~,.-~*'¨¯*¨'*·~-.¸-(** Capitulo 25 **)-,.-~*'¨¯*¨'*·~-.¸~

EN silencio, Candy fue detrás de Albert mientras él la guiaba cuando tenían que rodear grandes rocas redondeadas o pasar sobre árboles caídos, intentando con todas sus fuerzas no retrasar la marcha que él había impuesto. Le parecía estar en una de esas desesperantes pesadillas en que uno corre todo lo rápido que puede y, sin embargo, no consigue moverse.

Llevaban caminando lo que le parecía una eternidad; estaba empapada de sudor y empezaba a tiritar. Respiraba con fatiga y le dolían los músculos. Sólo la urgencia de las lejanas llamadas de Mary le daba fuerzas para seguir poniendo un pie delante del otro.

De repente Albert se detuvo y señaló la cima de la loma.

—Allí, ¿lo ves? —Preguntó en un susurro sin aliento—. ¿Ves ese resplandor azul?

—¿Son las luces de la pista de esquí? —preguntó Candy, intentando verlo mejor.

—No —él señaló a la izquierda—. El TarStone está al norte. El reflejo de las luces de la torre se distingue apenas en las nubes. Este resplandor es azul.

Volvió a señalar la ladera sur de la loma.

—¿Lo ves?

Pero no esperó su respuesta, sino que empezó a llevarla en la dirección que había señalado. Y, mientras la levantaba por encima de un árbol caído, dijo:

—Es Mary. Es su luz.

En ese momento el cansancio de Candy desapareció. Empezó a correr para seguir el ritmo de Albert, cuyas largas piernas devoraban la distancia con tremenda velocidad. A medida que se acercaban, el resplandor azul fue haciéndose más intenso; se reflejaba en la nieve en oleadas tan relucientes que convertían la noche en día.

Albert se detuvo, y Candy se detuvo detrás. Mary estaba posada en un pequeño montículo de nieve por el que asomaba un gorro de punto rojo, justo donde el búho había arañado.

Candy corrió a arrodillarse y se puso a quitar la nieve con las manos.

—¡Tony! —gritó.

Albert se arrodilló frente a ella; con cuidado dio la vuelta a Anthony, que estaba inconsciente y lo cogió en su regazo. Candy se arrancó los guantes y, con suavidad, quitó los cristales de hielo que había en la cara del niño. Luego tocó la sangre seca que tenía en la sien derecha, cerca del nacimiento del pelo y, tras examinar el pequeño corte que ya no sangraba, rápidamente decidió que sólo era un rasguño de poca importancia y que no era la causa del estado en que se encontraba. Entonces deslizó los dedos despacio por su cuello para buscar el pulso.

Pero no tenía pulso.

A la fuerza, Candy descruzó los brazos de Anthony y le desabrochó el chaquetón. Rose Dolan cayó en sus manos. La pequeña estaba exánime, con las diminutas facciones tensas y pálidas. Candy se inclinó, posó la boca en su mejilla y sintió un levísimo asomo de respiración.

—¡Está viva! —dijo—. Aunque muy débil.

Albert puso la boca sobre la de su hijo y gruñó su nombre.

—¡Tony!

Con suavidad, le insufló varias respiraciones y luego miró a Candy con desesperación.

—¡Haz algo! —exigió—. ¡Despiértalo!

Ella se quitó la cazadora y la puso en el suelo, junto al silencioso búho. Metió a Rose dentro, la arropó bien y luego alargó las manos para coger a Anthony. Albert le colocó a su hijo en brazos y se los puso en el regazo de forma que Candy quedó sentada a horcajadas sobre sus caderas con Anthony metido entre los dos.

—¡Usa tu magia! —Suplicó Albert—. ¡Salva a mi hijo, Candy!

Ella ya estaba intentándolo. Pero en lugar de encontrar los ya conocidos colores que deberían arremolinarse por el cuerpo de Anthony, sólo veía oscuridad. No sentía ninguna luz, ni colores, ni una sola emoción.

—El... él no está aquí, Albert —susurró alzando la mirada—.El... él se ha ido.

Se atragantó con un sollozo y cerró los ojos al tiempo que apoyaba la boca en el pelo de Anthony.

Los brazos de Albert se tensaron.

—¡No está muerto! —Le llevó la mano a la cara de Anthony—. ¡Inténtalo de nuevo!

Candy reanudó la búsqueda de la energía vital del niño, pero no encontró más que oscuridad. Con su mente vagó por el cuerpo vacío de Anthony buscando cualquier cosa que le diera un motivo para seguir. Hizo caso omiso del frío de aquel vacío y en su lugar se concentró en cada órgano vital para buscar la mínima chispa de vida.

