Besotes y abrazos a todas y como siempre mil gracias por pasearse por aquí. Os quiero!
A Gaby, mi beta y amiga mil gracias por acompañarme con esta locura (ai loviu)
A miss Manu que (cuando tiene tiempo) regala los adelantitos en Facebook. Gracias loca amiga mia.
Las dejo entonces con el encuentro del tercer tipo entre Edward y Bella... y otra cosilla... a ver que pasa.
Nos leemos la próxima semana.
Gracias a todas.
Cata!
=)
Facebook como Catalina Lina y en Twiter como Cata_lina_lina... y sus preguntas por Aks: /Catalina_Lina
25.
―Hemos llegado. ―Anunció Edward apagando el motor del coche.
Ya era completamente de noche cuando la pareja llegó a su destino. Dos horas de cómodo trayecto por la carretera hacia el sur, la que estaba bordeada de álamos y sauces, dejando a tras la urbe ruidosa y contaminada de La Capital.
Edward al llegar, aparcó el coche en un sector en lo alto de una colina, en donde se dejaba ver la total extensión de la playa, iluminada por la luna llena que se reflejaba en el oscuro y tranquilo mar.
Bella bajó del coche como hipnotizada, acercándose a una baranda de madera que delimitaba el sector del estacionamiento. Inspiró profundamente, llenándose los pulmones de aquel aire marino, sintiendo sobre su rostro la suave brisa de la noche. Abrió los ojos enseguida y a lo lejos contempló dos casas casi a orillas de la playa, las que estaban iluminadas por farolas, a l igual que un sendero de piedra, donde ella supuso tendrían que recorrer.
Sintió cuando Edward se colocó a su lado, e hizo el mismo ejercicio de respiración que ella había hecho al comienzo.
―Aquella es la casa de Emmett. La compró hace un par de años. ―Comentó, indicando la casa más grande. Bella asintió en silencio y preguntó:
― ¿Y la casa de junto?
―Es de los cuidadores. Pero bajemos de una vez. ―Indicó, tomando de la mano a Bella por instinto mientras la guiaba por la bajada que debían recorrer para llegar.
― ¿Tú conocías este lugar, no? ―Preguntó ella mientras caminaba.
―Después de llegar vine con Emmett, pero sólo un rato.
Llegaron hasta el plano, subiendo por una escala de madera hasta el porche de la casa. Edward fue el primero en entrar luego de abrir la puerta y encender las luces.
La casa era blanca, estilo mediterráneo, con ventanas francesas cuyos marcos de madera estaban pintados de azul, con vigas de madera a la vista en el techo y espacios amplios y blancos. La decoración era del mismo estilo y seguía la línea de colores de la casa.
Era simplemente hermosa.
Bella recorría las estancias, mientras Edward abría las ventanas y checaba que en la nevera y la despensa hubiera comida suficiente para el fin de semana, como lo solicitó. Fue de regreso al salón, donde vio a Bella contemplando el espacio absorta de la maravilla.
― ¿Te gustó?
―Es fantástico este lugar.
―Es cierto ―concordó Edward, afirmándose sobre la muralla, con las manos en sus jeans mientras veía a Bella embelesada mirando hacia la noche―. Más tarde podemos dar un paseo ahí afuera, pero creo que tenemos que comer antes… estoy muerto de hambre.
Ella giró su cabeza y sonrió, asintiendo.
―Bien. Cocina y luego caminata. Manos a la obra, doctor. ―Dijo ella muy animada, pasando frente a él rumbo a la cocina.
Se decidieron por preparar un plato liviano a base de lechuga, trozos de tomate, quesillo y pan de ajo, aderezado con una salsa blanca de champiñones. Acompañaron la cena con una botella de vino blanco que Edward encontró en el frigorífico.
Se acomodaron con sus platos, servicios, copas y servilletas sobre la amplia mesa de centro, asentada sobre una gruesa alfombra, rodeada de sofás y una chimenea.
