SEPTIEMBRE DEL 2015.- Queridos lectores, ha pasado mucho tiempo desde que actualicé, como siempre, me disculpo por la tardanza. Ha sido difícil escribir este capítulo, la historia cada vez se pone más intensa y, de repente, me pierdo un poco. Pero Digital Cuatro será un fic que finalizaré y será pronto, lo prometo.
Gracias por seguir esta historia desde hace tanto tiempo. Espero que ese capítulo les guste al menos un poco.
AGRADECIMIENTOS.- A mi lectora beta, Odradek. Y, especialmente, a SkuAg, quien también me ayudó a corregir muchos aspectos, ella es maravillosa, es como mi manager, es en gran parte gracias a ella que sigo esta historia con tanto entusiasmo. ¡Gracias!
ADVERTENCIA.- Lo de siempre. Este es un fic con temática fuerte, están presentes los temas de drogas, sexo, trata de personas, delincuencia, violación, homosexualidad, violencia intrafamiliar, problemas de salud mental, entre otros. Por favor, si no te gustan esos temas, no leas. Algunos de los personajes que manejo tienen serios problemas y, como es un AU, no siguen por completo la caracterización que tienen en la serie.
RESUMEN.- Taichi piensa matar a Oikawa teniendo como audiencia a sus padres. Yamato incapacitó a Sora y a Koushiro para enfrentar la situación. Jou está decidido a librarse del yugo de su padre, quien resultó el secuestrador de Taichi, aunque el anteojudo no lo sabe. Mimi y Daisuke deciden ir al hospital; Miyako y Ken se separan del club de computación.
En este capítulo habrá mucha acción, muchos personajes, muchos puntos de vista.
Digital Cuatro
Por CieloCriss
Veintidós.- Red profunda
Parte uno
La mansión Yagami era como una telaraña. Parecía que una vez dentro no se podía salir; eso pensaba Taichi cada vez que se acercaba a su casa.
Tai decía, siempre que podía, que su madre era la araña que tejía una red llena de trampas alrededor suyo. Ahí, en la enorme casa que tenía enfrente, se había criado pegado a la telaraña invisible con la que lo arropaba su propia familia.
En cuanto vio la edificación pidió a Gennai que detuviera el auto. Taichi abrió la puerta y vomitó, porque le vino una arcada causada por los nervios. Su estómago siempre era el primero en traicionarlo, su estómago y su propia virilidad, según había constatado en las últimas horas.
Sintió como si alguien hubiera agarrado su vientre y le hubiera golpeado, por eso dejó salir todo el chocolate que había comido en casa de Mimi en las últimas horas.
—Mierda, me he quedado sin azúcar en el cuerpo, Gennai —se quejó el primogénito Yagami, secándose la comisura de los labios con la ropa.
El mayordomo de la familia Tachikawa evitó enchuecar la boca, sólo apretó todos los músculos de su cara, pero ni siquiera así pudo evitar reflejar desprecio por el Yagami, después de todo éste lo estaba obligando a estar ahí.
—Hemos llegado a su hogar —se raspó la garganta antes de hablar—. ¿Puedo solicitar permiso para retirarme?, debo ir a recoger a la señorita Tachikawa al colegio.
Taichi soltó una risotada.
—Ya no tienes escapatoria, lo único que puedes hacer para mantenerte a salvo a ti y a Mimi es obedecerme —comentó Tai, arremangándose la camisa—. No es nada personal, pero si no me obedeces te irá mal, ¿queda claro, señor Gennai?
—Me queda claro, señor.
—Me alegra mucho que seas tan obediente, eres inteligente y sabes lo que te conviene —dijo el moreno—. Puede que de esta casa salgas bañado en sangre, pero debes alegrarte, porque esa sangre no va a ser tuya.
El muchacho tenía los ojos brillantes y parecía incapaz de enfocar los objetos, se obligaba a sí mismo a retorcer la sonrisa, porque no hay mayor símbolo de locura que las risas maniacas.
Tai bajó del auto de modelo atrasado y sacó de la cajuela sus compras. Se echó la bolsa a la espalda.
—Vendrán unos hombres con mi prisionero, debes ayudarlos a entrar por la puerta trasera, eso es todo. —Yagami señaló la entrada a las cocinas de su casa—. Yo iré a hacer los preparativos y además voy a echar de mi casa a esas docenas de guardaespaldas que madre siempre contrata para tenerme cautivo.
Gennai apuñó las manos, aunque terminó asintiendo. Su cuerpo quedó paralizado y ni siquiera pudo moverse cuando Taichi se internó en la residencia.
Sora soñó que era un títere. Uno de madera, como Pinocho, uno mentiroso, infantil, con vida, pero que no era un ser humano. Sí. Soñó que era un títere, su titiritero se llamaba Yamato. Él movía las cuerdas que la sostenían. La hacían danzar y moverse a la fuerza, hacía que se enredara en sus hilos hasta quedar atrapada.
Era un títere. El de Ishida. Así pasaba en el sueño, así sucedía también en la vida real, o eso pensó cuando abrió los ojos y sintió la pesadez de su cuerpo. Una sensación de ansiedad estaba apoderada de sí misma, le punzaban los párpados.
Su cabeza estaba postrada en los muslos de un muchacho que acababa de reanimarla con un algodón bañado en alcohol, el cual había usado para despertar. Conocía a ese muchacho, era Ichijouji, no el pequeño, sino el otro, el mayor.
—Takenouchi, ¿estás bien? —preguntó con una sonrisa retorcida.
La pelirroja tardó en reaccionar. Poco a poco su cerebro le envió pinchazos… la situación alarmante de Taichi se fue dibujando en su imaginación, pero lo que más la lastimó fue recordar a Yamato agrediéndola a ella y al "Nerd de computadoras".
No recordaba muy bien lo que Ishida le había hecho para noquearla, no obstante, las manos de éste, sobre su rostro, eran el último recuerdo vívido que tenía antes de haber caído.
Sin responder a Osamu, Sora se sentó; sacudió la cabeza para tratar de quitarse lo aturdida y, tras fracasar, hizo el esfuerzo de ponerse de pie pero Osamu la sostuvo.
—Será mejor que esperes un momento, hasta hace poco estabas inconsciente —explicó, acomodándose las gafas—. Te he despertado con alcohol, he leído que no es lo mejor, pero...
—El "Nerd de computadoras", ¿cómo está? —pudo decir, preocupada por el pelirrojo. Yamato había disparado contra el chico. Ella lo había visto. Era verdad que había apuntado a las piernas, pero…
—Izumi está bien —hizo la observación Ichijouji—. Le he vendado y aplicado tratamiento, por suerte no se trataba de una bala de verdad, aunque son bastante dolorosas, nosotros las diseñamos después de todo.
—¿En qué clase de club de computación diseñan armas? —se quejó Takenouchi, dejando salir una lágrima de desesperación. El tobillo le dolía más que nunca, el estómago le revoloteaba por la gastritis, no tenía idea de qué hacer pero sabía que no podía quedarse varada, no ahí, no sin intentar ayudar a Taichi, no sin retar a Yamato por la manera en quehacía las cosas. Si se quedaba ahí, ella simplemente iba a autodestruirse, como ellos, como los D4.
—Linda, te habrás dado cuenta de que esto es todo, menos un aula de computación, ¿verdad?
El joven le entrecerró el ojo, era coqueto, pero no en un sentido vulgar, sino exquisito. Ese chico bien podría reemplazar a cualquiera de los digital cuatro, no le faltaba carisma ni atractivo físico y, por si fuera poco, Sora también identificaba algo de malicia en ese par de ojos índigos.
Volvió a intentar pararse y lo logró. Estaba mareada, harta, ¿por qué tenía que ser tan vulnerable?
Tenía los sentidos entumecidos y le costaba trabajo enfocar con claridad; Osamu parecía entretenido mirándola, ella buscaba opciones. Quizás lo mejor era pedir un taxi e ir a la casa de los Yagami, aunque ¿la dejarían entrar? ¿Podría detener a Yagami y a Ishida?; la segunda opción, que era marcharse a la mansión donde la forzaban a vivir, no le apetecía para nada a pesar de que era lo más viable. En esos momentos, no le importaba exponerse ni sacrificarse, sentía que su corazón ardía de impotencia, sentía unas ganas irracionales de meterse en el camino de esos chicos que habían irrumpido en su vida de forma violenta, voraz.
—Debo irme… —le dijo a Ichijouji.
—Lo siento, pero no puedo dejarte ir —explicó Osamu—. No tengo idea de lo que ha pasado y no te pediré que me lo digas, pero en este lugar el que manda es Izumi y habrá que esperar a que despierte, no quiero que me pregunte por ti y no sepa darle razones, suficiente tengo con la renuncia imprevista de mi hermanito Ken, ¿tú crees?, me ha llamado para decir que no vendrá a cubrirme al club, ¡quién iba a decirlo!, tan dócil que era, ¿será la adolescencia?
Ichijouji se recargó con tranquilidad en el marco de entrada. Sonrió de nueva cuenta, aunque Sora descubrió que más que risa, se trataba de un tic. La chica se recargó en una de las computadoras y apretó los puños, luego caminó hasta donde estaba Koushiro, se inclinó para mirarlo de cerca.
Estaba en el suelo. Tenía la frente perlada en sudor, las cejas gruesas estaban fruncidas y más rojas que nunca. Estaba boca-arriba, tieso, como si fuera una momia. Osamu le había roto el pantalón y le había vendado la pierna, Takenouchi logró ver amoratada parte de la piel.
—La bala con la que fue atacado da un shock eléctrico al penetrar piel, es lo que lo desmayó, creo, pero no debe tardar en despertar, así que no te preocupes —explicó. Sora asintió lo más indiferente que pudo—. No hablas mucho, ¿verdad?, ¿o será que los digital cuatro te han asustado al punto de dejarte así de esquiva?, no lo dudaría, debe ser horrible ser tarjeta roja; a las chicas bonitas como tú, al menos deberían dejarlas en tarjetas rosadas.
Sora suspiró e hizo mala cara. Ese sujeto le estaba resultando pesado. Miró el reloj del aula, habían pasado más de veinte minutos desde que Yamato se había marchado, aunque sus cálculos podían fallar, porque no estaba muy segura de en qué momento éste los había atacado.
Sentía un dolor visceral al analizar la situación: justo cuando empezaba a confiar en Ishida, justo cuando habían hecho la promesa de ayudar juntos a Yagami, él había salido con esa traición de dejarla de lado, pero no de una manera racional, sino de forma brusca, imperdonable.
Imperdonable…
—Izumi, despierta —llamó suavemente al pelirrojo, sacudiéndolo.
—Oye, no le presiones, no le gusta que lo despierten abruptamente, tiene mucho malhumor, ¿al menos tienes un dulce de cereza?, si le das uno tal vez se le olvide el disgusto.
Sora ignoró al vicepresidente del club de computación y siguió llamando a Koushiro mientras le sacudía la camisa.
—No hay tiempo que perder ¡Despierta, "Nerd de computadoras"!
—Qué chica más terca eres —consideró Osamu.
—¿Te quieres callar? —pidió Sora—. No tienes idea de nada, sólo eres un lame-botas de este Digital Cuatro.
—Tienes razón, soy un lame-botas de Izumi y mientras esté en deuda con él, le obedeceré.
La pelirroja miró con desprecio a Osamu, éste soltó la carcajada.
—No te pongas así, Takenouchi, no es tan malo como parece —se acercó a ella y se inclinó a su lado. Lentamente le quitó las manos de la camisa de Izumi—. Este chico me salvó la vida cuando éramos pequeños, lo hizo sin que yo le debiera nada, así que es normal que me ponga de su lado aunque le dé por tener ideas algo retorcidas.
—¿Te salvó la vida?
—¿Tú crees?, un niño más pequeño que yo me salvó de morir atropellado; era muy mono de chico, aunque tartamudo y lento, en aquella ocasión sus limitaciones no lo detuvieron y ¡zaz!, me salvó —narró—. Es una historia muy conmovedora, ¿cierto?, ahora, por eso, me toca ser su secuaz.
—¿Y no te has puesto a pensar en que le ayudas de la manera equivocada?, sabes muy bien que lo que él y sus amigos hacen está mal.
—Me da la misma, porque en realidad, nadie habría podido impedir las travesuras de Koushiro Izumi: es demasiado curioso. —Osamu acercó el mismo algodón con alcohol que había usado para despertar a Sora a la nariz del D4—. Sus ideas retorcidas son independientes a las estupideces que le piden los otros Digital Cuatro, quienes por supuesto que también son almas atormentadas; a veces, las personas debemos cerrar los ojos y obedecer, dejarnos llevar por la corriente del río, aunque esté contaminado.
—No deberías burlarte.
