Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen y por lo tanto no gano dinero haciendo esto, solo la satisfacción de recibir sus comentarios, quejas o sugerencias…
Avisos: Esta historia contiene Slash, yaoi, m/m, está basada en El Lienzo Perdido y en el inframundo de Saint Seiya Saga de Hades. Contiene las parejas Minos/Albafica, Thanatos/Manigoldo, Manigoldo/Albafica. Tendrá escenas de violación, sadomasoquismo y relaciones entre dos hombres.
Resumen: Hades se ha llevado la victoria y es el momento de recompensar a sus leales espectros. Minos y Thanatos desean al guerrero que los humillo como su esclavo y de ahora en adelante, Manigoldo y Albafica atravesaran un calvario que no parece tener fin. Minos/Albafica Thanatos/Manigoldo Manigoldo/Albafica
Inframundo.
Capítulo 26
Castigo.
— Manigoldo…
Susurro Thanatos, llamándolo hacia él, ofreciéndole una sola mano, esperando que la tomara, por un momento dudo si debía hacerlo, pero poco después, obedeció las ordenes del dios de la muerte, recostándose a su lado, pensando en las palabras de su antiguo hermano de armas, el dolor de su maestro y el sacrificio de Thanatos, quien llevo su mano libre a su cabeza, acariciando sus cabellos con suavidad, cerrando los ojos como si necesitara dormir sólo un poco, después de todo necesitaba recuperarse para recibir el castigo de Hades, por manchar el inmaculado campo de flores de su esposa.
— Mi dulce fuego fatuo…
Manigoldo se mantuvo en silencio por mucho tiempo y probablemente hubiera creído que el dios de la muerte dormía a su lado, si no estuviera acariciando su cabeza, con el mismo afecto, casi con la misma ternura que usaba Sage cuando era un niño.
No podía dejar de pensar en lo que había dicho Albafica, en la forma en que lo había atacado, esa no era su forma de pelear, pero al mismo tiempo comprendía que si ya no tenía sus rosas o su veneno, debía buscar otras técnicas para derrotar a sus enemigos.
Por su parte Thanatos estaba eufórico, al fin, después de una larga espera, tenía a su consorte en sus brazos libre del veneno y ya nada podría arrebatárselo, ni siquiera esa rosa sangrienta y su infame belleza, Manigoldo era suyo, haciéndole comprender en su propia entidad lo que sentía Hades por su esposa, que tan lejos llegaría con tal de no perderle.
En agradecimiento su lealtad le pertenecía al dios del inframundo desde ese día hasta el fin de los tiempos, estaba decidido a olvidarse de sus planes del pasado, la mayor parte de ellos tretas ideadas por su hermano para recuperar el poder que se les fue robado por Zeus, quien ahora se daba cuenta, siempre le manipulo cual si fuera uno de sus instrumentos.
Quien seguía mirándolos fijamente, sin decir una sola palabra, una actitud que Thanatos no estaba dispuesto a perdonar y antes de que pudiera ordenarle que se marchara de aquella habitación, pues no estaba dispuesto a verlo después de su engaño, noto como en la premura de sus ninfas por atender sus heridas, nadie había reparado en las de su amante, el que no traía su armadura pero si la segunda ropa que le dio, la que estaba manchada de sangre.
El dios de la muerte se levanto con lentitud, recorriendo las marcas en el rostro de Manigoldo primero, quien yacía quieto sin ganas de moverse o quejarse, su mirada estaba medio perdida en el vacío, parecía que su corazón estaba destrozado por el combate, de cuyos resultados no se arrepentía pero se daba cuenta que nunca debió haberlo permitido.
— ¿No han curado tus heridas?
Susurro revisando cada una de las que podía encontrar, en especial aquellas tres que fueron causadas por las espinas, las que habían cerrado con rapidez pero se veían muy dolorosas, tanto que con solo tocarlas Manigoldo se encogió, cerrando los ojos para dejarle hacer lo que deseaba con su cuerpo, aparentemente creyendo las mentiras pronunciadas por esa gota de veneno.
— Las tuyas eran mucho peores, hermano, seguramente tu consorte soportara unos cuantos rasguños ya que se supone es un guerrero y no una cortesana.
Thanatos enfureció con esas palabras, su consorte casi había muerto y él en respuesta hubiera atacado a ese veneno, pudiendo iniciar un enfrentamiento con el juez Minos en los campos elíseos, los cuales, baño con su sangre al llenarse de pánico al ver que las espinas de la rosa matarían a su compañero, todo por culpa de los absurdos celos de Hypnos.
— Márchate Hypnos, has agotado mi paciencia y no quiero mancillar los campos elíseos de nueva cuenta, pero no con mi sangre, sino con la tuya, hermano.
Pronuncio con aquella voz duplicada, recordando el temor que lo sobrecogió al ver esos látigos infernales avanzar en contra de su consorte, como este simplemente permitiría que lo mataran porque no era capaz de levantar un solo dedo en contra de su veneno, al menos, hasta ese momento que aun creía que su aliado podría llegar a amarlo.
— Tú y yo, Hypnos, tenemos cuentas que saldar.
El cosmos de Thanatos hablaba de su seriedad, estaba dispuesto a mancharse las manos con su sangre para defender a ese humano que les observaba en silencio, cuya mirada pasaba de uno a otro, deteniéndose en su hermano, quien se había colocado entre los dos como si fuera un escudo, con la misma postura que usaba cuando estaba a punto de atacar a uno de sus enemigos, logrando que retrocediera varios pasos.
— Pero eso será después de haber pagado mi error ante Hades y antes de que te atrevas a pronunciar que este fue proteger a mi consorte, fue pensar que tú me escucharías, que comprenderías lo valioso que Manigoldo es para mí, lo mucho que lo amo.
Hypnos abrió la boca una sola vez como si estuviera a punto de contradecir al dios de la muerte, pero prefirió guardar silencio, para después marcharse, dejándolos a solas en su templo, en donde Thanatos apagando su cosmos, fijo su vista en Manigoldo, quien aún seguía sentado en su cama, sus ojos fijos en él.
