Lo sé, soy una horrible persona por no haber actualizado en tanto tiempo y soy aún peor porque quizás no les guste lo suficiente este capítulo. Quería contar tantas cosas pero hubiera resultado infinitamente largo por lo que debí de cortarlo... Si hay alguien aún vivo que siga esta historia, ya me dirá que le pareció.
Ninguno de los personajes me pertenece.
CAPÍTULO VEINTISÉIS.
— ¿Dónde está?
Remus no dejaba de dar vueltas por la sala, yendo de un lado al otro, incapaz de quedarse quieto. Su cabello estaba alborotado de tanto que se había pasado las manos por él en un gesto de desesperación.
—Estoy seguro que está bien—intentó tranquilizarlo Kingsley.
— ¡Ella no está!—le gritó Remus—Le mandé un patronus y éste no supo encontrarla. ¿Cómo puede estar bien? ¿Y si le sucedió algo? ¿Y si Malfoy vino por ella?
—A pesar de que puede realizar magia nuevamente, los Aurores están siguiéndolo y controlándolo y Malfoy lo sabe. No va a ser tan tonto como para venir hasta su hogar y capturarla.
— ¿Y si su hijo estuvo involucrado?—insistió, completamente alterado— ¡Merlín sabe que ese chico ya era la misma mierda que su padre cuando entró a la escuela!
Kingsley soltó un suspiro.
—Estás siendo demasiado duro con el muchacho—habló con calma—. Ni tú ni nadie tiene derecho a juzgarlo, Remus, porque es lo que las condiciones de su crianza hicieron de él. Y aún así debes recordar que su madre también estuvo involucrada. Si hay algo de compasión en su interior, se lo enseñó Narcisa.
Remus no pudo, en esos instantes, sentir algo de compasión o simpatía por el hijo de Malfoy. La furia y la preocupación que sentía se mezclaba con la pulsión instintiva del lobo ante la proximidad de la transformación. Quería tener algo en sus manos y apretarlo, destrozarlo en mil pedazos y no le importaba en absoluto que ese algo fuera la cabeza de Lucius Malfoy.
…
En la mente de Hermione se borraron todas sus dudas con respecto la enfermedad de Lucius Malfoy cuando lo vio tendido en su enorme cama de madera tallada a mano y con sábanas de seda. Su piel brillaba en un leve sudor y presentaba un color verde pálido, como si estuviese combatiendo con las náuseas. Su cabello, usualmente brilloso y reluciente, estaba húmedo y opaco. Ya no había nada en aquel hombre avejentado que le recordara al poderoso y cruel mago que una vez fue. Ahora, viéndolo allí tendido, respirando con demasiada lentitud y profundamente dormido por las pócimas que le había suministrado a lo largo de la tarde, no podía recordar con exactitud qué le había asustado de él.
Era sólo un hombre atormentado.
Draco estaba de pie cerca de la puerta, aún sin mirarla a causa de la vergüenza. No lo culpaba y tampoco creía que debía de avergonzarse por lo que acababa de suceder.
En el momento en que se había aparecido en la mansión que ella conocía, se había marchado a través de red flu al castillo familiar Malfoy en Francia. Draco había liderado el camino hasta las habitaciones del hombre, donde lo habían encontrado desnudo y temblando en el suelo, murmurando palabras que al principio Hermione había sido incapaz de entender; pero después lo hizo, y sólo pudo sentir compasión por él. Al verlo se había quedado de piedra, no por su desnudez sino porque todo su cuerpo parecía estar plagado de cicatrices profundas que no parecían haber sanado bien y que incluso le dolieron a ella.
Tenía tantas preguntas pero ese momento no había sido el adecuado. Se enfocó solamente en el hombre como si fuera un paciente más. Lo levitó a la cama, viendo como él luchaba y gritaba desesperadamente hasta que quedó apoyado en el suave colchón. Rápidamente le encargó a Draco una lista de pociones que el joven consiguió en un abrir y cerrar de ojos, para luego quedarse esperando más instrucciones. Entre ambos lo obligaron a beber un tranquilizante. Les tomó varios intentos porque Malfot era incapaz de reconocer a su propio hijo y exclamaba que lo intentaban avenenar. Cada vez que lograban meterle un poco de aquel líquido en la boca, él lo escupía.
