Nota del Traductor
Me gusta ponerles en suspenso. Pero técnicamente, este es el último capítulo, ya que falta el epilogo y las palabras finales de Meyer y su servidor. Y decidí ponerle temporalmente el bozal al monstruo para que puedan disfrutar y después le alimenten lo suficiente por las fiestas de navidad. Les advierto que es muy glotón.
Update 18/12/2015: Corrección de erratas.
LA TRANSFORMACIÓN
Al final terminé por cambiar de opinión.
El incendio que sentía en el brazo no había sido tan terrible. Era la peor sensación que había experimentado hasta el momento, sí. Pero no podía compararse con tener el cuerpo entero en llamas.
Le imploré que lo detuviera. Le dije que eso era lo único que en realidad deseaba: que el ardor cesara. Lo único que quería.
Escuché a Archie diciéndole que todo el mundo decía lo mismo, recordándole que ella también había suplicado a Carine que la matara, diciéndole que mi primera decisión era la que contaba.
Recuerdo que, en un momento dado, le grité que se callara.
Creo que se disculpó.
Pero, sobre todo, me costaba prestar atención a lo que pasaba más allá del incendio. Sé que me movieron. Tuve la sensación de estar en aquel suelo de madera ensangrentado y cubierto de vómito durante mucho tiempo, pero me era difícil calcular el paso de los minutos. A veces Carine decía algo y daba la impresión de que transcurría un año antes de que Archie le contestara, pero probablemente era el incendio el que transformaba los segundos en años.
Y, entonces, alguien cargó conmigo. Vi el sol durante otro de esos segundos que se me antojaron años: parecía pálido y frío. Luego, todo se oscureció. Y permaneció oscuro durante mucho tiempo.
Aún podía ver a Edythe. Me sostuvo en sus brazos, con mi rostro junto al suyo y una de sus manos en mi mejilla. Archie también estaba cerca. Creo que él sostenía mis piernas. Cada vez que daba un alarido, ella se disculpaba. Intenté no gritar, ya que no me ayudaba. No encontraba ningún alivio, ninguna liberación en ello. Al fuego le daba absolutamente igual lo que hiciera; se limitaba a seguir consumiéndome.
Cuando conseguía enfocar la mirada, veía luces tenues desplazándose por el rostro de Edythe, aunque lo único que rodeaba su cabeza era negrura. Más allá de los sonidos de su voz y de la mía, lo único que escuchaba era un zumbido constante y profundo. A veces incrementaba su volumen y otras cesaba por completo.
No me di cuenta de que estaba otra vez en el asiento trasero del coche negro hasta que se detuvo. No escuché la puerta al abrirse, pero el repentino resplandor de las luces fue cegador. Debí de encogerme al verlo, porque Edythe me susurró al oído:
—Solo hemos parado para rellenar el tanque de gasolina. Pronto estaremos en casa, Beau. Lo estás haciendo muy bien. Pronto habrá acabado. Lo siento muchísimo.
No pude sentir su mano en mi rostro: debía de estar fría, pero ya nada era frío. Intenté estirarme para tocársela, pero no era muy consciente de las respuestas de mis miembros. Creo que me agité, pero Edythe y Archie me contuvieron. Edythe supuso cuáles eran mis intenciones. Me tomó la mano y se la llevó a los labios. Deseé poder notarlo. Intenté agarrar la suya, sin saber cómo hacer que mis músculos se movieran sin ser capaz de sentirlos. Tal vez lo conseguí. Ella no me soltó.
La oscuridad se intensificó. Al final ya no pude seguir viéndola. El interior del coche estaba oscuro como la tinta, y no notaba ninguna diferencia entre tener los ojos abiertos o cerrados. Empecé a sentir pánico. El incendio convirtió la noche en una especie de cámara de privación de los sentidos: no percibía nada que no fuera dolor, ni el asiento que había debajo de mí, ni a Archie aferrándome las piernas, ni a Edythe sosteniendo mi cabeza y mi mano. Estaba completamente solo con la quemazón, y me sentía aterrado.
No sé qué debí de jadear —mi voz había desaparecido por completo, no sé si por la afonía de los gritos o si estaba tan calcinada que era incapaz de usarla— pero la de Edythe volvió a sonar en mi oído.
—Estoy aquí, Beau. No estás solo. No te dejaré. Aquí voy a estar. Escucha mi voz, estoy aquí contigo…
Oírla me tranquilizó, hizo que el pánico se desvaneciera; no así el dolor. La escuché, intentando no inspirar muy hondo para poder distinguirla mejor. Ya no necesitaba gritar. La intensidad del ardor solo aumentaba, nunca disminuía, pero estaba empezando a adaptarme. Era lo único que era capaz de sentir, pero no lo único en lo que podía pensar.
—Nunca quise esto para ti, Beau —prosiguió Edythe—. Daría cualquier cosa por detener todo esto. He cometido muchos errores. Debería haberme mantenido alejada de ti desde el primer día. No debería haber vuelto nunca. Te destrocé la vida, te lo quité todo…
Parecía que estuviera sollozando de nuevo.
—No —intenté decir, pero no estoy seguro de si en algún momento mi boca consiguió formar la palabra.
—El proceso está probablemente tan avanzado a estas alturas que recordará esto —dijo Archie en voz baja.
—Eso espero —respondió Edythe con voz quebrada.
—En realidad, quería decir que quizá podrías aprovechar el tiempo de un modo más productivo. Hay muchas cosas que todavía desconoce.
—Tienes razón, tienes razón —suspiró ella—. ¿Por dónde empiezo?
—Le podrías explicar cómo es tener sed —sugirió Archie—. Esa fue la parte más dura cuando yo desperté. Y las expectativas sobre él serán enormes.
Cuando Edythe contestó, fue como si escupiera las palabras a través de sus dientes.
—No lo obligaré. Él no escogió esto. Se puede convertir en lo que quiera ser.
—¡Ja! —espetó Archie—. Lo conoces muy bien como para creer eso, Edythe. La otra vía no será suficientemente buena para él. ¿No lo ves? Estará bien.