Durante la preparación de la cena y luego durante esta, la conversación y el ambiente entre ellos, era muy relajado y cómodo. O a decir verdad ese fue el ambiente que los envolvió desde que salieron rumbo hasta allí. Las conversaciones eran triviales y divertidas, y se reían como por ejemplo de todo lo que había demorado Sam en pedirle matrimonio a Maggie o de como Emmett sentía las náuseas matutinas que eran tan características en la mujer.
Después de eso, hubo un momento de silencio en los que Bella se removió incomoda ante la insistente mirada de Edward, quien extendió su mano por sobre la mesita de centro hasta tomar la de ella, que tenía apretada la copa de vino con algo más de fuerza que lo normal.
― ¿Estás bien?
―Sí.
― ¿Qué quieres hacer ahora?
―Uhm… podríamos pasear.
―Es cierto, te debo un paseo por la playa. ―Soltó la mano de Bella y se puso en pie de un salto, extendiendo su brazo hacia ella para ayudarla a levantarse del piso. En el impulso, Bella prácticamente rebotó contra el torso de Edward, agarrándola con fuerza por la cintura, como para darse estabilidad él también.
―Cielos… ―Susurró Bella, levantando la vista hacia Edward, sintiendo su pecho agitarse con la cercanía y la presión que él ejercía alrededor de su cintura.
El paseo por la playa iba a quedar postergado, pues Edward lentamente acercó su rostro al de ella, rozando suavemente sus labios sobre los de ella.
―Sí, cielos. ―Dijo él, ejerciendo enseguida más presión sobre los labios de ella, iniciando el beso que fue de menos a más. Ella, dejando a un lado la timidez, subió sus manos hasta los hombros de Edward, para rodearle el cuello a continuación y buscar con sus manos el cabello de su nuca y jalarlo, mientras abría su boca para él y torcía su boca para darle un acceso perfecto, dejándose devorar por los labios de Edward, quien parecía anhelar con fuerza ese contacto con ella.
― ¡Dios! Necesitaba esto… Estar a solas contigo… ―Reconoció, sin quitar su boca de la de ella, que ya prácticamente jadeaba.
Pero entre el deseo de olvidarlo todo y dejarse llevar, la pequeña campanilla de su cordura le obligaba a tomar un poco de distancia y sacar las dudas que tenía dentro de ella, sobre este acercamiento que él tenía hacia ella, que por cierto la ilusionaba. Pero ella ya no quería vivir de ilusiones, quería saber qué era lo que concretamente pasaba entre ellos. Así que casi en contra de su voluntad, rompió el beso y empujó un poco a Edward por el pecho, quien sin duda se extrañó por la distancia que ella puso entre ambos.
― ¿Qué?
―Edward, necesitamos hablar… Sobre esto. ―Susurró ella, aun envuelta en los brazos de Edward. Sus ojos verdes estaban cargados de deseo, eso lo veía, además de su cuerpo pegado al de ella había reaccionado también.
―Qué quieres saber… ¿Qué me pasa contigo? ―Preguntó con tono de desesperación, cerrando sus ojos y dejando caer su frente sobre la de ella. Bella acarició sus brazos en espera de lo que él tenía que decirle. Cuando otra vez Edward abrió los ojos, Bella se asuntó al ver un dejo de confusión en estos.
―Vengo preguntándomelo hace cuatro años, Bella… pero ni la distancia ni el tiempo… yo… ―Tragó grueso, imitando ella esa acción, asustada y sorprendida en partes iguales―. Necesito este tiempo a solas contigo, aclarar mi cabeza. Sé que no me merezco que me reciba con los brazos abiertos, ni estoy en posición de exigirte nada, pero si intento apartarme ahora que te tengo cerca… no podré hacerlo. Te lo dije, Bella, hace cuatro años, después de ti, nada fue lo mismo.
Eso era mucho más de lo que ella esperaba oír.
Su corazón estaba vuelto loco de la emoción y sus sentimientos a flor de piel anegaron sus ojos de lágrimas. Edward estaba siendo sincero con ella, estaba exponiendo sus sentimientos confusos, ¿pero por qué tuvieron que pasar cuatro años? No abrió la boca, pues recordó que muchas veces él trató de ponerse en contacto con ella, pero su herida y el orgullo hicieron caso omiso de esas señales… porque si a él no le hubiera importado lo que pasó entre ambos antes de él marcharse, cuando hicieron el amor, simplemente lo hubiera dejado estar. Pero no lo hizo.
