Capítulo 26: Rumbo a Yokohama
Con ojo crítico y ciertamente desconfiado, un agente de estatura alta y complexión delgada, —perteneciente a la división de investigación criminal—, ingresó silenciosamente a la estación de policía, asombrándose de ver el lugar completamente vacío y oscuro. Comprobando de primera mano que sus sospechas iniciales (de que algo ocurría en esa unidad en específico) eran correctas, arrugó ambas cejas desaprobatoriamente. Dejando las luces de la estación apagadas para no levantar ninguna sospecha innecesaria ni mucho menos obvia, se dirigió directamente hacia las celdas que se encontraban al fondo para verificar las condiciones de los prisioneros… o al menos esa fue su intención inicial.
Sus pasos se detuvieron delante del último escritorio de la estación, al detectar un curioso sobre manila sobre la superficie con el grabado de Miroku Hoshi en él. El nombre le resultó ciertamente familiar, no tardando demasiado en recordar y relacionarlo con el particular y sospechoso caso a su cargo del tráfico de drogas, trata de blancas y asesinato. Sin pensarlo demasiado, tomó rápidamente el sobre en sus manos para mirar su contenido, esperanzado de encontrar información valiosa que fundamentara sus teorías y conjeturas de la inocencia de ese hombre, pero antes de poder extraer los documentos, un ruido llamó su atención. Por inercia, detuvo sus movimientos, alzó la mirada y agudizó sus sentidos. No era posible que los traidores hubiesen regresado ya, pues estaba seguro que sus hombres le habrían avisado. Entonces…
—¡Alto allí! —exclamó, girándose velozmente, con su arma de fuego apuntando al frente.
Un individuo de complexión redondeada y de estatura baja se paralizó en el acto ante la amenazadora maniobra, erizándose de pies a cabeza del puro susto. Pese a la oscuridad del lugar, era evidente que éste había comenzado a sudar, mostrándose sumamente nervioso.
—¡P-P-Por f-favor, n-no m-me m-mate! —suplicó, colocándose rápidamente de rodillas, con los brazos extendidos sobre su cabeza.
El agente enarcó una ceja y examinó desconfiadamente a la ensombrecida figura del hombrecillo. Entreabrió su boca para articular una pregunta, pero ésta nunca pudo ser formulada al sentir el frío acero tocar inesperadamente la parte posterior de su cabeza.
—Será mejor que baje esa arma si no quiere sufrir daños —una voz serena, así como autoritaria, resonó a su espalda, dándole a entender que debía obedecer.
—¡A-amo Miroku! —exclamó el gordito con alivio, poniéndose rápidamente a su lado al sentirse a salvo.
El hombre alto y delgado reprimió una mueca al escuchar aquel nombre. Lentamente y sin soltar su pistola semi-automática, levantó ambas manos a la altura de su cabeza a manera de rendición, girando su rostro apenas un par de grados para intentar captar de reojo la imagen de aquel que lo estaba amenazando.
—¿Miroku… Hoshi? —inquirió y el ojo-azul tras él se tensó al escuchar su nombre en boca de él. Al no recibir respuesta alguna de su parte, el agente sonrió—. Ya veo. Supongo que lo subestimé. Supo arreglárselas muy bien por sus propios medios para escapar de la celda.
—¿Quién es usted? —preguntó Miroku, finalmente, dubitativo—. ¿Me conoce acaso?
—Tal vez no de la forma en que me gustaría, pero me atrevería a decir que lo suficiente para asegurar su inocencia en el caso que se le ha inculpado —reconoció, haciendo una pequeña pausa antes de continuar—. Soy el jefe de la tercera y cuarta división del departamento de investigación criminal de Tokio, Kuranosuke Takeda.
Sorprendido por aquella respuesta, Miroku bajó lentamente el arma, dejando de apuntar directamente a la cabeza del agente. Kuranosuke, al sentirse fuera de peligro, se giró y lo miró directamente al rostro, examinándolo en silencio. Debido a la lobreguez del lugar, le fue prácticamente imposible determinar su estado físico o reconocer claramente sus facciones, siendo únicamente capaz de definir su estatura, así como su cabello largo y desenmarañado hasta la nuca. Notó la vestimenta de apariencia formal, aunque ésta se mostrara evidentemente desaliñada y fachosa. Más allá de eso, lastimosamente, no pudo distinguir… al menos no por ahora.
—¿Usted… cree en mi inocencia?
Como si se hubiese tratado de una pregunta obvia, el agente sonrió con amabilidad y comprensión, alzando el sobre manila —que había tomado previamente— a la altura de su pecho.
—Cuando el hedor a putrefacción se esparce en el ambiente, es lógico suponer que hay algo que está en proceso de descomposición, ¿no cree? —Explicó, dando a entender que tenía sus propias convicciones con respecto a su caso—. Es obvio que Onigumo Ukaran y los suyos lo inculparon para pasar desapercibidos. ¡No es la primera vez que lo hacen!
—¿Los conoce? —preguntó Miroku, sorprendido. Realmente, había creído que él y sus amigos estaban solos en esto, pero cuando el agente asintió con su cabeza, creyó ver un pequeño rayo de esperanza.
—He seguido el caso Ukaran por dos años aproximadamente y puedo deducir fácilmente cuando su nueva víctima ha sido golpeada. El único problema son las pruebas y… —Un repentino gemido procedente de las oscuras celdas, llamó la atención de los tres hombres. El agente se puso en guardia, alzando nuevamente su arma—. ¿Hay alguien allí?
Hachi tragó duramente saliva, sintiendo los vellos de su nuca erizarse. ¿Es que acaso, aquel asesino ya había despertado de su corto letargo? Su idea inicial había sido huir de la estación antes que ese sujeto despertara o que cualquier otra persona los descubriera, pero después de todo el esfuerzo, ellos seguían allí, charlando con toda la tranquilidad del mundo con un agente que decía creer en ellos. ¿Y si ese grandulón armaba un alboroto y alertaba a los policías malos que habían salido a quién sabe dónde? Eso no era bueno, ¡nada bueno!
—E-el a-asesino d-debe estarse d-despertando —mencionó el asistente nerviosamente, escudándose detrás del alto agente Takeda.
—¿Asesino? —inquirió Kuranosuke, frunciendo levemente una ceja.
