CAPÍTULO 24
LONDRES, castillo de Windsor. Tres meses después.
Aquel día daba comienzo la época estival y, para celebrarlo, el rey decidió organizar unos grandes festejos en la corte, que durarían varios días y a los que habían invitado a toda la nobleza y los más altos lugartenientes de Escocia e Inglaterra. No obstante, aquello tenía una intención encubierta: el monarca quería reunirlos a todos, nobles ingleses y jefes de clanes escoceses, en un mismo lugar, agasajarlos convenientemente y lograr con ello el apoyo que necesitaba para conseguir una unión más firme entre ambos países.
Hasta la fecha, Escocia e Inglaterra habían actuado como dos estados independientes, aunque compartieran el mismo rey. Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra había ambicionado desde siempre convertir ambos países en un reino unificado bajo un monarca, un parlamento y una ley comunes, pero nunca pudo llevar a cabo sus aspiraciones dada la fuerte oposición que se encontró por ambas partes. En 1604 habló delante del Parlamento, en una de las raras ocasiones en las que lo había convocado bajo su reinado, y solicitó dicha unión, aunque no obtuvo el apoyo deseado. Los Comunes rechazaron en términos legales su petición de intitularse «Rey de Gran Bretaña», pero él no cejó en su empeño y, en octubre del mismo año, asumió el título por proclamación, en lugar de por ley. Sin embargo, sir Francis Bacon le espetó que no podría utilizarlo «en ningún procedimiento legal, instrumento o proclama», así que dicha combinación sólo se produjo por la unión personal en el rey. Aun así, él siguió intentándolo por otros medios menos constitucionales y protocolarios, como en aquella ocasión.
Para tal celebración, el soberano eligió el castillo de Windsor porque adoraba aquel lugar. Pasaba largas temporadas allí debido a su estratégica ubicación; la majestuosa fortaleza, situada sobre una colina perteneciente a la villa de Windsor, en el condado de Berkshire, a quince millas de Londres, tenía una vista espectacular. De cualquier modo, la verdadera razón de su elección residía en que el castillo se encontraba en una zona de caza por encima del río Támesis, deporte que el rey adoraba. Además, los hermosos y monumentales jardines con los que contaba la propiedad, de más de cinco mil acres de extensión, eran el sitio propicio para organizar los numerosos juegos que estaban previstos como distracción en las horas diurnas para todo aquel que no quisiera ir de cacería.
Durante la semana anterior, el castillo había ido llenándose poco a poco hasta convertirse en un hervidero de gente: lores, condes, duques, jefes de clanes escoceses... Hubo que habilitar numerosas dependencias que hasta entonces no habían sido utilizadas para alojarlos a todos, y aun así, tuvo que darse prioridad a la más alta nobleza en detrimento de las clases inferiores.
El conde de Berwick, junto con su hijo y su nuera, llegaron el mismo día que comenzaban los festejos. Lord Richard había retrasado el viaje a la corte hasta el último instante, a pesar de la insistencia del mismísimo rey para que se presentaran con unos días de antelación, por deferencia al delicado estado de lady Candy. La muchacha no había gozado de muy buena salud durante el último mes; se había pasado la mayor parte del tiempo recluida en sus habitaciones, sin dejarse ver en público, argumentando continuas molestias con su embarazo. Lord Richard sospechaba que aquélla era una treta urdida por ella para eludir la invitación del monarca, ya que era perfectamente conocedora de lo que aquella visita supondría. Al final, terminó por dejarle bien claro que no consentiría un no por respuesta: irían a Windsor, quisiera ella o no.
Candy había intentado evitar por todos los medios ir a la corte, pero no le había servido de nada. Ni siquiera arguyendo un imaginario malestar debido a su estado, había conseguido disuadir al conde. Y las razones que le dio fueron de peso.
