¡Hola! Es lunes con L de LOESTOYPASANDOMALPORQUETENGOELAPÉNDICEINFLAMADOYNOPUEDOCOMERDULCESPORHALLOWEENYADKSFLSODIOMIVIDA. Fuera de ello, bien, ¿vosotros? :) Me agrada saber que a este punto de la historia sigue habiendo gente que lee y comenta, y quisiera deciros que este es un capítulo muy especial, y no sólo por la extensión, sino porque es el capítulo que tanto han esperado algunos. Aquí lo traigo, orgullosa de las decisiones que me llevaron hasta aquí ;)

Sin más, respondo para que ya podáis leed:

Christine C: ¡Me alegro! :) Pues ese momento se demorará en llegar un poco. Pero shhh, no puedo decir más.

Guest: ¡Hola! ¿No era mi intención? ¡Mi intención es entretener! Así os de drama, diversión, sólo quisiera entreteneros. Así que sí, puede que haya sido mi intención (en parte, gg). Obviamente Harry debe tener una persona de confianza para él además de Tommy *se oye una maldición y la escritora se frota el brazo* Lo siento, de Tom. Y pues, puedo prometerles que aunque me demore, seguiré escribiendo... ¡juro solemnemente que mis intenciones no son buenas! ¡Nox!

Katse: ¿Lo amas? Oh, te hamo (?). Con 'h' de hamor. Porque el hamor que siento yo por mis fanses se escribe con 'h' :D Sirius, nuestro bello Sirius; merecía comprenderlo todo y unirse a Harry (eso sonó mal...) He visto en un fic donde Harry lo llamaba Voldy todo el rato. Morí x'DDD ¡Y puedo apostar que Sirius! Nada que ver con que yo lo esté escribiendo (?.

Rebe Marauder: Era algo obvio para todos aquellos que conocen a Sirius; él está donde está su corazón, y su corazón está con Harry... y con Remus. Con eso respondo tu segunda pregunta :D A mí me ha encantado que te encante.

Daniela Paglia: No hay problemas, sé que todos tienen vidas muggles fueras de aquí, incluso yo D': ¿En serio? OMFG ;u; Es maravilloso que me consideres así; aunque en mi ranking Rise of a Dark Lord está primero, luego está Renacer y luego Abandonado. x'D Subiré capítulos cada vez que me de tiempo, me están estrangulando casi :'c Y no puedo decir cuando llegará el final porque será una SORPRESA :D Besos y abrazos a ti también, cari *corazón gay*

Susy kstorena: SIRIUS ES EL AMOR DE MAI LAIFOk no. Eso le corresponde a Remus (?. JAJAJ ¿Quién quiere que Tom se ponga malito y crucie a Sirius? Yo (? por sádica y para que imponga respeto. Lo he pintado bastante buenito en este fic. ¡Sacrilegio! (?). No hay de qué :D Aquí está mi capítulo amado y hermoso.

Mar91: ¡Lo sé! ¡Ya quiero ver la nieve yo!

MaruCakes18: ¿Diabetes? UUUUH ME HE IDO A LA VERSH(?. ¿Pero te ha gustado? Eso es lo que importa :) Y no iore, no iore minina, que por más que intento yo no consigo ver cómo os emocionáis con esto... *está escribiendo un Tommarry angst aparte y llorando por eso pero no lo asume* TRIUNFO DEL MAL X'DDDDD MÁS CANON QUE MIS TETAS ME DESPOLLO X'DDDDDDDDD Tengo planeada la forma de unirlos; verdaderamente, los amo juntos. ¡Besos y abrazos endulzados! ¡Feliz Halloween!

Uchiha Ackerman Lady Murasaki: ¡Amor a los fics que nos sacan del estado taciturno y depresivo! Me alegro. Y pues... supongo que cuando Sirius lanzó la bola de nieve, Harry empujó a Tom y éste cayó al suelo, despertándose despatarrado en un incómodo, frío y duro lugar (JAJAJA). Harry duerme como yo: no se entera de nada. Bueno, yo uso fármacos para dormir, pero lo de Harry es natural (?). Sirius, sí, Harry debió confiar en Sirius antes, puedo jurar eso. Pero no le veía futuro a ese camino y por eso recién en estos momentos consiguió confiar. Bueno, todos sabemos lo especial que es Tom... :) LAS VEGAS JAJAJA. Debo hacer un especial de ello. Me alegro mucho de que mis actualizaciones te agraden ( u v u ) Pues, no puedo confirmar tus teorías ni negarlas, porque sería spoilear y no quiero (a la única que le hago spoilers es a Shuly, y me ignora x'D). Aunque sí puedo decir que algo sucederá con Tom y Snape. ¡Pero mis labios están sellados con respecto a qué! :x

Vivi Neko: (en respuesta a ambos reviews) 24: ¡Me FASCINA que digas eso sobre la relación! Aunque me han dicho que es obsesiva y tóxica, but me importa un cojón. x'DDD 25: Voldy, Ereby... me he currado con eso, jajajaja. ¡Yo también amo a Sirius! Y no puedo darte spoilers. No puedo. Lo siento :) Pero no me odiarás, si eso quieres saber; no habrán muertes injustas ni improvisadas en este fanfic. Lo juro por mi magia ;) Ese viajecito a Las Vegas... ah, muero con ello. :'3 Será feliz. Sirius merece ser feliz. Ha sido preso toda su vida: de sus padres, de Azkabán, de la casa que tanto odió... merece libertad, felicidad. Merece amor. Y lo tendrá. ¡Yay! Ya quisiera tener un padrino como Sirius C': No hay por qué, yo respondo todos los comentarios (a menos que me surga algún inconveniente)... Y pues muchas cosas del fic también se leían mejor en mi mente y las terminé por publicar igual x'DD Pues no nos acercamos exactamente al final, es que yo voy algo adelantada y voy escribiendo cercana al final... Y habrá On the way out para mucho, mucho tiempo más. ¡Saludos! ;3

Muchísimas gracias a todos por vuestros hermosos reviews. Me alegran completamente :'3

Quisiera deciros a todos: ¡DULCE O TRUCO! y lanzaros un par de hechizos, dejarme: ¡Rictumsempra! ¡Levicorpus! ¡Serpensortia! Serpiente, saiisaahhhseiiisajjj. (en pársel: "enróscate en los brazos de los lectores"). Ahora, ¿me daréis dulces o no? NO ME IMPORTA NO PODER COMERLOS, LOS COMERÉ DESPUÉS *les roba los dulces y corre*.

Bien, me he desmadrado. Madurez, vuelve aquí. Te necesito para cosas más serias.

Quisiera avisaros a todos que este fic es slash por algo: relaciones entre dos hombres. Si no os gusta, estamos en el capítulo 26, no sé que hacéis aún por aquí...

Sin más, ¡leed!


26. Sentir.

"Neville:

Espero que no te resulte extraña esta carta. Te la enviaré vía Fleance, la lechuza de Cylean, no porque algo malo le haya sucedido a Hedwig, no, si no porque Fleance es veloz como ella sola, y necesito una respuesta vía flú (estoy en Grimmauld Place, como sabrás) o vía lechuza con la mismísima Fleance porque es urgente.

El treinta y uno de diciembre es una fecha especial. Hoy, veintiocho, he comprado un pequeñísimo regalo para Cylean que no alcanza a la semejante necesidad que me consume. ¿Qué es el treinta y uno? Supondrás que se trata de nuestro primer mes o algo así, suficientemente banal como para preocuparme. Pues sí, has acertado, mi querido Neville (y no puedo escribir mucho la palabra 'querido' porque parece que Cylean huele cuando la escribo, ya que suele aparecer de improvisto…). Necesito consejo de mi gran amigo Neville.

(No que no aprecie el consejo de Ron en caso de que éste fuera a dármelo, pero tampoco voy a pedírselo, vamos; ¿te das cuenta de lo que le hace a Hermione, y voy a pedirle consejo? No, no, gracias).

He pensado en una serie de regalos para Cylean. Ninguno se compara con el anterior, claro, porque ninguno es tan absurdamente estúpido como el anterior. Estoy bloqueado. No tengo la menor idea de qué regalarle a Cylean y menos aún de cómo aceptará algún tipo de obsequio; podría ser atrevido y arriesgarme, no por nada soy un Gryffindor, pero me encuentro incapaz de dar el primer paso. Necesito consejo, Neville. Consejo de alguien que sé que tiene los mismos problemas para dar el primer paso.

(No creas que no me he dado cuenta de las miradillas que lanzas a la mesa de Slytherin. Soy demasiado viejo y tengo demasiada experiencia con mirar a hurtadillas como para caer en un truco tan viejo como 'tengo algo en el ojo').

¿Qué me aconsejas, Neville? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo comprar?

Si sirve de algo decírtelo, el obsequio que he comprado hasta el momento y que pienso arrojar por la ventana tan pronto entre en estado histérico (que pasará pronto) por encontrarlo demasiado humillante es una cadena. Una cadena con una serpiente (ya sabes, el Patronus de Cylean) que es lo único que pienso utilizar la noche del treinta y uno de diciembre. Supongo comprendes eso.

Consejo, Neville. Consejo.

Cariños,

Harry".

