–¿Alguna pregunta? -inquirió volviéndose a los vampiros y los licántropos. Ellos negaron con la cabeza lentamente sin dejar de mirarla. -Pues hemos terminado.

–Todavía no. Ahora me toca a mi, amor -dijo una voz aterciopelada. Edward.

¿Tu turno? -le preguntó Bella alzando las cejas, dudosa. No quería hacerle daño, quizá esos días había enterrado dentro de ella a la dulce Bella, pero aquel vampiro seguía siendo SU Edward.

–Claro, al menos que -sonrió provocadoramente- tengas miedo.

La sensación de compasión de Bella desapareció al instante. Dio unos pasos hacia delante, y se concentró para aumentar su estatura unos centímetros, hasta estar nariz con nariz contra Edward.

–He participado en más luchas de las que podrías contar. He ganado a Jasper en un parpadeo. Creo que no soy yo quien debería tener miedo -repuso sonriéndole dulcemente. Edward no perdió la sonrisa.

–Pues entonces luchemos, no tienes nada que perder.

Bella sonrió y se acercó hacia él provocadoramente, marcando sus andares como solía hacer en Hogwarts para ver a todos los chicos babeando por ella.

–Deme lo mejor que tenga, caballero -se burló cogiendo su acento inglés. Edward sonrió aún más y lanzó su mano hacia su garganta, Bella se movió unos milímetros y no le dio. Edward sonrió y dio el golpe en la dirección contraria, pero Bella se agachó y dio un par de pasos atrás.

–¿Eso es todo?

Edward se lanzó contra ella como Jasper antes pero Bella le lanzó un golpe a la tripa. Edward se dobló de dolor, gimiendo y resollando. Bella se asustó al instante.

–¡Dios mío! ¿Edward, estás bien? -gritó poniéndose de rodillas a su lado. Edward elevó el rostro sonriendo antes de tirarse sobre ella, dejándola contra el suelo.

–Eres un tramposo. Pero ¿sabes? Yo también puedo serlo -contestó sacando la varita desde debajo de la camiseta. -¡Expulso!

Al vampiro no le dio tiempo a reaccionar antes de salir volando contra la pared de roca, que crujió fuertemente bajo su peso. Los lobos gruñeron suavemente, con miedo por por vez primera de los magos.

Edward se incorporó y la miró con ojos brillantes, llenos de ¿orgullo? Si, eso era, orgullo. Orgullo, por ser el prometido de la mejor luchadora de la familia, orgullo por ser el prometido de una chica tan hermosa y dulce pero a la vez tan dura y fuerte. Y orgullo porque era suya.

Se tiró de nuevo contra ella, pero Bella dio una voltereta lateral hacia el lado contrario justo debajo de un árbol.

Se acercó hacia ella y lanzó, un puñetazo, otro y otro, Bella se retorció y al tercero Edward la engañó y la atrapó entre sus brazos, rodeándole los antebrazos con las manos. La miró a los ojos y por un par de segundos vio a la Bella frágil a la que tenía que cuidar siempre.

Edward cogió su mentón suavemente y la atrajo hacia sí, con intenciones de besarla, pero ella se desapareció en ese instante. Edward se tambaleó hacia delante, mirando confundido a su alrededor. Oyó su risa repiqueteante, tan dulce como la risa de un bebé, pero parecía provenir de todas partes.

De repente una figura cayó sobre él desde el árbol y le tapó los ojos antes de presionar los labios contra su yugular.

–¿Quién soy?

Edward se echó a reír.

–Mi Bella, mi dulce Bella -repuso él sonriendo.

–Te gané -se regodeó ella saltando al suelo desde su espalda.

–No tenía dudas. Pero quería provarte -repuso antes de rodearla con sus brazos y besarla con delicadeza. Bella se echó hacia atrás negando.

–Has olvidado la regla más importante -comentó haciendo un mohín.

–¿Cual? -preguntó un Edward confuso.

–La regla número 6.

–No dijiste ninguna 6, Bella -dijo funciendo el ceño.

–Claro, tontorrón. La acabo de inventar. La regla 6 es nunca confraternices con el enemigo, eso incluye besarse con ella -repuso sacándole la lengua. Se fue hacia los magos que reían de nuevo.

–Después de todo, en el amor y en la guerra todo vale, y yo tengo de ambas cosas.

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