—¿Eso es burlarme?, chica, tienes agallas pero te faltan colmillos, si yo fuera tú me disfrazaría de oveja y me dejaría crecer los dientes y así, cuando menos lo esperen, podrías llegar a morder a alguien… eso sí, jamás podrías transmitir la rabia, hay cosas que de plano no se les da a las niñas buenas.
Sora iba a replicar pero la tos de Koushiro la distrajo. Al parecer, el olor a alcohol estaba haciendo reaccionar al bebé de los Digital lentamente, como le había pasado a ella.
—¡Izumi, despierta! —exclamó; Koushiro abrió los ojos de un solo movimiento, como ciborg, e inmediatamente se sentó.
—Yamato… —fue lo primero que sus labios susurraron—. Yamato me disparó —repitió, mirándose la pierna. Palideció y se mordió el reverso de su mano derecha, los ojos se le humedecieron, pero no gritó ni se permitió soltar lágrimas.
Sora imaginó que debía dolerle la herida, ¿por qué el idiota de Yamato había tenido que atacar a su propio amigo de esa manera?, ¿qué diablos había dentro del alma de ese demonio rubio?, ¿y qué carajos pensaba el pelirrojo de esto?
Quiso acercarse a Koushiro, darle ánimos, ayudarle en algo, sin embargo, no tuvo la suficiente confianza.
—Uy, sí que te puso una. Es la primera vez que Ishida te pone una tunda, ¿qué le hiciste, presidente?
Koushiro miró a sus dos interlocutores detenidamente; a Sora se le figuró que parecía un cachorro abandonado cuando se soltó la mano, en la cual quedó pintada una perfecta dentadura junto con sangre molida dentro de la piel.
Los ojos de Izumi eran demasiado negros para ser reales, eso pensó Takenouchi al hundirse brevemente en esa mirada oscurecida.
—Osamu-san, qué sorpresa… —fue lo que dijo, refrenando otra punzada de dolor.
—Te puse un parche para el dolor, ¿quieres un analgésico? —Izumi negó—. Decidí venir porque mi Ken-chan me mandó un recado de que renunciaba a servirte porque iba contra sus valores, eso es problemático para mí, así que vine a averiguar.
—Sí, bueno… como sea —hizo intento de pararse, Ichijouji le facilitó una silla y, cojeando, el pelirrojo se sentó y, como si fuese un ser mecánico, comenzó a teclear de manera presta, enfocando sus ojos en el monitor.
—Traeré la medicina —renegó Osamu, plisando los labios con desagrado.
Sora Takenouchi se sintió ignorada.
—Sé que estás herido, pero no hay tiempo para perder, sólo debes decirme dónde es la casa de Yagami e iré a detener a Ishida —exigió, encarándolo, bloquéandole el monitor con las palmas de las manos.
Izzy la vio y no pareció reaccionar. Giró la silla y comenzó a teclear en el ordenador contiguo.
—¡¿No me has oído?! — reclamó, incrédula—. ¡Se trata de tus amigos!, ¿acaso no estabas alarmado? ¡Debemos detener a Yagami! ¡También a Ishida!
—Aquí está la pastilla, un analgésico sublingual para el jefecito —interrumpió el vicepresidente.
Koushiro también ignoró a su subordinado y tecleó unos segundos más, le oyeron susurrar "red profunda" dos veces, pero en los minutos que siguieron, el genio no emitió más sonidos, salvo pujidos leves que se le escapaban de la boca.
La muchacha quiso echarse a llorar. ¿Por qué la ignoraba así?, ¿por qué le mostraba ese vacío en los ojos?, ¿qué podía haber en las máquinas que fuera más importante que los amigos con los que se había criado desde pequeño?
—No me importa que sea tarde para ir a impedir el asesinato, si es necesario, iré sola a tratar de ayudar, ¡no hay forma de que Yagami mate tan fácilmente! —fue lo que comentó cuando perdió la esperanza en Koushiro Izumi—. No me quedaré aquí, pensé que eras un poco más como yo, pero eres un poco más como ellos.
No necesitaba a ese chico para llegar a la residencia Yagami, le llamaría a Mimi Tachikawa e incluso a Jun Motomiya, alguna de ellas le diría la dirección… y de no ser así, el chico con el que vivía su padre, Shuu Kido, era hermano de Jou y también debía saber decirle hacia donde ir.
Dio media vuelta, no obstante, Koushiro la sostuvo débilmente del uniforme.
—¿No tienes alguna piruleta, Sora-san? —le preguntó casualmente.
—¡Eh!
—Tengo sed de dulce. Quitan el sabor amargo del paladar.
—¡Hasta nunca! —fue la respuesta de la pelirroja, pero no pudo avanzar más, porque Kou la jaló de la ropa con más fuerza, frenándola.
—Lo imaginé, no hice un comentario apropiado —dijo el pelirrojo, tras resoplar—¿Sabes conducir motocicletas?
—¿Me quieres soltar?
—Llévate mi moto —pidió, la máquina impresora comenzó a retorcerse filas atrás de donde estaba—. Osamu, ¿me traes la impresión? ahí viene el mapa de como llegar a casa de Tai, incluí un plano de la residencia, para que veas por dónde te resultará más sencillo entrar… no te preocupes por la seguridad, para cuando llegues, Taichi ya debería haberse deshecho de todos sus guardaespaldas y sirvientes, y, sin gente cuidando las cámaras de video, éstas no servirán de nada; te recomiendo la entrada del lado este, por las cocinas… estoy seguro de que por ahí podrás entrar, la seguridad es menor por esa área debido a que es una entrada frecuente de servidumbre.
Sora se giró y suspiró conmovida. Koushiro le entregó las llaves y le sonrió.
—Ven conmigo —pidió.
—Sería perder tiempo, estoy herido y debo investigar otras cosas —comentó con seriedad—. Si hay alguien que puede influir en las vidas de Yamato y Taichi, en las de los dos, eres tú, Sora-san. A uno lo salvaste cuando eras pequeña, a otro lo salvarás ahora que eres mayor, para los dos eres muy importante, algo así como un tesoro.
—Pero es tarde, ¿verdad? no llegaré a tiempo… ¿y qué podría hacer yo sola contra dos demonios?
—¿Ser un ángel? —bromeó con torpeza, luego suspiró—. Mira, en estos casos, cuando todo está perdido, lo más valiente que puede hacer una persona es volverlo a intentar aunque se sepa que se va a conseguir el fracaso; no hay que darlo todo por hecho, lo digo por experiencia propia, porque cuando creí que estaba acabado, ¿acaso no llegaron a ayudarme?... además, conozco a Tai, es al que mejor entiendo de mis tres amigos, a él le gusta exhibirse, si hubiera querido matar a Oikawa lo habría hecho ya.
»En realidad, lo que él quiere es poner a la vista su miseria ante sus padres, terminar de enloquecer, hundirse en su propia saliva. Para mí, eso es peor que matar a alguien, así que si llegas y ha matado ya, ¿tú no le extenderías la mano?
La joven asintió. Quiso entender el comentario, pero se le enredó la lengua, por eso no dijo nada.
—¿Voy con ella o algo así? —Ichijouji preguntó, sin entender demasiado aunque empapado del morbo que le provocaba ese diálogo.
—No. Voy a necesitar tu ayuda para otra cosa, Osamu-san.
Sora se despidió con las palabras más torpes que encontró. En realidad daba la misma: Koushiro Izumi ya no le prestaba ni la más mínima atención, porque de nuevo estaba inmerso en las computadoras, adentro de los software, de las redes, allá, donde yacía la profundidad de los secretos.
Yamato no era de cumplir promesas a Takeru. El menor lo sabía: su hermano nunca lo había rescatado, como había prometido desde que pasó lo del divorcio de sus padres, tampoco le había escrito demasiadas cartas y casi nunca le había llamado por teléfono.
Las pocas veces que se habían visto desde la separación, Takeru terminaba abrazado al mayor, siempre llorando y siempre rogando imposibles: «¿verdad que vas a escribirme, hermano?, ¿me prometes que irás a verme en verano?, ¿un día iremos de campamento, como lo prometiste la otra vez?, ¿me juras que llamarás?, ¿verdad que sí?, ¿verdad que ni papá ni mamá podrán separarnos y vendrás a rescatarme?».
Takaishi recordaba con frecuencia las promesas incumplidas de su hermano mayor con frustración. No le tenía rencor a Yamato, sabía que éste se esforzaba. Su consanguíneo era hombre de intentos fallidos, nada le salía como había pensado y tratado, por eso, éste terminaba hundido, lejano, lleno de promesas y de ojos convertidos en hielo.
Poco a poco, la juventud había convertido a Yamato en un hombre a quien las promesas incumplidas habían carcomido, no obstante, había pedimentos fáciles que Takeru había hecho a su hermano y éste se había negado a cumplir. Esta mañana, por ejemplo, le había rogado a Yamato que lo llevara a ver a Hikari Yagami y no le había ayudado, ¿era tan difícil apoyarlo en su capricho?... después de todo, ¿era algo malo confesar que sentía amor?
Su hermano se había mostrado reacio ante la confesión de que amaba a Hikari e incluso había dicho que no iba a funcionar, había dicho eso a pesar de que Takeru había descubierto que Yamato mismo estaba enamorado.
Se sentía frustrado, hasta un poco molesto. Su estado de ánimo se mezclaba con los síntomas de la fiebre y los extraños sangrados de las encías de sus dientes y de sus fosas nasales. Takeru, cuando veía su brazo delgado conectado al suero y a otros aparatos, podía observar puntos rojos en su piel, tenía tantos hematomas como pecas y como sueños y como muchas cosas que no se cuentan.
Los médicos acababan de marcharse de la revisión de media tarde. Habían echado un sermón sobre su estado de salud, pero no había hecho demasiado esfuerzo por entender. Escuchaba palabras al azar y jugaba a unirlas
—… plaquetas… hemorrágico… Doctor Jenrya… camilla… turno vespertino… comida… bla bla bla.
La enfermera Rika Nonaka y el médico, que tenía nombre de chino, habían dicho muchas cosas sobre su salud, sobre la fiebre tropical del dengue, el mosquito aedes, la fiebre amarilla, la vacuna… la muerte. De paso lo habían regañado, le habían exigido más reposo, le habían curado la herida de bala que por suerte no había sucumbido a una infección.
—Qué manera de destruirte la vida —le había gruñido la enfermera—. Sólo tienes que verte, eres un crío malcriado.
El médico la riñó a ella y lo animó, Takeru no hizo buena cara, habría querido que hablaran de otras cosas, quizás debían variar y en lugar de hablar de la enfermedad del paciente, debían hablar de cosas más mundanas, de los sentimientos, por ejemplo, ¿acaso no sería mejor preguntarle al enfermo sus sentimientos en lugar de los dolores?, que le dijera: Del uno al diez, ¿cuánto la amas ahora mismo?, al menos estaba mejor que cuando le pedían que identificara en él una escala de dolor.
—Ahora mismo amo al dieza Hikari Yagami, y un nueve a mi hermano porque no me ha contactado con ella, ¡hum! —dijo en esos instantes, molesto, pero ya no tuvo caso que lo dijera, porque la enfermera y el médico se habían ido y le habían dejado solo.
Y sí, solo era la palabra, porque no había recibido visitas desde que se había marchado su hermano. Su madre debía estar muy enojada con él, porque había evitado encararlo y de su padre Takeru nunca había esperado gran cosa.
¡Arg!, deseaba tanto poder valerse por sí mismo. Quería levantarse y escabullirse al cuarto de Hikari. Sabía que la había hecho suya, a su modo… estaba seguro que había alcanzado a entrar en ella antes de perder el sentido. Se moría de ganas de verle la cara, de verle el cuerpo, estaba seguro de que ella tendría un cambio: una nueva mirada, una nueva sonrisa, unas nuevas formas de decir su nombre y tomarle la mano.
No tenía mucha conciencia de sí mismo y sentía que su sentido común estaba por las nubes, ¿era un delirio?, ¿era que estaba febril?, estaba despierto, sí, pero tampoco podía hacer mucho, más que desear que su hermano llamara a Hikari o soñar con que ella se escapara de su habitación para estar a su lado… ¿era algo tan irracional de su parte?
La puerta de su lujosa habitación privada cedió. Takeru quiso alzar el cuello, para identificar a su visitante, pero no pudo.
—¿Hikari? —preguntó ansioso. Se desconoció su propia voz.
—Me han dado permiso de entrar.
No sólo desconocía su propia voz, sino la de su visita. Takeru se exaltó un poco. ¿Era alguien del clan Oikawa?
—No voy a hacerte daño, ¿te has olvidado de mi voz? —le preguntaron—. Es normal, hablo en un tono más bajo de lo normal, no me gustan estos lugares, pero me caíste bien, chico, quería saber si estabas vivo.
