Saludos desde Ecuador para mis lectores:

El tiempo se va volando cuando uno disfruta escribiendo o dibujando :P Aquí vengo una vez más para compartir otro capítulo de esta saga en el que tendremos varias sorpresas y… el final de la batalla contra Mielikki!

Agradecimientos para todas las personas que visitan y leen esta historia y para quienes me apoyan con sus comentarios.

Hikaru Kino88, Pegasasu No Saya y Tot12, mil gracias por dejar un review en esta historia ^^


[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012

Escrito en Ecuador por Kazeshini


CAPÍTULO 26: MIELIKKI: EL PODER INFINITO DE LA NOSTALGIA Y EL DOLOR


==Maravilla Suprema, Templo Sagrado Finlandés==

—Solo un dios podía detener la embestida de esa flecha… —dijo titubeando la diosa, al tiempo que levantaba aquel maíz dorado y lo miraba con añoranza. El dolor había desaparecido de su vientre y había sido reemplazado por un alivio sublime—. Los últimos residuos de tu espíritu seguían viviendo dentro de esa mazorca. Me salvaste amortiguando ese ataque a último momento, Viracocha…

Sus bellos ojos turquesa dejaban escapar una incontable cantidad de lágrimas. La espontaneidad de su repentino llanto le sorprendió.

—«¿Pero qué son estas lágrimas? —reflexionó, sintiendo una profunda nostalgia—. Una diosa no llora, ni se lamenta por la muerte de quienes tiene cerca. Esto es culpa de Yggdrasil por darnos cuerpos tan parecidos a los humanos».

Negar sus sentimientos era la forma en la que la orgullosa Mielikki admitía que había descubierto la verdadera intensidad de los mismos. La deidad finesa jamás expresaría con libertad lo que verdaderamente sentía tras la desaparición definitiva su aliado inca ni la de sus dos hijos.

Solo fue capaz de dejar su orgullo por un corto instante al verse sola, y tras acercar a su rostro la mazorca de oro, le dio un pequeño beso entre lágrimas de tristeza.

—Incluso después de dejar de existir, me salvaste. Gracias, Viracocha. Jamás te olvidaré…

El sentimiento de amargura y tristeza por sus recientes pérdidas invadió hasta los últimos rincones de su corazón. El momento emotivo hacía que su pesar se transformara poco a poco en un intenso odio, el cual alimentaba su afán de venganza.

Al levantar la cabeza, a quien primero vio fue a Ícaro, yaciendo boca abajo en el césped. Sin pensarlo dos veces, se le acercó con el fin de descargar su dolor.

—Ahora más que nunca haré que los humanos paguen por haberse rebelado contra nosotros. Tú serás el primero en ser sacrificado por los pecados de la humanidad, Touma. Al final no pudiste demostrarme que tu amor era el más fuerte.

Tras arrebatarle su arco y aljaba de las manos, la diosa de cabellos de oro dirigió una furiosa mirada al humano. En su mente solo estaba presente el deseo de asesinarlo, al igual que a sus dos compañeras.

—Ustedes los humanos son un peligro para los dioses —manifestó, cargando su poder divino en la parte afilada del guantelete de su armadura—. ¡Estamos en lo correcto al querer eliminar a una raza tan violenta como la humana!

Un fatal golpe lleno de odio y dolor fue dirigido al cuello del indefenso Ícaro. Mielikki quería arrancarle la cabeza sin dilaciones. No obstante, algo hizo que detenga intempestivamente la trayectoria del mortal embate centímetros antes de que este se impacte.

—Este inmenso cosmos… —farfulló con incredulidad—. Lo conozco demasiado bien…

Pese a que el día apenas comenzaba, y pese al brillo que usualmente se desprendía de la Maravilla Suprema; el ambiente se había oscurecido por completo. La imagen del firmamento que mostraba el destruido Santuario de Atenea, fue reemplazada unos instantes por la proyección de una luna plateada extremadamente gigantesca.