Miroku detuvo su respiración y se llevó instintivamente una mano hacia su cuello, remembrando su reciente intento de asesinato. Inquieto, miró hacia la puerta de cristal que le permitía ver el exterior por si alguien más se le ocurría sorprenderlos, antes de volver a posar la vista hacia el lóbrego pasillo corto que conducía a las celdas. Su instinto de defensa lo impulsó a levantar, una vez más, la pistola de calibre 9 mm que todavía sostenía en su otra mano. Y, aunque no hubiese disparado un arma en toda su vida, no dudaría en hacerlo si la situación así lo ameritaba.
—Ese sujeto trató de eliminarme después que Hachi fuera expulsado de la estación por un policía. Ni siquiera le dieron la oportunidad de alegar mi inocencia con todos los documentos que trajo consigo —mencionó Miroku, haciendo un leve ademán hacia el sobre manila que el agente aún sostenía—. Querían… hacerlo parecer un suicidio…
—¡¿Cómo…?!
Antes que Kuranosuke pudiera añadir algo más, una silueta fornida y alta hizo su aparición de entre la oscuridad, aproximándose a ellos con pasos arrastrados y ruidosos. Miroku y Hachi sintieron el frío sudor recorrer sus espinas dorsales, sintiendo el ambiente volverse repentinamente pesado a medida que éste se acercaba. El aura asesina que emanaba de aquel hombre era tan intimidante que conseguía ponerle los pelos de punta a cualquiera, incluso al experimentado agente de criminalística que, afortunadamente, los acompañaba.
El tiempo pareció suspenderse. La gran sombra se detuvo a escasos metros de ellos como si tratara de analizarlos, esperando el mejor momento para atacar y acabar con cada uno en el menor tiempo posible. Nadie se atrevió a moverse y el tenso silencio reinó en el lugar. Una macabra sonrisa se dejó entrever en el ensombrecido rostro del fornido hombre, dando por hecho sus malignas intenciones.
—Jefe Takeda, jefe Takeda… ¡tenemos noticias del lugar de distribución!
Un sobresalto se apoderó del pequeño grupo al ser sorprendidos por la susurrante voz, que resonó a través del pequeño intercomunicador que el agente tenía en su oído. Al tratarse de apenas un audífono, no se suponía que los demás fueran capaces de escuchar nada, pero dada la tensión, el sepulcral silencio y el volumen aparentemente alto del dispositivo, el mensaje fue claramente audible para todos. Miroku estuvo a punto de dejar caer su arma cuando Hachi, completamente asustado, se agarró fuertemente de su cintura. De no ser por los firmes nervios de Kuranosuke, quien no dejó de apuntar al asesino en ningún momento, seguramente, ya habrían sido atacados despiadadamente y, quizás, hasta estarían muertos.
—¿Estás seguro? —murmuró el agente, ladeando levemente su rostro hacia su hombro derecho para responder a su compañero, sin quitar la vista del frente.
—Afirmativo. Una cámara de vigilancia los capturó entrando a Yokohama. ¡Definitivamente son ellos!
—Bien. Preparen el operativo de inmediato. ¿Cómo está la situación allá afuera? —preguntó sin titubeos, confiado en que sus hombres ya hubiesen limpiado el área.
—Los tenemos rodeados… esperando órdenes, señor.
—Señor Hoshi, creo que tendré que pedirle a usted y a su sirviente que se refugien mientras me enfrento a este individuo. Si algo sale mal… no dude en usar su arma —indicó el agente, dejando a su subordinado momentáneamente en espera—. A mí señal, ¿está bien?
Miroku le dio una mirada dubitativa y escaneó rápidamente su entorno, el temor invadiéndolo. ¿Acaso estaban en medio de una zona de guerra? Como si estar atrapados dentro de la estación de policía con un asesino profesional enfrente no fuera suficiente. Esto no se veía nada bien.
—P-pe-pero… —Hachi se puso extremadamente nervioso, no sabiendo muy bien qué hacer. ¡¿En dónde se suponía iban a esconderse?!
Una malévola sonrisa se mostró en el rostro del asesino, al tiempo que se lanzaba peligrosamente sobre ellos para atacar.
—¡Ahora!
La voz de mando fue clara y autoritaria, no sólo impulsando a Hachi y Miroku dentro de la estación a buscar desesperadamente refugio, sino también movilizando a un grupo entero de agentes en el exterior para detener a los traidores con uniformes policiales.
El tiempo volvió a correr y con ello una rápida secuencia de sucesos en masa. Un primer disparo fue liberado, así como un grito de guerra que se juntó con el sonido sordo de una serie de golpes, gemidos y algunos alaridos de pánico.
._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.
Habiendo ya alistado el medio de transporte marítimo para la entrega de su valiosa mercancía, y dejando a algunos hombres a cargo de la vigilancia y asuntos usuales para pasar desapercibidos ante la justicia, Onigumo regresó al viejo almacén específicamente para revisar que el trabajo de Yura estuviera listo. Examinando cautelosamente sus alrededores para asegurarse que nadie lo estuviera siguiendo, ingresó por el portón metálico y se dirigió directamente al cuarto en donde mantenían cautivas a todas las modelos, excepto una, claro.
—Ya está todo listo, ¿cuánto más necesitas? —preguntó escuetamente al llegar junto a Yura. Renkotsu estaba con ella, vigilando que no hubiera ningún contratiempo.
—Una hora a lo mucho —contestó la mujer, terminando el perfecto maquillaje de una modelo de cabellos rubios antes de erguirse y darle la cara a Onigumo—. Me faltan cinco, además de la chica que se irá a las Filipinas y la joyita de Chokyūkai.
Onigumo escaneó rápidamente a todas las jóvenes, recorriendo la larga pared del almacén de un extremo a otro. Tal como era de suponerse, todas ya estaban aseadas y apropiadamente vestidas, así como también, inmovilizadas con aros metálicos entorno a sus muñecas a la altura de sus cabezas. Sus oscuros ojos se detuvieron particularmente en la última mujer de la fila, quien vestía un entallado y escotado vestido *Louis Vuitton de color negro con franjas púrpuras, su castaño cabello largo, recogido en una coleta alta. Su mirada fiera dirigida temerariamente hacia él, lo hizo sonreír con gracia e interés. Sí, realmente era una lástima no poder divertirse un rato con ella, ahora más por sus responsabilidades que por prohibición. Pero, ¿quién sabe? A lo mejor, después tendría alguna oportunidad antes de entregarla a su nuevo dueño. Por ahora, necesitaba enfocarse apropiadamente en el negocio, pues nada debía salir mal.
