Bueno este es otro capitulo de esta nueva adaptación, espero que les guste.
Los personajes ni la historia me pertenecen, todos los derechos a sus respectivos creadores
Capítulo 24
Lucy se secó las lágrimas bruscamente, acurrucada en el asiento de la ventana de su dormitorio, mientras rememoraba los acontecimientos de la noche.
¿Cómo saldría adelante sin él? Y, al mismo tiempo, ¿cómo podría soportar la certeza de que cada minuto de su tiempo juntos había significado tan poco para él? ¿Que solo había estado con ella para ganar una apuesta y presentar a su hermana en sociedad?
No era posible. Cada parte de su ser rechazaba la idea de que él la hubiera utilizado tan insensiblemente.
Pero él no lo había negado.
¿Y por qué, a pesar de todo, ella no lo creía? El marqués de Dragneel —aquel granuja empedernido— no se pensaría dos veces utilizarla para su provecho personal. ¿No era eso lo que había hecho al principio? Había comprado con besos su ayuda con Meredy. ¿Por qué debería haber cambiado?
Pero Lucy lo había creído a pies juntillas, se convenció de que décadas de desdén como única emoción se habían convertido en un recuerdo de su pasado. De que ella podría amarlo lo suficiente como para demostrarle que el mundo no era como él pensaba. De que lo convertiría en el hombre con el que llevaba tanto tiempo soñando.
Eso era, quizá, lo más duro de todo. Aquel Dragneel, el hombre que había llenado sus sueños durante diez años, no era real. Nunca había sido el fuerte y silencioso Luises ni el distante Darcy; nunca el poderoso y apasionado Anthony. Solo se trataba del arrogante, real e imperfecto Dragneel.
Y además, jamás había fingido ser diferente. Nunca la había agasajado con falsas declaraciones de amor ni le había hecho creer que era distinto a como era. E incluso lo había confesado; la necesitaba por el bien de Meredy.
El bien de Meredy y, al parecer, dos mil libras. ¡Y eso que no necesitaba el dinero!
Aquello empeoraba todavía más las cosas.
Inclinó la cabeza cuando otra oleada de lágrimas la cubrió como un sudario de tristeza.
«Oh, Lucy, ¿cómo has sido tan idiota?»
Incluso aunque había llegado a conocer al Dragneel real —que no era precisamente un príncipe azul— Lucy no se había dado cuenta de la verdad. Y, en lugar de proteger su propio corazón, se había enamorado de él. Pero no del Dragneel imaginario, sino de ése nuevo y lleno de defectos.
Sin embargo, mientras se empeñaba en cambiarlo, aquella noche había quedado
claro que la más poderosa metamorfosis no se había producido en él.
Si no en ella.
A causa de él.
Clavó los ojos en la arrugada y manchada lista que llevaba en la mano; la lista que ella había escrito y que, de alguna manera, se había convertido en la lista de los dos. Sintió una fuerte opresión en el corazón al darse cuenta de que Dragneel era una parte integral de esa Lucy nueva: atrevida y aventurera; de que era él quien la había guiado en cada uno de los puntos allí detallados. Había cambiado para siempre gracias a él.
¿Cómo sobreviviría a ese pesar? ¿Cómo se olvidaría de que estaba tan enamorada de él?
No lo sabía.
Sabía, sin embargo, que no podría continuar ni un minuto más en aquel dormitorio. Saltó del asiento y cruzó la habitación llena de determinación. Abrió la puerta y atravesó la casa, en silencio, hasta llegar al estudio de Laxus. Iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para emborracharse. Los hombres parecían echar mano a ese recurso cuando atravesaban un mal momento, ¿qué impedía que ella hiciera lo mismo?
Entró en la estancia y se detuvo, sorprendida, al encontrar a su hermano sentado detrás del enorme escritorio, con la mirada perdida en la distancia. Él se giró hacia ella al oírla y Lucy vio la sombra que cubrió sus rasgos.
—Lucy. Son las cuatro de la madrugada. —Hubo algo en la manera en que dijo su nombre que provocó que se le volvieran a llenar los ojos de lágrimas.
—Siento la interrupción —se excusó la joven antes de darse la vuelta para marcharse.
—No. —Él agitó la mano en su dirección, haciéndole señas para que entrara—. Quédate.
Lucy lo hizo. Cerró la puerta suavemente y se acercó al escritorio para sentarse en un confortable sillón frente a él. Subió los pies desnudos al asiento y los acomodó bajo las piernas.