— Busca a Leuca, dile que cure tus heridas Manigoldo.
Manigoldo llevo sus manos a su pecho, tocando las tres cicatrices prueba del odio de Albafica, no quería creer que deseaba matarlo, que lo que vio en ese lecho era cierto, que se había entregado a ese juez cuando jamás le había mostrado a él ni siquiera un poco de afecto.
Preguntándose la razón de aquello, porque aun siendo libre del veneno lo rechazaba, al principio apenas parecía tolerarlo, pero ahora, el odio y sus palabras le dejaban ver sus verdaderos sentimientos, porque sí él era un traidor por entregarse a Thanatos, a pesar de haberlo hecho por el bienestar de su maestro, que se suponía que era Albafica, sólo un hipócrita lleno de orgullo, capaz de condenar sus actos pero no los suyos.
— Jamás le hice daño…
Susurro, llamando la atención de Thanatos, quien temía por la salud mental de su consorte, quien había guardado silencio por demasiado tiempo, el que parecía haber perdido toda su vitalidad, el que seguía pensando en ese veneno.
— A Albafica… yo nunca le hice daño.
Parecía que trataba de comprender las acciones de su antiguo compañero de armas, sin hallar una razón para su odio, Thanatos por un momento temía que su esfuerzo y su sacrificio fuera inútil, que Manigoldo aun siguiera empecinado en esa peligrosa belleza, llenándolo de terror e incomprensión, por un momento creyendo que su fuego fatuo jamás podría olvidarse de Albafica de Piscis, por lo tanto, jamás podría ser suyo, no realmente.
— Estas malherido mi dulce fuego fatuo, lo mejor es que cures primero tus heridas y trates de olvidar a esa gota de veneno, él sólo te ha hecho daño, no se merece tu afecto.
Manigoldo cubrió su rostro con ambas manos, trataba de mantenerse firme por todos los medios, pero poco a poco comenzaba a volverse imposible lograr controlar su desesperación, su cuerpo lo estaba traicionando.
— Déjame solo… necesito estar solo…
Pronuncio con su voz quebrada, con un ligero temblor que precedió a un gemido apagado y unas cuantas gotas de sangre que cayeron de sus labios cuando los mordió para silenciarse, sintiendo como Thanatos lo rodeaba con sus brazos, pegándolo a su cuerpo.
— Por favor, sólo un día… por favor…
Manigoldo ya no podía controlarse más y rompió en un llanto amargo que hacía temblar todo su cuerpo, le dolía demasiado haber perdido la guerra cuando dio todo de sí para triunfar, atreverse a pensar en un mejor futuro para que le robaran la libertad poco después, le dolía darse cuenta que nunca tuvo una opción más que rendirse ante la muerte.
— Sólo dame un día y seré tuyo…
Le dolía el trato tierno de la misma muerte, quien se mantenía controlado escuchando sus suplicas en un absoluto silencio, quien estaba dispuesto a enfrentarse al dios del sueño, a sacrificar su cuerpo para que él no sufriera ningún daño, él que seguía firme en su deseo por él, tratándolo como un tesoro cuando sus aliados no lo hacían, sólo su maestro.
— Ya no intentare irme… ya no intentare nada… pero sólo dame un día, es todo lo que te pido… por favor…
Pero lo que más le dolía era el odio de Albafica, su desprecio, la seguridad en sus acciones, lo mucho que deseaba matarlo, las marcas que aun tenía frescas en su cuerpo, eso era más de lo que podía soportar y creía que si Thanatos seguía mostrándole esa gentileza, terminaría por perder la razón.
— No sé si regresare, Manigoldo, pero te pido que me escuches, sí no regreso…
Parecía que lo había logrado, por fin su consorte estaba roto, pero eso no le traía felicidad, por el contrario le hacía querer regresar el tiempo, no cometer todos los errores que realizo, recuperar esa llama insolente, ese fuego demoniaco del que estaba hecho, jurándose, que si Hades era benevolente, haría todo lo que estuviera en sus manos para reparar el daño que le había hecho, comprendiendo que su hermano tenía razón, su consorte sería su ruina y parecía que comenzaba a enamorarse de él, no de la idea de su regalo perfecto, sino de la compañía de este guerrero cuyo corazón estaba roto, todo por culpa suya.
— Si no regreso, prométeme que no saldrás a buscar a ese veneno…
Thanatos logro con algo de esfuerzo que Manigoldo descubriera su rostro, limpiando sus lagrimas con delicadeza, para después alejarse apenas unos centímetros, sintiendo que toda su atención estaba fija en su persona, en lo que deseaba decirle.
— No quiero que te maten Manigoldo, así que prométeme que no lo buscaras, que no vas a suicidarte…
Manigoldo cerró los ojos por un instante y después asintió, aceptando aquella promesa, como si de nueva cuenta quisiera verle, había dejado bastante claro que lo odiaba, sin contar, que por el momento no deseaba verles juntos, a su antiguo amigo y al juez del inframundo, a quien dejo que lo tocara, el que pudo llegar a él con demasiada facilidad, cuando él nunca lo logro, ni siquiera cuando aun estaban vivos.
— Lo prometo, no volveré a buscarlo, jamás…
Thanatos asintió con una sonrisa sincera adornando sus facciones, complacido al verle ceder a una de sus peticiones, seguro que al fin había logrado que olvidara a ese veneno, que aunque ya no pudiera verle más, no lo buscaría porque sabía lo mucho que le odiaba.
— Ve a que curen tus heridas, no quiero que sufras…
Finalizo besando sus labios con delicadeza, antes de marcharse en dirección de la sala del trono de Hades, complacido por lograr que Manigoldo pudiera olvidar a ese santo de piscis, pero receloso de cuál sería su castigo, sí acaso este no tenía que ver con su consorte.
— Mi dulce fuego fatuo.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Albafica estaba furioso como nunca antes lo había estado, su sangre hervía y su corazón incendiado rugía por una compensación, odiaba a ese dios que se interpuso en su camino, a cáncer por no haber respondido como se suponía que debía hacerlo, por no atacarlo, por verse tan herido que de momento dudo si era correcto que lo matara, dándole tiempo a la muerte de interferir en su pelea, llevándose a Manigoldo de Cáncer, arrebatándoselo.
