Declaimer: Sesshomaru y compañia no me pertenecen sino a la Gran Rumiko T. La historia tampoco me pertenece, tan solo es una adaptación que hice del libro de Kat Martín.
Primero que nada les quiero desear una muy feliz Navidad. Espero que la pasen muy bien con sus familias y amigos.
Este mi regalito para ustedes. ;)
Capitulo 23
Sesshomaru miró la gran cama vacía, y un dolor punzante le traspasó el corazón. Desde la noche en que había discutido con Jaken, ese dolor no lo abandonaba y crecía día a día.
Sufría por Kagome, pensaba en ella a cada momento, como lo había hecho desde que la mujer partiera, aunque ahora no lograba esconder su dolor tras el buen humor ni tras el velo cegador de la rabia.
A veces odiaba a Jaken por lo que había hecho: despertar, incitar la angustia y suscitar incertidumbres. Las dudas le asaltaban desde la salida hasta la puesta de sol. En los momentos más inesperados surgían recuerdos de pequeñas cosas que su esposa había dicho o hecho, cosas que demostraban que en realidad él le importaba… cosas que Jaken afirmaría evidenciaban su amor.
Evocaba cada detalle del tiempo que habían pasado juntos, la manera en que, al principio, Kagome había intentado escapar de su matrimonio y cómo se había enfrentado con coraje a su cólera. Rememoraba cómo, más tarde la había abrazado y cómo ella había llorado apoyada en su pecho, recordaba que ella se había mantenido a su lado, arriesgando su vida ante los lobos, decidida a no abandonarlo. Ella había desafiado su ira al interceder por Shippo, protegiendo al muchacho aun a riesgo de ser castigada. Al actuar así, Kagome se había granjeado su admiración y su respeto.
Esbozó una sonrisa al evocar cómo había arreglado la sala para descuidarla después. ¡Con qué valentía lo había desafiado! Finalmente Kagome se había ganado la lealtad de los sirvientes y la de su marido.
Pensó en cuánto le había afectado que hubiera yacido con Sara. ¿Por qué había sufrido tanto si él no le importaba? Tal vez el dolor que él le había causado había contribuido a que Kagome se alejara de él.
Sesshomaru se sentó en la silla, apoyó los codos en la mesa y hundió la cabeza en las manos, entrelazando los dedos en el cabello. ¿Cuántas veces pensaría en ella y recordaría la suavidad de su cuerpo? ¿Cuántas veces soñaría con su sonrisa, imaginaría su risa o el sonido de su voz? ¿Cómo podía sentir tal desesperación por la pérdida de una mujer que lo había traicionado?
Suspiró en la oscuridad de la habitación, iluminada por una vela medio consumida. Intentó recordar cuánto había sufrido al descubrir la perversa relación entre Kagura y su hermano. Entonces había experimentado el dolor de ser engañado, sentirse utilizado y perder algo que estaba destinado a ser suyo. No obstante, no podía compararse a la angustia que sentía tras la partida de Kagome.
Y precisamente porque sus sentimientos eran tan distintos esta vez, las dudas continuaban asaltándolo. Se preguntaba si debía apenarse tanto por una mujer de tal calaña, una mujer de tan baja moral que había tenido un amante, lo había engañado, traicionado y manipulado para conseguir sus propios fines.
¿Debía sufrir tanto por una mujer como ésa? ¿Tanto lo cegaban sus pasiones?
Oyó un sonido sordo y, al levantar la cabeza, vio a Kaede de pie ante la maciza mesa de madera.
-Has sufrido mucho, milord, y ella también: ¿Estás preparado para oír la verdad?
Al oír sus palabras, se le encogió el corazón. Se dispuso a escuchar a la anciana, receloso.
-¿Qué verdad?
-La verdad de lo que ocurrió la noche que tu Kagome te traicionó.
-Ya no es mi...
-¿No lo es? ¿Entonces por qué te sientes tan triste?