—¿Sabes? —Lucy tenía la voz temblorosa por las lágrimas no vertidas—. Cuando era niña solía sentarme en este mismo sillón, en camisón, mientras papá se dedicaba a estudiar miles de documentos sobre ese escritorio. Durante mucho tiempo me pregunté por qué tenía que trabajar tanto. A fin de cuentas, todo, la casa, las tierras y el título, eran ya suyos.
Laxus asintió con la cabeza.
—A mí me pasaba lo mismo. Imagina mi sorpresa cuando descubrí que realmente había mucho trabajo que hacer y que papá no disimulaba.
Ella le brindó una acuosa sonrisa.
—Es asombroso. Aquí estoy, en camisón, en el mismo sillón, mirándote. Las cosas han cambiado muy poco.
Laxus la miró a los ojos.
—¿Lucy?
Las lágrimas comenzaron a rodar entonces, veloces y silenciosas, por sus mejillas. Lucy negó con la cabeza y bajó la mirada a su regazo, preocupada por la tela del camisón.
—Pensaba que podría hacerle cambiar.
Laxus suspiró.
—Me he dado cuenta de que no puedo. Solo pensaba… que podría conseguir que me amara.
Él permaneció en silencio mucho tiempo, analizando aquellas palabras.
—Lucy… el amor crece. No todo el mundo tiene un flechazo, como nuestros padres. Ni como Michel y Rivington. Dragneel lleva solo mucho tiempo.
Las lágrimas continuaron fluyendo.
—Lo amo —susurró.
—¿Y no es posible que él también te ame?
—Apostó dos mil libras sobre mi futuro, Laxus.
Laxus contuvo una sonrisa.
—No voy a negar que ha sido un poco imbécil por hacer tal cosa, pero… ¿no se te ha ocurrido que esa apuesta es solo una cuestión de orgullo?
—¿Orgullo?
Él asintió.
—Orgullo masculino.
Lucy meneó la cabeza.
—Tu sexo es incomprensible para mí. —Encogió los hombros—. De todas maneras eso no quiere decir que me ame. Ni siquiera estoy segura de importarle algo.
—Eso es ridículo. —Laxus esperó a que ella lo mirara—. Nada me gustaría más que Dragneel y tú no os volvierais a ver nunca, Lucy, sobre todo después del escándalo que habéis originado esta noche. Y eso por no hablar de los incontables escándalos que habéis protagonizado a mi alrededor sin que yo me enterara, y de los que no quiero enterarme nunca. —Hizo una pausa—. Sin embargo, pareces olvidar que anoche estuve con él. Habló conmigo antes de acudir a la biblioteca. Le importas y mucho. Estoy seguro de ello, si no jamás le habría dado mi bendición.
—Estás equivocado —susurró Lucy—. Estaba convencida de que mi amor sería suficiente para los dos. Pero no lo es.
El silencio cayó de nuevo entre ellos y Laxus observó las lágrimas que manchaban las mejillas de su hermana.
—Lucy —dijo finalmente—, Dragneel ha retado a Oxford esta noche.
Lucy levantó la cabeza de golpe. Tuvo la certeza de que no había oído bien.
—¿Perdón?
—Que ha desafiado a Oxford a un duelo.
Lucy meneó la cabeza como si estuviera tratando de deshacerse de una neblina.
—No. No puede ser cierto. ¿Estás seguro de que ha sido él y no St. John? Ya sabes que son gemelos. Podrías haberte confundido.
—Sí, Lucy. Soy consciente de que son gemelos. Y también tengo la certeza de que los que se batirán en duelo son Dragneel y Oxford, más que nada porque lo presencié todo. Y sé que el duelo es por ti…
—¿Por mí? —chilló Lucy—. Dragneel jamás se batiría en duelo por mí. No soy tan importante como para que arriesgue la vida por mí. Quiero decir, Laxus, que no es como si me amara —se burló ella, sosteniéndole la mirada. Laxus guardó silencio mientras ella consideraba las palabras—. Oh, Dios mío…
—Puede que no te ame, Lucy, pero apostaría cualquier cosa a que siente algo muy profundo por ti o no le habría dicho a Oxford que eligiera a sus padrinos.
«Dragneel se lo iba a jugar todo por ella.» Si eso no era cambiar, ¿Qué lo era?
Lucy agrandó los ojos.