—Una leona digna de ser apreciada en su jaula —comentó, sus oscuros ojos recorriendo a Sango lascivamente de pies a cabeza—. Pero te falta algo para resaltar aún más tu belleza natural —murmuró, ladeando momentáneamente su mirada hacia el largo mesón que contenía una serie de joyas exóticas y costosas sobre un mantel de color azul oscuro. Su mano se detuvo directamente en un exuberante collar de lujosos diamantes—. Carissa de Graff... una pieza valorada en 12.3 millones de dólares americanos —explicó, tomando la joya para acercarla al cuello de la castaña, quien por acto reflejo, se encogió en su lugar—. Fue adquirido especialmente para ti —indicó, colocándole el collar y, finalmente, levantar bruscamente su barbilla, poniéndose a su altura—. De no haber perdido tu virginidad con ese bastardo de Hoshi, tu postor habría estado dispuesto a triplicar ese valor, pero ahora…
Una sombra de ira se reflejó en las negras pupilas del hombre, provocando en Sango un incómodo estremecimiento. Si bien había querido mostrarse fuerte e indomable desde un principio, era innegable que ese sujeto le provocaba real pavor. Lejos de sentirse en presencia de un peligroso mafioso capaz de todo, por un instante, tuvo la sensación de ser apresada por un ente diabólico con la habilidad de consumir su alma y hacerla añicos en cualquier momento. Su cuerpo entero se vio paralizado, así como su boca automáticamente silenciada por el efecto aterrador que era capaz de provocar en ella. Quizás era una simple reacción secundaria de su organismo al recordar la paliza que había recibido o, tal vez, era la misma incertidumbre de lo que la esperaría de ahora en adelante; no estaba segura, pero sabía que lo mejor sería mostrarse dócil por ahora, por lo menos hasta encontrarse en mejores condiciones y ver una oportunidad de escape.
—Ya déjala, Onigumo. Si le provocas más marcas, el Señor del lago podría no querer pagar su precio completo —intervino Yura, percibiendo el aura irritado de su jefe a su espalda.
El aludido soltó a la castaña con brusquedad, irguiéndose nuevamente en su lugar. Arrugando su entrecejo, se fijó esta vez en la oscura decoloración que había adquirido la piel de Sango en algunas partes de su rostro, así como brazos; detalles que no había notado a primera vista, pero que a corta distancia, eran bastante evidentes. Con suerte, ese "cara de sapo", que se autoproclamaba dueño y señor del *Lago Kayangan, lo dejaría pasar.
—¿Podrás cubrirlas? —preguntó, considerando una posible pérdida adicional por haberse dejado llevar por su ira.
—¿Por quién me tomas? —indignada, la mujer de labios carmesíes lo miró por sobre su hombro con indignación—. ¡Sin mí, tú estarías perdido!
Eso era verdad. Conociendo de primera mano las habilidades de Yura, Onigumo no tuvo más opción que rendirse ante ella y reconocer que era la mejor. Mas no dispuesto a decirlo abiertamente delante de todas esas modelos y verse de alguna manera vulnerable como jefe y como hombre, se limitó a sonreír con descaro y fingir indiferencia ante su comentario.
—¿Nuestra joya? —Preguntó secamente después de unos instantes, refiriéndose a la valiosa azabache.
Yura resopló, haciéndose la ofendida, pero prefirió no darle mayores vueltas al asunto. Después de todo, conocía a Onigumo demasiado bien como para darle mucha importancia a su comportamiento altivo.
—Bankotsu se está encargando de ella hasta que termine aquí —respondió con indiferencia, girándose hacia él. No le fue difícil notar que la noticia no le había agradado en lo más mínimo—. Descuida, no le hará nada. Sabe perfectamente bien lo mucho que vale y… —pausó momentáneamente para mirarlo a los ojos con malicia—, que le volarías la cabeza si se atreviera a dar un paso en falso.
Onigumo bufó con burla y sonrió, complacido. No cabía duda alguna que Yura lo conocía a la perfección. Podía confiar en ella, a pesar que a veces mostraba su aire peligroso y venenoso a su alrededor, pero eso no era algo que realmente le afectara.
—¿Qué hay de Jakotsu? —Cuestionó al cabo de un rato, cambiando secamente de tema para no perder la compostura—. ¿En dónde está?
—Lo enviaste a desmembrar a InuYasha, ¿recuerdas? —comunicó la mujer con obviedad. Sango respingó al escuchar tan terrible comentario referente a su amigo.
—¿No debería haber vuelto ya? Se ha tardado demasiado.
—No seas impaciente; sabes que Jakotsu es muy cumplido con su trabajo —aseguró de manera despreocupada—. Tan sólo debe estar muy inmerso en su soñada labor de torturar a InuYasha, que debió perder la noción del tiempo.
Onigumo frunció el ceño. Si había algo que le preocupaba además de la distribución exitosa de las modelos y las joyas a sus clientes, eso era saber a Taishô finalmente muerto. No era únicamente un capricho, ni un deseo que había querido ver cumplido desde hace mucho para llevar a cabo su venganza; no, también era una medida de precaución necesaria. Si bien el intercambio de sus órganos en el mercado negro era un bono extra que lo beneficiaba en gran manera, no quería correr el riesgo de ser acusado ante la justicia por un pequeño descuido como dejarlo con vida. Ese desgraciado sabía más sobre ellos de lo que realmente quisiera y, si casualmente su novia estaba en juego, no dudaba en que sus perfectos planes pudieran verse afectados de alguna manera por su causa. Era mejor asegurarse.
—¡Renkotsu! —llamó y el aludido se giró hacia él, atento—. Localiza a Jakotsu y asegúrate que ya haya concluido con el trabajo. Lo necesito de vuelta inmediatamente con los órganos de Taishô. Ya tenemos a varios compradores en espera…
Sango reprimió un gemido de horror, no queriendo imaginarse tan sádico escenario. Pensó en Kagome y del daño que la atroz imagen le causaría si lo descubría. Llena de impotencia, sus ojos se aguaron rápidamente, aunque luchó para retenerlas y mantenerse mentalmente fuerte. Nunca estuvo preparada para lo que oiría los próximos segundos y que la terminara de destrozar el alma y el corazón.