Takeru recordó que estaba en una cama que podía moverse, con dificultad dirigió unos de sus dedos a los botones y la parte media superior de su cuerpo se fue elevando, hasta quedar sentado.
—Ryo Akiyama —identificó.
—Qué pinta tan mala traes, pequeño.
—Estoy bien, sólo exageran… no hay mucho por hacer ahora, dicen que sólo necesito reposo, los negativos piensan que no voy a librarla, pero tendré nietos con la mujer de mi vida y viviremos cerca del mar.
—Vengo a despedirme, mi gatita querida es tu enfermera, así que le he pedido que me deje decirte adiós.
—¿Rika-san?
—Voy a irme lejos, he renunciado a las órdenes de los digital cuatro.
—¿De mi hermano y los demás?, ¿piensas que podrían tener represalias contra ti, por renunciar?
Ryo negó, se acercó a Takeru y le desparramó el cabello de oro.
—No tengo miedo del poder que desbordan, simplemente son cuatro adolescentes con quienes no quiero atarme —explicó—. Siento que si me quedo más, aunque gane todo el dinero posible, quedaré impregnado de la esencia que desprenden.
—Con… con esencia te refieres a que ellos expiden veneno… ¿es eso?
—Algo así.
—Hay antídotos —hizo la observación Takeru.
—Eres en verdad un chico muy esperanzado —ironizó Akiyama—; la verdad es que, haya contraveneno o no, no es algo que me importe, simplemente voy a marcharme, quiero dormir sin tener que pensar en las miradas pesadas de esos cuatro.
—Ah, sí, supongo que es lo más fácil cuando no quieres a alguien.
—Así es.
—¿Pero te vas sin ella, sin la enfermera-san?
—Ella es una gata sin dueño —confesó Ryo, sonriendo a Takeru.
—Espero nunca expresarme así de la chica que amo. —Akiyama encogió los hombros, como si le importara un comino lo que acababa de decir el muchacho de catorce.
—Sólo nos vimos una vez y me pareciste valiente, eres un buen chico, falso Wallace, por eso te quise decir adiós, ¿vale?
—Vale, Ryo-san, ¿te irás a buscarlo, al verdadero Wallace?
—Quien sabe. Si me lo topo le dedicaré un derechazo en tu honor.
El ex aliado de los D4 dio reversa y caminó unos pasos como si fuera un cangrejo. Takeru lo vio salir de su vida con un suspiro y supo, con sólo mirarle la piel morena, que la vida había tostado demasiado a ese hombre como para que intentara una vez más ser un espíritu libre. Era un adiós para siempre de un personaje enigmático.
Catherine Marillac quería irse de esa mansión, de esa familia, de ese ambiente. Desde que ella y su hermana Zoe habían llegado a casa de los Yagami, las cosas habían ido de mal en peor.
Su hermana, por ejemplo, estaba encerrada en su habitación porque el día en que su prometido la había llevado al concierto; la había dejado abandonada a medio evento. Catherine sabía que Zoe había estado llorando, y por cada lágrima que su hermana derramaba, a ella le salía una cana del coraje.
Para el colmo y a pesar de que su futuro hermanastro Takeru Takaishi estaba en Japón, éste estaba internado en un hospital y a ella no la dejaban ir a verlo.
"Tiene ojos de un chico enamorado", se torturaba internamente Catherine, porque lo había notado al instante, "y yo no soy la elegida".
Quería marcharse cuanto antes y regresar a París. Tenía tantas ganas de irse, que su pasatiempo, desde que había llegado a esa extraña mansión de tradición japonesa, era hacer y deshacer las maletas, una y otra vez sin parar, hasta que le temblaran los brazos.
—Haces bien en hacerla —una voz burlona interrumpió sus cavilaciones. La rubia alzó el rostro y se encontró con el prometido de su hermana recargado en el marco de la puerta.
—¡Ah! —dejó salir, dando un paso hacia atrás.
Sí, era el novio de su hermana, pero no parecía quedar nada del elegante y simpático joven japonés que estaba prometido a Zoe. El cabello despeinado parecía habérsele convertido en un diente de león deshojándose por un viento imaginario, los ojos color avellana estaban hundidos y opacos, los párpados tenían tatuadas ojeras viscosas, como si se tratara de petróleo. Y el cuerpo estaba enjuto, demacrado, como si fuera un soldado que sobrevivió a la guerra.
—Eres más bonita que tu hermana aún con esa cara de susto —dijo Tai.
—¡Largo de aquí, Zoe no quiere verte!
—Curioso, yo tampoco quiero verla, está a punto de ocurrir una ejecución y lo que menos tengo en mente es flirtear con mi presunta prometida, total, ya obtuve lo que quería de ella…
Catherine tensó la cara, Taichi caminó hasta ella y la alzó de la quijada.
—Cuñadita, te voy a dar un consejo, ¿lo escucharás?
—¡Suéltame, llamaré a tu madre!
—Llámala, total que no acudirá, he corrido a todos los sirvientes, ¿no te he dicho que habrá una ejecución pública en esta casa? —Tai no esperó a que la chica le respondiera, sin saber por qué, la envolvió en un abrazo y le besó los labios.
Catherine pataleó hasta soltarse.
—Tus labios saben a perfume, ¿no crees que es un poco artificial?
—¡Estás loco!, ¡auxilio!
—Acá va mi consejo: haz las maletas, ve por Zoe-chan y márchense de casa. —Tai le lanzó a la chica unas llaves y un sobre—. Vayan a ese departamento, pertenece a mi familia, pero es mejor que cualquier hotel.
—Yo… no entiendo… yo…
—Voy a matar a un hombre dentro de un rato más —miró su reloj de muñeca—, y aunque soy un exhibicionista, no creo que sea justo que Zoe-chan y tú vean mi espectáculo, digamos que el show es sólo para la familia, ¿ya lo entiendes mejor, verdad?
Catherine se dejó caer al suelo, totalmente aterrorizada. La manera en que se movía y hablaba el prometido de su hermana era la de alguien queha perdido la humanidad.
Iori Hida se dio cuenta de que un auto de modelo reciente y lujoso lo seguía.
Ese día no había ido a la primaria porque el club de kendo había tenido que asistir al torneo de la prefectura, por lo que había pasado la mañana en competencia. De su cuello colgaba una medalla de primer lugar, no se la había guardado en la mochila porque no quería mezclarla con el uniforme sudado ni los accesorios que usaba en el arte marcial.
A su abuelo Chikara, que lo entrenaba en dojo familiar, no le gustaba que pusiera las medallas con la ropa sucia porque se apestaba el cordón del que estaba sujeta la orbe metálica.
«Iori, piensa que es para tu padre, por eso debes lucirla, a Hiroki le encantaría ver lo bueno que eres, era el policía más justo, ¿te lo he dicho ya?».
Eso decía el viejo Hida cada vez que el nieto tenía competencia. Iori se tomaba en serio todas las recomendaciones de su abuelo aunque parecieran irracionales. Era un chico de doce años muy formal y nunca desobedecía a sus mayores, sobre todo cuando se trataba de artes marciales.
Había ganado la competencia de los chicos de sexto año y su equipo había conseguido ir al regional. Al evento habían acudido autoridades, benefactores y directores de varias escuelas. Justo a la salida, Iori había visto a varios hombres con gafas negras escoltar a un señor que parecía muy importante.
Se habían montado en un auto negro y desde entonces habían comenzado a seguirlo a él.
Estaba arrepentido de no haber querido regresar en el autobús escolar, pero su costumbre generalmente era deambular en soledad al regreso y caminar por el malecón de Odaiba para disfrutar de la brisa del mar.
—¿Es posible que de verdad esté pasando esto? —se preguntó a sí mismo. Nunca antes se había sentido perseguido y le resultaba especialmente estorboso que un vehículo de cuatro ruedas lo siguiera… ¡es más!, le resultaba ridículo.
La dinámica era de lo más burda posible: el auto se aparcaba una cuadra atrás y cuando él lograba correr lo suficiente para escapar, el automotor reaparecía frente a él o a su costado, estacionado, con los vidrios polarizados y los sujetos con gafas probablemente dentro, viéndolo. Sabía que era el mismo auto por la matrícula, incluso se la había aprendido de memoria.
La avenida estaba solitaria y no parecía haber mucha gente caminando porque era hora laboral. Tampoco pasaban muchos carros, por lo que Iori se inquietó lo suficiente para ocultarse en el primer negocio que vio.
Era un minisúper, parecido al de los padres de su mejor amiga Miyako, pero peor surtido.
El chico entró, recorrió la tienda sin saber qué hacer y fingió que leía una revista cualquiera mientras se asomaba por la ventana, para ver si los acosadores habían desistido. En realidad, él no llevaba cosas de valor monetario consigo, así que no tenía idea de por qué lo seguía un auto de ricos.
El móvil le sonó y eso hizo que el cuerpo le saltara. Respondió algo apresurado y tenso, aunque al ver que la llamada era de su amiga Miyako, resopló agradecido.
—¡Hola Cody! ¡Hoy ha sido fatal!, tengo que verte, me ha pasado algo horrible en la mañana, ¡y lo que es peor, luego me pasó algo lindo!, o sea, mi vida es una contradicción, ¡una loquísima!, ¿te acuerdas del odioso de Izumi, el Digital Cuatro que es mi némesis?, ¡pues es que… es que!, ay Cody, eres muy joven para que te diga estas cosas, pero algo intenso nos pasó la otra noche, pero luego se portó como un patán y me insultó, ¡todo enfrente de Ken-kun!, ¿te acuerdas de Ken?, sí te he contado de él, ¿verdad?, es un chico súper bueno y guapo y… ¿Cody?, ¿por qué no dices ni pío?
—… —El niño se vitalizó un poco al oír el monólogo de su amiga. Era varios años mayor que él, pero siempre se habían llevado como si fueran hermanos—. Miya-san… yo… ahora mismo… no creo poder hablar…
—¿Qué tienes?, te oyes raro, ¿te está temblando la voz?, ¿alguien te hizo daño?, ¡Ay, no me digas que perdiste el torneo!, no creas que me he olvidado de la competencia de la prefectura.
—No es eso, lo que pasa es que… —Iori se volvió a asomar, no quería sonar paranoico y no estaba impuesto a pedir ayuda, pero de verdad sentía miedo—, siento que alguien me sigue.
—¡Ay, no, qué miedo! ¡¿Y si es un robachicos?! ¡Ya te he dicho que no andes solo en la calle, Cody!, ¿se puede saber dónde estás?
—Cerca del malecón de Odaiba; no creo que sea lo que tú dices, es sólo que es extraño que el mismo auto aparezca por todas las calles por donde voy.
—¡Ay, con lo lindo que estás!, ¿y si es una depravada?, ¡ay no!
—Olvídalo, debe ser una coincidencia, ahora que te escucho, me he tranquilizado, siempre pintas el panorama más feo de lo que es, Miya-san —sonrió levemente el niño, imaginándose los ademanes que siempre hacía su amiga cuando especulaba tragedias—. Etto… debe ser que me estoy volviendo paranoico por convivir tanto con Miyako-san, hasta me aprendí la matrícula del auto.
—¡Dámela!, díctamela inmediatamente— exigió Inoue. Hida le obedeció algo incómodo.
—No debí haberte dicho eso.
—Prefiero preocuparme por ti que pensar en mis problemas amorosos, ¡yo sólo quería ser la mejor estudiante de este instituto para ganarme una súper beca para estudiar en el extranjero!
—Hai, hai… Miya-san, voy a seguir caminando.
—Ni hablar, ¡voy por ti!, mándame tu ubicación por el celular, ¿va?, luego vamos a McRonald, muero por comer hamburguesas baratas y por contarte mis penas.
—Hay uno cerca de aquí. —Iori avistó el restaurante de comida rápida a unas cuadras—. Está a tres manzanas, alcanzo a ver el letrero, nos vemos ahí.
—¡Pero es que el robachicos!
—No creo que sea un robachicos, no soy un niño pequeño. —Iori volvió a buscar el auto, pero no lo vio—. De hecho ya no veo el automóvil, fue falsa alarma.
—Mejor espérame en donde estás, es un día pésimo, siento como si todo lo malo pudiera pasar, es que el mundo es un asco.
—Qué va, no, correré hasta restaurante y te veré ahí, no pasará nada con tres cuadras, ahí podrás contarme lo que pasó con Izumi-san y con el chico que te gusta, aunque bueno, ya te lo he dicho, Miya-san, creo que lo mejor es dejar de aparentar ser alguien que no eres, además, ¿no es problemática tu vida desde que te interesan tanto los chicos?
—¡Ash!, no sermonees. Mejor date prisa y ve con cuidado, yo iré para allá de inmediato, ya salí de clases y ni loca vuelvo al club de computación.
