Y aquí se acaba la primera parte… Solo espero que no penséis demasiado en asesinarme, ¿vale?

Capítulo 26: El Crepúsculo de los Juegos

Esa misma noche tuvimos reunión familiar en casa de mis padres y cabe decir que el resultado no fue bonito.

— ¿No se te ocurrió decirnos antes que tenías planeado convertirte en fulana? —chilló mi padre.

— ¡Era para protegeros a todos! —grité.

La escena era bastante cómica, vista desde un punto de vista externo, como por ejemplo el de algún vecino alarmado por los gritos.

Yo estaba encima de la mesa del comedor, con las mangas arremangadas y el pelo hecho un caos de tanto revolvérmelo a causa de los nervios. Mi padre estaba en el centro del comedor aún con su ropa del trabajo (pues era viernes y los únicos que no trabajaban ese día eran Darien, Kyle y Nathan) y la cara roja de gritar. Un poco a la izquierda de mi padre y detrás de él estaba mi madre con su moño bastante desecho, los ojos y la nariz rojos y marcas de lágrimas en sus mejillas. Dysis estaba en el sofá junto a Jesse, Darien y Kyle, los cuatro mirándome con algo parecido al horror. Nathan abrazaba a Lily en la puerta de la cocina mientras que ella intentaba calmar a Tobías que lloraba en sus brazos. Por último estaban Oliver y Maya, cogidos de la mano y apoyados en una pared, hablando en susurros entre sí.

Volviendo a donde estaba…

— ¿Para protegernos? —gritó mi padre— ¿Protegernos de qué?

Inspiré profundamente y bajé la voz— ¿Sabes qué le pasó a Johanna, la vencedora de los Juegos anteriores a los míos?

— ¿Qué ganó los Juegos y ahora es una mentora? —sugirió Darien.

— No —contesté fulminando a mi hermano con la mirada, dado que él y Kyle habían sido los que nos habían metido en este embolado—. Que, cuando el presidente Snow le ofreció esto, se negó. ¿Y qué pasó entonces, os preguntaréis? —dije con voz muy dulce—. Que se cargó a toda su familia y amigos.

Oí jadeos de sorpresa por toda la habitación y Maya murmuró un "¡Oh, no!" que resonó en la de repente completamente silenciosa sala.

— Oh sí —contesté duramente—. Así que por eso estaba aceptando ese trato, porque eso os mantenía a todos vivos y a salvo.

— Oh, Bella —susurró Dysis con lágrimas en los ojos—. ¿Desde cuándo lo llevas sabiendo?

Sentí cómo se me formaba un nudo en la garganta y los ojos se me humedecían— Desde después de los Juegos, justo antes de volver a casa, Haymitch del 12 me lo contó en la azotea.

— ¡Oh, dioses! —exclamó mamá y se subió a la mesa de un salto para envolverme un apretado abrazo.

Empecé a llorar en el pecho de mi madre— Y ahora todos vais a morir por mi culpa, porque no pude hacer nada para salvaros —dije entre sollozos.

— Si ha de ser la culpa de alguien sería la nuestra —intervino Kyle señalándose a Darien y a él mismo—. Pero el solo pensamiento de que tengas que vender tu cuerpo me repugna, Bells.

— Estoy seguro de que encontraremos alguna manera de evitarlo —trató de animarme Oliver—. No pueden asesinar a una familia entera sin que se note, ¿verdad?

Todos cruzamos miradas pesarosas.

*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*

Los siguientes días fueron una tortura, todos siempre mirando por nuestros hombros, desconfiando de todo el mundo, recluyéndonos. Lentamente mi familia estaba empezando a volverse loca y yo empezaba a temer que esa fuera una de las tácticas del presidente. Pero lo que más me mataba era que no podía hacerle nada: no podía evitar que mi padre caminara hacia la fábrica mirando siempre a su alrededor, casi como si esperara que alguien le emboscara; no podía hacer nada cuando veía que Kyle y Darien ya casi no bromeaban; no podía más que mirar con tristeza cada vez que Nathan y Lily se despedían de su hijo o del otro como si fuera la última vez que se fueran a ver; no podía evitar que mi familia empezara a caerse a pedazos, y quizás esa era una de las peores torturas de todas.

