Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)
Capitulo 24
Fue muy fácil mentirles a sus hombres acerca de sus moretones y heridas en su cara cuando Albert regresó al castillo, un desafortunado accidente con un vagabundo ebrio en Rifthold. Soportar las mentiras y las heridas fueron por mucho, mejor que ser carroña. El pacto de Albert con Aedion y los rebeldes fue muy simple: información por información.
Él había prometido más información acerca de su reina, así como también sobre los anillos negros del Rey, a cambio por lo que ya sabían sobre el poder de éste. Eso lo mantuvo vivo hasta la noche, y cada una siguiente, cuando estuvo esperando por ellos para cambiar de parecer. Pero nunca vinieron por él, y al anochecer, él y Aedion esperaron media noche antes de escabullirse en los viejos cuartos de Candy.
Era la primera vez en la que se había atrevido a regresar a la tumba desde la noche que estuvo con Candy y Terry, y el detractor de bronce en forma de cráneo, Mort, el cual no se movió ni hablo para nada. Aun cuando Albert llevó puesto el Ojo de Elena en su garganta, el detractor permaneció inmóvil. Posiblemente Mort sólo contestaba a aquéllos con sangre de Brannon Galathynius en sus venas.
Así que él y Aedion repasaron el camino hacia la tumba, los empolvados pasillos, recorriendo cada centímetro en busca de señales de espías o algunas maneras de ser descubiertos. Cuando se encontraron al menos cerciorados de que nadie podía escucharlos, Aedion dijo:
— Dime, ¿Qué estoy haciendo aquí abajo, Capitán?
El general no mostro temor o sorpresa como le fue permitido quedarse en el lugar de descanso de Elena y Gavins por Albert, a pesar de que sus ojos se habían dilatado ligeramente en Damaris. Pero si o no Aedion sabía qué es lo que era, él no ha dicho una palabra. Para todas sus imprudencias y arrogancias, Albert tuvo un presentimiento de que los hombres tenían muchos, muchos secretos, y era lo su cientemente bueno como para encubrirlos.
Esa fue otra de las razones por la cual él ha ofrecido el pacto a Aedion y sus acompañantes: si la magia del príncipe eran descubierta, Terry tendría que necesitar un lugar en donde esconderse y alguien que lo mantuviese a salvo en caso de que Albert fuese incapaz de hacerlo.
Albert dijo: — ¿Estás preparado para compartir cualquier información que hayas obtenido de tus aliados?
Aedion le mostró una sonrisa un tanto perezosa y agregó. — Siempre y cuando tú compartas la tuya.
Albert rezó a cualquier Dios que hubiese escuchado que él estaba haciendo algún movimiento equivocado al mismo tiempo que sacaba el Ojo de Elena de su túnica. — Tu Reina me dio este collar a mí cuando se marchó por Wendlyn. Le perteneció a su ancestro, quien la convocó aquí, para dárselo a ella. — Los ojos de Aedion se entrecerraron mientras asimilaba el amuleto, la brillante piedra azul a la luz de la luna. — Lo que estoy a punto de decirte, — dijo Albert, — cambiará todo.
ooooooooo
Dorian permaneció de pie en las sombras de la escalera, escuchando. Escuchando, y no precisamente queriendo aceptar que Albert estaba en la tumba con Aedion Ashryver.
Eso ha de haber sido el primer golpe. Durante la semana pasada, él había estado indagando hasta aquí para encontrar respuestas después su explosión con Susana. Especialmente ahora que ella le ha mentido a través de sus dientes y arriesgó cualquier cosa para guardar su secreto, y ayudarlo a encontrar una manera de controlarlo.
Esta noche él ha estado horrorizado al encontrar la puerta secreta ligeramente entreabierta. No debió de entrar pero lo hizo de todos modos, repasando una sencilla lista de mentiras para decir en caso de encontrarse con alguna cara nada amistosa. Entonces al estar lo su cientemente cerca pudo escuchar las voces de dos hombres casi a punto de desaparecer... casi, hasta que se dio cuenta quiénes eran los que hablaban.
