XXX 26º 30 de septiembre
El viernes a media tarde, Mario releía una vez más la última carta que había recibido de Sayid hacía ya, casi cuatro meses. Hacía tiempo que no la leía pero la llegada a la nueva casa no hacía más que recordarle las personas que deberían estar allí, pero que no estaban en aquellos momentos, Silvia, porque nunca más estaría con él, y Sayid, que no sabía cuando regresaría, si era que finalmente lo hacía.
Sandra observaba a su padre releer una vez más aquella carta, no lo hemos conseguido, pensó. Los tres hijos, pero especialmente Sandra, estaban empeñados en que su padre pasara página, en que volviese a ser el mismo tras la muerte de su madre; el cambio de casa no lo había logrado, sabían que estaba consiguiendo dormir algo mejor porque no los despertaba una noche sí y otra también con un grito, pero las ojeras no se marchaban de su ojos cansados.
La joven sabía que con aquellas preguntas no iba a hacer otra cosa que escarbar en las heridas de su padre, pero necesitaba conseguir saber que había en aquella casa que su madre guardaba con tanto celo, sólo Sayid, porque él era el único que conocía el secreto. Llevaba fuera seis meses, se había marchado dos meses antes del fallecimiento de su madre.
Bajó las escaleras, y se sentó junto a su padre, que guardó la carta inmediatamente:
- No hace falta que la escondas – dijo Sandra – Sé perfectamente que leías la carta que escribió Sayid cuando mamá murió.
- Parece que no se te escapa una – contestó Mario - ¿qué tal?
- Bien papá, pero…
- ¿Pero qué, Sandra? Nunca te has ido por las ramas, así que no lo hagas ahora – siguió Mario, puede que su hija lo conociera, pero a él tampoco se le escapaban ciertas cosas.
- Llevo toda la semana pensando en mamá – dijo Sandra, al ver la cara de su padre siguió hablando – Me explico, en las visitas que hacía a la casa, que nunca contó nada a nadie, excepto a…
- A Sayid – cortó Mario – Sí, lo sé tranquila. Yo sólo sé que tiene que ver con la buhardilla.
- Así que te contó algo – añadió Sandra sorprendida.
- Claro, Sandra, que te crees que tu madre no confiaba en mí – Mario la miró extrañado – Me dijo que tenía algo en mente, pero no sé que era, ella quería mantener el secreto, y no iba a ser yo quien no respetara su decisión.
- Entonces, ¿no has tocado nada en la buhardilla? – comenzó Sandra tras la sorpresa por la respuesta de su padre.
- No, y no pienso hacerlo, al menos por ahora – Mario se puso muy serio – No podría decidir qué hacer con esa habitación, así que como tampoco nos hace falta, se queda como está.
- Pero papá…
- Pero nada – cortó Mario de nuevo, se marchó dejando a Sandra en el sillón.
Para Sandra la conversación con su padre, le dejó más preguntas de las que tenía en su momento, que podía estar pensando su madre en hacer en la buhardilla para que no contara nada.
