Azul para Siempre

Por

Fabiola Grandchester

Capítulo XXIX

Nota:

Este capítulo, lo escribí escuchando una canción; de hecho, hice un video con ella relativo a este fic. Pueden verlo en la siguiente liga:

www(puntoYOUTUBEpuntoCOM)/watch?v=nc07h0pWcEM

**La pongo así para evitar el bloqueo de direcciones de FF**

Si gustas leer este capítulo escuchando esta melodía, la experiencia se magnifica. Yo escribí todas estas escenas con esa canción de fondo. La recomiendo. Espero sus comentarios...

Gracias por leer!

fabs


Azul para Siempre

Por

Fabiola Grandchester

Capítulo XXIX

Candy estuvo llorando largo rato con los brazos de Stear rodeándola y Annie haciéndole compañía.

Cuando logró calmarse, Stear bajó de la cama y salió para darle algo de privacidad.

- Por favor Stear – le dijo Candy cuando éste casi alcanzaba la puerta –, pregunta cómo está.

El joven asintió abriendo la puerta a su salida.

- Por supuesto – le dijo.

- Podrías también llamar de nuevo a mi suegra, Eleanor? Ella debe saber todo esto. Y si puedes también llama a Rose, por favor.

Stear asintió y salió del cuarto.

La enfermera entró inmediatamente después para avisarle que la bebé estaba descansando en el área de cuneros y que por la tarde la traerían para que intentara alimentarla.

Candy asintió y cuando se quedó sola con su amiga le pidió ayuda para salir de la cama. Annie la ayudó a llegar al baño, quería asearse un poco. Se sentía muy cansada, pero estaba decidida a no dormir, necesitaba ir a ver a Terry lo antes posible.

El agua fresca del lavabo en el rostro la ayudó a relajarse un momento y despejar un poco sus pensamientos. Si quería sobrevivir a ese día terrible y estar a lado de Terry y ahora de la hija de ambos, necesitaría de toda su fuerza y serenidad. La realidad era que los dos la necesitaban y ella no podía derrumbarse.

Se observó frente al espejo del baño y la imagen la asustó. Pareciera que en las últimas horas, en lo que iba de ese día, había envejecido años. Notó su piel pálida y reseca. Sus ojos enrojecidos rodeados de profundas arrugas. Los labios de un color amarillento, como las rosas de su invernadero cuando se marchitaban.

Se miró en el reflejo fijamente a los ojos y se juró que no lloraría más. Debía ser fuerte y mostrarse firme ante lo que sucedía. Además, muy dentro de ella, sabía que Terry saldría bien de la cirugía sin duda. La fortuna no podía ensañarse tanto con ellos. No podía arrebatarle a ella al hombre de su vida, a su compañero, así de tajo, tan de repente; y definitivamente no podía quitarle a su padre a ese angelito de niña que aún no lo conocía. No, definitivamente la vida no podía ser tan injusta con ellos.

Annie había salido un momento a ver a la recién nacida y se encontró con Stear que le decía que aun no había noticias de Terry, y que les había dejado otro mensaje tanto a Eleanor como a Rose.

Cuando Annie regresó a la habitación de Candy, ésta ya había terminado de asearse.

La joven ayudó a su amiga a vestirse lentamente; Candy se movía con gran dificultad, sentía su cuerpo terriblemente adolorido.

- Candy – le dijo – estás segura que no quieres dormir un poco?

- Estoy segura Annie, no podría dormir en este momento – respondió la joven madre, y luego agregó para sí misma – como no podría volver a dormir jamás si algo le pasa.

Sacudió su cabeza intentando alejar aquellos pensamientos infructíferos que sólo le harían daño y se mantuvo serena, todo lo que pudo hasta que terminó de vestirse. Junto con su amiga se dirigió caminando lentamente hacia la sala de espera de los quirófanos del hospital.

Le parecía imposible estar recorriendo esos pasillos llevada por el brazo de Annie el día de hoy, cuando ayer estaba con Terry sin la menor preocupación preparando todo para la exposición en la galería. Parecía que habían pasado meses desde entonces, cuando en realidad eran solamente unas horas, un día. Un terrible día.

