Advertencia: uso y abuso de la palabra "Culo".

Capítulo 22

El después no es tan difícil

Nikolai juró que casi se quedaba sordo ante los chillidos de Elizabeta. También que el mundo parecía acabarse. Por eso y más, alejó el teléfono de su oreja.

¡No lo puedo creer! ¡Te pusiste los testículos donde se debe y se lo dijiste! ¡Estoy tan orgullosa de ti, enano!

—Para tu información, soy un poco más alto que tú.

Estirón de la adolescencia. Suerte que te proporciona la testosterona. Pero, ¡por fin escarmentaste!

—Sí, sí. Me alegra que te pongas feliz por mí.

Lo estoy en serio—rió del otro lado de la línea—Y tienes suerte de que no pueda verte en este momento, porque ya me imagino tu sonrisa de estúpido.

—Eso son inventos tuyos—mintió Nikolai, intentando disimular la sonrisa, como si la húngara realmente pudiera verlo hablando por teléfono.

Claro, claro... ¿y ya es público?

—Maldición, ¡eso fue ayer! ¿Ya quieres que lo hagamos público?

Me refiero a si aparecerán en frente de la escuela dados de la mano y eso. Sería muy digno de verse.

—No creo. No es que a mí me moleste, pero dudo que eso ocurra.

Pero, ¿sí le dirán a sus nuevos amigos, no?

—Algo así... —rió Nikolai.

Bueno, estás yendo a clase. Toma una decisión ya. Te tengo que dejar. Un idiota me está mirando mal y debo tomar cartas en el asunto. ¡Cuéntame cómo te va!

La chica colgó, dejando el rumano solo en su camino a la escuela.

.

Niko~, ¡a qué no sabes qué haré hoy! —exclamó Cian, apenas llegó a reunirse con él.

—¿Te vas a declarar para cumplir con aquella promesa?

Eso ya sonaba como un deja vú. Y en realidad, el rumano ya había ganado de todas formas... sólo que nadie lo sabía.

—¡Estás loco! He tenido muy pocos avances para llegar a eso. Hoy... hoy le haré una pregunta.

—¿Qué le preguntarás?

—Si tenemos deberes para mañana.

—...¿Sólo eso?

—¡Piénsalo! Es una pregunta muy inteligente. Podría hacérsela a cualquiera, así que eso no lo hará sentirse especial, por lo tanto, no sospechará de mis sentimientos. Por otro lado, tengo que encontrar la situación perfecta para que parezca casual que se lo estoy preguntando a él y que no luzca como algo premeditado...

—Pero, el hecho de que le preguntes a él y no a otro, ¿no evidenciaría ya algo?

—... ¿¡Me dices esas cosas para que me confunda!? —se quejó, haciendo un puchero—Seguro es eso. Yo voy a mi ritmo. Además, ni siquiera estás cerca de decirle algo a Stefan. ¡Así que no te des aires de superioridad!

Sí que se ponía sensible cuando tocaban el tema de su Estonia.

—Al menos prométeme que no dejarás la conversación en una simple pregunta de compañeros de clase—suspiró Nikolai.

—No puedo prometer eso—murmuró el pelirrojo—¡Pero haré mi mejor esfuerzo!

—Estaré esperando noticias entonces~—le dijo el rubio—Debo ir a la biblioteca. Nos vemos más tarde.

El irlandés asintió, distraído.

—Ah, y Cian... —lo llamó antes de irse—Para tu información, ya hice avances con Stefan.

—¿¡Qué!?

Nikolai le guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios antes de irse. Era un secreto.

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Sobraba decir, que Cian no pudo cruzar ni una palabra con el estonio.

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Quiso fingir indiferencia cuando Stefan entró al salón de clases, pero no pudo. Inmediatamente levantó la vista y sus miradas se cruzaron. El búlgaro sonrió levemente.