Fue Luke quien rompió con la tensión una mañana, y no podía estarle más agradecida.

— ¡Basta ya! ¡Me estáis poniendo de los nervios! —gritó cogiéndose la cabeza entre las manos en medio de una despedida bastante lúgubre por parte de Lily y Nathan—. ¡Ya no puedo más!

— ¿Luke…? —Jesse le miró intentando ver si había perdido el juicio.

— ¡Me tenéis harto! ¡Esta actitud no nos está ayudando para nada, más bien lo está empeorando todo! —empezó a pasearse de un lado a otro del comedor a la vez que respiraba agitadamente—. ¡Vosotros dos! —señaló a Lily y a Nathan— Ya sabéis que os queréis, Tobías lo sabe, todos lo sabemos ¡no hace falta que os despidáis cada jodida mañana como si alguno de los dos, o los dos ya de paso, os estuvierais yendo a la guerra! ¡Y eso también va por vosotros! —señaló a mis padres esta vez.

» Kyle, Darien, si estos son nuestros últimos momentos, ¿no sería lo mejor pasarlos entre risas y diversión? ¿Dónde están vuestras bromas? Parece que estemos viviendo todo el día en un maldito funeral —mis dos hermanos tuvieron la decencia de parecer culpables.

» Papá, si Snow planea asesinarte cuando estás yendo al trabajo o volviendo de este enviará a asesinos profesionales o algo, y seguro que no podrás hacer nada para evitarlo por mucho que mires por encima del hombro.

» Jesse, calcular tus posibilidades de vida, juntamente con los días, horas, minutos y segundos que crees que te quedan es algo simplemente morboso que no voy a tolerar ni un segundo más.

» Dysis, ¿no eras tú la que hace unos días estabas insistiéndome para que te ayudara a sacar a Bella de su cuarto? Pues mírate a ti ahora —Luke resopló—. ¿Cuándo fue la última vez que viste a Jason aparte de en el trabajo.

» Oliver y Maya, vosotros sois los mejores amigos de Bella, ¿acaso la estáis ayudando en estos momentos difíciles? ¿Estáis haciendo algo más que tan solo estar deprimidos todo el santo día?

» No sé vosotros, pero yo no quiero pasar mis últimos días viviendo de esta manera. ¡Abrid los ojos, joder! ¿No veis que esto nos está hiriendo a todos? —resopló y se dirigió con paso firme hacia la puerta, ignorando las miradas estupefactas de toda su familia—. Y yo ahora me voy a disfrutar la vida con una chica guapa, si no os importa —añadió la última parte irónicamente.

Aunque rudo el método de Luke funcionó y al día siguiente mi familia volvía a estar tal y como dos semanas atrás, como si no tuvieran la amenaza de un asesinato por parte del presidente del país.

*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*

El uno de abril de madrugada hubo un incendio en el Distrito 9 que quemó una casa entera y gran parte de sus alrededores. Los Agentes de la Paz que investigaron el asunto alegaron que la fuente era una chimenea sin apagar que se había salido de control.

Yo sabía perfectamente que ese no era el caso.

.

.

Justo parecía que acababa de conciliar el sueño cuando unos golpes apresurados en la puerta de mi casa me despertaron bruscamente. Bajé saltando las escaleras de dos en dos y casi rompiéndome la crisma para encontrarme con Oliver y Maya (que en un principio no tenían pensado venir pero que después de cenar habían aparecido en mi puerta con una sonrisa inocente que me indicaba claramente cuáles eran sus acciones) a mitad de camino.

— ¿Luke? —pregunté con confusión al ver a mi hermano mayor con Tobías en brazos y una chica morena detrás.