Se produjo un silencio mientras ella leía lo que fuera que Archie estuviera viendo en su mente. Aunque comprendía el silencio, me dejó de nuevo a solas en el incendio. Empecé a entrar en pánico otra vez.
—Estoy aquí, Beau, estoy aquí. No tengas miedo —Edythe inspiró hondo—. Seguiré hablando. Hay tantas cosas que contarte… La primera es que, cuando esto pase, cuando seas… transformado, no serás exactamente como soy yo, no al principio, al menos. Ser un neófito implica ciertas cosas, y la primera de ellas es que estarás constantemente sediento. Durante un tiempo no podrás pensar en mucho más que en eso. Tal vez por un año, puede que dos. Para cada vampiro es diferente. En cuanto esto termine, te llevaré a cazar. Querías ver cómo era, ¿no es así? Iremos con Eleanor, para que veas su faceta de osa… —se le escapó una risa, un leve sonido apenado—. Si decides… que quieres vivir como nosotros, será complicado. Sobre todo al principio. Quizá te cueste demasiado, y lo entenderé. Todos lo haremos. Si quieres intentar lo que yo hice, te acompañaré. Te indicaré quiénes son los monstruos humanos. Hay otras opciones. Lo que tú quieras. Si… Si no me quieres junto a ti, también lo entenderé, Beau, te juro que no te seguiré si me pides que no lo haga…
—No —jadee. Esta vez, me escuché contestar, así que supe que lo había hecho bien.
—Ahora no tienes que tomar ninguna decisión más. Habrá tiempo para ello. Solo quiero que sepas que respetaré cualquier elección que tomes —inspiró hondo de nuevo—. Probablemente debería advertirte sobre tus ojos. Ya no volverán a ser azules —dejó escapar otro sollozo entrecortado—. Pero no permitas que te asusten. El resplandor no durará demasiado. Aunque supongo que ese es un detalle insignificante… Debería centrarme en las cosas importantes. Las más duras, la peor de todas. Ay, lo siento tantísimo, Beau. No podrás volver a ver a tu padre ni a tu madre. No es seguro. Les harías daño, no serías capaz de contenerte. Y… existen ciertas reglas. Reglas a las que, como tu creadora, estoy sometida. Ambos seríamos responsables si tú te descontrolaras. Ay —se quedó sin aliento—. Archie, hay tantas cosas que no sabe…
—Tenemos tiempo, Edythe. Relájate, tómatelo con calma.
Escuché cómo volvía a tomar aire.
—La reglas —dijo—. Una única regla, con mil cambios posibles: la existencia de los vampiros debe permanecer en secreto. Eso significa que debemos controlar a los vampiros neófitos. Yo te enseñaré, te mantendré a salvo, te lo prometo —otro suspiro—. Y no podrás decirle a nadie lo que eres. Yo rompí esa regla. No pensé que pudiera hacerte mal, que alguien podría descubrirlo. Debería haberme dado cuenta de que mi simple proximidad terminaría por destruirte. Debería haber sabido que te arruinaría la vida, que me estaba mintiendo a mí misma sobre la existencia de alguna otra vía. Lo he hecho todo mal…
—Estás volviendo a dejar que la autoflagelación se anteponga a la información, Edythe…
—Es verdad, tienes razón —inspiró hondo—. Beau, ¿recuerdas el cuadro del despacho de Carine, el de los patrones nocturnos de las artes sobre los que te hablé? Son los Vulturis. Son, a falta de una mejor definición, la policía del mundo vampírico. Te contaré más sobre ellos dentro de poco, ahora solo necesitas saber que existen para que puedas entender por qué no puedes decirle a Charlie ni a tu madre dónde estás. No puedes volver a hablar con ellos, Beau —su voz se estaba tornando más aguda, como si estuviera a punto de quebrarse—. Es lo mejor… No nos queda otra opción más que dejar que piensen que has muerto. Lo siento. Ni siquiera tuviste ocasión de despedirte. ¡No es justo!
Se produjo una larga pausa durante la que escuché cómo su respiración se entrecortaba.
—¿Por qué no vuelves a lo de los Vulturis? —sugirió Archie—. Intenta mantener tus emociones a raya.
—Tienes razón —repitió ella en un susurro—. ¿Estás listo para aprender sobre la historia de tu nuevo mundo, Beau?
Edythe habló toda la noche sin descanso, hasta que salió el sol y pude volver a ver su rostro. Me contó relatos que parecían cuentos de terror. Estaba empezando a atisbar cuán inmenso era aquel nuevo mundo, pero sabía que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera comprender la totalidad de su alcance.
Me habló de las personas que había visto en el cuadro con Carine, los Vulturis, y de cómo habían unido sus fuerzas durante la civilización Micénica. Me explicó cómo iniciaron una campaña milenaria para llevar la paz y el orden al mundo vampírico y que en sus inicios habían sido seis integrantes. Me habló también de cómo la traición y el asesinato los había reducido a la mitad. Alguien llamado Aro había asesinado a su hermana, la mujer de su mejor amigo. El mejor amigo, que se llamaba Marco, era el hombre que había visto de pie junto a Carine. La propia esposa de Aro, Sulpicia, la mujer del oscuro y espeso cabello ondulado del cuadro, fue la única testigo. Ella lo había evidenciado con Marco y sus soldados. Hubo cierto debate acerca del modo en que debían actuar —Aro poseía un don extrasensorial muy poderoso, parecido al que tenía Edythe, pero realzado, dijo ella— y los Vulturis no estaban seguros de cómo podrían proceder sin él. Pero Sulpicia buscó a una joven —Mele, la que Edythe había catalogado de sirvienta y ladrona— que tenía un don propio: era capaz de absorber los poderes de otros vampiros. Ella misma no era capaz de usarlos, pero sí que podía traspasarlos a otra persona a través del contacto. Sulpicia hizo que Mele le robara a Aro su don, y entonces Marco lo ejecutó. Una vez en posesión del don de su marido, Sulpicia descubrió que el tercer hombre de su grupo estaba involucrado en el plan. Él también fue ejecutado, y su mujer —Ateneodora— se unió a Sulpicia y a Marco para liderar a su guardia. Derrotaron a los vampiros que sembraban el terror en Europa y a los que tenían sometido Egipto. Una vez en el poder, establecieron reglamentos para mantener el mundo vampírico oculto y a salvo.