Un sentimiento muy extraño, el que no podía borrarse de la mente, porque lo deseaba muerto, a cáncer, por el daño que le hizo, por intentar lastimar a su juez, quien lo detuvo con sus hilos, el que juro vengar su honor, ordenándole que retrocediera, olvidándose de que no solo era hermoso, sino también era un guerrero.
Sus ojos azules estaban fijos en sus muñecas y en sus brazos, en los finos cortes que Minos provoco con su técnica, la poca sangre que brotaba de su cuerpo, manchando el piso de su habitación y las sabanas de seda de su alcoba.
Habían pasado algunas cuantas horas, todo ese tiempo Minos había guardado silencio, como si meditara sus acciones, tal vez juzgándolas, notaba su preocupación al mismo tiempo que su aprensión momentánea cuando una de las campanadas repico en una hora diferente, probablemente lo llamaban a la sala donde Hades residía, porque se levanto con lentitud.
El juez se acerco a él con una sonrisa complaciente, recorriendo su cabello con las puntas de sus dedos, llevando su nariz a su cuello, aspirando su aroma natural, para después alejarse, dándole un beso en los labios.
— Debo irme…
Albafica asintió besando los labios de Minos en respuesta, no creía que fueran a castigarlo por su pelea en los campos elíseos, pero al mismo tiempo se preguntaba si tenía que ver con la sangre derramada en el circulo donde se suponía que iban aquellos de corazón puro, los que nunca habían cometido un pecado, en el campo otrora inmaculado del inframundo.
— Lord Hades me ha mandado llamar Albafica, pero descuida, no me tardare demasiado mi amor.
Pronuncio besando los labios de su amante, quien respondió con pasión a sus caricias, rodeando su cuello casi inmediatamente, gimiendo al separarse de su juez, quien relamiéndose los labios salió a través de la puerta con el rostro grabado en ella, dejándolo solo, en compañía de las esferas luminosas.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Thanatos se detuvo delante de las puertas de la sala del trono de Hades, el dios del inframundo ya lo esperaba, llenándolo de temor y aprensión, aun estaba débil, pero no se arrepentía por haber manchado los campos elíseos con su sangre, aun ahora, de tan solo pensar en perder a su cangrejo en las manos de aquel veneno, lograba que sintiera miedo por primera vez en toda su existencia.
Al principio quiso permitir que esa rosa lastimara a su amante, que casi lo matara, protegiéndolo poco después como en cada una de aquellas ocasiones en las cuales quisieron arrebatárselo, pero en un instante, en ese momento en que las espinas estaban a punto de tocar su cuerpo, supo que no podía permitirlo.
La mera idea de que lo hirieran en su presencia, lo volvía loco a causa de la furia, a causa de la preocupación que se apoderaba de su cuerpo, la misma clase de aprensión que no lo había abandonado desde la visita de Persephone, cuando ella le dijo que Hades estaba dispuesto a quitarle su regalo, a su consorte, solo para poder castigar todas sus faltas.
De las que se arrepentía, siendo esta la primera vez que lo hacía, comprendiendo su error y su absurdo al creer que podrían derrotar a uno de los dioses del Olimpo, al dios del inframundo, el que seguramente no podría perdonarlo, esta ocasión había sido demasiado lejos, un último acto de desobediencia después de recibir su regalo, el que pensaba era un soborno, pero más bien se trataba de una advertencia.
— Thanatos…
Pronunciaron detrás suyo, su hermano estaba presente durante su ejecución, tal vez para tratar de salvarlo, mostrarle lo mucho que le amaba o lo poco que le respetaba, cuán lejos estaba dispuesto a llegar con tal de obtener aquello que deseaba, haciendo que se riera entre dientes, suponiendo que Hypnos quería protegerlo para ganarse su agradecimiento, la clase de gratitud que se lleva a una cama.
— No pensé que tuvieras la osadía de presentarte ante mí después de lo que has hecho Hypnos.
Tal vez Thanatos estaba a punto de recibir el peor de los castigos, pero que lo maldijeran si aceptaba la ayuda de su hermano, si permitía que su insulto fuera mayor, o si acaso, su hermano se atrevía a levantar otro dedo en contra de su consorte, porque sí eso pasaba, cuando su castigo hubiera finalizado, jamás volvería a ver a su hermano, ni permitir que este se le acercara de nuevo, después de vengar la ofensa con sangre divina.
— Vine porque me importas, porque deseo protegerte Thanatos, pero no soporto la idea de ese humano compartiendo tu lecho, sí te olvidas de él, si me dejas liberarte de su cadena, yo tomare tu lugar, hare lo que sea para que no te castiguen.
Thanatos comenzó a rodear a Hypnos, manteniéndose a una distancia prudente, notando como su gemelo esperaba una respuesta afirmativa, la que le permitiría lastimar a su consorte, seguir burlándose de él, robarle lo único que alguna vez había deseado, a quien trataba como si fuera una condena, el culpable de todas sus traicioneras acciones, como si Manigoldo de alguna forma le hubiera obligado a traicionarle.
— Escúchame y obsérvame bien, Hypnos, porque tal vez esta sea la última vez que lo hagas.
Hypnos creyó que aquella respuesta era un permiso velado para lastimar a su amante, pero no lo era, por lo cual Thanatos deteniéndose delante de él con sus ojos fijos en los de su hermano, prosiguió con su amenaza, con lo único que su hermano temía en realidad.
— Porque si tan siquiera vuelves a pensar en lastimar a mi consorte, en tocar uno solo de sus preciosos cabellos, yo lo sabré y me alejare de ti, por siempre, jamás volverás a verme ni a escucharme, ni siquiera a sentir mi cosmos, Hypnos, así que antes de que pienses en lastimarlo cuando yo no puedo protegerle, recuerda mis palabras.
Thanatos finalizo aquella amenaza dándole la espalda, aceptando su destino, sin arrepentirse por ninguno de los sucesos acontecidos en los campos elíseos, pero si por cada una de sus traiciones, comprendiendo que estaba dispuesto a realizar cualquier acto que le pidiera su dios, todo a cambio de mantener consigo a su fuego fatuo.