Entre los árboles blanqueados por la nieve, una presencia magnánima había aparecido. El bosque entero había enmudecido ante aquel cálido cosmos que abarcaba todo el territorio finés.

—¿A qué debo el honor de tu visita? —preguntó a la nada la irónica diosa en Armadura Suprema—. No debe ser coincidencia el hecho de que mi vieja amiga haya decidido ascender hasta mi morada… Ha pasado mucho tiempo desde que no nos veíamos… Artemisa…

La mencionada diosa griega de la caza hizo su aparición frente a su contraparte finlandesa. Sus ondulados cabellos rubios parecían danzar suavemente ante la caricia del viento, al igual que su inmaculado vestido blanco. La mirada color miel de Artemisa se clavó con serenidad en los alterados ojos turquesa de la escandinava.

—Mielikki, amiga mía… —le dijo con un hilo de voz a manera de saludo—. Creí que no te agradaba usar armadura.

—Así es, Artemisa. Se ve que recuerdas bien aquella ocasión en la que te dije que una armadura impediría mi contacto directo con el bosque —respondió la aludida con mucha seguridad, encarando a su visitante con un porte solemne—. Estoy usando este ropaje como una forma de homenajear a su creador.

—Quisiera decir que no has perdido la nobleza que siempre te caracterizó, pero no es así. Te veo allí, intentando asesinar a uno de mis Ángeles.

—Entonces por eso se me hacía familiar el nombre de Touma… En alguna ocasión lo mencionaste con los ojos brillando de emoción. Pensándolo bien, ahora entiendo la razón por la que esos dos hermanos pudieron ascender hasta la Maravilla. Estoy segura de que les diste tu bendición para que pudieran lograr tal proeza.

—Exactamente, amiga. Por eso te pido que respetes sus vidas.

Mielikki no podía entender el porqué de la actitud de la diosa griega de la luna. Le fue imposible deducir su razón para defender a los humanos que habían levantado su puño contra los dioses, siendo ella misma quien quiso castigar a la humanidad por su atrevimiento hace algunos años.

—Te desconozco, Artemisa —comentó mirando a su interlocutora con extrañeza—. ¿Permites que humanos pisen territorio sagrado y luego ruegas por sus vidas? ¡Pues no pienso perdonar su ofensa hacia nosotros! ¡Un poderoso dios ha caído a causa de su osadía!

El cosmos de la hermana mayor de Atenea empezaba a tornarse amenazante. Ver en peligro al mortal que ella misma había elegido, le parecía una grave ofensa.

—No vine hasta aquí para rogarte nada. Te lo estoy exigiendo…

La tensión se hacía cada vez más abrumadora entre las diosas de la caza.

—Me decepcionas, amiga. Se ve que olvidaste el orgullo de ser una diosa del panteón griego. No podría olvidar los tiempos en los cuales ambas cazábamos juntas y las demás deidades nos confundían como hermanas… ¿Dónde quedó esa orgullosa pequeña que practicaba con el arco todos los días junto a mí? ¿Dónde quedó esa deidad digna, la cual compartía conmigo el respeto a la belleza de lo natural?

—Está justo frente a ti, Mielikki —le respondió la griega con mucha seguridad—, pero hay una diferencia con la egoísta que conociste alguna vez.

—¡Yo sé cuál es la diferencia! —le interrumpió sobresaltada la diosa del bosque—. Pude ver ese mismo sentimiento en los ojos de ese humano que estás defendiendo. ¡Estás enamorada! ¡Enamorada de un simple mortal! No sé qué fue lo que hizo ese guerrero para confundir tu corazón, pero no te preocupes, en honor a nuestra amistad, yo misma te haré el favor de destruir ese vínculo que te ata con los humanos. ¡Así regresarás a ser la misma de antes!

Sin vacilar, Mielikki alzó nuevamente su puño contra el inconsciente Ícaro, pero en esa ocasión la diosa de la luna la detuvo tomándola del guantelete con ambas manos. El diseño afilado de la protección del brazo consiguió lastimar severamente las manos de Artemisa. Gotas de sangre divina caían sobre el rostro del Ángel.

