Mimato
Decimocuarto
Eran pasadas las nueve de la mañana. Apenas había dormido un par de horas desde que llegó, pero su cuerpo, acostumbrado a levantarse temprano, lo obligó a salir de las mantas tibias de su cama y bajar a la cocina a servirse un poco de café o lo que sea y así comenzar el día. Le dolía un poco la cabeza y sentía el cuerpo adolorido por haber pasado tantas horas recostado sobre la arena. No creyó que nadie estaría despierto además de él, pero se llevó una sorpresa al verla a ella sentada en el mesón de la cocina.
No le dijo nada, abrió las puertas del armario que colgaba de la pared y sacó un tazón de color azul y una cucharilla. Miró en derredor en busca de los cereales y descubrió la caja y la botella de leche en el mesón, frente a ella. Rodeó el mesón para sentarse justo en frente.
—Bueno días —dijo él cuando se sentó en el pequeño banco y dejó los utensilios que llevaba en la superficie de color marfil.
—Hum —gruñó ella. Tenía el cabello alborotado y vestía una cortísima camiseta blanca y unos pantaloncillos rosa con pequeñas estrellas y corazones. Se sonrojó al notar que él la miraba y trató de alisar un poco su cabello con las manos y despejarse la cara de mechones castaños, para adecentar un poco su aspecto.
—¿Cómo dormiste? —preguntó, mirándola de reojo mientras se llenaba el tazón con cereales.
—Pues… dormí muy bien —dijo ella, sin mirarlo porque se sentía avergonzada por alguna razón. Si omitía el hecho de que él la acompaño en su delirio nocturno de ir a la playa, que se quedó junto a ella cuando cayó profundamente dormida, que la despertó suavemente empleando un tono de voz increíblemente seductor, y que le deseó dulces sueños en la puerta de su habitación hace unas horas cuando llegaron, no tenía ningún motivo para sentirse así de avergonzada.
—¿Me pasas la leche? —pidió tras dejar la caja de cereales en el mesón.
Ella se sobresaltó, y tras parpadear un par de veces, le alcanzó la botella.
—Gracias.
—No hay de qué.
Bañó sus cereales en leche, los revolvió un poco con la cucharilla y se dispuso a comerlos.
Y ambos comieron en silencio, pero ya no era un silencio incómodo. Después de pasar la noche juntos en la playa las cosas entre ellos se habían suavizado muchísimo. Mimi estaba agradecida con él por haberla acompañado durante toda la noche, y una parte de ella se cuestionaba el hecho de que la compañía del rubio no había sido tan mala después de todo. Pero no quería hacerse ningún tipo de ilusión al respecto, porque era algo típico de ellos dos el llegar a un punto donde finalmente podrían decir "Hey, somos amigos", y luego siempre ocurría un malentendido que complicaba todo y los hacía retroceder todo el camino andado.
Suspiró. Era un poco extraño, pero no extraño incómodo, si no extraño de raro. La última vez que se había sentido así había sido en el cumpleaños de Tai, cuando bailaron. O pensándolo bien había sido en aquella ocasión en la que fueron a comprar pizza y lo obligó a comer de sus chocolates.
Una risa involuntaria escapó de ella al recordar cuando lo descubrió comiendo chocolates mientras trabajaban.
Matt la miró de reojo, y ella se sonrojó notoriamente y desvió la mirada.
—No es nada —dijo ella.
'Genial, ahora creerá que estoy loca' se reprochó a sí misma, mirando con resignación su tazón con cereales y hundiendo la cuchara en él.
De vez en cuando se miraban, pero ella apartaba la vista de inmediato cuando los ojos del rubio encontraban los suyos. Matt ya estaba resignado a todo lo que sentía así que simplemente se limitaba a mirarla con curiosidad. Ahora que lo había "aceptado" no podía evitar querer mirarla más detenidamente. Lo hacía y se daba cuenta de que cada gesto de ella era sumamente encantador, incluyendo los gestos torpes y raros (como esa risa sin motivo de hace unos minutos, o el que hablase sola).
—¿Para qué el azúcar? —le preguntó él al notar que la azucarera estaba cerca de ella.
—Me gusta endulzar la leche antes de beberla —murmuró ella por respuesta.
Matt dejó salir un imperceptible suspiro. Eso también era encantador.
De pronto la puerta de la entrada se abrió. Matt y Mimi se giraron para ver a Tai aparecer en la cocina.
—Hola —saludó el moreno.
—¿A dónde fuiste tan temprano? —le preguntó Mimi.
—Pues yo… —respondía el castaño, un tanto azorado.
—No pasaste la noche aquí, ¿verdad? —dijo Matt. —Al no verte en la cama, creí que estarías en el cuarto de Sora.
El castaño se sonrojó a más no poder. —N-no, yo no…
—¿En serio? —inquirió Mimi, curiosa. —¿O sea que acabas de llegar?
—Algo… algo así.
—¿Dónde estuviste? —preguntó la castaña frunciendo ligeramente el ceño. —¿Abandonaste a Sora en medio de la noche?
—¡No! —exclamó el moreno. —Nos vinimos a casa y…
En ese momento la pelirroja apareció en la cocina. Pasó junto a Tai sin mirarlo, se acercó a Mimi y le besó la mejilla, gesto que la castaña correspondió.
—Buenos días —le dijo la pelirroja a su amiga.
—Buenos días —respondió la castaña siguiéndola con la mirada.
—Buenos días Matt.
—Buenos días.
