Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Fricción
-¡Pero qué agradable sorpresa! -exclamó Iori, la mucama, al ver quién estaba del otro lado de la puerta-. Adelante, por favor.
-Gracias, querida -Shinya Nakashima le dio un beso en la mejilla antes de pasar-. ¿Cómo has estado?
-Estupendamente -ella sonrió- y veo que andas por las mismas, hombretón. ¡Ah, señorita Talirindë! Un gusto verla nuevamente.
-Gracias, Iori -replicó la lamia con su típica formalidad-. Vinimos a ver al señor Hidetaka. ¿Está por aquí?
-Ahora mismo anda jugando golf pero creo que no le falta mucho para terminar su ronda -la doncella miró el reloj cucú de la pared-. Considerando su tendencia a siempre estar al inicio del circuito antes que nadie, debe ir por el hoyo 17 o entrando al 18. Les recomiendo esperarlo en la terraza; es bien agradable a pesar de que el invierno se acerca a pasos agigantados.
-Seguiremos tu consejo, Iori -habló el primogénito, tendiéndole la mano a su amada para llevarla hasta allí.
Nada había cambiado en el interior del departamento luego de la partida de Arisa. El viejo Hidetaka, como hombre chapado a la antigua que era, decidió honrar la memoria de su esposa y mantener totalmente vigente la decoración de la sala de estar a pesar de las objeciones del mismo Shinya, quien insistió hasta último momento en un facelift para marcar el inicio de la nueva etapa familiar. A las mullidas alfombras persas sobre el piso flotante y el ya mencionado reloj traído de Europa se unían una colección de originales de famosos pintores franceses avaluada en decenas de millones de dólares más un grupo de hermosas cajas de música talladas a mano, también originarias del viejo continente. La fallecida fémina siempre había gustado del lujo y jamás escatimó en gastos para crearse un ambiente digno de su estirpe. El viejo ejecutivo, si bien no era tan dado a ostentar como su esposa, veía en todo ello una inversión más que un gasto y aprobó tácitamente dichas adquisiciones.
Este espacio, con orientación suroeste y apenas bañado por el sol excepto entre las tres y las seis de la tarde, era un contraste claro con el habitado por el ojigris y la reptiliana, caracterizado por líneas modernas, colores contrastantes y ventanales amplios que casi invitaban a la luz a a sentirse como en casa.
Iori, siguiendo su papel de sirvienta al pie de la letra, abrió la ventana deslizante para dar paso a sus invitados, haciendo posteriormente la consabida reverencia.
-Por aquí, por favor. Sus sillas están preparadas.
Alrededor de la misma mesa de vidrio grueso donde Arisa solía sentarse a contemplar los parques de Shirokane en compañía de un martini o un whisky on the rocks había tres cómodos asientos; uno de ellos venía con cojines forrados y que conservaban por más tiempo el calor. Allí se sentó de inmediato Tali, quien sonrió cuando Shinya se instaló a su lado e intentó entrelazar las manos de ambos. Lamentablemente se quedó en la intención cuando la humana habló una vez más.
-¿Deseas servirte algo mientras esperas a tu padre, Shinya? -ahora estaba parada cual huso junto a la silla del chico, sus manos en el regazo.
-Una granadina bastará, corazón -él le guiñó el ojo de forma muy cómplice; después se dirigió a su novia-. ¿Se te antoja algo, querida?
La pelipúrpura no contestó nada por espacio de diez a quince segundos, intentando procesar algo que sólo ella entendía. El primogénito debió repetirle la pregunta dos veces antes de obtener una respuesta.
-Tráeme lo mismo que a Shinya, si no es mucha molestia -añadió sin demasiado ánimo.
-Me marcho de inmediato.
Iori volvió a hacerle un cambio de luces al muchacho antes de desaparecer. Una vez estuvieron solos, él pudo entrelazar por fin su mano con la de Tali y acercar las sillas de ambos todo lo posible. A fin de ganar más calor y mantener el frío a raya, la lamia enroscó con mucha suavidad su cola alrededor de las piernas del chico antes de lanzar un hondo suspiro.
-Te noto extraña, mi amor.
-Sólo es el cansancio, cariño -justificó ella-. Después de todo estamos recién a 4 de noviembre y si hay algo que no ha faltado este año han sido cosas que hacer: ferias del sector, seminarios, más reuniones de las que cabrían en un tomo tan grande como En Busca del Tiempo Perdido... Todo ello ha parecido eclipsar los buenos momentos, como cuando celebramos el cumpleaños de Eddie y Pachy... o nuestro primer aniversario viviendo juntos.