—Pude entenderla, Mielikki. Al fin comprendo a mi hermana —aseguró aún forcejeando con su contraparte escandinava—. Pelear por amor es lo que le da la fuerza. Y ahora, por primera vez, yo también pelearé para proteger a mi Ángel Ícaro. ¡No! —se corrigió—, él es más que uno de mis Ángeles. ¡Es un ser humano llamado Touma! ¡Y en recompensa a su amor y a su esfuerzo salvaré las vidas de su hermana y su amiga!

Las emotivas palabras de Artemisa consiguieron desatar la ira de su amiga divina, quien en señal de desprecio se alejó varios metros de ella.

—Si tanto aprecias a ese humano, entonces dame tu vida a cambio de la suya —le sugirió Mielikki con cinismo.

—No me confundas con mi hermana Atenea. Yo no me sacrifico por quienes amo. ¡Yo peleo por ellos!

La ira de la finlandesa se desató en mayor proporción. La palabra 'amor' articulada por Artemisa y su recién pronunciado desafío, lograron sacarla de sus cabales.

—¡¿Amor?! ¡¿Qué derecho tienes tú para hablar de amor?! ¡Tú no has sentido jamás el dolor de ver destruidos los espíritus de tus dos hijos! ¡El amor de una madre es mayor que el cariño que le puedas tener a un simple humano!

El cosmos de Mielikki se expandió por primera vez hasta el Último Sentido. La Gran Voluntad que era capaz de desatar un dios era algo completamente abrumador, y más aún si ésta era reforzada por la ira, la nostalgia y el dolor.

—¡Demuéstrame que tu amor es más fuerte que el mío! ¡Porque si no me derrotas, acabaré sin vacilar con Touma y con todos los humanos!

Aquel terrible desafío fue aceptado en silencio por la diosa griega de la luna, quien encendiendo su portentoso cosmos en la misma proporción que Mielikki, materializó sobre su cuerpo su majestuoso Kamui. Por primera vez desde la Era Mitológica se podía contemplar a Artemisa en toda su gloria.

—Al lado de mi Armadura Suprema, tu Kamui es un simple trasto —comentó con desprecio la diosa finesa—. Estos ropajes supremos que fueron forjados por un dios bienhechor como Viracocha, son superiores en todos los aspectos a las armaduras de los dioses griegos.

—«La voz de Mielikki se quebró cuando mencionó a ese dios inca —notó en silencio la deidad en Kamui—. No es solo la desaparición de sus hijos lo que le duele».

Sin decir una palabra, Artemisa extrajo una flecha del carcaj de su armadura y la colocó en el arco dorado que había aparecido en sus manos. La deidad finesa la imitó y cargó una de sus flechas plateadas en Väinämöinen.

El terreno de la Maravilla Suprema había sido reforzado por su creador, Brahma, con el objetivo de que los embates cósmicos que se dieran en él, no lo dañen en gran proporción. Si este no hubiera sido el caso, la fortaleza flotante habría sido destruida en el acto ante la formidable demostración de poder de las dos diosas de la caza. El Último Sentido en su máximo esplendor emanaba por cada célula de las deidades, quienes apuntando al corazón de la otra, ni siquiera se dieron el tiempo de parpadear y solo podían concentrar su mente en un único ataque que definiría su contienda final.

Los animales que habitaban el lugar parecieron intuir lo que vendría a continuación, así que por puro instinto se alejaron aterrados de la escena y se refugiaron en los rincones más lejanos del bosque.

Una única flecha daría por terminada la lid en territorio escandinavo. El duelo final entre dos poderosas diosas estaba a punto de tener lugar. Los ojos turquesa de Mielikki dejaban escapar una incontable cantidad de lágrimas, las cuales se evaporaban al contacto con el metal de su armadura. Artemisa por su parte, también lloraba apesadumbrada, ya que en realidad ninguna de las dos quería hacerle daño a su amiga.

—¡Tuulikki, Nyyrikki, en su nombre obtendré esta victoria! ¡'EL ÚLTIMO SACRIFICIO DE VÄINÄMÖINEN'!