Era veintiocho por la noche, casi medianoche, cuando Neville sintió que su ventana era picoteada y fue a abrir. Leyó la carta de Harry con ojos entreabiertos y dejó que una carcajada brotara de su garganta al leer la desesperación y nerviosismo de su amigo. Harry estaba completamente loco, pero bien, era su amigo loco.

La lechuza —un ave de color pardo claro, con una corona de plumas que parecían una peluca vieja— ladeó la cabeza y Neville la invitó a pasar.

—Ven, Fleance, ven.

Fleance voló desde la ventana hasta su brazo. El chico encendió una vela con un fósforo junto a su mesa de noche y a la luz de la vela recorrió la habitación hasta su escritorio. Deseando tener ya mismo los diecisiete años para hacer magia fuera del colegio encendió varias velas más y tomó una pluma y pergamino.

"Harry:

No desesperes. Estaremos en contacto más pronto de lo que crees.

Sinceramente,

Neville".

Neville envió a Fleance y el ave le picoteó en los dedos con cansancio antes de lanzarse a la noche cerrada. El chico suspiró. Mañana mismo hablaría con Harry.

El veintinueve de diciembre Neville se trasladó desde la Casa Longbottom en Cornwall hasta Londres en flú, y desde Londres hasta el número 12 de Grimmauld Place caminando y tocó el timbre. Su abuela, miembro de la Orden, le había revelado el lugar y no le fue difícil verlo o encontrarlo.

Era temprano, apenas las nueve de la mañana, y había madrugado. Sentía ojeras en el rostro por haber despertado a medianoche, pero nada que no pudiera arreglar.

Sirius Black abrió la puerta. Neville había visto de Sirius fotografías en el profeta, y una fotografía de él cuando era joven en la que estaba con su padre y su madre y los padres de Harry en una reunión de gala, pero aquella era la primera vez que le veía en persona. Le sonrió.

—Usted debe ser Sirius Black.

Sirius le lanzó una sonrisa casi mordaz.

—No me trates de usted. ¿Quién eres?

—Neville. Neville Longbottom —Neville le sonrió de lado a Sirius, y vio como la aflicción pasaba por su mirada—. Antes que nada, no se disculpe, ¿está bien?

—¡No me trates de usted! —protestó Sirius, moviéndose de la puerta para que pasara—. Adelante.

Neville se adentró en la oscura casa, estremeciéndose por la temperatura fría y el aura mágica que se le escurría entre los dedos y le erizaba los cabellos de la nuca. Era un muchacho muy sensible a ese tipo de cosas desde que tenía memoria, aunque sin los libros necesarios no habría podido manejarlo y habría acabado enloquecido; por ese mismo motivo supo que, recorriendo ese pasillo y bajando unas escaleras, se encontraban Harry y el profesor R, y probablemente el profesor Lupin. Recordaba bastante bien las esencias mágicas cuando las había sentido tanto tiempo.

Vio de reojo como Sirius guardaba la varita bien en la manga y luego de echar una mirada al exterior cerraba la puerta.

—No es seguro venir en el pleno día —regañó Sirius, mientras avanzaban por el pasillo siendo seguidos por corrientes oscuras manando de todas las esquinas—. ¿Por qué has venido?

—Harry tenía que hablar conmigo. Luego, si no le molesta, usaré el flú para irme entrada la tarde.

—Que. No. Me. Trates. De. Usted —siseó Sirius, moviéndose hasta quedar frente a Neville—. ¿Tú lo sabes?

—¿Saber qué? —Neville alzó una ceja.

—Nada —Sirius esquivó la mirada de Neville—. Yo sólo decía… Harry está saliendo con…

—El profesor R —dijo Neville, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué?

—Oh, lo sabes —Sirius sonaba extrañado—. Bien, pasa. Están desayunando. ¿Quieres desayunar algo?

—Ya desayuné en casa, gracias señor —Neville se escabulló antes de que Sirius pudiera maldecirlo por no tutearlo.

Se adentró en la cocina recibiendo algunas miradas sobre él y sonrió, tentativamente.

—¡Neville! —Harry le miró con una sonrisa ancha que le ocupaba todo el rostro. Estaba sentado muy junto al profesor R, cuya esencia mágica se agitó en torno a él, turbulenta y siniestra, para envolver al chico mientras se paraba. Harry se estremeció sin dudarlo unos instantes, casi sin darse cuenta, para ir tras Neville y chocar las manos—. ¡Has venido!

—¿Cómo no hacerlo? —Neville le guiño un ojo—. ¿Cómo estás?

—Desayunando —respondió amargamente el profesor R—. Hola, Longbottom.

Neville le sonrió al profesor.

—Hola, profesor R.

Sintió, como cada vez que lo veía, como la magia de Cylean Rousseau —oscura, pesada a un modo casi asfixiante— le envolvía y probaba su destreza. Era un reto secreto con su profesor. El profesor R era demasiado oscuro como para su gusto general, e incluso tenía residuos de imperdonables en sus manos —Neville podía saberlo; las había visto en las esencias de sus padres— y se contuvo de hacer una mueca cuando sintió el empuje contra su propia magia. La magia del profesor R estaba reaccionando de forma violenta ante la invasión, y dejó de examinarle mientras volvía su atención a Harry.

Ah, Harry. No tenía idea de qué había sucedido, pero la magia de su amigo, que antes se tornaba como un hogar en calma, ahora reaccionaba extasiada. Era gris, dócil y amplia, y se movía en torno a él como una sombra. Neville le sonrió ampliamente a su amigo.

—¿Creíste que te respondería una miserable carta que me mandas por primera vez en todo el año? Esto merecía una visita en persona —le cuchicheó, muy bajo, y el rostro de su amigo pasó de ser alegre a avergonzado.

—Ya, Neville, lo siento —se disculpó—. ¿Quieres desayunar?

Neville negó.

—Anda, termina. Tenemos que ir de compras.

Luego se volvió a ver al profesor Lupin, sonriendo de lado.

—Hola, profesor Lupin. ¿Cómo está?

—Me encuentro muy bien, Neville. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?

Neville, completamente congraciado con el profesor, le sonrió ampliamente.

—Realmente muy bien, profesor. ¿Usted?

—Ya no soy tu profesor, Neville, puedes llamarme Remus —el hombre lobo le sonrió. Había ese aire salvaje en su esencia que a Neville conseguía incomodarlo y causarle curiosidad al mismo tiempo. Si bien era algo que se veía solo con los ciclos de la luna, su magia se volvía inestable y salvaje mientras más cercanos a la luna llena estuvieran. No sólo había cambios en él, en su magia también. Neville se había cuidado mucho de no decírselo, no quería incomodar al pobre hombre.

—Bien, Remus. ¿Les molestaría si me llevo a Harry de compras hoy? Tenemos algunas cosas que hacer, y sería mejor que hubiera gente cuidando por la reputación de Harry de meterse en problemas, ya sabéis —hizo un ademán con la mano, como si todo estuviera contado. Harry se atragantó con su té. Neville rió.

Remus sonrió.

—Claro, ¿por qué no? —miró a Sirius—. ¿Tú vienes?

—Obviamente —dispuso Sirius, con cierta expresión enfurruñada—. Cylean también…

—No —Neville endureció el rostro—. Si no es molestia, profesor R, preferiría que le diera un poco de espacio a Harry. Podréis arreglaros más tarde juntos, pero un poco de espacio a solas con unos amigos estaría bien, ¿no le parece?

Sintió como si la magia de su profesor se oscureciera aún más. La magia se desató, furiosa, extendiéndose por toda la habitación y Neville sintió el vello de los brazos ponerse de punta. Era el único que podía sentirlo.

Pero Cylean Rousseau sonrió falsamente.

—¿Por qué no? Podría quedarme mirando algunos libros. Un día tranquilo, para variar.

—¿Insinúas que no soy tranquilo? —atacó Harry. El profesor R rió.

—No lo insinúo. Lo dejo en claro.

Harry le sacó el dedo del medio que, para desgracia suya, tenía jalea de una de las tostadas. Cylean capturó el dedo y lo lamió, y Harry no fue el único que enrojeció varios tonos.

—¡Eres un…! —siseó Harry, apartando la mano como si la hubiera sacado de un caldero en llamas. Sirius estalló en estruendosas carcajadas que tenían un tinte nervioso, y Neville no necesitaba ser exactamente el lápiz más afilado del lapicero para darse cuenta que algo sucedía allí. Aparte de la tensión sexual entre su profesor y su amigo, claro. Era algo que parecía ser importante, algo de lo que el tranquilo profesor Lupin desconocía, pero que involucraba a Harry y al profesor R. Y a Sirius, o al menos en parte. ¿Qué sería?

Neville sintió la magia de Sirius antes que su mano, y pronto el hombre se estaba apoyando en él para dejar de reír.

—Vamos, déjalos desayunar. Te presentaré el lugar.

Sirius le dio un recorrido por las habitaciones y Neville sintió extraños espasmos por todo el cuerpo que intentó esconder con cada aura mágica oscura en cada uno de los rincones. La oscuridad era fuerte, terrible. Dolía en cierta forma, como una presión angustiante en el medio del pecho que conseguía que los ojos se le cargaran de lágrimas. En algún momento, Sirius Black se dio cuenta.

—¿Te encuentras bien, Neville?

Él asintió.

—Sucede que… —negó—, no, no es nada. Esta casa es muy… oscura.

La expresión de Sirius era inescrutable.

—Lo sé.

