En la cocina de los Weasley hay un reloj que a Harry siempre le fascina cada vez que lo ve. Es un reloj que no marca las horas, y que no tiene tres manecillas sino nueve, cada una por un miembro de la familia. Como muchas de las cosas que existen en el mundo mágico, Harry no se pregunta cómo lo han podido hacer o quién ha sido el artífice. Simplemente lo mira y disfruta de él. De los sentimientos que le evoca, algunos de ellos desconocidos para él hasta que llegó a Hogwarts. La aprehensión, la ansiedad, el miedo porque a alguien que quieres le pase algo. Hogwarts siempre ha sido un hogar para el joven mago, porque, precisamente le ha dado algo que puede serle arrebatado.
A Harry lo que más le fascina –y siempre será así –es el hecho de que para los Weasley ese reloj sea algo tan cotidiano como para él las bolas que se forman en sus calcetines. Cuando pasean por la Madriguera, los ojos de los pelirrojos rara vez se dirigen a las manecillas. Harry supone que la que más lo mira es Molly, pero se equivoca.
Hace mucho tiempo que Molly no necesita ese reloj para saber dónde están los suyos. Hace mucho que aprendió a no mirarlo, porque el movimiento de las manecillas no era algo que pudiera controlar y eso es algo que le saca mucho de quicio a la señora Weasley. Pero eso es algo que sólo saben algunos miembros de su familia.
Lo sabe Arthur porque ha vivido con ella todos esos momentos de angustia. Lo sabe Bill porque cuando cumplió tres años, su tía Cedrella les regaló aquel enorme reloj. Dijo que en la familia de los Black era una vieja tradición, una de las que se salvaban de la quema. Bill recuerda cómo su padre les ayudó a Charlie y a él a colocar sus respectivas manecillas en la esfera del destino. Charlie sólo recuerda a su madre, dándole las gracias a su cuñada en un abrazo que le pareció eterno.
–Con los tiempos que corren, es un regalo de lo más útil. Gracias. Muchas gracias.
Los tiempos que corren. Los comienzos de la Guerra, de la Primera Gran Guerra que todos esperaban que no tuviera una continuación. Pero los días se hicieron meses, las desapariciones asesinatos en masa, y el miedo de Molly y Arthur se transformó en Percy, Fred y George. Tres manecillas más para aquel reloj.
Un reloj que anunciaba las peores pesadillas de una familia que luchó por ser feliz incluso cuando más negra era la esperanza. Un reloj que tenía hipnotizado a George, con su intermitente movimiento desde A salvo o En Peligro de Muerte.
–Deja de mirar eso, que mamá se va a enfadar.
–Fred... ¿Por qué papá siempre está en Peligro de Muerte?
–No lo sé.
–¿Se lo preguntamos a Bill? Él sí que lo sabrá.
Pero nunca llegaron a preguntárselo, porque aquella misma noche adivinaron el significado de aquellas palabras a través de los llantos de su madre y del silencio apagado de su padre. Lo descubrieron por las miradas de reojo que se enviaron Bill y Charlie mientras los llevaban a la cama.
–¿Y Percy?
–Estoy aquí –murmuró su hermano desde el umbral de su puerta.
–Ve a dormir, Percy –le susurró Charlie.
–No quiero dormir solo.
–Bill... –Fred se giró hacia su hermano mayor –. ¿Qué ha pasado?
–Charlie –volvió a hablar Percy –, ¿y si viene él?
–¿Quién va a venir? –Se asustó George.
–No quiero dormir solo.
–¿Qué ha pasado?
–¿Él? ¿Él? ¿Por qué tendría que venir aquí?
Fue una noche oscura; una noche que se quedó grabada en los corazones de los cinco pelirrojos que durmieron en la cama de matrimonio de la Madriguera, el único lugar de la casa donde cabían todos. Ni a Arthur ni a Molly les importó, pues la simple imagen era un consuelo para ambos; y verlos dormir, juntos, abrazados, les recordaba porqué estaban luchando. Por ellos. Por sus niños. Por su futuro.
Los siguientes días nadie dijo nada. El entierro fue una ceremonia sobria y silenciosa donde nadie osó mencionar Al-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. No tenía cabida ahí, a pesar de que todo el dolor que sellaba las tumbas tuviera su firma y sello.
–Necesitó de cinco de sus mejores mortífagos para acabar con ellos –había dicho alguien.
–Necesitaremos de un milagro para que sus muertes no sean en vano –quiso decir otro, pero no en presencia de Molly, la hermana pequeña de los Prewett, la protegida de aquellos dos héroes de guerra.
Por suerte, el milagro llegó y aquellos días oscuros se transformaron en recuerdos que se suplantaban rápidamente por gritos de alegría, de broncas, de ¡Me ha llegado la carta de Hogwarts!, de ¿Pero por qué tengo que quedarme con su rata?, de ¡Mira, es el Premio Asnal de la familia!, y un largo etcétera que le descubrió a George que el reloj de su cocina hacía más movimientos que los que en un principio había sospechado.
Sin embargo, en su fuero interno, sabe que no ha olvidado aquellos días ni esa noche en que los cinco durmieron juntos. Es consciente que es un secreto que ni Ron ni Ginny conocerán nunca, y que espera que jamás tengan que experimentar. Pero también tiene la sospecha que esa guerra no terminó en el momento en que El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado apuntó a Harry con la varita; y aunque no se lo haya dicho a su hermano, sabe que algo se avecina.
–¿Qué ha pasado?
–¿Qué ocurre?
–¿Por qué han gritado así?
–Oh, ¡por Merlín!
–Harry...
–Cedric...
Ahí está, el cuerpo sin vida de Cedric. Frío y blanco, con Harry convulsionándose sobre él, mientras balbucea algo que, entre sollozos y su agitada respiración, cuesta mucho entender.
Pero George no necesita una oreja extensible para saber lo que ha dicho, porque, en el fondo, lleva sabiéndolo durante mucho tiempo. El ambiente está tenso y pegajoso, helado y oscuro, como aquella noche en la que Percy se asomó por la puerta de su habitación mientras él y Fred subían las escaleras con Bill y Charlie, y les decía que no quería dormir solo. Como esa otra en la que la Sala Común de Gryffindor se convirtió en un cárcel en la que las rejas eran la impotencia y el no saber cómo rescatar a Ginny de las garras de El Señor Tenebroso.
George alza la vista y mira al cielo. Es un manto de nubes, donde no aparece ninguna calavera. Cierra los ojos y recuerda; su mente viaja hasta la Madriguera y se enfrenta cara a cara al viejo regalo de Cedrella Black. ¿Cómo marcarán las manecillas ahora el camino hacia el ocaso, hacia la decadencia y el fin de esa débil y trémula paz por la que murieron sus tíos, Gideon y Fabian Prewett?