-Ya verás que más temprano que tarde encontraremos un modo de escaparnos -la animó Shinya-. Nos tomaremos cinco o seis semanas de vacaciones e iremos a todos esos lugares pendientes, partiendo por Australia o Nueva Zelanda. Una parte de mí, además, siempre ha deseado conocer Sudamérica.
-¿Algún país en especial por esos lares? -la liminal subió un poco su ánimo con la conversación.
-Una visita a los países del Cono Sur, especialmente Chile y Uruguay. Alguna vez le escuché a papá decir que son destinos a visitar sí o sí antes de pasar a mejor vida, especialmente en lo que a playas y parques respecta -él se puso nostálgico-. La belleza de los parques y glaciares del sur, cerca de la Patagonia, no tiene parangón. Y si vas hacia el Río de la Plata pasando por Buenos Aires te encuentras con una gastronomía soberbia, gente ídem y la vida nocturna de Punta del Este a sólo dos horas de camino.
-Si lo describes así me dan muchas más ganas de sacar la visa para viajar -sonrió Talirindë-. Sé que ambos territorios son los más prósperos y estables de la región, totalmente alejados del sectarismo, el bananerismo e inflaciones tan típicas como trágicas. Me pregunto qué clase de chicas monstruo vivirán allí.
-¿Crees que hayan, querida?
-¡Seguro que sí! Hay tantos climas y paradigmas en el mundo como liminales capaces de vivir y adaptarse a ellos. Piensa en mi gente, Shinya, sin ir más lejos: mis antepasadas más lejanas venían de Palmira, en lo que hoy en día es Oriente Medio, y tras incontables viajes terminaron llegando a las orillas del Pacífico... o quedándose en el camino para formar nuevas colonias.
El primogénito conocía tal historia perfectamente: la Espada Roja era originaria de Siria, país que ahora mismo era un caldero de conflictos y sangre sin fin entre el gobierno de Bashar Al Assad, el Estado Islámico y las milicias rebeldes. Estudiando las rutas históricas más en detalle con ayuda del canadiense y la arpía rapaz (ambos se peinaban con estos temas, después de todo), vio que aquellas reptilianas, inicialmente de escamas duras y carácter fuerte, fueron adaptándose gradualmente a los climas más húmedos de Asia Central y dejando de lado el fundamentalismo propio del culto a fin de iniciar nuevas vidas. Sólo el grupo más ortodoxo tuvo la suficiente voluntad para seguir hasta la actual Shanghai antes de hacerse a la mar. Los últimos rastros llegaban hasta Honshū, mientras otros rumbo a Sumatra o Borneo se perdieron entre sus aguas.
-En eso tienes toda la razón, aunque a saber cómo saltaremos la valla idiomática -el ojigris se encogió de hombros antes de rodear los hombros de Tali con su brazo libre-. Para japoneses como nosotros el español es un idioma complicadísimo y Sudamérica es tan grande que cada país tiene su propia variante. Habrá que sacarle trote al inglés, entonces.
-Nos las arreglaremos bien, mi amor -ella sonrió nuevamente; le encantaba estar así de íntima con él-. En todo el mundo hay gente políglota y ahora, con la globalización y el Internet, siempre hay formas de hacerse entender.
-¡He vuelto!
Iori anunció su llegada con voz cristalina y trayendo dos vasos tipo flauta más una jarra llena del delicioso líquido rojo. La granadina era la bebida no alcohólica favorita del muchacho y su propia porción tenía tratamiento especial: cuatro hielos más una rodaja de naranja insertada en el borde. Una vez servido no tenía nada que envidiarle a un cóctel de esos que saldrían en portadas de revistas gastronómicas.
-Aquí tienes, corazón -la mucama lo besó en la frente con nada disimulado afecto-. Tal como te gusta.
-Gracias por acordarte, Iori -Shinya se puso tan rojo como el contenido de su vaso-. No te hubieras molestado.
-Hacerte sentir como en casa no es ni será ninguna molestia -retrucó ella, dirigiéndose posteriormente a Tali-. Sólo disfruta. ¿Cómo desea tomar su porción, señorita?
-Concentrada, dos hielos y con algo de azúcar en el borde... si no es mucha molestia -contestó la lamia con velada brusqueza, sin siquiera regresarle la mirada a la humana.
-En dos tiempos la tendrá como desea.