— Bella —Luke parecía desesperado y lágrimas le corrían por las mejillas, su mirada se iluminó cuando vio a Oliver y a Maya con cara de dormidos por encima de mi hombro.

— Luke, ¿Qué pasa? ¿Ha sucedido algo? ¿Por qué estás con Tobías? —las preguntas se tropezaron en mi boca.

— Tienes que venir, vosotros dos también, chicos. Ha… ha habido un incendio…

Capté rápidamente el significado de sus palabras— ¡No! —mis ojos se llenaron de lágrimas.

Luke asintió— No han encontrado supervivientes.

— ¿Cómo has…? —preguntó Oliver que, al igual que Maya, también estaba llorando.

— Será mejor que entremos —dijo Luke para después girarse hacia la chica—. Diana, cielo, te veo mañana, ¿vale?

La chica asintió, le dio un rápido beso en los labios a mi hermano y despareció por el camino que llevaba al pueblo. Luke y yo compartimos una mirada rápida antes de entrar en casa.

Oliver se apresuró en hacer cuatro tazas de té, mientras Maya y yo nos turnábamos para calmar a Tobías y Luke corría a la plaza principal para recuperar el carro de nuestro sobrino que había dejado abandonado al enterarse de las noticias.

— Sé que te prometí que no lo haría... —empezó Luke su narración—, pero esta noche me había llevado a Tobías para que me ayudara a ligar con Diane, porque esa chica se estaba resistiendo demasiado y necesitaba sacar las armas pesadas.

— Luke —dije sin demasiada desaprobación, sabiendo que esa acción le había salvado la vida a nuestro sobrino e ahijado.

— Continúa, por favor —le pidió Oliver.

Luke dio un largo trago a su té antes de obedecer— Bueno estaba con Diana, erm… ya sabéis… —dejó la frase en el aire—, cuando de repente aparecen un montón de Agentes de la Paz que van hacia la misma dirección. Evidentemente Diane, yo y la mitad del Distrito les seguimos, y llegamos a nuestra casa que estaba en llamas (déjame decirte que los agentes no parecían muy sorprendidos). Empiezan a entrar Agentes a la casa y al cabo de unos minutos salen y dicen que no han encontrado supervivientes. Cuando me recuperé del shock vine lo más deprisa posible aquí.

— Oh Luke —me lancé sollozando a los brazos del rubio, rápidamente seguida por Oliver y Maya, formando así un abrazo de grupo.

No sé cuanto rato estuvimos en esa posición, pero cuando nos separamos estaba empezando a amanecer, por lo que decidí ponerme manos a la obra.

— Bella, ¿Qué haces? —preguntó Oliver con voz cansada.

— Tengo una visita que hacer —contesté yendo hacia el establo para ensillar a Hesperis.

— ¿Pero tú estás loca? —chilló Luke cuando estaba ya ensillado al caballo.

— No puedes hacer eso —le secundó Maya que llevaba a Tobías en brazos.

Les ignoré y aseguré las cintas de la silla para luego ponerle a Hesperis su brida.

— ¡Bella! ¡Conseguirás que te maten! —exclamó Maya.

Rodé los ojos y monté hábilmente en la yegua— Quedaros dentro de casa y no salgáis bajo ninguna circunstancia —ordené.

— ¿Pero acaso sabes cómo llegar al Capitolio? —intervino Oliver.

— No, pero solo he de seguir las vías del tren. ¡Hya! —y me marché galopando bajo el sol saliente.

.

.

Llegué a la ciudad al atardecer, habiendo encontrado a los pocos minutos un tren de mercancías con destino al Capitolio al que me habían dejado subir con Hesperis y que había acortado mucho el viaje, pero no lo había hecho más cómodo. La gente me miraba raro al verme pasar galopando por las calles adoquinadas como si me persiguieran mil demonios, pero el lado bueno era que se apartaban y no tenía que vigilar si atropellaba a nadie.