Dos meses antes, cuando los síntomas del embarazo comenzaron a ser evidentes, a Candy le entró el pánico. En cuanto supieran que estaba esperando un niño, la relativa calma que hasta entonces había imperado con relación a su desaparición se evaporaría. Establecerían una relación y llegarían a la conclusión de que aquel niño había sido engendrado durante su cautiverio, por lo que ya no valdrían más excusas: le exigirían desvelar de inmediato dónde había estado y quién era el responsable.
Pony ya estaba con la mosca detrás de la oreja; aunque Candy evitaba vestirse delante de ella y de cualquier otra persona, la anciana se mostraba muy extrañada de que las ropas le quedaran cada día más ajustadas, a pesar de que comía como un pajarillo. Pony no le había comentado nada referente a sus suposiciones, pero las continuas miradas a su vientre lo decían todo. Ella lo sabía.
Candy decidió ser ella misma quien les dijera la noticia, y no esperar hasta que alguien más se diese cuenta. Una tarde en la que lord Richard y ella estaban solos en la biblioteca jugando una partida de ajedrez, se atrevió a dar el paso, aunque por dentro estaba aterrada. No sabía cómo reaccionaría él al enterarse de su embarazo, como también desconocía lo que le diría tras pedirle explicaciones. Porque sabía que se las pediría. Sin embargo, a pesar de todo, Candy seguía siendo de la misma opinión: por nada en el mundo le diría la verdad.
Candy acababa de dejarse comer la reina, y lord Richard la miró con el semblante contrariado.
—Candy, no estáis al juego. En circunstancias normales, no hubierais permitido que esto sucediese —agregó el conde señalando el tablero—. ¿Os ocurre algo?
—Milord, yo... tengo que contaros una cosa. —Candy se levantó de la butaca y se puso de espaldas a él. No quería que le viera la cara cuando le confesase la verdad—. Yo... estoy esperando un hijo.
No hubo una contestación inmediata. Candy esperaba que lord Richard pusiera el grito en el cielo, que chillara, que le exigiera una explicación, pero no estaba preparada para lo que oyó de sus labios al cabo de unos minutos:
—Es de lord Albert Andrew, ¿verdad? —afirmó más que preguntó.
Candy se dio la vuelta y miró el rostro del anciano con manifiesta incredulidad. ¿Cómo sabía él...?
—Vuestro silencio y la mirada sorprendida que tenéis ahora mismo confirman mis sospecha—repuso lord Richard con fingida tranquilidad—. Os preguntaréis cómo lo he descubierto, ¿no es cierto?
La joven sólo fue capaz de hacer un gesto afirmativo con la cabeza. Estaba tan anonadada que no se dio cuenta de que, al confirmar lo que lord Richard acababa de preguntarle, había desvelado el secreto que con tanto ahínco pretendía ocultar.
—Al día siguiente de que retornaseis al castillo, después de hablar con vos y comprobar que no me diríais nada, fui a las caballerizas para inspeccionar la montura que habíais utilizado. Como ya me imaginaba, estaba marcada, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando reconocí la marca: aquel caballo pertenecía a los Andrew. No he querido hacer nada desde entonces por deferencia a vos, además de que no podía estar completamente seguro de mis suposiciones. No obstante, hace un mes, mis soldados me informaron de que todos los días aparecía una persona a caballo merodeando por los alrededores del castillo. Al saber que se trataba de lord Albert Andrew, lo relacioné todo. Sin embargo, ese bastardo se percató de que lo habíamos descubierto y dejó de venir. Estuve meditándolo en profundidad y llegué a la conclusión de que el motivo de sus visitas no era otro sino vos. Como veis, no ha sido tan difícil juntar las piezas.
Candy se había turbado mucho al escucharlo. Ella había estado muy tranquila pensando que su secreto estaría bien protegido, que nadie sabría jamás lo que había sucedido, pero en ese momento fue consciente de que no había sido así. El miedo por el destino que podrían correr los Andrew ahora que lord Richard se había enterado de todo, le hizo ser imprudente y habló más de la cuenta.
—Milord, entonces ahora podrá comprender el porqué de mi silencio. Yo no quería decir nada para evitar más enfrentamientos. En el fondo, no me trataron tan mal, era casi como una invitada para ellos.