— El no te ama, Thanatos, sólo yo lo hago… solamente yo puedo hacerlo.
Lo detuvo de pronto Hypnos, Thanatos volteo en su dirección con una expresión segura, su hermano estaba desesperado porque comprendía lo mucho que lo amaba y tal vez, lo mucho que su amante lo deseaba, después de todo, los dos se correspondían.
— Pero yo no lo hago Hypnos, ya ni siquiera sé si me agradas o si puedo confiar en ti, así que si no quieres que te odie, recuerda mis palabras.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Los fuegos fatuos brillaban cada vez con mayor intensidad, susurrando con aun más fuerza, tratando de llamar su atención, logrando que Albafica comenzara a desesperarse, sin comprender que eran esas criaturas, porque se negaban a dejarlo solo, negándole su libertad, su paz mental, la que tanto necesitaba en esos momentos.
— ¿Qué son? ¿Qué diablos quieren?
Pregunto Albafica tratando de tocar uno de ellos, el que lo esquivo de momento al escuchar su molestia, tal vez sus preguntas, recordando que aquellos fuegos eran la misma clase de flama que cáncer lograba convocar a su lado, eran fuegos fatuos, pero estos no podían ser parte de Manigoldo, era imposible, él no podía imprimir una energía tan calidad en cualquier criatura, mucho menos en un espíritu.
— Esas llamitas son fuegos fatuos, Albafica de Piscis.
Respondieron a sus espaldas, Radamanthys, el juez del inframundo cuya armadura de Wyvern parecía resplandecer con la luz del abismo, sus ojos fijos en su persona, su cabello rubio alborotado, recogido por el casco que no tardo en quitarse, dándole una apariencia similar al que plagaba sus memorias.
— ¿Tu qué haces aquí?
Pregunto con cierto asomo de molestia, sin retroceder un solo paso, mucho menos cuando Radamanthys dejo su casco en la mesa larga, sentándose en una de las sillas con muy pocos modales, riéndose por su molestia o por algo más que Albafica no alcanzaba a comprender.
— Quería ver si era cierto que te habías enamorado de Minos, pero yo aun tengo mis dudas…
Albafica por un momento pensó en atacar a Radamanthys, quien llevo una de sus manos a sus rodillas, un gesto que usaba Manigoldo cuando hablaba con él, arqueando un poco su espalda, arqueando una ceja como si lo estuviera invitando a herirlo.
— No defenderás tu amor Albafica, ni tus acciones al atacar a uno de tus aliados en los campos elíseos, aunque debo admitir que nunca nadie se había atrevido a dañar a Thanatos, ni los hermosos campos de flores del inframundo.
Radamanthys esperaba alguna respuesta de sus labios, pero Albafica no reacciono, preguntándose si era de todos sabido que había atacado a cáncer, que casi logra vengar su honor, si su amante no se hubiera interpuesto en su camino, al mismo tiempo que la sangre del dios de la muerte baño las flores del inframundo.
— Bonito destrozo el que cometiste en los campos elíseos, por cierto…
El santo dorado de piscis, cruzo sus brazos delante de su pecho, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, no encontraba molestas las visitas del juez rubio, sino por el contrario, sus comentarios, por mordaces que fueran, le hacían sentirse como en el pasado, cuando charlaba en ocasiones con esa sombra burlona.
— Aunque no creo que comprendas lo que has hecho, me recuerdas mucho a Helena de Troya, tu belleza compite con la suya, así como tu inocencia.
La historia de la guerra de Troya era una de las primeras lecciones que muchos de ellos recibían, advirtiéndoles del peligro oculto en la belleza, en la suya y en la de los regalos del enemigo, haciendo que se preguntara, en que se parecía a esa mujer, más allá de su belleza no encontraba ninguna clase de parecido, a menos que el juez supiera algo que él no.
— Acaso no pueden ser directos, o es una de las muchas reglas del inframundo que nadie comprende hasta que la rompió y se ha ganado un castigo inolvidable.
Radamanthys comenzó a reírse, el santo dorado no recordaba nada de su pasado, eso era más que obvio desde la primera vez que lo visito, estaba seguro que Hypnos le robo sus recuerdos y que estos eran protegidos por los fuegos fatuos, los remanentes de las almas humanas de la masacre en aquel pequeño pueblito, después de todo, estos estaban conectados con el consorte de Thanatos, el dios que pronto sería castigado si Hades no perdonaba sus acciones.
— No, es más divertido ir soltando pequeñas migajas de información, de esa forma tengo una excusa para visitarte Albafica de Piscis, ver que tan lejos está dispuesto a llegar Minos por mantenerte consigo, después de todo, él te ama.
Albafica se sonrojo casi inmediatamente, recibiendo una risa ligera del juez rubio, quien se levanto de la silla, seguro que las ninfas de Thanatos ya debían haberlo curado, por lo tanto, Leuca, la ninfa que logro escapar de la furia de Persephone, estaba a punto de cumplir con su deber de curar a la rosa de Minos.
— Pero descuida, si tú no le dices nada, yo no le diré nada.
Finalizo Radamanthys, elevándose en el cielo, para alejarse volando con las alas de su armadura, encontrando sumamente entretenidas las acciones de Minos, como él siempre perdía la cabeza por la belleza y nunca en toda su vida había visto nada más hermoso que Albafica de Piscis, cuyos recuerdos estaban a su alcance, pero no lo comprendía, ninguno de los dos.
— Radamanthys, que espectro tan extraño…
Susurro Albafica, escuchando como un portal se abría y la ninfa que curo sus heridas cuando Manigoldo le ataco, le saludaba con una reverencia delicada, con una expresión demasiado deprimida.
— ¿Volvió a lastimarte?
Pregunto revisando sus heridas, tratando de buscar cual era la peor de todas, notando que esta vez sólo eran superficiales, todas ellas parecían haber sido causadas por el propio Albafica, todas menos las que resultaron de su último encuentro de pasión, las que no eran peligrosas.