—De acuerdo.
—¡Bingo, Cody!, me avisas en cuanto llegues al McRonald.
El chico colgó y se sintió mucho más tranquilo. Miyako Inoue, su vecina desde que tenía uso de razón, era una persona que lo ponía sereno y de buen humor. No importaba cuánto gritara la chica, de alguna manera eso no incomodaba a Hida, sino que lo hacía sentir incluido, parte de la vida de su amiga.
Suspiró y mandó la ubicación por medio del GPS y los mapas que incluía su celular. Luego, al notar que la dependienta del negocio lo miraba con desaprobación, decidió comprar una revista de literatura japonesa y un ramune de durazno.
Cuando salió de la tienda no sintió miedo, sólo se dispuso a darse prisa para llegar a su destino, no obstantes, de un segundo para otro, unas manos enguantadas, que llevaban un pañuelo, lo agarraron por detrás y apretaron el trapo contra su rostro.
El niño intentó hacer una movida de defensa, para frenar la agresión, pero la vista comenzó a nublársele mientras otro sujeto salía de la nada y se colocaba frente a él para sujetarlo con fuerza, de los hombros. No pudo verle los rostros, era por las enormes gafas de sol que portaban.
—Mira, Four, es uno de los chicos más lindos que hemos cazado.
—Agárralo bien, Six, K-sama nos espera.
Iori hizo un último esfuerzo por zafarse, se zangoloteó, dejó caer sus cosas: el ramune, la revista, la mochila, todo menos su medalla.
Lo último que supo es que, justo como había especulado, lo metieron en el auto negro y poco después apretaron más el trapo impregnado de formol hasta desvanecerlo.
—Miya-san… —fue lo que alcanzó a decir, cuando soltó el celular.
Jyou pasó horas en la ducha antes de decidir lo que iba a hacer. Dejó que el agua caliente lo mareara, hasta hacerlo caer sentado en los azulejos.
Le gustaba sentir que desfallecía, que la regadera iba a derretirle, deshacerle, borrarle del panorama. El vapor no sólo le nublaba la vista, sino la realidad que lo carcomía. Había sentido, por unos instantes, la sensación de que se podía ocultar en la bruma de su baño, pero el efecto de olvido y de niebla tuvo fin: mientras más se le arrugaba la piel por la humedad, más recordaba a su padre y a los problemas, más se daba cuenta que no podía quedarse ahí, no podía ahogarse sin tinas.
Su madre había intentado suicidarse en una tina. Se había cortado las muñecas y había tratado de darse un baño eterno, esperando a la muerte, rogando por la llegada de los shinigamis. El agua se había vuelto rosada, luego roja, pero su mamá no había podido morir en paz, porque la encontraron en un tiempo perdido, en el cual ya había perdido la razón pero no la vida.
Jou recordaba las cicatrices de los brazos de su madre con más claridad que su rostro de mirada perdida. Cada vez que tenía la suerte de encontrarse con ella en la mansión, sus ojos negros miraban lo mal que habían sellado esas cortadas, que se habían convertido en rayas con forma de olas en las muñecas.
Su padre no lo dejaba ver ni a su madre ni a Shin con frecuencia, pero había ocasiones en las que el patriarca Kido quitaba los candados, las llaves y las cadenas, por lo que Jyou lograba ver a sus familiares como si éstos fueran cometas que de vez en cuando cruzaban su cielo.
No. No podía irse de casa sin su hermano y sin su madre, a pesar de que ellos habían tratado de abandonarlo. Él era diferente, no tenía corazón para dejarlos. Todos ellos habían intentado irse sin él: Shin había enfrentado a su padre en soledad, fallando irremediablemente; su madre había tratado de quitarse la vida para irse sola, sin sus hijos, sin nadie… Y Shuu había logrado irse, también en soledad, pero había dejado atrás a su propia sangre.
Jou no quería hacer lo mismo, no quería repetir los pecados de su estirpe. Con ese pensamiento salió de la ducha, totalmente colorado por el calor y el vapor que había empapado su cuerpo.
Caminó hasta su cama y se dejó caer en ella, desnudo, sin toalla. No supo porqué, pero Kido deseó verse en un espejo, pero le resultó imposible, ya que justamente acababa de romper todos los cristales que había en su habitación.
La alcoba estaba llena de vidrios, pero a Jou no le importó. Se mantuvo encamado unos minutos, sin cerrar los ojos, sin ponerse las gafas…
—Voy a vaciar las cuentas bancarias… no sé cómo, pero lo haré —se dijo en voz baja—. Para poder salvar a mi mamá y a mi hermano, necesito dinero… también necesito maldad.
El sonido del móvil interrumpió sus pensamientos y lo hizo gruñir. El aparato emitía un ruido insistente, molesto. Joe Kido quiso ignorar el timbre pero no pudo, se enderezó y rebuscó el celular en un buró.
—Es Koushiro —bufó, haciendo mala cara.
Contestó porque no sabía ignorar las llamadas telefónicas en los momentos de crisis. No le hacía emoción hablar con Izumi, ni con ninguno de sus amigos… él simplemente no era un Digital Cuatro, esa era la verdad.
Quizás nunca habían sido cuatro, quizás sólo habían sido tres.
—Buenas tardes, Koushiro-kun, ¿qué pasó? —saludó con fastidio.
—Jo-senpai, voy a ir a tu casa hoy —escuchó del otro lado.
—No vengas —fue la respuesta de Kido.
—No hay otro lugar al que pueda ir, será la penúltima vez que te moleste.
Sin decir más, Koushiro le colgó y Joe sintió que una emoción retorcida le recorría el estómago.
No tenía tiempo de lidiar con sus amigos y no quería arriesgarse a confiar en ellos, no obstante, ¿acaso Koushiro Izumi no era un genio?, si Yamato y Taichi siempre se aprovechaban de eso, ¿por qué no podía hacer él lo mismo?
Mimi observó con deleite cómo le quitaban los yesos a Daisuke en el consultorio del ortopedista del hospital Kido. Le parecía simpático el rostro de pánico que ponía el joven Motomiya cuando el médico utilizaba sus herramientas para quitarle los yesos.
El sirviente de Daisuke, un muchacho de ascendencia china y con sobrepeso, parecía igual de complacido que ella, por eso fotografiaba en el celular a su "amo", a quien no parecía respetar demasiado. A Mimi le parecía extraño que un sirviente fuera tan irreverente, pero como a ella no le afectaba en lo más mínimo, se dedicaba a observar al muchacho, al médico, al cuarto de hospital donde estaban, a todo. Al fondo había un esqueleto de mentiras, pero Tachikawa deseó que se tratara de un cadáver de verdad, para sentir escalofríos, también había varios cuadros con diplomas que acreditaban al especialista, la chica sólo leyó el que decía que Kenta Kitagawa; el especialista había egresado de Todai, una de las universidades más famosas de Japón y donde nunca de los nunca a ella le gustaría estudiar.
El sonido de la cámara del celular del empleado doméstico hacía clic varias veces por minuto. Daisuke reclamaba: "Estúpido Hoi, deja de tomarme fotos y burlarte de mí, voy a correrte de la casa, ¡y a tus hermanos también!".
El tal Hoi no hacía caso y se reía. Desde que los había recogido en el instituto, el asistente no había dejado de mofarse.
—Apuesto a que esta señorita tan guapa no es tu novia —había dicho después de que Daisuke los había presentado.
—¡Cállate!, por supuesto que no es mi novia, yo soy hombre de una sola mujer.
—Ay, ya quisieras que una célula mía estuviera enamorada de ti, ¡hum!, niño horrible —se quejó Mimi, pero (aun sintiéndose insultada) se subió al coche de la familia Motomiya porque necesitaba largarse del colegio y su sirviente Gennai no le había contestado el móvil.
—Es imposible que Daisuke-sama se consiga a una mujer hermosa como usted, señorita Tachikawa, mi pobre amo es tan torpe que es capaz de fracturarse los dos brazos por jugar fútbol soccer.
Mimi se había reído y el chico Motomiya había reclamado, pero sus reniegos no habían servido de nada. Tanto él como Mimi habían ido al hospital y tiempo después los habían ingresado a la sala de ortopedia, para quitar los yesos, los cuales fueron destruidos para liberar los brazos de Daisuke: pálidos por la falta de sol, un poco flacos y apestosos.
—Amo querido, apesta.
Daisuke se olfateó con disgusto y puso cara de asco al notar que, en efecto, su piel hedía por todo el sudor que se había acumulado en sus brazos por culpa de la férula.
—Es normal —dijo el médico, acomodando sus gafas. Luego le indicó a Motomiya que hiciera una serie de pruebas y revisiones para darlo de alta.
Mimi no perdió detalle. Era más divertido observar a los demás que comerse las uñas o ponerse a pensar en lo nefastos que eran los Digital Cuatro con ella. A veces hacía falta convivir con seres inocentes y bobos como Daisuke, ya que eso le sacaba risas provenientes del corazón, era casi como ver una película de comedia, sólo que más real, más nítida.
Cuando salieron del consultorio, Daisuke arrebató a su sirviente su celular y lo rompió.
—¡Daisuke-sama, qué malvado! ¡Le juro que esta vez no iba a publicar sus fotos en el facebook! —se quejó el hermano Hoi que tenía sobrepeso.
El moreno se encogió, levantó las manos sin pena alguna y poco después sacó su cartera y le dio dinero a su sirviente.
—Ve a comprarte un celular nuevo, Hoi, te quiero fuera de mi vista.
—¡Pero mis fotos de usted se han perdido!
—Ya me cansé de ser tu hazmerreír, de verdad convenceré a los viejos de despedirte si sigues así —guiñó el ojo. Hoi se rió, tomó el dinero y preguntó:
—¿Te dejo varado con la bella señorita en el hospital?, ¿Le vas a meter mano, amo querido?
—¡No digas tonterías! —Daisuke se sonrojó—. El centro de telefonía móvil está a un lado del hospital Kido, desaparécete un rato, yo tengo cosas que hacer aquí.
Hoi echó a reír.
—¡Es en serio!, sé que aquí está Hikari-chan, el amor de mi vida, así que pienso ir a visitarla antes de irme, ¡tú eres un ayudante impertinente y te quiero lejos!, ¡chu, chu, vete de aquí, ya te llamaré para que nos recojas!, ¿cierto, Tachikawa?
Mimi, atenta al discurso de su nuevo camarada, asintió con desfachatez. Se acomodó la falda y suspiró.
—¿Estás enamorado de Hikari Yagami? —le preguntó.
—¿La conoces?, bueno, no me extraña, eres amiga de los Digital Cuatro y Hikari-chan es hermana de Taichi-sama, mi gran ídolo en el club de soccer.
—Ay, qué aburrido, todos gustan de Hikari siendo que sólo es una especie de Bella Durmiente que está postrada día y noche en su cama.
—¡No ofendas a Hikari-chan! —gritó Motomiya, luego de empujar a su sirviente—, y tú lárgate a donde te dije y cómprate el celular, que sea el mismo modelo que te rompí y no uno más nuevo.
Por fin, Hoi se marchó a paso lento, como si tuviera fatiga. Tachikawa, en cambio, movía sus tacones mientras se adentraba en sus cavilaciones.
—Pero creo que Hikari-chan es más como Blancanieves que como la Durmiente, es que es muy pálida y nunca le da el sol, y pues Blancanieves tiene piel de color lechosa… total, esa princesa también la pasa postrada hasta que el príncipe le da el beso. —Mimi vio de arriba abajo a Daisuke y bufó—: pero me temo que tú no eres su príncipe.
—¡Qué boba!, ser un príncipe es aburrido, ¡yo soy un goleador!, y por Hikari-chan metería todos los goles del mundo.
—Ash, qué poco romántico, es una metáfora fea, eres como un cavernícola y yo que quería hacer una nueva versión de los D4 juniors, contigo incluido; te pensaba dar el título de Aladino… aunque de una vez te digo que la hermana de Taichi no es para ti, a ella le gustan rubios.
Daisuke le sacó la lengua y no prestó importancia a lo que dijo la chica que lo acompañaba, ¿qué sabía esa mujer frívola del amor que sentía por Hikari?, ¡habían sido amigos desde el primer momento! ¡habían estado juntos en esa horrible casa de reposo para enfermos y heridos!, y, por si fuera poco, ¡los dos habían escapado de ese lugar con las manos enlazadas! eso, para él, era amor.
—Eres tan escandalosa como Jun, ¡ni quien quiera ser un Digital Cuatro! mejor me voy a buscar a mi Hikari, tú haz lo que quieras.
Daisuke comenzó a caminar por el pasillo que estaba a la izquierda del consultorio, pero Mimi se burló.