La doncella volvió a irse, dejando a la reptiliana calmar levemente su furia y reclinarse sobre el pecho de Shinya para pensar mejor. Cuando él le preguntó qué ocurría, ella sólo ajustó un poco su falda gruesa antes de cerrar los ojos. Habiendo pasado ya un crudo invierno en la capital, tenía la adaptación al frío casi dominada pero aún iba poco a poco en lo que a beber líquido gélido respectaba. Su peculiar metabolismo, sin embargo, no era el tema en carpeta.
Aquella humana le hacía sentirse incómoda, amenazando con despertar los celos inherentes a toda lamia de buen nombre. De Iori sólo había escuchado buenas referencias, partiendo por su excepcional servicio a los Nakashima desde que terminara su educación preparatoria. Shinya le contó una vez que llevaba 12 años en la casa, lo que la pondría apenas sobre seis lustros de edad. Ella había sido testigo clave del deterioro emocional de Arisa (aunque jamás vio a Shoda y/o sus cómplices en el departamento) y su posterior suicidio a causa del asunto de TALIO, siendo la primera en poner al corriente a Hidetaka mediante una llamada a su teléfono particular. Estuvo presente en el posterior funeral, vestida de riguroso negro y sin moverse del lado de su patrón, rezando más que nadie por el descanso de la pobre mujer y cubriendo sus ojos verde claro con un aura opaca, triste, más propia de un cascarón que de una persona hecha y derecha. La chica, de más o menos metro setenta de alto y figura convencional para el estándar japonés, tenía la piel ligeramente bronceada, cabellera castaño oscuro un poco más allá de los hombros y la nariz pequeña. Sus manos, finas y ágiles, parecían haber sido diseñadas para manejar las intrincadas revanchas de mantener a punto un hogar. El uniforme, compuesto de un sobrio vestido negro, zapatos ídem y delantal blanco inmaculado pero sin cofia, sólo realzaba tal impresión.
La partida de Arisa caló hondo en el alma de Iori, como ella misma contara al grupo después del servicio fúnebre; había perdido a sus padres en un accidente aéreo sólo semanas antes de graduarse y aprendió a querer a la "reina de hielo" como a una madre. El otrora presidente se convirtió entonces en un nuevo padre, planteándole los términos del juego desde un principio y haciéndola merecedora de la misma confianza incólume que llevara a la sirvienta a continuar bajo su alero.
"Aún así esa cercanía que tiene con Shinya no es normal", cogitó conforme vio a la pelicastaña entrar con el vaso preparado. "¿Qué clase de historia puede existir entre ellos? Será mejor que lo dilucide antes de volverme loca".
Sacudió la cabeza bruscamente para espantar sus celos, haciendo volar su largo cabello púrpura por todos lados y casi causándole un estornudo a su amado gracias a las cosquillas.
-¿Se siente bien, señorita Talirindë? -inquirió la mucama nada más dejarle el vaso con dos hielos y azúcar en el borde.
-¿Eh...? Sí, gracias. Creo que me dejé llevar un poco por el calor de Shinya -retrucó diciendo la verdad a medias-. Ya sabes cómo son las cosas cuando tienes sangre fría.
-Puedo imaginarlo -Iori inclinó la cabeza-. Disfrute su bebida y relájese.
-¿Por qué no te sirves algo a nuestra salud y nos acompañas? -sugirió el primogénito-. El departamento está como una patena y falta poco para que papá llegue.
La mirada de la humana se iluminó brevemente; Tali cruzó los dedos para sus adentros, conteniendo la respiración y deseando que diera una respuesta negativa. El tiempo pareció congelarse aún más que el aire otoñal silbando entre los edificios de Shirokane.
-Créeme que me encantaría, corazón, pero aún tengo que preparar el almuerzo para ustedes -le tocó a ella encogerse de hombros-. A tu padre se le antojó duck à l'orange con papas Hasselbeck y tengo que estar vigilando el horno continuamente; de lo contrario se quemará todo y tendré un disgusto del quince.
-Ah, vaya... -él se veía decepcionado-. Supongo que comerás en la mesa con nosotros.
-Puedes apostar a que sí -Iori sonrió-. Es una de las cosas que más disfruto. Con permiso de ambos, me retiro.
No lo hizo hasta ir a buscar un vaso de whisky a la licorera y rellenarlo casi hasta el borde con granadina. "Para capear el calor", explicó antes de desaparecer por la puerta deslizante.