—No hay razones para estar tan feliz si llega tarde, Tsevatanov—le reprochó la profesora, aunque incluso así sonó amable. Era una joven rubia muy menuda, de un pequeño país llamado Liechtenstein. A pesar de su juventud y frágil apariencia, todos le tenían bastante respeto, aunque Nikolai nunca supo muy bien por qué.

Un poco avergonzado, el chico fue a sentarse al lugar que le correspondía, exactamente dos bancos detrás del rumano. Éste último se preguntó si tal vez era momento de cambiar de lugar. Era bastante impersonal dejar ese asiento vacío. ¿Sería muy obvio? ¿Muy meloso?

—...recordemos, que el Derecho Romano a pesar de sus enfoques puede ser aplicado en... —continuó con la clase la profesora. Derecho y Ciencias Políticas. Bastante denso y era un milagro que una persona tan joven como ella supiera tanto de temas tan aburridos y extensos. ¿O tal vez no era tan joven como parecía?

De cualquier forma, nadie pareció darse cuenta si sucedía o no algo entre ellos. Aunque en cierto momento de la clase, el búlgaro le pasó una nota. Nikolai miró primero a ambos lados antes de leerla.

Odio tanto estudiar las bases del Derecho Romano y su Corpus Iuris Civilis :( pero más odio el no poder tenerte entre mis brazos.

Un tic apareció en su ojo. Eso no era muy de Stefan. Se volvió hacia atrás bruscamente, casi llamando la atención de la profesora Lina Zwingli.

El búlgaro hizo una seña hacia su costado. Y Nikolai miró la nota una vez más, dándose cuenta de que esa no era la letra de aquél.

Sonrió a modo de disculpa. ¿De quién era y por qué rayos estaba en sus manos?

Stefan levantaba el mentón, como haciendo un ademán hacia él. Pero no era para él, ¿para quién era...?

Comenzó a negar frenéticamente con la cabeza, ya que el rubio comenzó a señalar disimuladamente a distintas personas de la clase. Feliks se percató de esto, e intentaba ahogar la risa. El de cabello oscuro cerró los ojos, como pidiendo paciencia a algún ser sobrenatural.

Nadie se la concedió.

—¡No seas tan estúpido!—dijo en voz alta Stefan, y la profesora se dio vuelta, alzando una ceja, un poco shockeada por quién había dicho eso. Nikolai le respondió antes de darse cuenta de que habían llamado la atención de la docente.

—¡No es mi culpa que no sepas hacer señas como se debe, maldición!

¿¡Perdón!? ¡Son perfectamente entendibles, eres tú el que no las entiende!

—¡Stefan, serás...!

—Estimados—la dulce voz de Lili los hizo estremecerse—No están presenciando la muerte de Julio César. No hay razones para hacer tanto drama.

Luego de un breve instante en el que se les congeló el cuerpo, los dos chicos pidieron disculpas, un poco avergonzados.

—Me alegra que lo reconozcan—sonrió la liechtensteiniana amablemente—Pero eso no los exime del castigo. Los veo al final del turno. Sala de profesores.

Nikolai estaba boquiabierto, y Stefan lo observaba como si tuviera la culpa de todo. Bien, si había algo que podía arruinar la felicidad del día anterior, eso era un buen ejemplo.

Lo peor es que Nikolai seguía sin captar el mensaje. Continuó meditando sobre eso, arrepintiéndose mucho de su idiotez (que esa profesora te castigara daba un poco de miedo). Y ni pensaba girarse a ver a Stefan. Debía saber bien que él era muy malo para la comunicación no verbal.

Ya se estaba preguntando si esa era su primer pelea de novios (qué espanto, ni llevaban 24 horas desde que se habían confesado. ¿Por qué iba todo tan rápido?), cuando sintió que alguien lo pinchaba con el lápiz.

Sabía que era él. No se giraría.

Lo pinchó con más insistencia. Por un buen rato.