Sirius no hizo ninguna pregunta y cuando fueron a la sala Harry ya estaba allí. Estaba completamente abrigado para internarse en la nieve y Neville vio el gozo en las facciones de Sirius al ver que el profesor R tenía una expresión desalentadora. Neville sabía que lo que el profesor de Defensa sentía por Harry iba más allá de un simple amorío: era obsesión, una forma de verlo que iba más allá de un simple romance. El profesor estaba enlazado a él de una manera que su magia reaccionaba con tenerlo cerca: se envolvía y lo apresaba, se unía a la magia de Harry de forma que podrían parecer una sola del más gris plomizo con el gris perlado. Oscuridad y sombras, tensión y poder, fracciones de segundos en que las miradas decían más que las palabras combinados con las marcas de mordiscos en el cuello de su amigo cuando llegaba por las noches a la Sala Común. Todo era oscuro, todo se envolvía de esa forma que le pegaba la lengua al paladar y le dificultaba pronunciar palabra alguna.

—Estoy listo, Neville —le sonrió Harry cuando estuvieron frente a frente. Cylean reclamó la atención de su novio con un tirón de cabello.

—Despídete.

—No nos veremos por unas horas, no por varios años —se quejó Harry, pero procedió a depositar el más dulce de los besos sobre los labios del rubio. Neville se aclaró la garganta cuando Cylean le sujetó del rostro y le abrió los labios con la lengua; Harry se apartó sonriendo, pícaro, con una expresión entre perversa y avergonzada.

Después de todo, aunque Harry se encontraba actuando como una dulce flor en ciertas ocasiones, Neville sabía que no lo era. Su amigo tenía una oscuridad comparable con la del profesor, aunque de una forma diferente. Siempre de una forma diferente.

—Sirius, Remus —Harry les sonrió a los hombres mientras se ponían sus abrigos. Era ropa muggle, y Neville se alegraba de tener algo de ropa de ese tipo que había pertenecido a su padre tantos años atrás.

Neville decidió no decir nada de la extraña magia que rodeó a Harry por unos minutos, y tampoco del destello que brilló en la cicatriz de su amigo por unos segundos, antes de que Harry sonriera con picardía y le dirigiera a su pareja una mirada tranquilizadora. Otro rayo de luz —Neville casi se había acostumbrado a verlos; tenía la teoría de que se trataba de algún tipo de hechizo hecho por su profesor para comunicarse mentalmente con Harry, y que Harry también sabía utilizarlo, aunque desconocía su origen— y allí se despidieron con una mirada que lo decía todo.

Algunos podrían decir que era amor, pero Neville sabía que era más que eso. Era necesidad, poder, afecto, posesión. Pero, ¿amor? Dudaba mucho que alguien con el aura mágica de Cylean Rousseau pudiera sentir amor alguna vez en su vida. Incluso, si pensaba en ello, se sentía mal por Harry y quería decírselo. Pero algo se lo impedía, porque decirle a Harry lo que veía y sentía era revelar sus poderes, y le había prometido a sus padres —cáscaras vacías de lo que alguna vez habían sido— que lo mantendría en secreto, ya que los mismos poderes que tenía él los habían tenido sus padres, y por aquel motivo la Cruciatus había tenido un destino tan fatal para ellos: la magia oscura había encerrado y destrozado sus mentes y sus sentidos.

Pasó la amargura con un trago de su propia saliva y palmeó la espalda de Harry mientras se dirigían a la puerta.

El aire nevado le golpeó en el rostro y Neville se sintió feliz de haber traído su bufanda de Gryffindor, y decidió no decir nada sobre la bufanda verde opaco de Harry, enroscada en su cuello y cubriéndole la barbilla. Era una bufanda que claramente no era suya, no sólo por la esencia que desprendía, sino porque Harry tenía muy pocas cosas color verde. La enemistad con Slytherin causaba muchos más problemas de los que cualquiera querría ver.

Se internaron entre callejuelas y esquinas hasta llegar a una zona comercial. Harry, tan pronto estuvieron entre las multitudes, se volvió hacia su padrino y su amigo.

—Sirius, Remus, ¿podréis darme un poco de espacio? —pidió, con voz suave—. Quiero comprar unas cosas con Neville… unas sorpresas. ¿Va?

Remus sonrió y Sirius hizo una mueca.

—Harry, nosotros debemos… —comenzó Black, y Neville sintió la magia del hombre avanzar hacia ellos como si quisiera atraparlos y mantenerlos ocultos. Harry le sonrió ampliamente a su padrino.

—Dudo mucho que Voldemort sepa dónde estamos. Y de todas formas, dudo mucho que ataque ahora —fue como si Harry le recordara algo a su padrino, y Remus no fue el único que se dio cuenta de que algo importante se estaba perdiendo allí. Sirius asintió suspirando.

—Vale. Lunático, caminemos por aquí. Mientras estén cerca…

Harry le guiñó un ojo a su padrino. Remus se acercó a él y le apoyó una mano en el hombro.

—Cuídate, Harry —pidió de corazón. Harry asintió.

—Serán unas horas. Nos encontraremos al principio de la calle en cuatro horas, ¿vale?

—Tres —negoció Remus, frunciendo ligeramente el ceño. Harry rodó los ojos.

—Tres y media —suplicó, como un niño pequeño que está negociando hasta que hora quedarse despierto. Neville sonrió con una mezcla entre ternura y burla.

—Vale —Remus sujetó del brazo a Sirius—. Anda, Sirius. Vamos a que te pruebes veinte pantalones de cuero diferentes y al final no compres ninguno.

Neville no tenía idea de por qué aquella mirada traicionada en el rostro de Sirius, pero la ignoró para ocuparse en Harry. Se despidieron con la mano y se alejaron unos cuantos metros entre la multitud, internándose entre las filas de tiendas con escaparates coloridos, decorados con árboles de navidad y lucecillas. Era demasiado extraño; Neville reconocía la navidad desde que comenzó a asistir a Hogwarts. Su abuela celebraba el Yule y ese tipo de tradiciones. De todas formas, había aprendido a gustarle.

—Entonces, ponme al tanto de las cosas, Harry —pidió Neville, casualmente, mientras observaban el escaparate de una tienda de zapatos. Harry observaba con los ojos entrecerrados unas botas de plataforma demasiado alta, y Neville casi podía ver la imagen de su profesor enfundado en esas botas.

—Me alegra que hayas venido a verme, Neville —dijo Harry, dirigiéndole una sonrisa—. Necesitaba ayuda. De verdad que la necesitaba.

Neville le guiñó un ojo.

—Y para eso soy tu amigo, ¿no?

Harry le palmeó la espalda.

—¿Vamos a alguna parte?

—Un lugar más cálido estaría bien —sugirió Neville, y se introdujeron en una tienda de ropa para fingir que iban a comprar. Neville había traído dinero, pero eran galeones, y dudaba mucho que los muggles aceptaran gigantescas monedas de oro como pago. Se lo dijo a Harry.

—No te preocupes, tomé unas cuantas libras —sacó de su bolsillo algo de cuero, alargado y grueso y le enseñó papeles. Billetes, recordó que se llamaban. Eran bastantes, aunque no sabía el valor que tendrían. Asintió y le enseñó una camisa, fingiendo que estaba interesado en ello.

—Yo creo que la cadena con la serpiente es buena idea —musitó Neville mientras le alcanzaba una camisa gris. Harry le miró con escepticismo.

—Bromeas, ¿verdad?

—No bromeo. Es orgulloso, arriesgado y le gustará la idea. Tenlo por seguro.

Harry rodó los ojos.

—Pensaba pedirle ayuda a Sirius o a Remus, pero iba a ser demasiado humillante. Sirius intentó volver a darme "la charla"… desde cuarto que no mencionaba nada al respecto —Harry suspiró mientras tomaba una camisa roja de la percha y se la apegaba al pecho por sobre la ropa—. ¿Qué dices?

—Creo que al profesor R le gustará más el verde —le alcanzó otra camisa de un color más oscuro que el de la bufanda que su amigo llevaba—. Si quieres agradar al profesor R, claro.

Harry sonrió débilmente.

—No te veía como consejero de modas, Neville.

Neville rió.

—Puede que tenga un gusto discutible, pero sé unir las cosas en su sitio —esperó a ver la mirada incrédula de Harry para decirle, con una sonrisa—. ¿Estás seguro de lo que piensas hacer? Después de lo que te ha sucedido… creo que es un gran paso.

Harry se sobresaltó.

—¿Después de lo que me ha sucedido? —preguntó, alzando ambas cejas. Neville le dio una sonrisa intentando infundirle ánimos.

—Harry, por más que lo parezca, no soy idiota. Tu negativa de acostarte con tu novio hasta hace unos meses era total e irrevocable, y te ponías nervioso con sólo una sugerencia. Podías bromear al respecto, sí, pero no era lo mismo… tenías un tinte nervioso en la voz, no creas que no me doy cuenta. Por suerte no lo comenté con Hermione y ella ha estado muy ocupada para darse cuenta por sí misma. Puede que no sea el lápiz más afilado, Harry, pero reconozco los signos cuando los veo.

Harry agachó la mirada unos instantes. Neville se acercó a él para oírle hablar en un débil susurro.

—¿Desde hace cuánto lo sabes?

—Desde que dijiste algo así como que sabes lo que es el dolor. Y supe qué era lo que te sucedía.