Intenté escuchar lo máximo que pude. No suponía distracción alguna frente al dolor —no había escapatoria posible—, pero era mejor pensar en aquello que en el incendio.
Edythe me dijo que los Vulturis eran quienes habían inventado todas las historias sobre las cruces, el agua bendita y los espejos. Durante siglos, consiguieron que todas las referencias a los vampiros se convirtieran en mitos. Y ahora velaban porque así siguiera siendo. Los vampiros debían mantenerse en las sombras… o de lo contrario deberían hacer frente a las consecuencias.
Así que no podría volver a la casa de mi padre ni permitir que viera aquellos ojos que Edythe había calificado de "resplandecientes". No podría conducir hasta Florida para abrazar a mi madre y hacerle saber que no estaba muerto. Ni siquiera podría telefonearla para explicarle el confuso mensaje que le había dejado en el contestador. Si algo aparecía en las noticias, si se expandía el rumor de cualquier implicación sobrenatural en el asunto, la guardia de los Vulturis podría venir a investigar.
Tenía que desaparecer disimuladamente.
El incendio dolía mucho más que la mención de todas aquellas cosas. Pero sabía que aquello no duraría para siempre. Muy pronto, serían las que más me harían sufrir.
Edythe cambió rápidamente de tema, y me habló de un clan amigo en Canadá que vivía del mismo modo que ellos. Tres rubios hermanos rusos y dos vampiros españoles eran los familiares más cercanos de los Cullen. Me contó que dos de ellos también tenían poderes extrasensoriales: Kirill podía hacer algo relacionado con la electricidad y Elena conocía los talentos de cualquier vampiro con el que se encontrara.
Me habló de otros amigos, dispersos por todo el mundo. En Irlanda, en Brasil y en Egipto. Mencionó muchos nombres. Finalmente, Archie tuvo que volver a intervenir y pedirle que diera prioridad a otras cosas.
Edythe me contó que nunca envejecería. Que siempre tendría 17 años, igual que ella. Que el mundo se transformaría en torno a mí y que yo lo recordaría todo y jamás olvidaría un solo segundo.
Me contó cómo vivían los Cullen, trasladándose de una región nubosa a otra. Earnest restauraba una casa para la familia. Archie invertía sus posesiones con resultados increíblemente beneficiosos. Decidían en conjunto una historia para explicar las relaciones entre ellos y Jessamine creaba identidades nuevas y documentaba los pasados de cada uno. Carine conseguía un empleo en un hospital con sus nuevas credenciales, o volvía a la universidad para ampliar sus estudios en un campo nuevo. Si el lugar parecía prometedor, los menores de los Cullen fingían ser más jóvenes de lo que eran para poder permanecer más tiempo.
Cuando mi periodo como neófito hubiera concluido, podría volver al instituto. Pero mi educación tendría que esperar por el momento. Tenía mucho tiempo por delante y a partir de ahora recordaría cualquier cosa que leyera o escuchara.
Jamás volvería a dormir.
La comida me resultaría repulsiva. Nunca volvería a tener hambre, solo sed.
No me enfermaría nunca, ni tampoco volvería a cansarme.
Sería capaz de correr más rápido que un coche de carreras. Poseería una fuerza mayor que cualquier otra especie del planeta.
No necesitaría respirar.
Podría ver con mayor claridad, y escuchar incluso el sonido más sutil.
Mi corazón dejaría de latir al día siguiente o al otro, y nunca más volvería a hacerlo.
Sería un vampiro.
Una de las pocas cosas buenas del escozor era que me permitía escuchar aquello con cierta distancia. Me concedió tiempo para procesar lo que Edythe me estaba contando sin emociones. Sabía que las emociones llegarían después.
Nuestro viaje terminó cuando empezó a oscurecer de nuevo. Edythe me transportó hasta la casa como si fuera un niño, y se sentó conmigo en el gran salón. Su rostro pasó de tener un fondo negro a uno blanco. Ahora podía verla con mayor claridad, y no creía que se debiera solo a la luz.
Mi rostro se reflejó en sus ojos, y me sorprendió descubrir que, efectivamente, era un rostro y no un trozo de carbón, aunque reflejaba una angustia inmensa. Aun así, me consoló saber que no era el montón de cenizas en el que sentía que me había convertido.
Me contó más historias para ocupar el tiempo, y los demás presentes en la sala hicieron turnos para ayudarla. Carine se sentó en el suelo junto a mí y me contó una historia absolutamente asombrosa sobre la familia de Jules: su tatarabuela había sido una verdadera mujer loba. Todas las cosas de las que Jules se había mofado eran absolutamente verídicas. Carine me contó que ella les había prometido no volver a morder a ningún otro humano. Aquello formaba parte del tratado que existía entre ellos, el que implicaba que los Cullen jamás podrían dirigirse al oeste, hacia el océano.
Al final Jessamine me contó su historia. Supongo que decidió que ya estaba preparado. Cuando lo hizo, me alegré de que mis emociones estuvieran prácticamente enterradas bajo el incendio. Ella también había perdido a su familia cuando el hombre que la creó la raptó inesperadamente. Me habló del ejército al que había pertenecido, de una vida llena de carnicerías y muertes, y de cómo se liberó. Me habló del día en que Archie le había permitido encontrarle.
Earnest me habló de cómo su vida había terminado mucho antes de suicidarse, de su esposa, perturbada y alcohólica, y de una hija que amaba más que a su propia vida. Me habló de la noche en que su mujer, en medio de un delirio alcohólico, saltó por un acantilado con su pequeña hija en brazos, y cómo no había podido hacer otra cosa que seguirlas. Entonces me contó que, tras el dolor, había visto a una mujer increíblemente hermosa, vestida con un uniforme de enfermera, un uniforme que recordaba haber visto en otro lugar, en una época más feliz, cuando era un hombre joven. Una enfermera que no había envejecido ni un solo año.