Al parecer le presidente Snow sabía de mi llegada, porque los guardias que vigilaban las puertas de su mansión me dejaron pasar tan solo oírme llegar, aunque los guardias que guardaban las puertas interiores me hicieron dejar a Hesperis fuera. Uno de ellos me sugirió que la dejara en el establo, pero yo me negué en rotundo y la dejé junto a una fuente con un buen trozo de césped prohibiéndole que se moviera de allí.

Tan solo entrar en el enorme y enmarmolado vestíbulo de la mansión apareció a mi lado un agente de la paz dispuesto a acompañarme al despacho del presidente. Teniendo en cuenta que no tenía ni idea del camino le seguí en silencio a través de los innumerables pasillos.

— Presidente Snow —el Agente llamó a la robusta puerta de roble que seguramente llevaba al presidente—, su visita ha llegado.

— Adelante —dijo él.

Pasé intentando mantener mi temple y tratando de no mostrar lo asustada que estaba por dentro. Respiré profundamente y me senté en una de las sillas que había delante de la mesa mientras Snow me miraba como quien observa una probeta llena de diferentes líquidos para saber qué hará el experimento.

— Supongo que vendrás aquí para negociar la vida de las cuatro personas que te quedan, ¿verdad? Te confesaré que ha sido un simple error de cálculo el que estén vivas, no esperaba que se marcharan a esas horas de la noche.

Apreté los puños para controlar mi furia— Exactamente, a eso he venido.

— ¿Y bien? —el presidente se inclinó hacia delante con una sonrisa insincera.

— Yo… —cogí aire.

"Canta" susurró una voz en mi oreja, interrumpiéndome. Fruncí el ceño con confusión y miré a mi alrededor.

— ¿Está bien, señorita Swan?

— ¿Qué? ¡Oh, sí! Perfectamente… —sacudí la cabeza.

"Canta" volvió a repetir insistentemente la voz "Vende tu voz" añadió.

«Y hay alguien cantando… canta muy bien… como tú…» había dicho Lucy en sus últimos momentos. Quizás… quizás podría hacerlo… Cantar, vender discos en vez de mi cuerpo. Quizás conseguiría salvarle la vida a mi familia también de esa forma…

«Te daría un porciento de las ganancias, ¿Qué me dices de un veinte? Y tan solo tendrías que mencionar mis productos cuando te entrevistaran, hacerte un par de fotos con ellos (tu talento es fotografía, ¿no?), dejar que los paparazis te vean comiendo algunos… O hasta podrías hacer una canción mencionándolos, me han dicho que cantas muy bien» dijo la voz de Banny del Capitolio dándome otra idea.

— Tengo algo que ofrecerle presidente Snow —dije causando que mi interlocutor levantara una ceja—. Me pagaré mi propia virginidad, ¿puedo hacer eso? ¿Cuál es la cifra estimada?

Las palabras que dejaron luego la boca del presidente me alegraron que estuviera ya sentada, porque si no me habrían cedido las rodillas.

— Puedo… puedo hacerlo —dije con la voz pequeña—. Compondré canciones, vendré discos, haré publicidad… Lograré reunir esa cifra y usted prometerá no asesinar a mi familia, ni tampoco hacer que salgan en algunos Juegos del Hambre.

El presidente parecía escéptico— Te doy dos semanas —dijo al cabo de un rato—. Para que me traigas los modelos y los pongamos en venta, si veo que no funciona deberá aceptar mi oferta, señorita Swan, o sino ya sabe lo que sucederá.

— No sucederá, lo lograré… —me levanté de golpe—. Gracias por poder atenderme, presidente, pero ahora tengo un disco que grabar.

*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*

— Bella, ¿se puede saber a dónde has ido y porqué te ha llevado tanto tiempo? ¡Casi te pierdes el funeral! —me regañó Oliver tendiéndome el vestido negro y rojo que debía ponerme.