Hermione no había querido llegar a esos extremos pero tuvo que mandar nuevamente a Draco a comprar una jeringa a una farmacia muggle. El chico la había mirado con confusión pero había hecho lo que le había pedido. Tan sólo cuando notó que ella intentaba pinchar a su padre con una aguja, la detuvo, observándola como si se hubiese vuelto loca.
— ¿Por qué demonios no le lanzas un Petrificus?—le preguntó.
—Esta pócima debe ser ingerida correctamente, si lo petrifico, todo su sistema digestivo se verá afectado y posiblemente la poción no hará efecto porque se quedará en su esófago. Si lo inyecto, me aseguro que llegue a su torrente sanguíneo.
Draco aún tuvo dudas después de esa explicación pero la dejó hacer su trabajo. Estuvieron casi quince minutos intentando sostener sus extremidades, hasta que el rubio se hartó y terminó conjurando unas ataduras que sostuvieron firmemente el brazo de su padre para que Hermione pudiera inyectarlo. Después de eso, casi inmediatamente se durmió.
Él se había quedado aparte, sin querer molestar pero preparado para cualquier cosa que ella le pudiera decir. No lo hizo, por lo que pudo observarla trabajar, casi maravillándose de su profesionalidad. Hermione lanzaba hechizos de diagnóstico encima de su padre con rapidez, uno tras otro, curaba sus heridas, untaba ungüentos en sus cicatrices, hacía runas en su cuerpo, murmuraba cosas que sólo ella sabía qué significaban.
Observarla trabajar era como mirar una obra de teatro, donde parecían pasar demasiadas cosas a la vez. Tenía miedo de parpadear y perderse algo.
Hermione Granger era asombrosa.
Y ahora, una vez que terminó con Lucius, era incapaz de mirarla.
Hermione se aclaró suavemente la garganta.
—Draco, necesitamos hablar.
Él asintió suavemente.
— ¿Podemos ir abajo?—le preguntó ella luego de unos momentos viendo que el rubio no parecía reaccionar—Lo que tengo que decirte no es fácil de oír.
— ¿Y cuál es el problema en decirlo aquí?
Ella no respondió en voz alta pero lanzó una mirada en dirección a la cama donde se encontraba Lucius. Draco suspiró con pesadumbres y finalmente le hizo una seña con su mano para que lo siguiera, escoltándola al primer piso. La llevó a la sala e incluso hizo que un elfo doméstico les trajera té que ninguno tocó.
— ¿Qué sucede con mi padre?
—Tiene una maldición en su cuerpo—ella decidió que lo mejor era ser sincera con él, hablándole directamente y sin dar falsas esperanzas—. No puedo decir que se debe a un artefacto o si alguien se la lanzó pero te aseguro que está ahí, casi ocupando cada rincón.
Draco no la miraba y tampoco dijo absolutamente nada. Simplemente apretó los labios con fuerza mientras intentaba que el dolor que sentía por dentro no se viera por fuera.
—Me gustaría poder decir que hay algo que hacer—siguió diciendo Hermione—… pero no es así. Él está muy grave. Su mente no parece distinguir el pasado del presente.
— ¿Entonces sólo debo verlo morir?—finalmente había alzado los ojos hacia ella, observándola con rabia— Yo no puedo simplemente resignarme. Él es mi padre, Hermione, a pesar de que todas las cosas malas que haya hecho en su vida.
—Su cuerpo está muy consumido, su mente se pierde. Me gustaría poder decirte qué hacer, que con sólo un hechizo bastara pero no funciona así. Hay situaciones que ni siquiera la magia puede resolver.
—Hay elementos que te pueden traer incluso desde el borde de la muerte—insistió el rubio— ¿o lo has olvidado?
Ella lo miró con compasión.
—Entiendo tu dolor pero, créeme, ese no es el modo. Su cuerpo puede regresar al precio de condenar su alma ¿Cómo puedes querer eso para él?
Draco apretó sus dientes, intentando controlarse pero pronto su cuerpo empezó a temblar y sus ojos ya no pudieron seguir soportando las lágrimas. Hermione se sentó a su lado y lo abrazó, dejando de lado los pensamientos de duda. No sabía qué decirle y realmente no estaba segura de que hubiese algo que pudiera decir porque ¿qué palabras de consuelo habría para alguien que enfrenta la ineludible muerte de un ser querido?