Eso era imposible, porque se odiaban mutuamente. Aún más ellos estaban ahí, en la tumba de Elena. Aliados. Era su ciente, demasiado en sí. Pero después él lo ha escuchado, escuchó lo que Albert le dijo al general, tan silencioso que apenas se podía escuchar. — Tu reina me entregó esta te collar cuando se marchó por Wendlyn.
Eso era un error. Tenía que ser un error, porque... Su pecho se había vuelto demasiado apretado, demasiado pequeño.
Tú siempre serás mi enemigo. Eso fue lo que Candy le gritó a Albert la noche en que Annie murió. Y ella lo ha dicho, dijo que ha perdido gente diez años atrás, pero...
Pero.
Terry no pudo moverse mientras Albert se adentraba a contar otra historia, otra verdad. Sobre el propio padre de Terry. Sobre el poder que el Rey ejercía. Candy lo había descubierto. Candy estaba intentando encontrar una manera de destruirlo.
Su padre ha hecho esa cosa por la cual pelearon en las catacumbas de la biblioteca. Esa cosa monstruosa que parecía humana. Las llaves del Wyrd. Las puertas del Wyrd. Las piedras del Wyrd.
Ellos le han mentido a él también. Han decidido que él no es de confiar. Candy y Albert, han optado por estar en contra de él. Albert sabía quién y qué era Candy realmente.
Eso era el motivo por el cual él la había mandado a Wendlyn, el por qué la ha sacado del castillo. Terry seguía inmóvil en las escaleras cuando Aedion salió de la tumba, espada afuera y ya listo buscando atacar a cualquier enemigo que haya detectado.
Al verlo. Aedion juró, en silencio y perversamente, sus ojos brillaron a la luz de su an- torcha.
Los ojos de Candy. Aelin Ashryver, Ashryver, los ojos de Galathynius.
Aedion era su primo. Y él aún le era leal a ella, mintiendo a través de sus dientes, por
cada acción, acerca de donde estaba su lealtad.
Chaol se apresuró al pasillo y una mano cayó suplicando. —Terry.
Por un momento, él sólo pudo mirar jamente a su amigo. Luego encontró la manera de poder preguntar, — ¿Por qué?
Albert perdió el suspiro y dijo — Porque cuantas menos personas lo sepan, es más seguro, para ella, para todos. Para ti. Tienen información importante que te puede ser de gran utilidad.
— ¿Tú creíste que correría hacia mi padre?— Las palabras eran apenas más que un susurro ahogado, al mismo tiempo que la temperatura se desplomaba.
Albert dio un paso hacia adelante, colocándose entre Aedion y Terry, sus manos ex- puestas. Apaciguando. — No puedo permitirme a adivinar, a tener esperanzas. Incluso contigo.
— ¿Cuánto tiempo? — El hielo cubrió sus dientes, su lengua.
—Ella me contó sobre tu padre antes de que se marchara. Me imaginé quien es ella poco después.
—Y estás trabajando con él ahora.
La respiración del capitán se nubló frente a él. — Si pudiéramos encontrar una manera de liberar la magia, te podría salvar. Ellos piensan que pueden tener algunas respuestas sobre lo que pasó y cómo revertirlo. Pero si Aedion y sus aliados son atrapados, si ella es atrapada... ellos morirán. Tu padre los pondrá a todos bajo su mando, empezando con ella. Y ahora mismo, Terry, los necesitamos.
Terry se volvió hacia Aedion. — ¿Vas a asesinar a mi padre?
— ¿Acaso no merece morir?— fue la réplica del general.
Terry pudo ver al capitán haciendo una mueca, no por las palabras del general sino por el frío. — ¿Le contaste, sobre mí?— Terry gruñó.
— No—, contesto Aedion en lugar de Albert. — Sin embargo si tu no aprendes a controlarte pronto no habrá ni una alma en el reino que no esté enterada que tienes magia. — Aedion bajó esos ojos de reliquia al capitán. — Era eso por lo cual estabas tan desesperado por intercambiar secretos, tú querías la información por su bien. — Una cabeceada de Albert. Aedion sonrió con afectación a Terry, y el hielo cubrió la escalera. — Tú magia se mani esta en hielo y nieve, ¿Y después principito? — preguntó el general.
— Acércate un poco más y descúbrelo por ti mismo— dijo Terry con una ligera sonrisa. Quizás él puede lanzar a Aedion por el corredor, sólo así como lo hizo con la criatura.