Inspiró profundamente, en tanto Edward la miraba esperando su reacción. ¿Y qué iba a hacer ella, o qué podía decir? Simplemente ser sincera con él sobre sus sentimientos también, los que esperaba que fueran claros a través de sus actos, porque era el modo que de momento podría expresar lo que sentía por él. Por lo que volvió a aferrarse del cuello de Edward y besó sus labios con la ternura que él al comienzo.
Edward suspiró y respondió al beso, volviendo a apretar a Bella por su cintura y aferrarla fuertemente a su cuerpo.
Definitivamente eso era lo que ambos necesitaban.
Él elevó en sus brazos el menudo cuerpo de Bella, que se sujetó de él sin apartar la boca de la suya, sonriendo sobre esta. A tientas, el cirujano comenzó a caminar hacia un pasillo que daba hacia el sector de las recamaras. La principal tenía una pequeña cama de dos cuerpos infundada de una funda color celeste y blanco, muy acorde con el resto de la decoración, de la que ella no alcanzó a percatarse a decir verdad.
Cuando la dejó caer sobre la cama ella soltó una carcajada alegre, porque las cosquillas en la boca de su estómago estaban haciendo estragos. Él estrechó su mirada desde la altura de su estatura, mientras ella no dejaba de reírse como colegiala.
― ¿De qué te ríes, eh? ―Preguntó él, tratando de mantenerse serio, cruzando sus brazos sobre su pecho.
―La playa queda hacia el otro lado. ―Indicó ella, indicando con su dedo índice hacia la sala. Él estrechó aún más sus ojos, inclinándose hacia la cama hasta quedar prácticamente suspendido sobre ella, afirmando su cuerpo con los antebrazos. Su nariz apenas tocaba la punta de la suya, y su aliento acariciaba su rostro ahora sonrojado por la expectativa.
―Realmente no quieres dar un paseo por la playa, ¿no? ―La seductora e implícita invitación hizo que todo rastro de humor en ella se evaporara, dando paso al deseo que por él sentía desde hacía años, emergiera fuertemente. El calor comenzó a nacer con violencia desde el mismísimo centro de su cuerpo, necesitando removerse y friccionar sus muslos uno contra el otro.
―No. ―Susurró ronco, causando ahora que él torciera su boca sensualmente. Edward acarició lentamente apenas con la punta de su nariz, desde su frente hasta la punta de la nariz de ella, provocando que ella cerrara los ojos de los puros escalofríos que ese simple toque le provocó.
―Ya me lo imaginaba. ―Concluyó él poniendo fin al diálogo y a la distancia entre sus bocas.
Las manos de ella automáticamente vuelan al pelo ya revuelto de Edward para sentirlo, acariciarlo y jalarlo. Adora cómo se siente el cabello de él entre sus dedos. Él en tanto, degusta maravillado el sabor de su boca, como si por primera vez probara de su dulce sabor, mordiendo entre tanto sus labios para enseguida volver a arremeter con su lengua, y crear una danza entre ambas que se entremezclan, anhelantes.
Pero eso no es suficiente. Él quiere ir más allá de ella y traspasar los límites de las prendas de vestir que cubren su cuerpo, cuerpo que alguna vez, una sola vez, recorrió placentero. Recuerdo que por mucho fue imagen permanente en su retina.
Ella curvó su espalda, cuando las manos grandes, suaves y cálidas de Edward se colaron por su espalda, bajo su camiseta gris, soltando un gemido de complacencia que no hizo más que encender el deseo en él.
― ¿Estás lista para mí? ―Preguntó Edward mordisqueando sus labios, para llevar a cabo a continuación un recorrido dulce con su boca por el cuello aromático y suave de Bella, hasta llegar al lóbulo de su oreja, en que jaló suave entre sus dientes, provocando en ella un grito ahogado entre el placer y el dolor.