…
Hermione se despertó con lentitud, sin saber al principio dónde se encontraba. Intentó estirarse pero se dio cuenta que una pesada manta la cubría. La apartó y se sentó, sintiendo todo su cuerpo adolorido por haber dormido en aquel sillón. Miró, aún adormecida, hacia la chimenea, dándose cuenta que en el transcurso de la noche se había apagado. Cuando sus ojos se posaron en las tazas de té frío, la realización la golpeó.
¡Había pasado la noche en Francia!
¡Y esa noche había sido luna llena!
— ¡Draco!—se puso de pie de inmediato, sin saber a dónde ir —¡Draco!
El rubio apareció poco después, duchado y con ropa limpia, mirándola con confusión.
— ¿Siempre eres tan gritona por las mañanas?—le preguntó— ¿O es simplemente porque no bebiste tu café?
—No ahora, Draco—lo cortó— ¿Por qué demonios no me despertaste?—le preguntó con molestia— No debí de dormir aquí.
— ¿Tu celoso esposo se hará la cabeza de que somos amantes?—inquirió él con burla.
— ¡Demonios, Malfoy! Anoche fue luna llena. Tengo que irme, debo volver con Remus—miró hacia la chimenea en busca de polvos flu— ¡Merlín! ¿Cómo pude hacer algo así?
Hermione no se dio cuenta que los ojos de Draco había perdido el brillo al verla tan preocupada por su esposo ni tampoco que se llenaron de molestia cuando encontró los polvos y fue al interior de la chimenea.
—Me apareceré directamente en mi casa—le informó pero antes de pronunciar su destino, se detuvo y lo observó—, ¿Cómo está tu padre?
La mirada dura del rubio se suavizó un poco.
—Duerme. Le he dado una poción para que siga inconsciente. He decidido llevarlo a San Mungo. Si no hay nada más que pueda hacer yo, quizás ellos puedan atenderlo mejor.
Hermione le sonrió.
—Esa es una buena idea. Prometo ir a verlo.
Draco asintió pero no respondió su sonrisa y simplemente la vio consumirse en las llamas verdes.
…
Remus estaba tendido en la cama, mirando la pared sin realmente ver. Tenía tantas heridas en su cuerpo que creía haber vuelto a sus años de juventud, cuando la poción Matalobos aún no existía. Había sido una noche de mil demonios. Su lobo interior no había sido amable con él y la rabia, el enojo y la preocupación ante la ausencia de Hermione parecían haber sido las causantes.
Aún estaba preocupado. Sin embargo, adolorido y sangrante, sin energías suficientes como para ponerse de pie no podía hacer demasiado.
Kingsley había pasado la noche allí y esa mañana lo había ayudado a moverse a la cama pero ahora se había marchado a su pedido. Casi le había gritado que fuera a buscarla cuando se enteró que no había aparecido aún.
— ¿Remus?
El giró el cuello tan rápidamente en dirección a la puerta que hizo una mueca de dolor al sentir un tiró. Hermione estaba allí, mirándolo suplicante, con la ropa arrugada y el cabello sin peinar. Su corazón dolió al pensar en que posiblemente tenía la misma ropa que el día anterior ya que había pasado la noche con alguien. Aún así, por muy idiota que sonara, no podía sentir enojo, ya no tenía suficientes energías para estar enfadado con ella.
—Estaba preocupado por ti—fue lo que atinó a decirle.
Su voz estaba rasposa y su garganta parecía arder por cada palabra que pronunciaba.
Ella caminó de prisa hacia él, con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento tanto—se detuvo antes de tocarlo—. Lamento muchísimo no haber estado aquí por ti.
—Esta no es la primera vez que paso una transformación sin ti, Hermione.
—Shhh, no hables—giró su varita y con un silencioso hechizo hizo levitar una jarra con agua y un vaso. Sirvió el líquido y le ayudó a beber—. Puedo ver que ha sido una mala noche.
—No fue tan mala—mintió.
—Dije que no hablaras—ella se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Déjame curar tus heridas.
—No te preocupes.
— ¿Qué no me preocupes? ¡Maldición, Remus! ¿Cómo me puedes pedir una cosa así? Déjame hacer esto, así al menos no me sentiré tan culpable—le imploró—. Por favor.