Y en lo más hondo del corazón de Anthony, Candy encontró una esperanza. Entonces notó que los brazos de Albert se apretaban en torno a ella, y supo que él estaba allí, a su lado, sintiendo y viendo lo que ella sentía y veía: el eco remoto de una joven y resuelta desesperación.

Y se dio cuenta de que aquel pulso no era más que una conexión con Anthony, una cuerda de salvamento que emplear para regresar a él. Entonces se apartó del niño, abrió los ojos y alzó la vista hacia Albert.

—¡Vuelve a entrar! —le exigió él abrazándola muy fúerte—¡Está vivo!

—No está ahí, Albert —le dijo ella—. Está en Rose.

Los dos miraron al mismo lugar; con el pico, Mary apartaba suavemente los pliegues de la cazadora que estaba sobre la nieve.

Candy se soltó del abrazo de Albert y le dijo:

—El está protegiéndola; está usando sus últimas fuerzas para mantenerla viva. —Cogió a la pequeña y la acomodó entre su cuerpo y el de Anthony—. Si queremos salvarlo tenemos que salvar a Rose. No la dejará hasta estar seguro de que está a salvo.

Albert alargó la mano detrás de él y se sacó del cinturón el báculo del anciano sacerdote. Con manos asombrosamente firmes y gesto suave, metió la gruesa vara de cerezo entre Rose y Anthony; luego rodeó los hombros de Candy en un fuerte abrazo que la abarcaba a ella y a los niños, la miró, inspiró hondo y asintió con la cabeza.

Y en ese momento Candy abrazó fuerte los dos jóvenes cuerpos, cerró los ojos y de nuevo partió en busca de los colores.

Al instante un resplandeciente latido de luz blanca cruzó su mente e hizo que lanzara un grito de sorpresa. Los brazos de Albert se tensaron para soportar la embestida, y poco a poco Candy sintió dos corazones que latían débilmente.

Buscó el pulso más flojo y orientó la luz blanca hacia Rose; con dulzura empezó a infundir calor en su diminuto cuerpo. La pequeña no tardó en dar una boqueada y soltar un grito, y enseguida su diminuto corazón empezó a acelerarse con el rápido latido de un cachorro de tigre.

Candy lloró de alivio mientras posaba los labios en la mejilla del niño.

—¡Vuelve! —susurró—. Rose ya está a salvo, Tony. Va a vivir.

Un turbulento y palpitante arco iris atravesó de pronto la luz blanca y tiró de Candy al pasar a toda velocidad. Una miríada de juguetones colores bailoteó en frenéticos círculos y le tocó la fibra sensible antes de salir a toda prisa hacia Albert.

—¡Regresa a casa! —exigió éste con voz emocionada—¡Vamos, hijo!

Los colores se detuvieron, se quedaron flotando y de repente los envolvieron a todos en un apretado abrazo de júbilo.

—¡Por los clavos de Cristo! —Gritó Albert; sus palabras resonaron a través del resplandor—. ¡Regresa a casa!

Poco a poco, Candy fue acercándose al débil pulso de Anthony y, con suavidad, le acarició el corazón. El órgano se estremeció, dio dos enérgicos latidos y luego empezó a latir con la fuerza de un león.

La luz cegadora fue oscureciéndose despacio hasta convertirse en un suave resplandor azul, y cuando Candy abrió los ojos vio un borrón de plumas blancas que se perdía flotando en la noche. Miró su cazadora en el suelo, pero Mary no estaba allí.

—Tengo muchísima hambre, papi.

Candy volvió la vista hacia Anthony, que estaba mirando a Albert.

—Y Rose también —añadió el niño.

De pronto le dedicó una amplia sonrisa a Candy.

—Es más de medianoche —le dijo—. ¡Feliz Navidad!

Ella lo estrechó contra su pecho mientras sollozaba de alivio.

—¡Feliz Navidad! —exclamó.

Albert los rodeó con manos temblorosas al tiempo que susurraba su felicitación de Navidad. En ese instante Rose soltó un chillido de protesta y se meneó para soltarse. Candy se echó hacia atrás, se limpió las lágrimas de la cara y se levantó con la niña en brazos.

La pequeña le lanzó una media sonrisa y luego alargó sus cortos bracitos hacia Anthony. Este fue a cogerla, pero por lo visto Albert todavía no había acabado de abrazarlo. Así que el niño centró su atención en su padre y le devolvió el abrazo.

Candy lo oyó decir:

—Sabía que vendrías a buscarme, papi. Y aguanté hasta que llegaste.

Con los ojos cerrados para contener la tormenta emocional que sentía en su interior, Albert lo abrazó fuerte.

—Sí —dijo en voz baja—. Lo has hecho bien, hijo.