Harry apretó los labios.

—Yo… no creas que no confiaba en ti, Neville, pero tampoco se lo he dicho a Hermione ni a Ron, y menos a los demás, sólo no podía, yo… —Harry comenzó a balbucear y Neville le chistó.

—Chist. Calla. No te preocupes, Harry. Es… una situación horrible, créeme. No lo sé de primera mano pero he leído sobre el tema desde que supe lo que te había sucedido. Por eso, que estés dispuesto a dar un paso así, es señal de que eres fuerte. Muy fuerte. No muchos podrían.

Harry le sonrió.

—Eres realmente un buen amigo, Neville.

Neville también le sonrió.

—Lo sería más aún si tú confiaras en mí, y todos podríamos ayudarte si confiaras en todos nosotros. Sé que no somos exactamente el grupo más unido, y menos aún desde que estás con el profesor R (no lo tomes como una ofensa, Harry, pero es la verdad), pero podremos ayudarnos entre nosotros. ¿O acaso no recuerdas la serpiente que conjuramos en la cama de Dean Thomas cuando engañó a Ginny? No cuenta como ayuda, pero sí fue bastante bueno para ella verlo correr gritando en calzoncillos de leones… ¡Por Merlín, no sabía que se fabricara ropa interior con logos de casas de Hogwarts!

Harry rió. Neville le sonrió de lado, intentando animarlo.

—Se lo he dicho a Cylean —susurró Harry, tocándose la bufanda como si recordara algo desagradable—. Él me ha dicho que tendría paciencia conmigo. Pero yo… yo también quiero estar con él, Neville.

—Demasiada información, gracias —Neville compuso una expresión asqueada digna de un Malfoy. Harry le lanzó un manotazo consiguiendo que ambos rieran—. Bueno, Harry, si estás seguro de ello… ¡Te ayudaré!

—¿Tienes experiencia en ello, Neville? —preguntó Harry, entrecerrando los ojos. Neville se encogió de hombros.

—Tengo un "amigo" por correspondencia. Es alguien de Hogwarts, y un Slytherin, pero no tengo idea de quién es.

Los ojos de Harry se abrieron como platos detrás de sus lentes.

—¿Qué? ¡Neville, debiste habérmelo contado!

Neville rió.

—¿Qué somos, niñas de tercero hablando de los chicos que nos gustan? —Neville buscó entre la hilera de camisas una blanca y de la puso en la cabeza y agudizó la voz—. ¡Oh, Harriet, estoy pensando en casarme de blanco la semana próxima con mi amigo Slytherin por correspondencia! ¡Que sí, claro que me gusta, es divino, pero aún no sé quién es! ¡Oh, Harriet, amiga mía, estoy tan frustrada!

Harry estalló en carcajadas.

—Basta, Nev. Estás llamando la atención.

Neville detuvo sus risas y burlas para mirar a Harry con los ojos bien abiertos.

—Harry…

—¿Qué?

—Me llamaste Nev —había una sonrisa floreciendo en los labios del chico. Harry le miró confundido.

—¿Te molesté? Lo sient-…

—No, Harry. Es que nunca nadie me había dado un apodo. Estoy que flipo —Neville le sonrió ampliamente a su amigo—. Volvamos a lo que importa. Pruébate estas camisas y te hablaré en los probadores.

Harry observó la pila de camisas que tenían en las manos. Una roja que descartó de inmediato, dos verdes —una lisa y la otra con cuadros de verde más claro y líneas grises— dos blancas, dos grises. Bufó y tomó una de cada antes de dirigirse a los probadores.

Separados por una cortina Neville comenzó a contarle a Harry.

—¿Querías saber de mi "amigo" por correspondencia? —oyó el "¡Sí!" desde el otro lado y comenzó a contarle—. En octubre comencé a recibir cartas anónimas. La firmaba "el chico de Slytherin" y estaban llenas de halagos y cosas así. Que me había convertido en alguien que valía la pena, pero que me había visto cuando yo era invisible y todo ese rollo. Las guardo en mi baúl. Cuando volvamos al colegio te las mostraré.

—¿Y se las respondiste? —Harry salió del probador con la camisa verde a cuadros. Tenía la piel expuesta de gallina y Neville le acomodó el cuello de la camisa.

—Esta te luce genial —decidió—. Y sí. Al principio no sabía cómo responderle, pero luego ubiqué a la lechuza y le hice que le llevara cartas a su amo. Me costó bastante.

—¿Cuánto es "bastante"? —preguntó Harry, metiéndose nuevamente tras la cortina para probarse otra.

—Unas cuantas semanas. Mientras tanto, cada tres días, puntualmente, me llegaba una carta.

—¡Oh, ya recuerdo! —la voz de Harry era fuerte y potente, y Neville tuvo que chistar para que bajara el volumen del tono—. Es esa lechuza parda con pechera casi negra. Creí que eran cartas de tu abuela.

—Mi abuela tiene a Fox, ¿recuerdas? Es la vieja lechuza de papá. Está vieja, y es bastante torpe, pero abuela se niega a comprar otra.

—¿Cuántos años puede vivir una lechuza? —preguntó Harry, curioso. Neville se encogió de hombros, aunque su amigo no podía verlo.

—Unos veinticinco, treinta años. Ya debe estar en sus últimas.

Harry salió con la camisa gris y Neville volvió a acomodarle el cuello. Harry resopló.

—¿Sabes, Nev? —comentó, con una sonrisa pícara—. Eres muy maternal.

—Claro que sí, Harry querido —Neville endulzó la voz de forma que sonaba con una dulzura tan falsa como la de Umbridge. Harry le sacó la lengua y volvió a meterse en el probador para salir con la camisa blanca. Tenía el cuello y los puños de color negro, y los botones también de ese tono. Neville le tocó el pecho con la punta del dedo—. Esta. Definitivamente esta.

Harry se miró reflejado en los espejos. Si bien era delgado, el largo de la camisa le hacía lucir más alto, e iba bien con los pantalones que estaba usando. El chico asintió y Neville vio cómo su magia se agitaba, conforme.

Era tan extraño como la magia de uno podía estar tan enlazada a los sentimientos y emociones.

—Entonces —Harry se inclinó hacia él mientras pagaban las dos camisas que iba a llevar: la verde a cuadros y la blanca y negra—, ¿dices que podría usar el colgante… y nada más?

Neville asintió.

—Podrías buscar un lugar especial. No que sea algo cursi, porque no os veo de ese rollo, pero podéis… bueno, el profesor R debe tener algún lugar propio… ¿podrías pedirle que te llevara allí?

—Creo que mejor expulsaré a Remus y Sirius de la casa —comentó Harry, pasándole los billetes necesarios a la vendedora de la caja—. Sería mejor así.

Neville le acomodó a Harry la bufanda antes de salir al aire invernal. Se congelaron hasta entrar a otra tienda, esta de zapatos. Harry pasó de largo todos hasta encontrarse con unas botas acordonadas de caña alta que salían bastante caras, por lo visto, pero el dinero que su amigo tenía parecía ser más del que pedían. Neville notó que Harry intentaba vestir de otro tipo de manera: desde que Sirius le compraba cosas vía Remus o algún Auror que conviviera con él, y desde que él mismo dejaba de preferir las cosas usadas de su primo, había un cambio. La ropa que le calzaba como un guante le hacía ver alto, delgado y cargado de vida como nunca antes.

Tal vez tenía que ver con Cylean, pero Neville no quería pensar en que aquel hombre con tanta oscuridad fuera tanta luz para Harry, a pesar de que era más que obvio.

—¿Qué tienes pensado hacer, exactamente? —preguntó Neville mientras la vendedora de la tienda buscaba botas de la talla de Harry. Harry lo pensó unos instantes, su rostro adquiriendo una mirada pícara.

—Pensaba pedirle a Dobby que prepare algunos dulces y tenerlos en mi habitación. Cylean duerme en otra, pero a medianoche siempre se cuela en mi cama. Entonces, iba a ser yo quien se colara en su cama.

Neville puso los ojos en blanco.

—Eso es muy básico hasta para ti, Harry. ¿Dónde ha quedado el valiente Gryffindor que ha vivido miles de aventuras?

—No han sido miles —Harry hizo un puchero. Lucía terriblemente adorable—. Y tú también has hecho aventuras.

—Y yo, siendo cortejado por un Slytherin, estoy demostrando que soy un digno león.

La vendedora de la tienda se acercó con la caja de las botas y ambos guardaron silencio mientras Harry se las probaba. Caminó unos pasos, probando su ajuste, e hizo varios movimientos de tobillo y de puntas para comprobar que le sentaran bien. Accedió a comprarlas y la vendedora le guiñó un ojo. Harry aprovechó para comentar, con voz pícara:

—Tengo novio.

El color del rostro de la mujer pasó de ser sonrosado a rojo en un instante. Balbuceó una disculpa y se retiró con torpeza.

Neville le dio un golpe en la cabeza.

—¿Sabes, Harry? Hay veces que eres insufrible.

—Es parte de mi encanto.

Ambos amigos rieron mientras iban a pagar. Luego de ello a Harry le quedaban algunos cuantos billetes, pero por la expresión de su rostro Neville supuso que no era suficiente para comprar otra cosa. Ninguno contaba con que las botas saldrían tanto.

—Anda, Nev. Te invito a un café. Conozco un buen lugar.

