"Quiero ser estrella del porno, ¿quién sabe dónde me puedo apuntar? Te pagan por echar un buen polvo, ¡eso sí que es trabajar...!" — Lujuria


•.: SEXPERIENCIAS :.•


| XXV.- La Casa de Muñecas |


A mi amor, mi fuente especial de inspiración, Maick


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"Los Uchiha siempre obtienen lo que quieren". Eso era algo así como un lema de familia. Y, aunque sonara más bien a un alarde de su parte, curiosamente solía ser así. El apellido por sí solo imponía.

Y es que, ¿quién en Brillamont no había oído alguna vez de ellos? Siendo los accionistas principales de la cadena cervecera más grande del estado. Era una burla no conocerlos.

Pues como tal, la empresa tenía décadas en funcionamiento, generaciones habían pasado por su mando, todos ellos con un sólo objetivo: ampliar su mercado. Por ende, la preparación era una clave muy importante para ellos. Pues como decían: nadie obtenía nada si no era por sus propios medios.

Y eso Sasuke Uchiha lo tenía claro.

Su padre era el principal exponente de ello. Ejercía una presión irritante en Itachi y Sasuke; ambos tenían que ser los mejores, ambos tenían que sobresalir sin importar qué; y los estudios, tal cual si fueran medallas en una olimpiada constante, los acercaba al prototipo de hijo perfecto que él quería ver en sus descendientes.

Pero Sasuke Uchiha cada vez se hartaba más de eso.

Aquella mañana del 21 de diciembre, desde que habían comenzado la reunión en la sofisticada sala de juntas del corporativo, él se había mantenido distraído. Tenía la cabeza recargada en el puño derecho, encima de la alargada mesa de nogal que se encontraba en medio del salón; miraba hacia el frente, hacia el hombre que exponía el plan de trabajo a unos clientes. En su mano izquierda sujetaba un bolígrafo, el cual apretaba y soltaba de un extremo, metiendo y sacando la punta. Se le notaba aburrido y distraído, especialmente esto último.

Estaba sentado en su silla reclinable en modalidad de bulto, un bulto elegantemente vestido de traje negro y corbata color azul rey; era uno más en la sala, el cual se limitaba a responder escuetamente siempre y cuando se lo solicitaran.

Se encontraba absorto en sus pensamientos. Pensando, quizás, en que ya le urgía salir de ese lugar.

Por derecho, prácticamente desde su nacimiento, Sasuke tenía ya su lugar separado en la mesa; como hijo de Fugaku Uchiha, éste debía ocupar un puesto administrativo de alto rango. Sin embargo, el camino a recorrer para ser merecedor de dicho nombramiento era pesado, largo y tedioso. Era a sus mismos hijos a quienes Fugaku Uchiha exigía el doble de la cuenta.

Sasuke había finalizado sus estudios universitarios, y tal cual obtuvo su titulación, así su padre colgó dicho título en su estudio; pero ello representaba sólo el inicio de una larga carrera profesional. Era sólo lo mínimo de lo que Fugaku esperaba de un hijo suyo.

Así que Sasuke continuó preparándose. Con anticipación logró certificarse como Black Belt, y estaba próximo en conseguir en los siguientes meses el Master Black Belt¹, ahí mismo en la universidad.

Luego de haber estructurado por su propia cuenta un plan de trabajo para reducir los costos de la empresa en un mínimo de 100,000 dólares, recién había obtenido un lugar en la administración de proyectos y mejoras en la compañía, estaba a cargo del grupo Six Sigma. Aquello había sido una dura prueba que su padre le había impuesto en una manera de acreditarlo como apto para el puesto. Durante esos meses de trabajo, la presión por parte de su padre había sido abrumadora.

El título no le decía nada si no le demostraba con hechos para qué era bueno.

Así siempre había sido Fugaku Uchiha, un hombre duro y estricto.

Al finalizar la reunión, todos los presentes se dirigieron a comer a un exclusivo y lujoso restaurant cercano al parque industrial; pidieron que se les apartara un área especial para ellos, ocupando entre todos dos mesas.

Y, una vez más, Sasuke Uchiha solamente fue un oyente con el resto; hablaba sólo un poco con Shisui Uchiha, su primo, quien se encontraba sentado frente a él.

No prestó gran atención a los halagos por parte de los clientes que les acompañaban, especialmente a las dos mujeres que parecían muy interesadas en conocerle. Durante gran parte de la junta, especialmente la mujer castaña con corte estilo bob, había estado atenta a lo que el Uchiha hacía, que en realidad era nada. Apenas sus miradas se cruzaban, y ella le sonreía. Sasuke continuaba con el mismo gesto intacto en su rostro.

—Había escuchado que tenías otro hijo, Fugaku, ¿él no trabaja contigo en la compañía? —preguntó durante la comida uno de los clientes. Fugaku se limpió elegantemente la boca y se enderezó con orgullo.

—Sí, Itachi, mi hijo mayor… —aclaró la garganta—. También trabaja con nosotros, aunque ya no de tiempo completo como antes. Actualmente está enfocado en su propio despacho de Consultoría de Negocios. Ha estado trabajando muy duro en ello.

Platicó con satisfacción, recibiendo con orgullo los comentarios de felicitaciones y admiración de parte de los invitados.

—Tiene unos hijos excepcionales, Señor Fugaku —expresó una de las mujeres, con un timbre de voz sureño y calmado—. Me hubiera encantado también conocer a su otro hijo. Espero que en nuestra próxima visita también pueda estar presente.

Fue directa y descarada; aunque Fugaku pareció no haberlo tomado en ese sentido, sino con la intención de conocer a su otro hijo, tal cual había dicho. Para Sasuke y Shisui, fueron claras sus intenciones.

—¡Por supuesto! —respondió Fugaku—. Y me disculpo, Itachi está un tanto indispuesto estos días, ha estado ocupado con lo de…

—Su luna de miel.

Intervino Sasuke, haciendo que su padre guardara silencio y volteara a verlo. Él siguió comiendo como si nada. Shisui rió por su atrevimiento.

—Sí, bueno, hace un par de semanas que se casó —completó Fugaku—. Y ahora anda fuera del país.

Dijo, sin entrar en detalles, dejando en evidencia que no pensaba tocar el tema; pues para Fugaku, el que Itachi se hubiera casado, no implicaba un logro del cual hablar en un momento así, puesto que, para él, no era un logro como tal del cual se pudiera alardear.

Si por Fugaku Uchiha fuera, sus dos hijos se dedicarían al cien por cierto a los negocios de la familia.

Luego de la aclaración por parte de Sasuke, los invitados cambiaron de tema. La sureña ya no volvió a hablar; mientras que la castaña de vez en cuando le sonreía coqueta a Sasuke, buscando la manera de entablar una conversación con él.

Shisui, por su parte, miraba entretenido la reciente publicación de Amaya en su cuenta de Facebook. Había compartido algunas fotografías del amanecer en el lugar donde se encontraban, así como varias tomas de diversos paisajes nevados. Antes de llegar al siguiente destino en su luna de miel, habían parado a desayunar en Canva, en una cafetería al mero estilo vintage; se podían apreciar en algunas fotografías dos tazas de cafés humeantes, huevos fritos, jamón y pan artesano servidos en la mesa, entre otras cosas. La pareja también salía, y por el frío que se veía que hacía, ella traía las mejillas coloradas e Itachi la punta de la nariz roja.