El rumano lo observó apenas de reojo. Sabía que no debía hacerlo. Veía tanto arrepentimiento en la cara del otro que sentía que se le iba a romper el corazón en pedacitos. Tragó saliva, mientras Stefan estiraba la mano para darle algo.

Tomó rápidamente el papel, dándole la espalda para que no viera lo mucho que le había afectado esa escenita.

Perdón.

No era lo más romántico del mundo, pero verlo escrito con su caligrafía divina le derritió un poquito la frialdad a Nikolai. Se dio cuenta de que había algo del otro lado.

La otra nota, ya que no te diste cuenta, bobo, es para Eduard.

Bueno, al menos se resolvió el enigma. Pero, esperen, ¿quién le podría haber mandado un mensaje de amor a...?

Ah. Cian. Ese día estaba un poco lento.

El nombrado parecía estar teniendo sentimientos encontrados. Por un lado, asentía con la cabeza para que le entregara la maldita nota a su enamorado. Por el otro, sus ojos expresaban terror puro.

Decidió hacerle un favor a su amigo. Necesitaba un empujón. Después de todo, ni siquiera había firmado la nota. ¿Qué iba a sospechar Eduard?

Así que arrojó el papel disimuladamente en la mochila del otro. Cian parecía un poco más relajado. Tal vez tardara mucho en verlo. Y pensaría que era una broma.

Aún así, el irlandés sentía que había dado un gran paso.

.

El ambiente en el almuerzo era igual que siempre, aunque Nikolai se sentía un poco tenso. Tal vez se debiera a lo que estaba ocultando. O a la pelea anterior. Cuánto estrés. Cada vez que cruzaba su mirada con la de Stefan, la apartaba un poco incómodo. Cierto que le había dicho al otro que no se preocupara, que nada cambiaría, pero vaya que estar frente a sus amigos que no sabían nada era algo extraño.

(Se había disculpado con él al final de la clase. Ambos rieron, había sido algo realmente estúpido. Por suerte, los habían castigado a ambos. Eso hacía las cosas un poco más fáciles).

—¿Qué carajos les pasa a ustedes dos? —preguntó Feliks de repente—Se están mirando medio raro. Sin contar con que discutieron de forma nada disimulada—y observó a Nikolai con segundas intenciones, sabiendo de sus sentimientos, pero no de cómo las circunstancias habían cambiado.

—Déjalos, Feliks, no tiene que pasar nada—saltó Paulo—Todos estamos un poco cansados.

—Esto no es cansancio, estimado pitufo—espetó el polaco, y continuó antes de que su amigo se quejara por la alusión a su altura—Algo pasó entre ustedes—adivinó.

Los dos chicos se sonrojaron, y su amigo abrió sus ojos como platos.

—¡Algo pasó entre ustedes! —repitió, chillando, y comenzó a zarandear a Cian, quien casi se atraganta con su comida.

Stefan y Nikolai intercambiaron una mirada. Tenían que tomar una decisión. El más alto asintió, dándole a entender al otro de que podía desmentirlo.

—Es cierto, Felks—admitió el rumano—Estamos... eh... ¿saliendo? —esto último lo dijo con cierta duda.

Cian comenzó a toser, porque esa vez se atragantó en serio. A Paulo se le iluminó la cara de felicidad, y Feliks comenzó a chillar, de forma que parecía una caldera con agua hirviendo.

Como para confirmar lo último que había mencionado Nikolai, el búlgaro lo tomó de la mano. Muy casual si no fuera por el sonrojo que tenía en las mejillas.

Ahora el irlandés se golpeaba el pecho con lágrimas en los ojos. Paulo, dándose cuenta de que su problema era serio, se apresuró a golpearle la espalda, aunque todavía con una mezcla de felicidad y sorpresa.

Y los chillidos de Feliks ya habían llamado la atención de las mesas en cinco metros a la redonda, y hasta se ganó un "¡Silencio!" de parte de algún profesor.

