Capítulo 26. Por los viejos tiempos.
Las mazmorras más profundas del castillo de Gadia eran las más tétricas. Decoraban sus paredes unos extraños altares votivos, con esculturas de dioses desconocidos y rodeadas de símbolos y dijes hechos con plumas y lo que a simple vista parecían huesos. Leclas se distrajo observando uno, y Reizar le llamó la atención:
- Esto es una sección conocida como "Calabozo del Silencio". Creo que la construyeron los magos en especial para encerrar a delincuentes peligrosos. – Reizar tomó una antorcha e iluminó el camino.
- Menuda ironía. – musitó Leclas. - ¿Por qué tienen encerrada a Minaya aquí, entonces? Ella no es un peligro para nadie…
Reizar le miró de reojo. Dejó escapar una especie de bufido y no respondió a la pregunta.
- No sé como abrir las celdas, pero se me ocurre que quizá tenga que ver con esos símbolos de allí. Vamos a moverlos, a ver que ocurre.
- Espera… No creo que sea prudente. Con la magia, si no la entiendes, es mejor no jugar. – Leclas señaló las cerraduras de las celdas: tenían una especie de candado grueso de color ocre. – Aquí hay sangre… Son cerraduras envenenadas, las he visto antes.
- ¿Podrás abrirla? – preguntó Reizar. Leclas se inclinó sobre una de ellas.
- El problema no es abrirla, es que si lo intento, la aguja saltará y nos chorreará con veneno. Podríamos morir en cuestión de segundos. – Leclas se secó el sudor de la frente. – Se me ocurre que, si soy capaz de entrar dentro…
Reizar le iba a preguntar "dentro de qué", cuando Leclas desapareció de su vista de repente. El mercenario se quedó del todo quieto, con temor de pisar al chico que, tamaño minish, escaló la puerta hasta la cerradura. Pasaron unos diez minutos, en los que nada ocurrió. Reizar empezaba a desesperar, cuando la puerta que tenía enfrente se abrió de golpe. Leclas apareció al fin, tras un estallido, sentado en el suelo con el rostro cansado. Hizo un gesto indicando que se encontraba bien y se puso en pie.
- Para algo tenía que servir eso… - murmuró el mercenario.
- Asombroso…
El prisionero que acababan de liberar era un chico de su edad. Vestía la túnica morada de los estudiantes de la ciudad, y era casi más alto que el propio Reizar. Leclas y el chico se miraron un momento, y entonces Leclas exclamó:
- ¡Pero sí eres Linkain!
- Leclas, amigo mío, de todas las personas que esperaba que vinieran, no esperaba que tú fueras una de ellas. – Linkain le tendió la mano y Leclas se la estrechó, tan asombrado que hasta había perdido la capacidad de soltar tacos. – Aunque algo había oído decir que ahora eras un sabio, pero pensé que se referían a otro Leclas.
- Esto, siento interrumpir vuestro bonito reencuentro, pero…
- Ah, sí… - Linkain señaló hacia los símbolos. Las velas que los decoraban estaban parpadeando. – Pronto tendremos a toda la guardia real encima.
- Será mejor prepararse. – Leclas le tendió a Reizar su espada.
- Yo me ocuparé de abrir los sellos de todas las celdas, pero voy a necesitar que me deis tiempo. – Linkain se arremangó. Los ojos ambarinos seguían iguales, y por eso le había reconocido. El resto de su cuerpo había cambiado bastante: lucía algo de barba, se le veía más fuerte y el color del cabello había pasado de castaño a rubio muy claro, casi blanco.
"Estupendo, cuando antes acabemos, antes ayudaremos a Zelda y a Link" pensó Leclas. Al fondo del pasillo, se escuchaba el sonido de una carrera de cientos de botas.
En otro lugar del castillo de Gadia, Link se incorporó de repente. Estaba sentado, con la espalda apoyada en algo duro y frío. Alzó la cabeza y sintió un calambrazo en el cuello. Debía llevar en esa postura horas.
Recordaba estar en un bote, hablando con Tetra… Y después…
Link observó alrededor: estaba en una especie de jaula de cristal, con forma de diamante. Las paredes estaban frías y emitían una luz de colores que le irritaba los ojos. El rey se puso en pie con cautela. Más allá de las frías paredes, veía un altar colocado en el centro de la habitación, y sobre él, una especie de colchón hecho de damasco y seda. Sentada en el altar, había una figura. No podía ver su rostro, aunque reconoció enseguida la abundante cabellera rubia.
- ¡Tetra! – Link golpeó la superficie de cristal, con la esperanza de atraer la atención de la princesa. Esta ni se movió, y la prisión solo emitió un ligero destello rojizo.
Era inútil registrar sus bolsillos: el enemigo le había quitado la flauta de la familia real y la lente de la verdad.
- No recuerdo… que sucedió en el muelle… - Link se llevó las manos a la cabeza. Sentía un dolor agudo en el centro mismo de su cerebro.
Al otro lado de la sala, se descorrió una cortina, y una figura tambaleante atravesó el lugar. Observó a Link, y el rey, aunque jamás había llegado a verle el rostro, supo enseguida que era Aganhim. Esas manos huesudas y aquel extraño color de piel eran inconfundibles.
- Buenas tardes, alteza. – el sacerdote dijo esto con voz muy ronca, y luego tosió. Cuando terminó, avanzó hacia el altar. Link podía ver ahora que, detrás de él mismo, en un atril de oro, estaba el Libro de Mudora, con la lente de la verdad colocada sobre él. – Es hora de comenzar el "envío"
- ¡Aganhim! – Link golpeó la superficie de la prisión. - ¡Deja a la princesa¿Para qué la quieres, eh¡Yo soy al que andáis buscando!
- No se equivoque, alteza. – Aganhim se apoyó en el atril. Parecía que le costaba respirar, pero conservaba fuerzas suficientes para usar la lente de la verdad en busca del hechizo. – Puede que sepáis los planes de mi señor, pero no sabéis toda la verdad.
Aganhim recitó un conjuro, y entonces el cuerpo de Tetra empezó a levitar por encima del altar. La sala entera se llenó de electricidad y la temperatura subió. Aganhim seguía recitando los hechizos, uno tras otro, sin importarle la presencia de Link.
