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DURANTE LOS PRÓXIMOS CUATRO MESES, INTENTO RECOMPONER LAS PIEZAS DE MI vida.

Tras otro día más en el hospital de Bangkok, me dan el alta y

puedo viajar a Illinois, a casa con mis padres. Dos agentes del FBI nos acompañan en el avión, los agentes Wilson y Bosovsky, que aprovechan el vuelo de veinticuatro horas para hacerme más preguntas. Los dos parecen frustrados porque, según sus bases de datos, Terry Graham no existe.

—¿No le ha oído usar otros apodos? —pregunta el agente

Bosovsky por tercera vez, después de que la consulta a la Interpol no haya obtenido resultados.

—No —digo pacientemente—. Solo lo he conocido como

Terry. Los terroristas lo llamaban Graham.

La suposición de Karen sobre los hombres que nos

secuestraron en la clínica de Terry era cierta: eran integrantes de una organización yihadista particularmente peligrosa llamada Al-Quadar. Al menos, eso había averiguado el FBI.

—Esto no tiene ni pies ni cabeza —dice el agente Wilson, a

quien le tiemblan las mejillas de la frustración—. Alguien con tanta influencia tendría que haber aparecido en nuestro radar. Si era el capo de una organización ilegal que fabricaba y distribuía esas armas tan avanzadas, ¿cómo es posible que ni una sola agencia gubernamental esté al corriente de su existencia?

No sé qué decirle, así que me limito a encogerme de hombros.

Los investigadores privados que contrataron mis padres tampoco pudieron encontrar nada sobre él.

Mis padres y yo barajamos la posibilidad de contarle al FBI lo del dinero de Terry, pero al final decidimos no hacerlo.

Revelar esta información a esas alturas hubiera puesto en peligro a mis padres y podría provocar que el FBI pensara que yo estaba compinchada con Terry. Al fin y al cabo, ¿qué secuestrador envía dinero a la familia de su víctima?

Cuando llegamos a casa, estoy hecha polvo. Estoy cansada de tener encima a mis padres y de que el FBI no deje de hacerme preguntas para las que no tengo respuesta. Y, sobre todo, estoy cansada de estar rodeada de tanta gente.

Después de más de un año con un contacto humano mínimo, me abruma la multitud del aeropuerto.

Mi habitación en casa de mis padres sigue prácticamente

intacta.

—Siempre tuvimos la esperanza de que volverías —explica mi madre, exultante de felicidad. Sonrío y la abrazo antes de hacerla salir del cuarto. Ahora mismo solo quiero estar sola, porque no sé cuánto tiempo más podré mantener esta fachada de «normalidad».

Esa noche, mientras me estoy duchando en el cuarto de baño de mi infancia, por fin cedo al dolor y me echo llorar.

DOS SEMANAS DESPUÉS DE LLEGAR A CASA, ME MUDO DE CASA DE MIS PADRES.

Ellos intentan persuadirme, pero yo los convenzo de que lo

necesito, que tengo que estar sola y ser independiente. Pero, en realidad, por mucho que quiera a mis padres, no puedo estar con ellos las 24 horas del día. Ya no soy esa chica tranquila y despreocupada que recuerdan, y me resulta agotador fingir que aún lo soy.

Es mucho más fácil ser yo misma en el pequeño estudio que

alquilo cerca de allí.

Mis padres quieren darme lo que queda del regalo del Terry—algo más de medio millón—, pero yo me niego. Para mí, ese dinero iba destinado a liquidar la hipoteca de mis padres y quiero que lo usen para ese fin. Después de algunas discusiones llegamos a un acuerdo: ellos liquidarán la mayor parte de su hipoteca y refinanciarán el resto, y el dinero que quede irá a mis ahorros para la universidad.

Aunque técnicamente no me hace falta trabajar durante una temporada, me busco un trabajo de camarera. Me hace falta salir de la casa y no es un trabajo demasiado exigente; es exactamente lo que necesito ahora mismo. Hay noches en las que no duermo y días en los que salir de la cama es un suplicio. El vacío que tengo en mi interior es demoledor y la pena, abrumadora, y tengo que esforzarme muchísimo para funcionar de forma seminormal.

Cuando duermo, tengo pesadillas. Veo una y otra vez la

muerte de Karen y la explosión del almacén hasta que me levanto sobresaltada y empapada de sudor. Tras esos sueños, me quedo despierta, suspirando por Terry, por la calidez y seguridad de sus brazos. Me siento perdida sin él, como un barco a la deriva. Su ausencia es una herida que se niega a sanar.