Candy recogió su cazadora y cuando estaba cubriendo con ella a Rose, que ahora se chupaba el pulgar, se volvió al oír un motor que se acercaba. Unos faros aparecieron sobre la cima de la loma, y un vehículo de doble oruga se abrió paso por el bosque y se detuvo junto a ellos.

Las portezuelas se abrieron, y salieron Archie e Ian. Este ayudó a bajar a Martin por encima de la ancha oruga y le dio el brazo mientras se acercaban a Candy y a Albert.

Archie tocó a Anthony para asegurarse por sí mismo de que el niño estaba bien. Entonces le dio una palmada en la espalda a Albert.

—Lo habéis encontrado —dijo—. Parece estar fuerte como un roble.

Albert asintió, aunque sin dejar a su hijo en el suelo todavía.

—Sí.

—¿Y Rose? —preguntó Archie, volviéndose hacia Candy.

Esta abrió la cazadora para enseñarle a la pequeña.

—Ella también está fuerte como un roble... —le dijo—. Y hambrienta.

En ese momento Anthony intentó asomarse por encima del fuerte abrazo de su padre.

—¿Me habéis guardado tarta de queso? —preguntó—. Me... me parece que nos hemos perdido la fiesta.

—No —le dijo Candy—. La hemos retrasado hasta mañana... Es decir, hasta hoy... a mediodía.

El niño abrió mucho los ojos y se volvió para mirar a su padre.

—¿A mediodía? —repitió.

Se inclinó hacia delante y le susurró algo a Albert, que asintió con la cabeza; entonces Anthony volvió a mirar a Candy, con una engreída sonrisa que le iluminaba la cara.

—Ya te dije que la Navidad está llena de sorpresas...

Ella no le habría contestado nada aunque hubiera podido. En ese momento intervino Ian. Mientras se subía el cuello del chaquetón y se metía las manos en los bolsillos, dijo:

—¡Eh, vosotros, que vamos a perdernos a Santa Claus si no emprendemos el camino de vuelta! Y todavía tenemos que buscar a Dwayne para decirle que su hija está bien.

Albert echó a andar hacia la máquina pisanieves y puso a Anthony en el asiento trasero. Luego se volvió hacia Candy, que estaba detrás, le cogió a Rose de los brazos y le pasó la niña a su hijo. Pero antes de mirar de nuevo a Candy, se detuvo lo suficiente para pasar una mano por la cabeza de su hijo, tomarlo por la barbilla y levantarle la cara para que lo mirase.

—Ian te llevará a casa —le dijo—. Y Candy se quedará contigo hasta que yo llegue. Dale a John un gran abrazo cuando lo veas; ha estado preocupadísimo por ti.

Después se inclinó más, y Candy se adelantó un poco para oír lo que decía.

—Lo has hecho bien, hijo —le dijo en tono brusco, mientras acariciaba con un dedo la redonda mejilla de la pequeña—Esta noche has sido el ángel de la guarda de Rose.

Anthony lo miró parpadeando.

—Era mi deber, papi.

Albert le dio una palmadita en el hombro.

—Sí—convino.

Cuando se volvió hacia Candy, ella se lanzó a sus brazos.

—Vuelve con nosotros —suplicó mientras lo abrazaba fuerte—. No quiero que nos separemos ahora mismo.

—No hay sitio, lass —susurró él con la boca pegada a su pelo—. Ian os llevará a casa, y Archie y yo iremos en mi camioneta a buscar a Dwayne. Estaremos en casa enseguida.

Ella alzó la cara para mirarlo, y él la besó y le dedicó una tranquilizadora sonrisa.

—Dales de comer a mi hijo y a Rose; luego dales un baño caliente.y a ver si convences a Tony para que duerma un poco.

Dicho esto, la levantó y la puso en el asiento trasero junto a Anthony. Se inclinó, le dio un rápido beso y luego se volvió hacia los hombres.

—¿Dónde está Martin? —preguntó.

Ian y Archie se volvieron a mirar la luz de los faros, y Candy también estiró el cuello para buscarlo.

Pero al padre Martin no se lo veía por ninguna parte.

Entonces Candy dio un grito ahogado y tocó a Albert en el brazo.

—¡El báculo! —Exclamó en voz baja—. ¿Dónde está?

Como una bala, Albert volvió la cabeza y clavó la vista en el sitio donde habían estado los niños. Tras lanzar una rápida ojeada a Candy, se acercó y empezó a rascar el suelo cubierto de nieve con el pie, buscando el báculo.

Por su parte, Ian fue a mirar al otro lado de la pisanieves.

—Vaya, ¿adonde diablos habrá ido? —dijo Ian entre dientes.