-Me da mucho gusto verla mejor -dijo Shinya de repente, volviendo a acoger a la lamia-. Cuesta creer que apenas a principio de año estuviese actuando como alma en pena, haciendo las cosas de forma mecánica y casi sin descansar.
-El dolor nos afecta a todos, sin importar nuestra especie -reflexionó Tali, bebiendo un poco del rojo líquido; estaba dulce y delicioso-. Al menos me agrada ver que ella, a pesar de su posición, es tan miembro de la familia como yo.
-¿A qué viene eso? -el ojigris sonó levemente sorprendido.
-A nada. Sólo estaba pensando en voz alta -otro trago, esta vez más largo para apreciar cada textura del jarabe disuelto en agua fresca-. Iori es una chica especial, tal vez la más especial entre nosotros.
Justo cuando Shinya iba a replicar se abrió la puerta y un Hidetaka radiante, vestido de pantalones largos, zapatos oscuros con refuerzo en la suela y suéter verde pino, entró arrastrando una bolsa de palos de golf que parecía tan vieja como él mismo. La dejó apoyada contra uno de los finísimos sillones tapizados antes de ir al encuentro de los enamorados.
-¡Hola, hijo! -le dio un enorme abrazo a su retoño-. ¡Qué gusto me da verte!
-Hola, papá. ¿Qué tal anduvo tu ronda? ¿Pudiste vengarte de tu pasada derrota?
-Fue venganza y media -contestó entusiastamente el jubilado-. Siete bajo par y podría haber sido diez si no me hubiese apiadado del otro tipo. Ahora estamos a mano y eso me ha abierto el apetito. ¡Tali, querida! Muchas gracias por aceptar mi invitación a comer. ¿Cómo estás?
-Estupendamente, señor -la lamia aceptó el beso en sus manos y después devolvió el gesto en sus mejillas-. Y gracias a usted por invitarme.
-Al contrario, estás en tu casa y siempre serás bienvenida -Hidetaka la abrazó-. Es menester ofrecer sólo lo mejor para mi querido hijo y su flamante futura esposa, después de todo.
Tales palabras gatillaron un sonrojo en ambos; sabían perfectamente que nadie estaba más entusiasmado con el noviazgo que el mismo padre y no sólo por la perspectiva de ver enriquecida su vida con la presencia de varias nietas. Shinya era su única familia biológica cercana y a Tali la quería como si siempre hubiera sido hija de su misma sangre. Sin embargo, también reservaba parte especial de su afecto para alguien más.
-¡Ah, Iori! -fue a saludar a la doncella apenas la vio salir de la cocina-. ¿Qué tal va todo?
-Buenas tardes, señor -contestó la aludida-. El almuerzo estará listo dentro de diez minutos, así que aún está a tiempo de tomar algo antes de sentarse a la mesa. Todo está preparado. Mientras tanto aprovecharé de llevar sus palos a su habitación.
-Mejor que mejor -él se frotó sus callosas manos antes de ir al baño a lavárselas concienzudamente; el olor a goma de los palos no era tan fácil de remover.
Ya con la ventana cerrada y el viento aullando afuera, Iori encendió la calefacción central antes de partir el pato y servirlo con la correspondiente guarnición (además de las patatas gratinadas con queso y ají rojo en polvo, también incorporó verduras frescas de la estación). La granadina fue a parar a la mesa; el alcohol bien podía esperar al bajativo. Luego del consabido Itadakimasu los cuatro comenzaron a comer. Todo estaba delicioso, creando una mezcla de sabores en sus paladares aún mejor que la de cualquier restaurante caro de los alrededores.
-Permíteme felicitarte una vez más -esbozó Hidetaka luego de tragar un trozo de pechuga-. El pato te quedó fantástico, Iori.
-Sólo es cuestión de seguir la receta, señor -dijo la doncella modestamente-. Nunca había cocinado pato antes, así que estaba un pelín nerviosa.
-Ya superaste el temor inicial -acotó Shinya-, así que de ahí en adelante el resto viene solo y podrás hacer la receta sin problemas.
Ninguna palabra salió de los labios de la chica monstruo, aunque en su interior debió admitir que la pechuga del animal estaba realmente buena. Tal vez pedirle la receta a la humana antes de irse no era una idea tan descabellada. Uno de sus pasatiempos era cocinar y si había algo que le agradaba eran los menús variados para disfrutar en el departamento o llevar a la oficina.