—¡No lo puedo creer! ¡La insensible roca que tengo como amigo se enamoró! —el polaco parecía a punto de ponerse a dar saltitos—¿Cuánto tiempo te llevó darte cuenta que querías ese buen culo rumano...?

—Feliks, cálmate un poco. ¿No crees que es un poco incómodo para ellos? —el portugués quería mantener el ambiente lo más estable posible.

—¿Cómo va a ser incómodo? Si yo tuviera el mismo culo que él, me gustaría que me lo digan...

—No es por su culo—aclaró Stefan.

—Dejen mi culo en paz—intervino Nikolai, mirándolos mal.

—Así que se lo ojeaste. Era obvio. Todos lo hemos hecho. Hasta Cian—Feliks ignoró al rumano.

Stefan se sonrojó.

—Yo sólo miro un culo y no es el de Nikolai—discrepó el irlandés.

—Aunque no se compara al de tu hermano, Paulo. Cuando me mostraste esa foto quedé...

—Feliks, basta—pidió el portugués, queriendo darse la cabeza contra la pared—Esto ya es muy bizarro.

—Además, ¿a qué viene hablar de mi culo ahora? —el rumano seguía indignado—¿Recién ahora das tu opinión? Es decir, ¿quién te crees para opinar de él?

—No soy ningún experto, claro—reconoció el polaco—Pero siendo tu amigo, tenía que decirlo en algún momento. Antes no había tanta confianza. ¿En serio no lo consideraste?

—No es tan fácil verse el culo uno mismo.

—¿Podemos dejar de hablar del culo de Nikolai, por favor? —se exasperó el búlgaro.

—Gracias—Paulo parecía a punto de llorar de alegría.

—Mmm... ahí tienes, Niko, su primer escena de celos—comentó Feliks—O puede ser también que se esté poniendo hot. Ahora, si esta es la primera vez, no estoy tan seguro...

Ya iban a regañar al polaco otra vez, cuando Cian comenzó a toser de nuevo.

—¿Otra vez atorándote? Ya es bastante grave esto... —se quejó Paulo.

El irlandés respiraba agitado.

—¡Me envió un mensaje! ¡Vio la nota! ¡Oh Dios, oh Dios! ¿Está mirando hacia aquí? ¿Habrá escuchado? Mátenme, mátenme... —el pelirrojo se estaba convirtiendo en una bola de nerviosismo.

—Tranquilo, ni siquiera está aquí—aseguró el portugués—¿Qué sucedió? No sabía que tenía tu número.

—Lo tenía. Yo... una vez le envié un mensaje borracho. Pero no le dije quién era, y no había contestado, pero ahora sí, debió haber deducido que era el mismo de la nota, oh, no, es peor que Sherlock Holmes...

—Respira hondo—aconsejó el moreno—Muéstranos ese mensaje.

Miércoles 12 de Marzo de 201X, 12:30 hs.

De: Estonia

Hola.

Encontré una nota en mi mochila. Reciente. No sé cómo llegó, pero algo me dice que puedes ser tú el autor.

Más vale que esto no sea una broma pesada tuya, Feliks. Aunque el número no coincide.

Ya averiguaré de quién es.

Saludos cordiales.

—¿Tanto cree que me conoce? —se preocupó Feliks—Y eso que a mí jamás se me pasó por la cabeza hacer esta broma. Lástima.

—¿¡Entienden que va a averiguar mi número!? ¡Sabrá que soy yo! —Cian ya estaba hiperventilando.

—Tranquilízate, Eduard Bombón jamás lo averiguará. Además de que no estás en el grupo de Whatsapp de la clase, él no tiene buenas relaciones con la secretaria y mucho menos con el director. Jamás lo castigaron, así que no tiene acceso a los recintos donde se almacenan los datos e información de los estudiantes—informó el polaco—Por otra parte, yo estoy más que acostumbrado a ir a esos lugares. Tengo contactos que él no. Créeme, para cuando tenga tu número, ya estarás casado y con trabajo estable. Y eso que no te veía alcanzándolo como hasta los 38 años...