Eleanor me relató cómo había sido atacada por un oso y cómo después había visto que un ángel la llevaba hasta Carine en lugar de al cielo. Me contó que en un primer momento pensaba que había sido enviada al infierno —con razón, admitió— y que, después, había entrado finalmente al paraíso.
Fue ella quien me relató cómo había conseguido escapar el pelirrojo. No había vuelto a acercarse a Charlie después de registrar su casa. Cuando todos estuvimos de regreso en Forks, Royal, Jessamine y ella siguieron el rastro del hombre lo más lejos que pudieron. Desapareció en el mar de Salish y no habían sido capaces de ubicar el lugar por el que había salido a la superficie. Por lo que sabían, podía haber nadado hasta el océano Pacífico, y de ahí a otro continente. Debía de haber supuesto que Joss había perdido la batalla y que lo más sensato era desaparecer.
Incluso Royal tuvo su turno. Me habló de una vida consumida por la vanidad, llena de posesiones materiales, de ambición. Me habló de la única hija de un hombre poderoso —aunque Royal no sabía exactamente cuál era el poder que ejercía— y cómo había planeado casarse con ella y ser el heredero de su dinastía. Me contó que la hermosa hija fingía amarle para complacer a su padre, y que después había sido testigo de cómo su amante, miembro de un sindicato del crimen rival, propinaba una paliza de muerte a Royal, mientras se carcajeaba todo el tiempo de él. Me contó el modo en que se había vengado. Royal fue quien menos cuidado puso en la elección de sus palabras. Me contó que había perdido a su familia, y que nada de todo aquello compensaba la pérdida.
Cuando Edythe susurró el nombre de Eleanor, gruñó una única vez y luego se marchó.
Creo que Archie debió de ver el vídeo de Joss en el estudio de danza mientras Royal o Eleanor hablaban. Cuando Royal se fue, Archie ocupó su puesto. Al principio no entendí el tema de su conversación, porque Edythe era la única que se expresaba en voz alta, pero finalmente lo capté. Archie estaba buscando algo en su ordenador portátil, intentando reducir las opciones de los lugares donde podía haber transcurrido su vida humana. Me alegré de que no pareciera hacer ninguna otra referencia a la cinta: su atención se centraba en su pasado. Yo traté de recordar cómo usar mi voz para poder detenerle si intentaba mencionar alguna otra cosa sobre el resto del vídeo. Esperaba que Archie hubiera sido lo suficientemente astuto como para destruir la cinta antes de que Edythe pudiera verla.
Las historias me ayudaron a distraerme, a prepararme, mientras el incendio ardía, pero solo podía prestar una atención limitada. Mi mente estaba catalogando el incendio, experimentándolo de nuevas maneras. El modo en que percibía tan definidamente cada centímetro, cada milímetro de mi piel resultaba asombroso. Era como si pudiera sentir la manera en que ardía cada una de mis células. Podía distinguir la diferencia entre el dolor de las paredes de mis pulmones y el de las plantas de mis pies, el del interior de mis globos oculares o el que me recorría la columna vertebral. Todas eran agonías distintas y claramente identificables.
Oía el golpeteo de mi corazón, que se me antojaba extremadamente intenso, como si estuviera conectado a un amplificador. También oía otras cosas. Principalmente, la voz de Edythe, y a veces a los demás hablando, pero no los veía. Una vez oí música, pero no supe distinguir de dónde procedía.
Tuve la sensación de permanecer varios años tumbado en aquel sofá, con la cabeza apoyada en el regazo de Edythe. Las luces nunca llegaron a apagarse, de modo que no sabía si era de día o de noche. Pero los ojos de Edythe se mantuvieron dorados en todo momento, así que supuse que el incendio mentía de nuevo sobre el transcurso del tiempo.
Era tan consciente de todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo que percibí inmediatamente el momento en que algo cambió.
Empezó en los dedos de mis pies; ya no los sentía. Era como si el incendio por fin hubiera vencido, reduciendo partes de mí a cenizas. Edythe había dicho que no estaba muriéndome, sino convirtiéndome, pero en aquel momento de pánico pensé que se había equivocado. Quizá aquella conversión vampírica no funcionara conmigo. Tal vez toda aquella quemazón no fuera más que una manera de morir, la peor de todas.
Edythe notó que volvía a asustarme y comenzó a tararearme algo al oído. Intenté ver el lado positivo. Si aquel proceso me estaba matando, terminaría en algún momento. Y si iba a terminar, al menos podría pasar lo que me quedaba de vida en brazos de Edythe.
Pero entonces me percaté de que mis dedos seguían allí, solo que ya no ardían. De hecho, el incendio también estaba abandonando las plantas de mis pies. Me alegré infinitamente de comprender lo que estaba pasando, porque las siguientes en recuperar la sensibilidad fueron las yemas de los dedos de las manos. No tenía motivo para volver a entrar en pánico, y tal vez sí una razón para sentirme esperanzado. El incendio se estaba extinguiendo.
Solo que daba la sensación de que, más que apagarse, se estuviera… desplazando. El incendio, que había abandonado mis extremidades, parecía estar fluyendo hacia el centro de mi cuerpo, avivando las llamas, intensificando el calor. Era incapaz de creer que pudiera existir un ardor aún más intenso.
Mi corazón, que ya latía con gran fuerza, empezó a hacerlo con mayor velocidad. Parecía que allí era donde se concentraba el núcleo del incendio. Estaba absorbiendo las llamas de mis manos y mis tobillos, liberándolas del dolor pero multiplicando el calor y la agonía en mi pecho.
—Carine —la llamó Edythe.
Carine entró en el salón, y lo más asombroso de todo fue que pude oírla cuando lo hizo. Edythe y su familia jamás hacían ruido al moverse. Pero ahora, si escuchaba con atención, era capaz de oír incluso el leve roce que emitían los labios de Carine al hablar.
—Ah. Ya casi termina.