Neville fue guiado con toda familiaridad por un laberinto de tiendas y galerías hasta introducirse en un pub de aspecto oscuro. Al entrar sonó una campanilla, anunciando nuevos visitantes.

Las paredes estaban cubiertas de libros de arriba abajo, y no sólo de libros: había magia en el aire. Detrás de una afilada barra se encontraba una mujer castaña leyendo un periódico, rodeada de una poderosa magia turbulenta, contenida. Neville, no sin sorpresa, reconoció al Profeta en sus manos.

—Hola, Andrómeda —saludó Harry, llamando la atención de la mujer que sonrió afablemente—. Él es Neville Longbottom. Vinimos por un café y un poco de tarta de melaza.

Andrómeda frunció el ceño.

—¿No deberían estar Sirius y Remus con vosotros?

—Deben estar a una tienda de distancia, insultando entre dientes porque me metí en más callejones de los que ellos conocen.

Andrómeda rió.

—Vamos, sentaos. Os invita la casa.

—No, Andrómeda. Yo pago —Harry observó la mirada atenta de la mujer y sonrió de lado, pícaro—. Insisto.

Ella alzó las manos al cielo.

—Como quieras, Harry. Lleva a tu apuesto amigo a algún rincón para hablar. ¿No es eso lo que hiciste aquí ayer con el profesor Rousseau? —alzó las manos y abrió y cerró comillas—. "Hablar".

—¡Por supuesto que hablé con él! —Harry se llevó la mano al pecho, actuando ofendido—.Y Neville es un buen amigo mío, nada más.

Ella sonrió.

—Sé que nunca engañarías a tu querido profesor, Harry. Pero tal vez él no lo sabe. Ha venido aquí antes a decirme que os pusiera un ojo encima si llegabais a apareceros por aquí. Y no creo que haya sido pensando en vuestra seguridad.

Neville se encontró riendo con Harry. Pensar que alguien como Cylean Rousseau estaría celoso de alguien como él mismo era flipante.

—En fin, Harry —la mujer le sonrió afectuosamente—, toma asiento. Ya sabes qué hacer si quieres privacidad.

—Ven, Nev —Harry le llamó con un movimiento de mano y Neville fue tras él hasta una mesa al fondo. Eran mesas redondas y de madera, sin manteles. Las rodeaban sillones bajos que hacían recordar a Neville al aula de Adivinación, y se estremeció ligeramente al pensar en la esencia de ese lugar en específico.

Harry tocó el centro de la mesa que tenía un pequeño círculo de madera más oscura. Lo acarició con el dedo y Neville pudo ver —y sentir— la magnitud del encantamiento de privacidad que los rodeaba. Ahora sabía por qué no había notado a nadie, mágico o no, al entrar al lugar: todos estaban envueltos en aquella barrera protectora individual de cada mesa. Neville sintió la magia de la mujer haciendo efecto allí, y supo que sólo ella podía ver a sus clientes como si ningún tipo de protección privada les rodeara.

También se dio cuenta de por qué Harry había escogido ese lugar: allí podrían tener toda la privacidad que desearan.

—¿Conoces a Nymphadora Tonks? —preguntó Harry, mirándole a los ojos. Neville asintió: había oído hablar de ella—. Ella, Andrómeda, es su madre. Además es prima de Sirius. Tiene este local para juntar algo de dinero muggle… Ella y su esposo, Ted, viven como muggles, lo que supongo es una ofensa para la familia Black.

Neville apretó ligeramente los labios, intentando no llevarse por su línea de pensamientos. Con la edad que Andrómeda tenía, fácilmente podría ser la hermana de Bellatrix, lo que no le dejaba muchas buenas ideas respecto a la mujer. Pero Sirius era primo de ella, tanto de Bellatrix como de Andrómeda, y era un buen tipo. No debía prejuzgar.

—Es una idea muy interesante —extendió la mano ligeramente para atravesar el campo privado y sentir la magia en su piel. Era una intrincada línea de humo brillante, rodeándolos, envolviéndolos. Sólo ellos podrían oírse… ellos, y Andrómeda, pero la mujer no parecía muy dispuesta a escuchar a hurtadillas, además de que estaba demasiado lejos como para hacerlo.

—¿Qué haces, Neville? —preguntó Harry, siguiendo la línea de su mano, buscando que qué cosa estaba haciendo su amigo. Neville sintió ganas de darse la frente contra la mesa.

—Oh, nada… —se encogió de hombros mientras meditaba en silencio unos instantes. Él sabía muchos secretos de Harry, los guardaba, ¿por qué no debía Harry saber un secreto suyo? Él también lo guardaría—. ¿Puedo contarte un secreto?

—Adelante. Será un secreto —Harry se inclinó hacia él y Neville pasó saliva antes de hablar.

—Eh… este… puedo sentir la magia.

Harry parpadeó y sonrió.

—Estás bromeando.

—No bromeo, Harry —Neville lo pateó por debajo de la mesa, frunciendo ligeramente el ceño—. Desde que era pequeño. Mis padres… ellos también podían hacerlo. Mi madre aprendió a hacerlo, pero lo de mi padre era de nacimiento, al igual que mi abuela. Ambos podían ver, sentir, la magia. Yo siempre pude hacerlo, aunque abuela me dijo que debía mantenerlo en secreto. Pero he buscado unos cuantos libros y estoy aprendiendo a manipularlo. Antes… no sólo era mi torpeza lo que me dificultaba hacer las cosas, sino la concentración de magia. Me desestabilizaba. ¿Y recuerdas en primero, cuando la escoba me sacó volando? Era porque aún no conseguía controlar mi propia magia y la magia de la escoba fue muy fuerte para mí. La magia… todo era visual, sensitivo, ¿sabes? Y me confundía muchísimo. Recién el año pasado busqué unos libros… hablé con el director, que me dio acceso al área restringida de la biblioteca para buscar sobre lo que me sucedía. Encontré cómo controlarlo, y estoy aprendiendo a utilizarlo.

Mientras Neville iba hablando la expresión de Harry varió. Primero pareció herido, luego consternado, y finalmente la euforia lo envolvía.

—¡Vaya, Neville! ¡Eso es genial! —no había nada actuado en la voz genuinamente maravillada de Harry—. ¡Eso debe ser maravilloso!

—No creas, Harry —Neville suspiró—. Tiene sus desventajas. Eso fue lo que llevó a la locura a mis padres.

La expresión de Harry cambió abruptamente.

—Oh, Nev, lo siento, no quería decir…

—Tranquilo, Harry —Neville le sonrió—. Estoy bien, ¿sabes? Bien. Yo… creo que no podía vivir en su sombra. He decidido que dejaré sus guerras y buscaré las mías propias. He… madurado, supongo, y aprendido a ver en mis errores, en los errores de todos. Yo, bueno, supongo que los amo después de todo, son mis padres, pero es más el peso de saber que no están lo que me ha llevado a avergonzarme mucho tiempo. Y ahora seguramente dirás que no es una vergüenza que tus padres estén… así —su rostro se afligió por un momento y Harry extendió la mano para darle un apretón en la suya—, pero yo lo sentía. También sentí despecho, claro. Eran mis padres y no estaban. Pero comencé a darme cuenta de que ellos lo hicieron para protegerme, para proteger mi futuro, para proteger sus creencias. Yo… no seré la sombra de mis padres, no por más tiempo. He decidido avanzar.

Harry tenía una expresión solemne, pero conmovida. Le sonrió ligeramente, una mueca apenas, pero a Neville le infundió una calidez inesperada. No había hablado de ello con nadie. Bueno, había hablado con Luna, pero Luna era… diferente. Era una chica, en primer lugar, y además tenía una forma diferente de ver las cosas; diferente incluso a otras chicas de su edad. Pero hablar de ello con Harry era liberador.

—Supongo que no soy quien para decirlo, pero, estoy orgulloso de ti, Neville.

El chico sintió que sus ojos ardían por un momento y su pecho se infló. Consideraba a Harry su amigo. Por eso, aquello significaba tanto para él.

—Vaya, chicos. Aquí tienen. Café, tarta de melaza. Si quieren más solo pidan —Andrómeda irrumpió el momento dejando tazas de café humeante y dos grandes porciones de tarta de melaza en un platón de porcelana con caramelo. Lucía casi tan buena como la que preparaban los elfos domésticos en Hogwarts, y también llevaba un poco de crema junto a un borde. Harry aceptó los cubiertos y le dio un sorbo al té. Neville, al ver la crema, también aceptó los cubiertos.

Neville probó el café y la tarta, y se relamió de gusto. Estaba exquisito. Luego se inclinó hacia Harry para, preguntar, como si nada:

—Harry, ¿el profesor Rousseau es un Mortífago?

Harry casi escupe su café.

—¿Qué? —se limpió la comisura de los labios con la manga del abrigo—. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, puedo sentir y ver la magia. Y la de él es demasiado oscura. Es de un gris turbulento y plomizo que pasa a negro cuando está rodeado de oscuridad, como en la casa de tu padrino. Es… siniestro.

Harry endureció sus facciones. Se inclinó hacia él y susurró:

—Y si así fuera… ¿qué?

Neville se encogió de hombros.

—Son tus decisiones, Harry. Tú también debes escoger qué lugar luchar, qué pieza defender. Eres el chico que nunca tuvo opción. Tiene sentido que quieras involucrarte en algo que has decidido por mérito propio por primera vez.