«—Esos huevos fritos le hacen una buena competencia a los que preparas, Itachi —escribió Shisui en la publicación a modo de broma—. Por cierto, Sasuke parece ya extrañarte».

Y etiquetó al mencionado en la publicación. El celular de Sasuke vibró en muestra de dicha notificación, miró entonces las fotografías, e instantes después, justo abajo del comentario de Shisui, Sakura Haruno comentó:

«—¡Qué hermoso se mira todo! ¡Sigan disfrutando de su viaje, chicos!»

Sasuke observó por algunos segundos dicho comentario, hasta que, incómodo, se paró de su asiento y fue al servicio, deteniéndose en el pasillo que dividía el baño de mujeres y de hombres.

Miró una vez más su celular y, dudoso, abrió el perfil de Sakura. Lo primero que observó fue el último estado que había compartido el día anterior, en el que hablaba sobre su gusto por la temporada navideña y sus expectativas de obsequios versus la realidad que solía recibir cada año, a dicha publicación Ino y algunos conocidos habían respondido, principalmente haciéndole comentarios sarcásticos, los cuales ella contestó del mismo modo.

Sasuke continuó revisando el historial de meses atrás, parecía como si quisiera encontrar algo, quizás, alguna referencia de ella con su supuesta pareja, tal vez alguna fotografía, algún comentario, algo, pero de ello no había nada. Todo el contacto que Sasori y Sakura mantenían era por mensajes.

El Uchiha encontró después una imagen que llamó su atención: «Si tu silencio hablara, escucharía lo que no quiero reconocer». Decía dicha publicación en el muro de la chica, la cual había recibido variadas reacciones de sus contactos, y un comentario por parte de Ino «¡mándalo al diablo!», le había escrito, a lo que Sakura respondió con un emoji entristecido.

Hablaban de él, eso era evidente. Por efecto, el pelinegro tensionó la mandíbula.

Desplazó después un poco el dedo hacia arriba, asomándose entonces una fotografía de Sakura, la cual miró. En ella, la chica salía de perfil, distraída, sonriendo al frente, mientras se sujetaba en una coleta alta su cabello largo; sostenía entre sus labios un listón rojo con el cual planeaba amarrarlo.

Fue así como Sasuke relajó los músculos de su rostro. Parecía estar sonriendo.

—¿Así eres siempre de callado? —dijo de pronto la chica castaña al topárselo en el pasillo de ambos servicios.

Al escucharla, Sasuke guardó de inmediato su celular en el bolsillo de su pantalón. Aunque por la prisa, no reparó en el error garrafal que había cometido: sin darse cuenta, le había dado un "me gusta" a la fotografía de Sakura.

—No tengo nada que decir —fue su corta respuesta para con la clienta. Ella comenzó a reír.

—Fue un viaje algo largo hasta aquí —cambió el tono de voz, a ese típico que emplea una mujer cuando quiere pedir algo—. Me encantaría poder salir por ahí y conocer… y…

—Pues hazlo.

Contestó cortante, dejándola con las palabras en la boca y la intención de invitarle; pasando de largo a un lado de ella, volviendo a la mesa.

La mujer se puso roja del coraje y la vergüenza.

Conforme le iba conociendo, me quedaba claro que, de los dos hermanos, era precisamente Sasuke al que le dominaba el apellido. Lo Uchiha lo llevaba no sólo en la sangre, sino en cada acción que realizaba y palabra que enunciaba.

Dicho comportamiento, era más bien como un efecto espejo de la actual y mayor figura de la familia: Madara Uchiha.

Y es ahí, donde comienza la historia detrás del menor de los Uchiha, Sasuke.

—Esperaba ver a Madara por aquí… —expresó antes de despedirse uno de los clientes, el mayor de todos ellos y que se figuraba como el representante. Fugaku fingió una sonrisa y estrechó su mano, él también esperaba que Madara se dignara a asistir a esa reunión, lo cual no sucedió—. Aunque supongo que ya será en la otra ocasión. Continuaremos en contacto, Fugaku.

Dijo, y subió al coche que les llevaría al aeropuerto de regreso. Apenas el auto arrancó en las afueras del restaurant, Fugaku maldijo a Madara, solicitando luego al valet parking su coche.

Aquella amabilidad que había estado mostrando desde la mañana en que los invitados llegaron, se esfumó en el instante en que éstos se retiraron. Le había molestado la inasistencia de Madara a dicha junta, le molestaba que éste siempre hiciera lo que a él se le antojara sin importar nada.

Y es que, para saber sus razones, el motivo de porqué algunas cosas parecía no darles la debida importancia, había que conocer la fuente de ese individualismo.

Madara era un hombre que gustaba hacer notar su autoridad y poderío a costa incluso de otros.

"Los Uchiha siempre obtienen lo que quieren" y él era el pionero en promulgarlo.

Y vaya manera de hacerlo…

Fue sino la noche anterior a ese lunes; cuando Akatsuki se reunió en el Casa Blanca y que Hidan recibió una peculiar llamada, que comprendí el motivo de la ausencia de Madara Uchiha en la oficina.

Esa noche, la mesa que compartían los jóvenes estaba repleta de botellas de cerveza. Hidan, como siempre, era el que hacía el mayor alboroto pese a que el resto parecía ignorarle.

—¿Sabes cómo sigue la abuela de Sasori? —preguntó Konan a Deidara, siendo esta vez ella la única mujer que les acompañara.

—Ayer hablé con él y me comentó que todo había salido bien en la operación que le hicieron. Estará un par de días en reposo.

Konan hizo un leve movimiento con los labios, en muestra de gusto.

—Mantennos informados de cualquier cosa —solicitó Pain, justo antes de retirarse en compañía de Konan, sabiendo de sobra que de parte de Sasori no obtendrían muchos detalles.

Y es que, de todos en el grupo, se podría decir que era precisamente con Deidara con quien el pelirrojo tenía una camaradería más cercana. Él sabía, incluso, esos detalles que al resto de sus camaradas no les contaba.

—¿Y cuándo se supone que regresa ch-ch-ch-ch-Cherry Bomb? —quiso saber Hidan, canturreando la canción del mismo nombre de The Runaways. Deidara se hundió en hombros, sin saber la respuesta a su pregunta—. Ese cabrón, le escribí hace unos días y me dejó en visto el muy hijo de puta.

—¿Y tú por qué crees? —Deidara hizo mala cara. Hidan le dio un largo trago a su cerveza y se limpió luego la boca con el puño derecho.

—Tú también, ¿para qué le andas diciendo que me viste platicando con su ex? —protestó, aunque no se le veía molesto—. Además, Annita y él me conocen, saben cómo soy, sólo lo hago por molestar, ya ni deberían de extrañarse.

—Por eso mismo —continuó Deidara—, Sasori ya te había advertido claramente que no te acercaras a Anna buscando provocarla, sabiendo que los dos viven peleándose como perros y gatos.

—El problema contigo, Hidan, es que nunca se sabe cuando dices algo de verdad o sólo jodes. Por eso nadie te toma enserio, imbécil —completó Kisame.

Hidan hizo un gesto con los hombros, restándole importancia, terminándose el último trago de su cerveza.