Remus asintió suavemente, dejándola hacer. Hermione comprobó cada una de sus heridas, colocando ungüento sobre ellas nuevamente y vendándolas con maestría. Eso pareció hacerla entrar en más calma y pronto dejó de llorar pero aún podía ver los restos de lágrimas en sus mejillas.
— Kingsley estuvo aquí. Él las limpió.
—Debo agradecerle enormemente—murmuró ella, sin quitar la vista de un corte que tenía encima de su ceja derecha—. Hizo un buen trabajo pero obviamente no es un medimago.
Él alzó los ojos hacia ella, contemplando su rostro tan próximo. Era tan hermosa, a pesar de que tenía los ojos rojos y las mejillas húmedas. Le dolió pero alzó su brazo aún así para acariciarla con suavidad. Los ojos de Hermione bajaron hacia él.
— ¿No me preguntarás en dónde estuve?—musitó.
—No sé si quiero oírlo—respondió Remus con sinceridad.
—Quiero contártelo—aseguró ella. Él intentó negar suavemente con la cabeza— ¿Por qué no?
Hermione tomó su mano y, enderezándose, se sentó a su lado, sin soltarlo.
—Porque no quiero oír que estuviste con otro hombre.
Ella se lo quedó observando fijamente, incapaz de creer lo que oía, hasta que finalmente soltó una risa burlona.
— ¡Ay, Remus!—se quejó sonriéndole—A veces eres tan idiota. Para tu información, sí he pasado la noche en la casa de otro hombre, más específicamente, de Draco—vio su mirada de dolor—, pero no del modo en que piensas.
— ¿No dormiste con él?
— ¡No!—exclamó de inmediato— Vengo aquí, sintiéndome una maldita por no haber estado a tu lado anoche y lo primero que haces es acusarme de estar engañándote ¿Tan poco confías en mí?
—No, claro que no—dijo pero ella aún lo miraba con incredulidad—. Lo siento, pero puedo ver claramente que él es mejor partido. Me cuesta entender que alguien como tú quiera estar con alguien como yo.
Eso es porque te amo, maldito imbécil, pensó Hermione.
—Va siendo hora que dejes de querer entenderlo y simplemente lo aceptes—le dijo antes de inclinarse y dejar un pequeño beso en sus labios—. Duerme un poco, te despertaré para el almuerzo y así podré contarte qué estuve haciendo.
— ¿No tienes una especie de alianza con Malfoy por lo que no nos puedes decir nada?
Hermione asintió.
—Así era, pero él ha tomado una decisión y pronto todos lo sabrán.
Remus no entendía a qué se refería pero estaba demasiado agotado como para preguntar y cuando ella se marchó, no tardó en caer dormido, tranquilo al saber que estaba en casa, aún decidida a quedarse con él.
…
Hermione aún le daba vueltas al asunto de Lucius Malfoy cuando preparaba el almuerzo. Sus diagnósticos no mentían, no había duda alguna que su cuerpo se estaba consumiendo. Sin embargo, aún no podía comprender cómo es que había logrado que los síntomas no se vieran cuando salía. ¿Cómo es que nadie se había dado cuenta de lo grave que estaba, ni siquiera algún guardia de Azkaban durante su estadía allí? Porque la maldición que él padecía no era algo de días. Ella podría apostar que posiblemente llevaba años. Y que el patriarca Malfoy no lo supiera le resultaba imposible, pero, en ese caso, ¿Por qué no había buscado ayuda? Si lo hubiesen advertido a tiempo, cualquier medimago calificado sería capaz de revocar los efectos e incluso eliminarla en el transcurso de unos meses.
El timbre de la puerta de entrada sonó, sacándola de sus pensamientos.
Caminó hacia la entrada, preguntándose quién podía ser ese día y al abrir se encontró con un muy preocupado Kingsley. Los ojos del mago se abrieron como platos al verla y tardó unos segundos en reaccionar.
— ¿Hermione? ¿Qué haces aquí?—preguntó.
—Vivo aquí.
El mago agitó la cabeza suavemente.
—Lo sé, lo que quise decir es que no te esperaba encontrar aquí. Remus estuvo completamente loco toda la noche a causa de la preocupación por ti. Me mandó a buscarte.