— Aedion es de confiar, Terry. — dijo Albert.
— Él es doble cara al mismo tiempo que está aquí. Yo no creo ni por un latido de mi corazón que él no nos venderá si eso signi ca hacer adelante su propia causa.
— No lo hará— Albert chasqueó, interrumpiendo la respuesta de Aedion.
Los labios de Albert se tornaron azul del frío. Dorian sabía que lo estaba hiriendo, lo sabía y no le importó. — ¿Por qué algún día tú quieres ser el Rey de Aedion?
La cara de Albert parecía pálida de color, del frío o del miedo y Aedion ladró de una risa. — Mi reina morirá sin herederos antes que casarse con un hombre de Adarlan.
Albert intentó esconder su vacilación de dolor, pero Terry conocía muy bien a su amigo, lo su ciente para detectarlo. Por un segundo se preguntó que hubiera pensado Candy acerca del reclamo de Aedion. Candy, quién ha mentido, Candy, quien era Aelin, a quién había conocido hace diez años, con quién había jugado en su hermoso castillo. Y ese día en especial en Endovier, ese primer día, él había sentido como si hubiera algo familiar acerca de ella... Oh Dioses.
Candy era Aelin Galathynius. Él había bailado con ella, la besó, durmió a su lado, con su enemigo mortal. Regresaré por ti, fue justo lo que le dijo su último día aquí. Aun cuan- do él sabía que existía algo detrás de todo esto. Ella regresaría, pero quizás no como Candy. ¿Será para ayudarlo o para matarlo? Aelin Galathynius sabía de su magia, y deseaba destruir a su padre, su reino. Todo lo que había dicho o hecho... Él una vez ha- bía pensado que todo había sido una farsa para ganar el favor como su Campeón. ¿Pero que si había sido porque ella era la heredera de Terrasen? ¿Era esto el motivo del porque eran amigos con Annie? Que si, un año después en Endovier...
Aelin Galathynius había pasado un año en campo de trabajo forzado. La reina de su continente ha sido una esclava, y tendrá que portar las cicatrices para siempre. Quizá eso le dio el derecho a ella, y Aedion, e inclusive a Albert quien la amaba, para conspirar, para engañar y traicionar a su padre.
—Terry, por favor—dijo Albert. —Estoy haciendo esto por ti, lo juro.
—No me importa, — dijo Dorian.
Los miró jamente a los ojos mientras caminaba hacia afuera. — Guardaré sus secre- tos hasta la tumba, pero no quiero ser parte de ellos.
Quitó su magia helada del aire y la volvió a su interior, cubriendo de hielo alrededor de su corazón.
oooooooooooooo
Aedion tomó la salida del túnel secreto del castillo. Le dijo a Albert que fue para evadir cualquier sospecha, para perder a cualquier otra persona que los estuviera tratando de seguir mientras que ellos regresaban a sus cuartos. Una mirada del capitán fue su ciente para saber a dónde se dirigía Aedion.
Aedion contempló lo que el capitán le dijo y aunque cualquier otro hombre estaría ho- rrorizado, y Aedion debía de estarlo... él no estaba sorprendido. Él había sospechado que el Rey manejaba algún tipo de poder mortífero desde el momento en el que le ha dado el anillo a él todos esos años atrás, y parece ser que concordaba con la información que sus espías habían estado recolectando.
La Matrona Yellowlegs ha estado aquí por una razón. Aedion, estaba dispuesto apostar buen dinero que cualquier monstruosidad o armas que el rey estuvo creando, los podrían ver lo su cientemente pronto, tal vez con las brujas en el remolque. Los hombres no formaron más ejércitos ni forjaron más armas sin tener planes para usarlas. Y desde luego no repartieron pedazos de joyería que controlen la mente a menos que quisieran dominio absoluto. Pero él tenía que enfrentarse a lo que iba a venir sólo así como lo ha hecho en cada otra prueba en su vida: preciso, in exible y con una letal e ciencia.
Vio dos siluetas esperando en las sombras de un desvencijado edi cio por los ande- nes, la niebla de la Avery haciéndolos poco más que manojos de oscuridad.
