El lunes por la mañana, Harry estaba sentado en el departamento de policía de Dennis, con la cabeza apoyada en las manos, repasando una y otra vez los archivos de Hogwarts. Los ordenadores del NCIC no habían resaltado ninguno de los nombres, de modo que Malfoy y él se limitaban simplemente a leer y releer, buscando algún detalle que encendiera una luz en su cabeza, y les proporcionara la pista que nece sitaban.

Estaba allí, Harry estaba seguro. Lo que pasaba era que aún no lo habían encontrado. Sospechaba que ya sabía lo que era, porque expe rimentaba aquella insistente sensación en las tripas de que estaba pa sando algo por alto. No lograba señalarlo con el dedo, pero estaba allí y tarde o temprano lo descubriría. Sólo albergaba la esperanza de que sucediera pronto, digamos que en el próximo minuto.

Aquel tipo odiaba a las mujeres. Seguramente no se llevaba bien con ellas, no le gustaría trabajar en su compañía. Tal vez hubiera en su archivo una nota acerca de una denuncia presentada por alguien, qui zás una acusación de acoso sexual. Algo así debería haber saltado a la vista en el primer examen, pero era posible que dicha denuncia estu viera redactada de tal forma que no quedara expresado explícitamen te lo del acoso sexual.

Ni Ginny ni Hermione fueron a trabajar. Seguían juntas, aunque se ha bían trasladado de la casa de Hermione a la de Fleur, junto con aquel ruidoso cocker spaniel que disparaba la alarma ante cualquier clase de in trusión, ya fuera un pájaro en el patio o alguien que subía andando por el camino de entrada. Temía que Ginny quisiera pasar el día en su casa, dado que acababan de instalarle el nuevo sistema de alarma —ba jo el ojo de águila de la señora Black, que se estaba tomando muy en serio sus deberes de guardián— el sábado, mientras asistían al fu neral de Cho. Estaba bien contar con un sistema de alarma, pero eso no detendría a un asesino empeñado en llevar a cabo su trabajo.

Pero Ginny no quiso estar sola. Ella y Hermione permanecieron pegadas la una a la otra, impresionadas y desorientadas por lo que le había ocurrido a su estrecho círculo de amigas. Ya no le cabía ninguna duda a nadie de que había sido la Lista lo que había desencadenado aquella violencia, las comisarías de policía de la zona estaban formando un equipo especial para coordinar y trabajar en aquellos casos, ya que no había dos amigas del grupo que vivieran dentro de la misma jurisdicción.

Las cadenas informativas nacionales no cesaban de hablar del tema. «¿Quién está matando a las Chicas de la Lista?», entonó una emisora. «El área de Surrey está sobrecogida por los violentos asesi natos de dos de las mujeres que confeccionaron la humorística y po lémica Lista del Hombre Perfecto que trajo en jaque al país hace un par de semanas.»

Volvieron a acampar los periodistas frente al edificio de Hogwarts, con la intención de entrevistar a cualquier persona que co nociera a las dos víctimas. El equipo especial hizo lo necesario para obtener copias de toda cinta grabada con una entrevista que pudieran tener los reporteros, por si acaso su hombre se rendía a su vanidad y deseaba verse en la televisión nacional llorando a sus dos «amigas».

También acudieron periodistas a la casa de Ginny, pero se fueron al descubrir que no había nadie. Harry se imaginó que también habrían echado un vistazo a la casa de Hermione, y por ese motivo llamó a Fleur y le dijo que pidiera a Ginny y a Hermione que pasaran el día con ella. Fleur estuvo más que contenta de complacerlo. Harry supuso que aquellos fisgones hablarían con unas personas que conocerían a otras y final mente darían con Fleur, pero al menos de momento Ginny y Hermione no iban a ser molestadas.

Harry se frotó los ojos. Había conseguido dormir acaso un par de horas. La noche anterior tuvo que acudir a la escena de otro homicidio, un joven adolescente. Aquello se resolvió rápidamente con la de tención del ex de la nueva novia del chico, que se había tomado como algo personal el hecho de que el chico le había dicho que se fuera a ca gar hostias. No obstante, el papeleo siempre era un fastidio.