-Si tienes algo que decir, anciana, dilo. Si no, déjame en paz.
Kaede sacó una copa de entre los pliegues de su túnica de lino gris y la depositó sobre la mesa.
-Es la copa de la que bebió tu esposa la noche en que saliste en busca del Hurón.
-Si quieres contarme que estaba ebria no servirá de nada. Si no se puede confiar en ella...
-No estaba ebria; sólo tomó una copa. Estaba drogada.
-¡Drogada! -Intentó en vano desterrar la pequeña esperanza que nacía en su interior -. ¿Insinúas que Daiki vertió algo en el vino?
-Echó beleño. El jugo de la planta se seca y se emplea como cataplasma para aliviar el dolor. En dosis demasiado altas, provoca que la gente imagine cosas... y actúe como nunca lo haría.
-¿Esperas que me crea este cuento? ¿Qué prueba tienes? ¿Y por qué no me lo has contado antes?
-¿Me habrías escuchado en otro momento?
No, él sabía que no lo habría hecho. Su rabia había sido demasiado grande, y su dolor demasiado intenso.
-A ver, cuéntamelo y enséñame las pruebas. Si no las hay, da por concluida nuestra conversación.
Aun así, en su interior se estremecía ante la esperanza de que la anciana se explicara. Se dio cuenta de que estaba rezando para que no se diera la vuelta y se marchara.
La anciana no le decepcionó, sino que inició su relato, comenzando por la extraña palidez de Kagome, de que Kaede se había percatado aquella noche en las escaleras. Preocupada, se dirigió a la sala, donde encontró la copa, que todavía olía a la droga. Se encaminó hacia la sala que hacía las veces de enfermería y descubrió que el recipiente donde Hassan había guardado el narcótico había sido abierto; vio un poco de la sustancia en polvo en el mortero. Aunque confiaba en que eso no significara nada, realizó discretamente unas averiguaciones entre los sirvientes.
Al observar que su historia no había convencido a Sesshomaru, Kaede hizo una pausa y caminó hacia la puerta. La abrió, y una sirvienta entró, mirando nerviosamente a su señor.
-No tengas miedo -dijo Kaede-. Debes explicar a lord Sesshomaru qué viste aquella noche al pasar ante la enfermería.
La criada se llamaba Eimi, recordó Sesshomaru, una chica no mucho mayor que Kagome.
-Vi a Daiki, milord. Me extrañó encontrarlo allí tan tarde, pero, como no era asunto de mi incumbencia, no le pregunté por qué estaba allí.
-¿Qué hacía? -inquirió Kaede.
-Estaba moliendo algo en el mortero. Tenía prisa, sin duda, porque se marchó pocos minutos después.
-¿Cómo podía Daiki conocer tal poción? -preguntó Sesshomaru. Su corazón latía ya con fuerza, y la esperanza crecía en su interior.
-Olvidas que pasó un largo tiempo en la enfermería. Lady Kagome usó una pequeña cantidad de esa droga para aliviarle el dolor. No te engañes, milord, Daiki de Clare sabía exactamente qué hacía.
-Tal vez te equivocas. Sé qué sientes por tu señora. Quizás tan sólo deseas...
-Rememora aquella noche, milord. ¿Te acuerdas de cómo dormía tu esposa? Ni siquiera despertó para desearte buena suerte en tu expedición. Al despertar, se sentía muy cansada.
Recordaba haberla llevado a su habitación; ni siquiera sus torpes movimientos la despertaron. Dormía como si hubiera sido... drogada.
Cerró los puños encima de la mesa.
-Si ocurrió tal y como dices, ¿por qué no trató de explicarse? ¿Por qué no alegó nada en su defensa?
-Kagome se considera culpable. Se culpa de la muerte de tus hombres. Confiaste en ella, y ella te falló. Se atormentará por ello el resto de su vida.
-¡0h, Señor! No puedo creerlo.
Pero enseguida creyó todas y cada una de las dulces palabras que le volvían a la vida. Quería gritar, golpearse con los puños y romperse los dientes por haber desconfiado.
