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.•.¸¸•´¯'•.¸¸.ஐ CAPITULO 24 ஐ..•.¸¸•´¯'•.¸¸.
No cabía duda de que Dios tenía sentido del humor. Esa fue la conclusión de Elliott después de observar durante una hora el comportamiento de los hermanos. Los ángeles guardianes de Candy Rose eran ásperos y pendencieros, discutidores y cautos al mismo tiempo, y tan ruidosos... Señor, qué ruidosos. Tenían el extraño hábito de hablar todos al mismo tiempo y, sin embargo, eran capaces de oír lo que decían los otros. Elliott se sintió como si estuviese en medio de un mitin popular.
Se divertía como nunca.
Después de haberles hablado, los cuatro se adelantaron a estrecharle la mano. Por supuesto, vacilaron en aceptarlo como parte de la familia, pero él no se desanimó. A su debido tiempo, comprenderían que no tenían muchas alternativas, igual que él. Dios los había reunido, y así debían estar.
Primero, se presentó Adam.
—Tú eres al que le gusta polemizar, ¿verdad? —comentó, al estrecharle la mano.
Adam se volvió al instante hacia Albert:
—¿Tú le dijiste eso?
—Le dije que te agradaba debatir —explicó. Elliott asintió.
—Es lo mismo —afirmó—. A mí también me gusta, hijo. Verás que siempre gano.
A Adam le brillaron los ojos:
—¿Es cierto eso?
—Estabas equivocado en lo que se refería a los motivos de los griegos, ¿sabes? Tendré que aclararte las cosas.
—Acepto gustoso el desafío —respondió Adam. Luego, fue el turno de Charlie.
—Tú serás abogado —le anunció.
—¿Sí?
—Sí, lo serás. Albert dice que tienes un talento natural para sortear los pantanos.
Charlie sonrió.
—Señor, acaba de emplear la palabra del día de ayer. Siempre quise matar abogados, no convertirme en uno de ellos.
Tom fue el siguiente en estrecharle la mano.
—¿Qué le dijo Albert de mí?
—Que eres un mago con los caballos. En Inglaterra harías fortuna, trabajando con los pura sangre. Los animales confían en ti, y eso me habla de tu compasión. Me preguntaba de dónde la habría sacado mi hija, y ahora lo sé.
Kuki esperaba su turno. Ya había resuelto que no sería tan fácil como sus hermanos. Elliott había herido a Candy Rose, y tendría que pagar, antes de que se mostraran hospitalarios con él.
—¿Dónde está el malo? —preguntó Elliott.
—Aquí, señor —respondió Kuki, sin poder contenerse. Entonces, sonrió—: ¿Albert le dijo que yo era malo?
—Lo dijo con gran admiración —le aseguró—. He oído hablar mucho de ti. Algunos de los comentarios corrieron por cuenta de una joven llamada Annie. Al parecer, estaba convencida de que tratarías de dispararme, y me dijo que tuviese cuidado contigo. En cuanto a Annie —continuó—, me preguntaba...
Kuki alzó una ceja.
—¿Qué pasa, señor?
—¿Querrían traerla de vuelta?
Los hermanos gritaron que no al mismo tiempo. Elliott rió, y Kuki también
—Señor, se queda con usted —concluyó.
—Mi amiga está feliz, allí —afirmó Candy —. Padre, debes tener hambre. Nosotros ya hemos cenado, pero nos sentaremos contigo para acompañarte. Siéntate. Debes estar cansado del viaje.
No esperó a que aceptara, sino que corrió a la cocina. No podía dejar de sonreír. Tendría que arrodillarse y dar gracias a Dios por ayudar a su padre.
En el pasillo, Albert la atrapó por la cintura y la atrajo hacia él. Se inclinó y la besó en la oreja.
—Me alegra verte feliz otra vez —susurró—. Date la vuelta y hazme feliz a mí. Necesito un beso.
Candy puso el corazón en el beso. Le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí, para darle un beso largo y apasionado. Pero uno no fue suficiente, y ambos comprendieron que si no se detenían en ese instante, ya no podrían hacerlo.
Cuando se apartaron, Candy estaba agitada y acalorada. Tal como a él le gustaba.
—Le hiciste comprender, ¿no es cierto? Gracias, Albert.
—No, eso lo lograste tú al marcharte. Abandonaste todo, y cuando él cobró conciencia de cuáles eran las cosas que tú valorabas, empezó a comprender. Yo también me alegro de que él esté aquí, cariño. He estado buscando alguna ventaja.