—Oh, Dios mío. —Se inclinó hacia su hermano, estirando el brazo por encima del escritorio para agarrarlo—. Laxus, tienes que llevarme allí.
—Lucy… —Laxus negó con firmeza—. No puedo llevarte allí; lo sabes.
Se levantó con rapidez del sillón.
—¡Laxus! —gritó—. ¡Podría morir! —Y salió del estudio llorando. Subió la ancha escalinata principal, de regreso a su dormitorio, con Laxus pisándole los talones. Al llegar ante la puerta, la abrió de golpe y corrió al armario para coger un vestido—. ¡Podría morirse! —gimió.
Laxus cerró la puerta a su espalda y trató de tranquilizar a su hermana utilizando un tono suave y persuasivo.
—No se morirá, Lucy. Ahora en los duelos rara vez muere alguien.
Se giró hacia él con los brazos en jarras.
—¿Acaso estoy mal informada, Laxus? Veinte pasos, media vuelta y fuego… Con una pistola… Una pistola cargada.
—Bueno, sí —concedió Laxus, apresurándose a añadir—: Pero no suele morir nadie. Me refiero a que se puede ir a prisión si se mata a alguien en un duelo, por amor de Dios.
—Ah, ¿se trata de una especie de acuerdo entre caballeros?
—Exactamente.
—En realidad, ¿se trata más que nada de una exhibición de honor?
—Exacto —confirmó, quería que ella lo entendiera.
Lucy entrecerró los ojos.
—Y ¿qué ocurre si uno de los caballeros en cuestión es un mal tirador?
Laxus abrió y cerró la boca.
Lucy negó con la cabeza y se desplazó detrás del biombo.
—Me vas a llevar allí.
El camisón apareció casi al momento por la parte superior de la pantalla, haciendo que Laxus alzara las manos ante la indignidad del momento, luego le dio la espalda.
—No pienso llevarte, Lucy. Esperarás aquí como cualquier otra mujer.
—¡Te aseguro que no lo haré! ¡Ya no soy dócil ni sumisa!
—Te aseguro que estás muy equivocada si realmente piensas que alguna vez has sido dócil y sumisa.
Cuando Laxus se giró hacia Lucy, se la encontró ya vestida y poniéndose unas botas de montar. Ella lo miró con los ojos brillantes.
—Bueno, tienes dos opciones, Laxus: puedes escoltarme como un buen hermano, o echarte a un lado y permitir que abandone la casa y recorra Londres yo sola a altas horas de la noche.
—Jamás lo encontrarás.
—Tonterías. Se te olvida que ya conozco un par de tabernas en la ciudad. Te aseguro que la noticia de un duelo en el que están implicados dos de los aristócratas más conocidos de Londres será la comidilla en todos los círculos.
Él agrandó los ojos.
—¡Te encerraré!
—¡Entonces me escaparé por la ventana! —le aseguró ella.
—¡Maldita sea, Lucy!
—¡Laxus! ¡Lo amo! Lo amo desde hace diez años. Y lo conseguí veinticuatro horas antes de que todo se complicara de una manera completa y absoluta. O de que él lo complicara, todavía no lo tengo claro. Pero ¿de verdad crees que no lucharé por salvarlo?
Las palabras flotaron entre ellos mientras ambos hermanos se miraban.
—Por favor, Laxus —dijo ella con suavidad de una manera lastimera—. Lo amo.
El conde de Allendale emitió un largo suspiro.
—Dios, guárdame de las hermanas. Diré que preparen el carruaje.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo? —Zeref se apoyó contra un árbol solitario y se encogió para protegerse de la fría niebla matutina mientras observaba cómo Dragneel revisaba la pistola—. Podrías acabar muerto.
—No moriré —aseguró Dragneel distraídamente, contemplado el ancho prado que Oxford había elegido como campo de duelo.
—Eso mismo han dicho hombres mucho mejores que tú, Natsu. No quiero tener que enterrarte.
—Bueno, saldrías ganando —ironizó Dragneel morbosamente mientras cargaba la pistola—. Serías marqués.
—Llevo a tu alrededor el tiempo suficiente como para saber que no quiero ser marqués, gracias.
—No te preocupes, me esforzaré por conservar el título.
—Excelente.
El silencio cayó sobre los gemelos mientras esperaban la llegada de Oxford y su padrino. El duelo estaba programado al amanecer, y el prado estaba bañado por una pálida luz grisácea que robaba el color al exuberante paisaje primaveral y lo volvía inhóspito.