«Algo va mal», había dicho Jaken, y él, cegado por el dolor y la angustia, no había sido capaz de verlo.
-Debo ir a buscarla.
-Es demasiado tarde para emprender un viaje como éste. Ya ha anochecido, y la luz de la luna apenas podrá guiaros.
Sesshomaru sonrió.
-Hay más luz de la que ha iluminado mi camino durante semanas. –Se dirigió a la puerta a grandes zancadas. Llamó a Jaken, despertó a la mitad de los sirvientes y comenzó a impartir órdenes.
Detrás de él, Kaede sonrió y se enjuagó una lágrima de la mejilla.
Acompañado por diez hombres, Sesshomaru partió hacia el convento de la Cruz Sagrada. Cabalgaron casi toda la noche, durmieron unas horas, y reanudaron la marcha antes del amanecer. A pesar del cansancio, se sentía vivo por primera vez en muchos días.
Aunque tenía claro su propósito, a medida que se acercaba a su meta, aumentaba su inquietud. ¿Qué le diría a Kagome? ¿Qué le diría ella a él? En cierto modo él era tan culpable de traición como Kagome creía ser. Si hubiera tenido más fe en ella, si hubiera atendido a su instinto en lugar de dejarse cegar por la ira, habría descubierto la verdad. Hasta Jaken se había dado cuenta.
Se le revolvía el estómago al pensar en cuánto la había ofendido.
Arrastrado por la angustia, la había atacado duramente. En realidad, ambos habían sufrido mucho. Se preguntaba si Kagome le perdonaría y si ella era feliz en el convento. De hecho, había querido liberarse de él, vivir una vida sin las trabas que imponían el deber y las responsabilidades.
Le preocupaba que, después de todo lo acontecido, Kagome no deseara regresar a casa.
-¡Lord Sesshomaru! -La abadesa se apartó para franquearle la entrada-. Lo siento... no habíamos recibido noticia alguna de vuestra llegada.
Él apenas se detuvo a saludarla.
-Vengo a visitar a mi esposa, ¿dónde está?
La abadesa sonrió fríamente.
-Fuera, pues así lo prefiere. Le convendría pasar más horas arrodillada, rezando por su alma. -La mujer alta y delgada se dirigió a una puerta interior y la abrió-. Si me acompañas hasta el otro lado de la sala, la hermana Ayumi te mostrará el camino.
Mientras sus hombres aguardaban fuera, Sesshomaru siguió a la monja a lo largo del pasillo desierto y débilmente iluminado. Era húmedo, oscuro y triste.
Apretó la mandíbula al imaginar a Kagome viviendo en un lugar como aquél y sintió remordimientos. La abadesa lo condujo hasta una monja joven y delgada que él recordaba era amiga de Kagome.
-Si necesitas algo -dijo la madre Isamu- la hermana Ayumi te ayudará. -Y, dándose la vuelta, se retiró.
-¿Has venido a ver a tu esposa; milord? -preguntó la joven monja.
-Sí, ¿cómo se encuentra?
-Me temo que no muy bien, milord. Hace días que prefiere la soledad. Es como ver marchitarse a una bella flor. Ella no pertenece a este lugar milord.
Sesshomaru se aclaró la garganta, y aun así su voz sonó ronca:
-No es difícil darse cuenta de ello. Sólo espero que ella opine lo mismo.
Ayumi abrió una pesada puerta de madera de goznes herrumbrosos que chirrió.
-Ahí está, milord. -Señaló un montículo en medio del prado-. Se sienta al sol siempre que las hermanas se lo permiten, aunque el sol no parece animarla.
-Sí, conozco demasiado bien esa sensación.
Ayumi se marchó, y él se detuvo un momento para reunir todo su valor y rogar que las palabras adecuadas acudieran a sus labios. Después echó a andar hacia la pequeña figura.