Deseé sentir alivio, pero la creciente agonía que sentía en el pecho me incapacitó para experimentar cualquier otra cosa. Alcé la vista hacia el rostro de Edythe. Estaba más hermosa que nunca, porque ahora podía verla mejor que nunca, pero no pude apreciar plenamente su belleza. Sentía mucho dolor…
—¿Edythe? —jadeé.
—Estás bien, Beau. Está terminando. Lo sé, lo siento. Recuerdo cómo fue.
El incendio rasgó mi pecho, inundándolo de más calor, extrayéndolo de mis codos y mis rodillas. Imaginé a Edythe pasando por aquello, sufriendo de aquel modo, y mi dolor adoptó una perspectiva distinta. En aquel momento, ella ni siquiera conocía a Carine, ni tampoco sabía qué le estaba pasando. A ella no la habían sostenido durante todo el proceso los brazos de alguien a quien amaba.
El dolor me desapareció de prácticamente todo el cuerpo, salvo de mi pecho. El único remanente quedaba en mi garganta, pero era un tipo de ardor distinto, más seco, molesto…
Volví a escuchar ruido de pasos, y supe que podía distinguir las diferencias entre ellos. El paso decidido y confiado era de Eleanor, no había duda. El de Archie era el más rítmico y rápido. El de Earnest era un poco más lento y cauteloso. Jessamine fue la que se quedó junto a la puerta. Y creo que escuché a Royal respirar tras ella.
Y, entonces…
—¡Aayyy!
Mi corazón despegó batiendo como las palas de un helicóptero, con el sonido de una sola nota sostenida: parecía que se abriría camino a través de mis costillas. El incendio llameó en el centro de mi pecho, absorbiendo los restos de llamas del resto de mi cuerpo para alimentar el más abrasador de los rescoldos. Fue tan intenso que me aturdió. La espalda se me arqueó, doblándome como si el incendio me estuviera alzando desde el corazón.
Se inició una batalla en mi interior: mi corazón desbocado bombardeaba al fuego desatado y ambos iban perdiendo.
El incendio estrechó su cerco, concentrándose en una dolorosa bola del tamaño de un puño con una oleada final insoportable. Esa llamarada fue contestada por un profundo golpe sordo que sonó como a hueco. Mi corazón tartamudeó un par de veces y después latió solo una vez más.
Ya no hubo ningún otro sonido. Ni una respiración, ni siquiera la mía.
Durante un momento, lo único que pude comprender fue la ausencia de dolor.
No me costó ignorar la leve queja seca de mi garganta, ya que la sensación del resto de mi cuerpo era asombrosa. El alivio me produjo una sacudida increíble.
Me quedé mirando a Edythe, estupefacto. Tenía la sensación de que me acababan de quitar de los ojos una venda que me los hubiera estado cubriendo durante toda la vida. Qué visión tan espectacular.
—¿Beau? —me preguntó. Ahora que por fin podía concentrarme en ella, la hermosura de su voz me pareció irreal—. Sí, puede llegar a ser bastante confuso. Te acostumbrarás.
¿De verdad podía alguien acostumbrarse a escuchar una voz así? ¿A ver un rostro como aquel?
—Edythe —dije, y el sonido de mi propia voz me impresionó.
¿Ese era yo? No parecía mi voz. No sonaba… humana.
Desconcertado, estiré el brazo para tocarle la mejilla. Al instante en que había considerado la idea de tocarla, mi mano estaba rozando el lado de su mejilla. No había un fragmento de tiempo entre concebir levantar la mano y observar cómo se desplazaba a su destino. Sencillamente, ya estaba allí.
—Guau.
Ella se recostó para que la tocara, puso su mano sobre la mía y la sostuvo contra su cara. Resultaba extraño porque era un gesto familiar: me encantaba cuando hacía aquello, percibir que le gustaba que la tocara de aquel modo, que significaba algo para ella. Pero, al mismo tiempo, era completamente distinto. Su rostro ya no estaba frío. Su mano no destacaba contra la mía. Ahora no había diferencia entre nosotros.
La miré a los ojos y luego me acerqué para observar mejor la imagen que reflejaban.
—Ahhh… —un leve jadeo escapó por accidente de mi garganta, y sentí que mi cuerpo se paralizaba por la sorpresa. Era curioso: quedarme paralizado como una estatua a causa de la conmoción me parecía la reacción más natural.
—¿Qué pasa, Beau? —se inclinó un poco más, preocupada, pero lo único que consiguió fue acercar el reflejo.
—¿Mis ojos? —jadeé.
Ella suspiró y arrugó la nariz.
—Termina desapareciendo —me prometió—. Yo sentí terror de mí misma cada vez que me miraba al espejo durante los primeros seis meses.
—Seis meses —murmuré—. ¿Y luego serán dorados como los tuyos?
Ella apartó la vista y miró por encima del sofá hacia una figura que no alcanzaba a ver detrás de nosotros. Quise incorporarme y mirar a mi alrededor, pero me daba un poco de miedo moverme. Percibía mi cuerpo de un modo muy extraño.
—Eso dependerá de tu dieta, Beau —dijo Carine, con voz tranquila—. Si cazas como nosotros, tus ojos terminarán tomando este color. Si no, tendrán el mismo aspecto que los de Lauren.
Decidí que intentaría sentarme.
Y, al igual que había pasado antes, el pensamiento se transformó en acción. Sin hacer ningún movimiento, me incorporé. Edythe mantuvo mi mano entre las suyas cuando la aparté de su cara.
Estaban todos allí, detrás del sofá, observando. Había acertado de pleno con mis suposiciones: Carine era la que estaba más cerca, y luego Eleanor, Archie y Earnest. Jessamine se encontraba en el umbral de una puerta que daba a otra habitación mientras Royal observaba por encima de su hombro.
Contemplé sus rostros, sorprendido de nuevo. Si mi cerebro no hubiera sido mucho más… espacioso que antes, se me habría olvidado lo que estaba a punto de decir. Pero, como sí que lo era, me recobré bastante rápido.
—No, quiero hacerlo a su modo —le dije a Carine—. Es lo correcto.
Carine sonrió. Si hubiera tenido que respirar para sobrevivir, aquella sonrisa me habría dejado sin aliento.