―Desde… desde hace tanto ―tragó saliva, retorciéndose bajo él―. Desde hace tanto que estoy lista para ti…
La camiseta desapareció del cuerpo de ella casi por obra de magia, la que voló por la habitación, precediendo a la de Edward, que con la misma rapidez. Descendió desde su boca, pasando por su mentón, su cuello, entre sus pechos y hasta su estómago, mientras que con manos hábiles desabotonaba su jeans y bajaba la cremallera de este, ella alzando su pelvis para ayudarle con el trabajo de arrancarle de una vez todo, pues él estaba tan ansioso como ella de sacar toda la ropa que cubría su cuerpo, para ver por fin y otra vez la esplendidez de su cuerpo desnudo.
Bella se jaloneaba su propio cabello cuando sintió los dedos suaves de Edward ascender desde sus tobillos hasta sus muslos, su entrepierna, y constatar lo tan lista y deseosa que estaba por él colando sus dedos por debajo del algodón de sus bragas, que también desapareció enseguida en cuestión de segundos. Gimió con fuerza cuando él, sin dejar la presión con sus dedos entre sus piernas, dejaba rastros por el camino de regreso desde su ombligo hasta su boca, la que saqueó una vez más, casi ya sin control.
Ella no se percató de cuándo la ropa de él desapareció, dejándolo completa y gloriosamente desnudo sobre ella, que no desaprovechó ni un solo instante de besarlo, mordisquearlo, olerlo, aferrarse a él y rodearlo con brazos y piernas, invitándolo a que se hundiera de una vez por todas.
― ¡Mi Dios! ―Exclamó Edward cuando muy lentamente accedió a la invitación y entró en ella, sintiéndola arder en torno a él. Bella gimió, fuerte, echando hacia atrás su cabeza mientras él comenzaba a moverse en un ritmo lento, constante y enloquecedor.
―Edward… ―Gimió ella, buscando los labios de él, que deambulaban por su cuello, y sus manos apretaban su cadera, instándola a seguir el ritmo candente de su pasión, el que se fue intensificando, hasta alcanzar un ritmo vertiginoso y enloquecedor, llevándolos finalmente al orgasmo pleno, revestido de gritos, jadeos, gemidos y palabras ininteligibles, pero eso la verdad no importaba, cuando sus cuerpos estaban hablando por sí solos.
―Esto es perfecto… ―Admitió Edward, recobrando sus palabras, sin salirse de la calidez del interior del cuerpo de Bella, quien yacía exhausta bajo su cuerpo, con sus ojos cerrados, intentando recobrar la normalidad en su respiración, pero con una hermosa sonrisa de satisfacción que Edward adoró contemplar―. ¡Oye, sonrisitas!, ¿estás bien? ―Preguntó, dejando un piquito en los labios sonrientes de Bella, que sin abrir los ojos asintió encantada.
―Estoy perfectamente, maravillosamente… ¡increíblemente bien! ―Exclamó con entusiasmo, soltando una carcajada que contagió a Edward. Volvió a encorvar su espalda y a elevar su pelvis en busca de más fricción, cuando la risotada de Edward hizo efecto en otra zona de su cuerpo, que seguía aun dentro de ella―. ¡Oh!
―Mujer insaciable. ―Susurró él con diversión, dándole un mordisco en la barbilla.
―Pues sí ―admitió ella, abriendo finalmente sus ojos―. Ahora que se trata de ti, sí. Te he esperado mucho tiempo… ―Admitió esto último bajando su voz y escondiendo su cara entre el cuello de Edward, como si sintiera pudor en admitirlo ahí frente a él, que no pudo hacer otra cosa que sonreír con gusto, besando su cabello algo húmedo por el sudor.
―Eso es perfecto, pues ya somos dos. ―Admitió de regreso, obligándola a mirarlo con la mano sobre su mentón.
La adoró a continuación por un par de horas más, donde lentamente volvieron a hacer el amor, como reencontrándose y sellando un pacto firme y fuerte entre ellos.
A la mañana siguiente, Edward antes de abrir los ojos, sintió la brisa matutina colarse por las puertas abiertas que daban hacia la playa, percibiendo también el olor a mar y el sonido de las olas romper suavemente sobre la orilla de la playa. Se relajó un momento con lo que apreciaban sus sentidos antes de percatarse que estaba solo en la cama.