Kagome estaba sentada en la cima del montículo, con la mirada fija en el horizonte. Había mucho trabajo en el convento, pero esos últimos días se le había permitido disfrutar de unos momentos de soledad. Se preguntaba si era a causa del dinero que Sesshomaru pagaba por su cuidado... o si era debido a la tristeza que reflejaban sus ojos.
Paseó la mirada por el prado, sin apreciar la belleza que en él había, sin apenas sentir el calor del sol. Ignoraba cuánto tiempo había permanecido sentada allí; la ardiente esfera amarilla ya se acercaba al horizonte. De pronto una sombra cayó sobre ella, sacándola de su meditación. Vio un par de botas de piel suave, altas hasta la rodilla, que enfundaban unas largas piernas masculinas. Protegiéndose los ojos con la mano, miró al hombre y lo reconoció.
-Sesshomaru... -musitó, y él sonrió. Kagome había creído que jamás volvería a ver aquella sonrisa.
-Me alegro de verte, Cara.
Ella se tragó el dolor que él le causaba al usar lo que una vez había sido una palabra tierna, así como el suspiro que pugnaba por brotar de su interior. Se apresuró a ponerse en pie, sacudiendo las briznas de hierba de su vasta túnica marrón. Mientras tanto, sus ojos se deleitaban en la contemplación del caballero alto y espléndido. Observó que estaba más delgado.
-¿E... estás bien, milord? La herida de tu pierna, ¿se ha curado?
¿Por qué se había presentado? No se le ocurría ningún motivo que justificase su presencia.
-La herida era muy leve. Me encuentro bien. -Sesshomaru parecía extrañamente incómodo-. ¿Y tú, Cara? ¿Estás bien?
¿Por qué insistía en llamarla de aquella manera? Lo pronunciaba con suavidad, como acariciándola con su tono. Al notar que las lágrimas estaban a punto de brotar de sus ojos, Kagome se forzó a sonreír, procurando no mostrarse demasiado alegre.
-Oh, sí, milord. Las hermanas me tratan bien, y Rin está aquí. Me agrada ver lo feliz que es.
Sesshomaru perdió la mirada en el horizonte. Kagome observó la poderosa línea de su mandíbula, la curva sensual de sus labios, sus anchos hombros. De pronto, Sesshomaru se volvió hacia ella de nuevo.
-Se está bien aquí fuera. ¿Quieres pasear un rato conmigo?
-Como gustes, milord.- En realidad a ella no le apetecía. El dolor que él le provocaba era demasiado grande, la agonía de su pérdida, casi insoportable. De todas formas, su llegada no debería haberla sorprendido, pues era muy propio de él asegurarse de su bienestar. Después de todo, aún era su esposa; quizás ésa era la razón de su visita. Se le formó un nudo en las entrañas. Tendría que habérsele ocurrido que él quisiera poner fin a su matrimonio. Existía el problema de los herederos del castillo de Braxston y sus tierras. Se mordió el labio inferior para reprimir el llanto.
-¿Cómo está Kaede?-preguntó mientras se alejaban del convento.
-Bien. Está preocupada por ti. Y también Yuka.
-Debes decirles que estoy bien, que... que me complace haber vuelto al que una vez fue mi hogar. -Ella habría jurado que Sesshomaru se puso tenso, cuando ella pronunció esas palabras. De pronto él se detuvo. La brisa agitaba suavemente su ondulado cabello.
-He venido por una razón -dijo él-. Hay ciertas preguntas que debo formularte.
-¿Preguntas, milord?
-Sobre la noche que hablaste con Daiki.
Ella se tambaleó ligeramente, tan grande era su sufrimiento. Sesshomaru la sostuvo. El simple contacto de su mano despertó el deseo en su interior.
-¿Te encuentras bien?
-Tan sólo es que... que preferiría no recordarlo. Me resulta muy doloroso. Yo...
-Yo también preferiría no recordarlo, pero debo saber por qué hablaste a Daiki sobre el Hurón.