—Señor, acabo de recibir un mensaje del asesino contratado —informó Renkotsu de pronto al revisar su teléfono, justo cuando se disponía a realizar la llamada indicada—. El trabajo está hecho. Miroku Hoshi ha sido eliminado.
Como una puñalada en el centro de su pecho, Sango sintió como su corazón era atravesado con fría y despiadada saña. Una primera lágrima descendió por su mejilla, aunque su cuerpo y mente habían dejado de funcionar como si su alma la hubiese abandonado momentáneamente. Sus labios temblaron. Meneó su cabeza con incredulidad, deseando despertar de esta maldita pesadilla. Cuando escuchó de la orden de deshacerse de su novio la primera vez, se había exaltado y negado que pudiera suceder. Había tenido fe en que pudiera salvarse o que alguien lo rescataría a tiempo. Pero recibir la noticia del cumplimiento de ese hecho de primera mano, la desgarraba a tal punto que podría enloquecer.
._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.
Sujetándose su sangrante costado izquierdo y apretando fuertemente los dientes a causa del dolor y el esfuerzo extremo, el oji-dorado avanzó su camino cada vez más lento, dejando marcas de sangre a su paso. Sus pies desprovistos de calzado dolían a causa de las heridas adquiridas durante su trayecto, entorpeciendo su forzado andar. El vaho de su aliento se mezcló con el aire frío del ambiente, evidenciando la baja temperatura que había adquirido la noche. Una reiterada brisa helada sopló, no sólo provocándole nuevos escalofríos sino que también lacerando despiadadamente su desnuda piel. Quizás, debió ser más listo y quitarle más de alguna prenda servible al imbécil de Jakotsu para protegerse del frío, pero francamente, ni siquiera se le había cruzado por la mente. Ahora, lo estaba lamentando.
—Maldición... —musitó, consciente de su propia condición, volviéndose a sentir mareado.
Al límite de sus energías, se apoyó en el primer poste de luz que vislumbró tras caminar alrededor de treinta minutos sin rumbo fijo. Exhausto y adolorido, se permitió descansar unos instantes, mientras apoyaba su cabeza en el poste, cerraba sus ojos e intentaba calmar su malestar. Tragó saliva, sintiendo su garganta terriblemente seca también, muy posiblemente, por la gran pérdida de líquidos en su cuerpo.
Morir sería tan fácil, pero ni siquiera desmayarse era una opción ahora, mucho menos rendirse y dejar que las cosas simplemente siguieran su curso. ¡No! Dar la batalla perdida, sin siquiera dar una apropiada guerra, no estaba en sus planes. Aunque le costara la vida antes de su hora predestinada, iba a rescatar a Kagome y a sus amigos, costara lo que le costara. ¡Tenía que hacerlo!
Si tan sólo supiera en dónde se encontraba, tal vez, no se sentiría tan extraordinariamente frustrado como en esos momentos.
Por un instante, tuvo enormes deseos de golpearse a sí mismo. ¡Era un estúpido! Había estado tan urgido en acabar con Jakotsu y salir a toda prisa de ese lugar, que ni siquiera se había tomado la molestia de averiguar primeramente su ubicación antes de dirigirse ciegamente a Yokohama. Ahora no sabía en dónde demonios estaba. ¿Es que acaso se podía ser más idiota? ¿Cómo había podido olvidarse de algo tan importante? ¿Qué iba a hacer ahora? ¡¿Cómo se suponía iba a llegar a ese condenado almacén, si no tenía ni la más remota idea de su propio paradero?!
Esforzándose por mantenerse en pie, descendió su mirada hacia el reloj de bolsillo que ahora pendía de su cuello y lo sujetó con una mano. Con el ceño fruncido, abrió la tapa y miró su interior, detectando el cristal de la luna cuarteada. Su agarre entorno al reloj se apretó, invadiéndolo un nuevo sentimiento de incertidumbre y duda, instante mismo en el cual un par de conocidos ojos rojizos emergían del agujero negro para observarlo con un dejo de muy posible burla.
—Keh.
Haciendo caso omiso a la indeseada visión, así como también al pensamiento de las posibles consecuencias que ese daño podría significar, InuYasha volvió a cerrar la tapa del reloj, prácticamente por acto reflejo. Por su propio bien y el de los suyos, consideró mejor ignorar a su enemigo más peligroso, dedicándose a examinar sus alrededores, esperanzado de encontrarse con algo familiar.
Vislumbró varias casas de estructura rural y edificaciones de no más de cuatro plantas de altura con aspecto antiguo. Cualquiera podría decir que había llegado a un pequeño pueblo en medio del campo, pero si se fijaba más adelante, las viviendas iban en aumento y las construcciones mejoraban su fachada, dando paso al inicio de lo que parecía ser una ciudad. Si bien su cuerpo clamaba por ayuda, internamente agradecía que fuera de noche y que no hubiera personas transitando por la zona al momento. Si alguien lo veía en ese estado, seguramente, querría llevarlo al hospital más cercano para que tratasen sus heridas y eso, definitivamente, sería un gran problema. No tenía tiempo, mucho menos ánimos para ser encerrado y puesto bajo custodia médica. ¡Debía llegar y detener a Onigumo! ¿Qué podía ser más importante que eso? ¿Qué eran unas cuantas heridas y un poco de sangre perdida? Ja, él era fuerte. ¡Él podía, no, él debía...!
Convencido de su propia fortaleza y resistencia, decidió avanzar unos cuantos pasos más, pero para su sorpresa, sus piernas no le respondieron de la manera que deberían. En ese mismo instante, una potente luz blanquecina lo deslumbró, obligándolo a entrecerrar sus ojos. Su mente quedó momentáneamente en blanco y su cuerpo se desmoronó en su sitio.
¿Es que acaso su final había terminado por alcanzarlo? Finalmente, ¿había perdido ante las artimañas del demonio Naraku?
