Capitulo 26

Bella no estaba en sus habitaciones cuando Edward fue a buscarla allí. Edward reparó en la bandeja de galletas casi vacía y en el té frío. Y en las copas vacías de coñac. Interesante, pensó. Sabía que Bella bebía poco, y rara vez durante el día. O estaba muy contenta, o muy enfadada.

Le habían dicho que estaba con Christina Brandon, de los Brandon de Houston. Balanceándose hacia atrás sobre los talones, Edward observó los restos de la pequeña fiesta. Había hecho algunas averiguaciones sobre la antigua compañera de clase de Bella. Había llegado a un punto en que ya no dejaba nada al azar. Una llamada a un amigo de Washingon le había proporcionado todos los datos que necesitaba sobre Christina Brandon, desde su fecha de nacimiento al saldo de su cuenta bancaria. No había encontrado nada sospechoso. Sin embargo, no estaba del todo tranquilo.

En realidad, pensó mientras se paseaba por el cuarto de estar de Bella, estaba celoso. Celoso porque Bella estaba dedicándole su tiempo a otra persona. Era para echarse a reír. Odiaba pensar que estaba tan ligado a una mujer que no podía pasar ni una tarde separado de ella. Odiaba pensar que era tan irracional... o tan débil.

Era por la seguridad de Bella, se dijo. Sus sentimientos hacia ella estaban mezclados con preocupación. Era lógico. Pero, aun así, incómodo. Cuando ya no hubiera razón para preocuparse, tal vez su sentimientos cambiaran. Era razonable. Seguramente, sería mejor así. Pero era sumamente improbable, pensó con fastidio.

Incluso en ese momento notaba el perfume de Bella, a pesar de que la habitación olía suavemente a las flores que, dispuestas en jarrones, había por todas partes. Estaba allí, aquella fragancia francesa, tan femenina y sensual que solía acompañarla. Edward podía imaginársela sentada en el diván, bebiendo una taza de té, mordisqueando una galleta quizá, pero sin mucho interés. Comía demasiado poco.

Había sufrido. Edward lo sabía... y detestaba pensarlo. Sin duda e habría sentido deshonesta por tener que hablar con su vieja amiga, que ahora no era más que una extraña para ella.

¿Era esa la razón de que se sintiera tan unida a él?, se preguntó. Él era, entre todas las personas de su vida, la única que no poseía fuertes lazos con ese pasado que ella no recordaba. Entre ellos no mediaban años de recuerdos que los unieran, ni que los separaran. Entre ellos solo mediaba el presente.

Y esa única noche, años atrás, en la que habían bailado un vals a la luz de la luna.

Idiota. Se pasó una mano por el pelo. Era un idiota por pensar que, de no ser por la amnesia, Bella se acordaría de que había bailado con él en la fiesta de su decimosexto cumpleaños. Solo porque él no lo había olvidado. Nunca había podido olvidarlo. ¿Había estado enamorado de ella todo ese tiempo? ¿De la imagen que tenía de ella?

Edward recogió un pendiente que Bella había dejado descuidadamente sobre la mesa. Era de oro y diamantes. Simple y complejo al mismo tiempo, su forma cambiaba cuando se giraba... igual que una mujer. Igual que Bella. Edward hizo girar el pendiente entre sus dedos un momento y se preguntó si seguía siendo aquella imagen lo que lo mantenía cautivado.

Sabía demasiadas cosas acerca de ella, pensó. Demasiados detalles que no tenía por qué saber. A Bella le gustaba bañarse en agua muy caliente y coleccionar viejas fotografías de gente que no conocía. Antaño había albergado secretamente el sueño de bailar en el Ballet Real. A los quince años, había creído estar enamorada de un joven jardinero.

Edward conocía antes que ella aquellos ínfimos detalles de su vida. Se los había robado a ella, extrayéndolos de sus diarios para llevar a cabo la labor que le había sido encomendada. Cuando Bella recuperara la memoria, cuando, en ese momento, lo mirara, ¿no sentiría rencor hacia él por aquella intromisión?

