Era el primer día de Kurt como diseñador oficial en la sede central de su marca de ropa favorita. Meses antes, sin esperanza ninguna de recibir respuesta positiva, había enviado un porfolio con sus diseños a la casa y poco después había recibido una respuesta. Había intentado olvidar lo mucho que había chillado y saltado en su departamento hasta tal punto que la vecina de abajo había tenido que subir para pedirle que se callara. Tan solo pensarlo, enrojecía de nuevo hasta las orejas.
Hasta aquel día, Kurt había sido uno de esos tantos jóvenes soñadores que deambulan por las calles de Nueva York esperando recibir su propio milagro personal. Trabajaba en una pequeña tienda de moda en Brooklyn y vivía cerca, él solo. Después de haber abandonado la universidad de artes y haber decidido que la moda era más lo suyo, se había mudado del departamento que compartía con su amiga Rachel Berry y prácticamente le había perdido la pista. Era cierto que aún seguían charlando de vez en cuando a través del teléfono, pero entre espectáculo y espectáculo, Rachel ni siquiera tenía tiempo para quedar y tomar un café.
Atrás habían quedado los días de duro estudio y las pruebas de canto y baile. Kurt seguía cantando pero solamente para él mismo en la ducha.
Cuando llegó a las puertas del enorme y elegante edificio de oficina de la marca, el castaño se olvidó de como respirar. Miró hacia arriba y vio que aquel era uno de tantos edificios cuya estructura parecía perderse entre las nubes y no tener fin. Hecho, prácticamente entero de cristal, resplandecía a la luz del Sol.
Cuando obtuvo el valor para seguir adelante, Kurt se adentró en el edificio.
Por dentro era igual de majestuoso que por fuera. Decorado con una extensa gama de dorados y rojos, parecía más un lujoso palacio que unas oficinas y el chico supo que podría acostumbrarse a trabajar allí. Tomó el ascensor y revisó el correo electrónico que había recibido donde le indicaba como llegar al lugar donde debía registrarse como nuevo empleado y, más tarde, al lugar donde tendría lugar el primer encuentro con su jefa.
Tras registrarse, el ojiazul se dirigió a la oficina de la dueña de la marca y, mientras esperaba en la sala contigua, sintió como le sudaban las manos y le temblaban las rodillas. Cuando la ayudante de la jefa lo llamó por su nombre, se obligó a serenarse y, tras respirar hondo, entró en la oficina.
Sorprendentemente, su nueva empleadora resultó ser una persona amable y cercana que le explicó todo detalladamente y con cuidado y se aseguró de que Kurt estuviera listo para empezar su trabajo ese mismo día. Media hora más tarde, hizo llamar a su secretaria y le pidió que acompañara al chico a dar una vuelta por el edificio para enseñarle donde se encontraba todo. Justo antes de que los dos partieran, su jefa (Anne Miller), se despidió amablemente del chico y le aseguró que su puerta estaría abierta siempre que él la necesitara.
Con una sonrisa en el rostro, Kurt siguió a Mary, la secretaria, hasta el taller donde trabajaría y descubrió junto a ella donde estaba cada lugar (la cafetería, el living, la sala de recreación, los diversos estudios, talleres...).
En su taller asignado conoció a sus nuevos compañeros y pudo notar con asombro, que todo el personal era de lo más amable y encantador.
Así, en poco tiempo, Kurt se acostumbró a la rutina de trabajar en aquel lugar y acudía a su puesto de trabajo todos los días con una sonrisa. Sin darse cuenta, pronto su jefa le otorgó el rango de jefe de aquel taller y, para cuando llegó la Semana de la Moda de Nueva York, Kurt tuvo la suerte de ser seleccionado como uno de los diseñadores que tendría modelo propio. Es decir, un modelo que, durante toda la semana modelaría tan solo sus diseños (obviamente patrocinados por la casa de modas a la que pertenecía el ojiazul). Era un programa que llevaba funcionando varios años donde, a cinco jóvenes talentos de la compañía, se les concedía el honor de darse a conocer.
El lunes llegó pronto y el castaño se encontró de nuevo nervioso ante la perspectiva de la reunión de la noche para conocer a su modelo. Por la mañana, guardó en una carpeta todos los diseños que había creado para el joven (del cual únicamente sabía el género), y pasó por la oficina de su jefa a recoger las instrucciones donde indicaban exactamente donde y cuando se tendría que encontrar con su modelo. Su destino era uno de los restaurantes más prestigiosos por lo que supuso que su modelo no era un cualquiera.
Cuando salió de trabajar se dirigió rápidamente a su departamento donde se duchó y cambió antes de salir rumbo al restaurante. Después de indicarle al recepcionista que tenía una reserva, se sentó en el reservado a la espera de que llegara su misterioso modelo y, cuando llegó, la mandíbula de Kurt casi cayó al suelo.
Él conocía al joven que le sonreía maliciosamente desde el otro lado de la mesa. La blanca sonrisa de su antiguo nemesis, Sebastian Smythe, parecía no haber perdido brillo. Ambos se contemplaron y, minutos después, Sebastian rompió el silencio.
-Con que tú eres el prodigioso joven diseñador...-El ojiverde esbozó una sonrisa coqueta.- No esperaba verte por aquí, Kurt Hummel. Pensaba que seguías con la "hobbit"de Berry en NYADA. No sabía que habías fijado el rumbo hacia mi terreno.
Kurt frunció el ceño ante las últimas palabras del otro, pero no se dejó intimidar. Aunque no pudo evitar notar que el delicioso atractivo de Sebastian Smythe no había hecho más que aumentar con los años.
-Dejé ese terreno hace mucho tiempo, Sebastian. A mí no me extraña encontrarte por aquí... Seguro que el dinero de tu padre ha sido un gran método para sobornar a todo el que se pusiera por delante en tu objetivo de convertirte en modelo...
Fue el turno de Sebastian de dejar caer su sonrisa. Aunque la caída de su fachada tan solo duró unos instantes, pronto volvió su sonrisa maliciosa. Arqueó las cejas.
Kurt sabía que significaba aquel gesto. Era algo así como: "¿Quieres jugar, Hummel? Pues juguemos."
En el fondo, el ojiazul siempre supo que entre los dos había una magnética atracción y que una chispa pronto podría encender su fuego. Sin embargo, nunca lo habría reconocido en voz alta. Para él (de cara a la galería), Sebastian era tan solo un niñato egocéntrico, egoista y...
Horas más tarde, mientras bailaba bien pegado a Sebastian en aquel club LGBT, también tuvo que admitir que era un gran besador.
Y cuando al día siguiente se encontraron los dos solos en el estudio para su primera sesión de fotos, Kurt se encontró dejando caer la máscara y sonriendo al otro. Fue entonces cuando pidió:
-¿Modelas para mí?
Sebastian le devolvió la sonrisa y le lanzó un beso. Y fue entonces cuando Kurt supo que el fuego ya había comenzado a arder...
N.A. ¡Hola, chic s! Hasta aquí el fanfic de marzo. He de admitir que me lo he pasado genial escribiéndolo y espero que vosotros lo hayáis pasado igual leyéndolo. En especial, espero que le haya gustado a Gerard16Radwell quien pidió un fic de Kurtbastian. En el mes de abril, traeré la segunda parte de Spalistair a petición de DiannaUribe .
Besos,
Anna
klaine_is_my_life_forever (en instagram)