Su vista se nubló, sintiendo como su ser era arrastrado a un estado de inconsciencia… o quizás, hacia la misma muerte. No lo sabía. Lo único que alcanzó a vislumbrar antes de cerrar completamente sus ojos, fue la silueta de una persona —muy posiblemente de carácter femenino— saliendo de una pequeña casa cercana y se percataba de su presencia.
._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.
Después de haber oprimido la tecla de envío en el teléfono móvil perteneciente al asesino, el agente Takeda dejó caer cansadamente su brazo a un costado de su cuerpo. Con el ceño ligeramente arrugado, miró por sobre su hombro y fijó momentáneamente su atención en el inconsciente hombre que yacía a sus pies. Mientras lo observaba, se limpió la comisura de su labio inferior con el dorso de su mano y se quitó los residuos de sangre que evidenciaban su reciente pelea que, por cierto, no le resultó nada fácil. No cabía duda que, Onigumo Ukaran, sólo trabajaba con profesionales.
—Está bien, ya pueden salir —indicó al cabo de unos segundos, girándose hacia los escritorios de una esquina—. Ya no hay peligro.
—Es usted muy hábil —lo elogió Miroku, saliendo de su refugio junto con su asistente, el alivio reflejado en su rostro.
—¿E-está m-m-muerto? —tartamudeó Hachi, nervioso y tembloroso. El agente sonrió y negó con su cabeza.
—No, sólo está inconsciente —respondió con calma, sacando un par de esposas de la parte posterior de su cinturón.
Con un poco de esfuerzo, Kuranosuke arrastró el gran cuerpo del asesino hasta la celda más cercana. Ya en su interior, aprisionó una de sus manos con una de las rejas antes de cerrar la puerta con llave, para que no pudiera escapar ni tampoco causar más problemas si llegara a despertar.
—¿Qué fue lo que envió hace un momento con el celular de ese sujeto? —inquirió Miroku, curioso, habiéndolo notado.
—¿No piensa que es mejor hacer creer al enemigo que el asesino ha cumplido con su objetivo?
El oji-azul tragó saliva y analizó brevemente la implicación de las palabras del agente.
—Entonces… ¿estoy muerto? —preguntó con cautela, temiendo que, posiblemente, ese mensaje pudiera llegar a oídos inocentes.
—Muy astuto, ¿no cree? Podrá estar tranquilo por ahora, sin asesinos que lo persigan —explicó Kuranosuke con una triunfal sonrisa, viendo a través del vidrio de la estación que sus hombres ya habían terminado de limpiar el perímetro.
—Claro…
Una mezcla de emociones invadieron a Miroku, pues no había sido precisamente su seguridad a lo que se había referido. Más bien, era el sentido de culpa por imaginarse a su querida Sango recibiendo la terrible noticia de su supuesta muerte y provocarle un muy mal momento. Sólo esperaba que, dentro de todo, se encontrara con bien y que, si sus suposiciones eran correctas, consiguiera llegar a su lado a tiempo para rescatarla y cobijarla entre sus brazos.
—A-amo Miroku… el agente Takeda…
El oji-dorado parpadeó varias veces al ser sacado de sus profundos pensamientos. Alzó distraídamente la vista hacia Hachi, quién señalaba hacia la puerta de salida, lugar por donde Kuranosuke había pasado hace menos de cinco segundos. Había estado tan ensimismado que no se percató del momento en que éste salió de la estación, llevando consigo el sobre que contenía la evidencia que limpiaría su nombre. Lo vio conversar con un hombre que parecía ser parte de su grupo y, posteriormente, dirigirse a su vehículo.
—¡Oh, no! —no queriendo quedarse atrás por ningún motivo, Miroku se apresuró hacia la salida para seguirlo. Hachi no dudó en ir tras él para darle alcance también—. ¡Espere!
Cuando Kuranosuke se sentó delante del volante de su vehículo y se abrochó el cinturón de seguridad, listo para arrancar, el oji-azul se acomodó presurosamente a su lado en el asiento del co-piloto, mientras que su asistente se ubicaba casi simultáneamente en la parte de atrás.
—¿Qué creen que están haciendo? —Cuestionó el agente, mirándolos con reproche—. Bájense inmediatamente y no interfieran con mi trabajo. Tengo prisa.
—No queremos interferir. Sólo acompañarlo —respondió Miroku con la mayor calma posible.
—¿Qué? Ya les dije que estarían a salvo, pero si aún así necesitan de una niñera, pueden conversar con uno de mis subordinados para que les asigne una escolta.
—Nada de eso. Es sólo que presiento que usted podría ayudarme a llegar hasta donde tienen secuestrada a mi novia y a su amiga. Tal vez, mi mejor amigo y guardaespaldas también esté con ellas…
Kuranosuke ensanchó sus ojos con sorpresa, no habiéndose esperado tal respuesta de parte del hombre. Lo analizó por unos instantes y, como si buscara certificar sus palabras con alguien más, se giró en su asiento para mirar a Hachi de forma inquisitiva. Éste asintió con profunda seriedad, dejándolo momentáneamente callado y pensante. Finalmente, un suspiro de rendición escapó de su boca, sintiendo que no tenía más opción que ceder a tan especial petición.
—Será muy peligroso, ¿están seguros que quieren ir? —preguntó por última vez, encendiendo el motor del vehículo.
La pregunta del agente Takeda perforó sus oídos como un filoso taladro, poniéndolo en constante alerta y duda. No podía negar que estaba asustado y que le atemorizaba lo que podría venir y lo que podría ver, pero… se trataba de su mujer y de sus amigos. No consideraba tener otra opción más que aventurarse a la boca del lobo para ir en su busca. El escape de la estación había sido toda una odisea; incluso se había sentido como el actor principal de una película de acción extrema, pero gracias a su nuevo aliado, las cosas habían resultado bien para ellos. Si lo acompañaba, tal vez, podría ser de alguna utilidad.
Hachi, por su lado, sintió el frío sudor recorrer su espalda y estuvo a punto de bajarse corriendo del vehículo, pero su fidelidad hacia su señor, lo obligó a mantenerse pegado a su asiento… o tal vez fue la falta de tiempo que tuvo para abrir su boca y dar un comentario de objeción.
—Completamente —aseguró Miroku casi de inmediato, colocándose su propio cinturón de seguridad—. ¡Rumbo a Yokohama!