-Cambiando de tema, querida -el anfitrión se dirigió a la lamia-, ¿qué tal lo llevan tú y mi hijo con el asunto de las visitas? Me imagino que la agente Smith debe ser muy estricta.
-Oh, en eso no hay nada de qué preocuparse, señor Hidetaka -replicó Talirindë-. No la hemos visto más que tres o cuatro veces desde julio porque ha estado muy ocupada con muchas cosas en MON, pero cuando ha ido a visitarnos siempre ha quedado satisfecha. "Ojalá la mayoría de mis familias asignadas tuviesen la mitad de iniciativa y voluntad que ustedes", es lo que más repite. Me siento muy orgullosa de lo que Shinya y yo hemos logrado en conjunto y no lo digo sólo por cómo llevamos la empresa desde que se retiró el pasado enero.
-En eso concuerdo -ahora habló el ojigris-. A veces los días pasan rápido, más rápido de lo que quisiera, pero el impulso y las emociones del primer día, cuando Tali llegó a vivir conmigo, siguen allí. También debemos dar gracias a otros grandes amigos como Yuka o Eddie, quienes siempre nos inspiran a seguir caminando. A veces, viendo a la gente en la calle, especialmente a personas que caminan juntas pero sus miradas reposan en universos diferentes, pienso en lo afortunados que somos de estar como estamos. Muchos vínculos, incluso las amistades aparentemente más fuertes, terminan muriendo cuando esa chispa, por llamarla de alguna forma, se extingue.
-Es una de las mayores incoherencias del mundo moderno -suspiró la reptiliana-. Ahora mismo, gracias a la tecnología y las comunicaciones, estamos más conectados que nunca y también nos sentimos cada vez más solos. Esquivar ese espectro no es tarea fácil.
-Esa incoherencia tiene efectos palpables, señorita -nuevamente Iori levantó la voz con respeto-. Basta ver esos tristes rankings donde estamos arriba, o casi arriba si se cuenta a nuestros vecinos de Corea, en las listas de suicidios por exceso de trabajo, aislamiento social o ataques al corazón.
-Recuerdo un caso a los pocos años de iniciar las operaciones en la compañía que casi terminó en suicidio -atajó Hidetaka-. Fue cuando se nos escapó el primer gran contrato y el pobre tipo al que mandamos se sentía tan apaleado por dentro que por muy poco se colgó.
-¿Por muy poco? -Tali arqueó sus cejas.
-Lo sorprendí a segundos de matarse y creo que lo bajé, le di como diez puñetazos y le dije que por ningún motivo contemplara esa opción de nuevo -el viejo cerró sus ojos y juntó los dedos-. En esa época yo era mucho más impulsivo, claro; habré tenido treinta años, quizás un poco más.
-De sólo imaginarme cómo le dejaste la cara me llegó a doler, papá -Shinya se llevó su diestra a la mejilla ídem-. Sé que aún tienes esa derecha terrible.
-Que te lo cuente ese ladronzuelo al que pillé husmeando cerca del coche hace veinte años. Ni su madre lo reconoció después de la paliza que le di.
El resto de la comida se fue en temas bastante más amenos, como las recomendaciones de Hidetaka respecto al viaje a Sudamérica y algunas películas en el cine local que bien valían la pena, como Moneyball, Star Wars: Episodio VIII y Coco. La lamia quedó con aún más ganas de ir al Cono Sur una vez supo que allá los veranos, especialmente en localidades con acceso al agua como Viña del Mar, Buenos Aires o Montevideo, eran bastante agradables incluso con 30 grados de calor. "A la humedad nos acostumbraremos", recalcó sonriendo y acercándose levemente a su muchacho, quien también declaró su anhelo de dedicar varios días a recorrer Sidney, Melbourne y Wellington hasta la última de sus calles. "Sé que en Nueva Zelanda tiembla bastante pero ¿qué le hace el agua al pez?", dijo para risa de los demás. Iori, por su lado, también compartió una serie de destinos que deseaba visitar una vez reuniera suficiente dinero para un periplo de cuatro a cinco semanas (los días, gracias a su generoso contrato, los tenía guardados hace tiempo).
-Si hay un lugar al que siempre he deseado ir es Suiza, especialmente a esas pequeñas villas lacustres -explicó, su voz teñida de anhelo-. Siempre me he sentido atraída por todo lo relacionado a ellas, como las cascadas y los deportes acuáticos.
-¿Y qué hay de las grandes ciudades? -inquirió Shinya-. Berna y Ginebra son imperdibles, según tengo entendido.
