N/A: La Casa de Tauro. Baluarte inexpugnable donde a Alde le partieron el cuerno XD. Estaba un poco rabiosa cuando terminé Géminis (de hecho siempre que escribo sobre algo que ocurre en la Calzada me pasa), así que le tocaba a Tauro pagar las consecuencias. Vale... este capítulo es mitad premeditación con alevosía y mitad inspiración repentina. Sabía lo que quería, pero no cómo enfocarlo. Esto es el resultado. Ojalá os parezca tan aceptable y comprensible como a mí XD
DISCLAIMER: Kurumada y TOEI Animations son los que tienen derechos legales sobre Saint Seiya y productos derivados; los OC pertenecen a sus respectivos dueños (se puede preguntar sin miedo, yo os pongo en contacto para lo que haga falta); los fics se escriben sin ánimo de lucro (es para el esparcimiento de mis neuronas) y todo parecido con la realidad (excepto lugares geográficos existentes) es pura coincidencia.
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A mitad de camino hacia Tauro, me descubro tarareando la melodía de "La casita de papel". Ains… ¡Qué felices seremos los dos y qué dulces los besos serán! Pasaremos la noche en la luna viviendo en mi casita de papel. Definitivamente tengo que ser la reencarnación del que escribió la canción, porque ahora mismo me siento exactamente en la luna. Y pensar que hace un rato estaba llorando…
Pero precisamente el pensar que estoy a punto de allanar la casa del gigantón me baja la libido de golpe. Mierda… eso si es un pensamiento matapasiones. No, espera… el caballero Aldebaran bailando 'Full Monty' utilizando la toalla como complemento sexy, eso SI es matapasiones. Ugh, creo que tendré pesadillas durante meses. Sacudo la cabeza tratando de alejar de mí pensamientos desmoralizantes y avanzo por entre rocas y matorrales secos hasta llegar a la salida de Tauro. Miro hacia el pasillo. Miro el lateral de la casa. Pasillo. Lateral. ¿Qué hago? ¿Me arriesgo a caer de cabeza a través de una ventana o me atrevo a entrar por la puerta grande? Mejor por una ventana, ya puestos.
Me acerco hasta la primera que alcanzo a ver encuentro las contraventanas cerradas, así que voy hasta la siguiente. Más que una ventana parece un gran conducto de ventilación, con una rejilla metálica encajada contra la roca. Busco algo con lo que hacer palanca y, no sin esfuerzo, consigo removerla de su sitio. Es lo bastante amplia como para que pueda entrar por ella sin problemas, y el tramo que tengo que recorrer a cuatro patas me indica que puede que realmente se trate de un conducto del sistema de ventilación. A unos tres metros del exterior hay otra rejilla. Me asomo por una de las rendijas y creo distinguir cubículos más o menos organizados. Eso me dice que puedo estar en la 'clínica' de animales. Uff… ¿Me atreveré a entrar donde sé que hay un león? Bueno, estaba enjaulado, así que tampoco puede ser para tanto.
Rememorando la última película de espías que vi en el cine, saco un cordel de mi bolso (si, suelo llevar de todo cuando sé que voy 'de paseo') y lo ato a una de las láminas metálicas de la rejilla. Me siento a cierta distancia, apoyando los pies contra ella y, sujetando firmemente el cordel, doy un golpe seco a la rejilla para que ceda. Como la estoy sujetando, ni se mueve demasiado ni se cae, ahorrándome el escándalo que habría supuesto que rebotara contra el suelo. La dejo caer suavemente y luego bajo, aprovechando que el borde está a menos de un metro del suelo. En la oscuridad, un par de puntos opalescentes se giran hacia mí provocándome un escalofrío que me recorre de pies a cabeza. Que yo sepa, en la 'granja' solo había un animal que pudiera presumir de esos ojazos que brillan en la oscuridad. Y, la verdad, no me hace mucha gracia que sea precisamente el león el primero en darme la bienvenida. Gruñe por lo bajo y después los puntos brillantes se apagan. Al menos no le llamo demasiado la atención.
Saco mi móvil linterna y examino la zona. Estoy frente a la cerca de las mascotas de la Princesa, viendo lo que parece ser un conejo molestar a base de cabezazos a un apático pavo real que permanece estático en su principesco dormitar, sin inmutarse. Cerca de ellos, un pato se entretiene dando vueltas alrededor de un pequeño perro, que resopla de vez en cuando, mientras un par de pollitos pasean sobre su lomo haciendo equilibrios. En un rincón hay un gato desquiciado que no deja de dar vueltas sobre sí mismo para alcanzarse la cola. Al final si que iba a tener razón el Caballero con que los animales estaban un poco trastornados… Junto a la cerca hay otro recinto, un poco más grande y más reforzado, donde la cabra descansa sobre un montón de heno fresco. Más allá, una gran pajarera llena de aves permanece extrañamente en silencio. Curioso, sin duda, que un pájaro no haga ni un solo ruido a pesar de notar una presencia extraña a su alrededor. Al fondo, a mi derecha, la enorme jaula del león me parece igual de invitadora que el pasillo de Cáncer, así que le digo adiós desde lejos y me dirijo hacia el portón de salida hacia las dependencias del Caballero.