—¿Para Adam?
Albert asintió.
—Elliott no dejará que pase nada por alto. El es el impulso que necesito.
—Antes de hablarle de Adam, déjalo cenar. Después, no creo que le queden ganas.
Albert sabía que los hermanos no se lo mencionarían a Elliott. Volvió a la mesa y se sentó al lado de Kuki. Adam estaba sentado junto al padre de Candy Rose. Hablaban sobre la organización de los lugares para dormir.
Kuki le sonrió. Albert supuso que algo se traía entre manos, y tenía la sensación de que no iba a gustarle, pues Kuki sólo sonreía cuando tenía que dar malas noticias.
—Ya está decidido, Albert. El se quedará con el dormitorio de Candy Rose. Vosotros dos podéis dormir en la barraca. Allí tendréis más intimidad.
—Hemos votado mientras vosotros no estabais aquí —dijo Charlie. Albert no estaba dispuesto a dormir con su esposa en la cama de la barraca. Empezó a discutir, pero cuando Candy entró en el comedor, lo distrajo. No parecía contenta.
—Kuki, Doug está amenazándome otra vez con el cuchillo. No me deja darle de comer a mi padre. Por el amor de Dios, haz algo.
—Yo haré algo —vociferó Albert.
Hizo ademán de levantarse, pero Kuki le obligó a sentarse de nuevo.
—Vamos, Albert, si entras ahí lo único que conseguirás es que te corte. Todavía no está dispuesto a aceptarte. Iré yo.
Elliott se quedó atónito:
—¿Hay alguien en la cocina, con un cuchillo... amenazando a mi hija?
—Sí, señor —contestó Kuki, mientras se dirigía a la cocina.
Se detuvo para sacar el revólver y amartillarlo, y luego abrió la puerta.
— Doug , pones a prueba mi paciencia —gritó.
—Buen Dios.
Elliott no supo qué otra cosa decir.
Albert se serenó. Se volvió hacia Elliott y sonrió. Lo vio completamente confundido.
—Además, le pagan un salario. Es algo que le provoca a uno ganas de golpearse la cabeza contra la pared, ¿no es cierto, señor?
Elliott asintió, y Albert estalló en carcajadas. No cabía duda de que en ese rancho no había un solo minuto de aburrimiento. Adam sacudió la cabeza: entendía que a los forasteros les parecería una locura tolerar a Doug .
— Doug es el cocinero —explicó.
Mientras esperaba, Candy golpeaba el suelo con el pie, hasta que Kuki la llamó. Lanzó un breve suspiro y volvió a la cocina.
Minutos después, su padre recibía una cena como era debido. Los hombres bebieron café, mientras esperaban a que terminara.
Candy se llevó el plato vacío a la cocina.
—Tardaré un poco. Tendré que hacer las paces con Doug. Sé que voy a tener que rogarle, lo sé.
—¿Se lo dirás? —le preguntó Kuki a Albert, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a Elliott.
—Sí. Señor, verá, últimamente estamos un poco nerviosos. El próximo Viernes...
Adam lo interrumpió:
—Van a enjuiciarme por asesinato.
Elliott parpadeó, pero fue su única reacción ante la noticia.
—¿Tú lo hiciste?
—Sí, señor.
—No se te ocurra admitir semejante maldita cosa, Adam —le espetó Albert.
—No maldigas, hijo.
—No, señor.
—¿Hubo circunstancias atenuantes?
Adam asintió, y pasó a proporcionarle una explicación completa. Elliott escuchó con atención, sin interrumpir una sola vez.
—Albert, ¿estás preparado para defenderlo?
—Todavía no, señor, pero estoy preparándome. Aún tengo mucho que hacer.
Elliott le lanzó una mirada penetrante.
—¿Tienes un plan de acción concreto?
—Sí.
—¿Crees que yo aprobaría ese abordaje? —preguntó.
Albert lo miró a los ojos y le contestó:
—No, señor, no le gustaría para nada.
Elliott asintió.
—Necesito papel, pluma y tinta. Empezaremos todo de nuevo, Adam. Albert, quisiera ver tus notas.
—Díganos qué presiente —le pidió Kuki—. ¿Cree que...?
Elliott estrelló el puño sobre la mesa.
—No lo toleraré. Eso es lo que creo.