"Si yo fuera realmente poderoso, esta prisión no me detendría… Podría bloquearle, detenerle…" Link, a falta de una idea mejor, escuchó con atención las palabras del mago. Y las reconoció: era parte del conjuro para abrir la puerta al Mundo Oscuro.
- ¡Detente¿Qué pretendes hacer?
Aganhim siguió concentrado en su tarea. "Si realmente el plan estuviera yendo como ellos esperaban, entonces se tomaría su tiempo. Un hechizo no es fácil realizarlo si estás bajo presión" Link sonrió para sí. "Eso significa que…"
- Tú, vieja momia, deja a Tetra en el suelo y termina el combate.
- ¡Zelda! – Link sonrió hacia la labrynnesa. La chica, con la espada apuntando al viejo sacerdote le dedicó una rápida mirada.
- ¿Estás bien? – preguntó Zelda sin apartar la mirada de Aganhim.
- Sí; pero debes detenerle. Va a enviar a Tetra al otro mundo.
"Que bien¿no? Un incordio menos…" pensó fugazmente Zelda. Desechó con rapidez. esta ocasión, solo la mirada de alerta de Link y la voz de él pidiendo que se diera prisa la hizo reaccionar.
Y también el recuerdo de la frase del rey de Gadia. Por encima de todo estaba su misión como primer caballero.
- Pequeña molestia… - Aganhim sostuvo una mano en el aire, mientras que con la otra lanzó el siguiente hechizo. Zelda lo esquivó con facilidad, y la bola rebotó en la pared. Parecía que la bola iba a darle por la espalda, cuando Zelda, saltando por encima del altar, hizo un giro en el aire y clavó su espada en el pecho del sacerdote.
O lo que parecía él. Zelda se apoyó en el altar y a punto estuvo de tropezar con el colchón de damasco. Tetra continuaba en el aire, suspendida a unos metros. Zelda pensó en sacarla de allí, pero Link le gritó:
- ¡No la toques!
- ¿Qué es lo que debo hacer? – le preguntó Zelda. Aganhim parecía haberse disuelto en el aire como ocurrió en el salón del trono.
- Busca mi flauta, coge el libro de Mudora y la lente de la verdad. – ordenó Link. Su mente trabajaba a toda prisa. Zelda no era hechicera, ni siquiera sabía tocar un instrumento, pero era mejor recuperar esos objetos que dejarlos en manos del enemigo.
Zelda obedeció enseguida. Guardó la flauta en el bolsillo de su túnica, junto con la lente. Cerró el libro de Mudora, y entonces escuchó el grito de advertencia de Link. Aganhim parecía haber retornado, y trataba de eliminar a Zelda por la espalda. La chica subió al atril, dio un salto rápido y, desenvainando en el aire, volvió a acometer contra el sacerdote. Esta vez, el anciano empleó una de sus bolas de energía como escudo.
- Estoy tan cerca de cumplir… el trato… - musitó.
- Lo siento, viejo, los negocios son así. – Zelda desvió la bola de energía. La señal del triforce brilló en su mano cuando echó hacia atrás la espada. Aganhim trató de protegerse otra vez usando su hechizo, pero el ataque de tos le sacudió el cuerpo de tal forma que se inclinó hacia delante.
Link fue testigo de la fuerza con la que el cuerpo del sacerdote salió despedido, y cómo se estrelló contra la pared de la habitación. El temblor hizo que la prisión donde estaba Link se tambalease, golpeando el suelo. Tetra permaneció en el aire, aunque estuvo a punto de bajar.
- Ahora... - Zelda colocó la punta de la espada bajo el mentón de Aganhim. - Vas a liberar a Link, soltar a Tetra, y por último, explicarnos exactamente en qué consiste ese trato con Vaati o con Urbión...
Aganhim se llevó la mano al pecho. Dirigió una mueca de soslayo a la labrynessa, y musitó algo en voz baja. Zelda temió que se tratara de algún truco, pero resultó que las paredes de la prisión desaparecieron. Link se incorporó, aturdido y sin un rasguño. Zelda le lanzó la flauta plateada sin dejar de vigilar a Aganhim.
- Bien, ahora, explícate mejor, viejo.
Aganhim tosía, y se arrastraba por el suelo como si aún buscara un resquicio de poder. Alzó la vista hacia su ejecutora. Mientras, Link, tirando de las ropas de Tetra, logró hacerla bajar.
- Muchacha... Yo hice un pacto con el Señor del Inframundo, injustamente convertido en piedra. A cambio de mis servicios en este mundo, me daría lo que más ansío: juventud y fuerza. Sin embargo, ya me advirtió que, si me enfrentaba a ti, estaría perdido.
- ¿Quién es Vaati?
Link hizo esta pregunta desde el altar. Tanto Zelda como Aganhim parecían haberse olvidado de él. El rey de Hyrule sostenía a la princesa de Gadia entre sus brazos. Trata de reanimarla golpeando la cara con suavidad, pero no obtenía respuesta.
- Vaati es un aliado más de nuestro señor, como Devian, como Gohma, o como la Vilipendia... Y aún hay más aliados, más fieles y más poderosos... - Aganhim empezó a toser otra vez. Zelda vio que, en las baldosas bajo la cara del sacerdote, se formaba un charco de sangre oscura. - Alteza... El hechizo para liberar al rey Rober está en el Libro de Mudora. Buscadlo y salvadle...
- Si esperas que, ayudando al rey de Gadia, yo te perdone la vida, estás muy equivocado. - Zelda levantó la espada. Link le gritó que se detuviera, y la chica así lo hizo... pero no porque obedeciera.
Aganhim sonrió y mostró a Zelda los dientes manchados de carmesí.
- No lo hago por bondad... - Aganhim escupió sangre los pies de Zelda. Sobre las botas de la muchacha se quedaron las gotas, brillando. - Al menos, que él viva para ver la destrucción de este mundo.
Y, emitiendo una risa extraña, entre la agonía y la diversión, Aganhim falleció bajo la mirada atónita de la primer caballero de Hyrule.
En las catacumbas, los soldados atacaban al grupo de magos. El chico que Leclas había llamado Linkain los mantenía a raya. Reizar había arrebatado una de las armas a un soldado, una espada más pesada y manejable que la espada gemela de Leclas, y, usando las dos, repelía los ataques que le dirigían tanto por la izquierda como por la derecha. Leclas hacía rato que había desaparecido, con la misión de localizar a Minaya y sacarla de allí.