Y el agente Takeda arrancó sin pérdida de tiempo, pisando el acelerador. El pobre asistente no pudo hacer más que pegarse a la ventana cual mosca estampada contra el vidrio y dar un grito silencioso de pánico.
._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.
—Por aquí, hijo. ¡Apresúrate!
El fuerte llamado de su madre alertó al hombre que apenas había terminado de estacionar su vehículo delante de la casa. Cargando consigo su maletín médico, corrió hacia su progenitora, reparando en la persona que yacía inconsciente a su lado. Su madre se había encargado de acomodarlo sobre un viejo abrigo para protegerlo, de alguna manera, del frío suelo. Sus grandes y redondos ojos celestes se ensancharon con sorpresa.
—¡¿I-I-InuYasha?! —exclamó al reconocerlo—. ¿Pero qué sucedió? ¿Cómo llegó hasta aquí?
Era natural que Jinenji estuviera tan estupefacto; nunca imaginó encontrarse con semejante escenario al volver a casa después de atender una emergencia en el hospital a las tres de la madrugada. InuYasha había estado desaparecido desde hace ya varios días atrás, sin que nadie tuviera noticias de él. Incluso lo habían creído muerto. De hecho, Miroku, temiendo lo peor, lo puso al tanto de la situación para que se mantuviera atento y les ayudara a investigar a todos los pacientes ingresados en su hospital y otros centros médicos del país durante ese periodo, que cumplieran con las características físicas de su amigo. Pero, pese a todos los esfuerzos, ninguno fue capaz de dar con él. Hasta este momento...
—¿Lo conoces, hijo? —preguntó la anciana mujer, curiosa, ayudándolo con los utensilios y vendajes que extraía presurosamente de su maletín médico.
—Claro que sí. Lo conocí en casa de los Higurashi. Miroku Hoshi nos presentó y… es mi amigo —concluyó finalmente, no queriendo prolongar mucho más su explicación, mientras revisaba presurosamente los signos vitales del oji-dorado y hacía curaciones rápidas para detener el sangrando en las heridas más grandes y pronunciadas. Al tocar intencionalmente un par de puntos de presión, InuYasha soltó un leve quejido en medio de su inconsciencia—. Debemos llevarlo dentro, su cuerpo está muy frío y sus heridas…
Al momento en que el galeno se proponía a levantar al joven Taishô del suelo, éste tosió, recobrando parcialmente el conocimiento. Sus párpados se entreabrieron y se enfocaron en la borrosa figura que se mostraba delante de él.
—Ji… nen… ji… —murmuró débilmente, al tiempo que su vista se aclaraba de nuevo. Desorientado y, ciertamente sorprendido por ver al médico en ese lugar, abrió sus ojos por completo—. ¿Cómo…? ¿Cómo es que tu…?
—Al parecer llegaste por tus propios medios, muchacho —respondió la anciana por su hijo, observándolo con seriedad—. No sé qué clase de persona seas, pero espero que no metas a mi hijo en problemas. Él es una persona muy tranquila, buena y…
—Mamá…
Estaba claro que Jinenji sabía el tipo de persona que era InuYasha, al igual que conocía la clase de situaciones que había tenido que atravesar en su pasado. Cuando lo conoció la primera vez y curó sus heridas en el templo Higurashi, supo que había tenido una vida difícil, pero que, dentro de todo, era una buena persona que luchaba fervientemente por los suyos. No era justo que su madre lo criticara sin saber nada sobre él; él mismo no tenía el derecho de hacerlo. Además, tomando en cuenta su actual estado, podía considerar su regreso con vida un completo milagro. Pensándolo bien, los responsables de todo ese daño, ¿no serían los mismos que idearon el estratégico encarcelamiento de Miroku y el secuestro de Kagome y Sango? ¿InuYasha siquiera estaría al tanto de lo sucedido? Probablemente, no.
—Hace mucho frío. Será mejor que lo metas a la casa para que lo puedas atender correctamente —sugirió la mujer, dándoles la espalda para dirigirse a su residencia—. Sus heridas no se ven nada bien. Parece haber perdido mucha sangre también.
—¿En… en dónde estamos? —preguntó el joven Taishô de repente, obviando las previas palabras de la anciana. Necesitaba saber con urgencia su ubicación para continuar su camino; esa era su prioridad.
—En mi casa en Hidaka —respondió Jinenji, descendiendo sus ojos celestes hacia él—. ¿Cómo fue que acabaste en ese estado? ¿En dónde estuviste todo este tiempo? —inquirió, pensando en la mejor forma de llevarlo dentro sin lastimarlo mucho más, pero InuYasha había dejado de escucharlo. Su mente estaba demasiado ocupada procesando la información recibida, llenándolo de ansiedad y preocupaciones.
Hidaka, prefectura de Saitama. ¿Así que ese maldito de Jakotsu lo había llevado a las afueras de Tokio para matarlo? Aunque aún hubiera bastante civilización, Hidaka estaba lejos de ser un lugar tan concurrido como la capital. Había demasiados lugares desolados por los alrededores como para aprovecharlos a su conveniencia, tal como planear matar a alguien sin que los descubrieran fácilmente. Qué astuto.
De cualquier forma, ahora que sabía en dónde estaba, también era consciente de la distancia que debía recorrer para llegar hacia Kagome. Debían ser unos 103 kilómetros a Yokohama; quizás, una hora y media de camino en vehículo si se sobrepasaba el límite de velocidad permitido. Pero en su estado actual... ¿Cómo iba a llegar a tiempo?
Sus ojos se movieron erráticamente y su cuerpo comenzó a temblar de manera involuntaria, volviéndose su respiración pesada. Jinenji estaba seguro que no era por causa del frío y lo interpretó como una señal inicial de un posible shock hipovolémico, lo que lo puso en alerta. Pero, antes que hiciera cualquier movimiento para llevarlo rápidamente a su residencia para atenderlo, InuYasha lo sujetó de la manga de su chaqueta para detenerlo. Desesperado, alzó su dorada mirada hacia él, un gesto de súplica marcando su rostro.
—Jinenji, ne-necesito tu ayuda —pidió y el galeno lo observó—. Ti-tienes que... ¡tienes que llevarme a Yokohama!
—¿Pero qué estás diciendo; estás loco? Tu estado es crítico, ¡podrías morir si no recibes atención inmediata!