—Ojalá fuera tan sencillo, pero es una elección muy grande. Te ayudaremos en todo lo que podamos.
Edythe me tocó el brazo.
—Ahora deberíamos cazar, Beau. Te aliviará el dolor de la garganta.
La mención de mi garganta trajo esa quemazón a la parte central de mi mente. Tragué, pero…
—¿Cazar? —preguntó mi nueva voz—. Yo, esto, bueno, nunca he ido de cacería. Ni siquiera a una cacería normal con rifles, así que no creo que pueda… Quiero decir, que no tengo la menor idea de cómo…
Eleanor rio en voz baja.
Edythe sonrió.
—Yo te enseñaré. Es muy fácil, muy natural. ¿No querías verme cazar?
—¿Solo nosotros dos? —quise asegurarme.
Ella se mostró confusa durante una fracción de segundo, y luego su rostro se relajó.
—Claro. Como tú quieras. Ven conmigo, Beau.
Se incorporó inmediatamente, todavía tomando mi mano. Y entonces yo también me puse de pie, y el movimiento me resultó tan sencillo que me pregunté por qué me había dado miedo intentarlo. Con aquel cuerpo podía hacer cualquier cosa que me propusiera.
Edythe corrió a la pared trasera de la gran sala, el muro de cristal que ahora actuaba de espejo, porque afuera era de noche. Vi dos figuras pálidas corriendo hacia allí y me detuve. Lo más extraño fue que, cuando lo hice, el frenazo fue tan repentino que Edythe siguió corriendo, todavía tomada de mi mano y, aunque tiraba de mí, yo no me moví. De hecho, fue mi mano la que la atrajo hacia mí con gran facilidad.
Pero solo una parte de mi cerebro se percató de aquello, porque, fundamentalmente, lo que estaba haciendo era observar mi reflejo.
Había visto mi rostro deformado justo en el centro de la forma convexa de sus ojos, sin detalles. En realidad solo había visto mis ojos —brillantes, de un rojo casi resplandeciente— y aquello había bastado para captar toda mi atención. Ahora veía toda mi cara, mi cuello, mis brazos.
Si alguien hubiera recortado una silueta de cuando era humano, aquella versión renacida de mí cabría en ese mismo espacio. Pero, aunque ocupaba el mismo volumen, todas mis facciones eran distintas. Más duras, más pronunciadas. Como si alguien hubiera moldeado una escultura de mi imagen en hielo y hubiera dejado los bordes sin pulir.
Era muy difícil pasar por alto el color de mis ojos, pero la forma también parecía distinta. Recordaba muy vagamente el aspecto que solían tener, como si solo lo hubiera visto a través de agua turbia: indeciso, persistentemente inseguro de quién era. Entonces, después de conocer a Edythe —todavía me costaba mucho recuperar mis recuerdos, y me resultaba incómodo intentarlo— de repente habían adoptado un aspecto más decidido.
Pero mis nuevos ojos habían superado con creces aquella resolución, y ahora tenían una actitud cruel. Si me hubiera cruzado con aquella versión de mí en un callejón oscuro, me habría infundido terror.
Que ese era el objetivo, aposté. Se suponía que ahora la gente debía tenerme miedo.
Seguía vistiendo mis jeans manchados de sangre, pero llevaba una camisa azul claro que no reconocía. No recordaba cuándo me habían cambiado, pero lo entendía: vampiro o humano, a nadie le agradaba estar junto a una persona empapada en vómito.
—Vaya —dije, engarzando mis ojos con los de Edythe en el reflejo.
Aquello también resultaba muy extraño, porque el Beau del espejo no desentonaba al lado de Edythe. Aquel parecía su lugar natural, no como antes, cuando la gente únicamente concebía que estuviera conmigo por lástima.
—Es demasiado —dijo ella.
Inspiré hondo y asentí.
—De acuerdo.
Ella tiró de mi mano de nuevo y yo la seguí. Antes de que hubiera transcurrido un cuarto de segundo, atravesamos las puertas de cristal que había tras las escaleras y estuvimos en el patio trasero.
Las nubes eran tan densas que no se veían ni la luna ni las estrellas. La oscuridad debería haber sido total fuera del rectángulo de luz que se proyectaba a través de las puertas de cristal, pero no era así. Lo veía todo.
—Vaya —dije de nuevo—. Esto es impresionante.
Edythe me miró como si mi reacción la sorprendiera. ¿Se le había olvidado cómo había sido la primera vez que había visto el mundo a través de sus ojos de vampira? Creía que me había dicho que nunca volvería a olvidar nada.
—Vamos a tener que adentrarnos mucho en el bosque —me dijo—. Por precaución.
Recordé la esencia de las nociones de caza que me había dado.
—De acuerdo. Para que no haya gente cerca. Lo entiendo.
La misma expresión sorprendida centelleó en su rostro de nuevo, pero desapareció inmediatamente.
—Sígueme —me dijo.
Cruzó el jardín a tal velocidad que supe que a mis antiguos ojos les hubiera resultado imposible verla. Entonces, al llegar a la orilla del río, se lanzó dibujando un elevado arco que la propulsó por encima del agua hasta los árboles que había al otro lado.
—¿En serio? —le grité.
Escuché su risa.
—Te prometo que es fácil.
Genial.
Suspiré y empecé a correr.
Correr nunca había sido mi fuerte. No se me daba demasiado mal si el terreno era plano, si prestaba bastante atención y si me miraba los pies. Bueno, para ser sinceros, incluso así conseguía hacer un desastre y caerme.
Aquello era tan distinto… Estaba atravesando el jardín, más rápido de lo que me había movido en mi vida, pero es que me resultaba muy sencillo apoyar el pie en el lugar exacto en que debía hacerlo. Distinguía todos los músculos, casi era capaz de ver las uniones entre ellos mientras se movían acompasadamente, y podía hacer que se movieran exactamente del modo que yo quería. Cuando llegué a la orilla del río, ni siquiera me detuve. Me impulsé desde la misma roca que Edythe y, entonces, volé de verdad. El río se deslizó a mis espaldas mientras me propulsaba por el aire. Aterricé más allá de donde lo había hecho Edythe y me precipité hacia el bosque.