-Lo sé pero mi foco está en localidades más tranquilas como Brissago, Ascona, Locarno, Morcote... Allá también hay muchas iglesias y monasterios preciosos; no fotografiarlos sería un crimen. Y si quiero ir a las grandes urbes, siempre puedo tomar un tren. Suiza es un país muy pequeño y en tres horas llegas a cualquier parte, inclusive más allá de sus fronteras.
-Eso aplica a casi toda Europa con excepción de los cerrados países del este y Rusia; esos son un mundo aparte al que no conviene ir porque sospechan inmediatamente de ti. Y esto lo digo siendo japonés -otra vez Hidetaka.
-Demasiado sectarismo -suspiró Talirindë-. Al menos aquí somos libres y podemos hablar sin temor a ser juzgados.
-Concuerdo con usted, señorita. ¿Me disculpan un momento, por favor?
Levantándose en el acto de la mesa, se perdió por la puerta de la cocina y regresó poco después con una bandeja tan pulida que llegaba a brillar bajo la luz de los focos en techos y paredes. Sobre ella venían una botella de tinto francés recién descorchado y cuatro copas de cristal de Bohemia (más finas imposible). Dejó todo en su sitio con la prontitud esperable, nuevamente imitando actitudes más propias de un transatlántico de lujo que de un departamento en Shirokane, por exquisitamente decorado que estuviera.
-Servido, señor -dijo con voz neutra-. Tres cuartos, tal como a usted le gusta.
-Muchas gracias, querida -devolvió Hidetaka.
-¿Una copa, señorita? -se dirigió ahora a la escamosa.
-No suelo beber alcohol, Iori, pero te la aceptaré rellena hasta la mitad.
Y así lo hizo la humana, tomando con delicadeza el tallo e inclinándolo con un gesto preciso antes de hacerse con la botella y crear un pequeño océano rojo oscuro en su interior. "Realmente tiene buen cálculo", se dijo la extraespecie. "No se pasó ni un milímetro de la marca". La felicitó de forma sencilla pero mantuvo sus ojos bien abiertos por si deseaba intentar algo más con Shinya.
-¿Y tú, corazón? -lo miró nuevamente con esa complicidad tan avasalladora-. ¿Cuán llena quieres tu copa?
El ojigris se vio atrapado en una disyuntiva incómoda. La botella contenía su vino tinto favorito, tal vez el único que le gustara tanto como ese espumante que adoraba disfrutar estando a solas en casa con Tali. Una parte de sí mismo le animaba a aceptar la oferta de Iori; después de todo ella sólo quería hacerle sentirse bien en todo momento. Admiraba su estupenda disposición, potente al mismo nivel de la chispa capaz de mantener a flote las relaciones auténticas aún con el paso del tiempo y la distancia. La otra, sin embargo, parecía inclinarse un poco hacia el calor compartido con la lamia, hallando en ella ese sabor que nadie más podía proveerle.
-Lo siento, querida, pero hoy me toca pasar -levantó una mano y pareció cortar el aire con ella-. Hoy estoy conduciendo y lo último que deseo es recibir una multa por andar con alcohol tras el volante. ¿Puede ser para la otra?
-Como gustes, Shinya. Para otra vez será.
La sirvienta no ocultó su decepción y rellenó su propia copa casi hasta los dos tercios, aunque se las arregló para camuflar todo mediante una extensión de la anterior conversación; la alienación social ciertamente daba para mucho, especialmente ahora que los teléfonos inteligentes tenían pito que tocar. Entre sorbos y sorbos de vino dieron casi las tres, hora idónea para levantar la mesa y quizás beber un café o un té. Cada uno aportó lo suyo. Hidetaka ayudó a su mucama a llevar la loza al fregadero. Shinya se hizo cargo de vasos y cubertería y Talirindë sacudió el mantel a conciencia para eliminar cualquier rastro de migas. Las fugadas vivieron bien poco antes de ser capturadas por el escobillón y la pala (no iba a pasar la aspiradora en sábado por respeto a los vecinos).
-¿Está bien el té aquí, señor? -preguntó la liminal, dejando dos tazas en la mesa de centro.
-Sí, querida. Con tu permiso, debo ir a buscar algo más de azúcar.
-No se moleste -cortó ella-. Yo iré. Total, la cocina está aquí al lado.
Moviendo sus escamas hasta allá sin tocar los muebles, saboreó la tibia textura de la alfombra persa y después se internó en el mar café claro del piso flotante. Justo al llegar al dintel de la puerta abierta sintió un par de voces que conocía muy bien.