¿Dónde estaba el informe sobre la huella de zapato que habían encontrado en la casa de Ginny? Normalmente no se tardaba tanto en recibir una respuesta. Registró su escritorio, pero nadie lo había deja do allí encima en su ausencia. A lo mejor se lo habían enviado a Malfoy, dado que en todo el papeleo ambos se hacían referencia el uno al otro. Antes de la muerte de Luna, no todo el mundo estaba convenci do de que el allanamiento de la casa de Ginny tuviera algo que ver con el asesinato de Cho, pero Malfoy y él sí lo estaban. Ahora, por su puesto, a nadie le cabía ya la menor duda.

Llamó a Draco.

—¿Te ha llegado el informe sobre la huella de zapato?

—No lo he visto. ¿Quieres decir que tú tampoco lo tienes todavía?

—Pues no. El laboratorio debe de haberlo perdido. Voy a enviar les otra solicitud. —Maldita sea, pensó tras colgar el teléfono. Lo últi ma que necesitaba ahora era un retraso. Tal vez aquella huella no fue ra importante, pero tal vez el zapato fuera de los raros, tan poco habitual que alguien de Hogwarts podía decir: «Ah, sí, fulanito de tal usa de ésos. Le han costado una fortuna».

Volvió a los archivos, frustrado casi hasta el punto de desear rom per algo. Lo tenía delante de sus narices, estaba seguro. Lo único que tenía que hacer era averiguarlo.

Ron salió pronto del trabajo. Los acontecimientos del día anterior lo habían dejado tan aturdido que no podía concentrarse. Lo único que quería era recoger a Hermione en la casa de la hermana de Ginny y llevársela a casa, donde él y no otro pudiera velar por ella.

No sabía por qué habían perdido el contacto el uno con el otro. No; sí lo sabía, de acuerdo. Aquel inocente coqueteo en el trabajo con Lavender Brown había empezado a parecer importante, y quizá no había sido tan inocente. ¿Cuándo había comenzado a comparar a Hermione y todo lo que ésta decía y hacía con Lavender, que siempre iba bien vestida y nunca lo criticaba?

Naturalmente, Hermione no iba bien vestida cuando estaba en casa. Ni él tampoco. Para eso eran las casas, para relajarse y ponerse cómodo.

Entonces, ¿qué más daba que ella se quejara cuando él no sacaba la ba sura? Él se quejaba si Hermione dejaba maquillaje esparcido por todo el la vabo. Las personas que vivían juntas inevitablemente se sacaban de quicio la una a la otra en ocasiones. Aquello formaba parte del hecho de estar casado.

Estaba enamorado de Hermione desde los catorce años. ¿Cómo había perdido de vista aquel hecho, y lo que ambos poseían juntos? ¿Por qué había hecho falta el terror de comprender que de verdad había un asesino acechando a Hermione y a sus amigas para que él se diera cuenta de que si la perdía, se moriría?

No sabía cómo iba a poder compensarla por aquello. No sabía si Hermione siquiera le permitiría hacerlo. Durante una semana más o menos, desde que ella adivinó que estaba encaprichado por Lavender, se había distanciado de él. A lo mejor creía que le había sido infiel de hecho, aunque jamás dejó que la situación entre Lavender y él llegase a des mandarse tanto. Se habían besado, sí, pero nada más.

Intentó imaginarse cómo se sentiría él si otro hombre besara a Hermione, y experimentó una sensación de malestar en el estómago. A lo me jor los besos no eran tan perdonables.

Era capaz de arrastrarse de rodillas por el suelo ante ella, con tal de que volviese a sonreírle como si le importara de nuevo.

La hermana de Ginny vivía en una enorme casa colonial de dos plantas en St. Clair Shores. La puerta del garaje de tres plazas estaba cerrada, pero vio el potente todoterreno rojo de Harry aparcado en el camino de entrada. Estacionó a su lado y subió por el camino hasta la doble puerta principal de la casa, donde pulsó el timbre y esperó.