Hermione lo miró con vergüenza.
—Lo siento, no quise preocupar a nadie. No fue mi intención desaparecer de ese modo.
Kingsley le sonrió suavemente.
—No te preocupes, Hermione, lo que importa es que estás bien—miró suavemente al interior de la casa— ¿Remus se encuentra bien?
—Oh, discúlpame—ella se apartó dejándolo pasar—. En este momento está durmiendo pero, adelante, lo llamaré para el almuerzo. ¿Te quedas a comer?
—No quiero molestar.
—No lo harás—le aseguró—. Pasa. Le prometí a Remus que le explicaría dónde estuve anoche y creo que es algo que también debes escuchar.
Kingsley la miró con curiosidad pero en vez de asediarla con preguntas simplemente asintió y dejó que lo guiara al interior de la casa. Estuvieron unos instantes en la cocina mientras ella terminaba de preparar la comida, antes de subir al segundo piso, donde se encontraba Remus.
El hombre lobo no quiso permanecer en la cama, a pesar de la insistencia de Hermione, por lo que, muy lentamente, bajó y se sentaron todos en el comedor. Fue entonces cuando ella comenzó a contarles lo que había sucedido el día anterior pero comenzando a contarle absolutamente todo, desde la primera visita del rubio y le confesó que su padre estaba enfermo hasta su llegada inesperada el día anterior, asegurándole que Lucius Malfoy agonizaba.
—No lo puedo creer—dijo Remus cuando ella terminó de relatarle lo ocurrido—. Cuando vimos a Malfoy siempre aparentó una excelente salud. Nunca se lo vio ni siquiera pálido.
—Él es naturalmente pálido—le recordó Hermione—, pero tienes razón, es sospechoso. Yo también he estado pensando y… sí, pueden haber maneras en que ocultase los obvios efectos en su cuerpo. Además, eran pocas las ocasiones que salía y nunca era por prolongados periodos de tiempo.
— ¿Por qué no se hizo tratar antes?—inquirió Kingsley— No puede decirse que no tiene el poder o el dinero.
— ¡Eso es lo que yo no entiendo!—exclamó Hermione con frustración— ¿Por qué? Es imposible que no supiera lo que tuviera… o que los guardias de Azkaban no se enteraran.
Kingsley se quedó pensativo unos instantes.
—Yo puedo investigar un poco sobre lo que sucedió durante su estancia en prisión—dijo el mago finalmente—, pero no te puedo prometer que los guardias quieran hablar. Si alguno realmente se enteró de su enfermedad y no hizo nada al respecto, puede meterse en muchos problemas.
Hermione asintió.
—Gracias. Y si realmente fue así, no importa que se trate de Lucius Malfoy, el responsable debe pagar.
Kingsley lanzó una mirada en dirección a su amigo, quien contemplaba con mucho disgusto a su joven esposa. Él podía entender el enfado de Remus pero éste ya debería de haber comprendido que Hermione Granger era una bruja de buen corazón.
— ¿Y si él no quiere sobrevivir?—preguntó luego de unos instantes el hombre lobo.
— ¿A qué te refieres?—Hermione lo contempló con el ceño fruncido.
—Él puede saber de la maldición que tiene hace muchos años pero aún así no querer hacer nada al respecto. ¿Por qué de otro modo iba a quedarse de brazos cruzados?
—Draco dijo que es un hombre increíblemente orgulloso y que no quería que nadie lo viera de ese modo, tan débil…
—Puede que haya un poco de verdad en sus palabras—concordó Remus—, pero dudo que esa sea la única razón. Malfoy puede ser un hombre orgulloso pero no al punto de arriesgar tan absurdamente su vida por eso. Creo que si él hubiera querido vivir, hubiera encontrado el modo de hacerlo.
Hermione no quería darle la razón a Remus aunque no podía dejar de pensar que tenía cierta lógica. Lucius Malfoy era un hombre rico, podría haber comprado el silencio de algún medimago al que, incluso, podría haber lanzado algún hechizo para borrarle la memoria o alterar sus recuerdos, logrando que al final nadie supiese lo sucedido.
—No mencionemos esto delante de Draco—dijo suavemente, mirando su plato—, sólo lo destrozaría.