Harry sonrió de forma cálida.

—Bueno, entonces, supongo que puedo contártelo —se inclinó aún más sobre la mesa—. Cylean no es un Mortífago.

Neville alzó una ceja. Harry continuó.

—Cylean es la mano derecha de Voldemort.

Él, frente a Harry, ni siquiera se asombró. Esperaba algo como eso.

—Me sorprende que el director no lo supiera, o no ponga cartas en el asunto.

—Es una historia muy larga —suspiró Harry—. ¿Tienes tiempo?

—Tenemos una hora más —le recordó Neville, y Harry comenzó a contarle.

Desde que comenzó, Neville supo que no era la verdad. Harry era muy malo mintiendo e inventando historias, e incluso podía sentir como su magia se retorcía, nerviosa por el engaño que estaba cometiendo. Pero le siguió la corriente, apenas herido por la desconfianza de Harry. Sus motivos tendría.

Sintió rabia por el director y su forma de no hacer nada, sintió rabia por la familia de Harry, sintió despecho y desprecio por los Aurores que habían secundado a Dumbledore en el arte de hacer olvidar a los jóvenes lo que le habían hecho a su amigo. Pudo ver partes verdades y partes mentiras entre las narraciones de sus primeros encuentros con Cylean, y sobre la forma en que Harry había acabado transformado en un doble espía o algo similar al trabajo que efectuaba el profesor Snape, miembro de ambas Ordenes, pero solo siéndose fiel a sí mismo. Se sintió incluso de acuerdo con el pacto de seguridad que había llevado Harry con Voldemort, aunque le causó nerviosismo que su amigo estuviera tan cercano a ese hombre como para estrechar su mano, teniendo en cuenta de que había intentado matarlo toda su vida.

Cuando Harry terminó bebió de un trago lo que quedaba de su café, ya frío, y atacó su porción de tarta con hambre. Les quedaban menos de cinco minutos para comer y marcharse al inicio de la calle a encontrarse con Sirius y Remus.

—Entonces, eso sucedió —Neville suspiró en su cuello y le dirigió una sonrisa—. No puedo decir que apoyo tus decisiones, pero son eso, Harry. Tus decisiones, tuyas, y de nadie más. Si así es lo que quieres… bien por ti.

Harry sonrió.

—Gracias, Neville.

Se volvieron para marcharse al mismo instante en que las figuras de Sirius y Remus entraban por la puerta del pub. Ambos fijaron la vista en los chicos, que ya habían salido del escudo de privacidad, y les sonrieron.

—Vaya, nosotros veníamos por algo para entrar en calor —dijo Sirius, acercándose a ellos y a Andrómeda—. Hola, prima.

—Hola, Sirius. Me alegro mucho por tu libertad —ella le dedicó una sonrisa cálida—. ¿A dónde irán estos chicos después?

—A casa, por supuesto —respondió Sirius, sonando ofendido. Remus le dio un empujón ligero y Sirius suspiró—. Acompañaré a Neville a casa de su abuela. Harry irá con Remus a casa.

Neville observó la mirada en el rostro de Harry. Había ligera decepción allí, aunque no sabía qué la causaba, y decidió mejor no preguntar. Sería mejor así.

Se despidieron en la puerta de Grimmauld Place. Neville, del otro lado de la calle, agitó la mano hacia Harry y le gritó algo así como "Nos veremos en el colegio, ¡escríbeme!" y Harry rió antes de ser tragado, junto con Remus, por el aura oscura de la casa. Era increíble lo que los muggles se perdían, se dijo Neville, mirando como la magia oscura y poderosa trepaba las paredes y se elevaba hacia el cielo como un halo. Era tenebroso, truculento y ciertamente maravilloso.

—Ejem —Sirius Black se aclaró la garganta de forma grave para llamar su atención. Neville se volteó y le sonrió ligeramente—. Sujétate de mi brazo. Nos apareceremos cerca de la casa de Augusta. ¿Aún tiene esas barreras anti-aparición en la casa?

Neville asintió y se sujetó al brazo del padrino de su amigo. Un tirón seguido de un "¡Crack!" y todo giró —la magia que lo rodeó fue poderosa, potente, embriagante— y pronto Neville veía como se erigía la mansión Longbottom, lo único que él recordaba haber llamado hogar —aparte de Hogwarts, claro.

Sirius Black le dejó frente a los portones de su casa y se aseguró de que entrara. Luego, con una sonrisa extraña, le revolvió los cabellos. Neville no supo por qué dijo lo que dijo, pero cuando lo hizo, hubo un sentimiento especial allí:

—Gracias por cuidar de Harry, Neville. Pero ahora deberás cuidarlo más de ahora en adelante.

Neville intentó preguntarle algo, pero los portones de hierro de la mansión se cerraron y con otro crack Sirius Black se desapareció, dejándolo en amplios jardines y desolación.


Harry entró al número 12 con una extraña sensación de liviandad. También se sentía ligeramente descompuesto, pero aquello era una consecuencia de haber sido sincero —o casi— con alguien tan cercano. En menos de una semana había revelado la verdad a dos personas que quería y no había sido rechazado por ello. Ahora haría falta a Remus, pero tenía una idea del peso que significaría aquello para el profesor Lupin: después de todo, su novia era un Auror. Sería difícil para él ocultárselo.

Remus dio un apretón en los hombros.

—¿Cómo pasaste el día? —preguntó, cálidamente, mientras se dirigían a la sala.

Harry levantó sus bolsas.

—Compré un par de cosas.

El hombre lobo rió.

—Me doy cuenta. ¿Os habéis vuelto locos escogiendo o ha sido algo más tranquilo?

—¿Qué, me crees Sirius? —burló Harry, sacándole al hombre una carcajada—. Si mal no recuerdo, era él el que iba a comprar diez tipos de guantes de cuero de dragón para usar con su motocicleta y finalmente acabó comprando una peluca rubia.

Remus rió, recordando aquellos momentos de su juventud. En particular era una anécdota muy divertida que Harry se sabía del tipo de cosas que Sirius Black le repetía en sus noches buenas.

—Ha sido entretenido, después de todo —y Harry no supo si su ex profesor se refería a aquella situación o a la tarde de compras. Después de todo, asintió—. Bien, Harry, aquí te dejo. Quedé con encontrarme con Tonks. Tiene la matalobos preparada.

Harry recordó que esa noche era luna llena. Tal vez por ese motivo Remus se veía tan desmejorado, aunque sabía disimularlo de una manera fantástica.

Se despidieron allí. Remus no había ni siquiera alcanzado a quitarse la chaqueta nevada porque ya se estaba marchando. Entonces, allí estaba. A solas con Tom… porque Tom, si mal no recordaba, le había prometido estar en la biblioteca esperándolo. Una sonrisa curvó sus labios. Ah, Tom.

Primero pasó por su habitación a dejar los bolsos. Se quitó el abrigo y lo arrojó descuidadamente sobre la cama. Hizo lo mismo con el sweater marca Weasley que había utilizado, con la bufanda de Tom y quedó en camisa. Mientras avanzaba por el pasillo hasta la biblioteca veía la luz del sol extinguirse lentamente en el día nublado. Era la primera hora de la tarde, pero eso no quitaba el hecho de que estaban en invierno, y los inviernos eran fríos y oscuros en Londres.

Harry no tocó la puerta al entrar a la biblioteca. Tom, luciendo como Cylean, le fulminó con unos ojos fríos mientras cerraba de un golpe el libro entre sus dedos. Era un grueso tomo encuadernado en cuero negro que lanzó polvo a ambos lados al ser tratado con tanta brutalidad. Harry retrocedió un paso.

Tom estaba enfadado. Podía sentirlo.

No era exactamente dolor en la cicatriz, hacía tiempo que todo había dejado de ser dolor en su cicatriz. Era como un sentimiento que no era suyo, corroyendo sus venas lenta y tortuosamente, subiendo y bajando por todo el cuerpo al igual que la sangre. Tom estaba enfadado. Y cuánto.

El hombre dejó delicadamente el libro sobre la mesa ratona junto al sofá y se levantó para eliminar la distancia entre ambos. En todo momento sus ojos no habían abandonado su rostro, su mirada fría seguía siendo la misma. No era un juego. No era una broma.

—¿Fue entretenida tu salida con Longbottom? —preguntó, gélido. Harry asintió, envalentonándose.

—Sí, realmente entretenida.

El clima del ambiente se podía cortar incluso con un papel.

—¿De qué hablaron? —inquirió Tom, con un tono de voz incluso peor que le gélido: falsamente dulce. Le hacía recordar a Umbridge, en cierta forma. Le daba escalofríos.

—De todo y de nada. ¿Por qué? —intentó fingir inocencia. Ya se imaginaba lo que vendría… aunque no había forma de que les hubiera oído a menos que…

La sonrisa fría y hueca de Tom le puso el vello de punta.

—¿Por casualidad no mencionaste que yo era un Mortífago? Oh, no, déjame recordar —se llevó la mano a la frente, suspirando, con falsa frustración—. "El segundo de Voldemort".

Harry apretó los labios antes de escupir un "bastardo" en voz baja. Guardó silencio e intentó controlar su genio.

No pudo.

—¿Me seguiste? —siseó.

—Puse un encantamiento en la bufanda que te di para poder oír lo que decías —no parecía arrepentido en lo más mínimo—. Necesitaba tener un control sobre la situación.