Potter salió a abrir la puerta. Ron se fijó en que aún llevaba encima la pistola. Si él tuviera una, se dijo, probablemente la llevaría también, fuera legal o no.

—¿Qué tal están? —preguntó en voz queda al entrar.

—Cansadas. Todavía les dura la impresión. Fleur ha dicho que se han pasado el día durmiendo a ratos, así que supongo que anoche no durmieron gran cosa.

Ron sacudió la cabeza en un gesto negativo.

—Se pasaron la mayor parte de la noche levantadas y hablando. Es curioso; no hablaron apenas del hijo de puta que ha hecho esto, ni de lo cerca que estuvo Ginny la otra noche cuando ese tipo entró en su casa. Sólo hablaron de Luna y de Cho.

—Es como perder a dos miembros de la familia seguidos el uno del otro. Les va a llevar tiempo recuperarse de este golpe. —Harry se enfrentaba habitualmente al dolor; sabía que Ginny se recuperaría, por que aquel espíritu combativo que poseía no se doblegaba, pero tam bién sabía que era posible que necesitara semanas, tal vez incluso me ses, para que aquella sombra de dolor desapareciera de sus ojos.

En una parte de la casa reinaba la normalidad. El marido de Fleur, Bill, estaba viendo la televisión. Su hija adolescente, Victorie, esta ba en el piso de arriba hablando por teléfono, mientras que el niño de once años, Louis, se entretenía con videojuegos en el ordenador. Las mujeres estaban reunidas en la cocina —¿por qué era siempre en la cocina?— charlando, bebiendo agua tónica y comiendo todas las golosinas que Fleur tenía a mano.

Los arrebatos de dolor habían dejado pálidas a Ginny y a Hermione, pero tenían los ojos secos. Hermione pareció sorprendida de ver a su marido.

—¿Qué estás haciendo aquí? —No parecía especialmente con tenta de verlo.

—Quería estar contigo —respondió él—. Ya sé que estás cansada, por eso no quería que tuvieras que esperar hasta medianoche para ir a casa. Por no mencionar que Fleur y su familia probablemente se irán a la cama mucho antes de esa hora.

Fleur desechó aquel comentario con un gesto de la mano.

—No te preocupes por eso. Cuando los niños no tienen colegio, normalmente nos acostamos tarde.

—¿Y los periodistas? —preguntó Hermione —. No vamos a poder dis frutar de paz si siguen invadiéndolo todo.

—Dudo que se queden allí para siempre —dijo Harry—. Les gusta ría conseguir una entrevista, claro, pero ya obtendrán declaraciones de otras personas. Lo más probable es que, como hoy no habéis es tado en casa, llamen por teléfono en vez de acampar fuera, en el jardín.

—En ese caso me gustaría irme a casa —dijo Hermione levantándose. Abrazó a Fleur—. Un millón de gracias. Hoy nos has salvado la vida.

Fleur le devolvió el abrazo.

—Cuando quieras. Vuelve mañana, si es que no vas a trabajar. Hagas lo que hagas, ¡no te quedes sola en casa!

—Gracias. Es posible que te tome la palabra, pero... creo que ma ñana voy a ir a trabajar. Regresar a la rutina me ayudará a quitarme co sas de la cabeza.

Ginny dijo:

—Me parece que Harry y yo también vamos a irnos a casa. Tiene aspecto de estar tan cansado como yo.

—¿Vas a ir mañana a trabajar? —quiso saber Hermione

—No lo sé. Quizá. Ya te llamaré para decírtelo.

—Fluffy —llamó Hermione, y el perro se levantó de un salto con los ojos chispeantes y agitando todo el cuerpo entusiasmado—. Vamos, pequeño, vámonos a casa.

Fluffy ladró y se puso a saltar entre las piernas de Hermione Ron se agachó para acariciarlo, y él le lamió la mano.

—¿Dónde está tu correa?:—preguntó, y el perro salió disparado a buscarla. Por lo general, las travesuras del chucho hacían reír a Hermione, pero esta noche no logró ni siquiera esbozar una sonrisa.

Durante todo el camino a casa, Hermione permaneció con la vista fija en la ventanilla.