—¿Cómo os podéis preocupar por esa escoria después de lo que uno de ellos le hizo a Darryl? —tronó él—. ¡Por lo más sagrado, mataron a vuestro esposo y os secuestraron a vos!
—Lord Richard, toda esta historia es muy confusa. Es cierto que alguien me secuestró, pero no fue ninguno de ellos. Los secuestradores me llevaron hasta las puertas de Andrewhouse y allí me abandonaron a mi suerte, con el sello del conde de Tempton en mi dedo como prueba incriminatoria. Pretendían que esa familia pensara que yo tenía algo que ver con todo lo que les había sucedido, razón por la cual me retuvieron contra mi voluntad.
—¿Y Darryl? ¡El despreciable de lord Willian Andrew lo asesinó! —El conde se levantó precipitadamente y empezó a caminar por toda la habitación como un perro enjaulado.
—De eso no estaría yo tan segura. Las mismas personas que me secuestraron fueron las que acabaron con la vida de Darryl, y empiezo a pensar que alguien tenía un motivo oculto para hacer lo que hizo y enfrentar a las dos familias. Estoy casi convencida de que, tanto los Andrew como nosotros, hemos sido meros peones de un siniestro juego urdido por una mente enferma.
Lord Richard farfulló por lo bajo unas palabras incomprensibles. En realidad, a él también le parecía muy extraño, había demasiados detalles que no le cuadraban en toda aquella historia, pero no podía dejar pasar sin más un agravio así. Entendía que la muchacha no quisiera más disputas, pero su honor no le permitía desentenderse de tal ofensa.
—¿Qué me decís del niño que habéis engendrado? ¿Ese hombre os mancilló mientras estuvisteis en su poder o bien os entregasteis a él de buena gana?
Candy bajó la mirada y contestó con sinceridad.
—Me entregué a él por voluntad propia.
—Lo suponía... —El anciano agitó la cabeza, derrotado— Vos sentís algo por lord Andrew, por eso no queríais decir nada. ¡Pero él debe hacerse responsable de sus actos! Tiene que saber que estáis esperando un hijo suyo y, si es un hombre de honor, cosa que dudo, se verá en la obligación de enmendar lo que ha hecho.
—¡No! —exclamó ella con miedo en la voz—. Él no puede saber nada de esto. Lord Richard, por favor, no quiero que Albert sepa jamás que este hijo es suyo.
—Pero ¿qué estáis diciendo, muchacha? —El conde la miró con manifiesto horror—. ¿Por qué queréis ocultárselo?
Candy no pensaba decirle que lo hacía sólo por su orgullo herido. Albert le había hecho mucho daño y, si alguna vez llegaba a enterarse de que aquel niño era suyo, estaba convencida de que le haría mucho más.
—Milord, tengo toda la intención de criar a este niño yo sola. Si él supiera de su existencia, me lo arrebataría, y no estoy dispuesta a consentirlo —afirmó categórica.
—¿Vos sabéis lo que me estáis pidiendo? ¿Os dais cuenta de lo que eso supondría? Candy, todo el mundo pensaría que sois una cualquiera, y a vuestro hijo siempre se lo consideraría un bastardo. ¡No puedo permanecer impasible viendo cómo arruináis vuestra vida y ponéis una mancha en la respetabilidad de esta familia!
—Lord Richard, se lo ruego. —Candy no sabía cómo convencerlo, pero tenía que lograrlo de algún modo. Intentó pensar con rapidez y sólo le vino una disparatada idea a la mente—. Sé que lo que voy a decirle a continuación va a enfurecerlo más aún de lo que ya está ahora mismo, pero también podría ser la solución al problema.
Aquello captó toda la atención del conde. Dejó de pasearse por la habitación y se giró hacia ella para escuchar lo que tuviera que decir.
—¿Y si le decimos a todo el mundo que este niño es de Darryl? —soltó Candy a bocajarro.
—¿Quéeee?