— Perdona —resoplé volviendo a entrar en el baño en el que me acababa de duchar—, tenía que ir a hablar con el presidente Snow. Hemos llegado a un acuerdo.

— ¿No habrás…?

— No —salí a la vez que me hacía la coleta para luego ponerme los zapatos mientras iba hacia la puerta—. Luego te lo cuento.

Oliver resopló y echó a correr para mantenerse a mi paso.

En el Distrito 9 hay la tradición de que dos miembros de los muertos trasladan al cadáver del difunto (que ha sido puesto en una caja de madera) para incinerarlo. Dado que casi toda mi familia había muerto en un incendio esa parte ya la teníamos hecha, por lo que incineramos simplemente cajas vacías en su lugar. Luego nos reunimos todos (amigos, familiares y conocidos) y esparcimos las cenizas en un campo aún sin cosechar, pues eso simbolizaba en nuestro Distrito que los muertos podrían tener una nueva vida a la vez que ayudaban a alimentar a la tierra que les había alimentado a ellos. Mientras eran lanzadas las cenizas un grupo de mujeres cantaba un lamento por las vidas perdidas mientras que todos los demás iban arrojando a su vez flores, espigas y hasta hojas en algunos casos. Aunque seguimos teniendo un gran muro donde están inscritos los nombres de todos los que han muerto (es como una especie de cementerio donde la gente puedo ir a visitar a aquellos que han perdidos).

Durante todo el funeral me sentí extrañamente entumecida y sin sentir nada, era como si estuviera viendo una película o una escena lejana. Supongo que sería porque no me creía del todo que mis padres y cinco de mis hermanos estuvieran muertos.

Al llegar a casa (dado que nuestra antigua casa había estado destruida mi mansión en la Aldea de los Vencedores había pasado a ser vivienda mía, de Luke, de Tobías, de Oliver y en bastantes ocasiones de Maya) me desplomé en el sofá, sabiendo que tenía que ponerme a grabar canciones de alguna manera para tenerlas listas en dos semanas. Una parte de mi cabeza me preguntó para qué intentarlo siquiera si era una misión imposible ya que hasta ni tenía los instrumentos necesarios.

Mis hermanos y Maya con Tobías en brazos, al que le habían comprado bastante mobiliario durante mi ausencia, se sentaron a mi lado y estuvimos en silencio un rato. Sabiendo que si no me movía en ese momento no lo haría nunca me levante gruñendo y me dirigí a mi habitación arrastrando los pies.

— ¿A dónde vas? —preguntó Maya.

— Voy a salvaros la vid-aaahhh.

— ¿A salvarnos la vidáh? —se burló Luke.

Le fulminé lo mejor que pude desde el suelo, habiendo vuelto a tropezar otra vez y habiendo caído de cara a la alfombra.

— Aquí hay algo que me ha hecho tropezar —dije incorporándome.

— Claro, no habrá podido ser tu torpeza por sí sola, ¿no? —dijo Luke.

Le ignoré y enrollé la alfombra para poder ver el suelo de debajo.

— Os puedo asegurar que esto no estaba cuando yo llegué —dije mirando la trampilla plateada que había en medio de mí salón.

— ¿Vamos a ver qué hay abajo? —propuso Luke extrañamente emocionado.

Compartiendo una mirada con Oliver me arrodillé para abrir la tapa. Cautelosamente empecé a bajar las escaleras a la vez que tocaba con la yema de los dedos las paredes de ambos lados. No me maté por pura suerte al llegar al final de la escalera, pues yo seguía bajando aunque no hubiera nada que bajar. Palpando en la oscuridad logré encontrar el interruptor al cabo de unos minutos y parpadeé cuando la súbita luz inundó mi retina.