—No tenías por qué haber salido temprano de trabajar —dijo—. Estoy bien.

—Quería estar contigo —repitió Ron, y acto seguido aspiró profundamente. Preferiría tener aquella conversación una vez que hu bieran llegado a casa, donde pudiera rodear a Hermione con sus brazos, pero quizá fuera éste el mejor momento; por lo menos ella no podía irse a ninguna parte—. Lo siento —dijo en voz baja.

Ella no lo miró.

—¿Por qué?

—Por ser un gilipollas; por ser un estúpido gilipollas. Te quiero más que a nada ni nadie en el mundo, y no puedo soportar la idea de perderte.

—¿Y esa novieta tuya? — Hermione hizo que aquella palabra sonara a inmadurez, como si él fuera un adolescente cachondo incapaz de ver más allá de su nariz.

Ron acusó el golpe con un gesto.

—Ya sé que no me crees, pero te juro que no he sido tan idiota.

—¿Exactamente cómo de idiota has sido?

Nunca le había permitido que se saliera con la suya en nada, re cordó Ron. Incluso en el instituto, Hermione lo acorralaba contra la pared si él trataba de evitar contarle lo que ella quería saber.

Manteniendo la vista fija en la carretera, porque tenía miedo de mirarla a ella, dijo:

—Idiota hasta el punto de coquetear. De darnos algún que otro beso. Pero nada más. Nunca.

—¿Ni siquiera meterle mano? —El tono de Hermione indicaba que no se lo creía.

—Nunca —repitió él con firmeza—. Yo... Maldita sea, Hermione, no me parecía correcto, y no me refiero a algo físico. No era como tú. No sé, quizá dejé que me venciera el ego, porque me resultaba emocio nante, pero no estaba bien y era consciente de ello.

—¿Quién es exactamente esa mujer? —quiso saber Hermione

Pronunciar su nombre le costó hasta la última gota de valor que tenía, porque el hecho de ponerle un nombre a aquella mujer la per sonalizaba, la convertía en algo real.

—Lavender Brown.

—¿La conozco yo?

Ron negó con la cabeza, y entonces se dio cuenta de que Hermione se guía sin mirarlo.

—No, creo que no.

—Lavender —repitió ella—. Suena a nombre de cóctel.

Ron se guardó mucho de decir nada agradable acerca de Lavender. En lugar de eso dijo:

—Yo te quiero de verdad. Ayer, cuando te enteraste de lo de Luna y comprendí... —Se le quebró la voz y tuvo que tragar saliva antes de poder continuar—. Cuando comprendí que estás en peligro, fue como si me hubieran dado una bofetada en la cara.

—Ser perseguida por un asesino psicópata llama mucho la aten ción —replicó ella secamente.

—Sí. —Ron decidió jugarse el todo por el todo y preguntó—: ¿Quieres darme otra oportunidad?

—No sé —respondió Hermione, y a Ron se le cayó el alma a los pies—. Ya te dije que no pensaba precipitarme ni hacer nada drástico, y no voy a hacerlo. En estos momentos mi atención está un tanto he cha añicos, así que creo que deberíamos aplazar esta conversación du rante un tiempo.

De acuerdo, pensó Ron. Aquello había sido un lanzamiento fa llido, pero aún no estaba fuera de juego.

—¿Puedo dormir contigo?

—¿Te refieres a tener relaciones sexuales?

—No. Me refiero a dormir contigo. En nuestra cama. Me gustaría hacer el amor contigo, además, pero si tú no quieres eso, ¿me per mitirás al menos dormir contigo?

Hermione reflexionó sobre ello tanto tiempo, que Ron empezó a pen sar que había vuelto a hacer un lanzamiento fallido. Por fin Hermione dijo:

—Está bien.

Dejó escapar un suspiro de alivio. No era que Hermione estuviera re bosante de entusiasmo, pero tampoco le estaba dando una patada. Era una oportunidad. Llevaban un montón de años juntos, y eso era lo que los estaba manteniendo unidos cuando otras parejas que carecían de una larga historia juntas tal vez ya se hubieran separado. No podía esperar deshacer en una sola noche todo el daño que había acumulado a lo largo de los dos últimos años.