Se recostó en la silla y esperó que Albert fuese a buscar lo que le había pedido.
Nadie pronunció palabra. Todos sabían que Elliott estaba pensando en el caso, y no querían interrumpirlo. Candy volvió al comedor y se sentó junto con ellos, a la mesa.
El silencio continuó. El ambiente se cargó de ansiedad. Todos estaban sentados en los bordes de las respectivas sillas, aguardando a oír la opinión de Elliott. Sentían que algo iba a suceder, pero no podían explicar por qué. Lo sabían.
Cuando, por fin, Elliott habló, se dirigió a Adam. Lo hizo en voz queda, lo que resultaba algo escalofriante.
—El es el mejor que hay aquí, ¿sabes? Casi me dan pena tus acusadores. No tendrá la menor piedad para ellos, ni en la Corte, ni teniendo en cuenta la grave ofensa inferida a su familia. Oh, sí, casi les tengo compasión.
A Candy se le puso la piel de gallina.
—Padre, ¿tú lo entrenaste? —preguntó.
—Yo le enseñé leyes. Pero él tiene su propia manera particular de argumentar. Y si bien es brillante, también es implacable. Lo he visto, lo he observado, por eso os digo que hubo algunas circunstancias en las que yo, en realidad, le temí. Nunca me enfrentaría con él. Yo sólo supongo lo que piensa hacer, y cuando termine, tal vez tus acusadores no puedan salir vivos del pueblo.
Albert volvió al comedor unos minutos después, con sus notas y los elementos para escribir. De inmediato, percibió el silencio. Todos lo miraban, y comprendió que había sucedido algo importante. Esperó que alguien se lo dijera.
Nadie dijo una palabra. Entonces, percibió otra cosa. La vio en los ojos de Adam.
Esperanza.
La semana que siguió, Candy vio muy poco a Albert. El y Tom fueron al pueblo el lunes, y no volvieron hasta el anochecer. Tom traía consigo los cinco caballos de alquiler del establo del pueblo. Ni su esposo ni su hermano explicaron para qué habían traído los caballos.
El martes, Charlie acompañó a Albert a Blue Belle. Cuando regresaron, estaban sombríos. Esa noche, Albert le hizo el amor, y fue más exigente que de costumbre. Le hizo cosas que ella no creía posibles, y tuvo tres orgasmos antes de que él se permitiera tener el suyo.
El miércoles, Albert pasó todo el día revisando sus notas. A la mañana siguiente, llegó Dooley a caballo al rancho, para comunicarles que el juez Burns se había cansado de pescar y que estaba de regreso en la casa de Belle. Elliott estaba impaciente por leer las evidencias contra Adam, pero Albert no lo llevó al pueblo hasta casi las once. Estaba muy ocupado cuidando a su esposa enferma.
Desde las diez, Candy estaba vomitando. Había intentado convencerlo de que se fuera, insistiendo en que estaba bien, pero entonces empezaba a sentir arcadas otra vez, y Albert se inquietó.
Una hora después se sentía mejor, aunque sabía que debía de tener un aspecto horrible. Estaba tendida en la cama, boca abajo, con el cabello colgando al lado. Albert, acuclillado junto a la cama, le ponía paños húmedos en la frente.
—Es culpa mía, cariño. Anoche te hice daño, y ahora...
—No me hiciste daño... bueno, lo hiciste, pero fue un daño placentero. Hace varios días que siento náuseas. No es culpa tuya. Es el juicio. No puedo evitar angustiarme.
Tom entró en la barraca para ver a su hermana.
—¿Dónde diablos has estado? —preguntó Albert—. Hace ya una hora que está descompuesta. Por el amor de Dios, haz algo.
La furia que se manifestaba en su voz amilanó un tanto a Tom.
—Te ha asustado, ¿eh? No enferma con frecuencia. Yo la cuidaré.
Ahora tiene algo de color en el rostro. Creo que ya está recuperándose. Dooley está a punto de irse. ¿No querías hablar con él?
—Tu hermana tiene que prometerme que, cuando yo vuelva esta tarde, la encontraré en la cama. Dame tu palabra, Candy Rose, o no me voy.
Su esposa lanzó un dramático suspiro.
—De acuerdo, me quedaré en la cama.
Le apartó el cabello de la cara para poder besarla, y luego lo dejó caer otra vez.
Tom esperó a que se hubiese ido para abordar un tema un tanto delicado.