Se le hizo un nudo en la garganta. Él la obligaba a recordar lo que ella se esforzaba por olvidar.
-No quise hacerlo. -Tragó saliva-. Supongo que fue el vino. Me hizo ver cosas, decir cosas... A menudo me pregunto por qué me interrogó... qué ganaba con ello.
-Él ambicionaba las tierras. Naraku prometió entregar la recompensa del rey a cambio de información.
Kagome asintió con expresión ausente. El motivo que había impulsado a Daiki carecía de importancia en realidad.
-Durante su convalecencia, habló de su madre, de que la cuidaría como su padre nunca lo había hecho. Una vez me dijiste que era ambicioso. Descubrí demasiado tarde que tenías razón.
-Así pues, él no era tu amante.
Ella negó con la cabeza y sonrió con tristeza.
-No, milord. Siempre te he sido fiel.
Sesshomaru apretó los labios.
-Estás diciendo que no lo amabas.
-¿A Daiki? Era poco más que un chiquillo. Sólo nos unía la amistad.
Sesshomaru permaneció en silencio un buen rato. Cuando por fin habló, su voz sonó extrañamente tensa.
-Debería haber permitido que te explicaras. Lo lamento muchísimo.
-¿Que me explicara, milord? No hay nada que explicar. Tus hombres murieron por mi culpa. Me confiaste tu secreto, y yo lo revelé. Volví a traicionarte. Soy yo quien lo lamenta, milord.
Sesshomaru se volvió y la tomó por los hombros para forzarla a que lo mirara a la cara.
-¡Tú no me traicionaste! ¿Crees que si Daiki hubiera obtenido la información a través de Jaken de una manera semejante le habría expulsado del castillo, de mi vida, de mi corazón? ¿Crees que no me habría enterado de que Daiki era el único culpable?
-No lo entiendo -balbuceó ella.
-Todos cometemos errores, Cara; el tuyo fue confiar en Daiki. Está en tu naturaleza confiar en los demás, y me gustaría que eso no cambiara. Nunca pretendí castigarte por tus equivocaciones, ya que yo también he cometido errores.
-¿Tú, milord?
-Sí. Cometí un terrible error la noche que poseí a Sara, una decisión del que me arrepiento amargamente.
-Pero tus hombres fallecieron por mi culpa, milord. Nada puede cambiarlo.
-¡Mis hombres murieron por culpa de Daiki!
Kagome fijó la vista en su marido, como si intentara aferrarse a sus palabras. Él se atusó el cabello y la miró, sin saber qué añadir, esforzándose por reprimir el impulso de tocarla, consciente de que si lo hacía acabaría estrechándola entre sus brazos.
-Quiero pedirte un favor, Cara.
-Muy bien, milord, pero antes yo te pediré otro.
Él arqueó una ceja.
-¿Quieres pedirme un favor?
-Sí.
-¿De qué se trata?
-Me gustaría que no volvieras al convento nunca más. Ya has comprobado que me encuentro bien. Si deseas anular nuestro matrimonio, preferiría que enviaras a otra persona para comunicarme los mensajes.
-¿Por qué?
La mujer esbozó una leve sonrisa y él se percató de que las lágrimas empañaban sus ojos.
-No deseo verte... porque tu presencia me entristece demasiado. –De manera inconsciente, se había llevado la mano al corazón, y Sesshomaru sintió que se le partía el suyo.
-Te lo ruego, chérie... Me matas con cada palabra que pronuncias. No digas nada más hasta haber oído el favor que quiero pedirte.
Kagome asintió y se enjugó las lágrimas. Sesshomaru respiró profundamente.
-Durante nuestra convivencia, comprendí cuánto valoras tu libertad. Sé cuánto te disgusta estar sujeta a deberes y responsabilidades, pero me gustaría que consideraras la posibilidad de... regresar a casa.
Kagome frunció el entrecejo.
-¿A casa, milord? ¿Quieres decir que debo volver al castillo?
