza para mandarlo a la cama otra vez de una forma no muy amable. Se cruzó de brazos, molesto de una forma infantil.
Pero había hablado con Kanda sobre su bebé. Se había sentido cálido cuando cruzó esas cuantas palabras con el samurái. Cálido y extraño a la vez. Cerró los ojos, acurrucándose contra el otro de forma prácticamente inconsciente.
De todas formas se sorprendió un poco cuando sintió una de las manos del mayor sobre su rostro, acariciándole la mejilla que aún estaba algo hinchada a causa del golpe que el inspector le había dado.
- Tendrás que darme una explicación sobre esto, pequeño idiota.
Suspiró, restregando su rostro contra la mano del oriental sin percatarse de que lo hacía con la intención de querer sentir más ese tacto tan suave.
- Ya te dije que no puedes hacer nada al respecto, Bakanda.
- Claro que puedo.
Entreabrió los labios cuando Kanda se acercó para besarle, dándole la oportunidad de que entrara en su boca. Sonrió entre los labios del otro, aún si sabía que no era buena idea que Kanda pensara de esa forma.
- Sólo no te metas en problemas. Ya tienes suficientes por haberte involucrado conmigo en esta misión - susurró apenas se separaron, tomando un poco de aire al respirar.
- Mph. Jodido mártir.
Volvió a sonreír suavemente. Kanda tenía razón, siempre la tenía en esas cosas. Pero no quería que el otro pasara por algo como eso cuando podía ser evitado. Acarició su vientre, aliviado por sentir tan pocos movimientos en su interior. Se acurrucó en el hombro del mayor, mucho más relajado a pesar de los insultos que Kanda mascullaba entre dientes por su falta de cuidado y de su incapacidad por pensar en sí mismo. Le abrazó como pudo, totalmente relajado y dispuesto a dormir de una vez por todas.
Aunque pronto sintió unos pasitos sobre él, provocando que abriera uno de sus ojos plateados para ver qué pasaba.
- ¿Timcanpy?
- Che. ¿Aún sigues aquí, maldita cosa del demonio?
El golem dorado abrió su boca, como si estuviera reclamando por ser ignorado de esa forma y, claro, por como el japonés de dirigía hacia él. Allen soltó una risita, tomando a Timcanpy entre sus manos para tranquilizarlo.
- Sólo ignóralo, Kanda. Deja que se quede a dormir con nosotros, ¿sí?
- Como si tuviera otra opción - masculló el pelinegro, recostándose de nuevo por completo.
Sonrió otra vez, acomodando a Timcanpy en su almohada, asegurándose de que el golem estuviera cómodo para que no molestara a Kanda y así no iniciar alguna pelea entre ellos.
Porque agradecía poder estar así, rodeado de sus seres queridos. De Kanda, Timcanpy y, claro, de su bebé. Volvió a colocar una de sus manos en su abdomen, apoyándose en el hombro del otro exorcista, quien no lo rechazó.
Sí, hacía tiempo que necesitaba algo como esto.
Un pequeño respiro en medio del mar tormentoso en el que seguía estando.
+ Continuará +
Notas finales: Las últimas líneas me dolieron más que todo el capítulo, err. ¿Tan cruel soy, ju? Además, aunque no lo parezca, concuerdo con el punto de vista de mi amiga (la que me indujo a D Gray-man y a la que quiero abrazar con todas mis fuerzas a pesar de que sé que me golpeará si lo hago), esa que dice que Lvellie es más bueno que el pan y que los salvará a todos *risitas*. Además, de cierta manera lo comprendo, es decir, para él la supervivencia de la Orden está por encima de todo, hasta de los propios exorcistas. Y eso podría incluir a un adorable e indefenso -embarazado- Allen, lol. Entiendo que se desespere, aunque no debería de hacerlo, al menos no de esa manera... Oh, bueno. Muchos perdones por la falta de actualizaciones y por lo ¿poco? que pasó en este capítulo. Nos vemos, pronto, espero *llora*.