—Milord, bien pensado, ésa podría ser la solución. —Lord Richard estaba rojo como la grana, y un tic nervioso se hizo visible en su ojo izquierdo, así que Candy empezó a hablar atropelladamente. Aquélla fue la única forma que encontró para que él lo escuchara todo antes de que le diese una apoplejía—. Dado que casi no salgo de mis aposentos, he sido vista por muy poca gente desde que regresé. Alegaría que la causa es un avanzado y problemático embarazo, e incluso podría irme fuera durante unos meses, hasta que dé a luz. Cuando volviera, nadie sabría la verdad, y así la reputación de esta familia quedaría intacta.
Él miró a Candy como si, de repente, le hubieran crecido cuernos. ¿Cómo podía esa muchacha tener tanta imaginación? Lo que proponía era del todo descabellado, una completa locura. ¿Mancillar el recuerdo de su malogrado hijo de aquella forma? ¡Nunca lo permitiría!
No dijo nada durante un buen rato. Con gesto adusto, se sentó en una butaca y fijó la vista en un punto indefinido de la habitación. Su rostro seguía estando encendido, pero no efectuó ni un solo movimiento hasta que Candy, preocupada por él, se acercó al asiento y se arrodilló a sus pies.
—Lord Richard, sé que lo que le he pedido es demasiado para usted. Lo siento mucho. No quiero ser la causante de ningún escándalo que pueda afectar a esta familia, por eso le he expuesto esa alocada idea. Sin embargo, entiendo que no quiera ser cómplice en algo así. Por favor, olvide lo que le he dicho.
Candy se incorporó para marcharse, pero el conde la tomó de la muñeca con fuerza, impidiéndole que se moviera.
—Muchacha, aceptaré tu propuesta con una condición.
Aquello no podía ser posible. ¿Le estaba diciendo que aceptaba su idea?
—Haré lo que sea —contestó ella con rotundidad. Tal vez, después de todo, podía haberlo convencido.
Con una mirada anhelante esperó a que él le explicara de qué se trataba dicha condición.
—Aunque para todo el mundo el niño sea hijo de Darryl, como comprenderéis, en un futuro no podré legarle ninguna de mis posesiones. Eso no sería nada justo para mi legítimo heredero, Damian.
—Milord, yo no quiero nada —se apresuró a decir ella.
—Dejadme terminar —la interrumpió el conde—. Es cierto que no podría dejarle nada, pero tampoco desearía que alguien que llevase mi apellido se quedara desvalido. El apellido Graham siempre ha ido ligado al poder, y en esta ocasión no podría ser diferente. Candy, para que yo acepte vuestras condiciones, tendréis que personaros delante del rey y reclamar lo que por derecho os corresponde y hasta ahora habéis evitado aceptar: las posesiones de lord Willian Andrew, el conde de Tempton.
Ya no le quedaba ninguna escapatoria. Aquella noche, después de que el rey la recibiera en una audiencia privada, despojaría a los Andrew de todo cuanto les pertenecía. El regusto a bilis que sentía en la boca no era nada en comparación con el desagradable nudo que se le había formado en la garganta por la magnitud de lo que estaba a punto de hacer. Estaba asqueada consigo misma, pero no tenía otra opción.
Los nervios estaban matándola. Dejando a un lado el motivo de su presencia allí, también la aterraba lo que todo aquello constituía para ella. Que Candy supiera, jamás había estado delante de la realeza, así que no tenía ni idea de cómo comportarse. ¿Y si hacía algo fuera de lugar?
Aconsejada por Pony, se había puesto un vestido que evidenciaba claramente su avanzado estado de preñez. En realidad se encontraba sólo en el sexto mes de gestación, aunque para un ojo poco experto bien podría parecer que estaba a punto de dar a luz. Ése era precisamente el propósito que querían conseguir, que la gente creyera que el embarazo estaba ya muy adelantado, aunque ella se sentía muy incómoda al saber que tendría que representar aquella pantomima.