El shariano corría por los pasillos, llamando a gritos a la pintora. Al fin, escuchó un grito de auxilio que provenía de una celda al fondo del amplio pasillo. Leclas se asomó antes. Minaya se asomó también al mismo tiempo y le dio un susto.
- ¿Qué está pasando? - preguntó la pintora.
- De todo un poco. - Leclas se inclinó sobre la cerradura. - Ay, otra venenosa, no por las diosas... - Se incorporó, alzó las palmas y musitó: - En fin, qué se le va a hacer.
Unos minutos más tarde, Minaya salió de la celda. Leclas estaba sentado, con las ganzúas en las manos. El dolor iba y venía, recorriendo sus huesos. La pintora le preguntó si se encontraba bien.
- Sí, pero necesito descansar un poco. - Leclas aprovechó la ocasión para preguntarle a Minaya. - ¿Cómo has acabado en la cárcel¿Tan mal pintabas?
Si no fuera porque el rostro de Leclas estaba volviéndose amarillo, Minaya le habría dado un capón.
- Fue después de ayudar a Kafei a salir de Salamance. Los guardias y ese Aganhim aparecieron en mi domicilio. Traían el cuaderno con vuestros retratos, me acusaron de proteger a unos peligrosos criminales que habían secuestrado a la princesa Altea, y me encerraron aquí, con los magos... - Minaya buscó una antorcha, la bajó del pedestal y la apagó.
- Como si tú fueras un peligro, jejejeje... - Leclas logró incorporarse. - Reizar y los magos están conteniendo a los soldados. Creo que puedes escapar, aprovechando el barullo. Yo regresaré para ayudarles...
Minaya iba a quejarse, cuando una figura apareció al fondo del pasillo. La pintora y Leclas se giraron a la par.
- Anda... ¡Zelda!
El ánimo de ver a la guerrero le quitó todos los dolores. Leclas se levantó y se dirigió a la chica con su habitual gesto de burla:
- Bueno, Caballero Zanahoria... ¿Dónde has dejado a Link¿Cómo están él y Tetra?
Zelda avanzó, y entonces Leclas se dio cuenta al fin de que a Zelda le ocurría algo extraño. Para empezar, sus ropas eran grises y negras, con la mano derecha sostenía la gran espada Biggoron, y con la izquierda, el magnífico escudo espejo. Leclas pensó que, quizá, Zelda se había cambiado de ropas y encontrado las armas... Pero nada explicaaba el color de su cabello, oscuro como el carbón. Esta extraña Zelda solo poseía color en los ojos verdes profundos.
- Esa no parece Zelda. - dijo la pintora.
- Ya lo veo... - Leclas se puso en guardia. - Será una broma de ese Vaati, parece que le gusta disfrazarse.
La chica que se parecía a Zelda sonrió, y al hacerlo, Leclas tuvo la extraña sensación de contemplar a su amiga, y no a una doble. Porque él creía que solo Zelda era capaz de sonreír de esa forma: media boca burlona, media boca satisfecha. Minaya le advirtió demasiado tarde. Leclas vio que la chica de ropas negras se precipitaba sobre él. La biggoron emitió un fulgor azulado desde la empuñadura hasta la punta. Leclas rodó hacia atrás y se puso lo más a salvo que pudo de la gran espada.
No contaba con la puerta que acababa de abrir. Tropezó y se golpeó contra algo afilado en la espalda. Recordó demasiado tarde su discurso sobre las cerraduras envenenadas. Giró un poco la cabeza y vio que, efectivamente, la trampa en la cerradura había saltado cuando él se golpeó contra la puerta. Unas gotas de sangre rodeadas de líquido verde le anunciaban que se había envenenado a sí mismo.
La falsa Zelda giró la biggoron, tal como haría la auténtica dueña. La misma técnica empleó para asestar a Leclas un segundo golpe, más fatal incluso que el veneno que empezaba a correr por sus venas. Dedicó una mirada a Minaya, pero la pintora parecía haberse volatizado. Leclas aterrizó en el interior de la prisión. Sentía la sangre correr por su pecho. El peso de la ropa le pareció irreal, como si se tratara de una gran mano que le tuviera atrapado. La Zelda oscura le agarró del cuello y le levantó en el aire. No le costaba ningún esfuerzo. Leclas tenía los ojos de la chica tan cerca que podía ver su propio rostro reflejado en el iris verde.
- ¿Dónde está?
Si aquella chica era una imitación de Vaati, entonces debía felicitarle. Había conseguido dominar la voz de Zelda, con el acento labryness por encima, y también su tono serio e irónico. Hasta el gesto de asco que dedicó a Leclas era uno de los que le vio hacer miles de veces.
- ¿El... qué? - Leclas no luchaba. Ya no tenía sentido. Cuanto más esfuerzo hiciera, más rápido se hincaría el veneno en sus venas.
- El orbe de Farore, sabio del bosque. - La falsa Zelda le dedicó otra de sus sonrisas. - Vamos, Leclas, por los viejos tiempos.
Leclas se echó a reír, y esto desconcertó a su enemigo. Zelda le sacudió con fuerza contra la pared y apretó la garganta de Leclas usando el filo del escudo Espejo.
- No te lo daré... - Leclas escupió a la cara de la chica. - Tú no eres Zelda; y no tengo qué hacerlo por los viejos tiempos.
Ahora el turno de reír, aunque fuera con una carcajada corta, fue de la falsa Zelda.
- Es un mensaje de mi señor. - acercó los labios a la oreja de Leclas y susurró, muy lentamente: - Urbión.
Apartó la mano de la garganta, a la par que desaparecía del campo de visión cada vez más empequeñecido de Leclas. De hecho, el chico no pudo levantarse para seguirla o para continuar la lucha. Desde el suelo, hecho un ovillo, le pareció escuchar la voz de Minaya, y luego un grito de dolor que no provino de la pintora. El resto se hundió con él en la oscuridad.
Zelda y Link regresaron al salón del trono. El rey llevaba entre las manos el libro de Mudora y la flauta de la familia; Zelda cargaba sobre su espalda a la princesa Altea "Tetra", que seguía inconsciente a pesar de los intentos de Link por despertarla. Los dos se detuvieron frente a la figura que yacía a los pies del trono.
- Este es.. ¿el rey Rober? - Link se agachó al lado del anciano decrépito. Le tocó el hombro, y la figura emitió un largo gemido de dolor. - ¿Rober XII, el Azote de los Cuatro Vientos?