Los pasillos del hospital la abrumaron con su ambiente helado y sin vida. Las blancas paredes eran mudos testigos de su andar dificultoso. La luz demasiado brillante le lastimaba los ojos y el olor a medicamentos le llenaba los pulmones, haciéndola sentir desfallecer con su aroma amargo y penetrante. El olor la tenía totalmente nublada de los sentidos. Olía a enfermedad, a soledad, a tristeza. Pero sobre todo, para ella, olía a desolación, a desesperanza.

En lucha continua entre sus pensamientos positivos y los amargos sin fe, que se le clavaban como dagas en el corazón, estuvo todo el camino hasta la sala de espera en el ala de quirófanos de aquel lugar, acompañada por su amiga que la ayudaba a caminar.

- Siéntate, Candy – le dijo Annie cuando llegaron – yo pregunto por él.

Ella asintió y se sentó pesadamente en la silla más cercana al mostrador de la estación de enfermeras. Annie se acercó al lugar.

- Señorita – dijo la joven a una de las encargadas del mostrador – podría alguien darme información sobre el estado del Sr. Grandchester?

La aludida escuchó la pregunta y, sin mirar ni un segundo a la joven, volteó a ver la pila de reportes y archivos de pacientes sobre su escritorio. Luego de su búsqueda, unos minutos después, le respondió.

- Todavía está en cirugía.

- Señorita… sabe usted cómo va la operación?

- No, lo sabremos cuando el médico termine la intervención – fue la corta respuesta.

- Perdone… – insistió Annie a pesar del rostro poco amigable de aquella mujer tras el mostrador – sabría usted decirme por favor, cuánto duran estas intervenciones generalmente?

- Pueden ser muy largas.

- Un aproximado…

- No lo sé, a veces duran hasta seis horas.

Seis horas, pensó Candy que escuchaba todo aquello desde su silla, seis horas… luego volteó a ver el reloj en la pared y vio que ya llevaban tres horas ahí adentro. Tendría que esperar otras tres, en caso de que la cirugía se alargara al límite promedio. Las tres horas más largas de su vida, pensaba.

- Candy – le dijo Annie cuando se sentó junto a ella – quieres comer algo? Debes estar hambrienta.

- No, Annie, gracias – respondió -. Ve tú, yo me quedo aquí.

- Deberías intentar comer algo. Recuerda que en un rato te llevarán a la bebé para que la alimentes.

- Lo sé, pero aunque quisiera no podría.

Annie le explicó que había visto a su hija en el área de cuneros, mientras ella estaba en el baño; le contaba algunas cosas más, pero Candy difícilmente prestaba atención.

- Candy, vayamos a que comas algo…

- Por favor Annie, sólo quiero sentarme aquí y esperar. Sólo quiero esperar.

Esperar era lo único que podía hacer. Con todas sus fuerzas hubiera deseado cerrar los ojos para abrirlos y que ya fuera el día siguiente. O que alguien la despertara de ese mal sueño en el que se encontraba sumergida. Horrible sueño en el cual toda su vida pendía de un hilo.

- Candy – la llamó Annie de pronto luego de un rato de silencio -, me ha llamado Archie, necesito ir a la casa a quedarme con Daniel – se refería a su hijo – Archie, Patty y Stear estarán aquí en un rato. No hemos podido localizar a Pauna…

- Y Eleanor? – preguntó Candy.

- No ha llamado luego de los mensajes que le dejamos. Tampoco Rose. Candy, no quiero dejarte sola…

- No te preocupes – le dijo con una sonrisa a medias – dale un beso a Daniel de mi parte. Aquí esperaré a que lleguen los demás. No te preocupes. Ya has hecho mucho por mí.

- Más quisiera hacer.

- Lo que has hecho es mucho.

Annie se levantó dejándola sola, muy a su pesar. Pensaba que el semblante de su amiga no era nada alentador y la situación en la que se encontraba hundiría al más cuerdo en la locura, pero no tenía nadie que cuidara a su hijo el resto del día, por eso se levantó lentamente, luego de darle un beso en la mejilla.

Entonces Candy se quedó sola.

La joven madre estuvo ensimismada en sus pensamientos por mucho tiempo sentada inmóvil en su silla. Cualquiera que la hubiera visto pensaría que ni siquiera estaba respirando, como una figura de cera con ojos fijos en la nada.