-Ese partido estaba para cualquiera, Iori. Eran ellos o nosotros y la suerte les cayó a ellos -mencionó Shinya con algo de resignación-. En fin, siempre habrá un torneo el año que viene.
El trasfondo de las palabras se unió de inmediato en la mente de la reptiliana: su querido muchacho hablaba del encuentro que perdieron por apenas una carrera contra Mitsukata el pasado 21 de octubre y que privara a Nakashima de acceder al Campeonato Nacional Amateur. Aún recordaba sus gritos de ánimo desde las gradas y cómo las acciones se alargaron hasta la 15ª entrada antes de determinar un ganador. Después vino el consuelo sin reservas en casa, tarea algo complicada porque al primogénito le encantaba el béisbol... pero incluso tan magno deporte quedaba pequeño al lado de ella, algo que le agradó mucho. No era para menos: una lamia siempre era feliz cuando se sentía querida, en perfecta sincronía mental y emocional con su hombre. Volvió a la realidad y se mantuvo oculta, sus oídos atentos ante la perspectiva de saber por qué él se había demorado tanto en ayudarle a lavar los platos.
-Es tan injusto que hayan caído 2-1 -dijo la humana-. Si hay una diferencia maldita, sin importar el deporte, es la mínima. Recuerdo lo que hablamos sobre las incoherencias y justo así se me ocurre otra: no podemos entender los deportes sin números pero algunos insisten en reducirlo todo a simples hojas de cálculo. ¿Qué haces con las emociones y los pensamientos de los atletas, eh? ¿Qué haces con ellos?
-Parece que esto te afecta mucho.
-¡Claro que me afecta! -Iori se sonrojó y apartó la vista; claramente el exabrupto la incomodó-. Ya sabes cómo son las cosas, Shinya: nunca fui muy buena para los deportes estando en la escuela pero aún así me encantan, especialmente el béisbol. Encuentro tan injusto que sólo hubiese softball para las chicas en esos años... Siempre he pensado que si me hubiese animado un poco podría haber aprendido a jugar bien.
-Nunca he sido partidario de confinar ambos deportes a géneros específicos. Ni una chica dispuesta a jugar béisbol es marimacha ni un hombre que disfruta el softball es afeminado -habló Shinya con voz tajante-. Sin ir más lejos, la misma Tali ha tomado los bates y guantes como cualquier humano y lo disfruta muchísimo.
La aludida sonrió en silencio. Todo ello era cierto, una de las muchas formas de conocer por entero al anfitrión al que tanto amaba.
-Es cuestión de voluntad y de estar dispuesto a dejarte la vida en cada jugada -continuó el chico-. Tener talento es fantástico, sí, pero si no lo combinas con la mentalidad apropiada estás frito.
-Yo no lo podía haber explicado mejor.
Lo que vino después dejó perpleja a la chica monstruo: Iori se acercó a él, le dio un beso en la frente y después lo abrazó fuertemente, empinándose un poco para compensar por la diferencia de estatura. Nuevamente se sonrojó, sintiendo pequeñas lágrimas asomarse por sus ojos cerrados.
-Doce años han pasado, Shinya, y sigues siendo el mismo ser idealista y comprometido que conocí cuando entré al servicio de tus padres -abrió los ojos la mucama-. Esa es una de las muchas cosas que me hicieron aprender a admirarte y a quererte a pesar de la diferencia de edad entre nosotros -le dio otro abrazo y se quedó algo más de tiempo pegada a él-. Nunca cambies, por favor. No lo hagas porque no podría soportarlo.
-Pierde cuidado, Iori, porque de mí hay para rato -él le sonrió, acariciándole levemente sus mejillas-. Cambiar mi forma de ser sería traicionar a mi padre, a Tali y también a todos mis amigos y conocidos, incluyéndote.
-Me alegro mucho por eso -ella sonrió-. Gracias por ayudarme a sacar ese peso de mi mente, Shinya. A todo esto y en aras de agradecerte, quería proponerte algo especial.
-¿Qué cosa?
Los sensores de la pelipúrpura se dispararon, liberando nuevamente descargas de celos del mismo modo que la adrenalina asomaba en momentos de extrema necesidad. Una parte de sí misma quería desentenderse de todo y dar media vuelta, aún a cosa de volver sin el azúcar para el té. La otra, sin ganas de cobardía, decidió cortar por lo sano y golpeó el dintel de la puerta como si lo hubiese pasado a llevar sin querer, entrando a la cocina poco después. Suspiró de alivio al ver que Shinya e Iori estaban separados por un par de metros; la única diferencia es que ella iba vestida con ropas de civil en vez de su sobrio uniforme de ama de llaves.