—Hey, pero esta vez sólo quería saludar a la abuela, enserio, la abuela Chiyo siempre me ha caído bien, esa viejita es a toda madre —aclaró en su defensa, y se frotó la nariz al tiempo que sonreía—. Me acuerdo que, cuando Cherry vivía aún con ella, varias veces nos pescó a todos viendo alguna porno —dijo, y se echó a reír.

Kisame sonrió de medio lado e Hidan suspiró luego. «¡Ah, qué tiempos!» Eran apenas unos mocosos curioseando en lo prohibido. En aquellos años, Kisame, al ser el más grande, era el que solía conseguirles los VHS.

—Eras demasiado escandaloso, Hidan, nunca podías mantener la boca cerrada —le reclamó Kisame.

—Es fecha que aún no puede —completó Deidara—. Sigue siendo un bocazas.

Entre ellos se burlaron, pero Hidan continuaba en su mundo, recordando.

—Oh, y qué me dicen de cuando la abuela tenía esas reuniones en su casa…

—Oh, por supuesto, cómo olvidar esas reuniones… —Kisame alzó una ceja y se empinó la botella.

En aquella época, Chiyo, la abuela de Sasori, era miembro activo de un grupo de charlas motivacionales impartidas principalmente para jóvenes esposas, la mayoría de las mujeres que componían el grupo estaban ahí en búsqueda de una solución para su frustrado matrimonio; Chiyo acudía a dichas reuniones porque le entretenía escuchar las patéticas vivencias de cada una, y cómo parecían hundirse en un vaso de agua por verdaderas tonterías.

Pero cuando ella externaba su punto de vista, todas en el salón se callaban. Era la voz de la experiencia en un grupo reducido de mujeres necesitadas. Fue por ello que algunas preferían mejor acudir a ella. Chiyo era una mujer directa, precisa e incluso justa, pese a que en la mayoría de las veces les hacía ver de una manera u otra, lo idiotas que estaban.

—Sí, cómo olvidar cuando la abuela te descubrió detrás de la puerta de la lavandería mientras te cogías a una de esas tipas —Deidara rodó los ojos.

—Ah, es cierto, aunque nos descubrió porque la muy idiota no se callaba, gemía tan duro como si nunca le hubieran ensartado una verga —contó con fastidio—. Pero igual, no me quejo del polvo que me tiré con esa pendeja.

—El pendejo eras tú —opinó Kisame—, a ti siempre terminaban descubriéndote.

Dijo y, en lugar de ofenderse, Hidan se echó a reír. Sabía que era cierto.

Y es que Hidan tenía una suerte para que Chiyo le descubriera siempre en plena faena desde que era prácticamente un niño y se juntaba con el resto para ver videos de mujeres con poca ropa. A sus dieciséis años, Hidan ya había tenido varios encuentros sexuales con mujeres, y fue alrededor de esa edad cuando la abuela le descubrió teniendo sus quereres con una de sus conocidas.

—Seguro siempre creyó que eras un pervertido sin control —atinó a decir Deidara, burlándose de su desgracia.

—Tal vez, pero porque nunca descubrió a su nieto, si tan sólo lo hubiera visto una sola vez, seguro que desde entonces lo hubiera desheredado —rió—. El muy cabrón tiene cara de que no rompe ni un puto plato, ¡pero es tan puerco como yo! Uff, si la abuela Chiyo supiera cuántas veces no se tiró en su propia cama a la tipa del Mercedes gris, otra cosa sería.

Curiosamente, había sido por medio de su abuela que Sasori conoció a la mujer mayor, de la cual le había hecho mención a Sakura. En aquel entonces, él estaba a punto de cumplir sus diecinueve, y ella tendría unos treinta y uno, tenía seis años de casada y dos hijos pequeños, aun así, esto no fue impedimento para ninguno.

—Estaba buena —reconoció Kisame.

—Pff, tremendas nalgas que tenía la perra.

Habían sido amantes por algunos años, mas no exclusivos el uno del otro, principalmente él, estando en una etapa en donde las oportunidades de diversión eran muchas; ellos sólo se buscaban cuando se les antojaba, aunque era particularmente ella quien solicitaba de Sasori.

Hidan suspiró, como añorando aquellos tiempos.

—Lástima que todo acabó cuando apareció Annita —sostuvo entre sus labios un cigarrillo, encendiéndolo luego. Dio la primera calada—. Lo tenía tan idiota que hacía cosas que nunca antes había hecho, como eso de serle fiel a las mismas nalgas por mucho tiempo; ya se me hacía que en cualquier momento nos saldría con la novedad de que optaría por el suicidio y le propondría matrimonio.

—Se llama estar enamorado, imbécil —corrigió Kisame—. Pero tú qué vas a saber de eso —Hidan se ahogó con el humo del cigarrillo al querer carcajearse—. Además, siempre andas de hocicón hablando de Anna, pero bien que querías en un inicio con ella, hasta que a la primera oportunidad te mandó directo y sin escala a la verga.

—¡Hey, las cosas no pasaron así! —refunfuñó, pero los otros dos ni le tomaron en cuenta—. A Cherry fue al que mandaron a la verga luego de varios años. Yo se lo advertí, le dije: cabrón, esa Annita no se ve de fiar, es de esas mujeres que te exprimen y te exprimen hasta que obtienen lo que quieren; pero no me quiso escuchar, y ahí las consecuencias. Aun así, fui yo el que terminó por sacarlo de la depresión.

—Te lo llevaste de putas.

—¿Y no es eso lo que hacen los camaradas?

Deidara rodó los ojos, pero no hizo comentario alguno al respecto. Siempre se había mantenido a distancia sobre el tema de Sasori y Anna. Al menos él, sí conocía la verdadera historia.

—Bueno, aunque ahora anda con esta otra chica que… ¿cómo se llama? —Kisame se rascó la barbilla.

—Dejémoslo en Cherrilla —respondió burlón Hidan.

—Sakura —corrigió Deidara—. ¿Qué con ella?

—En realidad nada, sólo que se ve algo jovencita.

Hidan se estiró en su asiento y bostezó largamente.

—Bah, como si esas cosas alguna vez le hubieran importado a ese cabrón —se tronó el cuello—. Bien dicen que, en tiempo de guerra, cualquier hoyo es trinchera. Sasori sólo se la ha de estar tirando, ¿qué te gusta? ¿Que en la misma noche en que se vieron le haya dado hasta por atrás? Por favor, Kisame, como si no lo conocieras.

—No sé, y no me interesan esos detalles —contestó—. Yo lo único que veo ahí, es que Sasori la está procurando mucho…

—Quizás le apriete rico la verga —opinó Hidan, sacándose la cerilla.

Kisame prefirió ya no decir nada, hablar con Hidan a veces era como caminar en círculos, no salías de lo mismo. Pero la observación de Kisame había sido cierta, tanto él como algunos de sus camaradas —exceptuando a Hidan—, notaban dicho comportamiento en el otro.

Sin embargo, sabían que de parte de Sasori no obtendrían una respuesta clara a ello.

Deidara incluso, desconocía si había alguna clase de sentimiento de por medio. Por ejemplo, el día de la boda en que llegó con él en su coche hasta el edificio de Sakura, le había preguntado el motivo de por qué paraban ahí, Sasori sólo se limitó a decir que recogerían a alguien, e instantes después, le marcó por teléfono a Sakura indicándole que bajara.