— ¿Y bien? — Ren le demandó mientras Aedion se apoyaba en contra de una húmeda pared de ladrillos. Las espadas gemelas de Ren estaban fuera. Buen acero Adarlaniano, con muesca y bastantemente arañada para saber que han sido usadas, y lo suficiente engrasada para mostrar que Ren sabe cómo debe cuidarlas. Parecía ser las únicas cosas por las cuales Ren cuidaba, su cabello estaba alborotado, y su ropa se miraba un tanto peor para vestirla.
— Ya te he dicho: podemos con ar en el capitán— Aedion volteó a ver a Murtaugh. — Hola, hombre viejo.
No pudo ver la cara de Murtaugh por debajo de las sombras de su capucha, pero su voz fue un tanto delicada como a continuación habló, — Espero la información valga los riesgos que estas tomando.
Aedion gruño. Él no les diría la verdad sobre Aelin, no hasta que ella estuviera de regreso a su lado y fuera por ella misma quién les diría.
Ren dio un paso más cerca. Se movió seguro de sí mismo como alguien que ha acostumbrado a pelear. Y ganar. Todavía Aedion tenía al menos 8 centímetros y 9 kilos de músculo más que él. Si Ren atacase, él patearía su trasero en un latido de corazón.
— No sé qué juego estás jugando Aedion— dijo Ren, — Pero sí no dices en dónde ella se encuentra ¿Cómo podremos con ar en ti? ¿Y cómo es que el capitán lo sabe? ¿Acaso el Rey la tiene?
— No—, dijo Aedion. No era una mentira, pero sintió como si lo fuera. Como Candy, ella ha vendido su alma a él. —De la manera que lo veo, Ren, tú y tu abuelo tienen poco que ofrecerme, o a Aelin. Tú no tienes una banda de guerra, no tienes tierras y el capitán me contó todo sobre tu a icción con el pedazo de mierda de Archie Cornwell. ¿Necesito recordarte qué fue lo que le paso a Annie Ytger en tu guardia? Entonces no te lo voy a decir, recibirás información básica de lo que necesites saber.
Ren comenzó. Murtaugh puso un arma entre ellos. — Es mejor que no estemos ente- rados, solo por si acaso.
Ren no desistiría y la sangre de Aedion corría en juego. — ¿Qué le diremos a la corte entonces? — demandó Ren. — ¿Qué ella no es ninguna impostora como era que creía- mos, pero actualmente está viva, sin embargo no nos dirás dónde?
— Sí, — Aedion pudo respirar, imaginando solamente que tan malo podría ser matar a Ren sin herir a Murtaugh en el proceso. — Eso es exactamente lo que les dirás. Si es que puedes llegar a la corte.
Silencio total. Murtaugh dijo, —Sabemos que Ravi y Sol siguen vivas en Suria.
Aedion sabía la historia. Los tratados de trabajo de su familia han sido tan importantes para el Rey como para justificar la ejecución de ambos padres. Entonces su padre ha escogido el bloque de la ejecución y su madre ha sido dejada para mantener a Suria como un tratado vital. Los dos hombres Surianos tendrían entre 20 y 22 por ahora y desde la muerte de su madre, Sol se ha convertido en el Señor de Suria. En sus años mandando del Bane, Aedion jamás ha metido su pie en la ciudad costera. Él no quiso saber si ellos lo habían condenado. La prostituta de Adarlan.
— ¿Ellos pelearán? —Dijo Aedion — ¿O ellos decidirán que les agrada demasiado el oro?
Murtaugh suspiró. — He escuchado que Ravi es el salvaje aquí, él ha de ser la persona a convencer.
— No quiero a nadie a quien tengamos que convencer a unírsenos. — dijo Aedion.
— Tú querrás gente que no le tema a Aelin, o a ti— espeto Murtaugh. — Tú querrás gente razonable quienes no vacilen en hacer las preguntas difíciles. La lealtad se gana, no se da.
— Ella no tiene que hacer ni una sola cosa para ganar nuestra lealtad.
Murtaugh sacudió su cabeza, su capucha se balanceo— Para algunos de nosotros, sí. Pero a otros no será muy fácil de convencer. Ella tiene que dar cuenta de 10 años, y de un reino en ruinas.
— Ella era una niña.