—¿Sabías que vas al revés?, la suite privada Yagami está por acá, ¿será que tengo qué acompañarte? uff, me sé este hospital de memoria porque es del padre de Jou-senpai —Tachikawa sonrió como princesa y giró sobre su propio eje antes de tomar el brazo de Daisuke para arrastrarlo tras ella.
Éste se sonrojó, pero se dejó guiar. Esa chica tenía unas manos suaves, como si fuera un bebé… y la sonrisa era como la de las modelos que salían en las revistas que solía leer la loca de su hermana.
Para llegar al cuarto de Hikari había que tomar un ascensor y entrar a una zona VIP.
—¿Qué es eso de VIP?
—Ush, ¿es que de verdad eres retrógrada?, It's english, sweetie: Very-Important-People, por supuesto que Hikari y Takeru son de sangre azul, deben estar en la zona más exclusiva de la clínica.
—¿Takeru?, ¿ése quién es?... como sea, qué feo hospital clasista.
—Ya luego sabrás quién es, sólo prepárate, se te romperá el corazón y eso quiero verlo.
Mimi abrió la habitación de Hikari sin tocar. Tanto ella, como Daisuke, observaron a la hermanita de Taichi levantándose de su cama y arrimando una silla de ruedas.
—¡Blancanieves! —exclamó Mimi—. ¿Es que vas a buscar a los siete enanos?
La castaña de catorce años se sobresaltó y se agarró el pecho, el grito de Mimi casi le había hecho perder el equilibrio, pero se repuso e incluso logró sonreír como la Monalisa.
—Mimi-san… —la saludó, luego reparó en Daisuke y sus labios se ensancharon todavía más—. ¡Daisuke-kun, has venido!
Ella se quitó con brusquedad el suero y trotó con ansiedad hacia donde estaba su amigo. Le tomó las manos y Daisuke pareció derretirse de la emoción: sus brazos apestaron más que nunca, enchuecó los labios, comenzó a sudar, tragó saliva, se le iluminaron los ojos y se puso cual lava en sus mejillas.
—Hik… Hikari-chan, mi querida Hikari-chan.
—¿Has estado bien? —el muchacho asintió—. ¿Y eres amigo de Mimi-san?
—¿De ésta? —Mimi cruzó los brazos e hizo un puchero—. La acabo de conocer hoy, pero aunque es malcriada, es buena persona, ¡ah!, Ichijouji también es buena persona, te lo voy a presentar la próxima vez.
Hikari asintió, reverenció a Mimi y ésta se sintió incómoda, ¿por qué Kari no le había agarrado las manos? ¿Porque era una simple amiga de los D4?, ¿Por qué no le simpatizaba? Tachikawa no sabía qué pensar de niñas con el alma tan elevada como la menor Yagami.
Le daba la impresión de que aunque el cuerpo de esa chica era frágil, por dentro tenía un espíritu denso, viejísimo.
—Tus brazos están bien, me da mucho gusto, ¿eres más feliz en tu hogar que en la casa de reposo?
—Claro, aunque la bruja de mi hermana y mis padres son odiosos es mejor estar aquí que enclaustrado.
Kari se rió, bajó la cabeza, como si estuviera chiqueada.
—Eres gracioso, como siempre. Cuando te veo, sonrío. —Mimi frunció su entrecejo y pensó que Hikari jugaba con fuego, ¿es que acaso no se daba cuenta de que ese mocoso babeaba por ella?, ¿no se daba cuenta de lo coqueta que era?
—¡Yo también sonrío, Hikari-chan! —manifestó Daisuke, quien de inmediato acarreó la silla de ruedas para sentar a la Yagami—, pero estoy triste, porque nos salimos del infierno y lo primero que hicieron fue volverte a encerrar aquí, ¡qué asco con tus padres!
—Me he internado por cuenta propia —manifestó la muchacha, sentándose en la silla mientras se acomodaba la bata de hospital lila que llevaba puesta.
Mimi se recargó en el marco de la puerta y se sintió enferma. Le dio coraje estar ahí porque recordó la vez que había acompañado a Koushiro a visitar a Hikari. Si ella fuera la enferma, ¿la visitarían con tanto fervor?
Sabía perfectamente que no. Nadie la visitaría para regalarle flores o peluches, quizás su mayordomo Gennai, pero eso no era suficiente. Koushiro no la visitaría con la misma sonrisa que ponía cuando veía a Hikari-chan, Tai no se pararía a hacerle visita porque odiaba a los hospitales, ¡y ni se diga Yamato! éste sólo visitaría a la Cenicienta… quizás Jou iría a verla para decirle que estaba en el mejor hospital del mundo.
—¡Hum!, estoy enojada —expresó mientras desviaba la mirada al techo—. Hikari-chan es encantadora, como Taichi, pero, en el fondo, los dos son malvados…
—Mimi-san… —susurró la castaña, con un tono suave, contradictorio.
—¿Cómo te atreves a decir que Hikari-chan es malvada?, ¡aunque estés tan buena, eres una bruja, Tachikawa! —gruñó Daisuke, pero a Mimi no le importó, se le quedó mirando a Hikari con las cejas muy tiesas, como si le hubiera dado parálisis.
—Hikari-chan, ¿no te parece cruel dejar que este chico babee por ti?, ¡es demasiado obvio que babea el suelo y hasta los ojitos los pone en forma de corazón!, ¿no te parece mal coquetearle así, a pesar de que estás en este hospital por el hermano de Yamato?
—¿De qué diablos, hablas? —se indignó Daisuke, chapeteado a más no poder.
—¿Coquetear? —se preguntó Hikari, mientras de forma ligera reposaba su trasero en la silla de ruedas.
—No te voy a creer el cuento de que te sale natural, Hikari-chan, ¡hum!, las princesas somos insolentes, tú eres una Blancanieves, no es de a gratis que los animalitos se te pegotean cuando cantas.
Motomiya volvió a reclamarle a Tachikawa; Yagami, por su parte, disminuyó su sonrisa y le dedicó a Daisuke una mirada intensa, de preocupación naciente.
—Daisuke-kun... ¿te duele mucho el pecho? ¿Te he hecho daño, como dice Mimi-san?
—¡Esa ridícula tipeja miente! ¡Es la primera vez que nos tratamos y está diciendo puras tonterías!, no hagas caso, Hikari-chan, no hay manera de que tú pudieras herir a nadie, te lo aseguro —insistió Daisuke.
Pero la pequeña Yagami, al verle forzar una sonrisa, palideció más. Le dio la impresión de que si Motomiya tuviera cola, la sacudiría por más triste que tuviera el rostro. Se acercó a él conduciendo la silla de ruedas, le tomó una de las manos morenas y toscas en comparación a las de la muchacha.
—Pero tu corazón ¿late con más prisa si se toco?
—¡Sí, claro, parece una locomotora! —confesó el muchacho, y un humito imaginario salió de los poros de su nariz mientras Mimi bufaba y tenía ganas de desaparecer.
—Entonces, ¿crees que estás enamorado de mí?
Daisuke tragó saliva cuando escuchó esas palabras y le salió una risa nerviosa. Tembló como si fuera pequeño, desvió sus ojos color vino tinto e hizo un gesto muy tímido, impropio en su facie.
—Este, yo… Siempre… ¡Siempre quiero estar con Hikari-chan! —confesó apretando los párpados—. Soy muy bruto para estas cosas, pero yo… este…
Y mientras más enrojecía él, más lívida se ponía la hermana de Yagami. Era como si Daisuke le estuviera robando los colores, era como si nunca más fueran a ver juntos un atardecer en el jardín de la clínica de descanso.
—Lo siento mucho. —Kari le sinceró—. Daisuke-kun, eres un amigo muy preciado, pero cuando toco tu mano, mi corazón no late con más rapidez.
—¡Fin del comunicado!, ¡ahora por fin le has roto el corazón!, ¿no crees que es mejor ahora que los dos lo saben?, ¡les ahorré toda una historia de desamor! —se burló Mimi, como niña pequeña, con la carita emocionada por presenciar un melodrama en vivo.
Daisuke se mordió los labios y le fue soltando las manos a Hikari, pero no dijo nada. Ésta miró largamente sus pies, los cuales reposaban en los pedales de la silla.
—Mimi-san tiene razón, soy muy cruel… me gustaba mucho tu sonrisa, por eso me gustaba hacer que resplandeciera en la casa de reposo, me gustó seguirte y tomar tu mano cuando escapamos juntos de aquel lugar —hizo una pausa—, te veías tan auténtico, que me gustaba decirte cosas lindas, para que me hicieras recordar a mi hermano cuando era pequeño, pero nunca me puse a pensar en lo desalmada que fui.
A Motomiya se le remojaron los ojos. Con sus brazos recién curados se talló los orbes y se embarró las pestañas en el párpado.
—¡Eso no es malo! ¡No eres desalmada, ni cruel! —la defendió—. Eres mi amiga, Hikari-chan, y sí, mi corazón late con prisa cuando estoy contigo, pero eso no significa que yo te pida algo a cambio, eso es cosa mía —le sacó la lengua a Mimi—. Si esta chica se pone a decir tonterías de amor y princesas, no voy a hacerle caso, porque a mí me gustan los héroes que saben perder, ¡así que no estés triste, Hikari-chan!
Pero Hikari negó, sintiéndose un poco triste por ser tan egoísta.
—Mi corazón es muy débil, Daisuke, estoy segura de que moriré pronto, ¿Verdad que encontrarás a una chica muy dulce?
Daisuke se rascó el cuero cabelludo, Mimi decidió volver a interrumpir.
—No es que vayas a morir, es que quieres a otro —dijo de mala gana—. Apostaría que ahora mismo quieres ir con él ¿cierto?, con Takeru-kun.
El moreno sintió que se le agrietaba el pecho y la piel se le impregnaba de veneno. Mimi Tachikawa era venenosa, era una víbora de cascabel resentida. ¿Por qué le había hecho eso? ¿Por qué hacía sentir mal a Hikari?
—Es verdad. Quiero a otro —la castaña manifestó, apenada.
—¡Eso no malo! —repitió Daisuke—. ¡Ya te dije que soy de esos héroes que saben perder!, ¿de verdad te quieres ver con ese chico? ¿Es por él que estás internada de vuelta a pesar de que escapamos juntos porque no querías estar encerrada?
—Es verdad, Takeru-kun está internado, me quedo aquí porque quiero verle… —ella se echó a llorar por seguir confesando a Motomiya que quería a alguien más.
—¿Y tu corazón late como locomotora por él?
—… sí, como un tren bala.
—Necesitas ayuda para verlo, ¿verdad?, ¡vamos a buscar a ese chico!, yo te llevaré…
Hikari le sonrió.
—Eres muy bueno —fue lo único que pudo responder, mientras Daisuke tomaba los manubrios de la silla y se disponía a salir de la habitación para buscar al ganador: al rival que no conocía, al hombre que vería todas las sonrisas de Hikari que él nunca (jamás de los jamases) podría siquiera imaginar.
—¿Verdad que sí lo soy? mi hermana y mis papás me dicen estúpido, pero en verdad yo lo que soy es un buenote.
—¡Uy! Estoy es el colmo, pero bueno, ¿qué más da si son tan ingenuos?, yo, la hermanastra Mimi, soy un alma caritativa, así que los ayudaré a llegar sin que los descubran a donde está el soñador de Takeru.
Tomó la delantera de la comitiva y sintió calor dentro de su cuerpo. Le conmovía imaginar que los buenos sentimientos todavía existían y estaban frente a ella, le emocionaba pensar que quizá, en un futuro, algún buen sentimiento tocaría sus pies y la haría seguir el camino correcto.
—¡Sigamos el camino de las losas amarillas, rumbo a la Ciudad Esmeralda, donde está Takeru, el príncipe de Oz! —jugueteó, señalando el largo pasillo de piso beige… era un recoveco donde parecía que estaban removiendo los colores.
Eso pensaba Mimi, cuando, de repente, se vino un apagón que dejó a oscuras todo el hospital Kido.
—No se parece nada a Hiroki Hida —fue lo que dijo K-sama cuando olisqueó el cabello de Iori y le acarició la piel rozagante de las mejillas.
Six acomodó al muchacho en los brazos de K-sama, quien observó al niño recién secuestrado con una mueca de difícil identificación. Ni Four, ni Six supieron lo que sentía su amo al tocar a ese niño. Así como podía sentir deseo, también podía sentir odio.
Nadie sabía exactamente lo que K-sama sentía respecto a nada, pero todos sabían que había que temerle.
Acomodó la cabeza del chico en su regazo y el cuerpo del mismo quedó reposando en el resto del asiento trasero del auto, porque no importaban las dimensiones de K-sama, éste siempre ocupaba un espacio pequeño, siempre trataba de aparentar un bajo perfil, incluso en sus vehículos, que aparentaban austeridad pero expedían lujo.