-Allí te necesitamos desesperadamente. Kaede es vieja y frágil, y Shippo no es más que un chiquillo. Yuka y Hojo necesitan ayuda en la sala y ...yo, mucho más que los demás, te necesito, Cara.
Ella lo miró fijamente mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
-¿Me perdonas?
-Ya te he dicho, ma chere, que tan sólo cometiste un error. Soy yo quien debería pedir perdón. Debería haberte creído, haber confiado en ti.
Entonces la rodeó con sus brazos, estrechándola de tal manera que ella sentía los latidos de su corazón. Inclinó la cabeza para depositar en sus labios un beso tierno y anhelante, que se tornó tan apasionado y posesivo que Kagome se estremeció.
-Te amo -susurró ella cuando aquel ardiente beso acabó-. Creo que te he amado desde el primer momento en que te vi.
Sesshomaru la atrajo hacia sí con una sonrisa llena de felicidad.
-Si es así, promete que volverás a casa.
La respuesta brotó de lo más profundo de su ser:
-Es lo que más deseo en este mundo.
Él la besó de nuevo, apretándola contra sí, reclamándola como nunca antes lo había hecho, expresando sin palabras lo mucho que la amaba.
-Nos marcharemos tan pronto como estés preparada. Anhelo verte desnuda sobre nuestro lecho. Deseo abrazarte, besarte y hacerte el amor durante horas seguidas. Si no estuviéramos sobre suelo sagrado, te tomaría ahora mismo.
Sesshomaru la besó por última vez, tan profundamente que a Kagome le flaquearon las rodillas. A continuación el caballero la cogió en brazos y caminó presuroso hacia las puertas del convento. Se detuvo en el frío pasillo de piedra para ordenar a la abadesa que preparara las pertenencias de su esposa y se las entregara a uno de sus hombres. Por último depositó a su esposa en el suelo.
-¿Deseas despedirte de tu hermana?
-Sí, milord.
-Entonces, hazlo ahora mismo, porque estoy ansioso por sacarte de aquí.
En ese momento, la hermana Ayumi se acercó a ellos, llevando de la mano a Rin.
-Siempre te he considerado mi mejor amiga, Ayumi.
Kagome avanzó hacia la monja y la abrazó. Después se volvió para abrazar a su hermana. Su radiante sonrisa contagió a Rin, cuyo rostro se iluminó de alegría.
-Pronto te visitaré -prometió Kagome, acariciando la mano de su hermana, que se inclinó para besarla en la mejilla. Kagome la abrazó por última vez y salió para reunirse con Sesshomaru y sus hombres.
-¡Que seas muy feliz! -exclamó a sus espaldas la hermana Ayumi. Su esposo la aguardaba al otro lado de las pesadas puertas. Sus ojos habían adquirido una brillante tonalidad dorado y su sonrisa era tan cálida que a Kagome le dio un vuelco el corazón.
-¿Regresamos a nuestro hogar? – preguntó elIa.
-Sí, mi amor. Volvemos a casa.
Hogar, qué preciosa palabra. Kagome sonreía mientras Sesshomaru la ayudaba a subir al caballo y montaba detrás de ella de un salto. Él deslizó los brazos alrededor de su cintura, y ella se apoyó contra el fuerte muro de su pecho.
Cabalgaron a toda velocidad. Sesshomaru estaba tan ansioso como ella por llegar al castillo de Braxston. Durante la noche, Kagome durmió a su lado, sintiendo cómo la deseaba, mientras la evidencia, dura como una roca, hacía gruñir a su marido. Sin embargo, no la tomó. Ella sabía que era su manera de demostrarle lo mucho que le importaba y su arrepentimiento por cuanto había ocurrido.
Al día siguiente, Kagome cabalgó en un palafrén gris que Sesshomaru había llevado para ella. Él se mantenía a su lado y a menudo le sonreía cálidamente. Cuando ya se aproximaban al castillo, los ánimos estaban tan elevados que Sesshomaru bajó un poco la guardia.