Deidara ya no hizo más preguntas hasta que vio a la pelirosa salir del edificio en dirección a ellos, volteó con Sasori para decirle algo, pero antes siquiera de que hablara, él le dio a entender que se pasara al asiento trasero. Ese lugar sería de Sakura.

Y bueno, había cosas que estaban de más preguntar.

Y, aunque aún tenía sus dudas, Deidara comenzaba a sacar sus deducciones; yo en cambio, ya tenía un par de conclusiones al respecto.

Estuvieron en el bar por un par de minutos más en lo que se terminaban las cervezas y, prácticamente ya para salir, Hidan recibió la llamada telefónica de un número privado. Tal cual le había dicho días atrás, Mei Terumi le marcó solicitando su presencia al día siguiente.

Y, sin rechistar, Hidan atendió la invitación.

Eran alrededor de las cuatro con veinte de la tarde de ese mismo 21 de diciembre, cuando Hidan estacionó su coche en las afueras de la dirección que Mei le había señalado. Había tenido que cruzar media ciudad para poder llegar, el GPS le había indicado que llegaría a su destino en aproximadamente una hora con cuarenta y cinco minutos. Y aunque se le hizo una eternidad, se dijo a sí mismo que debía de atender "el trabajo", después de todo, ya le habían pagado por adelantado. Su cuenta de ahorros había amanecido con ochocientos dólares más.

Miró curioso el punto en el mapa de su celular como si dudara de su precisión, dándole un par de golpes, hasta que la enorme puerta negra de metal frente a él se fue abriendo lentamente de forma automática, dejando ver lo que había detrás de aquellas grandes paredes.

Hidan condujo hacia el interior, pasó por un muy cuidado jardín con grandes pinos que rodeaban el terreno y sobresalían de la pared que daba hacia la calle, en medio de la rotonda se encontraba una iluminada fuente, y al frente de ésta, la entrada a la casona.

Que era más bien una hermosa residencia blanca de dos pisos, con la fachada cubierta de grandes bloques de mármol travertino y con un techo a desniveles al mero estilo californiano.

Mei Terumi esperaba en el penúltimo escalón que iba del frente hasta la entrada a la residencia.

El albino bajó del auto y, al retirarse los lentes de sol, miró todo a su alrededor con asombro. Dio un largo silbido hasta que se paró frente a ella.

—Bonita casita, eh… —dijo al verla y, apenas puso un pie en el siguiente escalón queriendo acercársele con la intención de saludarla, rápidamente Ao, el guardaespaldas de Mei, se paró a un lado de él para revisarlo cual si fuera un delincuente—. Pero qué mierda…

Se quejó cuando Ao empezó a palparle los bolsillos del pantalón y la chamarra como si buscara algo. El hombre del parche en el ojo le lanzó las llaves del coche de Hidan al encargado de éstos. El cual llevó el auto hasta el techado estacionamiento a un costado de la casona. Ahí había otros diecisiete o diecinueve carros más, todos ellos de súper lujo, el Mazda rojo 2011 de Hidan se veía como una chatarra al lado del resto.

Todo indicaba que no estaban solos en la casa, había visitas.

—Es una revisión de rutina, no es nada personal, Ao sólo hace su trabajo —mencionó Mei cuando éste hubo terminado. Hidan se acomodó su chamarra negra y peinó hacia atrás su cabello, restándole importancia—. Ahora bien… ¿me acompañas?

—Por mí, llévame a donde te plazca, y haz conmigo lo que se te dé la gana.

Mei dejó escapar una risilla coqueta, dándose luego media vuelta para que éste la siguiera. Desde atrás, Hidan miró descarado el menear de caderas de la mujer al subir los escalones restantes. El ajustado vestido azul que usaba se adhería morbosamente a su cuerpo, resaltando sus nalgas bien proporcionadas. Hidan no perdió detalle alguno, pues tal parecía que Mei no llevaba ropa interior abajo, o si lo traía, era tal vez un diminuto hilo dental que se había perdido entre sus nalgas. Ahí sólo se apreciaba un muy buen culo, el cual Hidan saboreó, hasta que Ao le vio de mala manera, haciendo que avanzara.

Cuando Hidan cruzó el umbral de la puerta, se quedó boquiabierto.

—Camina, por favor, no te quedes atrás.

El amplio recibidor estaba solo, no había nadie en la sala, ni en el comedor que se miraba hasta el fondo. Todo estaba silencioso, impecable y muy ordenado. Mei lo llevó por un costado de la sala, anduvieron varios metros hasta llegar al estudio, y ahí, escondida entre los libreros, se hallaba una puerta la cual les dirigía hacia un pasillo y al final de éste unas escaleras que daban hacia un sótano.

Conforme caminaban, la iluminación se hacía cada vez más tenue, sólo se podía escuchar el resonar de los tacones de Mei por lo largo del pasillo, y los pasos tanto de Hidan como de Ao, quien caminaba detrás del albino, vigilándolo en todo momento.

—¿Qué es esto, un secuestro? —quiso saber el albino en son de burla, pero Mei continuó caminando sin decir nada—. Oh, ya veo, a mí también me gustan los misterios y las cosas locas.

—¿De verdad? ¿Y qué cosas locas has hecho?

—Pff, un montón, y ni se diga cuando me junto con el resto de mis camaradas, si te contara las de cosas que hemos hecho, uff, creo que no terminaría.

Mei continuó caminando por delante, mostrándose interesada en su plática. Alzó una ceja y se relamió la boca.

—Y… en todo eso… ¿Itachi también participa? —susurró suavecito, como si la pregunta se le hubiera escapado de los labios.

—¿Eh? ¿Itachi? ¡Naa, qué va! Ese cabrón nunca ha querido alocarse, está igual que Pain, esos dos parece que nunca conocerán otras nalgas que no sean las de sus viejas —bufó—. Yo hablo del resto de ellos, a los otros les vale verga la vida.

Contó, pero Mei pareció haber perdido el interés. Suspiró decepcionada, antes de abrir la siguiente puerta.

—Es una verdadera pena.

—Es lo mismo que yo digo —Hidan entró al salón justo detrás de Mei—. Pero no te preocupes, si tanto te llama la atención tu sobrino, puedo fingir que soy él, llámame por su nombre sin problema, en fin, puedo ser lo que tú quieres que sea, mi bella tía.

Le guiñó el ojo y se acercó a ella para acariciarle una mejilla, pero ésta hizo el cuerpo hacia atrás y Ao apartó la mano de Hidan.

—Podrás fingir lo que se te plazca, pero jamás lograrías darme lo que yo quiero…

El albino tomó lugar en uno de los sillones del salón, extendiendo ambos brazos por lo largo del respaldo.

—¿Y qué se supone que quieres? —preguntó.

Mei sonrió de medio lado y colocó una mano en la cintura, viéndolo con un gesto de superioridad.

—El apellido Uchiha.

Dijo, y en el instante una segunda puerta en el salón fue abierta. Madara Uchiha hizo acto de presencia.

Ante la imponente figura del hombre, siendo éste su jefe, Ao se retiró del salón, permaneciendo afuera. En el interior sólo quedaron los tres.

—¿Qué le dijiste? —le cuestionó el Uchiha a Mei.

—Aún nada, esperaba que tú lo hicieras —respondió, extendiéndole una copa de vino. Madara la tomó y volteó hacia Hidan.