Candy se bajó y empezó a ayudar a Albert. Entonces Archie se acercó y los miró con aire de curiosidad burlona.

—¿Qué habéis perdido? —preguntó.

Albert se detuvo y lo miró de frente.

—El báculo de Martin.

Archie alzó una ceja

—¿Su bastón?

—No. Su viejo báculo. El que tú tiraste a la laguna hace nueve años.

Candy dio un paso atrás al ver que el aire interrogante de la cara de Archie de pronto se transformaba en un gesto de peligroso enfado. Luego, tras enderezarse en toda su estatura, Archie dio un paso hacia Albert.

—¿Insinúas que el báculo de ese chiádh todavía existe?

—Sí —afirmó Albertl—. Por lo visto se liberó saltando por la catarata justo antes de que Stear volase la montaña Fraser.

Archie señaló el suelo donde Albert y Candy habían buscado.

—¿Y cómo ha terminado aquí? —preguntó.

—El búho mascota de Tony se lo llevó a Candy. Pero yo lo cogí y lo escondí.

—¿Y...? —insistió Archie en voz gutural.

—Y esta noche lo hemos necesitado para salvar la vida de mi hijo.

Archie miró a Albert y luego a Candy..., y luego volvió a mirar a Albert.

—Y ahora Martin y el báculo han desaparecido —dijo.

Sus palabras no eran una pregunta, sino una afirmación.

Albert asintió, y con las caras pálidas y los puños apretados a los costados, los dos se volvieron a mirar hacia el TarStone, en dirección a la cabaña de Martin. Candy miró también, así como Ian, que se había reunido con ella para escuchar la conversación.

De pronto sonó una detonación a mitad de la montaña, y por encima del TarStone el cielo se encendió como cuando se quemaban los fuegos artificiales en la fiesta del 4 de julio.

Albert alargó la mano y estrechó a Candy en un abrazo protector mientras todos contemplaban los relámpagos de vivos colores que chisporroteaban sobre la cumbre. Y en ese momento se produjo otra potente explosión que hizo vibrar el suelo bajo sus pies, al tiempo que hacía temblar los árboles con fuerza suficiente para sacudirles la nieve de las ramas.

Ian empezó a soltar palabrotas por lo bajo. Albert abrazó más fuerte a Candy.

Y Archie Cornwell se echó a reír.

—Allí —dijo cuando todos lo miraron, sorprendidos.

Señaló a mitad de la ladera; una columna de humo subía hacia el cielo, que aún chisporroteaba.

—Apuesto a que es la cabaña de Martin que acaba de salir volando. Ese chiflado y viejo idiota llevaba tanto tiempo sin disponer de su magia que ha mandado al infierno la cabaña de un reventón.

—Y a sí mismo, espero —intervino Ian.

Candy dio un grito ahogado. Pero antes de que pudiera expresar su inquietud con palabras, Albert la acalló con un nuevo achuchón. Después le dio la vuelta y la condujo otra vez a la pisanieves. Anthony estaba de pie en la oruga, con Rose aferrada a su pecho, mirando boquiabierto el TarStone.

Albert le dijo que volviera a meterse en el vehículo, ayudó a Candy a subir al asiento del copiloto y le dio un beso en la boca.

—Hasta dentro de un ratito —dijo mientras cerraba con suavidad la portezuela.

En silencio, Ian subió a la pisanieves, puso en marcha el motor, dio la vuelta en redondo y emprendió con ellos el camino de regreso.

Sentado sobre un tocón medio podrido, Martin acarició lo que quedaba de su antiguo báculo y miró fijamente los restos de su cabaña en llamas. ¡Por los clavos de Cristo, la había hecho buena esta vez! No sólo había destruido su casa, sino también su viejo libro de hechizos.

Tardaría casi un siglo en conseguir otro. Tendría que elevar una petición a los que mandan, acudir a su presencia para explicarles lo ocurrido y luego suplicar su perdón. Y después tendría que sobornar, negociar y volver a suplicar a los otros magos para que lo dejasen sacar copias de sus libros.

Bajó la mirada hacia el ahora encogido báculo que tenía en la mano. Sin su libro de hechizos no servía para nada.

Martin alzó la cabeza cuando le llegó un débil sonido que subía desde la loma de abajo. Y al instante soltó una palabrota al darse cuenta de lo que oía: era Archie Cornwell, desternillándose de risa.

¡Bueno, maldita sea...! A ver quién reía el último... Porque iba a encargarse de que la joven Winter Cornwell mantuviera a sus padres bien desesperados durante toda su infancia.

▪~•°•~,-*'^'~*-.,_,.-*~ Continuara ~*-.,_,.-*~'^'*-,~•°•~▪