Sentí un instante de pánico cuando me di cuenta de que ni siquiera había considerado el aterrizaje, pero mi mano supo cómo aferrar una gruesa rama para variar la trayectoria de mi cuerpo y que mis pies aterrizaran sin apenas hacer ruido.
— Cielo santo—jadeé, completamente incrédulo.
Escuché a Edythe corriendo por entre los árboles y su modo de moverse me resultó tan familiar como el sonido de mi propia respiración. Sabía que podría distinguir el ruido de sus pisadas del de cualquier otra persona.
—¡Tenemos que repetirlo! —dije en cuanto la vi.
Ella se detuvo a unos cuantos metros de mí, con aquella expresión de frustración que tan bien conocía en el rostro.
Yo reí.
—¿Qué quieres saber? Te diré lo que estoy pensando.
Ella frunció el ceño.
—No lo entiendo. Estás… de un humor excelente.
—Ah. ¿Eso es malo?
—¿No te sientes increíblemente sediento?
Tragué para aplacar la quemazón. Era dolorosa, pero no tanto como el resto del incendio del que acababa de librarme. El escozor de la sed era permanente, y empeoraba cuando pensaba en él, pero había muchas otras cosas en las que concentrarse.
—Sí, cuando pienso en ello.
Edythe cuadró los hombros.
—Si quieres que hagamos esto primero, también podemos.
La miré. Era evidente que me estaba perdiendo algo.
—¿Hacer "esto"? ¿El qué?
Se me quedó mirando un momento con ojos indecisos y de repente levantó las manos en señal de rendición.
—Sabes, esperaba ser capaz de leerte la mente, ahora que se parece más a la mía. Supongo que eso nunca va a pasar.
—Lo siento.
Ella rio, pero el sonido de su risa encerraba una nota de tristeza.
—En serio, Beau.
—¿Me podrías dar una pista para entender de qué estamos hablando, por favor?
—Querías que estuviéramos solos —dijo, como si aquello fuera una explicación.
—Eh, sí.
—¿Porque habían cosas que me querías decir? —cuadró los hombros de nuevo, tensándose como si estuviera esperando malas noticias.
—Ah. Bueno, supongo que sí tengo algunas cosas de las que quiero hablar contigo. Quiero decir, hay una muy importante, pero no estaba pensando en ella —al ver lo frustrada que estaba por el malentendido que se estaba produciendo, fui completamente honesto—. Quería quedarme a solas contigo porque… bueno, no quería resultar grosero, pero no quería cazar delante de Eleanor —confesé—. Pensé que había muchas posibilidades de meter la pata, y no conozco tan bien a Eleanor, pero tengo la sensación de que le iba a parecer muy hilarante.
Puso unos ojos enormes.
—¿Tenías miedo de que Eleanor se riera de ti? ¿En serio? ¿Eso es todo?
—En serio. Te toca, Edythe. ¿Qué pensabas que estaba pasando?
Ella dudó.
—Pensaba que estabas siendo caballeroso, y que preferías gritarme a solas en lugar de que lo presenciara toda mi familia.
Volví a quedarme inmóvil. Me pregunté si aquello sucedería cada vez que me sorprendiera. Tardé un segundo en descongelarme.
—¿Gritarte? —repetí—. ¡Ay, Edythe! Te refieres a lo que decías en el coche, ¿no es así? Lo siento, yo…
—¿Lo sientes? ¿Por qué diantres te estás disculpando ahora, Beau Swan?
Parecía enfadada. Enfadada y tan hermosa… Era incapaz de averiguar por qué estaba enfurecida, así que me encogí de hombros.
—Quería habértelo dicho entonces, pero no podía. Es decir, que en realidad no podía concentrarme…
—Por supuesto que no podías.
—¡Edythe! —crucé el espacio que nos separaba en una fugaz carrera invisible y le apoyé las manos en los hombros—. Nunca sabrás qué estoy pensando si no dejas de interrumpirme.
La ira desapareció de su rostro cuando intencionadamente decidió calmarse. Entonces, me permitió seguir.
—De acuerdo —dije—. En el coche… En ese momento querría haber podido decirte que no tenías por qué disculparte. Ha sido terrible verte tan triste. Esto no es culpa tuya…
Comenzó a decir algo, pero le puse un dedo sobre los labios.
—Y no es tan malo —proseguí—. Estoy… Bueno, la cabeza me sigue dando vueltas y sé que tengo un millón de cosas sobre las que pensar, y por supuesto que estoy triste, pero también estoy bien, Edythe. Siempre estoy bien cuando estoy contigo.
Se me quedó mirando un largo minuto. Levantó la mano lentamente para apartar mi dedo de su boca. Yo no la detuve.
—¿No estás enfadado conmigo por lo que te hice? —preguntó en voz baja.
—Edythe, ¡me salvaste la vida! De nuevo. ¿Por qué iba a estar enfadado? ¿Por el modo en que lo hiciste? ¿Qué otra cosa podrías haber hecho?
Exhaló, y dio la sensación de que volvía a estar enfadada.
—¿Cómo puedes…? Beau, tienes que darte cuenta de que, en realidad, todo esto es culpa mía. No te he salvado la vida, te la he arrebatado. Charlie, Renée…
Volví a ponerle el dedo en la boca y, a continuación, inspiré hondo.
—Sí, es difícil. Y va a ser difícil durante mucho tiempo. Tal vez para siempre, ¿verdad? Pero ¿por qué iba a hacerte cargar a ti con eso? Joss fue quien… Bueno, quien me mató. Tú me resucitaste.
Ella me empujó la mano.
—Si no te hubiera involucrado en mi mundo…
Yo reí, y ella me miró como si hubiera perdido la cabeza.
—Edythe, si no me hubieras involucrado en tu mundo, Charlie y Renée me habrían perdido tres meses antes.
Ella se me quedó mirando con el ceño fruncido. Era evidente que no aceptaba ninguno de mis argumentos.