Éste continuaba sentado, con ambos brazos aún extendidos y las piernas entreabiertas. Se le veía confiado, mirando a todos lados curioso. Notando el alargado espejo incrustado en la pared frente a él.

—Desnúdate.

Fue la soberana y directa indicación de Madara para Hidan, el cual se le quedó viendo fijamente como si no hubiera comprendido su petición.

—¿Eh?

—Hazle caso —sugirió Mei.

Hidan se incorporó lentamente en el sillón, y se echó a reír.

—Ya veo, entonces… será un trío —y se puso en pie, retirándose primero la parte superior de su atuendo, para luego seguir con sus pantalones—. En fin… por mí no hay problema —se descalzó y se quedó sólo en bóxer—. Qué bien que seas compartido, eh, tío.

Madara arrugó el ceño con molestia. A Hidan como siempre se le había soltado de más la lengua, sólo que esta vez lo había hecho con la persona equivocada.

—¡Imbécil insolente! ¡A mí me hablas con respeto, que tú y yo no somos iguales! —espetó Madara, con voz autoritaria. Hidan por poco y se iba de espaldas al no esperarse esa llamada de atención mientras se terminaba de quitar la última prenda—. Vuelves a llamarme así, y te arrepentirás hasta de haber nacido. ¡¿Te quedó claro?!

—Más claro no pudo haber sido usted, Señor —dijo, haciendo un gesto de mano como si fuera un soldado acatando la indicación de su superior.

Mei rió por el cambio repentino en el ambiente. Y es que Madara solía imponer autoridad con su sola mirada. Tenía una manera de verte que te hacía dudar hasta de tus propios pensamientos. Ese hombre imponía, y no sólo respeto, sino también miedo cuando así se lo proponía.

Madara era un tipo serio a la hora de tratar sus negocios. Detestaba que las cosas se le fueran de las manos. Y ahí, en ese preciso lugar, en aquella enorme y sofisticada propiedad que era suya, él era la máxima autoridad. Las cosas se hacían como a él le placían.

Cuando Hidan se hubo quedado desnudo, al salón entró una chica, se dirigió hacia él y comenzó a tomarle medidas. Le midió la anchura de su espalda, los brazos, las manos, la cadera, así como otras partes de su cuerpo, y todo eso lo iba apuntando en una carpeta. Hidan simplemente se dejó hacer sin rechistar, hasta que la chica bajó y tomó las medidas a sus testículos y su pene flácido.

—Si le das un par de chupadas, te aseguro que medirá más.

Comentó sonriente, como si fuera una inocente propuesta. La chica solamente alzó la mirada y le devolvió la sonrisa, mas no hizo nada, sólo le tomó igualmente las medidas. Al terminar, se puso en pie, y silenciosa se dirigió a la puerta para salir, pero desde afuera, la puerta fue abierta por otra mujer, la cual entró.

—¿Puedo? —dijo, como si le estuviera pidiendo la autorización a Madara para hacer algo.

—Adelante, tú pagaste por él. Es todo tuyo —respondió, haciéndole una seña a Mei de que le sirviera más vino.

La recién llegada no dijo más nada, simplemente se arrodilló frente a Hidan, tomó su carne flácida y comenzó a darle un par de probadas. Él se quedó sorprendido por la repentina aparición de ésta, pero igual, dejó que ella se entretuviera, concediéndole a los pocos segundos una considerable erección para que le chupara.

La mujer continuó haciéndole un oral por tres o cuatro minutos más, hasta que se detuvo, se puso en pie y se ajustó el cordoncillo de su bata. Se limpió elegantemente la boca y se retiró, indicándole a la otra, a la mujer que en un inicio le había estado tomando medidas, que ya no era necesario que lo hiciera, después de todo, su misma boca se había dado a la tarea de medirle.

—¿Pero qué mierda…? —expresó el albino—. ¿Nada más me emocionas y te vas? Pff, mujeres.

Mei entonces le ofreció una bata negra para que se cubriera, y en el momento, la chica de las medidas volvió a asomarse, dirigiéndose a Madara.

—Señor, a la hora que usted diga.

Madara asintió y Mei suspiró largo.

—Bien, que te diviertas —le dijo al Uchiha en un tono seco, pasando de largo frente a él.

—¿A dónde vas? —preguntó tosco, deteniéndola del brazo.

—A mi departamento, no le hallo el caso a estar aquí. Ya hice lo que me pediste, así que me voy.

Y se soltó de su agarre, saliendo de un portazo del salón. Madara chasqueó la lengua y volvió a servirse más bebida en su copa.

Hidan no supo ni qué decir. Estaba más confundido que en un inicio. Todo indicaba que no se le haría con Mei.

Volvió a echarse en el sofá a esperar.

—No entiendo por qué sigues con él —comentó Ao a Mei, luego de que ésta saliera del salón, recargándose en la puerta blanca—. Debes de saber que de ese hombre no obtendrás eso que quieres…

—Lo sé —ella exhaló, y abrió luego los ojos—. Sé que él no es esa clase de hombre que busca comprometerse con alguien, pero… —mordió su labio, dudosa—, ¿qué puedo hacer? Me gusta. Sí, me gusta ese desgraciado hijo de perra que piensa que siempre obtendrá lo que quiere. Me gusta a pesar de saber cómo es y lo que hace —expuso, y de pronto comenzó a reír—. Bueno, supongo que eso quiere decir que no estoy muy bien de mis facultades mentales.

—Para nada bien.

Mei volvió a reír, y negó en un movimiento de cabeza, apartándose de la puerta y caminando rumbo a la salida. Ao la siguió desde atrás.

Y sí, quizás para Mei aquello implicaba un enigma, era como si aceptara que le gustaba la mala vida; aunque como tal, no era precisamente una vida mala la que le daba Madara a ella. Mei tenía todo a su alcance, lujos, viajes, ropa, el departamento en el que vivía se lo había regalado Madara, ella gozaba de privilegios que ninguna otra, tanto así que hasta tenía su propio guardaespaldas.

En ese aspecto no se podía quejar, vivía prácticamente como una reina, pero había algo que jamás conseguiría: ser la esposa de Madara Uchiha.

Y aunque había ocasiones en que ella lo negaba, en que hablaba mal de los hombres con el pretexto de que todos eran iguales, muy en el fondo escondía ese deseo de verse vestida de blanco.

Sin embargo, pese a ello, el tema tampoco era algo que le quitara el sueño. Después de todo, la vida seguía, y ella continuaba disfrutando de las bondades que le otorgaba su posición al lado del Uchiha.

Una vez que los dos hombres se quedaron solos en el salón, Madara procedió a explicarle los pormenores a Hidan, lo dirigió a una de las paredes y deslizó la cortina que le cubría. Detrás de ésta había una amplia ventana que daba hacia otra parte del sótano.

Tres metros más abajo de donde ellos se encontraban, algunos conocidos de Madara se entretenían de lo lindo con decenas de chicas.

Al instante, Hidan se embarró en el vidrio, queriendo observar de extremo a extremo todo lo que había allá abajo.

Y es que se podría decir que, en ocasiones especiales, aquella bonita propiedad se convertía en una especie de casa swinger de lujo en donde sólo la gente pudiente podía entrar.

Importantes empresarios se encontraban reunidos, siendo acompañados por sus respectivas amantes. En ese mismo espacio, todos ellos hacían lo que se les placía. No había leyes. No había restricciones. Ellos se reunían con un sólo objetivo, y sus acompañantes conocían de a qué iba todo aquello.