- ¿Por qué a los reyes os gusta tanto poneros motes ridículos? - Zelda soltó a Tetra en el trono, sin miramientos. Link le dedicó una mirada de reproche, a lo que Zelda respondió: - Solo trato de que se despierte... Anda, cúrale.
Link se llevó la flauta a los labios y empezó a tocar la canción de la curación. Al instante, toda la sala estaba teñida de un increíble color dorado. Link había cerrado los ojos, y tocaba con mayor velocidad. El rey Rober permanecía en el suelo, pero poco a poco sus mejillas se llenaron, la piel recuperó su tersura y hasta el cabello perdió unas cuantas canas. Cuando abrió los ojos, ya no tenía la mirada perdida, y sus dedos no parecían garras.
Lo primero que hizo el rey Rober cuando se vio libre de la maldición, fue mirar a Link. Pasaron unos segundos, que a Zelda se le hicieron interminables. El rey Rober abrió la boca, y Zelda, solo por si acaso, se llevó la mano a la empuñadura de la espada.
- Tú eres Link V Barnerak... ¿me equivoco?
Link sonrió.
- Sí, lo soy... Yo... estoy agotado, perdóneme, rey Rober. - Link se apoyó en el trono.
- Todos lo estamos. - Zelda percibió un sonido... En algún lugar bajo ellos. Se acordó entonces de Leclas, y de los presos en las mazmorras. - Esto, alteza...
- ¿Sí? - respondieron a la vez el anciano y Link, los dos desganados.
- Bueno, yo me refería al rey de Gadia... Rey Rober... Estaría bien que ordenarais a vuestros soldados que dejaran a los magos y depusieran las armas. Más que nada, para que no os destrocen el palacio...
El rey Rober sonrió. Se puso en pie un tanto vacilante y pidió a Zelda que tirara de un cordón dorado que había tras el sillón del trono. Solo que no acudió la guardia, sino un grupo de jóvenes harapientos, luchando contra los soldados. Llegaron como una exhalación, y uno de ellos, con los ojos dorados, gritó:
- ¡Señor, venimos a liberarle!
- Anda... ¿Linkain? - Zelda, que instintivamente se había colocado frente a Link, sentado en el suelo, guardó la espada.
- ¡Zelda! Entonces... - Linkain miró al rey de Gadia.
- Estoy bien, muchas gracias por venir en mi auxilio... - el rey pidió entonces que cesara la lucha, algo que los magos y los soldados obedecieron al instante. - Estos chicos de aquí son mis invitados de honor.
Iba a añadir una serie de órdenes para que sus súbditos las cumplieran, cuando un haz de luz cruzó el salón del trono. Todos se pusieron en guardia: desde los magos y soldados, hasta Zelda. Link se puso en pie, alarmado de súbito por lo que había sentido en la piel...
- ¡Ayuda! - gritó una figura, en medio del haz de luz. Cuando se disipó, Minaya apareció. Enarbolaba una antorcha apagada, y arrastraba una figura que sangraba a borbotones. Zelda le reconoció por las feas cicatrices de la parte superior de la cabeza.
- Leclas...
- De veras, señor, nos sentimos muy halagados, pero no debe tomarse...
- Tonterías. Joven rey, usted y sus aliados han salvado a mi querida nieta. - el rey Rober sirvió una copa de vino a Link. El chico ya le había explicado que él no solía beber, pero el rey insistió. Por lo poco que sabía Link de protocolo gadiano, podía deducir que el hecho de que el rey sirviera vino era una muestra de aprecio y de igualdad.
El rey Rober también escanció la copa de Zelda hasta el borde, y la de Reizar hasta la mitad. El chico de Beele iba a quejarse por el trato, cuando Minaya le dio un codazo. A ella, el rey le sirvió también hasta el borde.
Cuando acabó el ceremonial, Rober XII ocupó la silla más labrada de la estancia, al frente de una mesa llena de manjares que hacía meses (algunos de ellos, años) que no comían. Habían pasado dos días desde la muerte de Aganhim. El grupo al completo ocupaba todo un ala del palacio, y hasta esa misma mañana Link no había sido capaz de levantarse.
El rey Rober se inclinó hacia Link y preguntó:
- ¿Cómo se encuentra vuestro amigo?
- Aún no ha despertado, pero los magos sanadores dicen que se recuperará. - Link percibió que el rey Rober le miraba fijamente, con mucha atención. No le quedó más remedio que tomar la copa y sorber un poco de vino. - Le agradecemos sus atenciones y...
El rey chasqueó la lengua. Bebió un poco de su vino y, sin dejar de observar a Link, pidió a los comensales que empezaran a cenar, y que mientras le contaran como había sucedido todo.
Según el rey Rober, hacía casi más de un año que él había perdido toda capacidad para tomar decisiones. Era como si la mayor parte estuviera dormido, sumido en un sueño extraño donde todo era amenazante y desconocido. El único que podía ayudarle a sentir paz era Aganhim. El viejo sacerdote empezó a controlar el reino, pero de tal forma que nadie pudiera dudar de su gestión. En general, en Gadia todos estaban contentos con sus hospitales, sus iglesias, sus mercados, los barcos llenos de mercancías, grandes casas y preciosas calles... Sin embargo, Aganhim sometía a todos los gremios a un estricto control. Censuraba sus libros, prohibió el teatro y cualquier diversión callejera, las fiestas, la publicación de obras de pensamiento... Lo único que permitía era la novela y la poesía, siempre y cuando pasara por un censor.
- Esto hizo que los magos se rebelaran... - musitó Link. El rey asintió.
- Aganhim debía saber que estaban planeando una revuelta, y por eso los mandó encerrar. También, sospechando de todos los hyruleanos o personas con algún parentesco con vuestro reino, mandó detener a todos ellos. Mi reino ahora es un caos, pero podré solucionarlo... - El rey Rober miró hacia una silla vacía a su derecha.
- ¿Te...? Digo... ¿Lady Altea se encuentra bien, verdad? - Link miró de reojo a Zelda. La labrynessa estaba muy callada, quizá porque estaba aún agotada de pasar la noche al lado de Leclas, pero también preocupada por el relato de Minaya. La guerrero levantó la mirada al escuchar el nombre de Altea.