Pero ella había aguantado a su lado, de modo que no iba a aban donar ahora, por muy hosca que se mostrase Hermione ni por mucho que le costase a él convencerla de que la quería. Lo más importante era man tenerla con vida, aunque después lo abandonara a él. No tenía idea de si podría soportar perderla, pero de lo que estaba seguro era de que no podría soportar enterrarla.

—Estoy muy cansada —dijo Ginny—. Tú debes de estar agotado.

—Llevo todo el día aguantando a base de café —repuso Harry—. Pero ya se me está pasando el efecto. ¿Te parece que nos acostemos temprano?

Ginny bostezó.

—No creo que podamos elegir. Dudo que pudiera seguir despier ta aunque quisiera. —Se frotó la frente—. Llevo todo el día con un dolor de cabeza horrible, y nada de lo que me he tomado ha conse guido aplacarlo.

—Maldición —repuso Harry suavemente—. Ni siquiera estamos casados aún, y ya empiezas a tener jaquecas.

Aquello provocó una débil sonrisa.

—¿Se ha vuelto a sacar del bolsillo Fleur un pepino gigante?

La sonrisa se ensanchó ligeramente, aunque estaba teñida de tris teza.

—Sí. Cada vez que cerrábamos los ojos, nos ponía encima roda jas de pepino. No sé si sirven de algo, pero la sensación que producen es muy agradable. —Hizo una pausa—. ¿Has hecho algún progreso hoy?

Harry respondió con un gruñido de disgusto.

—Lo único que he hecho es dar palos de ciego. El ordenador no ha encontrado nada, así que Malfoy y yo hemos repasado los archi vos por ver si se nos había pasado algo por alto. ¿Recuerdas que haya habido alguna denuncia por acoso sexual o algún problema entre dos empleados?

—Me acuerdo de cuando Sada Whited pilló a su marido tontean do con Emily Hearst y tuvieron una discusión en el aparcamiento, pero dudo que sea eso lo que estás buscando. —Bostezó otra vez—. Denuncias por acoso sexual, ¿eh? No recuerdo ninguna. Probable mente deberían presentar denuncias a diario contra Cornact Mclaggen, pero no creo que lo haya hecho nadie. Además, es moreno.

—No hemos descartado a los morenos. No hemos descartado a nadie. Cho pudo traerse aquel cabello rubio suelto de alguien con quien se rozó en el supermercado. Cuéntame más de ese Cornact Mclaggen.

—Es un tipejo, siempre está haciendo comentarios que él consi dera muy sensuales, pero es el único que piensa tal cosa. Ya sabes cómo son esos tipos.

Harry lo sabía. Le gustaría saber si Cornact Mclaggen podría aportar pruebas de dónde había estado aquellos dos días en cuestión.

—Hay varias personas que no le caen bien a nadie —continuó Ginny—. Mi jefe, Albus Dumbledore, es una de ellas. Se sentía real mente molesto por lo de la Lista, hasta que la empresa decidió aceptar toda aquella publicidad gratis, y entonces fue todo mieles.

Harry añadió el nombre de Albus Dumbledore a la lista que estaba haciendo mentalmente.

—¿Alguien más?

—No conozco a todo el mundo. Vamos a ver. Tampoco le gusta a nadie Bella Riddle, pero supongo que ésa no cuenta.

El nombre le resultó familiar. Tardó sólo un segundo en ubicarlo.

—La reina del drama.

—Y una auténtica pelmaza. Me alegro de que no esté en mi de partamento. Hermione tiene que aguantarla todos los días.

—¿Alguien más, aparte de Mclaggen y Dumbledore?

—Nadie que destaque. Recuerdo un tipo llamado Cary o algo así que estaba verdaderamente desencajado cuando apareció la «Lista» por primera vez, pero no mostró violencia alguna, sólo puso cara larga.

—¿Puedes averiguar cómo se llama exactamente? —Claro. - Demelza Robins era una de las mujeres que le estaban provocando. La llamaré mañana por la mañana.