— No, él bastardo no quiso responder a mis ataques…
Leuca jadeo sorprendida, tratando de buscar al juez Minos, notando que no estaba presente, que tal vez, después de las heridas provocadas por el hermoso guerrero había decidido retirarse, preparando una venganza que debía ser terrible.
— Manigoldo estaba dispuesto a permitir que lo matara… el muy cobarde, porque no creo que se arrepienta por lo que me hizo.
La ninfa no dijo nada, pero su sorpresa, la expresión de sus ojos llamó la atención de Albafica, el que sostuvo su muñeca, dispuesto a preguntarle la razón de su extrañeza.
— ¿Qué ocurre?
Ella deseaba decirle lo que le dijo antes, que él no creía que Manigoldo fuera basura, pero al mismo tiempo sabía que su dios le daría la espalda si acaso mencionaba un asomo de la verdad, por lo que desviando la mirada, sintiéndose culpable por el dolor del consorte de su amo, el de su cuerpo y su alma, temiendo que ese hermoso guerrero no creyera sus palabras se decidió a mentirle, le temía mucho mas a Thanatos que a la rosa de Minos.
— Nada, sólo me preguntaba como Manigoldo podría olvidarte, para él… para él tu ya no existes más…
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Thanatos se sorprendió al ver que Minos también estaba presente en la sala del trono, el juez estaba hincado en el suelo, su vista fija en los patrones del mármol negro, tratando de ocultar sus pensamientos del dios del inframundo por primera vez en toda su existencia, lo que fuera que discutieron lo lleno de temor, por lo cual intentaba ocultarse en su indiferencia.
— Ya puedes retirarte Minos…
Ordeno Hades desde su trono, a lo que Minos respondió con un golpe en su pecho, un saludo de la época en la cual fue rey de Creta, actuando en contra de los designios de los dioses, traicionando a sus hermanos, todo por su afán por coleccionar criaturas hermosas, aunque debía admitir, que los sentimientos del juez eran parecidos a los suyos por su cangrejo, por lo que tal vez, de nueva cuenta los dos actuaban como cómplices, sin siquiera saberlo, los dos dispuestos a realizar lo que fuera por mantener consigo a sus acompañantes.
— Sí Lord Hades.
Amor, deseo, lujuria, sentimientos tan fuertes que no podían ser ignorados por un dios, menos por un humano, sin importar que tan antiguo fuera este o que tan sabio fue en su otra vida, dejándose llevar por su deseo, por su afán de poseer a su elegido, hacerlo irremediablemente suyo.
— Gracias Lord Hades…
El no trataría de engañarlo, ye le había mentido demasiadas ocasiones para saber que nunca lograría hacerlo, en vez de eso se hinco en el suelo como una muestra de respeto, observando de reojo al dios del inframundo y a su esposa, quien estaba sentada en el brazo del sillón, preguntándose si alguna vez Manigoldo actuaria de aquella forma con él.
— Thanatos, acaso no he sido un dios justo, acaso no he sido un dios benevolente desde el día en que tú y tu gemelo llegaron a mis territorios, acaso no desobedecí las ordenes de Zeus cuando me dijo que debía encadenarlos al fondo del inframundo, petrificarlos por su traición al Olimpo.
El dios del inframundo asintió, Hades nunca los atacaba de forma directa, sus castigos eran sumamente imaginativos y nunca eran olvidados, por lo que tal vez ni siquiera él podría librarse de su furia, una vez que sus insultos habían llegado a un límite, el que después de todos sus insultos había logrado alcanzar al manchar los campos elíseos con su sangre.
— He sido amable, he sido justo, los he tratado como a mis iguales y aun así no puedo recordar una sola ocasión en la cual ustedes parecieran agradecidos, cuando fue la última vez que tocaste para mi, aunque mi esposa adora la música de tu harpa.
Hades seguía sentado en su trono, mirándolo fijamente, Thanatos guardaba silencio, sintiéndose arrepentido por todos los insultos que habían cometido en contra de Hades, pero solo porque temía que su consorte le sería arrebatado.
— Aun así yo decido darte un regalo creado exclusivamente para ti, para aliviar tu soledad, pero que es lo que haces, supones que es un soborno, alguna clase de pago, un acto realizado por el deber y no la compasión.
Hades guardo silencio para que sus palabras se grabaran en su memoria, notando como su temor iba en aumento.
— Y cuando crees que ya lo tienes domado, que haces, lo llevas a los campos elíseos para que se enfrente con su antiguo camarada, sin importarte que su sangre pueda manchar las flores de mi esposa, mi regalo de bodas para ella, insultándome de nuevo.
Thanatos trato de pronunciar alguna clase de sonido, disculparse por su descuido, diciéndole que todo eso era cierto, pero que se arrepentía, sin embargo, Hades con un simple ademan de su mano, le ordeno guardar silencio.
— ¿Qué te he hecho para que me insultes de esa forma?
Pregunto, esta vez esperaba una respuesta, la que no existía porque todo lo que Hades pronunciaba era cierto, él se trataba de un dios justo con sus tropas, un amo benevolente, ni siquiera podía decir que lo ocurrido en los campos elíseos ocurrió por un descuido, el único cambio en su absurdo plan fue cuando se interpuso entre los dos guerreros.
— No puedo hablar por mi hermano, pero yo lamento mis errores Lord Hades, comprendo que nunca he demostrado mi agradecimiento, pero hasta la fecha mis ojos habían estado cubiertos con un velo creado por mí, es verdad, pero que no me dejaba ver lo justo de sus acciones.
Hades trato de buscar cualquier asomo de mentira en sus palabras, en su cosmos o en su mente, pero no lo hayo, sonriendo complacido, los dioses gemelos habían separado sus caminos ese mismo día, pero no solo eso, la lealtad de Thanatos parecía genuina esta vez, entregada como pago por el compañero que había creado, quien ahora mismo se insolaba en el templo de su dios.
— Aunque hables con la verdad Thanatos, comprendes que no puedo dejar pasar este último insulto sin un castigo y supongo también, que sabes que tu hermano, el instigador de todo esto, ha tratado de comprar tu libertad a cambio de sus servicios en la última guerra santa.