Edward sabía ya los nombres de las dos personas que la habían secuestrado, que habían cambiado el curso de su vida, que le habían arrebatado su pasado. Peo aún no podía decírselo a Bella, por su propio bien. Solo podía mantenerse alerta y protegerla. Y, cuando Bella lo supiera todo, cuando entonces lo mirara, ¿no lo odiaría por haberla engañado?

¿Cómo iba a decirle que dos personas de su entorno, dos personas en las que confiaba, habían conspirado contra ella? Ello aliviaría su conciencia, ¿pero qué le pasaría a Bella?

Edward había llegado a un punto en el que ya no dejaba nada al azar.

Oyó que la puerta del dormitorio se abría y se detuvo con el pendiente aún en la mano.

- Si, gracias, Bernadette. Tú prepara el baño. Yo me peinaré. Esta noche cenamos en famille.

- Sí, Alteza.

Edward oyó que la doncella entraba sigilosamente en el baño, y a continuación oyó que el agua corría por la porcelana. Imaginó a Bella desnudándose. Lentamente. Desabotonándose la elegante blusita que llevaba esa mañana. Qué raro, pensó. Las mañanas que se habían despertado juntos, la había visto vestirse. Pero nunca la había visto desvestirse. Cuando iba en su busca, Bella ya estaba en bata o en camisón. O esperándolo, desnuda, en su cama.

Dejándose llevar por un repentino impulso, Edward dejó el pendiente y entró en el dormitorio.

Bella estaba de pie delante del espejo, pero aún no se había quitado la ropa. Había una pequeña caja de porcelana sobre su cómoda, con la tapa alzada. Bella iba sacando de ella pequeñas horquillas, una a una, y se recogía el pelo con ellas.

Edward notó que estaba distraída, enfrascada en sus pensamientos. No parecía mirar su reflejo. Pero sonreía levemente, como si estuviera contenta. Edward rara vez la había visto sonreír así.

La doncella salió del cuarto de baño y sacó una bata del armario sin dar muestras de ver a Edward. Mientras dejaba la bata sobre la cama, Bella se puso la última horquilla.

- Gracias, Bernadette. NO te necesitaré más esta noche. Pero mañana -continuó, sonriendo rápidamente- te dejaré agotada.

La doncella hizo una reverencia. Edward aguardó. La doncella cerró la puerta sigilosamente a su espalda. Él siguió esperando. Bella cerró la caja y pasó un dedo sobre su tapa de porcelana. Dejando escapar un leve suspiro, se quitó los zapatos y se desperezó con los ojos cerrados. Dándole la espalda al espejo, se acercó a un pequeño armario y encendió el lector de ciscos compactos oculto en su interior. La música que salió de él era suave y sensual. Era una música de esas que se oían a través de las ventanas abiertas, las noches de verano. Bella se desabrochó los elegantes pantalones grises, los dejó caer sobre sus pies y se los quitó. Mientras Edward la observaba, se agachó para recogerlos, los alisó con la mano y los colocó sobre la cama.

Concentrada en la música, se desabrocharon uno a uno los botones de la blusa. Debajo llevaba una camiseta de seda de color gris perla, sin adornos. El tejido era muy fino y tan suave como su piel. Se bajó uno de los finísimo tirantes antes de que Edward diera un paso hacia delante.

- Bella...

Ella se habría sobresaltado de no haber reconocido su voz. Se volvió lentamente, porque al instante percibió el deseo en aquella voz. Edward estaba de pie, junto a la puerta, pero ella podía sentir su calor. Edward no hizo ningún movimiento. Solo la miró. Pero Bella sintió sus caricias en cada centímetro de su cuerpo. Sin decir una palabra, extendió una mano.

Y sin decir una palabra, él se acercó.