- Sí, ella solo necesita reposo. - el rey tomó de nuevo la copa. Sorbió otro poco y dijo: - Señorita Esparaván, a usted le debo que mi nieta siga con vida. Si aquel malvado hubiera terminado el conjuro que planeaba realizar, entonces hubiera sido fatal para la vida de Altea.
- Podría explicar lo que me dijo en el salón del trono. - Zelda no había bebido de la copa. En su lugar, observaba al rey de Gadia con cierta hostilidad. Tanta ceremonia y palabras rebuscadas le hacían desconfiar.
Rober XII tomó un trago más largo de vino. Cuando empezó a hablar, lo hizo en voz tan queda que todos los presentes (Minaya, Reizar, Link y Zelda) tuvieron que inclinarse un poco para escucharle por encima del crepitar del fuego.
- Mi hija era la única heredera a la corona de Gadia, futura reina. Sin embargo, se casó con un joven... - el rey hizo un gesto de desprecio, pero añadió: - honrado pero con un pasado algo tumultuoso. Al rey consorte le encantaba navegar, y le hice capitán de mi armada para que al menos tuviera una ocupación decente... - el rey miró a Link unos segundos, y este pudo apreciar que en los ojos del rey brillaba algo parecido a la nostalgia. - Esperé un tiempo antes de cederle la corona. Poco después de la coronación, los reyes de Gadia se marcharon a un viaje hacia unas islas, para descansar un poco. Se llevaron a mi nieta, que entonces tendría unos 10 años... Una tormenta eléctrica alcanzó el barco. En pleno océano, solos y con el barco en llamas, toda la tripulación saltó al mar. Mi nieta apareció sobre los restos de un madero, navegando a la deriva...
- Algo así me contó Te... digo, Altea... - Link suspiró. - ¿Pero qué tiene que ver con el oráculo de Zaeta?
El rey observó su reflejo en el fondo de la copa de vino.
- Encontramos a Altea viva gracias a los poderes de Aganhim. Ella no se acordaba de nada, ni siquiera de sus padres. Algún tiempo después, Mitsuita Chang, entonces maga de la corte, me habló del Orbe de Zaeta. Según ella, el orbe buscó un lugar donde hospedarse, y ese parecía ser el cuerpo de Altea, más concretamente, en su corazón. Por ese motivo, el cuerpo de Altea sobrevivió al accidente, y con él, su espíritu. Sin embargo, Mitsuita me advirtió: si alguien intentara arrebatarle el orbe de Zaeta, ella moriría como debió morir entonces.
Zelda, sentada al lado de Reizar, vio como el mercenario cerraba el puño por debajo de la mesa.
- Vaati y Aganhim habían encontrado el orbe de Zaeta, y este se les escapó de las manos. - Link recordó como los marineros del barco tenían interés en llevarse a Tetra.
- Bueno, señores, yo me retiro. Debo terminar con algunos asuntos. - el rey Rober se puso en pie, y los asistentes a la cena se levantaron de sus asientos. - Rey Link, me gustaría hablar con usted en privado en mi despacho. Si puede pasarse antes de la medianoche.
- Sí, señor, así haré. - Link hizo una ligera reverencia. El rey Rober sonrió como si Link hubiera dicho algo gracioso, y se marchó de la sala.
Sin la imponente presencia del rey Rober, Zelda se sintió más relajada. También Reizar. El chico de Beele no tenía ni idea de protocolo y mucho menos de los mínimos modales en la mesa. Solo había llegado a imitar los movimientos de Minaya y Link, torpemente.
- Algo le habrás hecho, te miraba con cierto recelo. - comentó entonces la pintora, sirviéndose un poco de vino.
- Puede que se acuerde de las pruebas para caballero, las que suspendí de esa forma... - Reizar alzó la vista al techo, con cara de resignación.
- Sea lo que sea, hay asuntos más importantes que discutir. - Zelda se rascó los ojos. - Minaya, necesito escucharlo otra vez, porque aún no me lo creo... ¿Una doble mía atacó a Leclas?
La pintora asintió.
- Parecía tu hermana gemela pero con el pelo oscuro. Tal y como eras cuando te disfrazaste de peregrina, solo que esta chica parecía estar llena de odio y maldad. Derribó a Leclas con una fuerza increíble. Tuvo suerte de sobrevivir. - Minaya tenía la mano derecha vendada. Se dio cuenta que el rey de Hyrule miraba la herida, y entonces añadió: - Sí, alteza, yo me enfrenté a la doble de Zelda. Hacía mucho tiempo que no empleaba la magia para pelear, pero la ocasión la requería. Dejé la escuela de magia cuando tenía 20 años, y desde entonces no había realizado ningún conjuro...
- Pero sabías que ves el futuro, o al menos lo intuyes. - dijo Link.
- Sí, "chico ay". - Minaya sonrió.
- Y cuando nos presentamos, ya sabías que yo...
- La gente que ve el futuro en sueños tiene... una forma de mirar distinta de los demás. Es muy sutil la diferencia, pero cuando eres alguien como yo, acostumbrada a fijarse en los pequeños detalles, aprendes a distinguirla. Pero me sobreestimas. Mis poderes adivinatorios solo se manifiestan a través de la pintura, pero en muy raras ocasiones. - Minaya señaló a Reizar. - Por ejemplo, a todos os hice un retrato, como ya recordarás, y solo acerté en lo de la silueta de Zelda. Dibujé a Reizar como un caballero, y aún no lo es.
Reizar refunfuñó algo por lo bajo, maldiciendo a la pintora. Zelda no siguió la broma.
- Linkain ya nos explicó lo de la rebelión de los magos, y prometió que si averiguaba algo más sobre el orbe de Pan, que vendría a vernos. En cuanto Leclas se recupere, nos marchamos a Termina y luego a la Torre de los Dioses. - Zelda se puso en pie y se acercó a la chimenea encendida.
- ¿Y qué pasa con Te... digo Altea... digo Tetra? - Link también se había puesto en pie.
- ¿No querrás que le sirvamos en bandeja el último orbe? Le haríamos un gran servicio a Vaati¿no crees? - Zelda miró de reojo a Link.
- Pero tampoco podemos dejarla aquí sola. Vaati ya se infriltó en ese lugar una vez, no le resultará difícil hacerlo otra. Está en peligro. - Link buscó el apoyo de Reizar.