El padre de Joe estiró la boca, contento de tener a ese chico en su poder.
—Con esto podrá usted vengarse del policía Hiroki Hida, mi señor —dijo Three, el conductor del auto—. Ha sido el único hombre que ha conocido su secreto y ha intentado acabar con usted, utilizando incluso al idiota de Zero.
—Yukio Oikawa siempre fue la perdición del clan, ¿no lo cree, K-sama? —preguntó Four—. Aunque haya matado a ese policía Hida hace seis años, ha sido buena idea capturar al hijo.
—No se parece nada a Hida —volvió a quejarse Kido, mientras con sus largas manos desabotonaba la camisa de Iori, para tocarle el pecho.
—Debe parecerse a la madre. Estamos seguros que se trata del hijo de Hiroki Hida —dijo, nervioso, Six.
K-sama se concentró en el juvenil cuerpo del adolescente que le habían servido en bandeja de plata. Era una criatura hermosa, saludable, limpia. El chico desprendía un sudor dulzón por el que algunos de sus clientes habrían pagado millones de dólares.
Un niño asiático con piel de porcelana, pero ojos verdes, como el hijo de Hiroki Hida, era un elemento valioso, un espécimen exótico y único que podría deleitar a cualquier pedófilo experimentado.
—¿Cuál es su nombre?
—Iori Hida, señor. Tiene 12 años, va en sexto de primaria.
Kido deslizó su mano por la piel del chico, una vez que le quitó la camisa observó por largo rato el ombligo de su secuestrado.
—¿Debemos vendérselo a la red? —preguntó Four—. ¿O prefiere matarlo?, si lo hiciera se acabaría la descendencia del hombre Hiroki, también está el abuelo del chico, pero ese hombre no tarda en morir.
Iori gimió, todavía inconsciente, cuando K-sama le acarició el abdomen. Tenía el flequillo desparramado por la toda la frente y las cejas castañas fruncidas, como si estuvieran tristes.
—Este es mío —dijo, para extrañeza de sus secuaces, porque K-sama nunca se obsesionaba con la mercancía, ni con las personas que quería destruir.
La única obsesión que se le conocía a ese hombre se llamaba Yuuko Yagami. Y aunque esa mujer era su única debilidad, K-sama ni siquiera había querido tocar, mancillar y acabar con el pequeño Yagami cuando lo había mandado secuestrar.
Para Kido, el mayor gozo fue era ver cómo sus trabajadores destruían paso a paso a ese pobre niño Taichi. Le gustaba salir del hospital, ir a la casa de aseguramiento para sentarse a observar la violación.
Zero, el más ruin de los suyos, hacía un performance espectacular cuando abusaba de sus víctimas. A K-sama le gustaba mirar y escuchar desde la oscuridad, inyectando veneno con su respiración.
Por eso era raro que dijera que quisiera para él a ese pobre chico de 12 años. Era verdad que Hiroki Hida había descubierto su red de trata, pero desde que había mandado a asesinar al policía, no existía riesgo alguno de que pudieran descubrirle.
Había encubierto sus crímenes cual edificio viejo recién pintado. Él, y su reputación, no tenían mácula alguna, con excepción del secuestro del chico Yagami, cuyo caso era lo único que a Kido no le había salido bien.
Aunque había logrado arrancar a ese niño del poder Yagami y le había destruido con maltratos de toda índole, al final no había matado a ese demonio fruto del pecado. Y no sólo no había asesinado al niño, sino que una niña cualquiera, de un barrio cualquiera, había rescatado a Taichi Yagami una tarde cualquiera, casi en su presencia.
Por eso siempre llevaba consigo el balón de fútbol de Sora Takenouchi, para recordarse a sí mismo que existían ese tipo de contratiempos imprevistos, que podían hacerle bajar la guardia.
—Amordázalo y enciérralo en la cajuela —mandó a Six.
Three, que hasta el momento estaba conduciendo, señaló a través del cristal polarizado que estaban próximos al hospital Kido.
—Está a oscuras —hizo la observación K-sama, porque el sol se estaba escondiendo tras los rascacielos y su edificio parecía una lánguida sombra.
Four y Six encendieron unos monitores e intercambiaron palabras con trabajadores del nosocomio.
—Se ha ido la luz en todo el edificio —informó Six—. Inclusive no ha funcionado la planta de luz interna.
—Eso es peligroso, ¿K-sama tiene pacientes en terapia intensiva? —cuestionó Four.
K-sama apretó los puños, para desquitarse, jaló los cabellos de Iori como si éste fuera un muñeco vudú.
—Una intromisión. Un virus —gorjeó, como cuervo a punto de vomitar.
Sólo un profesional podía cortarle la luz eléctrica a un hospital como el suyo.
Yamato Ishida nunca actuaba conforme a lo que los demás esperaban de él. Nunca se dejaba llevar por la corriente, él no era como un simple río esperando desembocar en el mar. No, Matt era el núcleo de un huracán, era una tormenta tropical de la cual no se podía hacer un pronóstico.
Por eso, justo después de herir a Koushiro y desmayar a Sora, no corrió despavorido a detener a Taichi Yagami de asesinar a Yukio Oikawa.
Para él, si su mejor amigo mataba o no a ese monstruo, no era el punto. Taichi podía despellejar a quien se le diera la gana, ¿quién era él para prohibirle hacerlo? ¿Y por qué debía impedírselo?, tampoco podía llegar a robarle protagonismo ni a tenderle la mano para pedirle que mataran juntos.
No. Para Taichi no iba a resultar placentero tener un cómplice por más que Yamato le persuadiera. El rubio sabía perfectamente que lo más difícil para los dos, como amigos, sería mirarse de forma natural después de conocer todos los secretos.
Yamato había visto cómo Taichi se rompía a los 6 años. Luego también lo había visto olvidar, ahora no estaba dispuesto a que éste recordara.
Cuando estás demasiado podrido hay cosas que no puedes aceptar, como el hecho de que el padre de uno de tus amigos secuestró, mandó violar y trató de matar a Taichi, y por si fuera poco, también mandó raptar a Sora para hacerle el mismo daño.
Después de salir del colegio, Yamato hizo rugir su auto y comenzó a manejar como desquiciado, sin saber que hacer. Lo único que tenía en claro era que Sora no debía estar en riesgo, por eso la había noqueado… a Koushiro también había sido necesario removerlo y no porque le preocupara, sino porque los ojos de Izumi habían lucido demasiado asustados, demasiado reales.
Por extraño que se oía, Koushiro Izumi quería actuar con justicia, con elementos penales; Yamato no estaba de acuerdo con ello. Si el padre de Jou Kido había hecho daño a Tai y a Sora, éste debía pagarlo de inmediato, con sangre, con odio, con puños, con carne y en la ilegalidad. No estaba dispuesto a esperar por pruebas, no tenía intención alguna de encerrar a un monstruo, sino de acabarlo con su propia fuerza, con su poder.
Manejó por los alrededores de la residencia Yagami y la casa de los Kido sin decidirse dónde estacionar. Su mente pensaba con presteza pero sin guía alguna. No podía vengar a Tai si no podía enfriar su cabeza.
Necesitaba ser un glaciar, concentrar sus redes profundas de pensamientos con sus acciones, necesitaba mostrar sus armas, sacar las garras de la bestia… y debía hacerlo rápido, en un careo valiente, sin tregua.
Sonrió mientras meditaba. Desvió su vehículo en una curva y se encaminó al maldito hospital de los Kido.
Ken Ichijoujji bufó descontento cuando apagó los fusiles del hospital Kido y deshabilitó la electricidad del hospital.
Su hermano le había obligado a delinquir a favor de Koushiro Izumi una vez más.
—No te quejes, Ken-chan, ¿no te he dicho que es la última vez? —había sonreído Osamu—. Izumi dijo que después de hacerle este favor, no le deberemos nada, ¿no te da gusto saber que saldaremos las cuentas con tu nuevo rival en materia amorosa?
—No es eso. —Los dos hermanos estaban uno al lado del otro, en el ático del nosocomio Kido. Habían logrado penetrar el sistema de seguridad gracias a que Izumi hackeaba a distancia. Ellos sólo se habían metido a apagar el switch y a reconfigurar la red, para que pudieran conseguir todos los datos que buscaba el pelirrojo.
—Izumi dijo que te la podías quedar, a la chica, ¿o es que no te la quieres follar porque él la tuvo primero?, ¡quién iba a pensar que eras del tipo posesivo!
—¡Basta ya, Osamu-nissan!, te he dicho que no es eso, esto no tiene que ver con Inoue-san, sino con lo que estamos haciendo, ¡estamos atacando la electricidad de un hospital!, los enfermos… Alguien puede… alguien puede morir.
Osamu Ichijouji amargó su sonrisa.
—Mientras no seamos nosotros, por mí puede morirse el mismo Dios —dijo, dejando a Ken sin argumentos.
Hace muchos años, en lugar de haber salvado la vida de su hermano mayor, Ken había quedado paralizado en la acera de una calle, viendo que un niño ajeno lograba hacer que a Osamu no se le interrumpieran los latidos del corazón.
Por su cobardía del pasado, Ken obedecía en el presente casi sin chistar, como la sombra gastada de un árbol muerto.
Osamu era un manipulador excelso.
«¿De verdad no piensas ayudarme?, ¿es que de verdad me odias tanto Ken-chan?... es triste, me odias desde pequeño, ¿crees que no lo recuerdo?, cuando resbalé y estuvieron a punto de atropellarme pedí tu mano, estiré los dedos hacia ti, ¿te acuerdas? pero ¿qué hiciste tú Ken-chan?, ¡ah!, claro, sólo te me quedaste mirando… si no me hubiera salvado Izumi, ¿habrías estado feliz con mi muerte?»
Su hermano lo había hecho flaquear nuevamente. A pesar de que había decidido no servir a Izumi por sus propios valores, al final había caído en la trampa de Osamu.
«Si no me apoyas, será como la vez que no estiraste la mano para salvarme, Ken-chan, ¿no te parece de los más patético traicionar a tu hermano?»
Pero era la última vez, eso había asegurado Osamu. Koushiro Izumi iba a dejar de pedir favores absurdos a cambio de haber salvado la vida de su hermano y ayudado en casos en la comisaría que dirigía su padre.
Era la última vez, quizás, pero eso no significaba no haberse manchado las manos.
—Listo. Ya reiniciamos el sistema. Infectamos todo con el virus, robamos todos los datos, caray, ¡somos muy buenos haciendo cosas malas, Ken-chan!
—Quizás debiste haber muerto —atacó, de improviso, el menor de los hermanos.
—Pero finalmente no morí —expresó Osamu, ejecutando las órdenes de Izumi en un pequeño ordenador portátil que cargaba consigo —. ¿Sabes? Eres como un cuchillo de palo, Ken-chan, atacas poco a poquito, pareces inocuo, pero al final terminas doliendo.
El celular de Osamu sonó. Tenía un timbre aburrido y monótono. Ken rechinó los dientes cuando su hermano respondió la llamada.
—Está todo listo, presidente, hemos transferido los datos del hospital a tu red.
Ichijouji menor bufó, no pudo escuchar lo que decía Izumi porque Osamu no había puesto el altavoz.
—Ajá, ajá, entiendo muy bien que esto debe ser confidencial, Ken-chan también lo comprende, honestamente, entre menos sepamos de los Digital Cuatro será mejor para mí, después de todo hoy es la última vez que trabajamos juntos, así que no te preocupes, no husmearé los datos que robamos de los Kido, aunque si yo fuera tú, también registraría en la casa, un hombre de negocios como Kido debe tener datos más privados a mejor resguardo (…).
Ken desvió la vista y la atención hacia su propio celular al verlo brillar y al sentir la vibración del aparato en la bolsa del saco del uniforme.
Lo tomó y, al ver la pantalla, descubrió que se trataba del número de Miyako Inoue. Sintió que se le calentaba el rostro, de reojo vio que Osamu aún hablaba por teléfono con Izumi acerca de borrar las evidencias del ataque cibernético que acababan de efectuar.
Se alejó de ahí con discreción, sin que su hermano lo notara y sin dejarse ver por los empleados de logística del hospital, que rondaban las instalaciones con linternas, tratando de arreglar el desperfecto que había provocado el apagón.
—Dense prisa, arreglen el desperfecto —gritaba alguien—. Hay dos personas en terapia que no podrán sobrevivir mucho tiempo sin el ventilador artificial, ¡andando!
Ken gruñó por dentro, se escondió por ahí mientras bajaba el volumen de su teléfono y seguía viendo el número de Inoue en la pantalla.
No podía con su enojo, las tonterías de Izumi estaban poniendo en peligro la vida de personas. Nadie en su sano juicio cortaba la luz eléctrica de un lugar tan vulnerable, nadie, salvo los Digital Cuatro.