Abrió sus ojos y desvió su cabeza hacia donde hasta algunas horas dormía Bella prácticamente enroscada a su cuerpo. ¿Cómo es que no la sintió despegarse de él? Se incorporó sentándose sobre el colchón, pasando su mano por su cabello despeinado mientras miraba por la puerta abierta del cuarto que daba hacia la terraza frente a la playa, por si lograba vislumbrar la silueta de su chica…
Su chica, que buen gusto le causaron esas palabras, cuando lo hizo refiriéndose a Bella, a quien consiguió ver sentada sobre la arena, de piernas cruzadas, encorvada, levantando su cabeza de vez en cuando y volviéndola a agachar. "Por supuesto" pensó Edward. Ella no iba a desperdiciar una oportunidad así, era lógico que el entorno fuera a inspirarla.
Pero más que el entorno, que ciertamente ayudaba, era todo lo que había vivido allí junto a él en esas pocas horas las que habían llenado su cabeza de ideas. Todas relacionadas con mar, en colores turquesa y verde… verde como el color de sus ojos.
Mordió su labio y negó con su cabeza por lo increíble de lo que habían sido esas horas. Volvió a mirar al frente, hacia el horizonte, regresando su vista sobre la hoja de croquis, donde lanzaba trazos dándole forma a la idea que se forjaba en su cabeza.
En un momento, vio un tazón de café humeante suspendido junto a su rostro. Sonrió, tomándolo entre sus manos, mientras sentía el cuerpo del galán ubicarse tras de ella, mientras dejaba un beso en su nuca y colaba su cabeza por sobre su hombro, para ver la hoja de croquis.
―No es muy bonito, pero…
― ¡Oye! ―Exclamó ella, propinándole un codazo directo a su estómago. Él, que se carcajeó por la reacción de la artista, dejó a modo de expiación un beso en el cuello desnudo de Bella que se inclinó hacia él mientras sonreía.
Edward rodeó a Bella por la cintura, dejando su rostro prácticamente enterrado en el hueco de su cuello, en tanto contemplaba el meneo ligero de la marea, mientras ella sujetaba el tazón de café con ambas manos, bebiendo de él.
―No sentí cuando te levantaste.
―Hace una hora o algo, no quise despertarte.
―Pues gracias ―agradeció, dejando otro beso en su cuello―. ¿Hay algo que quieras hacer?
―Me debes un paseo por la playa.
―Es cierto. Hay un acantilado cerca creo, y otras maravillas que podemos descubrir, así que apresúrate con ese café mientras me doy una ducha. ―Sugirió, haciendo ademán de levantarse. Ella giró su torso y mordió su labio, mirándolo mientras se ponía de pie. Se había vestido con la misma camiseta del día anterior y unos pantalones de chándal negro, e iba descalzo y muy despeinado.
―Tampoco me he duchado.
Él torció su boca y extendió su mano hacia ella para ayudarla a levantarse. Feliz Bella aceptó la invitación, encantada de que él hubiese captado el mensaje.
"¡Qué ilusión! Una ducha pasional con Edward…" pensó mientras era guiada por él de regreso a la casa.
**S.D**
―Perdone que la haya citado un sábado para una reunión. ―Se disculpó Jacob, cuando hizo pasar a Emma Collins a la sala de su apartamento. Ella se acomodó en el amplio sofá de cuero, cruzando sus piernas lentamente, acomodándose el cabello sin dejar nunca de sonreír.
―No es ninguna molestia. ―Aclaró ella, estirando su falda de tubo negra.
― ¿Puedo ofrecerle un café, un té…?
―No se moleste, ya desayuné antes de salir. Mejor dígame a qué se debe la insistencia para que nos reuniéramos hoy.
―Verá, Emmett me comentó que usted ha requerido los servicios de la organización y pues me ha puesto al mando del equipo.
―Ahh… Emmett, el atractivo hermano de Edward ―comentó ella pensativa, encrispando a Jacob con el solo nombre del cirujano―. En realidad he sido yo la que le he pedido a Emmett que lo ponga al frente de mi equipo de seguridad.