Cuando entró en la sala de banquetes del brazo del conde de Berwick, sospechó que todo el mundo allí reunido desviaba la vista hacia un único objetivo: ella. La gran sala estaba repleta, pero sintió que era el centro de todas las miradas y de los comentarios que empezaban a formarse.
Agarró con fuerza el brazo del anciano, como si su presencia le pudiera insuflar el valor que le faltaba en aquel instante. Se arrepentía de no haberle dicho a Pony que le preparara, antes de salir de sus aposentos, la pócima que le daba de vez en cuando para controlar sus nervios, porque ahora la necesitaba más que nunca. Sin embargo, él se percató de su nerviosismo e intentó tranquilizarla.
—No os preocupéis. Sé que esto impone mucho, pero vos sabréis estar a la altura de las circunstancias —la animó con un apretón de mano.
Lord Richard le presentó a infinidad de gente, pero ella estaba tan nerviosa que no fue capaz de quedarse con el nombre y el título de ninguno de ellos. Sentía a su alrededor una presencia perturbadora que no la dejaba concentrarse en nada, pero achacó su intranquilidad al respeto que le producía estar en aquel lugar, rodeada de tantas personas importantes. Sólo quería terminar cuanto antes aquella estúpida representación y confinarse de nuevo en los aposentos que les habían designado, en el piso inferior de la terraza norte, hasta que retornaran de nuevo al castillo de Chestergrand.
—Candy, ¿podéis disculparme un momento?—preguntó lord Richard—. El duque de Buckingham me ha hecho llamar para tratar con él los pormenores de la audiencia que nos concederá el rey esta noche. Como comprenderéis, no debo hacerle esperar. —El conde recorrió con la vista toda la sala y frunció el entrecejo—. Ahora mismo no consigo localizar a Damian; buscadlo y permaneced junto a él hasta que yo regrese. Sólo serán unos minutos.
Sin quererlo, Candy se encontró sola, en medio de aquella enorme sala atestada de gente. Empezaba a agobiarse debido al ambiente tan cargado que reinaba allí dentro, así que decidió dejar para más tarde la búsqueda de su cuñado, con el que tampoco tenía muchas ganas de tratar, y se dirigió hacia una de las terrazas que rodeaban la magnífica estancia. Fuera podría respirar un poco de aire fresco e intentar apaciguar el inquietante malestar que no dejaba de sentir.
Cuando salió al exterior, la fresca brisa nocturna golpeó implacable en su rostro, aunque ella lo recibió como un bálsamo para sus nervios. Miró a ambos lados para comprobar que no hubiera nadie, ya que buscaba un rato de tranquilidad sin saberse el centro de atención, y después de corroborar que la terraza estaba desierta, se acercó a la balaustrada.
Era una noche de junio clara, el cielo estaba despejado y multitud de estrellas brillaban en el firmamento. Hasta ella llegó el embriagador aroma de los rosales, los narcisos, los jacintos y las madreselvas que crecían en los espléndidos jardines de palacio. Candy aspiró profundamente y dejó que aquella fragante mezcla de olores inundara sus fosas nasales, deleitándose con la paz que se respiraba allí fuera, libre del bullicio que unos metros más atrás se vivía en el interior de palacio. «Ojalá pudiera sentirme así siempre», pensó para sí misma.
De improviso, notó una presencia a su espalda. Alguien había salido a la terraza y estaba justo detrás de ella. Fuese quien fuese, ni siquiera lo había oído llegar, pero no quiso darse la vuelta. Quizá, si no le prestaba atención, se marcharía en unos instantes por donde había venido. Sin embargo, cuando sintió que un cálido aliento le rozaba la piel del cuello, el vello de la nuca se le erizó. Su cuerpo se envaró, y ya estaba preparada para girarse y recriminar a aquella persona su insolencia, cuando una voz muy conocida para ella, una que pensaba que jamás volvería a oír, susurró en su oído con aparente tranquilidad:
—Nos volvemos a encontrar, mi pequeña arpía.
Su corazón se saltó un latido. ¿Qué hacía Albert allí?