Ichijouji menor respondió la llamada con un gruñido. Quiso decir "hola", pero no pudo y quizás no hizo falta, porque en cuanto se hizo escuchar con su onomatopeya, la chica que lo llamaba se dejó oír de manera ruidosa, dolorosa.
—¡Ken-kun, ayúdame por favor! —gimió Miyako Inoue. Ken se estremeció al darse cuenta de que ella estaba llorando de manera ruidosa.
—¿Inoue-san? ¿Qué pasó?
—¡Es que se lo llevaron!, la gente vio cómo unos hombres lo subían a un auto polarizado, su uniforme de kendo quedó tirado, ¡ayúdame por favor, no sé qué hacer!
¿De qué hablaba Miyako?, el chico no lo sabía, pero el pulso se le había descontrolado con sólo oírla sufrir así.
—Inoue-san, tranquila… ¿A quién se han llevado?
—¡No puedo estar tranquila, ¿entiendes?!, ¡el robachicos se llevó a Iori!, ¡A mí Iori-chan!, yo sabía que lo estaban siguiendo, le dije que se fuera al McRonald, pero no alcanzó a llegar… ¡no sé qué hacer!
—¿Iori?
—¡Es mi mejor amigo! —ella hipeó—.Es tan sólo un niño, Iori es tan solo un niño y no le ha hecho nada malo a nadie, ¿por qué se lo llevaron entonces?; Ken-kun… ayúdame por favor, no sé qué hacer, no sé nada…
—No llores, por favor, no llores más, Inoue-san; dime dónde estás, voy inmediatamente para allá.
Y sin importarle más los planes de los D4 y los de su hermano Osamu, Ken Ichijouji desapareció de escena.
Koushiro no pudo suspirar después de que colgó el celular. A pesar de que el hackeo había sido un éxito, no podía darse el lujo de relajarse. Ni siquiera se permitió respirar hondo y profundo, daba la impresión de que el pelirrojo sólo podía hiperventilar.
Le dolía la pierna donde lo había herido Yamato Ishida, pero agradecía poder tener pretexto para pujar, sentía que mediante ese malestar físico podía concentrarse mejor, porque eso era lo que necesitaba: enfocarse al 100 por ciento, como androide o tan siquiera como un ciborg.
Los datos terminaron de bajarse en su nube digital, justo cuando terminó la descarga de archivos, Izumi supuso que regresó la luz en el hospital.
Sabía que lo que había hecho no era enteramente ético, ¿pero acaso importaba?, alguien como él, con las manos manchadas de sangre y la boca llena de azúcar no podía dejarse vencer por cuestiones morales. En el fondo, Koushiro lo sabía perfectamente: era un monstruo, justo como decía su madre biológica, pero ser monstruo lo hacía feliz.
Si podía saciar su curiosidad con todos los secretos del mundo, no le importaba ensuciarse, y si de paso podía ayudar a sus amigos, Koushiro era capaz de embarrarse no sólo de lodo, sino de sangre.
Resguardó los datos y les dio un vistazo mientras tecleaba. Ya estaba dentro del sistema de los Kido, pero no era suficiente. Osamu Ichijouji tenía razón, necesitaba espiar en un lugar más. Los pecados más recónditos del padre de Jou debían estar en casa de su amigo, del que él consideraba el juez de los Digital Cuatro.
Así que no se la pensó más, total que Joe ya estaba advertido.
Tai no era araña, pero podía tejer una red de mentiras y desolación como su madre. Justo después de infiltrarse en su casa, se las arregló para despedir y alejar a los sirvientes y guardaespaldas de su campo de acción.
Usó amenazas, falacias, bromas. No supo cómo fue que ellos se marcharon, pero así sucedió para contento suyo.
A su madre la encontró en el estudio principal, donde ésta pasaba largas horas quemándose las pestañas en planes que Taichi no quería siquiera conocer. Cuando la vio, ella le gritó que se había pasado de la raya con la prometida francesa y que sólo un baile para anunciar el compromiso podría arreglar el descontento de la muchacha.
—No te lo tomes a mal, madre, pero ¿no te parece demasiado anticuado querer arreglar las cosas con un baile?
Yuuko lo miró con frialdad, el heredero decidió desviarle la vista y comentar casualmente.
—¿Sabes?, me he acordado que pagaste para que me lavaran el cerebro…
—¿De qué estás hablando, Taichi?
—¿Acaso no le pagaste al padre de Jyou por los electroshock que me dieron para que olvidara lo del secuestro?, pues que sepas que puedes ir a reclamarle porque he recordado todo, ya sabes, ¡todo!
—No sé de qué hablas, Taichi, pero será mejor que te vayas a dar un baño y te vistas con tus mejores ropas para pedirle disculpas a tu prometida.
—Madre —entonó el muchacho—. ¿Qué se siente tener un hijo mancillado?
Yuuko se puso de pie, pulsó un botón de un control remoto para llamar a los criados, pero Tai se rió.
—No hace falta que llames a la servidumbre, los he amenazado, despedido o sobornado, al final todos obedecieron, saben que con dinero baila el perro, así que no pierdas tu tiempo en llamarlos, que esta vez, nadie me va a detener…
—Basta de tonterías, Taichi.
—He citado a padre ¿Sabes?, le he dicho que voy a montar el mejor show de mi vida, no puedo decepcionarlo. —Tai sacó de sus bolsillos una cinta canela ancha y una soga—. Pero no te preocupes, querida madre, estarás en primera fila y, esta vez, ¡como que me llamo Taichi que te haré llorar por mí!
Yuuko vio que la sombra de su hijo se cernía en torno a ella. Lo vio avanzar hasta cerrarle el paso y sonreír como alguien que ha perdido el rumbo.
No se permitió cerrar los ojos.
Cuando la luz se fue y el hospital quedó a oscuras, el cuerpo de Mimi Tachikawa comenzó a estremecerse.
Se sintió vacía, temerosa y, sobre todo, estúpida. Debía repetirse a sí misma: las hermanastras no ayudan a las princesas, por más buenas y bonitas que fueran. Las hermanastras, personajes olvidados de los cuentos de hadas, eran envidiosas, provocadoras y, además, malas perdedoras.
Y si la cosa era así, entonces Tachikawa no le estaba haciendo justicia a esas villanas de bajo perfil, porque aceptaba dócilmente ayudar a las princesas sin siquiera hacerse notar demasiado. Por ejemplo, Cenicienta le gustaba, ¡y eso no estaba bien!, no obstante, aquella pobre pelirroja le gustaba mucho y no le importaba echarle una mano ni cedérsela a Yamato. La otra chica, que era la dama de compañía de Kou, ¿acaso no le había ofrecido su amistad, también?, ¡ella era una pésima hermanastra!, y ahora, por si fuera poco, ella y el sino Aladino estaban ayudando a Hikari, la niña de piel de porcelana que bien podía ser la Bella Durmiente o Blancanieves.
—Soy el colmo —se quejó Mimi, poniendo las manos en la cintura y dejándose poseer por la oscuridad del pasillo del hospital, que apenas instantes anteriores había sido un sitio de piso amarillento y paredes inmaculadas.
Lo único que persistía era el aroma a alcohol y a medicinas que parecía impregnado en cada milímetro del edificio.
Se escuchó el altavoz, pidiendo calma. A continuación se escucharon gritos y Mimi se unió a ellos, mientras Hikari, en su silla de ruedas, tosía como angelito y se quejaba levemente. Daisuke Motomiya, el buen perdedor, se mantenía agarrado a los manubrios y le susurraba a su amor perdido que todo estaba bien.
—¡No te preocupes, Kari-chan!, ¡yo te protegeré y te llevaré con ese chico que tanto quieres! —decía con la voz más triste y fingida que Mimi había escuchado jamás.
—Daisuke-kun, no te preocupes, yo estoy bien, nunca le he temido a la oscuridad, sólo me preocupa un poco, algunos pacientes necesitan algunos aparatos que funcionan con electricidad, estoy un poco alarmada por Takeru, está muy delicado, necesito llegar a él cuanto antes.
—¡Lo intentaremos! —aseguró Daisuke, pero Tachikawa lo notó tenso. Para ella, era demasiado cruel que un chico (por más simio que fuera) hiciera eso por el primer amor roto que se había hallado en la vida. La Blancanieves era egoísta, no le importaba dejar enamorados a los enanitos.
—Sí, no importa que esté oscuro, me sé este hospital de memoria, creo que podemos intentarlo, aunque hay mucho ruido y todos gritan… me parece muy extraño, porque para cuando se va la luz, los hospitales Kido tienen su planta de energía de emergencia…
—¡Ánimo, Hikari-chan, yo te ayudaré!
Mimi bufó.
—Qué patético —dijo para sí misma. Ese chico era demasiado estoico, demasiado idiota. Justo como ella, se conformaba con migajas, pero eso no estaba bien.
De un impulso, agarró al chico de la ropa y lo jaló con desesperación hacia su regazo. Daisuke pegó un grito corto al soltar la silla de ruedas donde yacía Hikari, pero quedó callado por los labios de Mimi que se pegaron a los suyos en un movimiento imprevisto, salvaje.
Ella lo besó como si su vida dependiera de ello. Daisuke tenía unos labios carnosos y vírgenes muy torpes, por lo que quedó paralizado. Mimi se los lamió antes de separarse y escucharle un gemido de extrañeza y excitación.
—Ven conmigo, Aladino —coqueteó, y lo sostuvo con fuerza antes de echarse a correr en la oscuridad, con el chico a cuestas.
Y Motomiya, inexperto y asustado, se dejó guiar por la oscuridad del nosocomio, soltando a Hikari, quien ni siquiera se quejó por el abandono o por lo menos se portó tan discreta y silente como siempre, al sentir que la soltaban.
—¿A dónde vamos?, Hikari-chan está sola…
—Ella va con su Romeo, ¿no te das cuenta que estorbamos?
—Pero está oscuro, no se ve nada, es peligroso, ¿y por qué diablos me robaste un beso, vieja loca?
—¿¡Vieja!?, ¡si serás imbécil, eres un privilegiado porque te acabo de elegir!, ¿no ves que me diste lástima? —ella azotó el cuerpo de Daisuke en la pared y volvió a robarle otro beso.
Esta vez Dai suspiró gustoso, y con las manos temblorosas, trató de palpar el cuerpo de Mimi y atraerlo hacia él, pero ella tenía otros planes, por lo que de nuevo le tomó la mano y comenzó a jalarlo.
Él rezongó. Ella se rió.
—Vamos a buscar un escondite —canturreó, sacando su celular y encendiendo la luz led, para alumbrar el camino.
Aún se oía murmullos de desconcierto y a los lejos se escuchaban los pasos de las enfermeras yendo y viniendo de un lado a otro. Mimi Tachikawa alumbró una puerta de cedro preciosa con la que se topó. La puerta parecía haber sido traída desde la Europa del barroco y ella lo vio como una señal.
—Qué romántico —dijo, girando el picaporte.
—¿Qué es ese lugar, Tachikawa?, ¿estás loca?
—Quiero que nos toquemos más, ¿no quieres? —ella empujó la puerta y descubrió que dentro había un elegante consultorio, que seguramente debía ser de uno de los más altos funcionarios del hospital.
—Estás loca.
Soltó a Daisuke y corrió al escritorio, estaba limpio de papeles y sólo tenía una sobria computadora cubierta por un forro. Se sentó, abrió ligeramente las piernas y alumbró al muchacho con el celular.
—Ven, estoy dispuesta a consolarte, me da mucha pena que seas tan bueno y que aun así pierdas a la princesa.
Motomiya tragó saliva, resopló, respiró hondo y profundo, o al menos lo intentó. Le ardían los labios como nunca antes y le pulsaba el cuerpo. Le dolían las muñecas por la manera en que Tachikawa lo había jalado y ya no olía la peste que había dejado el yeso, sino que se le había impregnado el aroma dulzón de esa joven que recién acababa de conocer.
Eso debía ser atracción y deseo, por eso su cuerpo se movía solo, por eso ni siquiera se dio cuenta cuando llegó hasta la chica y ésta lo envolvió como si fuera una boa a punto de devorar su presa.
—Buen chico, has logrado excitarme, ¿y si abres la boca? —Daisuke apretó los labios antes de abrirlos de manera exagerada, con una torpeza digna de un animal.
Mimi se rió. Lo dejó con la boca abierta, pero le lamió el lóbulo de la oreja. Le acarició la espalda y movió las caderas para excitar aún más la entrepierna del muchacho, quien gimió al sentir la presión de su uniforme contra su miembro.
Tembló ante la nueva sensación y abrazó a Mimi con si en verdad la quisiera. Con desesperación le buscó los labios y se los besó una y otra vez, queriendo sentir más y más. Cuando Mimi tomó la palma de Dai y la puso sobre sus pechos redondos e hinchados, la luz eléctrica regresó al hospital como si fuese un rayo, de modo que los dos chicos quedaron paralizados al verse los rostros enrojecidos.