Se comunicaron con caricias: con el roce de los dedos, con la presión de las palmas de las manos... «Eres mía. Te estaba esperando. Te deseo». Sus bocas se movían la una sobre la otra en silencio y, sin embargo, se dijeron cientos de cosas. «Esto es lo único que deseaba. Eres lo único que necesito».

Bella desnudó a Edward sin apresurarse. Los dos sentían que sus ansias se volvían dolorosas. y aquella sensación les parecía exquisita. Bella le quitó la camisa de los hombros, y Edward se limitó a susurrar su nombre. Sin decirse nada, se tumbaron sobre la cama.

Edward no había conocido a ninguna mujer que le provocara un deseo tan intenso. Solo tenía que pensar en ella para excitarse. La piel de Bella y la seda de su camiseta se deslizaron sobre su carne. Tentación. Las manos de Bella vagaron libremente sobre su cuerpo, buscando y entregando placer. Deseo. Sus besos se prolongaron hasta que los dos se sentían inundados por un placer suave y delicioso. Rendición.

Bella se quedó inerme, debilitada por una oleada de sensaciones demasiado intensa como para intentar medirla. Edward se dejó llevar hacia donde el beso lo guiaba. Al interior de Bella.

Apartó sus bragas de seda con la mano y, al deslizarse dentro de ella, sintió un placer sutil, infinito. Su respiración se hizo entrecortada. Sus músculos se tensaron, se relajaron y luego volvieron a tensarse. Ambos se movieron al unísono. Pero ninguno dirigía, porque ambos se habían perdido completamente.

Bella se aferró con firmeza a los hombros de Edward. Los dedos de este se crispaban entre el pelo de ella. Sus miradas se mantenían fijas la una en la otra mientras sus movimientos seguían el ritmo de la música sofocante y abrasadora que inundaba la habitación.

No era una cuestión de dominio, sino de placer. Querían saborear el momento. Prolongar el placer. Edward no habría podido explicar las sensaciones que lo embargaban, que lo arrollaban, pero había podido describir con detalle los destellos que el sol arrancaba al pelo de Bella y la forma en que el placer afectaba a sus ojos.

Ella recordaría siempre aquel instante. Aunque volvieran a arrebatarle toda su vida, sabía que conservaría aquel recuerdo con perfecta claridad.

No hubo ningún deslumbramiento, ningún estallido de urgencia y desesperación. Se elevaron juntos, con dulzura, con exquisita suavidad. Bella habría podido llorar ante tanta belleza, pero se limitó a sonreír mientras él la besaba ligeramente en la boca.

Se quedaron cómodamente tendidos, sin separarse, prolongando aquel instante un poco más. El sol del atardecer emanaba una luz apacible. De no haber sido por sus obligaciones, se habrían quedado así hasta el día siguiente.

- Te echaba de menos.

Sorprendida, Bella ladeó la cabeza sobre su hombro para poder mirarlo a la cara.

- ¿Ah, sí?

- Hoy casi no te he visto -se sentía estúpido por pensarlo, más que por decirlo. Sonriendo un poco, le acarició el pelo.

- Pensaba que ibas a ir al salón de baile.

- Pasé por allí un par de veces. Pero estabas ocupada -y a salvo, añadió para sus adentros. Tres de los obreros que trabajaban en el salón llevaban pistolas bajo los monos.

- Mañana será aún peor -contenta, Bella se acurrucó contra él-. Nos costará horas solamente colocar las flores. Y luego habrá que ocuparse del vino, de los licores, de los músicos, de la comida... De la gente...

Bella guardó silencio. Inconscientemente, Edward la abrazó con más fuerza.

- ¿Nerviosa?

- Un poco. Habrá tantas caras, tantos nombres... Me pregunto si...

- ¿Qué?

- Sé lo importante que es este baile para la FAND y para Cordina. Pero me pregunto si podría escabullirme.