Nada más abrir la puerta distingo un breve atisbo de claridad que me dice que esta noche Tauro está en casa. Voy hasta la esquina que da al pasillo y me asomo. Al fondo veo el salón, donde el inmenso guardián está sentado en el sofá mirando hacia delante. Tiene un mando en la mano, así que podría estar viendo la televisión. Una de dos: o padece insomnio o madruga demasiado. Bah, me da igual. Sea lo que sea, a él le ha tocado. Vengo furiosa de Géminis y de alguna manera tengo que desquitarme. Tauro va a pagar por todos los malos ratos que he tenido que pasar hasta ahora. Digamos que él estaba en el momento inoportuno en el lugar menos apropiado. No tengo nada en su contra, pero siempre he sido partícipe de descargar tensiones antes de afrontar un día de trabajo. Ea. Nela dixit.
Como la situación más común que he tenido que vivir hasta el momento ha sido tener que esconderme de los Caballeros, me voy a divertir jugando al escondite con el señor Aldebaran. Aunque, para eso, primero me voy a dedicar a explorar los alrededores para tener controlado el campo de juego. El salón es la única habitación del Templo que está separada del resto, así que puedo merodear por los pasillos con relativa seguridad.
Quince minutos después, con la localización de las habitaciones memorizada y un plan más o menos trazado, me voy a la cocina, bebo un poco de agua, me aliso la ropa, miro por la ventana, curioseo en la nevera, voy hasta la puerta lateral… y dejo caer una cuchara al suelo. Salgo inmediatamente y me escondo en las sombras del pasillo para ver al Caballero entrar a la cocina. Echo a correr hasta el salón y doy un golpe contra la mesa de madera para luego salir de allí y entrar al baño. Me asomo con cuidado por la rendija entreabierta y le veo mirar hasta debajo del sofá para encontrar el origen del ruido. Arrimándome a la puerta que da acceso a la habitación donde duerme, enciendo las luces y cierro la puerta de golpe. En la habitación, me tiro debajo de la cama y me arrincono contra las sombras bajo la cabecera. Dos segundos después, veo los pies del Caballero patear arriba y abajo la habitación para luego salir.
Sigo sus pasos y, entreabriendo la puerta, veo que se ha vuelto a sentar en el sillón. Vuelvo al baño, garabateo algo en el cristal del espejo con el dedo y abro el grifo del agua caliente para que se llene todo de vapor y, con el tiempo, el dibujo del espejo sea visible. Salgo de allí y voy a la cocina. Pongo dos sillas una encima de la otra (con una milagrosa pericia para no hacer ruido, teniendo en cuenta que estoy a oscuras) y saco varios vasos para ponerlos alrededor de las sillas. Enciendo la luz y salgo de allí cerrando la puerta hasta que apenas queda abierta un centímetro. Luego me doy una patada mental por hacer eso. ¿Enciendo la luz al irme? En fin… Corro hasta la habitación del caballero y allí deshago la cama y abro las ventanas. Voy al pasillo asegurándome de que todavía no advierte nada, me acerco a la puerta del baño… y doy un portazo. Después, corro hacia el portón del recinto de los animales y la dejo entreabierta. Me asomo por la esquina y espero.
Efectivamente, el Caballero ha descubierto que ha sido la puerta del baño la que se ha cerrado, porque va directo hacia ella. Entra, suelta una maldición que haría enrojecer al más templado, y sale de allí mirando hacia todos lados. He dejado la puerta de su habitación también entreabierta, así que era casi de esperar que esa fuera su siguiente parada. Otra maldición, un grito y un par de gruñidos me indican que ha descubierto mi obra de arte. Sale de la habitación bufando y, cuando vuelve la cabeza hacia la cocina, corre hacia allí como una locomotora para quedarse plantado bajo el dintel de la puerta. Retrocede un par de pasos y se lleva las manos a la cabeza. Aguanto la risa tapándome la boca y me escondo. Puede que ya sea hora de irme. Aunque, primero…
Diez minutos después, estoy fuera del Templo, colocando de nuevo la rejilla contra la piedra, oyendo cómo las aves, la cabra, los conejos, perros, gatos, y demás animalillos (ni de broma suelto al león) corretean por la sala, seguramente perseguidos por un alterado Caballero. ¿Soy mala? Desde luego, soy Géminis y eso va implícito en mi naturaleza. ¿Perversa? Mucho. ¿De mente retorcida? Si no, no sería yo. ¿Me he pasado? Tal vez, pero ya me preocuparé por los remordimientos más tarde.
Y así, dejando a Tauro encargarse de las mascotas, me dirijo a la última parada antes de abandonar definitivamente el Santuario.