Había sido un completo error salir sola a la terraza. Debía irse de inmediato, antes de que él se diera cuenta de su estado, pero ¿cómo hacerlo? Primero tendría que darse la vuelta y encararlo. Las manos comenzaron a temblarle y un sudor frío se instaló en su frente debido a la inquietud. Intentó pensar rápidamente. En aquel momento no podía dejarse llevar por el pánico, no podía dejar que él la viera así, tan alterada, porque entonces se percataría de que le ocultaba algo. Debía actuar con naturalidad, siguiendo, ahora más que nunca, la farsa que habían ideado en torno a su estado.
Con toda la dignidad de la que pudo hacer gala, giró su cuerpo hacia él y levantó la barbilla con gesto desafiante. Se sentía incapaz de enfrentar su mirada, así que fijó la vista en un punto indefinido más allá del hombro masculino. Sin embargo, no pudo evitar echarle un rápido vistazo: estaba igual que lo recordaba, sólo que su cabello, un poco más largo, permanecía recogido por una tira de cuero. Las costosas ropas que vestía no eran como las que solía utilizar mientras ella estuvo en Andrewhouse. Allí, una sencilla camisa de hilo y unos pantalones de piel constituían su único vestuario, aunque a Candy le parecía que le quedaban espléndidamente. No obstante, tuvo que reconocer a su pesar que el jubón y el sobretodo profusamente adornado que llevaba le conferían un aire más distinguido.
—Buenas noches. No pensaba encontrarte aquí. —Candy intentó darle a sus palabras un tono neutro, pero al hablar se le notó un ligero temblor en la inflexión de la voz.
—Pues pensaste mal. ¿Creías que no iba a estar presente cuando despojaras a mi familia de todo cuanto le pertenece?—le espetó Albert.
La vergüenza que sintió al oír aquella acusación tan directa, pero tan cierta, hizo arder sus mejillas. Agachó el rostro para que él no viera que se había puesto roja como la grana. La culpabilidad por lo que estaba a punto de hacer estaba matándola, pero no le quedaba otra opción.
No quería ser maleducada, así que antes de marcharse intentó desviar la conversación hacia otro tema menos delicado.
—¿Cómo se encuentra lady Pauna?
—¿Ahora te preocupas por ella? ¿Cómo te atreves a preguntar por su estado cuando dentro de unos minutos le arrebatarás todo lo que posee? Eres una pequeña hipócrita...—murmuró Albert entre dientes al tiempo que acercaba peligrosamente su rostro al de ella.
Candy no estaba dispuesta a aguantar ni un segundo más aquella situación. Si pretendía intimidarla, lo había conseguido, pero no dejaría que se cebara con ella.
—Tengo que irme. ¿Me permites? —Candy hizo amago de echarse hacia un lado para apartarse de Albert, pero él se movió como un resorte hacia la dirección que ella quería tomar.
—No tan de prisa. —Albert extendió sus brazos a ambos lados de la mujer y apoyó las manos sobre la barandilla, arrinconándola contra la balaustrada—. Todavía tenemos mucho de qué hablar.
—Déjame salir —le exigió Candy. Él había invadido su espacio vital, y ella notó que empezaba a faltarle el aire.
Albert, lejos de apartarse, se acercó un poco más. Cuando su cuerpo chocó contra el de ella, bajó la vista y paseó la mirada por el abultado vientre. Aunque estaban en una zona en penumbra, Candy pudo apreciar con claridad el preciso momento en el que Albert se percató de su estado. Sus ojos despedían fuego, y una ira creciente empezó a manifestársele en el rostro, trasladándose hasta sus manos que, crispadas, agarraron con fuerza la barandilla. Si ésta no hubiera sido de piedra, la habría destrozado hasta convertirla en polvo.
—Para tu información, aunque no creo que realmente te importe, Pauna dio a luz una niña hace dos semanas—comentó agriamente—. De cualquier modo, por lo que veo, tú vas por el mismo camino. No has perdido el tiempo desde la última vez que nos vimos.