―No me diga…
―Sí, claro. Soy una mujer viuda, indefensa, y pues ya que he decidido pasar una temporada en este país, quisiera tener la salvedad que frente a cualquier cosa, estaré resguardada… necesito sentirme segura, usted entiende ―aclaró muy seductoramente guiñándole un ojo a Jacob, quien sólo se limitó a estrechar sus ojos hacia ella, mientras pasaba su dedo índice por su labio inferior―. Ahora, Aro me recomendó que tomara providencias y me acercara a la organización. Él los recomendó, y pues yo misma he corroborado el contingente que hay en torno a Aro, un empresario tan exitoso, atractivo, soltero… Por cierto, ¿Cómo lleva lo de la separación con Bella? Supe que terminaron.
―Ese tema no es de su incumbencia, además, es una separación momentánea. ―Aclaró con tono hosco, no causando muchos estragos en la rubia mujer, que le sonrió con condescendencia.
―Perdone que insista, pero si fuera algo pasajero, pues ella se vería mal, no sé, triste… pero en vez de eso, se va de fin de semana con su actual amante…
― ¿De qué habla? ―Preguntó Jacob, a punto de perder los estribos con esa mujer.
―Ella y Edward salieron rumbo a un paseo romántico por el fin de semana. No me pregunte cómo lo supe, pero fui testigo de cómo ella se montó en su coche la noche de ayer…
―Es imposible ―susurró tensando su quijada y bufando como un toro endiablado―. ¡¿Y usted qué pretende diciéndome eso?!
―Ni mofarme, ni molestarlo, nada de eso. Sólo quiero que cuente con mi apoyo, es lo que sea… así como yo espero contar con el suyo…
Jacob inspiró profundamente. Esa mujer estaba tramando algo, él lo sabía. Era entonces el momento de sacar sus cartas y jugar.
―Verá, señora Emma, la organización requiere que estudiemos a nuestros clientes, ya sabe, para saber a qué atenernos. No estamos hablando simplemente de un par de gorilas siguiéndola a todos lados, monitoreamos a grupos que se especializan en delitos económicos, por lo que debemos saber lo que más podamos de nuestros usuarios, y eso mismo me ha llevado a mover algunos contactos… del lado oscuro, usted sabe, y pue me he encontrado con unos asuntos interesantes ―dijo, extendiendo su cuerpo hacia la mesita de centro para tomar la carpeta de cuero negra y sacar unos documentos. Ella se descruzó y se volvió a cruzar de piernas, toqueteando su pelo nerviosamente. Estaba tratando de no perder la compostura, pero ella sabía que si alguien escarbaba e indagaba, encontraría el que era su lado oscuro, el lado en el que su difunto marido se movía.
"Muriendo su marido, muere su pasado y todo lo que conlleva. Usted, señora Emma, será una pobre víctima, ignorante en todo lo que a sus negocios se trataba" le había dicho su abogado. Pero al parecer, la cosa no era tan así, pues incluso Carl después de muerto, seguía trayéndole problemas. Eso ella intuía.
―Aquí está ―dijo Jacob, encontrando lo que buscaba―. El nombre de su marido figura entre una sociedad secreta, o una empresa anónima como ellos decían. Fueron juzgados por lavado de dinero, malversación de fondos, robo al fisco… ¡Uf! ―detuvo la lectura y miró a Emma, esbozando una sonrisa triunfal―. Su difunto marido no era de los trigos muy limpios. Se fue a la tumba con una serie de acusaciones, juicios…
― ¡Yo nada tenía que ver con eso!
―Ah, mi señora… me temo que eso no es tan así ―meneó su cabeza y torció la boca en una mueca―. Como le dije, me muevo con contactos que están infiltrados en esos inframundos financieros, y pues usted figuraba como una mujer con voz y voto en cuanto a los negocios de su marido se trataba. Dan por hecho que su matrimonio con él fue concordado, por conveniencia o para saldar una deuda, de usted con él, o de él con usted, no estoy seguro… ¿O acaso miento, doña Emma?