- Ya has hecho más de lo que cabría esperar. Relájate y tómatelo como venga. Haz lo que te parezca mejor, Bella.

Ella se quedó callada un momento.

- Ya lo he hecho. Se lo he contado todo a Christina Brandon.

Edward pareció querer decir algo, pero luego se detuvo. Notaba que Bella aguardaba sus críticas, su impaciencia, incluso su ira. Percibía en sus ojos una expresión al mismo tiempo compungida y desafiante.

- ¿Por qué? -pero era una pregunta, no una acusación. Casi pudo sentir el alivio de Bella.

- A ella no podía mentirle. He pedido la memoria, pero aún tengo sentimientos. Y con ella sentí algo, algo que necesitaba sentir -se detuvo un momento y dejó escapar un gemido de exasperación-. Pensarás que soy idiota.

Bella empezó a incorporarse, y Edward hizo lo mismo.

- No -puso una mano sobre la de ella para reconfortarla-. Dime qué sentiste.

- Que necesitaba hablar con una mujer -dejó escapar un largo suspiro. Luego volvió a mirarlo. Su cara aún conservaba el fulgor de la pasión. Sin embargo, había en ella cierta vulnerabilidad-. Me paso la vida rodeada de hombres. Amables, preocupados, pero... -¿cómo podía decirlo par que él lo entendiera? No podía-. Simplemente, necesitaba hablar con una mujer.

Por supuesto que lo necesitaba. Edward se llevó su mano a los labios. ¿Por qué nadie se había dado cuenta? El padre, el médico, los hermanos... el amante. Pero Bella no tenía a nadie que le diera la clase de apoyo, la clase de empatía que solo las personas del mismo sexo pueden darse.

- ¿Te sirvió de algo?

Ella cerró los ojos un momento.

- Sí. Chris es especial para mí. Eso es lo que sentí.

-¿Y cómo reaccionó ella?

- Dijo que todo esto apesta -una carcajada borboteó en su garganta. Un sonido que él casi nunca oía-. Opina que a Loubet, a mi padre y a ti habría que domaros como a caballos.

Edward emitió un sonido que habría podido ser de regocijo o de desagrado. Básicamente, estaba de acuerdo con ella.

- Parece una mujer sensata.

- Lo es. No puedo explicarte lo que ha supuesto para mí hablar con ella. Edward, Christina no me mira como si estuviera enferma o loca o... no sé qué.

- ¿Es eso lo que hacemos?

- A veces, sí -se echó el pelo hacia atrás y lo miró con una ansiedad que imploraba comprensión-. Chris lo comprendió todo, me dijo sin tapujos lo que pensaba y luego me pidió que la ayudara a elegir un vestido para el baile. Fue todo tan natural, tan sencillo, como si entre nosotras no hubiera pasado nada. Sencillamente, volvimos a ser amigas otra vez. No sé cómo explicarlo.

- No tienes por qué hacerlo. Pero creo que tendré que hablar con ella.

Los labios de Bella se curvaron.

- Oh, me parece que lo está deseando -lo besó de nuevo de aquella manera ligera, amistosa que de vez en cuando adoptaba inesperadamente-. Gracias.

- ¿Por qué?

- Por no regañarme.

- La decisión era tuya, Bella.

- ¿De veras? -ella se echó a reír, sacudiendo la cabeza-. No sé, no sé. Mi baño se está enfriando -dijo, cambiando deliberadamente de tema-. Me has entretenido.

- Desde luego que sí -sonriendo, él pasó un dedo suavemente por uno de sus pechos y lo sintió temblar.

- Lo menos que puedes hacer para compensarme es frotarme la espalda.

- Me parece justo. El problema es que yo también tengo que bañarme.

- Eso no es problema -Bella se apartó de él y se levantó-. Una vez me pregunté si habría compartido la bañera con alguien. Es muy grande -desnuda, rodeada por un halo de sol, empezó a ponerse de nuevo las horquillas-. Y todavía queda una hora para la cena.