También echo de menos a Karen. Echo de menos su actitud

sensata y esa manera tan directa que tenía de abordar la vida. Si estuviera aquí, sería la primera en decirme que estas cosas pasan y que siga adelante con mi vida. Ella lo hubiera querido así.

Y lo intento… pero la violencia sin sentido de su muerte aún

me carcome. Terry tenía razón, hasta entonces nunca había

sabido qué era el odio puro. No sabía qué era querer hacer daño a alguien y ansiar su muerte. Ahora sí. Si pudiera retroceder en el tiempo y matar al terrorista que asesinó a Karen con tanta brutalidad, lo haría en un santiamén. No me basta con saber que murió en la explosión. Ojalá hubiera sido yo la que le quitara la vida.

Mis padres insisten en que vea a un psicólogo. Para

tranquilizarlos, voy unas cuantas veces a la consulta. No me sirve de nada. No estoy lista para desnudarme en cuerpo y alma ante un extraño, y nuestras sesiones acaban siendo una pérdida de tiempo y de dinero. No tengo el estado de ánimo adecuado para recibir terapia: la pérdida es aún muy reciente y tengo los sentimientos a flor de piel.

Vuelvo a pintar, pero no puedo hacer los mismos paisajes

soleados de antes. Mi arte ahora es más oscuro, más caótico.

Pinto la explosión una vez tras otra, trato de quitármela de la cabeza, y cada vez me sale algo distinto, un poco más abstracto.

También pinto el rostro de Terry. Lo hago de memoria y me

frustra no poder captar la perfección arrolladora de sus

facciones. Por mucho que lo intento, no me sale bien.

Todas mis amigas están estudiando en la universidad, de

modo que durante las primeras semanas solo hablo con ellas por teléfono y por Skype. Parece que no saben cómo actuar conmigo y no las culpo. Intento que nuestras conversaciones sean ligeras, que se centren sobre todo en lo que les ha pasado a ellas desde que nos graduamos, pero sé que se sienten raras al hablar de novios y exámenes con alguien a quien consideran víctima de un crimen horrible.

Me miran con pena y con una curiosidad morbosa, y no puedo hablarles de la experiencia en la isla.

Aun así, cuando Annie vuelve a casa desde la Universidad de Michigan, quedamos para salir. Después de unos abrazos, la incomodidad se esfuma, y vuelve a ser la misma chica que fue mi mejor amiga a partir de secundaria.

—Me gusta tu piso —dice paseándose por el estudio y

observando las pinturas que tengo en las paredes—. Tienes unos cuadros muy chulos. ¿Dónde los compraste?

—Los he pintado yo —digo, mientras me calzo las botas.

Salimos a cenar a un restaurante italiano de la zona. Llevo unos vaqueros ajustados y un top negro; como en los viejos tiempos.

—¿En serio? —Annie me mira sorprendidísima—. ¿Desde

cuándo pintas?

—Es algo reciente. —Cojo la gabardina. El otoño está a punto

de llegar y empieza a hacer fresquito. Me había acostumbrado al clima tropical de la isla y ahora una temperatura de 16 °C me parece fría.

—Joder, Candy, son buenísimos —dice ella, acercándose a uno de los cuadros de las explosiones para verlo de cerca. Esos son los únicos que he colgado; los retratos de Terry son privados—. No sabía que tenías tanto talento.

—Gracias. —Sonrío—. ¿Nos vamos?

NOS LO PASAMOS MUY BIEN EN LA CENA. ANNIE ME CUENTA CÓMO ES ESTUDIAR EN Michigan y me habla de su nuevo novio, Jason. La escucho con atención y nos reímos de los chicos y de esa necesidad inexplicable de beber cerveza haciendo el pino.

—¿Cuándo te vas a matricular en la uni? —me pregunta

mientras tomamos el postre—. Ibas a asistir a una de las de aquí, ¿verdad? ¿Aún quieres hacerlo?

Asiento.

—Sí, creo que me matricularé para el segundo semestre.—Aunque ahora puedo permitirme ir a la universidad, no quiero cambiar mis planes. El dinero que tengo en la cuenta no me parece real, y no me gustaría gastarlo.

—Genial —dice Annie, sonriendo. Parece superemocionada,

como si algo la exaltara sobremanera.

Pronto descubro de qué se trata.

—Hola, Candy —dice detrás de mí una voz que me resulta

familiar, justo cuando íbamos a pagar la cuenta.

Doy un respingo, sobresaltada. Me doy la vuelta y veo a Anthony, el chico con quien había quedado aquella fatídica noche que Terry me secuestró.

El chico a quien Terry había hecho daño para meterme en

cintura.

Está prácticamente igual: el pelo rubio despeinado, los ojos

azules y cálidos, su constitución fuerte. Pero en su rostro, la

expresión es distinta. Está tenso y el recelo de su mirada me

sienta como una patada.