—No puedo dejar que diga eso de ella y se vaya de rositas, Zeref —aseguró Dragneel al cabo de unos minutos.
—Entiendo.
—Ella no se lo merece.
—Ella te merece a ti. Vivo.
Dragneel miró a su hermano y le sostuvo la mirada con firmeza.
—Tienes que prometerme algo.
Zeref supo al instante lo que Natsu iba a decir.
—No.
—Sí. Tienes que hacerlo. Eres mi hermano y mi padrino. No te queda más remedio que escucharme y acatar mi última voluntad.
—Si esa es tu última voluntad, te seguiré al infierno para asegurarme de que pagas por ello.
—No obstante —Dragneel miró al cielo, cerrándose el abrigo para protegerse del frío—, prométeme que te encargarás de ella.
—Te encargarás de ella tú mismo, hermano.
Se enfrentaron dos pares de brillantes ojos verdes.
—Juro ante ti y ante Dios que lo haré. Pero quiero que me prometas que si algo me ocurriera, y esta mañana puede ocurrir cualquier cosa, te encargarás de ella. Quiero que me prometas que le dirás… —Dragneel hizo una pausa.
—¿Que le diré qué?
Dragneel respiró hondo, lo que tenía que decir le provocaba una opresión en el pecho.
—Prométeme que le dirás que fui un idiota. Que el dinero no me importaba. Que anoche, al enfrentarme a la aterradora posibilidad de perderla de verdad…, me di cuenta de que ella es lo más importante que me ha ocurrido nunca y que… mi arrogancia y mi renuencia a aceptar durante tanto tiempo lo que me dictaba mi corazón… —Su voz se desvaneció—. ¿Qué demonios me pasa?
—Pues parece que te has enamorado.
Dragneel consideró aquella declaración. El viejo Dragneel se habría mofado de esas palabras —prosaicas, extrañas y aterradoras—, pero, sin embargo, ahora notó que una cálida oleada se extendía por su cuerpo al considerar la idea de que podía amar a Lucy. Y de que ella le correspondía. Quizá sí estuviera enamorado después de todo.
—Completamente enamorado —continuó azuzándole Zeref, incapaz de contener una sonrisa presumida—. ¿Quieres que te diga lo que yo haría si descubriera que he sido un auténtico asno y que he perdido a la única mujer a la que realmente amo?
Dragneel miró a su hermano con los ojos entrecerrados.
—No creo que pueda evitarlo.
—De hecho, no —convino Zeref—. Pues te aseguro que no estaría en este lugar dejado de la mano de Dios congelándome el trasero mientras espero a que ese imbécil de Oxford me dispare. No me prestaría a este juego ridículo y anticuado; me dedicaría a buscar a esa mujer y le confesaría que me he comportado como un zopenco. Intentaría convencerla de que me diera otra oportunidad a pesar de haber sido un estúpido. Y una vez que lo consiguiera, la llevaría de inmediato ante el vicario más cercano y me casaría con ella. Y luego, intentaría dejarla embarazada.
Una imagen de Lucy, embarazada y redondeada por su hijo parpadeó en la mente de Natsu. Cerró los ojos para saborearla a placer.
—Pensaba que si me permitía amarla acabaría como papá. Pensaba que amarla me convertiría en un ser débil, como él.
—Tú no te pareces nada a papá, Natsu.
—De eso soy consciente ahora. Ella ha conseguido que me diera cuenta. —Hizo una pausa, perdido en un recuerdo de Lucy, de su pelo rubio y su ancha y sonriente boca—. Santo Dios, me ha convertido en un hombre mejor de lo que era.
La declaración, repleta de sorpresa y admiración, fue acompañada por un grito en el otro lado del prado cuando Oxford, lord Raleigh —su padrino— y un médico aparecieron ante su vista.
Zeref maldijo por lo bajo.
—Lo confieso, esperaba que anoche Oxford estuviera tan borracho como para no recordar el duelo.
Tomó la pistola de Dragneel y se acercó para saludar a Raleigh y acordar las reglas del duelo. Como era usual, Oxford se acercó a Dragneel, con miedo en la mirada, y le tendió la mano.
—Por si vale de algo, Dragneel, me disculpo por mis desafortunadas palabras sobre lady Lucinda. Te interesará saber que, aunque no tengo las dos mil libras ahora, encontraré la manera de pagar la deuda.