Instintivamente, Candy se llevó una mano al vientre. Iba a responderle cuando él la interrumpió:
—Qué pronto te has buscado algo mejor, ¿eh? Supongo que este bastardo será de Damian. ¿Cuánto tiempo tardaste en entregarte a él? ¿Una semana? ¿Tal vez dos? —Albert la agarró por los antebrazos y comenzó a zarandearla con violencia.
—¡Déjame en paz! —protestó ella, intentando zafarse de sus garras.
—Seguro que no gritas con él lo que gritabas cuando estabas conmigo. ¿Le has hecho todo lo que me hiciste a mí?—susurró Albert muy cerca de su oreja con voz peligrosa—. No quisiste mantenerte a mi lado porque te considerabas una ramera, pero con esa actitud has demostrado ser una auténtica zorra.
—¡Basta ya! —chilló Candy. Se revolvió entre sus brazos, presa de una furia incipiente, hasta que consiguió soltarse apoyando las manos contra él y empujándolo hacia atrás. Después, sin pensárselo, lo abofeteó repetidamente—¿Cómo te atreves a injuriarme de esta forma? Tú eres el menos indicado para recriminarme nada. ¡Tú, que te aprovechaste de mí de todas las formas posibles cuando estaba indefensa y a tu merced! —le censuró con acritud—.¿Quién te has creído que eres? ¡No eres nadie! ¿Me has oído? ¡Nadie! Pero déjame decirte una cosa, Andrew, y que te quede muy claro porque no consentiré que vuelvas a tratarme así jamás: este niño que llevo en mi seno —se le hizo un nudo en la garganta por la mentira que estaba a punto de soltar aunque, con un férreo esfuerzo, se lo tragó como pudo antes de continuar hablando— no es de Damian, sino de Darryl, mi difunto esposo. ¡Nunca vuelvas a llamarlo bastardo! —le gritó mientras clavaba su dedo índice en el pecho de Albert.
Dicho esto, Candy recogió sus faldas y, con todo el aplomo que pudo reunir pese a estar a punto de echarse a llorar, pasó a su lado a una velocidad sorprendente para su estado y se perdió en el interior de la sala de banquetes.
Albert se había quedado boquiabierto. La imagen que mostraba, allí parado, solo en medio de la balconada, era la de una persona que se encontraba perdida, que no sabía qué hacer. Sus ojos, fijos en la puerta por donde instantes antes había desaparecido Candy, denotaban una notable incredulidad. Tras unos momentos de genuina perplejidad, se percató de que estaba haciendo el ridículo: todos los que estaban junto a la terraza lo observaban con manifiesto interés y cuchicheaban entre ellos, así que no aguardó más y entró a grandes zancadas en el atestado salón.
Buscó con la mirada cualquier rastro de Candy. Finalmente la halló, al fondo de la estancia, mientras le decía algo a lord Richard, quien acababa de regresar de hablar con el duque de Buckingham. Se la veía muy alterada; parecía que estaba discutiendo con el conde, aunque desde el lugar donde él se encontraba no pudo captar más que el sonido de algunas palabras inconexas. Aparentemente, estaba informándolo de que quería marcharse de allí, que no se encontraba nada bien, pero no pudo oír nada más debido al intenso ruido que había a su alrededor. Varias mujeres de avanzada edad, todas ellas ricamente vestidas, parloteaban como cotorras a su lado, a buen seguro de algún jugoso cotilleo de la corte. Sus voces se alzaban por encima de las otras, imposibilitando concentrarse en otra cosa que no fuera su incesante chismorreo.
Al principio Albert no les prestó ninguna atención, tan concentrado estaba contemplando a la mujer que había tambaleado toda su existencia. Sin embargo, al cabo de un rato, algo que oyó procedente de aquellas viejas arpías lo hizo aguzar el oído y centrarse en la animada conversación que estaban manteniendo.
—Ésa de allí es lady Candy Graham, ¿no es así, lady Gertrud? —preguntó la más mayor.
—Sí, lady Adeline, es ella. Pobre muchacha... Se quedó viuda el mismo día de su boda.
—Pero lady Gertrud... ¡si está embarazada!