—¡Touma, defenderé tu existencia y la de la humanidad con la mía propia! ¡'LUZ DE LUNA RESPLANDECIENTE'!

Concentrando la inenarrable cantidad de energía de sus técnicas magnas, ambas dispararon sus respectivas flechas al mismo tiempo. El cosmos plateado de la deidad en ropaje supremo había abarcado la mitad del Bosque de Luonnotar, mientras que la energía cósmica dorada de su contraparte había cubierto la otra mitad.

Conforme avanzaban las veloces saetas, todo rastro de vida vegetal se iba desintegrando en el acto. El simple contacto con la abrumadora fuerza de los kens divinos era suficiente para matar todas las plantas a su paso.

Justo en el momento en el que las flechas iban a chocar una contra otra, ambas describieron una veloz espiral y pasaron de largo para seguir su mortal trayectoria. Al final ambas consiguieron su objetivo de impactar su ataque en el cuerpo de su oponente. Tras esto, se produjo un gran destello destructor, cuya expansión fue capaz de derretir toda la nieve que adornaba el bosque sagrado y destruir una gran proporción del mismo. El Templo Sagrado Finlandés se derrumbó sobre sus cimientos al recibir aquella inimaginable cantidad de luz divina. Por su parte, los inconscientes Touma, Marin y Shaina fueron alejados violentamente por la onda de choque.

Tras la ola de destrucción, la luz se había disipado para mostrar los estragos que ocasionaron las máximas técnicas de la griega y la finlandesa. Un profundo silencio invadió lo que antes fue el pacífico Bosque de Luonnotar.

En medio del lugar de las dos colisiones permanecían las dos diosas frente a frente. Ambas se observaban respirando agitadamente.

—Tu ataque… no estaba reforzado solo por el amor a tus hijos —aseguró Artemisa, recuperando el aliento.

La flecha plateada se había clavado directamente en el corazón de la diosa griega, atravesando sin problemas su Kamui.

—Te felicito, amiga —continuó diciendo la diosa de la luna, intentando disfrazar su dolor con una sonrisa—. Descubriste a último momento un amor diferente al que tienes por tus hijos. Fue precisamente ese sentimiento el que te dio más fuerza y te ayudó a vencerme. Justo en el momento en el que tu flecha impactó sobre mí, pude sentir la presencia de otro dios… la presencia del supremo inca, Viracocha… quien permanece siempre en tu mente y en tu corazón.

Mielikki no supo cómo reaccionar ante las palabras de su amiga agonizante, y en señal de pesar simplemente le retiró la mirada.

—Para mí esta no fue una victoria, Artemisa —musitó con tristeza al ver que su amiga avanzaba hacia ella, caminando lentamente en actitud digna.

Con cada paso que daba la deidad de la luna, una parte de su Kamui se desintegraba, convirtiéndose en brillantes partículas de luz blanca. A pesar de que su sangre divina teñía su vestido blanco, ella mantenía en su rostro un semblante de paz absoluta.

—Mielikki, por favor regálame una última mirada —le pidió la griega colocando la mano con delicadeza en la mejilla de la deidad del bosque, al tiempo que le levantaba el rostro para que la observara—. Fue un honor haberte conocido y tenido como amiga. Si el sacrificio de mi vida sirvió para hacerte recapacitar, todo valió la pena.

—Artemisa… yo…

La finlandesa no pudo articular sus palabras. Su amiga se despidió en silencio con una mirada amistosa, para luego darle las espaldas y alejarse caminando serenamente entre los árboles.

Al verse sola, la diosa malherida tenía una sola cosa en mente: Encontrar al humano que se había ganado su amor. Y aunque con cada paso que daba, la flecha clavada en su pecho le desgarraba dolorosamente el corazón; Artemisa prosiguió su marcha por una pronunciada pendiente.

En medio de su calvario, se encontró con la inconsciente Shaina. Su armadura dorada estaba en gran parte destrozada, al igual que el físico de su portadora.