Dragneel se puso rígido al oír mencionar aquella estúpida apuesta que tanto dolor e infelicidad había causado. Ignoró la mano extendida de Oxford, pero sostuvo la mirada compungida del barón.
—Quédate con el dinero. La tengo a ella. Es todo lo que quiero.
La verdad que encerraba aquella declaración le resultó completamente apabullante, y se sintió exhausto ante la idea de tener que batirse en duelo ahora que había descubierto que lo único que quería era estar con Lucy. ¿Por qué estaba mojándose y helándose en ese lugar cuando podría haberse colado en Allendale House, subir las escaleras hasta la cama de Lucy y disculparse hasta lograr que ella lo perdonara y le prometiera que se casaría con él inmediatamente?
Zeref y Raleigh se acercaron con rapidez, ansiosos por terminar con todo aquello. Mientras Raleigh le informaba a Oxford de las reglas, Zeref llevó a Dragneel aparte.
—Veinte pasos, media vuelta y dispara. Me ha asegurado que Oxford tiene pensado disparar desviado —le dijo quedamente.
Dragneel asintió con la cabeza, acordando sin palabras que disparar desviado salvaría el honor y la vida de ambas partes.
—Haré lo mismo —aseguró él mientras se quitaba el abrigo y cogía la pistola que Zeref le ofrecía.
—Bien. —Zeref dobló el abrigo sobre su brazo—. Acabemos de una vez ¿de acuerdo? Estoy helado.
—Uno… Dos… —Oxford y él estaban espalda contra espalda cuando Raleigh comenzó a contar los pasos. Mientras caminaba lentamente al compás de los números—, cinco, seis —pensó en Lucy. En sus ojos brillantes y en sus sonrisas acogedoras—. Doce… Trece… —Lucy, que probablemente en ese momento estaría profundamente dormida en su cama—. Dieciséis… diecisiete…
No podía esperar a terminar aquel asunto con Oxford para poder ir a su encuentro. Se disculparía y le explicaría todo; luego le rogaría que se casara con él y…
—¡Alto! ¡No!
El grito surgió al otro lado del campo, y Natsu se volvió hacia el sonido, sabiendo, antes de verla, que Lucy estaba allí, corriendo hacia él. Y en lo único en que pudo pensar fue en que Oxford iba a disparar desviado y que lo haría en la dirección por la que ella venía.
Dragneel no se detuvo. Corrió.
—¡Veinte!
El sonido de un único disparo resonó en el lugar.
Y Dragneel cayó de rodillas mientras observaba cómo los grandes ojos castaños de Lucy se agrandaban por el horror.
Entonces la vio abrir la boca y oyó su grito, que rasgó el silencio de la mañana, seguido por la maldición de Zeref y la voz de Laxus llamando al médico.
—¡He disparado desviado! —oyó que decía Oxford en tono chillón y nasal.
Y cuando la bala se había incrustado en su carne, un solo pensamiento resonó en su mente: «No le he dicho que la amo.»
Observó que Lucy se hundía de rodillas frente a él y que comenzaba a tirar de su chaqueta, pasándole las manos por el pecho en busca de la herida.
«Está viva.»
Una oleada de alivio, cálida y desorientadora, lo atravesó. Y lo único que pudo hacer fue observarla, repitiéndose una y otra vez que estaba sana y salva, hasta que lo asimiló por completo. La intensidad de las emociones que había sentido en el instante anterior a recibir el tiro —el miedo a perderla, a que ella resultara herida—, le hizo contener la respiración.
Gimió de dolor cuando ella le movió el brazo. Lucy se quedó paralizada y lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿Dónde te han herido? —preguntó.
Natsu tragó el nudo de emoción que se le formó en la garganta al ver la imagen que ella ofrecía: preocupada, dolorida y enamorada de él. Y lo único que quiso hacer fue tomarla entre sus brazos.
Pero antes se iba a enterar de lo que era bueno.
—¿Qué demonios haces aquí? —explotó, sin importarle que ella agrandara los ojos por la sorpresa.
—Natsu, tranquilízate —susurró Zeref mientras usaba un cuchillo para cortar la manga de la chaqueta de Dragneel.
—¡Ni hablar! —Se volvió hacia Lucy—. No puedes vagar por Londres cada vez que se te ocurra, Lucy.
—He venido a salvarte y… —empezó Lucy, pero se interrumpió.
Dragneel soltó una risotada.