Sora fue hasta el armario y sacó un vaso y un plato, después abrió el refrigerador y sacó una botella de jugo de naranja, y varias cosas con las que prepararse un sándwich. Cuando terminó, dejó todo en su lugar, tomó el vaso y el plato y se marchó rumbo a las escaleras, a comer en su habitación.
—Iré a… a darme un baño —murmuró el castaño, y se marchó, dejándolos solos.
Matt y Mimi intercambiaron una mirada.
—¿Qué fue eso? —comentó ella cuando escuchó los pasos del moreno subir por la escalera.
—Seguramente discutieron.
—Pero el ambiente… se puso tan tenso. Ya me imaginaba a Sora lanzándole el vaso o algo.
—Sí —sonrió él.
Mimi parpadeó un par de veces. La sonrisa de Matt era… era… como deslumbrante, a pesar de que había sido breve y sencilla. Sacudió la cabeza. Simplemente no estaba acostumbrada a verlo sonreír.
—Me pregunto que habrá pasado —comentó más para sí misma.
—Seguramente Tai hizo algo estúpido —dijo el rubio. —Tal vez bebió demasiado y… —sonrió de nuevo, pero esta vez era una sonrisa un tanto malévola. —Olvídalo.
—¿Qué? —preguntó ella, curiosa.
—Pues que Tai es un idiota, y ebrio se pone más idiota.
—¿Crees que él… haya… intentado algo con Sora?
—¿Y que Sora lo mandó a volar? Sí.
Mimi se quedó en silencio unos segundos, cavilando.
—¿En qué piensas? —se atrevió a preguntarle.
Mimi lo miró y le sonrió.
—Espera aquí.
—¿Qué?
Pero la castaña abandonó su asiento y se fue a toda velocidad hacia las escaleras.
Matt terminó por comerse sus cereales, muy lentamente. No sabía cuánto tiempo llevaba sentado solo en la cocina, pero sabía que por lo menos más de una hora. Y lo comprobó, mirando el reloj de pared de la cocina que marcaba ya un cuarto de hora para que fueran las once. Se levantó del asiento y fue hasta el lavaplatos a limpiar su tazón y su cucharilla, estaba secándolo con un paño de cocina cuando la castaña hizo aparición.
Él se giró a verla, y tragó saliva, tratando de que el rubor de sus mejillas pasara desapercibido. Sus piernas eran hermosas, levemente bronceadas, de aspecto tan suave… Esos pantaloncillos le quedaban perfectos, y esa camiseta dejaba a la vista su vientre plano.
—No creerás lo que pasó —dijo ella sin darse cuenta de la reacción de él, acercándose al mesón y sentándose en el lugar que él había ocupado, haciéndole una seña para que se acercase.
—¿Qué? —exclamó el rubio, estupefacto, cuando la castaña terminó su historia. —Qué imbécil —agregó.
—Sí —dijo Mimi, frunciendo el ceño y haciendo un mohín. —¿Cómo se le ocurre hacer sufrir así a mi amiga?
—No entiendo qué tiene ese idiota en la cabeza —dijo Matt moviendo la suya negativamente.
—Estoy de acuerdo —dijo ella. —Pero escucha, esto es ultra secreto. Sora me pidió que no se lo contara a nadie, y si te lo dije fue porque somos sus amigos y tenemos derecho a saber, además estoy segura que Tai terminará por contártelo, porque te pedirá algún consejo en su desesperación al ver que Sora no le habla. Pero antes de eso, ni una palabra de esto —dijo ella con la voz y el semblante serios, cruzando sus labios con su dedo índice en ese gesto que pedía discreción.
—Claro —dijo él.
—Bien —y entonces ella suspiró, apoyó los codos en la mesa y se sujetó el rostro con ambas manos. —Sora está tan deprimida que no quiere ir conmigo a la playa.
—¿Quieres ir a la playa? —preguntó él, sorprendido. Él sólo quería descansar.
—Es que hace un hermoso día, el tiempo está perfecto —dijo, mirando con anhelo por la ventana. —Ay, supongo que tendré que conformarme con sentarme en la orilla de la piscina.
—¿Por qué no le dices a Tai que te acompañe?
—No quiero verlo —dijo, irguiéndose inmediatamente con cierta indignación y haciendo un mohín. —Estoy tan molesta con él por lo que hizo que seguro termino diciéndole algo y Sora me pidió que no le dijera nada.
—¿Vas a terminarte tus cereales?
—Creo que no. Las hojuelas debieron haberse ablandado, y me gustan crujientes.
Matt tomó el tazón de ella, se deshizo de la leche y de la masa de cereal, y lo dejó reluciente.
—Hoy no es buen día —se quejó la castaña para sí misma.
Matt se volteó a mirarla. Parecía una chiquilla taimada por no tener con quien jugar. Sonrió sin que ella lo notara y se dispuso a salir de la cocina. Cuando llegó a la salida, se detuvo y miró por sobre su hombro hacia donde ella se encontraba.
—Vamos —le dijo.
Mimi se puso rígida y se giró para verle.
—¿Hablas en serio?
—Saldré en unos minutos. Si quieres, puedes acompañarme.
El rubio se fue y la dejó toda confundida. Ella suspiró. Miró nuevamente por la ventana; el sol estaba maravilloso, era perfecto para su tan anhelado bronceado.
—De acuerdo —murmuró para sí y abandonó el asiento con rapidez para subir a su habitación y prepararse para salir con Matt. A mitad de las escaleras se detuvo.
'¿Voy a salir con Matt?' repitió una vocecilla en su cabeza, y de nuevo la sacudió fuerte, diciéndose que esto no tenía nada que ver con una cita.