Era el paraíso perfecto donde los Sugar Daddys llevaban a jugar a sus babys, al cual se referían como "la casa de muñecas".

—¿Te gusta?

—¡Uff… a quién no…! —los ojos de Hidan estaban dilatados de la emoción—. Todo esto es tan… loco. Wow, sí, súper loco. Es un puti-club exclusivo. Esas putillas se miran que son de primer nivel.

Madara continuó con la atención puesta abajo.

—Todos esos sujetos vienen hasta aquí para divertirse, para satisfacer sus necesidades, no sólo sexuales, sino también de poder, de autoridad. No tienes idea de cuánto dinero se mueve allá abajo, pero a ninguno de ellos le importa invertir en estas cosas siempre y cuando obtengan lo que desean. ¿Entiendes a dónde quiero llegar con todo esto?

—Usted es el jefe, así que diga nada más qué quiere que haga y yo lo haré sin importar qué.

El Uchiha sonrió de medio lado. Cómo le gustaba escuchar esas palabras.

—¿Ves a aquellos dos sujetos de allá? —señaló a un hombre mayor, canoso y barbón; así como a otro un poco más joven, de alrededor de cuarenta y cinco. Ambos bebían en una mesa acompañados de tres chicas, las cuales se encontraban desnudas sobre sus piernas—. Son el papá y el esposo de la mujer de hace un momento —Hidan dio un largo silbido—, así que, como venganza, desea que los dos observen cómo un desconocido se la folla frente a todos.

Hidan comenzó a reírse divertido.

—Esa voz me agrada… ¿eso me convierte a mí en el desconocido que se tirará a la cornuda dama infiel?

Madara se apartó de la ventana, dejando sobre la mesa la copa vacía, dirigiéndose a la salida.

—Ella pagó mucho dinero por esto —informó y, antes de cerrar la puerta, agregó—: Espero que hagas un buen trabajo.

Esas cosas no se le decían a Hidan dos veces. Podrían dudar de su capacidad de razonamiento para algunos temas serios, para resolver problemas matemáticos e incluso algunos crucigramas del periódico; pero no para esas cosas. Eso era casi como una ofensa a su persona.

Hidan continuó observando desde la ventana cómo abajo la gente se entretenía.

Miró divertido al fondo del sótano, a la falsa pared de madera, ahí donde dos hombres se entretenían follando, literalmente, a un par de vaginas dispuestas.

Se trataba de un glory hole, del cual sólo sobresalían las piernas de las mujeres y sus vaginas. Las susodichas se encontraban recostadas, abiertas de piernas, dejando expuestos a voluntad de cualquiera sus sexos.

En lo que Madara le contaba a Hidan todo lo anterior, por ahí ya habían rondado fácilmente cinco hombres, los cuales no dudaron ni un poco en penetrar esos cuerpos servidos a su voluntad. Ellos sólo apuntaban su verga al coño que más se les antojaba y lo penetraban sin consideración. Eso sí, cada uno de ellos llevaba puesto un condón. La seguridad ante todo. Eran unos cerdos precavidos.

Se decía que, detrás de aquella agujerada pared, se escondían mujeres igualmente pudientes; ellos se podían estar follando quizás a su jefa, a alguna compañera, e incluso a alguien de su misma familia y ni cuenta se darían.

Pues ellas de igual manera pagaban una considerable suma de dinero para entrar. Pagaban para, literalmente, sentirse cual juguete sexual, ser cogidas por cualquiera, pero manteniendo en anonimato su identidad.

Eran de ese tipo de mujeres de vagina inquieta, pero que no quieren que nadie se entere de su problemita.

Hidan comenzó a reírse, le entretenía todo eso, y después de haber apreciado aquello, seguramente vino a su memoria sus años de estudiante.

Hidan siempre se había caracterizado por ser un jovencito travieso. A muy temprana edad había descubierto el mundo de lo indebido junto al resto de sus amigos. En aquellos años, las reuniones solían hacerlas en casa de Sasori, aprovechaban la ausencia de su abuela, y hacían lo que muchos jovencitos en plena etapa de desarrollo y cosquilleo en el miembro hacían: interesarse en los temas que ellos no debían.

Sin embargo, tal cual Kisame había mencionado, Hidan tenía una terrible suerte para atraer los problemas. Siempre terminaban descubriéndolo y, por ende, a ellos.

Todo hombre que alguna vez ha visto una película porno con sus amigos sabe que existen reglas, la primera y más importante: todos deben mantenerse con la vista al frente; el resto sería permanecer en silencio y hacerse de algún cojín o prenda para taparse la entrepierna.

Pero Hidan no podía mantenerse quieto ni mucho menos callado, bastaba que los actores hicieran algo interesante para que él lo pregonara. Chiyo entonces entraba al cuarto, los descubría en plena travesura y les destruía las películas.

Aun así, pese al justo regaño, Hidan era el único que refunfuñaba. Decía, en su corrompida inocencia, que él de grande sería un actor de películas porno, después de todo, el trabajo era simple, relativamente bien pagado, y principalmente entretenido, no gastaría en vestuario ni en aprenderse algo.

A Chiyo le causaba gracia sus palabras, mientras el resto permanecía en hilera en espera de algún castigo, Hidan ya pensaba en su futuro.

Eran tan sólo unos niños.

Y fue por allá de sus épocas de adolescencia que ya comenzaron a querer entrar en acción. En su colegio, Hidan había descubierto un pequeño agujero en la pared que dividía el cuarto de servicio con el baño de mujeres. En un inicio solían escabullirse en ese pequeño cuarto para ver hacia el otro lado a algunas de sus compañeras; hasta que Hidan tuvo otra idea.

Día a día hacía de ese pequeño agujero un hoyo más grande, hasta que al menos un pene pudiera entrar ahí. La idea era asustarlas, sí, asustar a sus compañeras con una polla erecta saliendo de la pared.

Aquello había cobrado un sentido muy interesante para él, así que el siguiente paso era conseguir que alguna jovencita se atreviera a tocárselas, o, con suerte, hasta chupárselas.

Deidara, quien era de la misma edad que Hidan, en aquellos años solía ser influenciado mucho por él y arrastrado a hacer cosas que sabía que no terminarían bien. Sasori en cambio, al ser mayor que éstos por tres años, veía todo aquello como una pérdida de tiempo. Hidan gastaba sus recesos en estar pegado a la pared sin éxito alguno. Por lo que el albino tuvo que desafiarlo para que él también participara, le dijo que, de conseguir al menos que alguna chica se la jalara, él se convertiría en su mandadero por el resto del día.

Sasori tomó aquello como un reto, no tenía interés en ninguna chica de la escuela, pero sí en cerrarle la boca al escandaloso de su camarada, sin embargo, él no estaba dispuesto a meter alguna parte de su cuerpo en el hoyo que Hidan había preparado; así que, mejor le hizo ver —a través de dicho agujero—, la manera en que hacía que una compañera de Deidara —declarada enamorada y seguidora de Sasori—, conscientemente le practicaba sexo oral y, en muestra de victoria, le subió luego la falda del uniforme a la jovencita dejando que los otros dos le vieran los calzones de flores.

Hidan tuvo que ser el mandadero de Sasori por lo que restaba de la semana.