La cara de Emma estaba roja. Ese tipo había sacado a la superficie un resumen de sus secretos, los que ella creía enterrados bajo tierra. No podía creerlo…
―Yo podría denunciarla, porque tengo más de una prueba que la implica directamente con delitos económicos, mi especialidad― lanzó despectivamente su carpeta sobre la mesa, haciéndose hacia atrás para recostarse sobre el confortable sofá―. ¡Imagínese! Policía internacional pidiendo su cabeza, el escándalo de su deportación, su hermoso rostro en la portada de los diarios, enumerando sus fechorías…
― ¡¿Qué es lo que quiere?!
―Ah, veo que comenzaremos a hablar. ―Exclamó él, palmeando sus muslos y levantándose casi de un salto para dirigirse hacia la licorera que se asentaba en una esquina de la sala, donde se sirvió dos de dos de whisky. No perdió tiempo en ofrecerle una copa a ella, pues seguro se negaría, por la hora y todo eso. Tragó el líquido, sintiendo la quemazón atravesarle la garganta, para a continuación volver a girarse hacia la nerviosa mujer.
―No quiero seguir trabajando para la organización. Me está hartando esto de ser subordinado, sobre todo de Emmett, pues creo que estoy para cosas más grandes ―explicaba, moviendo sus brazos al aire―. Pero no quiero retirarme sin dejar mi huella… y es así como el destino me pone en frente a una hermosa mujer que necesita de mí, para sentirse segura.
Emma recobró la sonrisa seductora que siempre engalanaba su lozano rostro. Estaba comenzando a entender hacia donde era que se dirigía Jacob. Así que para ganar tiempo y la confianza del moreno hombre de pie frente a ella, se levantó y caminó con paso lento hacia él, hasta que llegó a estar a escasos centímetros de él. Puso sin dudar ambas manos sobre el duro y trabajado pectoral de Jacob, acariciándolo mientras lo miraba oscuramente. Ella, con esos tacones de doce centímetros quedaba a la misma altura que el joven y apuesto hombre… aunque siendo muy objetiva, Edward era muchísimo más apuesto que él, aunque eso no se lo diría, por supuesto.
―Ah, mi querido y apuesto Jacob, podemos hacer grandes cosas, juntos…
―Y las haremos ―aseguró, dando un paso al costado y alejándose de la mujer―. Usted y yo obtendremos lo que queremos de Aro Vulturi, por la razón o la fuerza.
―Yo simplemente quiero cerrar negocios con él…
―Usted necesita que él figure como uno de sus socios, para limpiar su imagen. Por eso le ha estado insistiendo tanto, a pesar de que las ganancias para usted no son del todo llamativas, como para insistir tanto, digo. Pero la imagen de Vulturi pesa demasiado y espantaría a los buitres que andan detrás de él. Además, usted llevaría a cabo el lavado de dinero, blanquear sus activos de dudosa procedencia, tráfico de niños si mal no lo recuerdo ―dijo, rascando su cabeza. Se giró sobre sus talones y le sonrió a Emma, quien lo oía atentamente de brazos cruzados―. Pero eso ya no importa. Haremos que Vulturi firme el acuerdo, incluso podemos hacerle ceder una buena porción de sus acciones…
―Usted mejor que nadie sabe que Aro jamás permitiría eso y la verdad no quiero insistir mucho porque él, así como usted lo hizo, puede averiguar cosas que no me conviene que sepa…
―Primero que todo, Vulturi no tiene los contactos que yo tengo, por lo que dudo que se entere de su negocio fraudulento; y segundo, se perfectamente cómo se maneja la seguridad en torno a él. Estoy listo para crear señuelos falsos y hacer que su seguridad se relaje, que toda su seguridad se relaje o apunte al sector opuesto, desorientarlos.
La sonrisa de Emma era ancha, podía oler el triunfo junto a este hombre. ¿Pero qué sacaría él, fuera de llevarse una buena tajada en billetes?
― ¿Y qué saca usted con todo esto?
―Venganza ―respondió con rencor―. Pasé de ser su héroe por salvarle la vida, a un don nadie a quien quería lejos de él y de su familia.