Mi boca se abrió por si sola cuando vi lo que había en el sótano: un estudio de grabación profesional. Tenía una enorme tabla de mezclas, un teclado, un sintetizador, un portátil y una librería llena de libros para aprender a tocar diversos instrumentos, a editar la música y hasta a cantar bien. También tenía esa ventana que tienen los estudios de grabación y que daba a una habitación en donde había un piano de cola, una guitarra eléctrica, una batería, un bajo eléctrico, un saxofón, una guitarra acústica y otro teclado, además de varios atriles y cuatro micrófonos.

— Wow —jadeé mirando con los ojos muy abiertos a mi alrededor.

Una bolsa captó mis ojos en el taburete de la enorme tabla de mezclas. De ella saqué una libreta de partituras, un Ipod con sus correspondientes auriculares y una nota doblada.

«No creo que a tu prometido le hiciera mucha ilusión que acabarás convertida en prostituta, y me gusta mi cabeza tal y como está» decía en una escritura que no supe identificar.

— ¿El señor de los Anillos? —dijo la voz de Luke a mis espaldas— ¿Qué clase de persona tiene un fetichismo sobre anillos?

Me giré y mi boca se volvió a abrir al encontrarme con otra librería, esta mucho más grande, donde pude distinguir tres tipos de "habitantes": cajas de películas, CD de música (lo que explicaba el radiocasete a los pies del gran mueble) y una infinidad de libros.

— Estoy en el paraíso —murmuré antes de desmayarme.

*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*

Todo se derrumbó encima de mí cuando el presidente Snow me llamó a mi casa el veinte de abril para anunciarme que las vendas de mi disco eran un éxito y que probablemente me dejaría que me pagara mi propia virginidad y dejaría en paz a mi familia, no con esas palabras exactas, claro.

Me fui esa misma tarde a visitar el Muro donde están todos los nombres de los difuntos y me detuve en los últimos que se habían escrito, los ocho nombres de mi familia perdida.

Y fue entonces cuando la realidad me golpeó como una bola de demolición, cuando me di cuenta de que no volvería a ver nunca más a mis padres o a mis hermanos. Cuando me di cuenta de que nunca más podría volver a hablar con ninguno de ellos, que tan solo los podría escuchar en sueños o memorias.

Y, mientras observaba con lágrimas corriendo como cataratas por mis mejillas las tumbas de la familia que nunca volvería a tener hice una decisión: mientras yo siguiera con vida haría todo lo posible para que se acabaran los Juegos y la tiranía que imponía el presidente Snow, para que los niños no tuvieran robada su inocencia y que nadie tuviera que pasar por algo como esto nunca más. Lucharía para que una nación entera no estuviera muerta de hambre mientras unos pocos se bañaban en comida y riquezas. Me habían enfadado, me habían cabreado de verdad y eso no era algo bonito para ver. Sí, haría de mentora en los Juegos que siguieran y los tendría que observar de todas formas, pero buscaría la rebelión, buscaría librar a los doce Distritos de Panem de esta opresión.

Que se prepararan, pues lo Juegos del Hambre iban a llegar a su fin, esos Juegos estaban acabando de una vez por todas, tal y como debían haber hecho 72 (casi 73) años atrás. Yo misma me encargaría de que ese momento fuera El crepúsculo de los Juegos.

FIN

.

.

.

.

C'est fini, snif. No sabéis lo que me ha costado escribir este capítulo: una parte de mi no sabía como y la otra no sabía a quien quería matar (me venían diferentes ideas: Luke y Dysis, a veces con Tobías, a veces no; Luke y Kyle, con o sin Tobías; a veces era solo Luke, otras Luke y Tobías…), al final tuve que obligar a una amiga mía a que se leyera los primeros capítulos y me dijera a quien prefería que no matara… y ha salido esto.

Mary Mellark: Snow es muy cruel, muchooo. Es un don que tengo, Edward lee mentes, Alice ve el futuro y yo pongo tus emociones patas arriba jajaja. Espero que te hayas quedado satisfecha.

Besos, CF98

PD: Estad atentos para ver la séquela, que no sé cuando publicaré, pero no tardará más que el miércoles que viene.