—Qué malo eres—el pelirrojo hizo un puchero. Pero pareció creer en las palabras de su amigo. Lo tranquilizaba un poco esa perspectiva.

—En fin. ¡Esto amerita una celebración! —anunció Feliks—Estoy tan feliz de que estén juntos~. Esto va a ser muy divertido. Anyway, van a compartir un hermoso momento de castigo. Aunque no me ilusionaría con sexo ni nada de eso. Probablemente los metan en la sala de profesores y como que no es un ambiente muy proclive a que hagan eso...

Los demás suspiraron. Habían cosas del polaco que nunca cambiarían.

.

Cuando golpearon la puerta de la sala de profesores y Gengis Kan les abrió, Nikolai pudo sentir a Stefan a punto de desfallecer a su lado.

—Hola—saludó simplemente el rumano. Era inmune a la intimidación el mongol (bueno... más o menos).

—Qué extraño verlos aquí... —comenzó el profesor, y antes de que pudiera decir algo, la pequeña Lina apareció detrás de él.

—Eso fue una orden mía—sonrió la liechtensteiniana—...castigados~.

—Ehhhh, ¡Lili! —se escuchó desde adentro. Había sido el profesor de inglés, un indio muy pacifista—Creí que todos en esta escuela estaban entrenados contra tus castigos.

—No todos. Algunos son nuevos, y otros se olvidan. Es la edad—rió la chica, de forma encantadora, aunque a Nikolai se le caía el alma al piso. Entendía por qué tanto respeto a la pequeña mujer.

Hasta parecía que Gengis Kan se tensaba cuando estaba cerca.

—Mmm, yo nunca pensé a encontrarme a estos dos aquí—se escuchó la voz de Heracles Karpusi, el profesor de filosofía—Ya estaba preparado para recibir a Feliks para una discusión filosófica... —bostezó, contagiándole el bostezo a la mitad de los presentes en la sala.

Era muy incómodo tener a todos los profesores hablando de ellos, incluso estando allí.

—Seguro son como una vecindad de viejas jubiladas chusmas cuando se juntan y hablan de nosotros—le susurró el búlgaro al oído.

Para desgracia suya, Gengis-Kan-tengo-oído-de-murciélago lo escuchó.

—Lina—le avisó—No sé cuánto tiempo planeabas dejarlos aquí, pero yo te recomendaría media hora más.

Nikolai comenzó a comprender un poco más la crueldad de aquél hombre.

—Gracias por la sugerencia, pero su falta no fue tan grave. Sin embargo, lo tendré en cuenta la próxima vez~—agradeció la rubia—Aunque, no habrá próxima vez. ¿Cierto, chicos?

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Por suerte su benévola tarea era controlar el orden alfabético de los libros de la biblioteca. "Alemanes" y su OCD. Teniendo en cuenta que ya no mucha gente recurría a ella, no era un trabajo muy difícil.

Se habían repartido las secciones. No era la idea de cita romántica más bonita, pero acordaron en terminar cuanto antes.

Nada de las porquerías sensual-románticas de Feliks.

A Nikolai le gustaba el silencio. Aunque empezó a tener un límite...

—La biblioteca es un poco creepy cuando no hay nadie—comentó el rumano, llevando La Riqueza de las Naciones de Ficción a Economía. Obra de Feliks seguramente.

—No me lo recuerdes—la voz de Stefan sonó muy clara, aunque estaba a unos cuantos metros de distancia—Para colmo todavía siento la mirada asesina de Gengis Kan, lo que lo hace todavía peor.

El otro rió. A pesar de todo, el día resultó ser bastante interesante. Y largo.

Continuaron en silencio, sólo interrumpiendo con los tenues sonidos de su trabajo, hasta que el búlgaro volvió a hablar.

—Oye... de verdad lo siento por lo de hoy. Me puse un poco nervioso.