Sin embargo, las emociones en su interior distaban mucho de la aparente serenidad que aunque pretendía, no le llegaba a los ojos.

Un vestido a la rodilla de algodón color amarillo, el cabello en una coleta apresurada, zapatos negros de piso y sobre los hombros la angustia más grande eran todo su atuendo en esa sala.

Sus manos estaban inmóviles como sin vida sobre su vientre aun abultado y lleno de dolor, con la mirada perdida fija en el piso y una expresión solitaria en su espalda ligeramente curvada y rígida. Nada tenía sentido para ella en ese momento. Sólo esperar, era lo único que podía hacer. Esperar e intentar con todas sus fuerzas controlar sus pensamientos que la arrastraban a ideas nada alentadoras.

Cuando algún mal pensamiento filtraba el control de su voluntad y lograba llegar a su corazón, una expresión de dolor se dibujaba en su rostro, tensaba los labios un segundo y cerraba los ojos, forzando a tal idea a desaparecer rápidamente.

No podía dejarse ir en ese torbellino de dolor. No aún. No aún cuando él estaba vivo y su corazón anhelante le gritaba que así seguiría, que tuviera fe, fuerza; por ella y por su hija. No aún, se decía, no aún, él todavía esta vivo.

Se levantó de pronto hacia el mostrador y dirigiéndose a una de las señoritas encargadas habló con voz muy baja.

- Disculpe – voltearon a verla – podría facilitarme una hoja de papel y un lápiz?

- Claro – le respondió una jovencita de rostro amigable que hacía sus prácticas de enfermería en aquel lugar – aquí tiene.

- Gracias.

- Señora – le dijo la joven – se siente bien? Necesita algo?

Negó ligeramente con la cabeza.

- Todo está bien – respondió con voz pausada.

Candy lentamente se sentó en la silla en la que había estado todo el tiempo de su espera, y apoyando el papel sobre sus piernas cansadas, empezó a hacer algunos trazos vagos con el lápiz. Luego de un rato sus manos se movían ágiles sobre el lienzo de papel y de pronto difuminaba algún rasgo con el dedo o soplaba sobre la hoja para remover los restos de grafito.

Unos momentos después la réplica exacta del mostrador tal como lo veía ella desde su silla apareció en el papel que sostenía. Siguió detallando más y más sin darse cuenta de que lo hacía inconcientemente, dejando que su mente se relajara con aquella tarea.

Poco a poco su respiración se normalizó y su cuerpo dejó de temblar. Su cuerpo relajó los músculos y su postura se hizo más holgada. Su tarea estaba funcionando. Pintar, dibujar en este caso, siempre la había ayudado a despejar su mente.

La hoja estuvo llena de pronto de todos los detalles que pudo agregar y dio la vuelta para dibujar en el anverso. Entonces recordó algo.

Candy se dedicaba mayormente a la pintura. La tarea de dibujar ella la dejaba únicamente para un pequeño, pero muy importante proyecto que tenía. En su estudio guardaba una carpeta de piel color café que alguna vez le mostrara a Terry, cuando sacó de ahí un poema que él le pidió le leyera. Era un poema que ella le había escrito cuando estuvieron separados y que leyó al aire en su programa hacía ya varios meses.

Lo tenía guardado en aquella carpeta, porque ahí guardaba ella lo que consideraba su proyecto de arte más importante, para el cual sólo utilizaba trazos a lápiz.

La tarea que guardaba celosamente en aquella carpeta en su estudio consistía en dibujos de él, de Terry. Eran más de cien hojas con un dibujo diferente en cada una. Hacía poco lo había mandado empastar dejando sólo una hoja en blanco al final. Aquel libro de dibujos sería su regalo de ella para él una vez naciera su bebé.

Desde el primer dibujo aquel folder guardaba toda su historia juntos, desde el principio, desde aun antes de que ella aceptara que lo amaba. En la primer hoja se veía él sentado frente a ella al otro lado de una mesa, atractivo y afable, esa imagen fue captada por la verde mirada de Candy la vez que él perdió el vuelo con el fin de invitarla a cenar en su hotel de Chicago, la tarde en que le enviara veinticuatro rosas rojas a su habitación, conmemorando un día de haberla conocido.