Cuando oyeron el estruendo de los cascos, sus atacantes ya se hallaban demasiado cerca o avanzaban amenazadoramente hacia los pocos hombres de Braxston con los sables en alto.
-¡Es Naraku! -exclamó Sesshomaru, intentando colocar su alazán ante el palafrén de Kagome mientras sus hombres luchaban bravamente contra los guerreros que los atacaban por la retaguardia. De todas maneras, estaban en una proporción muy desfavorable. Las filas de los hombres de Braxston fueron rotas rápidamente, y los huestes de lord Naraku avanzaron y separaron a Kagome de su valiente esposo.
-¡Sesshomaru! -exclamó al ver que uno de los hombres de Naraku se acercaba a él por la izquierda, dispuesto a asestarle un golpe en la cabeza. Sesshomaru levantó su escudo, repeliendo el ataque, pero dos hombres más le acorralaron por detrás.
-¡Cabalgad hacia la fortaleza! -ordenó. Por primera vez Kagome comprendió que los guerreros la querían a ella. Hizo girar a su caballo y lo espoleó, pero ya era demasiado tarde, pues de inmediato un caballero alto se inclinó hacia ella y la arrancó de la silla. Aunque la mujer intentó resistirse, el hombre la colocó boca abajo sobre la cruz de su caballo, obligó al animal a dar la vuelta y se alejó cabalgando. Mientras tanto, sus compañeros continuaban combatiendo contra los caballeros de Sesshomaru para evitar que éstos se lanzaran a la persecución.
Sesshomaru blandía la espada con furia al ver que su esposa había sido raptada por el enemigo. Siguió luchando cuando su alazán cayó herido por una lanza. Al final, cuando sólo él y cuatro de sus hombres quedaban en pie, se oyó un silbido agudo y los caballeros de Naraku se batieron en retirada para sorpresa de Sesshomaru; dieron la vuelta a sus monturas, enfundaron los sables y galoparon hacia el bosque, donde se había internado el hombre que había secuestrado a Kagome.
-¿Por qué nos han dejado con vida? -Totosai clavó la mirada en el polvo del camino que sus adversarios levantaban-. No lo entiendo.
Sesshomaru asió con fuerza la empuñadura de su espada manchada de sangre.
-Estamos vivos porque Naraku así lo había planeado.
-Pero ¿por qué, milord?
-Quiere exigir un rescate. -Sesshomaru masculló un juramento-: Se propone arruinarme como sea.
Miró alrededor y se encaminó a toda prisa hacia un caballo que pastaba entre los árboles y había pertenecido a uno de los hombres caídos de Naraku.
-¿Cómo están los demás? -preguntó Sesshomaru, conduciendo hacia adelante al caballo bayo.
-Dos han muerto, y hay cuatro heridos.
-¿Pueden cabalgar los heridos?
-Sí. Están preparando sus monturas.
-Bien, entonces vámonos.
Cuanto antes llegaran a la fortaleza, antes podría reunir lo que quedaba de sus fuerzas y enviar mensajes a sus aliados para pedir ayuda. No se permitió pensar en Kagome ni en la venganza que Naraku podría llevar a cabo contra ella por el mero hecho de ser su esposa.
Sólo sabía una cosa con certeza: esta vez no fallaría a su mujer.
Continuara…
Por suerte Kaede fue la gran salvadora que le hizo dar cuenta de la injusticia que estaba cometiendo con su esposa, lástima que Kag no hizo sufrir más al baka de Sessho y hacerlo rogar de rodillas para que lo perdonara y volver con él (-_-)
Pero bueno, parece que Naraku todavía no se había dado por vencido y ahora secuestro a nuestra querida Kagome. ¿Qué es lo que le van a hacer?¿ Naraku y Kagura van a cumplir sus deseos o Sessho llegara a tiempo para rescatarla?
Lo averiguaremos en el siguiente capítulo.
Saludos.
KagomeDeTaisho.