—Ya te disculpaste. No pasa nada. Yo también reaccioné mal.

—Te defendiste.

—Ya déjalo. No es tan malo. Además, es aburrido dejar la secundaria sin que te hayan castigado ni una vez... ¿supongo? —suspiró—Hablemos de otra cosa. Me sorprendió tu accionar hoy~.

—¿Uh? ¿Qué accionar?

—Me diste la mano así y casi generas un paro cardíaco en nuestros amigos. No me lo esperaba.

—No le des tantas vueltas a eso—por la forma en la que el otro sonó, Nikolai habría apostado a que se encontraba sonrojado—Lo hice porque tenía ganas y ya.

—Qué tierno. También fue tierno que defendieras mi trasero, por cierto...

—Ay, no vuelvas a sacar el tema. Fue demasiado innecesario.

—Te lo tomas muy a pecho. Hay cosas más sensibles—hizo una pausa—Pero, ¿a qué está bueno?

La respuesta de Stefan se hizo esperar.

—...Supongo.

Nikolai, fingiendo estar ofendido, se dirigió a zancadas hacia donde se encontraba el otro.

—¡No puedo creer que me menosprecies así! —dramatizó, tapándose la cara con una mano, y llevando la otra a la nalga izquierda.

—¿Estás tratando de compensar el porcentaje de dramatismo que perdió Feliks cuando salió heterosexualmente del armario que decía "Odio a la Perra Blanca"?

—Estoy tratando de que tomes en serio uno de mis mejores atribu... —iba a terminar, pero se dio contra una estantería en la cabeza.

El estrepitoso sonido de varios libros cayendo fue acompañado por la carcajada de Stefan.

—¡Ahí tienes lo que merece tu atributo! —se burló el búlgaro. Nikolai ni tenía ganas de contestar. Le había dolido bastante el golpe.

Supuso que la ausencia de respuesta mordaz asustó un poco al moreno.

—Eh, ¿estás bien?

—Me duele—el rubio hizo un puchero.

Aunque no podía quejarse mucho, ya que de pronto Stefan estaba arrodillado frente a él. Éste le acarició un poco el cabello, evitando la parte en la que se había golpeado. Eso, y le gustaba ver esos ojos verdes de cerca. Y su cara en general.

El golpe le importó un poco menos cuando el otro se mordió levemente el labio, al parecer preocupado. Nikolai inclinó el rostro, dispuesto a besarlo.

Había llegado a rozar esos labios, cuando la puerta abriéndose de la biblioteca los hizo separarse abruptamente y quedar completamente paralizados.

Por suerte no estaban a la vista, así que nadie podía darse cuenta de que estaban allí. Pero ellos tampoco podían ver a quiénes habían entrado.

—Me pareció muy poco sofisticado de parte de mi primo el estar saliendo con un inglés—dijo una voz de mujer. Era fácilmente reconocible por el acento. Monique Bonnefoy, la profesora de francés—Va casi en contra de sus principios. Y de los míos, en parte.

—¡El amor es amor! Al menos consiguió pareja estable~—respondió otra voz, también femenina, aunque un poco más aguda.

Stefan y Nikolai se miraron. La segunda voz pertenecía a Mei Xiao, la taiwanesa que enseñaba economía.

—Eso lo dices porque nunca te tocó jugar póker contra un británico, mon amour.

Los jóvenes se dirigieron una mirada escéptica. Amour?

La risa de la taiwanesa resonó en la sala.

—Y tampoco me interesa aprender. Honestamente, tu vicio está influyendo en la opinión que tienes de las personas, Monique~—un silencio incómodo (para los oyentes, claro) siguió a eso—Dale una oportunidad—pidió, en voz un poco más baja, aunque todavía muy clara.

—Me lo pensaré. Tendrá que convencerme.

—Será difícil. No mucha gente puede hacerlo...

—Yo diría que sólo una persona.

Stefan observó al rumano con horror. Sus ojos parecían decir "¿fue eso un tono de voz sexy?".