—Bueno, pues parece que lo único que has conseguido es que me alcance una bala.
Apenas oyó que Oxford volvía a repetir otra vez en tono defensivo: «¡He disparado desviado!»
—Natsu… basta —le advirtió Zeref al tiempo que le desgarraba la manga de la chaqueta y la camisa. Natsu dio un respingo, y Zeref pareció disfrutar de su dolor.
—¡Y tú! —Dragneel se volvió hacia Laxus—. ¿En qué demonios estabas pensando? ¿¡Cómo se te ocurre traerla aquí!?
—Dragneel, sabes tan bien como yo que es imposible detenerla.
—Allendale, necesitas aprender a controlar a las mujeres de tu familia —dijo Dragneel, volviéndose hacia Lucy—. ¡Cuándo seas mi mujer, juro ante Dios que te encerraré!
—¡Natsu! —Zeref se estaba enfadando.
A Dragneel no le importó. Se volvió hacia su hermano mientras el cirujano se arrodillaba a su lado e inspeccionaba la herida.
—¡Podría estar muerta!
—¿Y qué me dices de ti? —En esta ocasión fue Lucy la que habló, soltando toda la ira contenida, y los hombres comenzaron a mirarse unos a otros, asombrados de que ella hubiera intervenido—. ¿Qué me dices de ti y de ese estúpido plan tuyo para restaurar mi honor jugando con armas de fuego? ¿En qué estabas pensando para batirte en duelo con Oxford en medio de la nada? —pronunció con desdén el nombre del barón—. ¿Acaso sois niños? De todas las cosas ridículas, innecesarias e inconscientes que se le podrían ocurrir a un hombre… Vamos a ver, ¿a quién se le ocurre retar a nadie a un duelo hoy en día?
—¡He disparado desviado! —insistió Oxford.
—Oh, Oxford, no importa —aseguró Lucy antes de volverse hacia Dragneel y continuar—: ¿Dices que estabas preocupado por mí? ¿Cómo crees que me sentía al pensar que podría llegar a aquí y encontrarte muerto? ¿Cómo crees que me he sentido al oír ese disparo? ¿Y cuando he visto al hombre al que amo en el suelo? De todas las cosas egoístas que has hecho en tu vida, Natsu, y estamos de acuerdo en que has hecho unas cuantas, esta es la que se lleva la palma; la más arrogante y aborrecible de todas. —Comenzó a sollozar, incapaz de seguir conteniendo las lágrimas—. ¿Qué voy a hacer si te mueres?
La furia se borró de la cara de Dragneel al verla llorar. No podía soportar la idea de que se preocupara por él. Se zafó del médico y le ahuecó la cara con las palmas de las manos e, ignorando el dolor en su brazo, la atrajo hacia él.
—No voy a morirme, Lucy —le aseguró con firmeza—. Es solo una herida de nada.
Ante esas palabras, justo las mismas que ella había dicho aquel día cuando la hirió en el club de esgrima, Lucy esbozó una sonrisa acuosa.
—¿Qué sabrás tú de heridas? —le preguntó.
Él sonrió.
—Esa es mi emperatriz. —La besó suavemente, olvidándose de que tenían audiencia, antes de añadir—: Me parece que tendremos cicatrices a juego. —Ella volvió a llorar de nuevo mientras miraba la herida de Natsu—. No voy a morirme, preciosa —repitió—. No en mucho tiempo.
Lucy arqueó la ceja; un gesto que había aprendido de él.
—No estoy segura de eso, Natsu. Me parece que no eres buen tirador.
Dragneel miró a su hermano con los ojos entrecerrados cuando Zeref se rió entre dientes por la ironía de Lucy, antes de volverse hacia ella.
—Deberías saber, Lucinda, que soy un tirador excelente cuando no estoy preocupado de que tú estés en la trayectoria de la bala.
—¿Por qué estabas preocupado por mí? ¡Eras tú quien se estaba batiendo en duelo!
El cirujano escarbó en la herida, provocándole un intenso dolor en el brazo.
—Milord —avisó el cirujano cuando Dragneel contuvo la respiración—, voy a extraer la bala. No será agradable.
Dragneel asintió con la cabeza. El médico sacó una colección de instrumentos del maletín, cada uno más horrible que el anterior, para realizar la operación.
Lucy lanzó una mirada llena de nerviosismo a las herramientas.
—¿Está seguro de que debe hacerlo aquí, doctor? —preguntó—. ¿No deberíamos trasladarnos a un lugar menos… primitivo?