—Anthony… —Es como si viera a un fantasma—. No sabía que estabas en la ciudad. Pensaba que estabas en Michigan y…

Y entonces caigo en la cuenta. Me giro y lanzo una mirada

acusadora a Annie, que me sonríe.

—Espero que no te importe, Candy —dice, alegre—. Le dije a

Anthony que iba a verte este finde y me preguntó si podía apuntarse. Como no sabía qué te parecería, dadas las… circunstancias —se le enrojecen las mejillas—, le dije que estaríamos aquí.

Pestañeo y me empiezan a sudar las manos. Annie no sabe que le dieron una paliza a Anthony por mí. Ese detalle solo se lo revelé al FBI. Debe de tener miedo de que ver a Anthony me traiga recuerdos dolorosos del secuestro, pero no tiene ni idea de la punzada de ansiedad y culpabilidad que siento ahora mismo.

Anthony sabe que soy responsable del ataque. Lo veo en la forma en que me mira.

Me obligo a sonreír.

—No me importa —miento con soltura—. Siéntate, por favor, y tomemos un café. —Le señalo la silla que hay justo delante de nosotras y me siento también—. ¿Cómo va todo?

Él me devuelve la sonrisa y se le marcan esas arruguitas en los ojos que antes me parecían adorables. Sigue siendo uno de los chicos más guapos que conozco, pero ya no siento ninguna atracción hacia él. El enamoramiento que tenía antes no puede compararse con la obsesión cegadora que siento por Terry, con ese deseo oscuro y desesperado que me impide pegar ojo tantas veces.

Cuando no puedo dormir, pienso en las cosas que Terry y yo

hacíamos juntos, las cosas que me hacía hacer… lo que me

enseñó a querer. Al cobijo de la noche, me masturbo pensando en fantasías oscuras. Fantasías de dolor exquisito y placer obligado, de violencia y pasión. Me consumen las ganas de que me tome y me use, que me hiera y me posea. Deseo a Terry, el hombre que despertó esta faceta mía.

El hombre que ahora está muerto.

Aparto ese pensamiento atroz y me centro en lo que me está

contando Anthony.

—…no pude ir a ese parque durante meses —dice, y me doy

cuenta de que está hablando de su experiencia tras mi secuestro—. Cada vez que iba, pensaba en ti y en dónde estarías… La policía dijo que habías desaparecido de la faz de la tierra…

Le escucho con un sentimiento insoportable de odio hacia mí misma. ¿Cómo puedo sentir esto por un hombre que hizo algo tan horrible y que hizo daño a tantísima gente? ¿Tan loca estoy por amar a alguien capaz de tanta maldad? Terry no era precisamente un héroe incomprendido a quien las circunstancias habían obligado a hacer cosas malas. Era un monstruo, así de simple.

Un monstruo a quien echo de menos con todo mi ser.

—Lo siento mucho, Candy —dice él, lo que me distrae de ese

momento de autoflagelación—. Siento no haberte podido

proteger aquella noche…

—Espera… ¿qué? —Lo miro, incrédula—. ¿Estás loco? ¿Sabes

a quién te enfrentabas? No podrías haber hecho…

—Aun así, tendría que haberlo intentado. —Su voz tiene un

deje de culpabilidad—. Debí haber hecho algo, lo que fuera…

Alargo el brazo por encima de la mesa y le cojo una mano.

—No —le digo con firmeza—. No es culpa tuya. —Veo a Annie por el rabillo; está toqueteando el móvil y finge que no está allí.

La dejo hacer. Tengo que convencer a Anthony de que no metió la pata, para ayudarlo a que lo supere.

Tiene la piel cálida; noto que está tenso.

—Anthony—digo en voz baja, sosteniéndole la mirada—,nadie podría haberlo impedido. Nadie. Terry tiene… tenía unos recursos que ya quisieran los SWAT. Si alguien tiene la culpa, esa soy yo. Te viste implicado en esto por mí y lo siento muchísimo.

—Me estoy disculpando por mucho más que esa noche y él lo sabe.

—No, Candy —replica bajito también y con los ojos

ensombrecidos—. Tienes razón. Es su culpa y no nuestra.—Me doy cuenta de que también me está absolviendo, que él también quiere descargarme de la culpa.

Sonrío y le aprieto la mano con cariño, aceptando su perdón

sin hablar.

Ojalá pudiera perdonarme yo tan fácilmente, pero no puedo.

Porque incluso ahora, aquí sentada y dando la mano a Anthony, no puedo evitar amar a Terry.

Da igual lo que haya hecho.

CONTINUARA