—Bueno—se escuchó a decir a Mei—Qué suerte que se me ocurrió comprar un labial nuevo—rió alegremente.

Ahora fue el turno de Nikolai de mirar al otro con horror.

—Te sienta bien—fue lo último que se escuchó, para luego dar paso a uno de los silencios más largos que cualquiera de los dos haya vivido.

La situación era muy tensa para ellos. Y en cuánto a Nikolai le pareció escuchar el sonido de un chupón, decidió intervenir.

—¿Hola? ¿Hay alguien? —preguntó en voz alta, poniéndose de pie. Stefan lo observó como si se hubiera vuelto loco con aquel golpe.

Puso su mejor sonrisa, y cuando se acercó a las mujeres, intentó no fijarse en la falda taiwanesa levantada mucho más de lo normal, o a un escote inusualmente más pronunciado en Monique.

—Oh, profesoras, hola~.

—¿¡Qué haces aquí!? —exigió saber la rubia, acomodándose las gafas.

—Estoy castigado. Pero me parecía que había llegado alguien, aunque no estaba seguro. No podía escuchar bien~—nunca había mentido tan descaradamente en su vida.

Monique todavía parecía alterada, aunque Mei lucía como que estaba a punto de echarse a reír.

—Uh, hace mucho calor como para trabajar, ¿no te parece? —comentó la taiwanesa, y Nikolai habría jurado que podía sentir las ondas de odio que Monique le envió (pero no tanto como las que le enviaba a él, claro).

—Ciertamente—sonrió falsamente—Si no hay nada en que pueda ayudarlas, volveré a mi trabajo.

—No, gracias. Sólo vinimos porque Mei iba a llevarse un libro. ¿No? —mintió la monegasca.

—¿Libro? Ah... sí—la taiwanesa sacó uno de su bolso rápidamente—¡Para la próxima clase~!

—Profesora... —comenzó Nikolai, con un leve tic en la ceja—Eso es lo que trabajamos hoy.

La cara de Mei al mirarlo le recordó a la chica del exorcista. Casi gritó.

—¡Pues daremos el tema otra vez!

Hasta Monique pareció intimidarse ante eso. Las mujeres dejaron, algo tensas, la sala.

—Cuanto más enanas son—se quejó Nikolai, regresando hacia donde se encontraba Stefan—Más miedo me dan.

—Eres un loco. Mira que interrumpirlas...

—Hubiera sido peor que hubieran continuado. No tienes idea de la pinta que tenían. O peor, que nos hubiesen descubierto. ¡Básicamente, acabo de salvar nuestra vida!

—Lo sé. Fuiste muy valiente—lo felicitó solemnemente.

El rumano sonrió, terminando de arreglar los libros que había arrojado al piso anteriormente.

—Me merezco un buen premio~—comentó entonces, con un tono de voz desinteresado.

—No me digas. Me pregunto qué podrá ser... —continuó Stefan, recostándose contra una pared.

—Tendrá que valer la pena. Casi muero en mi "odisea"—el rubio le guiñó un ojo al decir esto, y se acercó lentamente a él—Se me antoja algo en especial de comer.

—Qué mala suerte. Sabes que no sé cocinar... —protestó.

—"Algo", "especial"—repitió, haciendo mímicas de comillas con sus manos.

A Stefan le costó darse cuenta.

—¿Oh? Oh. Oh—un rubor siguió inmediatamente a la sorpresa inicial del búlgaro—Eres un jodido pervertido de... -

El más bajo no lo dejó terminar el insulto. Nikolai eliminó la distancia que los separaba y besó al otro sin más aviso.

Stefan decidió que era mejor no protestar al sentir los labios del rubio sobre los suyos. Si bien se habían estado besuqueando un poco el día anterior, parecía un juego de niños comparado con eso. Sentía la fría pared del lugar contra su espalda, y a su vez el cálido cuerpo de Nikolai empujándolo contra aquella superficie. Lo abrazó fuertemente por la cintura.