—Este es un lugar tan bueno como cualquier otro, milady —respondió educadamente el médico—. No es la primera bala que extraigo en este prado en particular, y estoy seguro de que no será la última.
—Ya veo —dijo ella, en un tono que indicaba que, de hecho, no entendía.
Dragneel sujetó la mano de Lucy con la que tenía libre.
—Lucy… la apuesta… —dijo, con una urgencia que ella no le había oído nunca.
La joven negó con la cabeza.
—No me importa nada esa estúpida apuesta, Natsu.
—No obstante —se interrumpió con un respingo cuando el doctor hurgó en la herida—. He sido un idiota.
Lucy observó los movimientos del doctor antes de volverse hacia él.
—Lo has sido, la verdad —convino—. Pero yo también me comporté de una manera estúpida… cuando creí lo peor de ti. Cuando Laxus me ha contado que estabas aquí, me ha preocupado muchísimo que pudieras recibir un disparo. Y al venir solo he conseguido que te alcanzara la bala.
—Prefiero haber sido yo quien ha recibido el disparo y no tú. Eso me habría destrozado. Emperatriz, resulta que al parecer estoy irremediablemente enamorado de ti.
Ella parpadeó un par de veces y abrió los ojos como platos, como si no hubiera comprendido sus palabras.
—¿Perdón? —susurró.
—Te amo. Amo tu extravagante nombre, tu hermosa cara y tu mente despierta; tu ridícula lista y tu inclinación por la aventura, algo que, imagino, sí será la causa real de mi muerte. Y tenía intención de decírtelo mucho antes de que me alcanzaran en el brazo.
Los hombres que los rodeaban se giraron al unísono, violentos y ansiosos por escapar de aquel momento tan privado que había surgido entre ellos dos a pesar de su presencia y de la herida en el brazo de Dragneel.
A Lucy no le importó que tuvieran testigos. Solo quería saber si lo había oído bien.
—Yo… Tú… ¿Estás seguro? —farfulló, negándose a apartar la mirada de él.
Él curvó los labios.
—Segurísimo. Te amo. Y me voy a pasar el resto de mi vida demostrándotelo.
—¿De veras? —Lucy sonreía como una niña a la que le hubieran dicho que podía repetir el postre.
—De veras. Sin embargo, hay una cosa que…
—Dime lo que sea. —A ella no le importaba lo que él quisiera con tal de que fuera cierto que estaba enamorado de ella.
—¡Zeref! —llamó a su gemelo—. ¿Te importaría traerme mi pistola? —añadió cuando se acercó su hermano—. Lucy la necesita.
Lucy estalló en carcajadas, comprendiendo su intención al instante, y el ruido reclamó la atención de los demás hombres.
—¡Natsu, no!
—Oh, claro que sí, mi diablillo —dijo él con la voz teñida de humor y amor—. Quiero acabar con esa condenada lista de una vez por todas. Es un peligro para tu reputación y, evidentemente, para mi persona. Y, como esta mañana ya has tachado uno de los puntos que quedaban: asistir a un duelo, confío en que podamos matar dos pájaros de un tiro y darte la oportunidad de disparar un arma ¿no crees?
Lucy le sostuvo la mirada durante un buen rato, leyendo sus pensamientos.
—Bueno, lo haré —convino con una ancha sonrisa—. Pero solo para complacerte.
La carcajada de Dragneel flotó en el aire, pero se interrumpió ante el dolor que sintió en el brazo.
—Qué magnánima eres.
—Por supuesto. ¿Te das cuenta de lo que ocurrirá cuando acabemos con todos los puntos?
Dragneel entrecerró los ojos.
—¿Qué ocurrirá?
—Tendré que empezar una lista nueva.
Él gimió.
—No, Lucy. Se han acabado las listas. Es un milagro que haya sobrevivido a esta.
—Mi nueva lista solo tiene un punto.
—Hummm, me parece que se trata de una lista muy peligrosa.
—Oh, lo es —convino ella con una sonrisa de felicidad—. Es muy peligrosa, en particular para tu reputación.
—¿De qué trata ese punto? —indagó, lleno de curiosidad.
—Reformar a un granuja.
Él se mantuvo en silencio. Captó el significado de sus palabras antes de atraerla hacia sí y besarla profundamente. Cuando se separó, apoyó la frente en la de ella.
—Hecho —susurró.