—¿Estás listo?

Le preguntó la mujer que minutos atrás le había estado tomando medidas, una vez que volvió a entrar al salón, sacándolo así de sus pensamientos.

—Yo siempre, aquí tengo todo lo que necesito —se tocó la entrepierna por encima de la bata, y después la siguió, sonriente.

En el lugar sonaba una música atrayentemente sensual, calmada, algo muy propio que acompañaba los alaridos de placer que se dejaban oír por doquier. Miraras por donde miraras, te encontrabas con sujetos recibiendo placer, manoseando a cualquier chica o bien follándose alguna.

Nada más de sentir el calor en el ambiente, de observar de cerca y escucharlos, a Hidan ya se le había puesto dura la verga. Se veía que caminaba con incomodidad, ajustándose la bata negra.

Dos chicas que cogían entre ellas le hacían señas, lo llamaban a su mesa, ahí donde un tipo gordo las observaba de cerca. A Hidan se le acumuló la saliva en la boca y tuvo que cachetearse para seguir caminando.

La chica de las medidas le señaló que subiera a la plataforma instalada en medio de todo, a unos cincuenta centímetros sobre el nivel del suelo, en donde se encontraba una cortina negra pegada a la pared, y a un lado una mesa con diversos juguetes sexuales.

La iluminación en el lugar cambió, centrándose específicamente en la plataforma, hacia donde la mayoría dirigió su atención. La música igualmente cambió, por una más sugerente, más fuerte, de ese tipo que insta a hacer cosas malas; sonaban candentes gemidos y apenas podía distinguirse entre la misma tonada a una voz diciendo: necesitas mi permiso.

Hidan tomó entonces la fusta de la mesa, y con ella comenzó a abrir lentamente la cortina negra tras él. Rió divertido al ver lo que se escondía y, cual si fuera un mago mostrando a la audiencia un truco de magia, reveló a todos los presentes lo que había detrás de aquella cortina.

La mujer que minutos atrás le había practicado sexo oral a Hidan, se encontraba encadenada de brazos y piernas a la pared, llevaba puesto un baby doll de encaje blanco, transparente, a simple vista se le miraban los pezones y las aureolas oscuras. Sobre su cabeza traía puesto un velo de novia, el cual Hidan tuvo que hacer a un lado para despejarle un poco la cara. Llevaba los ojos vendados y en su boca traía una mordaza roja.

—Así que querías verga… —le dijo, al tiempo que deslizaba lentamente la punta de la fusta por las piernas abiertas de la mujer, subiendo por su cintura, sus tetas, cuello, hasta llegar a su rostro—. ¡Contesta, perra! ¿Andas urgida de verga?

Y le golpeó la mejilla con la punta. Ella se quejó, mas no hizo movimiento alguno en respuesta.

Hidan le alzó el baby doll, dejando expuesto a la vista de todos la entrepierna de la pelinegra, la cual se encontraba completamente rasurada. Le dio un par de golpes con la punta de la fusta en los labios vaginales, dejándoselos rojos, hasta que se asomó para observárselos de cerca. Con dos dedos separó los labios, le dio un lengüetazo y después pescó entre sus dientes el clítoris.

Esta vez se quejó más duro, moviendo el cuerpo a como las cadenas le permitían.

—Cállate, zorra… —la cacheteó, y le sacó entonces las tetas con brusquedad, las cuales jaló de los pezones, retorciéndoselos, hasta soltarlos en un rebote—. ¿No eras tú la que quería esto? —le golpeó sus grandes tetas como si las cacheteara; éstas se movían cual gelatinas. Le chupó fuertemente un pezón, para luego golpeárselo con la fusta en repetidas ocasiones—. Perra, ¿piensas que se me va a olvidar lo de hace rato? ¿Eh? ¿Piensas que voy a pasar por alto que me hayas emocionado y luego dejado? Te voy a dar la cogida de tu vida, terminarás con este enorme chocho ardiendo, pegajoso, pero bien servido.

Mientras decía eso, ya le tenía tres dedos metidos en la vagina, moviéndolos sin consideración alguna, siendo brusco, y escandaloso, los jugos vaginales de la mujer ejercían un sonido hueco. Hidan se entretenía mucho con las tetas de ella, las apretaba y golpeaba por mero gusto.

Luego le cortó la ropa, dejándola completamente desnuda, expuesta al resto de los presentes, los cuales veían divertidos aquel espectáculo; jalaban sus vergas y manoseaban a la primera chica que tuvieran al alcance.

Amaban esa clase de espectáculos.

«Cógetela. Juega con ella. Trátala como una muñeca», eran algunas de las cosas que le gritaban como animándolo. Ánimo que en realidad él no necesitaba.

Hidan tomó una correa de perro y se la colocó en el cuello, dándole largas lamidas en el rostro.

—Te concederé el deseo de ser mi perra —le dijo, y la soltó de las cadenas de la pared.

La esposó rápidamente con las manos tras la espalda, y la jaló luego de la correa, haciendo que tropezara al primer paso, cayendo de lleno al suelo. Los hombres rieron e Hidan se colocó de cuclillas a su altura, le hizo hacia atrás el velo, despejándole el rostro.

Después subió a la tarima a las dos chicas que instantes atrás habían estado dándose mutuo amor, éstas se encontraban desnudas; una era rubia, la otra castaña, y a la par besaron a Hidan y lo despojaron de su bata.

La castaña continuó besándolo, mientras que la otra bajó para hacerle un rápido oral. Por indicación de éste, ella se colocó después tras la mujer casada en el suelo, le alzó la cadera y procedió a abrirle las nalgas, introduciendo así su rostro entre ellas; lamiéndole, a placer suyo y del resto, el coño a la otra. La mujer sólo se removía en el suelo sin poder hacer nada, aunque igual, parecía disfrutarlo, la rubia traía la boca y mejillas bañadas de jugos.

La jovencita castaña se recostó frente a la mujer mayor, se abrió de piernas y le quitó por breves instantes la mordaza de la boca, llevando así la cabeza de ésta hacia su vagina, haciendo que se la probara. Pese a la brusquedad y el modo de ser tratada aún sin poder ver, ésta sacó su lengua y procedió a lamerle el coño con absoluta lujuria.

Eran dos contra una, o mejor dicho, eran tres dándose placer.

Hidan no dudó ni un poco en azotarlas, dejándoles las nalgas y tetas rojas. Tomó luego una de las velas que adornaban el escenario, dirigiéndola así hasta la espalda de la mayor. La cera caliente bañó su espalda de arriba abajo. Ella gritó de dolor, teniendo su boca llena de los jugos de la castaña.

—¡Cierra la boca, perra, las putas como tú no tienen derecho a quejarse de nada! —la tomó del cabello y la alzó, haciéndola arrodillarse para luego meterle la verga en la boca, silenciándola—. Eso es… eso es… chúpame completamente la verga… ohh sí, hasta las bolas, perra, mama bien, trágatela toda, todita, eso es… así… —echaba la cabeza hacia atrás al tiempo que se masturbaba con la boca de ella, imponiéndole un ritmo rápido a su mamada. Ella se estaba ahogando, la saliva se le chorreaba por la comisura de los labios—. Ohh… sí, qué rico mamas verga. Te encanta chuparla, ¿no es así, putita? Dímelo… ¿te gusta tragártela toda hasta las bolas? Seguro también eres de las que se toman toda la leche y hasta hacen gárgaras.