—Esa Guerrera Dorada se enfrentó sola con Mielikki y sobrevivió para contarlo —resaltó para sí—. Puedo notar además que mi amiga utilizó su técnica sobre ella. Sería una pena que una vida tan valiosa se pierda así.

Mientras sus sentidos físicos la iban abandonando, Artemisa se percató de que a la Amazona le quedaban pocos minutos de vida a causa de un poderoso veneno. Su única opción fue verter una generosa cantidad de su sangre divina sobre la mujer de cabello verde.

—«Espero que eso sea suficiente para purificar tu cuerpo, Amazona de Atenea —reflexionó alejándose de ella y prosiguiendo su tormentosa marcha—. Tu responsabilidad todavía es grande como guerrera protectora de mi hermana menor».

Tras varios minutos de avanzar entre la incertidumbre y la desesperación, Artemisa consiguió dar con Touma. El Ángel parecía dormir a la sombra de uno de los pocos sauces que todavía se mantenían en pie. Ver a Ícaro rodeado de flores, siendo bañado por un resplandor divino, logró conmover a la deidad de la luna.

—Mi querido Touma —le susurró tras arrodillarse a su lado y acomodarlo delicadamente en su regazo—. Tú bien sabes que no te escogí por tu fuerza. Fuiste el único que elegí entre todos los mortales porque lograste cautivar mi corazón…

Miles de recuerdos golpearon repentinamente su mente en forma de una secuencia de imágenes. Lágrimas emergieron espontáneamente de sus ojos color miel al evocar tales memorias.

Hace muchos años, la vida de la orgullosa Artemisa en el Olimpo se había convertido en una hastiante rutina, así que quiso alejarse de ella descendiendo a la Tierra. Su objetivo era observar un poco a la humanidad de la que se había alejado tanto. Por desgracia lo que vio en el planeta no fue más que egoísmo, maldad, violencia y dolor.

En medio de aquel hostil mundo, un solitario joven resaltó ante sus ojos por su valor, lealtad y determinación. Touma no desistía en ver plasmado su más anhelado deseo: encontrar a su hermana mayor. Fue precisamente durante su búsqueda, cuando ambos se encontraron por primera vez debido a azares del destino.

Artemisa disfrutaba de una tranquila caminata por el bosque. Tan abstraída estaba en observar las bellas mariposas que sobrevolaban las flores, que no se percató de la presencia de un enorme oso que intentaba atacarla. En medio de su confusión, la diosa apenas notó que había sido rescatada del zarpazo de la bestia por un joven de cabello castaño. Ignorando la identidad divina de la dama, Touma la había tomado en brazos y alejado de la agresión.

Para ella el contacto humano le era completamente desconocido, pero en aquella ocasión le pareció sublime sentir la calidez que le ofreció el cuerpo del mortal. Por primera vez en toda su existencia se sintió protegida y reconfortada por los acogedores latidos de corazón de un humano.

Tras amansar a la bestia con su poder divino, la deidad había revelado su naturaleza de diosa y le había ofrecido a Touma un puesto privilegiado a su lado. La oferta de convertirse en el Ángel de una deidad le pareció la oportunidad perfecta para obtener el poder de encontrar a su hermana, así que la aceptó sin dilaciones.

Los años pasaron y el vínculo de confianza que ambos tenían se hacía más fuerte. Y aunque aquel contacto que tuvieron en su primer encuentro no se volvió a repetir, la diosa siempre anheló encontrarse nuevamente en brazos de su protector, aunque su orgullo divino no le permitía admitirlo.

Pero el orgullo había quedado atrás en aquel momento crítico. En ese momento era la diosa de la luna quien tenía entre sus brazos a su Ángel en un afán de protegerlo.

—Es curioso como un detalle, que quizás parece tan pequeño, logró conmover mi entonces frío corazón. Un simple contacto con tu calidez me prendó de ti. Y solo ahora que es demasiado tarde te lo puedo confesar con libertad.

Lágrimas de amargura y tristeza se entremezclaban con la sangre que no dejaba de fluir por su herida de flecha.