A Mimi se le veían las bragas y tenía desabrochados los primeros botones de la blusa del uniforme. Estaba un poco despeinada, pero a Daisuke le pareció, por primera vez, una mujer hermosa. Él estaba todavía más colorado y su melena lucía más rebelde que nunca, la chica le hizo un guiño, pero poco después quedó callada y, de improviso, cerró las piernas y se puso de pie.
—¡Ay no! —se quejó—¡Habiendo tantos médicos, nos fuimos a meter al consultorio del padre de Jou!
Se sacudió la ropa y palideció al ver detrás de ello una foto del doctor Kido sentado en una silla. Sus tres hijos estaban alrededor de él como soldados y nadie sonreía. Incluso, tras ver la imagen, a Tachikawa le pareció que el pequeño Jou que aparecía ahí tenía miedo.
Además del cuadro, había diplomas colgados en la pared y enormes libreros y armarios de madera fina. Era un sitio elegante, más que parecer el consultorio del director de una clínica, parecía la biblioteca de un magnate.
—¡Vámonos, Dai-chan! —exigió la castaña, recuperando el aliento. Motomiya ofuscó las cejas aunque asintió. Se notaba a leguas que no sabía muy bien lo que estaba pasando… de repente, recordó a Hikari-chan en la silla de ruedas y se le encogió el vientre, por el remordimiento.
¿Qué diablos estaba haciendo?, ¡él quería a Hikari-chan! ¡Debía serle fiel aunque ésta prefiriera al tal Takeru!, pero no, lo primero que había hecho tras su inesperada derrota, había sido dejarse besar por esa mujer bonita, pero altanera.
—Sí —respondió con los ojos desorbitados—. Vámonos para siempre.
Pero justo cuando se acercaron a la salida escucharon ruidos, específicamente pasos. Oyeron que la puerta era abierta y, antes de que los carcomiera el pánico, Mimi abrió uno de los armarios y le hizo una seña a Daisuke, para que se escondiera.
Cuando llegó a su hospital, K-sama ya estaba de malhumor. Habían roto sus fronteras, habían penetrado su red y sabía que lo habían hecho para perjudicarle. Las cosas no se habían salido de control desde el misterioso escape de un Taichi Yagami de seis años, que había sido ayudado por una mocosa de mala muerte que aún representaba un estorbo para su vida.
Aunque, pensándolo bien, lo que había pasado con el policía Hiroki Hida también había sido un momento difícil, en el que había perdido su porte enjuto, de hombre de negocios respetable.
Uno de sus hombres estacionó el coche en la cochera privada donde guardaba su auto. A Kido no le gustaba dejar sus vehículos en los estacionamientos de los empleados ni de los pacientes. Él, en ocasiones, necesitaba sitios más oscuros y secretos dónde desenvolverse.
Four y Six bajaron manualmente el portón, porque no había electricidad. Three aparcó el carro, encendió una linterna y abrió la puerta a K-sama, quien seguía sosteniendo la desfallecida figura de Iori en su regazo.
—Llévalo a casa. Quiero que lo amordaces mejor y lo ubiques a un costado de la habitación de Moeka.
—¿De su esposa, mi señor?
—¿Es que no has escuchado ya? —Kido pidió que le alumbraran el cuerpo de Cody para verle por última vez, no supo porqué, pero metió uno de sus dedos en la boca del chico, para secar la saliva que se le escapaba por la comisura.
¿Para qué quería a ese chico? ¿Era venganza? ¿Era perversión? ¿O quizás odio?, nadie nunca sabía lo que quería K-sama, pero le obedecían con ceguera, porque cuando los cristales de sus gafas le brillaban, cualquier ser humano a su alrededor le temía.
Pidió la linterna a Three y dio más órdenes. Mandó a Four y a Six a investigar lo que había pasado, a buscar culpables y a restaurar la electricidad. Él anunció que iría a su despacho y así lo hizo con calma, con paso lento, tratando de pasar desapercibido en su propio hospital, mientras médicos y enfermeras parecían un hormiguero enloquecido buscando la seguridad de los pacientes. Algunas áreas incluso habían comenzado a evacuar las instalaciones.
—No encontrarás lo que sea que estás buscando aquí, querido enemigo —susurró mientras abría la puerta de su consultorio, desde el cual se escuchaban ruidos y respiraciones exaltadas.
Yamato entró corriendo al hospital cuando se dio cuenta que algo no andaba bien. El ocaso caía para dar paso a la noche y el edificio estaba escueto y oscuro como una cueva.
La mitad de su mente pensaba en Tai, la otra mitad, que se debatía entre odio y náuseas, dejó atrás esos sentimientos para empezar a pensar en Takeru.
Al final sus sentimientos oscuros lo habían llevado hasta la guarida de Kido para hacerle frente. No había ido tras Taichi, porque Yamato sabía que no tenía derecho de detener a su mejor amigo, ¡es más!, ni siquiera se sentía listo para mirarle de frente.
¿Cómo iba a verlo Tai, cuando descubriera que ambos sabían la misma verdad?, ¿le miraría con recelo, por no habérselo dicho?, ¿le miraría con odio, por compadecerlo?... no había podido protegerlo cuando niños y ahora era lo mismo: Yamato no podía hacer nada por Tai, ni siquiera podía prohibirle convertirse en asesino.
Yamato creía que era más útil quemar las cosas desde la raíz. Y la raíz de toda esa tortura era el padre de Jou: a él debía destruirlo, apuñalarlo, machacarlo… era, según su punto de vista, lo único que podía hacer por Taichi.
Sin embargo, su familia estaba a merced de Kido porque su hermano menor estaba internado ahí, en el hospital de su enemigo. Tenía que sacar a Takeru de ahí, tenía que arrebatarlo de las garras de ese hombre endemoniado que había sido capaz de secuestrar a un niño inocente para una venganza absurda.
A pesar de que unos paramédicos le gritaron que no entrara, Yamato avanzó con la agilidad de un lobo por el hospital. Se alumbró el camino con el celular y de paso hizo una llamada a Matsumoto.
—Sé que estás ayudándole al imbécil de Taichi con Oikawa —lo saludó con celeridad—. Pero manda a personal de la familia a cuidar de mi hermano al hospital, ¡monten guardia! Y que no entre nadie, ni los médicos, sin mi autorización, ¡traigan armas! Y prepara el traslado de mi hermano a otra unidad, ¡me vale un demonio que Natsuko y mi padre no lo autoricen!
Jadeó cuando colgó el celular y comenzó a buscar, con desesperación, la habitación de su hermano entre la penumbra. A veces chocaba con el personal médico o los pacientes. Todo el mundo parecía desorientado.
La luz volvió cuando los ojos aguamarina de Ishida se habían impuesto a la oscuridad. La luz blanca lo hizo detenerse para tallarse los párpados y enderezarse. Cuando abrió los ojos de nueva cuenta, se encontró con la pálida y triste figura de Hikari Yagami a punto de entrar a la habitación de su Takeru.
Ella lanzó un grito débil, de sorpresa.
—Yamato-san… —lo saludó un poco asustada, Matt supuso que su rostro tenía un gesto de pocos amigos. Sentía la quijada tensa y no podía dejar de fruncir el entrecejo.
—La hermana de Taichi —soltó, mordiéndose los labios. Por la lejanía de esa chica había empezado todo. Si su amigo hubiera tenido a su hermanita con él cuando niños, su estúpida aventura para verla en el hospital no hubiera desembocado en un secuestro.
Una desaparición forzada donde él también había sido una víctima colateral. Un secuestro donde a Taichi y a él los habían arrancado del suelo para robarles la inocencia en una pocilga sin baños, sin luz, sin esperanza.
—¿Estás bien, Yamato-san?, yo… yo he venido a ver a Takeru, es que… es que estaba demasiado oscuro —explicó Kari con torpeza, Yamato vio cómo movía las manos y, sin quererlo, se imaginó los dedos largos y morenos de Sora—. Se fue la luz en el hospital y me dio la sensación de que el mundo iba a acabarse, por eso debía estar aquí, con Takeru-kun, ¿eso está bien, verdad?
—En algo no te equivocas, ha llegado un apocalipsis —respondió Ishida, apretando los puños.
Un hombre apodado Zero había manoseado a su amigo hasta casi matarle. No sólo le había robado la virginidad, sino las sonrisas y los recuerdos… Y todo había sido por culpa del dueño egoísta de esa clínica que tenía cautivos a Takeru y a la dulce hermanita de Tai… ellos no tenían idea de nada, ni siquiera sabía que estaban dentro de una jaula de oro.
—¿Un apocalipsis?
—Escúchame bien, no quiero que te separes de Takeru, ¿has oído, Hikari?
—Lo haré… pero no entiendo...
—¿Alguna vez, acaso, Takeru y tú han entendido lo que pasa a su alrededor?, ¿alguna vez te has dado cuenta de las heridas con las que camina tu hermano?
Los ojos carmesí de Hikari se estremecieron hasta humedecerse.
—Mi hermano… ¿qué le sucede a mi hermano?
—Te lo dice, se avecina un apocalipsis, pero no puedes hacer nada salvo lamentarte, no te haría mal llorar por Tai, pero no serviría para nada —se burló Yamato—. Lo mejor es que Takeru y tú sigan viviendo su ensueño y ese amor que asegura él que se profesan…
Hikari, lívida como la cera, le tomó la mano y le miró como si fuera un fantasma.
—Dime que mi hermano y tú no harán otra locura —rogó la de cabellos color almendra.
—Enciérrate en la habitación de Takeru y sólo deja entrar a los guardias de mi familia, los dos necesitan salir cuanto antes del hospital, pero debemos hacer los preparativos porque mi hermano está delicado —ordenó, quitándose de encima los brazos de la niña—.Ve y abraza con fuerza a Takeru, demuéstrales a todos que eres fuerte y que harás lo que se te pegue la gana con tu vida.
Le dio un empujón y luego volvió a comenzar a correr. Esta vez rumbo al despacho de Kido que, según sabía, estaba en ese mismo piso que era la zona VIP del hospital.
No debía desenfocar sus verdaderos sentimientos. No podía desviar sus intenciones. Si estaba ahí era para desatar el caos.
Quería ver los ojos podridos de ese hombre, quería desatar una guerra.
Por eso ni siquiera tocó cuando llegó al consultorio, sino que al abrir la puerta la estrelló y gritó el nombre del médico antes de dejarse ver, con los ojos convertidos en fuegos azules.
—Así que se trataba del heredero de los Ishida —dijo Kido, con voz pausada. Estaba sentado tranquilamente en su escritorio. A pesar de que estaba calmado lucía un poco frustrado y el monitor recién encendido de su computadora marcaba error. Los cristales de sus gafas resplandecían—. Después del golpe que acabas de darle a mi red, ¿te parece inteligente venir a verme?
—¡Te voy a hacer pagar lo que le hiciste a Tai! —Su grito de reclamo sonó infantil y falto de poder, por eso Yamato se llenó de impotencia. No tenía idea de qué golpe había dado contra Kido, pero al parecer, el hombre sabía lo que estaba haciendo ahí.
K-sama sonrió.
—¿Es una declaración de guerra acaso, joven Ishida? ¿o un burdo juego infantil más de los amigos de mi hijo Jou?
Yamato no dijo nada más, sólo sacó su revólver y lo apuntó. Kido no dejó de sonreír con amabilidad, como si estuviera ejerciendo el rol de anfitrión.
—Ya veo, se trata de una guerra —mencionó con calma—. Asegúrate entonces de que no te tiemblen las manos, joven Ishida.
Continuará en "Red profunda, parte dos"...
Gracias por leer. Espero que les haya agradado... ha estado muy largo, lamento eso, pero tenía a muchos personajes en movimiento. Algunos personajes no han evolucionado ni revolucionado, pero espero en el próximo capítulo pueda mejorar esos aspectos, lo mismo que la trama.
¿Qué hará Yamato al enfrentarse a K-sama?, ¿Taichi terminará de perder la razón?, ¿Qué hará Koushiro para hacerse de información sobre los Kido? ¿Logrará Jyou salvar a su mamá y hermano?, ¿Sora podrá evitar que Tai haga una locura? ¿Y qué pasará con el pequeño Iori? ¿Qué hay detrás de todos estos enredos? ¿Habrá un apocalipsis en la vida de los D4?
¡Agradezco mucho su apoyo!, prometo incluir romance en cuanto pase la tempestad. Y también me comprometo a responder sus mensajes, porque son los que me animan a seguir con este proyecto.
¡Hasta pronto!
¡Abrazos!
CC
Se aproxima el clímax de la historia... espérenlo.