Thanatos asintió, temeroso de su castigo pero dispuesto a recibirle, desde de miles de años comprendía su error y la bondad de Hades, quien esperaba su respuesta, sopesando sus palabras, sus acciones pasadas, pero más aun, las que le seguirían a ese castigo, porque suponía, que por fin, después de lo que parecía una eternidad, uno de los dioses gemelos había aceptado su mando, así que dentro de poco, el otro le seguiría, todo por el amor que le profesaba a la muerte, por temor a ser odiado por la misma, aunque nunca fuera correspondido.
— Aceptare cualquier castigo que tenga planeado para mi Lord Hades, sólo imploro por la seguridad de mi consorte, por mantenerlo a mi lado como hasta ahora... sé que él terminara amándome, como su esposa lo ama a usted.
Persephone les observaba en silencio, sus ojos fijos en Thanatos, quien mantenía su cabeza baja, sin atreverse a mirar los ojos de su esposo, quien había decidido cuál sería su castigo, uno que ella no encontraba justo.
— Tu consorte no recibirá ningún daño, después de todo, sólo falta que jure lealtad a mí para que pueda robar una de las armaduras de Athena, la de cáncer, quitándole a uno de sus guerreros, al conducto entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Thanatos en ese momento se atrevió a mirarle, sus temores perdiéndose de pronto al saber que Manigoldo no sería castigado por su torpeza, sin embargo, Hades parecía notar aquel momentáneo alivio, cambiando de idea o probablemente, creyendo que su castigo sería el adecuado.
— No obstante, me temo que el único castigo que podría dolerte sería perder a tu fuego fatuo, después de todo, él podría vivir en los campos elíseos junto a su maestro, ignorante del pasado y libre de tu descuidado afecto.
Thanatos negó aquello con un movimiento de la cabeza, llevando sus manos al piso, a punto de suplicar porque no le arrebataran a su amante, escuchando como la dama del inframundo, caminaba en su dirección, sujetándolo de la barbilla.
— Eso sería injusto amado mío, después de todo, Thanatos lo único que hizo fue proteger a su amante, como tú lo haría si acaso Zeus o cualquier otro quisiera hacerme daño y sería hipócrita de tu parte, castigarlo por eso, no lo crees mi señor.
Hades sonrió por aquel atrevimiento, su esposa era el único ser que no le temía y ella siempre tenía la razón, después de todo, castigar a Thanatos, dañando aquello que amaba, por quien haría lo que fuera, aun humillarse como en ese momento lo hacía, contradecía la finalidad de su regalo.
— ¿Qué sugieres entonces?
Ella se alejo de Thanatos, quien se mantuvo en la misma posición, sus labios sellados por temor a pronunciar alguna palabra que causara la ira del dios del inframundo, quien a su vez, dejo de prestarle atención, enfocándose en su consorte, la que se detuvo delante de Hades con una expresión petulante.
— Ya sabes lo que sugiero, que esta sea una prueba para Thanatos, así sabrá que tus obsequios no son gratuitos y veremos, si su consorte, realmente desea ser libre o de alguna forma, termina por extrañar a su compañero.
Hades asintió, de esa forma castigaría a Thanatos, petrificándolo en su sala del trono, condenándolo a los errores que había cometido en el pasado, aun aquellos en contra de su premio, quien a final de cuentas, decidiría su destino.
— Todos ellos me han traicionado Thanatos, todos ellos sufren la tortura de su propio infierno en mi sala del trono y tú los acompañaras, pero, como tú estás tan seguro que tu consorte corresponde a tu deseo, será el quien logre liberarte, si te extraña aunque sea un poco, serás libre, sino lo hace, nunca lo serás.
Thanatos estaba seguro del deseo de su amante, creía firmemente que Manigoldo seguía obsesionado de su poder y que lo extrañaría, tarde o temprano clamaría por su compañía, por lo cual, levantándose con lentitud, acepto su condena, creyendo que sería muy corta, porque el odio y el amor eran lo mismo y en ocasiones lograban confundirse.
—Hare lo que se me diga, de ahora en adelante mi lealtad es suya, así como mi agradecimiento por aquel magnífico regalo.
Tras finalizar aquellas palabras Thanatos se convirtió en una estatua de piedra en la sala del trono de Hades, quien por un momento pensó en destruirla, pero al ver la mirada de su esposa, supuso que eso no le parecería divertido, preguntándose cuanto tiempo permanecería el dios de la muerte atrapado en su propio infierno y este, de que se trataría, tomando en cuenta que el dios de la muerte nunca fue un mortal, que sus temores no eran en nada parecidos a los de sus traicioneros espectros.
— Veremos si ese guerrero te corresponde…
Susurro Persephone, segura que el castigo que sufría Thanatos le permitiría al dios del sueño destruir al elegido de su hermano, haciendo que este permaneciera petrificado por siempre, robándole su victoria de las manos y entregándosela a su esposo, por lo cual, supuso que lo mejor era sellar el templo del dios de la muerte, encerrar al consorte de su campeón, para orillarle a extrañarlo así como para evitar que Hypnos actuara como un hombre despechado haría, asesinando a su rival.
— Pero para eso debe sobrevivir en tu ausencia…
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Cuando Minos regreso a sus aposentos encontró a la ninfa Leuca sanando las heridas de su consorte, quien inmediatamente al verlo camino en su dirección, rodeando su cuello, besando sus labios con ternura.
— Me tenías preocupado, pensé que te castigarían por mi culpa.
Minos negó aquello sorprendido, no había forma alguna en la cual Albafica pudiera sospechar que manchar los campos elíseos era una afrenta o que Hades le advertiría de lo peligroso que estaban volviéndose sus acciones, de lo descuidado que eran y lo decepcionado que estaba al saber que a pesar de su advertencia, de todas formas creyó en los favores del dios del sueño.
— Mi sangre no ha bañado los campos Elíseos, ni la tuya mi amor, ni siquiera la sangre de aquel cangrejo, sólo la de Thanatos ha logrado mancillar esas flores, por lo que solo él recibirá su castigo.