- Estoy de acuerdo con Zelda. Además... - Reizar iba a añadir algo más, pero en ese momento sonaron unos golpes en la puerta. Un criado pasó y anunció que los magos sanadores habían logrado estabilizar a Leclas. De hecho, se había despertado, y preguntaba por Zelda.
- Hablaremos de ello mañana. - Zelda salió de la habitación con cierta prisa. No se debía solo al hecho de saber que Leclas estaba fuera de peligro... Sino más bien que había sentido cierto dolor en el pecho al comprobar que Link quería que Tetra continuara el viaje con ellos. "Seguro que la echaría de menos, el muy sentimental ya le ha cogido cariño" pensó, tratando de frivolizar con los pensamientos que habían cruzado su cabeza.
Link también quería ver a Leclas, pero el mago sanador había explicado, a través del criado, que solo podía verle una persona de momento. Tal y como habían estado las cosas entre Zelda y el sabio gruñón, era mejor cederle a ella el puesto. Estuvo con Reizar y Minaya en el comedor, conversando un buen rato. La pintora le enseñó algunos hechizos sencillos, que a Link no le costó aprender a dominar.
- Tal y como se han desarrollado las cosas, creo que ya no hará falta consultar con el árbol Maku. - comentó Reizar.
- Es una lástima, tenía curiosidad por conocerla. - Link observó el reloj de arena. La medianoche se acercaba. - El rey me ha pedido que pase a verle...
- Que la suerte de las diosas te protega. - dijo Minaya.
- Es muy tarde para reuniones. Dile que estás cansado y que ya hablaréis por la mañana. - Reizar apoyó los pies en la mesa. Inclinó la silla y se balanceó adelante y atrás.
Link dirigió a Reizar una mirada entre extrañada y confusa. El rey no se acordaba muy bien de lo ocurrido tras llegar al muelle privado, pero tenía la sensación de haber tenido un sueño premonitorio. Y que ese sueño estaba relacionado con Reizar. Por si acaso, de momento evitaría tener contacto físico con él, hasta estar seguro de lo que vio. No podía arriesgarse a quedar fuera de combate tanto tiempo. Mientras caminaba hacia el despacho del rey de Gadia, Link pensó con rabia que, si no hubiera sido por la aparición de Zelda, Tetra y probablemente él estarían muertos. "Ella siempre me está salvando. A la hora de la verdad mis poderes y todos mis conocimientos se quedan en nada. Vale, derroté a Devian, pero creo que más bien ella se fue corriendo. Había cumplido con su misión: atrapar a Zelda el tiempo suficiente para crear a esa "Zelda malvada". En realidad, no hice nada..."
No podía entrar en el despacho del rey de Gadia con esos pensamientos tan pesimistas. Intuía que el rey quería hablarle de los pactos y de la situación de su reino y el de Hyrule. Por tanto, debía estar despejado y atento. Golpeó la puerta con los nudillos y pasó cuando recibió el permiso.
El rey Rober estaba sentado ante un amplio escritorio. Frente a él, había como dos montañas de papeles colocados unos sobre otros en columnas interminables. A Link aquella escena le resultó familiar, y le produjo una cierta nostalgia. Él debía estar haciendo lo mismo, pero allí se encontraba, lejos de su pueblo.
- Siéntate, muchacho. - le indicó con afabilidad el rey que se sentara en un sillón frente al fuego. Link obedeció. Enseguida se disculpó por interrumpir su tarea, y ofreció la posibilidad de dejar la conversación para otro momento. - Si te he pedido que vinieras, ahora, es porque tengo muchas ganas de tener una conversación de hombre a hombre. - el rey Rober se sentó en otro sillón.
Los dos permanecieron un rato en silencio. El rey Rober tomó una pipa exquisitamente labrada y emprendió la larga operación de rellenarla de tabaco y prender fuego. Link aguardó con paciencia. El despacho del rey Rober era una estancia amplia, bien caldeada. Tenía pocos libros: en las paredes lo que más predominaban eran cajas para archivar documentos y cuadros (la mayoría, marinas). Link fijó su vista en un retrato que había encima de la chimenea: una chica rubia, con las orejas de los hylians y una gran sonrisa. La nariz estaba cuajada de pecas, y los ojos eran verdes y rasgados. Por unos segundos, pensó que se parecía un poco a Zelda, pero entonces se dio cuenta que más bien, aquella mujer era como Tetra.
- Es mi hija, Lady Altea. Su madre ocupa otro lugar. - El rey señaló un retrato colocado cerca de la puerta. Suponía Link que de este modo, el rey podía ver el rostro de su esposa fallecida cada vez que levantaba la vista de los papeles. - Te estarás preguntando por qué tenía interés en hablar contigo a solas. Ah, perdona si uso un tono informal.
- Me gusta más así, señor. - aclaró Link.
- El motivo es... bueno, resulta un poco difícil comenzar. - el rey Rober buscó valor en el humo de su pipa para seguir. - Bueno, ante todo... Debo decir que te pareces más a tu padre de lo que me había esperado imaginar.
- ¿A mi padre? - Link sorprendido, se puso un poco rojo. - Pero él era... Bueno, mucho más alto, y más fuerte. Creo recordar...
- Para un niño de cinco años, su padre le debía parecer un gigante. Conocía muy bien a Lion, llamado "el rojo" por sus habilidades en el combate y por lucir una armadura de este tono. Tu abuelo Dalphness y yo éramos primos. En esos tiempos, ya lejanos, nuestros reinos eran aliados. Gadia e Hyrule lo compartían todo, después de tantos siglos de diferencias. Yo me casé, tuvimos a Altea; tu abuelo tuvo a Lion más o menos por las mismas fechas... Y los dos pensamos que era el momento de unificar en uno los dos mayores reinos de este continente. Como ya os he contado durante la cena, Altea rechazó a tu padre. Era normal, pues para ella Lion era "ese primo pesado que le tiraba de las trenzas y se burlaba de sus pecas". Por aquel entonces, tu abuelo murió y tu padre fue coronado con apenas 18 años. Entonces, conoció a tu madre, Lady Estrella. Abandoné a mi pesar la idea de unificar los reinos, pero cuando supe que habías nacido, volvieron las esperanzas.
Link escuchaba, entre sorprendido, admirado y también un poco asustado.