-¿Interrumpo algo? -deslizó como quien no quería la cosa.
-¡Ah, Tali! -el chico acudió a ella de inmediato-. ¿Ocurre algo?
-Sólo venía a buscar un poco de azúcar para el té -contestó ella-. Tu taza, dicho sea de paso, está servida.
-El azúcar está en la segunda alacena del lado izquierdo -señaló la humana; después hizo otra reverencia-. Tienen la cocina a su entera disposición.
-¿Dónde vas?
-Tengo un boleto para ver Moneyball esta tarde -explicó Iori-. Hace bastante tiempo que le tengo echado el ojo y quería ver qué tanto de fantástico tiene la sabermétrica.
-¿Alcanzas a volver? -cuestionó el primogénito.
-Si el tráfico acompaña, sí -devolvió la pelicastaña-. Es probable que ustedes ya se hayan ido para cuando regrese, así que les deseo que pasen un buen resto del día.
-Gracias -dijeron los enamorados a coro, observándola hasta que desapareció por la puerta y escucharon su voz despidiéndose de Hidetaka.
De ahí todo quedó en silencio hasta que Talirindë sacó el azúcar desde donde le indicara la otra chica y ambos emprendieran el lento regreso a la sala de estar para tomar un buen té con canela.
-¿Shinya? -dijo ella.
-¿Sí, Tali?
-¿Por qué le dijiste a Iori eso de "alcanzas a volver"?
-Ah, ¿no te lo había dicho? -él rió levemente-. Iori ha sido mucama puertas adentro desde que entró a trabajar aquí. Sabrás que sus padres murieron siendo ella muy joven y no podía mantener por sí misma la casa donde vivía.
-Entiendo. Entonces la vendió y todo eso.
-Exactamente -le besó la mejilla con cariño, disipando sin saberlo el recelo almacenado en su novia-. ¡Ah, papá! Perdón por hacerte esperar tanto rato con el azúcar. ¿Aún está caliente la tetera?
Un asentimiento del padre fue suficiente respuesta para que los tres se sentaran en silencio a disfrutar ese nuevo momento. En medio de las suaves y cálidas notas de la canela en el paladar, reconfortando hasta el último rincón de su ser, la lamia pensó nuevamente en esa complicidad entre Iori y su novio, expresada en guiños de ojos, abrazos y palabras salidas del corazón. No dejaría que los celos la cegaran como a cualquier reptiliana pero tampoco se quedaría de brazos cruzados si el asunto tenía que ver con Shinya.
"Esto requiere tacto", se dijo, trazando las primeras líneas de un plan tan eficiente como discreto. "Vendré aquí apenas pueda y hablaré en profundidad con ella. No me iré hasta obtener respuestas a todas mis preguntas".
Nota del Autor: Esta tercera entrega con foco en Talirindë y Shinya linda en varios tópicos, partiendo por los celos tan inherentes a las extraespecies de sangre fría como los límites entre personas de distinta jerarquía. Iori da una dimensión especial a la familia Nakashima, acompañando al viejo Hidetaka en su día a día mientras exhibe, gracias a su atención al detalle, las señas de alguien cuya presencia siempre impacta. El ojigris ve en ella una amiga de larga data y la lamia, si bien aprecia su compromiso y virtudes al punto de querer aprender algo de ella, siente que va mucho más allá de lo esperable para una doncella. Así tenemos dos ruedas cuya fricción deja abierta la posibilidad de un nuevo capítulo donde la pelipúrpura bien podría resolver sus dudas... o quedarse con varias más. Mi plan inicial era ilustrar este pequeño conflicto en tres visitas distintas al departamento pero lo pensé un poco y, en aras de la solidez, decidí calzar todo en una. En una nota aparte, Eslabones ha cumplido oficialmente medio año de vida, algo que me tiene muy satisfecho.
Se siente bien haber terminado una historia algo más larga, así que aprovecharé la buena racha para ir a relajarme con una siesta. El buzón está abierto para recibir sus comentarios, así que mándenlos a su entera satisfacción. ¡Hasta una próxima oportunidad, gente! O como se dice en japonés, "lo único que me mantendría despierto es un vaso de granadina".