—Y ahora es una mujer, y lo ha sido ya por unos cuantos años. Quizá ofrecerá una explicación. Pero hasta entonces, Aedion, tú debes entender que otros no pueden com- partir tu fervor. Y a los otros tomará un buen tiempo para convencerlos como a ti, acerca de dónde están tus verdaderas lealtades y cómo es que lo han demostrado a lo largo de los años.
Él quería tumbar los dientes de Murtaugh hasta su garganta, solo porque estaba en lo cierto. — ¿Quién más del círculo de Orlon sigue vivo?
Murtaugh nombró cuatro. Ren añadió rápidamente, — Escuchamos que estuvieron escondidos por años, siempre moviéndose alrededor, como nosotros. Tal vez no sean fáciles de encontrar.
Cuatro. Aedion sintió como se le caía el estómago — ¿Eso es todo?— Él había estado en Terrasen, pero exactamente nunca había buscado por un determinado número de cuerpos, nunca le interesó saber quien estuvo detrás del derramamiento de sangre ni la matanza o quien había sacri cado todo para tener a un niño, un amigo, un miembro de la familia fuera. Obviamente muy dentro de él lo sabía, pero como siempre ahí estaba esta boba esperanza de que la mayoría aún estuviesen vivos, esperando para poder regresar.
— Lo siento, Aedion, — dijo Murtaugh suavemente. — Alguna minoría de señores es- caparon e incluso lograron aferrarse a sus tierras y mantenerlas prosperando. — Aedion lo sabía y odiaba a la mayoría de ellos, cerdos egoístas. Murtaugh continuó. — Vernon Lochan sobrevivió, pero por la única razón que él era ya la marioneta del Rey, y luego de que Cal fuese ejecutado. Vernon se aplbert oderó del manto de su hermano como Señor de Perranth. Tú sabes lo que le paso a Lady Marion. Pero nunca supimos que le pasó a Elide.— Elide, la hija y heredera de Lord Cal y Lady Marion, casi un año más joven que Aelin. Si estuviera viva, tendría al menos diecisiete por ahora— Miles de niños desaparecieron en las primeras semanas— concluyó Murtaugh. Aedion no quiso pensar acerca de esos pequeños y graves problemas.
Él tuvo que mirar hacia otro lado por un momento, e inclusive Ren mantuvo silencio. Por último, Aedion habló, — Envíen fuera rastreadoras para Rav y Sol, pero mantengan a los otros. Ignoren a los Señores de menor importancia desde ahora. Debemos de dar pequeño pasos.
Para su sorpresa, Ren dijo. — Estoy de acuerdo—. Por un momento, sus ojos se encontraron, y se dio cuenta que Ren sentía lo que usualmente el también sentía, algo de lo que él quería que siguiera enterrado. Ellos han sobrevivido cuando muchos otros no han podido. Y nadie más podía entender lo que era llevarlo consigo, a menos que se hayan perdido por mucho.
Ren había escapado a costa de la vida de sus padres, ha perdido su casa, su título, sus amigos y su reino. Se había escondido y entrenado y nunca perdió la visión de su causa.
Ahora no eran amigos, de hecho nunca lo han sido realmente. El padre de Ren parti- cularmente no le gustaba que Aedion, no Ren, fuera el preferido para tomar el juramento de sangre a Aelin. El juramento de sumisión pura, el juramento que podía tener el sello de Aedion como su protector de por vida, la persona en quién ella podía tener absoluta con anza. Todo lo que poseía, todo lo que era, debería de pertenecerle a ella.
Sin embargo, el premio ahora no era más que un juramento de sangre, sino un reino, una pizca de venganza y la reconstrucción de su mundo. Aedion continúo su camino pero volteó hacia atrás. Sólo dos guras cubiertas, una encorvado, el otro alto y armado. El primer atisbo de la corte de Aelin. La corte que él había alzado para ella con la nalidad de hacer añicos las cadenas de Adarlan. Él podría continuar jugando su juego, por un rato más.
— Cuando ella regrese, —dijo Aedion silenciosamente, — lo que ella va a hacerle al Rey de Adarlan hará que la matanza de diez años atrás luzca misericordiosa. —Y en su corazón, Aedion tenía la esperanza que estuviera hablando con la verdad.