El segundo dibujo era Terry sentado en el sofá colgante en la casa club durante la cena de año nuevo a la que fueran juntos. La imagen mostraba el rostro de Terry captado a una muy corta distancia. Estaba sonriendo, apuesto a morir, y miraba intensamente. Fue la imagen que ella captó en sus ojos segundos antes de que la besara por primera vez.

Así, todos los dibujos lo mostraban de alguna forma diferente. Desde el momento en que se conocieron hasta el presente de su vida juntos; se le veía caminando en el jardín, tomando el desayuno en la terraza, dormido compartiendo su cama.

Recordó el motivo para que hubiera agregado al final esa hoja en blanco antes de empastar los dibujos en un libro, en ella quería representar a Terry cargando a su bebé. Sería como testificar en imágenes la historia de los dos desde el inicio presentando el desenlace de ellos iniciando una familia. Un desenlace que ella veía como otra nueva etapa en sus vidas, la más emocionante, la de padres.

Algo se removió dentro de ella y la obligo a salir de la ensoñación en la que se encontraba. Sacudió su cabeza y fijó sus ojos de nuevo en el papel, por unos minutos no le había prestado atención a su tarea manual sobre éste.

Lo que vio le estrujo el corazón y le arrancó dos lágrimas inevitables a sus ojos cansados. Sin darse cuenta, casi inconcientemente había dibujado un par de ojos.

Eran los ojos de Terry que la miraban fijamente desde el papel en sus manos. Había logrado captar sin darse cuenta, la profundidad de su mirada, el brillo travieso en sus pupilas y esa expresión reposada y protectora que la llenaba de paz cada vez que él la miraba.

La visión fue tan inesperada y la sensación tan fuerte que no pudo controlar la emoción que la embargó. Sujetando la hoja contra su rostro angustiado comenzó a llorar otra vez. En pocos segundos sus lágrimas mojaron sus manos y la hoja que sostenía.

Que haría sin él, se preguntaba, cómo seguir viviendo si salían del quirófano y le decían que había muerto, cómo podría jamás enfrentar la vida sin el hombre que era su amigo, su compañero, su esposo, su amor. Sería una realidad demasiado absurda la de ella sin él, y el sufrimiento demasiado grande para ser olvidado jamás.

Ansió con todas sus fuerzas, más que nunca, estar soñando y despertar muy pronto. Con los sentidos entorpecidos y el alma angustiada no podía hacer más que llorar sin consuelo.

El llanto de un niño a lo lejos de pronto le llamó la atención y recordó a su hija, a su pequeña hija que había abandonado su vientre hacía sólo unas pocas horas. Esa pequeñita indefensa que no sabía que su papá se batía entre la vida y la muerte, al tiempo que ella era recibida en este mundo.

Sollozaba muy quedamente como una niña pequeña. Desolada, angustiada, sola en una sala de espera, el lugar de sus tristezas.

Intentó controlar de nuevo sus emociones pensando en su hija, repitiéndose a si misma, lo de antes, que él estaba vivo. Que aún vivía y que su corazón le decía que viviría mucho más. No podía dejarse vencer todavía. No todavía.

Con las escasas fuerzas que aún tenía la joven madre limpió su rostro de las tristes lágrimas por él, y observando el dibujo entre sus manos sobre su regazo le dirigió unas palabras desde lo hondo de su corazón adolorido.

- Mi amor – susurró delineando con sus dedos los ojos de Terry en el papel –, debes ser fuerte. Yo sé que saldrás bien de esto. Yo sé que pronto estaremos juntos en nuestra casa y esto habrá sido un mal sueño solamente. Una pesadilla horrible que pronto acabará. No puedes dejarme, amor, no puedes. No puedes Terry.

Con los últimos sollozos abandonando su cuerpo se quedó tranquila un rato más, inmóvil como figura de cera de nuevo, hasta que sus amigos llegaron. Alguien le dijo algo y creyó entender que habían pasado ya un par de horas más, pero que la cirugía se había extendido.

Entonces salió de su aletargamiento y de un salto se levantó de la silla y se paró de frente al pasillo, sus amigos la acompañaron.

Observé al Dr. Franco caminando con paso seguro hacia mí. El corazón se me detuvo en el pecho un instante. Cuando estuvo de frente, no lo dejé hablar, necesitaba saberlo.