El rumano, por su parte, se estaba felicitando a sí mismo por haber tomado tal iniciativa. Le encantaba sentir al otro tan cerca. Siempre le resultó sexy la idea de acorralar a alguien contra una pared, apoyando las manos sobre la dura superficie, pero jamás se imaginó que le saldría con tanta naturalidad. Aunque quería perderse tocando el cuerpo de Stefan y no esa superficie helada.

Abrió la boca por puro instinto, sin encontrar oposición, y una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo en cuanto sintió la lengua de Stefan contra la suya. Y sintió también los brazos del otro aferrando más el agarre a su cintura.

Nikolai empezó a divertirse mucho. Parecía que el búlgaro quería tomar las riendas del beso, pero a último momento parecía arrepentirse y dejarle todo el trabajo a él. Sentía que dominaba en ese contacto que estaban compartiendo, y le gustaba bastante. Aunque lo que a Stefan le faltaba de atrevimiento a la hora de devorarle la boca, le sobraba en abrazarlo y acariciarlo.

Si bien no se excedía, le encantaban esas manos recorriendo su cintura y espalda baja. Estaba pasándola genial, y a la vez quería más. Continuaron un buen rato así hasta percatarse de que estaban bastante acelerados, con calor, y los labios entumecidos.

Entre respiraciones agitadas, pero sin alejarse mucho el uno del otro, Stefan se limpió un poco de saliva que le había quedado en el labio y le sonrió levemente.

—Qué intenso.

Nikolai rió, tomándolo de la mano.

—¿El día o esto?

—Todo. Tú.

—Espero que sea en el buen sentido.

—Por supuesto—contestó el búlgaro, sonriendo.

—Me alegro—finalizó el otro, inclinándose para besarlo nuevamente.

Pero apenas rozó los labios de Stefan otra vez, el sonido de la puerta abriéndose abruptamente lo sobresaltó. Inmediatamente, escuchó el sonido de un par de tacones que indicaban que alguien se acercaba.

—¿Chicos? —escucharon la dulce voz de la profesora Lina llamándolos—Creo que es suficiente por hoy. A menos que no hayan aprendido la lección~.

Creepy—susurró Nikolai, caminando detrás de Stefan, que intentaba mantener la compostura.

Dejaron el lugar con la extraña sonrisa de la liechtensteiniana sobre ellos. No hablaron hasta salir por las puertas del colegio.

—Valió la pena—soltó el rumano de pronto, y el otro lo observó extrañado.

—¿Por qué?

—Soportar ese castigo.

Stefan se ruborizó enormemente.

—...Gracias—murmuró.

—Oh, no lo decía por ti. Tengo un nuevo chisme para Feliks.

El búlgaro iba a replicar, pero Nikolai comenzó a reír y le besó rápidamente la mejilla.

—Es broma, idiota. Claro que fue por eso—sonrió—Que se repita.

Aunque Stefan decidió no contestarle a causa de la broma, esperó que darle la mano y apretarla levemente fuera respuesta suficiente.


episodio movidito~ mucho protagonismo a los profes. Se lo merecían. Y no va a ser la última vez ;). En fin, espero que les esté gustando hasta aquí. Muchas muchas gracias por todos los comentarios hasta ahora! A algunos les he contestado, aunque lamentablemente a los que escriben como Guest no tengo forma alguna de hablarles D: excepto por aquí. Así que muchas gracias, a ustedes y todos los demás :D!

Otra cosa, esta vez una "mala" noticia: debido a que estoy muy ocupada con la Uni, el margen de capítulos que tengo escritos se ha achicado bastante. Así que en vez de actualizar tan seguido (cada 10 días) decidí actualizar los días 15 y 30 de cada mes. Espero que con ese margen de espera pueda seguir actualizando regularmente. Gracias por su paciencia!

Un abrazo grande, nos vemos en el próximo capítulo~