― ¡Ah, claro! Lo dice por Bella ―dedujo ella, carcajeándose―. Bueno, tiene en mí a una clienta que sabrá recompensarlo muy, pero muy bien, y a una aliada que lo ayudará a recuperar lo que es suyo ―volvió a acortar distancia entre ella y Jacob, y tan audaz como era ella, lo rodeó por el cuello y rozó sus labios carmesí con los de él―. Tendremos lo que nos merecemos.
―Lo haremos. Por la razón o la fuerza.
La lujuria explotó entre los dos nuevos aliados, cerrando el trato con un beso caníbal, demandante, sexual, que no fue sino el preludio de los que les esperaba momentos después entre las sabanas de la cama de Jacob.
**S.D**
Pasaron un día increíble. Primero en la ducha, donde obviamente Edward volvió a tomarla, reclamándola contra los azulejos del baño. Enseguida, partieron con la caminata que Edward prometió, encontrándose un paraíso escondido, como si una selva se ocultara tras las montañas que colindaban con la playa. Un pequeño y solitario lago creado por el chorro de agua que caía desde una cascada fue un lugar perfecto para darse un chapuzón, desnudos por supuesto, dejándose llevar otra vez por la pasión que fluía como un magneto entre ellos.
Regresaron a la cabaña cuando el estómago del cirujano comenzó a protestar, compartiendo la tarea de cocinar, mientras bebían vino blanco y brindaban por la naturaleza. Durmieron siesta abrazados en el sofá de la sala y se despertaron casi al unísono, cuando el sol casi estaba comenzando a bajar.
Definitivamente, cualquier persona que los hubiera visto, hubiera dicho que se trataba de una pareja de enamorados que estaba disfrutando de un fin de semana de ensueño.
Pero ella en su fuero interno no se dejaba de preguntar qué pasaría cuando volvieran a la realidad de la ciudad. En eso pensaba, mientras acariciaba el cabello húmedo de Edward que descansaba sobre su pecho después de haber hecho el amor, otra vez, en esa noche, la última noche a solas en ese lugar.
―Estás preocupada por algo. ―Comentó él como intuyendo o leyendo la preocupación de Bella. Ella detuvo la uniforme caricia por un momento, retomando el ritmo suave de sus dedos otra vez. Suspiró y no le quedó otra que admitir:
―Podría acostumbrarme a vivir aquí… ¿te acostumbrarías tú?
―Seguro… tendría que montar eso sí, una clínica para peces. ¡Cirugía para peces, moluscos y todo tipo de especies marinas, consulte sus precios!
Para cuando terminó de hablar, Bella ya se estaba carcajeando, encantada por el buen humor de Edward, que a ella le hacía tan bien.
― ¡Te hablo en serio! ―Protestó ella cuando sus risas cesaron. Adoptó un tono más nostálgico cuando agregó ―Han sido unos días fantásticos… y no quisiera que se acabaran.
Él se apartó, levantándose un poco, sujetando su cuerpo con sus antebrazos para mirar a Bella directamente en medio de la penumbra del cuarto que era mitigado un poco por la luz de la luna que se colaba por el ventanal.
―Dime qué te preocupa.
―Dijiste que necesitabas unos días a solas conmigo, y ya los obtuviste…
―Un momento ―la detuvo Edward, poniéndose serio―. ¿Crees que ahora que he conseguido como dices tú lo que quería, voy a hacerme a un lado, a olvidar esto, a hacer como si no hubiera pasado?
―Pues… no sé.
―Me ofende un poco que creas eso, la verdad, pero no te culpo ―dejó un beso fuerte y corto sobre los labios de Bella antes de aclarar ―Ahora estás conmigo, Bella, y voy a cuidar de ti. Y para que lo sepas, o para que recuerdes algo que te dije la noche en que llegamos: no podría apartarme de ti, porque la verdad no quiero hacerlo, y eso corre en cualquier lugar a donde nos movamos, ¿me entiendes?
Ella sintió despacio, exhalando despacio. Simplemente era lo que necesitaba escuchar. Alzó su rostro y buscó con sus labios la boca de Edward que la recibió gustoso, comenzando así con el preámbulo que los llevaría otra vez a fundirse al uno en el cuerpo del otro.