—¿Recuerdas lo que dije cuando me salvaste la vida en Port Angeles? La segunda vez, o la tercera. Creo que fue algo así como que estabas interfiriendo con el destino porque había llegado mi hora. Bueno, Edythe, si tenía que morir… ¿acaso no es esta la manera más maravillosa de hacerlo?
Transcurrió otro largo minuto mientras me contemplaba, y entonces sacudió la cabeza.
—Beau, tú sí eres maravilloso.
—Sí, supongo que ahora lo soy.
—Siempre lo fuiste.
No dije nada, pero mi rostro me delató. O, tal vez, simplemente se le diera bien descifrarme. Conocía tan bien mis facciones, había pasado tanto tiempo intentando comprenderme que era capaz de detectar inmediatamente cuándo me estaba reservando algo.
—¿Qué pasa, Beau?
—Es… Bueno, es solo algo que Joss dijo —respondí con una mueca.
Aunque me costaba recuperar recuerdos de mi antigua memoria, el del estudio de danza era el más reciente, el más vívido.
Edythe tensó la mandíbula.
—Joss dijo muchas cosas —siseó.
—Ah —de repente sentí ganas de darle un puñetazo a algo. Pero tampoco quería apartarme de Edythe para hacerlo—. Viste la cinta.
Tenía el rostro completamente blanco, furioso y atormentado al mismo tiempo.
—Sí, vi la cinta.
—¿Cuándo? No lo escuché…
—Usé audífonos.
—Ojalá no la hubieras visto…
—Tenía que hacerlo —dijo, sacudiendo la cabeza—. Pero ahora olvídate de eso. ¿En qué mentira estabas pensando? —escupió las palabras entre los dientes.
Tardé un minuto en contestar.
—En que no querías que me convirtiera en vampiro.
—No, por supuesto que no quería.
—Así que esa parte no era mentira. Y has estado tan disgustada… Sé que te sientes mal por Charlie y por mi madre, pero supongo que me preocupa que en parte se deba que no esperabas pasar conmigo mucho tiempo, que no lo habías planeado… —se le abrió la boca a tal velocidad que tuve que cubrírsela con la mano entera—. Porque si es eso, no te preocupes. Si quieres que me marche pasado un tiempo, puedo hacerlo. Puedes enseñarme lo que tengo que hacer para no meternos en problemas a ninguno de los dos. No espero que tengas que cargar conmigo para siempre. Tú no elegiste esto mucho más que yo. Quiero que sepas que soy consciente de ello.
Esperó a que apartara la mano. Lo hice muy despacio; no estaba seguro de querer escuchar lo que venía a continuación.
Gruñó suavemente y me enseñó los dientes, pero no en una sonrisa.
—Tienes suerte de que no te haya mordido —me dijo—. La próxima vez que me vuelvas a tapar la boca con la mano para decir algo tan soberanamente estúpido e insultante, lo haré.
—Lo siento.
Ella cerró los ojos. Sus brazos me envolvieron la cintura y apoyó la cabeza contra mi pecho. Mis brazos la estrecharon con un gesto automático. Ladeó la cara para poder mirarme.
—Quiero que me escuches muy atentamente, Beau. Esto, tenerte conmigo, poder mantenerte aquí, es como si se concedieran todos los deseos que alguna vez haya podido tener. Pero el precio de todo lo que yo ansiaba significa arrebatarte exactamente eso mismo a ti: toda tu vida. Estoy furiosa y decepcionada conmigo misma. No sabes cuánto desearía resucitar a la rastreadora para poder matarla con mis propias manos, una, y otra, y otra vez… El motivo por el que no quería que fueras un vampiro no es que no seas lo suficientemente especial, sino por todo lo contrario: eres demasiado especial, y te mereces más. Quería que tuvieras todo lo que nosotros extrañamos: una vida humana. Pero quiero que sepas que si esto solo dependiera de mí, si tú no hubieras tenido que pagar un precio, entonces esta sería la mejor noche de mi vida. Llevo enfrentándome a ello todo un siglo, y esta es la primera noche que me ha parecido hermoso. Y es gracias a ti. Jamás vuelvas a pensar que no te quiero, porque siempre lo haré. No te merezco, pero te amaré para siempre. ¿Te queda claro?
Era evidente que estaba siendo completamente honesta. La verdad centelleaba en cada una de sus palabras.
Una enorme sonrisa se extendió por mi rostro.
—Entonces, te parece bien.
Ella me respondió con otra.
—Yo diría que sí.
—Hay otra cosa importante que quería decirte. Simplemente, que te amo. Y siempre lo haré. Lo supe muy pronto. Así que, visto como están las cosas, creo que el resto ya lo iremos resolviendo.
Sostuve su rostro entre mis manos y me agaché para besarla. Como todo lo demás, ahora resultaba muy fácil. Nada de lo que preocuparse, sin vacilar.
Aun así, resultaba extraño que mi corazón no estuviera latiendo en un desenfrenado solo de batería y que la sangre no me fluyera en estampida por las venas. Pero sí me recorría una especie de corriente eléctrica, como si todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo estuvieran vivas. Más que vivas, como si todas mis células estuvieran gozosas. Solo deseaba poder sostenerla para siempre de aquel modo, y no volvería a necesitar nada en los próximos cien años.
Pero deshizo el abrazo, y lo hizo riendo. Aquella vez su risa estaba llena de alegría. Sonaba como un cántico.
—¿Cómo lo haces? —rio—. Se supone que eres un neófito y aquí estás, discutiendo tranquilamente conmigo sobre el futuro, sonriéndome, ¡besándome! Se supone que solo deberías sentir sed, y nada más.
—Siento muchas más cosas —dije—. Pero ahora que lo mencionas, estoy bastante sediento.
Se puso de puntillas y me besó una vez con rudeza.
—Te amo. Vamos a cazar.
Corrimos juntos hacia aquella oscuridad que ya no era lúgubre, y yo no sentí ningún miedo.
Sabía que aquello sería fácil, como lo demás.
P.D: Ah... Sólo falta el epílogo. Felíz lectura.
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