Resultaba extraño ver lo alterado que estaba todo, pensó Hermione a la ma ñana siguiente, al entrar en Hogwarts. Cho y Luna ya no esta ban allí, y no volverían a estar nunca. Por difícil que resultara aceptar la muerte de Cho, la de Luna era imposible. Hermione aún no conseguía hacerse a la idea. Con lo inteligente y dulce que era Luna, ¿cómo po día alguien desear matarla por causa de una estúpida lista?

El asesino estaba allí, en aquel edificio, pensó. Tal vez se lo cruza ra en el pasillo. Quizá venir a trabajar no fuera precisamente lo más sensato, pero en cierto sentido quería estar allí, porque también estaba «él». A lo mejor le decía algo a ella, aunque sabía que dicha posibilidad era remota; a lo mejor captaba una expresión de su rostro, algo, cual quier cosa, que la ayudara a descubrir de quién se trataba. No era precisamente ninguna Sherlock Holmes, pero tampoco era tonta.

Ginny había sido siempre la más intrépida del grupo, pero Hermione opi naba que ella también podía ser un tanto temeraria. El hecho de ir a trabajar aquel día lo sentía como algo temerario. Ginny no iba a ir; el dolor de cabeza que sufría el día anterior no había remitido, por lo que iba a pasar otro día en compañía de Fleur, dejándose mimar.

Hermione tuvo que reconocer que también le había gustado que Ron se preocupara por ella. Era tonto, tal vez incluso idiota, ir a trabajar sabiendo que él se sentía alarmado al respecto, pero llevaba tanto tiempo considerándola como algo dado por sentado, que aquella in tensa preocupación actual por ella actuaba como un bálsamo para sus sentimientos heridos. La noche anterior la había sorprendido con lo que le dijo. Tal vez sí que pudieran recomponer la situación juntos. No pensaba precipitarse a aceptar sus excusas más de lo que se había precipitado a pedir el divorcio cuando su matrimonio empezó a hacer aguas, pero es que lo amaba de verdad, y por primera vez en mucho tiempo creía que tal vez él también la amaba.

Luna y Rolf también habían logrado resolver sus diferencias al final, justo antes de que a ella la asesinaran. Tuvo dos días de felicidad con él. Dos días, cuando debería haber tenido una vida entera.

Hermione sintió un repentino escalofrío. ¿Tendría ella sólo dos días con Ron para resolver aquella frágil tregua entre ambos?

No. A ella no iba a atraparla el asesino, tal como había hecho con Cho y con Luna. No comprendía cómo Luna pudo dejarlo entrar en su apartamento como pensaba la policía. A lo mejor ya estaba dentro, aguardándola. Harry dijo que no habían hallado señal alguna de que se hubiera forzado la entrada, pero tal vez él sabía abrir cerraduras o algo así. A lo mejor había conseguido hacerse con una llave. No sabía cómo, pero tenía que haber entrado de algún modo.

Si Ron estaba en el trabajo cuando ella llegase a casa aquella tarde, se dijo, no pensaba entrar sola en la casa. Pediría a un vecino que la acompañase. Y además contaría con Fluffy para mayor seguridad; a aquel perrito no se le escapaba nada. Los cocker son muy protectores con sus dueños. A veces sus ladridos eran una lata, pero ahora Hermione se sintió agradecida de que estuviera siempre tan alerta.

Bella Riddle levantó la vista sorprendida al ver entrar a Hermione en la oficina.

—No te esperaba hoy —le dijo.

Hermione Eocultó su propia sorpresa. La forma de vestir de Bella nun ca resultaba favorecedora, pero por lo menos iba cuidada. Sin embar go, hoy venía como si hubiera encontrado aquella ropa tirada en el suelo. Llevaba una blusa y una falda, pero la falda le hacía una bolsa a un lado y se le veía el borde de la combinación. Hermione no sabía de na die que aún usara combinación cuando no era necesario, sobre todo con aquel calor de finales de verano. La blusa estaba arrugada y con una mancha en la pechera. Hasta el pelo, que por lo general lo lleva ba inmaculado, lucía un aspecto de no habérselo peinado antes de ir a trabajar.