—¿Sabes de qué se trata todo esto?
—De que estoy descompuesta.
Su hermano se sentó en el borde de la cama.
—¿Qué clase de enfermedad? ¿Comiste algo que te hizo mal?
—No. Es que estoy preocupada por el juicio, Tom.
—¿Podría ser que estuvieras embarazada?
Se quedó estupefacta, y tuvo que pensar un buen rato.
—¿Te ha faltado algún período mensual?
En un instante, se puso roja como una remolacha.
—Me haces avergonzarme. Caramba, eres mi hermano. No tendrías que hacerme semejantes preguntas.
—¿Te ha faltado?
—Sí.
—¿Cuántas veces?
—Dos... no, tres.
Candy levantó la cabeza de la almohada:
—¿Crees que...?
Cuando la maravilla de la novedad se asentó, no pudo seguir hablando. Un hijo. Realmente, podía tener un hijo. Se sintió desbordada de alegría.
—Creo que voy a ser tío —dijo Tom.
Le dio una palmada en el hombro y le sonrió.
—No podemos decírselo a Albert. Hasta que esté segura, no se lo digas, Tom. Mi marido ya tiene bastante en qué pensar. La noticia lo alegrará, pero puede distraerlo. No podemos permitirnos eso.
Tom estuvo de acuerdo. Una hora después, Albert partió para llevar al padre a la casa de Belle, para que pudiera leer la evidencia contra Adam. Después, volvió al pueblo, pasó el día allí, y no volvió al rancho hasta la hora de la cena.
Fue directamente a la barraca para comprobar si Candy Rose estaba donde la había dejado. De un solo vistazo, supo que se había levantado de la cama.
Pero la muchacha no pensaba admitirlo.
—¿Has descansado todo el día, cariño?
—Sí.
Le sonrió.
—¿Te has quedado en la cama?
Ella le devolvió la sonrisa:
—Deberías estar contento conmigo —le contestó, pero eso no era lo que él preguntaba—. Creías que no me ibas a encontrar en la cama, ¿verdad? Veo que estás sorprendido. ¿Cómo ha sido tu día?
Albert se dispuso a hacerla mentir, pero no lo consiguió. Ella eludió las preguntas. Y además, se mostró muy orgullosa de sí misma.
—¿Descansaste todo el día en la cama?
Sin dudar un instante, respondió:
—¿Por qué me lo preguntas de nuevo? ¿No me crees, Albert? Supongo que deberías confiar en mí.
Albert movió la cabeza: su dulce esposa había hecho caso omiso de sus indicaciones. ¿Qué iba a hacer con ella? Exhaló un suspiro audible. No podía hacer absolutamente nada. Era terca y voluntariosa, y haría lo que le pareciera mejor, a menos que la amarrase a la cama.
—Prométeme que, cuando te sientas mal, descansarás. ¿De acuerdo?
Candy Rose se sentó en la cama.
—¿Por qué no me crees?
No le contestó.
—Iré a la casa. Antes de ir tú también, podrías ponerte algo en la cara, cariño.
Por supuesto, le preguntaría por qué, y no podía esperar para decírselo. Empezó a contar hasta diez mientras abría la puerta y salía.
—Espera —le gritó la esposa—. ¿Qué le pasa a mi cara?
—Está tostada por el sol.
Candy no se mostró arrepentida, pero sí pensativa. Eso debía admitirlo. Esperó a que hubiese cerrado la puerta para empezar a reírse.
¿Era de extrañar que la amara?
Cuando Alfred Mitchell bajaba la cuesta, habían terminado de cenar.
—Aquí hay un desconocido. Mire, señor. ¿Es alguno de sus parientes?
Elliott miró por la ventana.
—Desde esta distancia, no lo sé, pero creo que no conozco a ese hombre.
—Entonces, debe de ser Alfred Mitchell. Albert, ¿quieres que esperemos aquí mientras hablas con él?
—Sí.
—Ofrécele algún refresco —le gritó Candy.
No supo si la había oído, pues ya había salido. Albert no esperó al abogado en el porche, sino que bajó los escalones y le salió al encuentro. Se encontraron en mitad del prado.
Mitchell lanzó un gemido cuando desmontó. Se estrecharon las manos y se presentaron.
—Parece agotado —comentó Albert.
Mitchell asintió y tuvo que alzar un poco la vista para mirar a Albert, porque era bastante más bajo. También parecía varios años más joven.