—Nunca te di las gracias por estar siempre a mi lado —le susurró, haciendo a un lado el cabello que le cubría la frente, al tiempo que le retiraba el antifaz metálico para observar mejor su cara—. Touma… mi amado Touma… Cómo me habría gustado ver tus hermosos ojos azules por última vez… pero al menos la última imagen que contemplaré será la de tu rostro… Gracias por… hacerme conocer… la felicidad del amor… Adiós… Touma…

Con las últimas fuerzas de su cuerpo físico, Artemisa rodeó con los brazos al humano a quien amó y cerró los ojos para siempre. Tras evocar su nombre con su aliento final, Artemisa dejó de existir reconfortada en un tierno abrazo.

La diosa finlandesa llegó a la sombra de aquel sauce y con frialdad observó la imagen de su amiga inerte, la cual sostenía con fuerza al humano aun después de su deceso.

—«Su rostro… Nunca la había visto tan feliz… —reflexionó, suavizando un poco sus facciones—. Acepto con honor que al final tu amor resultó ser el más fuerte».

La flecha dorada que había disparado Artemisa se materializó de repente, clavándose limpiamente en el corazón de Mielikki. Ni siquiera la protección de su Armadura Suprema logró detener la fuerza con la que arremetió la mortal sagita.

Ante su incredulidad y el intenso dolor de la herida, la deidad finlandesa dejó caer el peso de su cuerpo y armadura sobre una rodilla, a la vez que apoyaba los brazos en su arco a manera de bastón. Las fuerzas la abandonaban a causa de la fatal herida.

—Me costó la vida comprender sus motivos para luchar. Artemisa, Shaina, Marin, Touma… gracias por ayudarme a entender sus sentimientos de amor puro. Es una lástima que sea demasiado tarde para mí…

La flecha cargada con tan inmensa cantidad de cosmos divino, consumía poco a poco la vida de su cuerpo físico. Su espíritu divino también se hacía cada vez más débil.

En sus últimos instantes de existencia, la imagen de la deidad inca que la había cautivado apareció en su mente, lo cual provocó que sonría por primera y única vez en toda su existencia. Aquella sonrisa, aunque sincera y cálida, estaba llena de tristeza.

—Habría sido lindo… morir protegiendo a quien amé… Al final… dejaré de existir en la absoluta soledad… sin mis hijos… sin mi amiga y… sin ti, Viracocha…

El brillo de sus hermosos ojos turquesa se opacó para siempre mientras sus párpados se iban cerrando. Mielikki murió en la posición en la que había caído, tras derramar una incesante cantidad de lágrimas.

La sangre que brotaba de su pecho pareció expandirse a gran velocidad por todo el territorio finlandés, restaurando milagrosamente toda la vida vegetal que fue destruida por las dos técnicas divinas. Plantas, árboles y flores renacieron a vertiginosa velocidad con el simple contacto de la sangre divina con la tierra.

Cuando el silencio y la tranquilidad reinaron en el lugar, todos los animales que se habían refugiado en el bosque dejaron sus escondites y con cautela se acercaron y rodearon el cuerpo de Mielikki. Los cientos de criaturas parecieron intuir la desaparición del cosmos protector de su diosa, así que al verla inerte e inmóvil, exclamaron dolorosos lamentos que inundaron todo el Bosque de Luonnotar. Desgarradores aullidos y bramidos de lobos y osos lloraban la muerte de su diosa. De igual manera, el cantar de las aves parecía entonar un triste réquiem por su deidad desaparecida, mientras decenas de mariposas se posaban delicadamente sobre el metal reluciente de su armadura.

La luz plateada del Calendario Maya se apagó.

Continuará…


Me van a colgar después de leer este capítulo…pero bueno… xD

Gracias por leer este capítulo y darme su apoyo para conseguir terminar la segunda etapa del fic. Espero poder comenzar la tercera en la semana que viene, en la que espero también se normalice un poco mi situación. Nos leemos en otra ocasión! Un abrazo desde Ecuador!