Reparó en que Bella la observaba expectante, y entonces rebobinó para recordar lo que le había dicho.

—He pensado que me vendría bien trabajar. Ya sabes, la rutina.

—La rutina. —Bella asintió, como si aquella palabra tuviera un contenido profundo.

Un misterio. Claro que Bella siempre había sido un tanto singu lar. Nada drástico, sólo un poco... aislada de todo.

A juzgar por lo que observó Hermione, aquel día Bella estaba cierta mente aislada de todo, ocupada en su pequeño mundo. Tarareaba por lo bajo, se limaba las uñas, respondía unas cuantas llamadas. Por lo menos parecía racional, ya que no eficaz. «No sé, ya te llamaré» pare cía ser su frase del día.

Poco después de las nueve desapareció, y regresó diez minutos después con manchas de suciedad en la blusa. Fue hasta donde estaba Hermione, se inclinó y le susurró:

—Tengo un problema para alcanzar unos archivos. ¿Puedes ayu darme a mover unas cajas?

¿Qué archivos? ¿Qué cajas? Casi todos los archivos estaban en soporte informático. Hermione quiso preguntarle de qué estaba hablando, pero Bella dirigió una mirada fugaz y vergonzosa al resto de la ofici na, como si se encontrara en alguna dificultad que nada tenía que ver con archivos y no quisiera que se enterasen los demás.

¿Por qué yo?, pensó Hermione, pero suspiró y dijo:

—Claro.

Siguió a Bella hasta el ascensor.

—¿Dónde están esos archivos? —le preguntó.

—Abajo. En el almacén.

—No sabía que realmente hubiera algo almacenado en el «alma cén» —bromeó Hermione, pero Bella no pareció pillar el chiste.

— Claro que lo hay —repuso en tono desconcertado.

El ascensor estaba vacío, y no se encontraron con nadie en el pa sillo de la primera planta, lo cual no era para sorprenderse teniendo en cuenta que aún era muy temprano. Todo el mundo estaba en su des pacho. Aquellos locos informáticos probablemente estarían inmersos en una batalla de bolas de papel, y todavía no había llegado la hora del descanso para tomarse un café, momento en el que la gente empezaba a moverse más.

Bajaron por el estrecho pasillo de color verde vómito. Bella abrió la puerta que tenía el letrero de «Almacén» y se hizo a un lado para dejar pasar delante a Hermione Ésta arrugó la nariz al notar el olor acre y rancio, como si hiciera mucho tiempo que no había entrado nadie allí. Además, estaba oscuro.

—¿Dónde está el interruptor de la luz? —preguntó sin entrar.

Justo en ese momento sintió que algo contundente le golpeaba en la espalda y la empujaba al interior del local oscuro y maloliente. Cayó despatarrada en el áspero suelo de cemento, despellejándose las manos y las rodillas. Un segundo después lo comprendió todo, y ho rrorizada, se las arregló para rodar hacia un costado y ponerse de pie al tiempo que se le venía encima, con un silbido, un alargado tubo me tálico.

Lanzó un chillido, o eso creyó. No estaba segura, porque el cora zón le latía con tanta fuerza en los oídos que no podía percibir nada más. Intentó agarrar el tubo y forcejeó brevemente para hacerse con él. Pero Bella era fuerte, muy fuerte, y de un potente empujón la arro jó al suelo de nuevo.

Hermione oyó de nuevo el silbido; a continuación explotaron un mon tón de luces en su cabeza y ya no oyó nada más.

...

Bueno, pregunta del capitulo anterior contestada a medias... ahora solo queda Ginny; nuestro héroe preferido llegara a salvarla como siempre. Porque sera que siempre la victima sigue al que le va a hacer daño y no nos escucha a nosotros gritones ficticios que gritamos ¡No vayas! ¡Esa mujer esta loca! ¡Te va a mataaaaaarr! Siempre lo mismo en todas las películas de terror.

Otra mala noticia, o tal vez buena... dependiendo de como se mire... el próximo capitulo sera el final... prepárense!