- Por aquel entonces, teníamos problemas con los orcos, en la frontera cerca de Hyrule. Pedimos ayuda a vuestras tropas, y tu padre las encabezó. Fue en esa batalla donde perdió tan trágicamente la vida. Tu madre se convirtió en regente, y entonces se desató su locura. Me acusaba de ser el responsable de la muerte de Lion, y además argumentaba que era parte de mi complot para invadir Hyrule. Cerró las fronteras y expulsó a todos los gadianos que se habían establecido en su reino. Por mi parte, traté de razonar con ella, pero mis esfuerzos fueron contestados con violencia, y dejé de enviar emisarios. Yo también tenía mi orgullo, y declaré el reino de Hyrule enemigo de Gadia, no sin sentir antes una cierta amargura. Cuando escuché que la reina Estrella había sido víctima de una conspiración, y también que tú habías tomado el mando el reino, recordé los viejos sueños y entonces es cuando envié a Aganhim.
- La propuesta que hizo el sacerdote... era cierta. Yo pensé que era parte del plan de Vaati.
- Pues no. - el rey Rober se echó a reír al ver el pálido rostro de Link. Se levantó, sirvió dos vasos con coñac y le tendió uno a Link. El chico lo tomó, pero no se atrevió a beber. - Por supuesto, antes de enviar a Aganhim, mandé a un espía a que averiguara cosas sobre ti. Había escuchado relatos de unas hazañas extraordinarias, relatos que ahora creo; y también que eras un chico interesado por la literatura, la música y la magia; con aficiones tan sencillas como cabalgar y otras un poco más complicadas... como eso de la "luminografía". Altea también es aficionada a leer, como bien sabes, y también le gusta escribir, montar a caballo, navegar como a sus padres, en fin... Haríais muy buena pareja. Yo soy viejo, y dentro de poco ya no estaré en este mundo. Mi único deseo es ver a mi nieta feliz, casada con un buen hombre que esté a su altura.
- Yo... - Link se bebió de un trago el vaso. Era la primera vez que tomaba coñac, y al principio le supo a rayos. Mientras se le pasaba el picor de la garganta, no pudo evitar recordar al mercader que le propuso a su hija como futura reina. Entonces, aunque le provocaba cierto embarazo, sabía que podía librarse con facilidad. Sin embargo, se estaba enfrentando al temido Rey Rober. - Me siento halagado, señor. Lady Altea es una muchacha fantástica, y debo confesar que siento un gran aprecio por ella. Pero...
- Pero¿hay otra persona? - el rey consiguió que Link se pusiera aún más rojo y encima le entrara tos.
- Sí, digo no, digo... - Link evitó la mirada de Rober todo lo que pudo. - Lo siento, pero creo que de momento ambos somos muy jóvenes para hablar de matrimonio, señor.
- Yo no quiero que te cases con ella mañana mismo, eso sería una locura. - Rober se echó a reír. - Solo quiero un compromiso. Pero entiendo que es precipitado. La propuesta está hecha, y ya me darás una respuesta firme cuando puedas. - El rey sirvió otro poco de coñac en el vaso de Link. - Cuando mi hija me dijo que se iba a casar con... bueno, con él. - el rey ocultó el gesto de disgusto. - tenía tu edad (¿17 años, cierto?). Nunca olvidaré la seguridad con que me dijo: "Padre, le quiero y nos casaremos con o sin su permiso". - El rey alzó la copa de coñac en dirección a Link, proponiéndole un brindis. - El amor verdadero es así. No hay dudas ni "sí, digo no". ¿Me explico?
- Con claridad, señor. - Link chocó el vaso y bebió a la salud del rey de Gadia.
El coñac se le había subido un poco a la cabeza, y por ese motivo, Link consideró que debía despejarse un poco antes de ir a su aposento. Cruzó el largo pasillo, encontró unas puertas que conducían a un jardín, y salió al exterior.
La noche era suave y templada, gracias al aire que provenía del mar. El lugar estaba iluminado por los débiles rayos de la luna, y también por algún farol encendido, clavado en el suelo. Link observó la decoración: unos bancos de piedra abrazados por los grandes ramajes de árboles, coronados con flores enormes de color violeta. Eran ellas las que despedían un olor dulzón, que Link supuso que ahuyentaría a los mosquitos. Caminó hasta la terraza, y contempló el paisaje nocturno. El mar era de un brillante color añil, con ondulaciones de espuma, el cielo sin estrellas y la luna reflejaba en el agua su sonrisa burlona.
Sintió un ruido a su derecha, y, sobresaltado, se giró, ya con la flauta en la mano. ¿Cómo se le ocurría salir solo, después de todas las cosas que le había pasado? Sin embargo, estaba a salvo.
Era Tetra quién se había acercado hasta colocarse a su lado.
- Hola. - La muchacha se cerró el cuello de la lujosa bata de seda. - No esperaba encontrarte aquí.
- ¡Altea! - Link sonrió.- Me alegra ver que estás despierta. ¿Te encuentras bien?
- Ah, sí... Gracias a ti y a Zelda. - Tetra se acercó a la baranda y contempló el mar. El cabello rubio estaba recogido en una larga trenza, rematado con un lazo de seda a juego con la bata. Era la primera vez que Link podía imaginarla como lo que era, una princesa.
- Así que tengo el orbe de Zaeta, el que tanto estabais buscando.
Link se sorprendió. Tetra se giró para encararse con él. A la luz de la luna, sus ojos malvas casi parecían brillar como si fueran de plata.
- ¿Te acuerdas de lo sucedido con Aganhim?
- No. Te he escuchado hablar con mi abuelo. - Tetra señaló con la barbilla a un lugar apartado del jardín. Allí, había una vidriera. Link reconoció el dibujo: era la vidriera del despacho del rey Rober. - Descubrí ese lugar cuando era una cría, y desde entonces me entero de todo lo que habla mi abuelo. Normalmente suelen ser asuntos del reino, aburridos. Hoy, sin embargo, me ha parecido muy interesante la conversación.
- Tetra, no debes preocuparte. - Link percibió que la chica se había echado a temblar. El viento que soplaba del mar se había vuelto frío. Link se quitó su chaqueta y se la puso en los hombros. - No pasa nada... Nosotros no necesitamos el orbe, solo evitar que Vaati se haga con él. Te defenderemos.