—¡Control sobre la situación! —gritó Harry, fuera de sí—. ¡No era una maldita situación! ¡Era una jodida salida con un amigo!

—Era una situación en la que mi compañero se ve a solas con otro muchacho de su edad próximo a convertirse en peón de la Orden del Fénix a seguir por los pasos de sus padres.

Harry soltó una risa histérica, discordante.

—¿Todo esto fue por celos? —preguntó, con indignación—. ¡Por Merlín, Tom! ¡Paso más horas al día con Draco Malfoy que con Neville Longbottom y no estás celoso de Malfoy! ¿Por qué estar celoso de Neville?

Harry iba a seguir hablando cuando fue arrastrado hasta una pared. Su espalda golpeó con fuerza y todo el aire se escapó de sus pulmones a la vez que una mano se aferraba a su garganta.

—Que te quede claro, Potter —siseó Tom, directamente en su oído, con una voz que era oscura en la oscuridad, espesa y poderosa—. No estoy celoso. Comprende eso. Tú… me… fallaste.

Lo soltó. Harry se frotó el cuello.

—No le dije que tú eras Voldemort —Harry se mordió el labio, sintiendo cómo su pecho se doblaba y su corazón latía demasiado fuerte—. No le dije… le dije que eras un Mortífago, y por Dios, Tom, es sólo Neville. No le dirá a nadie.

—Yo no estaría tan seguro —Tom aún seguía cerca de él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, pero tan distante emocionalmente que dolía—. ¿Por qué confías ciegamente en él? ¿Por qué crees que no te traicionará? No debes fiarte de nadie, maldita sea. ¿No te das cuenta que estamos en peligro? ¿No te das cuenta de que cada paso que damos es arriesgarnos? No sólo se trata de la jodida aprobación de tus amigos, de tu padrino, del jodidísimo director, ¡se trata de nuestra posición! Longbottom podría hablar. Se iría de boca, y todo se iría al caño. Todos mis planes se irán al traste por culpa de un mocoso que no supo guardar un miserable secreto.

Si Harry hubiera podido retroceder más, lo hubiera hecho. Pero con la espalda contra la pared no pudo hacer nada. Le ardían los ojos y deseó que fuera efecto del polvo del aire. Sentía la garganta cerrada con un nudo poderoso.

—Lo siento —siseó Harry, tragándose su orgullo—. No pensé en eso… Neville siempre ha sido un buen amigo para mí. Pero… No creo que él sea capaz de decir nada. Él es mi amigo.

—Valoras mucho la amistad, Harry —Tom pasó a su lado, mirándole con frialdad—. Cuando te den una puñalada por la espalda, sabrás que yo te lo dije.

Tom se marchó de la biblioteca dejando a Harry hecho un manojo de nervios. Le dolía la cabeza y sentía deseos de llorar por la situación. En poco menos de cinco minutos todo se había ido a la mierda. Pero completamente.

Cuando oyó el sonido del portazo salió de la biblioteca, necesitando hablar con Tom. Era orgulloso. Pero sabía que si se enfadaba, seguramente no se resolvería nunca; Tom no era de aquellos que ceden, o piden perdón.

Echó a correr escaleras abajo y persiguió la puerta. Llegó a ver la silueta de la túnica de Tom encogerse en sí misma y desaparecer con un atronador sonido. Se quedó allí, gélido, con el corazón en la garganta y el frío filtrándose entre sus huesos.

Entonces, comenzó a correr.

Tom tenía una residencia en Londres. Sabía dónde era, él mismo le había dicho. ¿Habría ido allí? Y de todas formas, ¿a dónde más podría ir? Se suponía que tenía un solo lugar al cual acudir en caso de abandonar Grimmauld Place, en caso de abandonarlo a él.

Harry se internó en la nieve. El viento le cortaba la piel y era tarde para volver e internarse en la calidez de un abrigo. Si entraba, Sirius no le dejaría salir, por lo que echó a correr, agitándose pero por lo menos entrando en calor.

El departamento de Cylean Rousseau no quedaba lejos, pero debió esquivar automóviles, personas caminando y niños que le miraban como si estuviera loco. Posiblemente lo estaba.

Llegó a la dirección y sólo debía cruzar la calle, una calle de doble mano con bastante tráfico. Apresurado como estaba, con la adrenalina corriéndole por las venas con suficiente fuerza para volverlo irracional, se zambulló de un salto a la calle repleta de automóviles casi siendo atropellado por uno. Corrió, y estando a punto de llegar al otro lado de la calle sintió cómo una mano tiraba de su ropa y le arrojaba a la acera, a la vez que sintió el silbido del automóvil al pasar a toda velocidad donde antes había estado. Oyó el crack de los lentes al romperse y maldijo entre dientes. Quieto, sentía los músculos entumecidos y el corazón latiéndole desaforadamente en el pecho.

—¿Estás loco? —oyó una voz muy conocida, y Harry sintió ligero alivio. La voz no estaba fría y hueca como minutos atrás, y a pesar de que estaba cargada de rabia, era mejor que oírle vacío.

—Tom —Harry se levantó, con los trozos rotos de los lentes en las manos. Tom tironeó de él hasta arrastrarlo por la calle rumbo al edificio que se erigía de forma natural, con ladrillos desnudos naranjas y ventanas de marcos blancos con llamativos y bonitos balcones cargados de plantas. Le arrastró rumbo a un ascensor y una vez dentro de él (y que Tom marcara el tercer piso) sacó una varita blanca con mango en forma de hueso. Harry la reconoció.

Reparo —dijo Tom, señalando los lentes de Harry, y estos volvieron a estar como si nada les hubiera sucedido. Harry sintió calidez. Tom se preocupaba.

Llegaron al tercer piso, a la puerta B, blanca con letras cobrizas, y se adentraron al más extraño departamento que Harry pudiera haber visto nunca. Las paredes estaban completamente adornadas con posters de bandas y fotografías en movimiento, fotografías de paisajes y dibujos al acuarela sin marco, solo papeles pegados a los ladrillos que, a pesar de estar desnudos, demostraban estar cubiertos. Los muebles eran de madera clara, algunos de ellos muy viejos y otros realmente nuevos. Había un gran sofá remendado en muchos lados en el centro de la habitación frente a una mesa ratona de madera cubierta con un mantel de lana tejida. Decoraciones extrañas —muñecas rusas, monos de jade, Budas, Shivas, katanas cruzadas en una de las paredes, una planta de aspecto extraño completamente azul— hacían al lugar cargado y nada acogedor.

—Cylean tiene un gusto extraño —comentó Harry, y se dio cuenta de que estaba empapado y temblando. Tom también parecía haberse dado cuenta de ello, porque fue hacia un rincón y volvió con un tapado que más que abrigo parecía edredón. Lo cubrió y lanzó varios encantamientos sobre él: al instante, Harry estaba seco y cálido, aunque no se deshizo del abrigo.

—Este departamento no es de él, es de su hermano —explicó Tom, observándolo todo como si quisiera lanzar un Incendio sobre todas las cosas extravagantes de aquel lugar—. Thierry.

—¿Lo conoces? —preguntó Harry, siguiendo los pasos de Tom, que fue a sentarse sobre el sofá de tela remendada. Harry se sentó a su lado, a una prudente distancia.

—No, aún no tuve el… placer —la forma en que dijo la palabra le hacía ver el inmenso placer que sería para él conocer a alguien con un gusto tan extraño para fundir el mundo mágico y el mundo muggle en un solo departamento de forma que resultaba una mezcla estúpida y asquerosa de cosas—. Espero que en los escasos cinco minutos que estuviste corriendo por media ciudad, sin considerar que podrías haber utilizado el flú, hayas aprendido algo.

—¿No salir sin abrigo cuando hay nieve? —Harry intentó bromear. Tom frunció el ceño, sin embargo parecía ligeramente ablandado. Había algo diferente en su rostro, algo más crudo y emocional… ¿tal vez sus ojos brillaban un poco más que de costumbre? ¿O tal vez tenía el rostro levemente enrojecido? Harry no alcanzaba a comprender—. Vale, bien. Yo… no puedo evitar confiar en mis amigos, Tom. Ellos nunca me han fallado.

—Déjame recordarte tu cuarto año, cuando Ronald Weasley creía que habías puesto tu nombre en el Cáliz.

Harry fulminó con la mirada a Tom.

—Bueno, pero Ron volvió. Se arrepintió de su desconfianza. Él… es mi amigo ahora, pero él y yo estamos bastante distanciados. Le quiero, sí. Pero Neville… él ha estado ahí, conmigo, desde hace mucho tiempo. Siempre en silencio y guardando mis secretos. Puedo confiar en Neville. Podemos confiar en Neville.

Tom arrugó el entrecejo unos instantes. Luego, su rostro se descompuso. Harry creyó que estaba a punto de hacer una rabieta monumental como ya le había visto hacer y Tom le había dicho que los Señores Oscuros fingiendo ser profesores no hacen rabietas, sólo hacen protestas explosivas, y había sido muy gracioso, pero el rostro de Tom permaneció descompuesto y se echó hacia atrás en el sofá, tomando bocanadas de aire cada vez más grandes, y con los ojos fuertemente cerrados.

Harry jamás le había visto así.