—Mi vida no es importante ahora. Onigumo… ¡hay que detenerlo antes que sea demasiado tarde!
—¿Tarde? ¿A qué te refieres?
—Oni... gumo... —volvió a pronunciar InuYasha con dificultad, no sólo reteniendo la desesperación que lo carcomía, sino también siendo afectado por un doliente espasmo que recorrió su cuerpo entero.
Onigumo. Un nombre que Jinenji ya había escuchado en anteriores ocasiones. La primera vez, fue cuando conoció a InuYasha. Las demás veces supo de ese individuo por la propia boca de Miroku, quien terminó siendo inculpado en una serie de crímenes absurdos y, posteriormente, encarcelado. Sí, sabía de quien se trataba y de lo peligroso que era. El que InuYasha se mostrara urgido por atraparlo, sólo le confirmaba que su desaparición había estado relacionada con él y eso incluía su actual condición. No quería ni imaginar por lo que había hecho pasar a su amigo en esta ocasión.
—Digas lo que digas, tu salud está primero. Como tu médico y como tu amigo, no puedo permitirte ir en tu estado —refutó Jinenji con delicadeza, pero firmeza a la vez, ayudando al oji-dorado a ponerse de pie para que lo acompañase dentro de la casa—. Vamos... llamaremos a la policía para que puedas reportarles lo sucedido y...
—¡¿Es que no lo entiendes?! ¡Ese maldito tiene a Kagome y a Sango! Si no nos damos prisa, ellas…
Un movimiento brusco para soltarse del agarre del galeno y un mareo se encargaron de derribar al joven Taishô. Toda la adrenalina que lo había mantenido consciente todo este tiempo, parecía haberlo abandonado por completo pese a sus esfuerzos. Su cuerpo convulsionó levemente y su tono de piel adquirió un color mucho más pálido de lo normal.
—¡InuYasha!
Ciertamente asustado por el cuadro crítico que su amigo presentaba, Jinenji se sacó inmediatamente su chaqueta para cobijarlo y así evitar que su cuerpo desnudo se enfriara mucho más de lo debido. Sin pérdida de tiempo, sacó una bolsa de suero fisiológico de emergencia de su maletín y se la suministró directamente a la vena. Tuvieron que pasar tan sólo un par de segundos para que el oji-dorado volviera a recobrar parcialmente el conocimiento y lo sujetara nuevamente de la manga de su camisa para evitar que lo llevara dentro de la casa.
—Por favor… Kagome...
No había tiempo para meditaciones, mucho menos para dudas o arrepentimientos. Tenía que tomar una decisión aquí y ahora. Su deber como médico le impedía hacer una estupidez que expusiera la vida de un paciente y lo pusiera en riesgo, pero al mismo tiempo, su deber como amigo, lo impulsaba a actuar y no quedarse con los brazos cruzados ante la desesperada petición que InuYasha le hacía.
Su debate interno no duró demasiado cuando, de su residencia, su madre hizo su reiterada aparición, trayendo consigo algunas prendas de vestir, zapatos, implementos médicos y algunas medicinas que consideraba de mucha utilidad.
—Creo que no lo logrará sin tu ayuda, hijo —dijo la mujer, tomando el maletín para guardar la mayoría de las cosas y dirigirse al automóvil—. Vamos, date prisa.
Conmovido y, ciertamente animado por su madre, Jinenji esbozó una agradecida sonrisa, levantando a InuYasha con cuidado del suelo para llevarlo hacia el vehículo. De la mejor manera que le fuera posible, lo recostó en el asiento de atrás y ató la bolsa de suero a la altura de la ventana para que la suministración se hiciera de forma correcta durante su apresurado viaje. Cuando finalmente se sentó frente al volante, su madre le extendió un frasco que contenía un medicamento especial a base de algunas hierbas y raíces de difícil adquisición que ellos mismos habían elaborado y, con un asentimiento de su cabeza en agradecimiento, se puso en marcha.
—Más te vale no morir hasta que lleguemos… —indicó, deteniéndose momentáneamente con la luz roja de un semáforo. Con un pesado suspiro, se giró en su asiento para extenderle a InuYasha el frasco que había recibido de su progenitora—. Te dará energías por al menos tres horas.
El oji-dorado, en su debilidad, lo vio primeramente con sorpresa, mas luego de unos instantes sonrió y recibió el frasco con firmeza y agradecimiento.
—Eso… será suficiente.
Después de eso, no hubo más interacción entre ellos, pues por un lado, InuYasha necesitaba descansar un poco para recobrar parte de sus energías, y por el otro, Jinenji requería concentración para no chocar en su trayecto hacia Yokohama, mientras pisaba el acelerador hasta el tope de su capacidad.
«Kagome, resiste. ¡Voy por ti!»
._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.*-*._.
Con manos frías y temblorosas, la azabache trató de colocarse correctamente el exclusivo vestido de color esmeralda que le había sido dado como prenda de exhibición para finalmente cubrir su expuesta desnudez. Por todos los medios, había intentado mantenerse serena y con los nervios templados frente a tan vergonzosa e indignante situación, pero sus extremidades y perturbada mente ya no le estaban cooperando. Y es que, estaba aterrada. A pesar de haberle dado la espalda a Bankotsu todo el tiempo mientras se aseaba y, posteriormente, intentaba cubrirse, era un hecho que ser vigilada en tal estado de absoluta vulnerabilidad, la había afectado demasiado. Pensar que este era el primer hombre que la veía de esa manera, la entristecía en sobremanera, más aún cuando a su amado le había sido denegado ese derecho.
«InuYasha…»
Cuando por fin consiguió subirse el cierre posterior de la costosa y delicada prenda, e intentaba alzarse las delgadas tiras sobre sus hombros, de pronto, un desconocido y atrevido tacto la sorprendió, haciéndola respingar.
—¡¿Q-qué haces?!
—¿Qué más? Ayudando a vestirte —susurró el hombre en su oído detrás de ella, provocándole escalofríos—. Aunque más que vestirte, preferiría arrancarte ese vestido y sentir tú desnuda piel contra la mía. No sabes lo difícil que me resultó admirar tu hermoso cuerpo desnudo, sin poder tocarte… Y es que temía perder el control.