De la misma forma recordaba la advertencia de su dios, como este le dijo que no podían dañar al santo de cáncer, quien como Albafica tenía su protección, puesto que deseaba las armaduras de cáncer y de piscis, necesitaba ir desarmando a la diosa de la sabiduría.
— Pero descuida, sin Thanatos residiendo en su templo, el dios del sueño cumplirá con tu deseo.
Minos quería ser él quien destruyera a ese cangrejo, pero Hades había sido claro, ninguno de los dos podía tocar al premio del otro, por lo que tendría que esperar por la venganza del dios del sueño, la que sería terrible.
— Hypnos no permitirá que el culpable del castigo de su hermano ande libre en los campos elíseos.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Las heridas de Manigoldo habían sanado como lo esperaba Thanatos, pero no porque Leuca lo hubiera atendido, sino porque había pasado demasiado tiempo desde aquel día, cuando Albafica trato de matarlo, el mismo tiempo que el antiguo santo de cáncer había estado solo, lejos del dios de la muerte, de Verónica y de las ninfas, todas ellas, en especial Leuca, sin atreverse a visitar a su maestro, no era justo brindarle más dolor.
Le había pedido un día de libertad al dios de la muerte, quería estar lejos de Thanatos y todo aquello que le recordara su encierro, su destino, el odio de Albafica, necesitaba estar solo, pero ahora que había pasado tanto tiempo sin hablar o ver a cualquiera, aun en el interior de ese templo en los campos elíseos, comenzaba a desesperarse mucho más.
Tanto que comenzaba a extrañar al mismo dios que le había hecho tanto daño, el que debía recordarse lo protegía de cualquier daño cuando él ni siquiera había escuchado su nombre, ni se imaginaba que este existía, quien se interpuso entre las espinas y su cuerpo, protegiéndolo a pesar de recibir un grave daño a su persona o tal vez debería decir deidad, arriesgándose por él, tomándolo con delicadeza y no con dolor como lo hubiera imaginado, a pesar de saber que sería castigado por el dios del inframundo.
Cerró los ojos llevando sus manos a su rostro, regañándose de nuevo al darse cuenta que extrañaba al dios de la muerte, recargándose contra la pared, abrazando sus rodillas como en el pasado, convocando a sus fuegos fatuos, los que sobrevolaban a su alrededor, pronunciando los mismos susurros, algunos casi podían sentirse como manos rosando su cabello.
No había dejado de pensar en el odio de Albafica y en el deseo de Thanatos, el miedo que sentía al verse aislado en ese templo, completamente solo, sin su maestro, sin ningún lugar a donde ir, sin el dios de la muerte ni su antiguo amigo, de nuevo lo habían abandonado, de nuevo estaba rodeado por los fuegos fatuos de su niñez, haciendo que se diera cuenta que le temía a la soledad, a ser olvidado, más de lo que temía ser amado por la muerte.
Al principio cuando se dio cuenta que Thanatos no regresaba había marcado la pared con líneas largas, negras, señalando primero los días, después las semanas que pasaba en ese templo, en esa habitación, pero después, cuando se dio cuenta que ya llevaba demasiado tiempo contando los días sin ningún sentido aparente, dejo de hacerlo.
Esa noche o ese día, ya no podía distinguirlos más, se quedo dormido en la cama que nunca habían compartido, estirando su brazo como si quisiera rodear una figura invisible, sin darse cuenta no por primera vez que en todo ese tiempo de absoluta soledad, no pensaba en Albafica, sino en Thanatos, el dios de la muerte.
El que le había prometido nunca dejarlo solo, jamás abandonarlo, pero había mentido, probablemente ya lo había olvidado y tan solo se trato de un juego para él, un designio divino sin importancia alguna, tal vez su hermano tenía razón, solo quería quebrarlo y una vez lo hubiera logrado, se había aburrido de él.
Tal vez eso era lo que la soledad le hacía a las personas, le hacían pensar de forma confusa, extrañar aquello que no necesitaban, que nunca hubieran deseado, cualquier cosa, todo con tal de ya no sufrir esa tortura.
Como cuando él era un niño, aun recordaba lo mucho que admiraba a la muerte, temiéndole, odiándole y amándole al mismo tiempo, igual que en ese momento, cuando había dejado de contar los días que pasaba en esa nueva celda, en donde había ropa, comida, todo lo que podría necesitar, menos compañía.
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Shion decidió que ya era momento de abandonar el santuario, buscar las armaduras doradas o cualquier indicio de la repentina destrucción del templo de cáncer, suponiendo que alguno de sus maestros, tanto Sage como Hakurei debieron estar preparados para la derrota.
— ¿Estás seguro de esto?
Pregunto Dohko, quien de ahora en adelante portaría el manto de patriarca, puesto que Shion se embarcaría en una búsqueda imposible, en algún lugar debían existir respuestas a sus preguntas, aunque fuera en el mismo fondo del mar.
— No tenemos otra opción…
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Manigoldo despertó con el dulce sonido de un harpa, un sonido distante, melodioso, el que apenas pudo distinguir entre el barullo de suspiros, susurros y halagos, eran esas mujeres, las ninfas de Thanatos, quienes los habían espiado al mismo tiempo que se ocultaban entre los pilares de aquella alberca en donde el dios de la muerte lo tomó por segunda ocasión.
El espectro de cáncer se levanto de su cama con lentitud, siguiendo el sonido para guiarse a otra de las alas de aquel templo, cuyas flores habían resucitado, haciéndolo mucho más hermoso que en el pasado, cuando lo recorrió algunos días después de su llegada a ese templo.
Manigoldo caminaba con lentitud, dejándose llevar por aquella hermosa música, recargando con suavidad sus dedos en las columnas de mármol, escuchando mas de los murmullos de aquellas mujeres, unas de ellas, hablaban de su fealdad, de lo mucho que le temían, tratando de comprender porque su dios le mantenía en ese templo, cuando era obvio que no era digno de él.
Las que con una sola mirada cargada de enojo huían de su presencia, logrando que riera entre dientes, dándose cuenta que aquellas criaturas lo habían estado esquivando, logrando que su desagrado por ellas aumentara un poco más.