- No estoy preocupada por eso. - Tetra se colocó bien la chaqueta. Le dio las gracias a Link. Luego, se sentó en la dura baranda de piedra, y Link la imitó. - Estoy disgustada, por no haber sabido antes que a mi abuelo le pasaba algo extraño. Estaba dominado por Aganhim, y yo en cierto modo me creí sus mentiras. Para mí era un hombre justo, como para todos los ciudadanos de mi reino. Pudo haberle matado y yo mientras tanto... - Tetra desvió la mirada para evitar que Link se diera cuenta de sus ojos llorosos.
- No te culpes. - Link le puso la mano en el hombro. - Yo pensé lo mismo cuando mi madre enloqueció por los poderes de... bueno, un villano. Ella murió, y yo lo único que pude hacer fue despedirme. - Tetra se giró para mirarle a los ojos. Link se sobresaltó y se alejó un poco. - Lo que cuenta ahora es que el rey Rober está vivo, y yo diría que de mejor humor que nunca.
- Tienes razón. - Tetra se limpió las lágrimas de las mejillas. Link entonces se dio cuenta de algo.
- ¿Has escuchado solo la mitad de la conversación? - Tetra negó con la cabeza; y Link añadió: - ¿Has escuchado desde el principio?
- Sí, todo... Desde eso de que te pareces a tu padre, hasta la forma en que me has rechazado como futura reina y madre de tus vástagos.
Link sintió que el coñac le trepaba como una serpiente por la garganta. Tetra fingió estar enfadada, hasta que de repente soltó una carcajada:
- Tranquilo, era una broma. No me molesta, y estoy de acuerdo contigo: los dos somos muy jóvenes para pensar en ese tipo de compromiso.- la sonrisa de Tetra le tranquilizó. - Oye, Link, puedes llamarme Tetra, no me molesta.
- Ya, pero delante de tu abuelo debo emplear tu nombre verdadero¿no crees?
- Tetra es mi segundo nombre. Mi padre me lo puso por una compañera suya que falleció en el mar. Según él, para que tuviera al menos "cuatro opciones" para escoger...
- Exactamente¿quién era tu padre? El rey Rober habla de él con cierto... - buscó una palabra apropiada, pero no la encontraba. Tetra dijo:
- Rencor. Ah, claro, eso aún no lo he explicado. Como habéis pasado tan poco tiempo en Salamance, no habéis escuchado hablar a las comadres. - Tetra se alisó la bata. Debajo, llevaba un pijama de pantalón largo y unas pantuflas de pelo. - Mi padre era un corsario.
- ¿De verdad? - Link, incrédulo, encajó todas las piezas que, durante la conversación con el rey Rober había ido juntando. Ahora se explicaba el recelo del rey de Gadia por su yerno, y lo poco que le gustaba que su nieta navegara.
Tetra se echó a reír.
- Bueno, no un pirata cualquiera, de esos que se dedican a abordar barcos y robar a los pasajeros. A él le gustaba más ir a la caza de tesoros. En uno de sus viajes por la costa gadiana, conoció a mi madre... Y bueno, ya te podrás imaginar el resto. - Tetra le guiñó un ojo, divertida. - Además, hay otra cosa que seguro que te entusiasmará saber...
Tetra sacó del bolsillo de su bata una pequeña libreta, ajada y descolorida. Se la tendió a Link, y este la tomó con curiosidad. No comprendía que podía haber de valioso o curioso, hasta que leyó las primeras frases: "La capitana "Terror de los Mares" descubre que es descendiente de una antigua familia real"
- Esto quiere decir que tú...
- Yo soy "GrandPa Smith". - Tetra volvió a sonreír. - Cuando mi abuelo me prohibió salir a navegar, empecé a escribir como quería que fuera mi vida si me dejaran ser una pirata. Ahora me parece algo infantil, pero en aquellos tiempos no tenía amigos de mi edad, y solía estar encerrada dentro por temor a que enfermara o me hiciera daño.
- Conozco lo que es eso. - comentó Link, leyendo las notas de la cuarta novela.
- Me basé en los relatos que solía contar mi padre, y también en algunas leyendas gadianas relacionadas con el mar. Escribir un libro de estos me lleva un año completo.
Hacía un poco de gracia verla con las pantuflas de pelo y la bata de seda, como una niña de buena familia, y confesar al mismo tiempo que era escritora aficionada. Link creía que el autor de esas novelas era un viejo lobo de mar, con su pipa y su barba gris. Antes de darse cuenta, se estaba riendo a carcajadas, y la princesa Tetra con él.
- ¿Lo sabe alguien más? - Link le devolvió la libreta.
- Reizar lo descubrió, y en ese momento, como tenía problemas por las censuras que Aganhim ejercía, él se ofreció para hacer de recadero. Temo que, con todos los favores que me hizo entonces, es normal que suspendiera las pruebas de caballería.
Al mencionar a Reizar, Link no pudo evitar un sobresalto. ¿Qué era exactamente lo que había visto en aquella premonición? Tetra le sacó de sus pensamientos al preguntarle:
- Link, si hubieras nacido en una familia normal¿qué te hubiera gustado ser?
- Pues yo... no lo sé. Supongo que me hubiera gustado ser mago. Y tú, pirata¿no?
- Buscadora de tesoros. - Tetra se echó a reír, llevándose la mano hacia la boca en el mismo gesto gracioso de aquella primera vez, en la biblioteca central de Salamance.
Escuchó en su mente la voz del rey Rober diciendo: "Haríais una buena pareja", y luego a sí mismo diciendo que sentía aprecio por Tetra. Al verla así, bajo la luz de la luna, después de comprobar que los dos habían llevado una vida bastante parecida, Link sintió removerse algo que hacía tiempo no sentía. Se puso colorado, y, confuso, se atrevió a pasar el brazo por encima de los hombros de Tetra.
- ¿Me habrías dejado ser miembro de tu tripulación?
- Por supuesto... Eres un buen contramaestre.
Y los dos se echaron a reír.
Oculta detrás de una columna, Zelda tuvo que apretar los puños y salir corriendo en dirección contraria, para evitar que el dolor que sentía la consumiera como una llamarada en una habitación cerrada.
Nota de la autora: Gracias por vuestra paciencia... Os dejo este capítulo el doble de largo para que lo disfruteis.
También os anuncio que, aquí, en fanfiction, también participo, junto con otros autores de fanfiction, en un proyecto de historia colectiva. Su nombre: Crónicas de Mimir.
historia trata sobre un grupo de personajes de los más diverso, que se reúnen por distintos motivos para buscar un artefacto llamado "Pluma de Oth".