—Embarazadísima. Es una pena, el niño nunca llegará a conocer a su padre. Tengo entendido que lord Darryl Graham era muy apuesto, aunque no tanto como su hermano mayor, lord Damian. Este último es el vivo retrato de su padre, lord Richard, cuando tenía su edad. ¿A que sí, lady Daphne? —Lady Gertrud se giró hacia su amiga para que corroborara su afirmación—. ¡Los suspiros que levantaba aquel hombre entre todas las damas, incluidas nosotras! —Con agitados movimientos de su abanico, la matrona se dio aire para calmar los calores que le provocaba el recuerdo de un jovencísimo conde.
—Pero entonces, ¿de quién es el hijo que está esperando?
—De su difunto esposo, el joven lord Darryl.
—¡Eso es imposible! —argumentó lady Daphne.
—No tanto, mi querida amiga. La boda tuvo lugar a principios de octubre y, si hacemos cálculos, la muchacha debe de estar a punto de dar a luz. ¿No os dais cuenta de su prominente barriga? Las malas lenguas dicen que ya iba preñada a la boda —cuchicheó lady Gertrud por lo bajo, pero no tanto como para que los que estaban a su alrededor no pudieran oírlo.
Lady Adeline, que hasta aquel instante había permanecido en silencio escuchándolas mientras no dejaba de observar el vientre de Candy con el entrecejo fruncido, se giró hacia ellas para rebatir sus comentarios.
—Señoras, os equivocáis de pleno. Esa muchacha no lleva preñada más de seis meses.
—¿Qué estáis diciendo, lady Adeline? —respondieron ambas mujeres al unísono.
—Lo que habéis oído. El vestido que lleva le hace aparentar más meses de gestación, pero os puedo asegurar que, de modo alguno, ella está a punto de parir. Deben de quedarle unos tres meses, no menos —les explicó con convicción.
Lady Daphne y lady Gertrud emitieron unas risillas apagadas. Volvieron la vista hacia Candy, que en aquellos momentos abandonaba el salón del brazo de lord Richard, y se acercaron a la anciana para cerrar el corrillo que formaban y poder hablar con un poco más de privacidad.
—Así que la familia Graham quiere evitar un escándalo...—rió lady Gertrud como una jovencita que está desvelando un suculento secreto—. ¿De quién será el niño? ¿Del hermano mayor?
Albert tenía los puños apretados, conteniendo a duras penas la rabia que lo estaba consumiendo por dentro. Así que la muy ladina lo había engañado. Ese niño no era de Darryl, sino de Damian. Ahora recordaba con claridad las palabras que ella le dijo una vez, justo después de haber caído enferma. Cuando él le preguntó si se había acostado con Darryl, Candy le espetó a la cara, muy ofendida, que jamás había llegado a tocarla. ¡Maldita perra mentirosa! Había sido tan convincente allí, en aquella terraza, cuando se enfrentó a él para recriminarle sus duras palabras, que había creído su mentira.
Cuando la tenía acorralada contra la balaustrada, indefensa ante él, estuvo muy tentado de cambiar la piedra de la barandilla que apretaban sus manos por su delicado cuello. Hubiera deseado quebrárselo allí mismo. Ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Saber que el infame de Damian la había probado, que ella se había dejado tocar por él, casi lo volvió loco.
De repente, Albert se quedó petrificado al recordar algo que había dicho la mujer más anciana. «Esa muchacha no lleva preñada más de seis meses... Deben de quedarle unos tres meses, no menos...» Una idea descabellada comenzó a tomar forma en su cabeza. Hizo un rápido cálculo mental: seis meses atrás, en Navidades, Candy aún permanecía en Andrewhouse. No se escapó hasta mediados de febrero.
La furia que había estado conteniendo en su interior amenazó con estallar. Una vena palpitó en su frente, su mandíbula se crispó de un modo imposible y sus ojos se convirtieron en dos rendijas que destilaban fuego azul.
¡El hijo que esperaba Candy era suyo!
Continuara...