Como si eso fuera poco, sintió sus grandes y sucias manos recorrer sus delgados brazos desde sus muñecas hasta sus desnudos hombros, deteniéndose una extremidad cerca de su cuello, posándose la otra sobre su abdomen para pegarla más a él. Kagome trató de alejarse de él por reflejo, pero él la sostuvo con firmeza, aspirando el perfumado aroma de sus mojados cabellos azabaches.
—Su-suéltame… —musitó la joven débilmente, sintiendo el escozor de nuevas lágrimas formarse en sus ojos.
Su espíritu combativo había sido quebrado, casi en su totalidad… o, tal vez, ¿sólo se estaba conteniendo? Ella misma no lo sabía; sólo deseaba que todo esto terminara YA.
—Estás temblando… No será de miedo, ¿o sí? —inquirió Bankotsu con descaro, deleitándose con las diferentes reacciones que conseguía en la hermosa mujer. Haberla visto desnuda, sencillamente, lo había encendido, haciéndole casi imposible contenerse—. ¿Será excitación, tal vez?
—N-no…
La joven se tensó, una mezcla de emociones invadiéndola. Presa del miedo, permaneció inmóvil, como un asustadizo conejito que estaba siendo torturado psicológicamente en las garras de su depredador antes de ser devorado. Y, de pronto, el eco de una anhelada voz resonó tan fuerte en sus oídos que no sólo la sacó de su entumecimiento, sino que también la hizo respingar de sorpresa.
«Kagome, resiste. ¡Voy por ti!»
Por un instante creyó que él había venido a rescatarla, pues su voz había sonado tan fuerte y clara, que le pareció tenerlo a su lado. Sin embargo, cuando alzó sus ojos al frente para buscarlo y no lo vio, su desconcierto se hizo aún mayor. Sus ojos se aguaron y ante la desesperación del momento, pensó si tal vez no lo habría imaginado.
—Tu piel es tan suave…
El áspero murmullo de Bankotsu la volvió a la realidad. Tuvo asco cuando sintió su aliento chocar contra su oído, así como su miembro frotarse contra ella con evidente lascivia. No sabía hasta qué punto sería ese hombre capaz de llegar, pero después de escuchar la infalible voz de InuYasha, su coraje se vio renovado. Aunque fuese un pensamiento algo descabellado, sintió como si él le hubiera hablado directamente al corazón para infundirle ánimos. Imaginación o no, debía seguir luchando.
Por primera vez, consideró ese indeseado acercamiento la oportunidad perfecta para intentar escapar. Si realmente valía tanto como le habían dicho, entonces no la matarían. Era una teoría, pero estaba dispuesta a correr el riesgo. Mirando de reojo hacia su costado inferior, detectó la culata del arma de fuego sobresalir del cinturón del pantalón del hombre, por lo que no dudó en extender su mano hacia atrás para alcanzarla. Estaba cerca… sólo un poco más…
—Buen intento, preciosa —la sorprendió Bankotsu, sujetando firmemente su mano entre la suya para posteriormente, colocarle un aro de acero entorno a la muñeca—. Sé que estás ansiosa y, de verdad, lamento mucho no poder complacerte, pero hay que terminar de arreglarte. Yura ya debe estar esperando por ti.
Lastimosamente, el hombre de cabellos trenzados se anticipó a sus movimientos, frustrando su peligroso intento. Realmente no quería rendirse, pero para su infortunio, la hora de su involuntario viaje se estaba acercando rápidamente, condenándola a ella y a su amiga a un destino incierto.
Continuará…
:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:
* Louis Vuitton: Empresa francesa que diseña ropa y complementos de lujo. Está considerada como una de las marcas de lujo actuales más exclusivas del mundo.
* Lago Kayangan: Un hermoso lago de aguas traslúcidas —considerado el más limpio de Asia—, ubicado en la paradisíaca isla de Corón, que pertenece al grupo de las Islas Calamian, al norte de la provincia de Palawan, en Filipinas.
:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:
N/A: ¡Hola a todos!
Vaya que me ha costado horrores sacar este capítulo, si no por falta de imaginación, por falta de tiempo y ocupaciones que involucran estas fechas. ¡Diciembre, siempre tan ajetreado! Es más, si no me dedicaba a terminar las ediciones finales hoy, seguro que tranquilamente pasaba un mes más. ¡Qué horror! Pero como saben que soy responsable y cumplida, he decidido hacer un esfuerzo extra e incluso, regalarles adicionalmente la última escena que, se suponía, saldría en el próximo capítulo :P. Así que tienen lectura extra larga esta vez =).
Imagino que muchas de ustedes habrán querido ver ya la escena del rescate, pero como había algunos "detalles" que necesitaba cubrir primero, tendrán que esperar por la siguiente actualización para verlo. ¡Se nos viene un capítulo lleno de acción y suspenso! ¿Alguna teoría de momento?
InuYasha por poco no lo logra, pero vaya coincidencia llegar justo a la casa de nuestro buen Jinenji :O. Miroku, por su lado, se encontró con un agente de criminalística que lo ayudó a salir de su gran problema, ¡nada más y nada menos que Kuranosuke Takeda! Vaya, todo lo que ha pasado en este capítulo y, prácticamente, ¡todo al mismo tiempo! ¿Onigumo conseguirá salirse con la suya antes que lo atrape la policía? ¿Kagome y Sango encontrarán otra oportunidad para intentar escapar? ¿Sus novios/amigos llegarán demasiado tarde para rescatarlas? ¿Naraku se inmiscuirá de algún modo para entorpecer todo el operativo? Esto y más descúbranlo en el siguiente capítulo :P.
Lamento mucho no poder responder personalmente a cada uno de sus amorosos reviews esta vez. Es algo que ya se me había hecho costumbre, pero que no me será posible por cuestiones de tiempo u_u. Aun así, saben que las quiero un montón y que sus comentarios me han hecho enormemente feliz. ¡Adoro cuando sacan sus propias conclusiones! ¿Ya acertaron con alguna? :P
Millones de gracias por leerme, pero sobre todo, mis agradecimientos a las personas que se tomaran la molestia de dejarme sus reviews: aby2125, bruxi, Lovergreen, Marlene Vasquez, Manaka Danny, Alinha Taisho Potter, Fumie16, Lis-sama, nemesisprime03 y lindakagome.
Besos y hasta la próxima =).
Con cariño,
Peach n_n