- Está vivo? – pregunté ansiosa.

Necesitaba que me lo dijera de una vez.

- Sí…

El alma me volvió al cuerpo. Me compungí de pronto y solté un sollozo involuntario. Terry vivía y gracias a eso yo podría vivir también. Me limpié los ojos y volteé a ver a Stear que junto a mí me tomaba del brazo.

- Señora… - dijo el médico con semblante serio.

Algo me invadió por dentro y fijé mis ojos otra vez en él.

- Su esposo vive, la operación fue un éxito, pero…

Mi mente no quería creer lo que escuchaban mis oídos.

- Hubo una complicación – explicó – no despierta…

Se clavaron en mí las últimas dos palabras que dijo ese hombre vestido de azul en traje de operación, atuendo que yo veía lleno de manchas oscuras, sangre de mi esposo, de mi amor, de mi vida. Sangre de mis mismas venas.

Esas últimas palabras derrumbaron todo dentro de mí. Él continuó su explicación, llena de tecnicismos incomprensibles y palabras borrosas. Con lo que me quedaba de fuerzas pregunté interrumpiendo su monólogo.

- Cuándo despertará?

- No lo sabemos.

- Sería posible que no despertara?

Tenía que enterarme, yo tenía que saberlo; pero lo que escuché era más de lo que podía soportar.

- Es muy posible.

Entonces volvió a enredarse en explicaciones sin sentido donde las palabras técnicas y elevadas poco harían por explicarme a mí lo que estaba pasando.

Pero dentro en su explicación, observándolo al rostro con la mirada perdida, entendí algo…

Este hombre estaba diciéndome que Terry quizás no despertaría, que por una situación que él no entendía, no despertaba después de una aparentemente perfecta cirugía. La medicina había hecho por él todo y ahora todo dependía de su esfuerzo interior o de un milagro.

Cuando escuché la palabra milagro me recorrió la angustia. Eso se les dice a quienes están a punto de morir.

Con el corazón abierto de tajo por esas palabras y la mente confundida, escuché borrosas el resto de sus palabras; estaba diciéndome que posiblemente Terry no despertaría jamás y que me preparara para perderlo en cualquier momento. Dijo una semana, días o unas horas. Dijo algo así y dijo algo más, pero yo ya no supe.

Aunque decía que existía la posibilidad de que despertara, la realidad es que yo supe que no. Supe que no lo haría. Ahí lo entendí por fin.

Entonces me consumí.

El abismo que a mis pies había pugnado por emerger esta mañana cuando encontré a Terry inconciente en el baño, hacía temblar el piso de nuevo. Lo había hecho así, había temblado igual varias veces durante el día.

Quiso engullirme en la desesperación cuando me dijeron que debía operársele de forma tan riesgosa, lo intentó de nuevo cuando entró en crisis y yo tuve a nuestra hija mientras él estaba tendido en una plancha de quirófano luchando por su vida; y había intentado emerger otra vez, este abismo, cuando vi los ojos de Terry en el dibujo que sin darme cuenta hice. Sus ojos, mis ojos. Los ojos de mi amor.

Pero entonces, al escuchar a este hombre entre una nube negra de palabras borrosas, sentimientos confusos y esperanzas sin aliento, tembló de nuevo bajo mis pies.

Ahora no podría evitarlo, no cuando acababa de escuchar que Terry no despertaría. Que mi esposo no despertaría. Que el amor de mi vida, quien le daba luz a mis días y sentido a mi existencia, no volvería jamás a acompañarme, a hablarme, a mirarme.

Esto era demasiado. Yo no estaba hecha para resistirlo y no iba a hacerlo.

Ni siquiera me preocuparía por intentarlo. Para qué? Sin él, sin mi amor, ya nada tenía sentido.

Muda, con los ojos anegados en lágrimas, de pie frente al médico; di dos pasos hacia atrás y tomé mi rostro entre mis manos.

Me consumí en mi sufrimiento.

El abismo se abrió de golpe inmisericorde, repentino; profundo y oscuro debajo de mí. Caí en él sumida en la negrura de mi dolor y la luz ya no volvió a alcanzarme.

Continuará...


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Este capítulo, lo escribí escuchando una canción; de hecho, hice un video con ella relativo a este fic. Pueden verlo en la siguiente liga:

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