Pero la música de harpa, aquella hermosa música no se detenía, aunque si los barullos de las ninfas, quienes al verle ingresar en aquel templo, detenerse al inicio de las escaleras que daban al trono de Thanatos, retrocedieron temerosas.
— ¿Thanatos?
Pregunto sorprendido, sintiendo una mezcla de alivio y enojo, relamiéndose los labios como en reflejo, tratando de pensar que era aquello que debía hacer, decidiendo que lo mejor era alejarse del dios de la muerte, después de todo ese tiempo, si Thanatos había regresado a su templo para tocar esa música para sus ninfas, lo mejor era que no lo interrumpiera.
— ¿A dónde crees que vas?
Respondió el dios de la muerte, sin dejar de tocar aquella música, actuando como si no hubiera desaparecido de aquel templo, logrando que él diera un paso en su dirección, notando que esta vez tenía un manto blanco cubriendo su armadura, dándole una apariencia similar a un sacerdote de alguna clase.
— ¿Esa es la forma de recibir a tu dios después de mi larga ausencia?
Thanatos parecía molesto, aunque mantenía sus ojos cerrados e ignoraba como iba subiendo los escalones poco a poco, los dedos del dios nunca dejaban de tocar las cuerdas de su arpa de plata, permitiendo que Manigoldo se acercara lo suficiente para detenerse a unos cuantos centímetros, sus ojos fijos en la figura de aquel trono.
— Pensé que no regresarías…
El dios de la muerte abrió los ojos con una mueca que parecía una sonrisa en su rostro, si las sonrisas reflejaran decepción y molestia, notando como estaba a escasos centímetros de distancia, con los brazos cruzados delante de su pecho.
— Debes estar muy molesto entonces, al fin te habías librado de mí, por fin podías disfrutar de esta paz y tranquilidad, sin que nadie la perturbara.
Manigoldo por su parte portaba la misma expresión que uso cuando interrumpió su juego de ajedrez, el dios podía imaginarse a su amante a punto de arrebatarle su harpa, cuyo sonido parecía encantarle, puesto que apretó el puño para soportar la tentación de hacerse presente.
— Pensé que no volvería a verte…
El santo de cáncer desvió la mirada, cerrando los ojos, sin encontrar las palabras adecuadas para decir aquello que le perturbaba, lo mucho que odiaba la soledad y al mismo tiempo, como esta le hizo extrañarlo, hacer que se preguntara si su vida a su lado era tan mala, llegando a la conclusión de que no lo era.
— Que te habían castigado por mi culpa…
Thanatos no dejaba de tocar su dulce harpa, esperando por que dijera aquellas palabras que le atormentaban como lo hacían, Manigoldo volvió a observarle fijamente y el dios por fin pudo sentir que toda su atención le pertenecía.
— Que estaba solo…
Pronuncio en un ligero murmullo, esperando que aquel ser divino comprendiera sus palabras, que no le hiciera ser más claro, porque con forme pasaban los segundos comenzaba a arrepentirse de su sinceridad, creyendo que solo estaba rebajándose, que aquello era lo único que faltaba para terminar de aburrir al dios de la muerte, cuya música no cesaba, como si no estuviera escuchándolo realmente.
— Ten cuidado Manigoldo, me estás haciendo pensar que me extrañaste y que no deseas que te vuelva a dejar solo, casi podría jurar que me esperaste todo este tiempo, pero seguramente estoy equivocado.
Manigoldo se petrifico al escuchar esas palabras, indeciso acerca de que responder, sí debía rendirse, decirle que lo extrañaba o retractarse, dar la media vuelta y regresar por donde vino, dejando al dios de la muerte en compañía de sus ninfas, las que seguían mirándoles, muchas de ellas susurrando, otras en silencio, pero todas odiándole por el interés que su dios mostraba en su desagradable persona.
— Porque si lo hiciste y realmente me deseas a tu lado, Manigoldo, este podría ser el momento perfecto para demostrármelo.
Por un instante no supo que responder, de que estaba hablando el dios de la muerte, pero de pronto lo recordó, aquella historia que le conto un poco antes de recibir su nueva armadura, de cómo esperaba recibir una muestra de su agradecimiento y de su amor por él.
— Sólo enséñame mi dulce fuego fatuo.
Un beso, era lo único que Thanatos esperaba recibir de los labios de su amante, quien parecía extrañarlo, después de todo, lo había dejado solo por demasiado tiempo, todo porque mancho los campos elíseos de sangre, pero al mismo tiempo, Persephone logro que su castigo no fuera tan terrible como esperaba, mostrándole que Manigoldo lo extrañaba, que lo amaba en secreto, aunque no quisiera decirlo en voz alta.
— Muéstrame lo mucho que me extrañaste.
Manigoldo trago un poco de saliva y acercándose con demasiada lentitud, como si temiera cual sería su reacción, beso sus labios con delicadeza, con demasiado cuidado, recargándose en los brazos de su trono, esperando que aquello fuera suficiente para el dios de la muerte, quien esta vez, dejo de tocar su harpa, silenciando su música para poder rodear el cuello de su amante, profundizando el beso solo un poco, deseoso de recuperar el tiempo perdido, un largo año sin su amante, sumido en ese infierno que pareció no tener fin, pero al menos había comprobado que sus suposiciones eran correctas, su fuego fatuo le deseaba consigo.
— Veo que tengo razón…
Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo
Hola de nuevo.
He recibido 5 peticiones, pero como estoy muy contenta con la respuesta que ha tenido esta historia, con sus maravillosos comentarios y lecturas, he decidido tomar otras 5 sugerencias más.
Y para no cambiar la costumbre las dos preguntas de siempre, aunque la decisión ya está casi tomada, pero a lo mejor y me convencen de lo contrario.
¿A quién le gustaría que los espectros terminen seduciendo, convenciendo, obligando, o quedándose a sus premios?
¿Los santos sabrán o podrán perdonar lo que les han hecho? Ó ¿Sus acciones serán imperdonables para los dos santos?
Por el momento me despido, muchas, muchas, gracias.
Bye.
Seiken.