—Estoy agotado —admitió, con lánguido acento sureño—.Conseguí lo que usted pidió, pero también le traigo terribles novedades. ¿Podemos caminar mientras hablamos? Quisiera aliviarme la tensión de la espalda antes de tener que cabalgar de regreso a mi campamento.
—Lo invito a pasar la noche aquí, Alfred.
—Me temo que, si me quedo, no podré guardar silencio sobre lo que está pasando. He acampado en las afueras del pueblo. Creo que esta noche me quedaré allá, si no me considera desagradecido por eso.
—Mañana tiene que testimoniar —le recordó Albert.
—Sí, lo sé. Estoy ansioso por hacerlo, señor. Muy impaciente por contar lo que sucedió.
Albert y Alfred empezaron a caminar en dirección a las montañas. Candy los observaba desde de la puerta.
Albert caminó con las manos a la espalda varios minutos, hasta que de pronto se volvió hacia Mitchell.
—Desde aquí, no puedes oír nada —susurró Tom, a su espalda.
Dio un salto.
—A Albert no le gusta lo que Mitchell está diciéndole. Mira lo rígidos que están los dos. No creo que sean buenas noticias, Tom. Son malas.
—Lo único malo sería que Mitchell no haya conseguido los papeles firmados, Candy Rose, y ya ves que Albert tiene algo en la mano. Para mí, Mitchell no logró que Livonia firmara el suyo.
Albert y Alfred siguieron hablando por más de veinte minutos. Cuando los vio darse la vuelta y emprender el regreso, Candy supuso que la conferencia había terminado. Salió al porche a esperar.
Alfred estrechó la mano de Albert y montó. Candy iba a invitarlo a quedarse, pero al ver la expresión de Albert, no pudo decir una sola palabra. Parecía devastado.
Albert se acercó, y luego se detuvo y se quedó mirándola.
Quería que ella se acercase a él, y Candy no vaciló. Corrió.
No le dijo una palabra; en cambio le tomó la mano y giró otra vez. Caminaron hasta el centro del prado, y sólo entonces se detuvo.
—Mañana voy a tener que mentir.
Los ojos de la muchacha se dilataron.
—¿Vas a mentir en la Corte?
No le respondió.
—No mentiré si tú no me das permiso para hacerlo.
Candy no supo qué decir. Echaron a andar otra vez, con la cabeza gacha, pensando en el día siguiente.
Candy no tardó en entender.
—Jamás mentirías en la Corte. No, serías incapaz. No es ético... y lo que harás es mentirles a mis hermanos. También preferirías mentirme a mí, pero...
—Te prometí que jamás volvería a mentirte. Nunca falto a mi palabra.
—A menos que yo te dé permiso.
—Sí.
—Está bien.
La mujer se volvió y le sonrió
—Confío en ti. Haz lo que debas hacer. Este no es momento para que te preocupes por mí.
En comparación con ella, se sintió insignificante. Cerró los ojos y asintió lentamente.
—Gracias.
—¿Por confiar en ti?
—Y por amarme... y por ser como eres.
—Bésame, para cerciorarme de que hablas en serio.
Eso hizo.
Regresaron a la casa caminando en silencio.
—Iré a cabalgar. ¿Quieres acompañarme?
—Necesitas pensar. Y creo que ahora necesitas estar solo.
La besó otra vez, y fue al establo. Candy se inclinó contra la baranda del porche y miró.
Albert salió un minuto después, con MacHugh a su lado. El caballo no tenía montura ni freno, sino que caminaba junto a Albert, cruzando el prado junto con él.
De repente, el hombre giró hacia el animal, se aferró a la crin y lo montó de un salto. MacHugh se lanzó al galope tendido hacia la primera cuesta.
—Cabalga como un indio —comentó Charlie—. ¿A dónde va?
—Necesita pensar.
—Tu padre quiere oírte tocar el piano. ¿Te sientes con ganas?
—Estoy bien —respondió, aunque era mentira.
Se le ocurrió que tocar la ayudaría a olvidar las preocupaciones, así que entró y se sentó en la banqueta del piano.
Su padre estaba de pie, esperándola impaciente.
—¿Qué vas a tocar, hija?
Los hermanos, que le habían visto su expresión cuando entró en la sala, sabían exactamente lo que iba a tocar.
—La Quinta —respondieron todos al mismo tiempo.
Y tocó la Quinta, una y otra vez.
CONTINUARA