Le preguntaba y la cacheteaba, jalándola con brusquedad del cabello para que tomara algo de aire, devolviéndola rápidamente a su miembro ensalivado, sin esperar siquiera que le respondiera.

Las otras dos se habían quedado sobre la tarima, mirando lo que Hidan le hacía a la pelinegra, entre ellas se masturbaban, introducían grandes vergas de plástico a sus vaginas y se besaban entre sí. Fundían sus labios en un beso ardiente, se mordían una a la otra y sus lenguas jugueteaban. Ellas también se divertían.

Hidan jaló la correa de la mujer casada, le hizo ponerse en pie y luego sentarse en una silla grande de madera, le puso una vez más la mordaza, y la abrió de piernas, alzándoselas un poco y colocándole entre ellas una vara de metal, la cual le sujetó a la altura de las rodillas, manteniéndola así con las piernas bien abiertas y sus dos agujeros expuestos a la apreciación de cualquiera.

Se arrodilló delante de ella, separó por completo sus labios vaginales, y mostró a todo el mundo el dilatado agujero de su coño.

—Eres una perra, este coño pide a gritos una verga —señaló, en lo que terminaba de colocarse un condón—. ¡Dime qué quieres, grítalo fuerte hasta que tu esposo te escuche!

Le quitó la mordaza y le metió de golpe la polla.

—¡Ahh… sí, dame verga, méteme duro la verga! —gritó al recibir la primera estocada, sus grandes tetas brincaron e Hidan rápidamente se las apretó—. ¡Párteme el coño, mierda! ¡Cógeme, cógeme como una cualquiera!

—Eres una cualquiera, a la cual le vale que la vean gritando por verga, rogando porque la usen como una puta —la cacheteó e introdujo el dedo gordo en su boca para que se lo chupara. Ella así lo hizo—. Eres mí puta, y cuando a mí se me antoje te voy a culear, te voy a meter la verga donde se me plazca, no me va a importar si estás con tu esposo o si estás fuera, este coño es mío.

La mujer parecía fuera de sí, meneaba de un lado a otro la cabeza sin poder hacer nada, sólo dejándose penetrar por el salvaje de Hidan. Las otras dos chicas se encontraban restregando sus vaginas, una frente a la otra hacían unas lindas tijeras, sus babosos labios vaginales se juntaban y besaban, compartiendo fluidos.

El resto de la audiencia estaba en las mismas, los más tranquilos sólo se masturbaban, siendo espectadores de aquello; otros más, se cogían a alguna chica o las hacían cogerse entre ellas mismas. Unos cuantos, aquellos que permanecían más lejanos, se daban placer los unos a los otros.

Era todo un espectáculo digno de una película porno.

Hidan debió haber sentido que su sueño se estaba cumpliendo.

Cuando hubo alcanzado su primer orgasmo, Hidan se retiró antes de tiempo el condón, masturbó su verga encima de la mujer, y dirigió la puntita hacia el agujero de su coño, descargándose ahí, llenándole desde afuera de semen cual si fuera únicamente un recipiente.

Ella alcanzó su orgasmo cuando el albino se le acercó al oído y le dijo:

—¿Quieres que todos descarguen su leche en tu coño?

Y, al instante, le quitó la venda de los ojos y le hizo ver por primera vez todo a su alrededor.

Cada verga parecía esperar ansiosa por poseerla.

Ella asintió.

Desde su oficina, Madara Uchiha veía todo lo que pasaba allá abajo, había sido espectador desde un inicio. Sentado en su cómoda silla, bebía del vino más caro sin inmutarse siquiera por lo que pasaba. Su rostro no demostraba ni emoción ni asombro.

Traía una bata puesta, y en medio de sus piernas, arrodillada, se encontraba una chica dándole sexo oral, la cual le sonreía de vez en cuando, mientras éste soltaba el humo de su cigarrillo.

Para él aquello era mero negocio, una manera en que demostraba que podía tener el control de cualquiera, aún por encima de aquellos adinerados sujetos. Para todos, ésa era la casa de muñecas, donde cada quien podía hacer lo que se le viniera en gana, tirarse a la mujer de otro o cumplir alguna fantasía; pero para él, para Madara Uchiha, aquello era como una granja, un lugar donde rondaban los animales, y él era el que se encargaba de alimentarles.

Una de las reglas en la casa de muñecas, era que nadie hablaba de ella, era un lugar exclusivo, que se reservaba el derecho de admisión sólo a personas que pudieran pagarlo.

Nadie en la familia Uchiha conocía qué había debajo de esa bonita residencia, mucho menos lo que ahí se hacía.

Nadie, con excepción de uno.

—¿Para esto me pediste que viniera? —arrastró las palabras con coraje Sasuke Uchiha, viendo desde la ventana la manera en que dos sujetos se cogían a la mujer casada—. Te he dicho que no me hables para estas tonterías.

Madara le dio una calada a su cigarro.

—Como mi sobrino consentido, algún día heredarás todo esto. Tendrás el poder absoluto —expuso, y soltó el humo. Sasuke arrugó el ceño, viendo todo con repulsión—. Es mejor que lo vayas considerando.

—Consíguete a otro —se dio media vuelta, ignorándolo—. No me interesa en lo absoluto.

Concluyó, y salió de la oficina molesto, cerrando con fuerza la puerta.

Madara permaneció en silencio, tomó la copa de vino a punto de acabar, y la meneó elegantemente en su mano izquierda. La chica que se encontraba aún arrodillada frente a él, le miró con dulzura. Él le acomodó un mechón de su rubio cabello tras la oreja y le acarició la mejilla con el dorso de la mano, extendió sus labios como si le estuviera sonriendo, y la cacheteó de pronto, haciendo que cayera desnuda sobre el alfombrado suelo.

El Uchiha se puso en pie, y con coraje salió igualmente de la oficina. El espectáculo para él ya había acabado.

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¹ Master Black Belt: es el máximo título obtenido al cursar una certificación de Lean Six Sigma. Lo cual se refiere a un curso de un par de meses, no es una Maestría como tal. Esto es sólo un plus más que cada quien puede agregarle a sus estudios. Sasuke es un egresado de Ingeniería Industrial, certificado en Six Sigma como Black Belt.


Continuará...


Notas de la Autora: Ah, cómo me divertí escribiendo este capítulo, imaginándome todas las aventuritas de estos chicos, especialmente de Hidan, ¡ese Hidan es un loquillo! Tengo que confesar que parte de este capítulo está inspirado en la primer película porno que vi por allá del 98. Aww, qué recuerdos *corazones* Y sí, mi abuela me pescó viendo esa porno :v En fin, de alguna manera quería "celebrar" el capítulo 25 de sexperiencias contando alguna anécdota mía.

Y ahora bien... Sasuke... uff, apenas comenzamos a ver qué hay detrás de él, comenzaremos a entender muchos porqués, ¿me acompañan?

Y bueno, en la historia se supone que nos estamos acercando a la navidad, así que alguien recibirá muy pronto su Noche Buena, le darán su Merry Christmas ;)

Déjenme saber sus opiniones, teorías, anécdotas, ¿alguien quiere la dirección de la casita? ¿alguna vez los pescaron en plena travesura pillina?

¡Gracias por su permanencia! ¡Nos leemos en la próxima!