—¿Tom? —se acercó a él, puso la mano sobre la suya, sobre su pecho. El corazón latía con fuerza resonante, demasiado rápido, demasiado fuerte—. ¿Estás… bien?

Tom le hizo un gesto con la mano. Harry esperó.

—Eres un idiota —gruñó Tom, luego de unos segundos—. Un maldito idiota. ¿Tienes idea de que…? ¿Tienes idea de lo peligroso que fue…? —estaba confundido, peleando con sus palabras. Harry le miró sin comprender. Desde que había entrado a aquel departamento se sentía completamente perdido—. ¿Acaso puedes hacerte una idea de…? No, no puedes, niñato malcriado, engreído, estúpido…

—¿Tom? —Harry se inclinó hacia él, intentando comprender—. ¿De qué hablas?

Los ojos de Tom se abrieron con fuerza. Harry intentó retroceder. Los iris estaban completamente rojos.

—¡Casi te atropellan! —siseó, en una voz oscura y amenazante—. ¡Casi te hace añicos un mugroso automóvil! —hablaba en gritos susurrados, y era más peligros que si estuviera gritando—. ¿Tienes idea de lo que me pasó por la cabeza cuando saltaste a esa calle? Me aparecí en la acera para esperarte tan pronto te vi del otro lado y de pronto, ese repugnante muggle con ese cacharro metálico acelera como si deseara pasarte por encima… —tenía las aletas de la nariz dilatadas, los ojos de un rojo furioso, las manos le temblaban—. ¡ERES UN ESTÚPIDO! —gritó finalmente—. Hoy, te arriesgas con el mocoso Longbottom de compras solos sin la protección del perro y del lobo, ¿acaso no te das cuenta de que los bastardos que tengo de seguidores están al ojo avizor en busca de algo que les haga que les tenga estima? ¡Capturar a Harry Potter y a su amiguito casi squib les pondría en alto rango! —le sujetó con fuerza de los hombros—. Le contaste la verdad a Longbottom. Bien. Confiaste ciegamente más en él que en mí. Rompiste nuestro acuerdo. Bien. Bien. Y ahora, casi como si quisieras seguir metiendo la pata, te lanzas a una calle llena de tráfico y estás a punto de ser atropellado no una, ¡dos veces! —le sacudió con fuerza, clavándole los dedos en la carne a través del grueso abrigo. Harry, perplejo, intentó calmar su acelerada respiración—. ¿Sabes lo cerca que he estado de perderte? No tienes idea de lo que he sufrido todo el puto día.

Harry boqueó, incapaz de decir algo. Las palabras se le quedaban detenidas en la garganta, e incluso le costaba respirar normalmente. Boqueó nuevamente, como pez fuera del agua, y Tom frustrado le soltó con violencia, haciéndole retroceder un paso. Se aferró de los cabellos con las manos, aún sus ojos rojos, y tembló de pies a cabeza.

Harry reconocía los síntomas. Tom estaba al borde o en el inicio de un ataque de nervios. Se adelantó y buscó las manos de Tom, enredando sus dedos, abrazándolo y abrazándose en el proceso.

—Lo siento —susurró, con la voz consternada, recuperando el habla—. He sido estúpido. Siempre lo soy, ¿a que sí? Pero hoy más que siempre. No… no sabía que te preocupases por mí de esta forma.

—¿Cómo no puedo preocuparme por ti, maldito ingrato? —gruñó Tom, arrastrando las palabras con un tono de voz bajo, tembloroso, pero a la vez más seguro que nunca—. Te amo.

Hubo silencio. A Harry, el corazón le estalló en el pecho, impartiéndole calidez por todo el cuerpo. Te amo. Las palabras eran dulces, extrañas de su boca, y Harry sabía que había una parte de Cylean en todo el asunto porque dudaba mucho que Tom realmente estuviera consciente de lo que hacía o decía debido al estado de desesperación y nerviosismo en el que estaba, pero allí, así, lo había dicho. Harry sonrió.

—Yo también te amo, Tom. Y escúchame, ¿vale? No permitiré que nada me pase, que nada nos pase. Que nada nos separe. Neville nos apoya, Hermione lo hace, Luna lo hace, incluso Ginny lo hace y está más cercana a la verdad que Neville. Mis amigos harán lo que sea para verme feliz, y estoy feliz contigo. Sirius nos apoya. Maldición, hasta el viejo chiflado de Dumbledore nos apoya, aunque quedará de cuadritos si llega a saber la verdad. No me perderás. Sólo quiero que me asegures algo.

Hubo un silencio. Tom tragó saliva y preguntó, luego, con la voz ronca:

—¿Qué?

—Yo tampoco te perderé a ti.

—Mocoso, nunca te dejaré ir, que eso te quede en claro.

—Estoy bien con eso —susurró Harry, para levantar el rostro y besarlo. Funcionaba que Tom estuviera inclinado sobre él, porque el hombre le sacaba unos centímetros cruciales a la hora de alcanzar sus labios y unirse.

Se besaron lenta y pausadamente, al principio, como una muestra mutua de cariño, de aprecio, de amor. Si bien los besos de Tom nunca tenían aquel cariño —siempre solían ser brutales, devastadores, poderosos, avariciosos— esta vez tenía ese matiz diferente. El matiz de una confesión, de un secreto a voces. Estaba completamente enamorado, realmente enamorado, y aquello no podría cambiarlo nada, ni nadie.

Tom retrocedió hasta el sofá y se dejó caer, Harry tomando asiento a horcajadas suyo. Los labios del hombre recorrieron su rostro, su mandíbula, bajaron por su cuello. Lamió la nuez de adán con la punta de la lengua, y Harry dejó que un indecoroso gemido partiera de sus labios rumbo directamente a la entrepierna de Tom.

El abrigo cayó al suelo descuidadamente y las manos de Tom, frías al contraste con la piel de Harry, recorrieron su espalda por sobre la camisa y se hundieron por debajo de la tela, acariciando pecho y espalda. Harry se estremeció, aunque poco tenía que ver con la temperatura en las manos de su pareja y más con las sensaciones que le producía tener la lengua de Tom en su cuello y sus manos explorando su cuerpo. Era diferente a todo lo que había sentido hasta el momento. Demasiado diferente.

Y diferente para bien.

Harry buscó con sus manos deshacer los botones de la camisa de Tom y, tembloroso como nunca antes, acabó por arrancarlos. La cabeza le daba vueltas. El cuerpo le ardía, febril. Todo punzaba y todo quemaba, y en contraste las heladas manos de Tom le causaban escalofríos feroces por todo el cuerpo.

La piel estuvo descubierta. Se tomaron su tiempo. No había apuro. Mientras la nieve golpeaba el vidrio de la ventana sus cuerpos se envolvían con calidez, caricias, manos que se buscan y bocas que piden por más. En algún momento Harry dio de espaldas contra el suelo alfombrado, una alfombra peluda que le hacía cosquillas en la espalda, y Tom besó sus rodillas, sus muslos pálidos, hundió la lengua y tomó posesión de aquello que podría considerar suyo. Harry se retorció preso de una conjugación nueva del verbo sentir. Las ropas habían quedado abandonadas en un rincón sobre el sofá, las manos se extendían sobre pieles desnudas y sudorosas, se veían bajo la débil iluminación de las farolas eléctricas de la calle y el fuego de la chimenea en un rincón de la habitación, demasiado lejano para ofrecerles calor pero no demasiado lejano para permitirles verse, contemplarse, amarse bajo el color dorado de las llamas.

Tom dejó que Harry envolviera sus piernas en torno a sus caderas y se dejó llevar a su interior. Primero despacio, besando los ojos cerrados con fuerza de su ahora amante, acariciándole para eliminar la tensión de su cuerpo. Se movió, primero despacio intentando acostumbrarle a tenerle, y luego aumentando de velocidad a medida que los quejidos se transformaban en gemidos, moviéndose dentro y fuera una y otra vez.

Harry dejó que su cuerpo se arqueara, sus brazos envueltos con fuerza en torno al cuello de Tom, sus bocas unidas, sus lenguas frotándose. Todo se volvía irracional y racional, ambicioso y feroz, fogoso y arduo. El placer los envolvía y los llevaba hasta el límite para que Tom aminorase el movimiento y continuara, lento, pausado, hasta que sus cuerpos volvían a llegar al borde del quiebre y todo volvía a girar.

Podrían haber sido horas, pero apenas fue poco más de media de ella cuando Tom volvió a darle al punto más sensible de Harry, Harry se curvó y gruñó, todo estallando. La estrechez se volvió tal que ni Tom pudo tolerarlo, acabando allí, dejándose caer mitad en el alfombrado y mitad en el suelo, con la respiración errática.

Fue particularmente cálido, particularmente dulce —como una caricia, una disculpa, un susurro en la oscuridad después de una pesadilla— y sencillamente ideal. Fue lo que ambos necesitaban.

Harry se volteó para volver a unir sus labios con los de Tom, encontrando con que su amante parecía demasiado satisfecho como para protestar cuando, pícaro, le mordió. Ambos rieron, risas roncas, jadeantes, se voltearon y esta vez era Harry quien se encontraba sobre el pecho de Tom con los dedos enredados en su cabello, agradeciéndole, cuando oyeron el estruendo.

La puerta estaba siendo aporreada.

Harry observó a Tom, preocupado, y éste se levantó y movió su varita para limpiar a ambos. El chico sintió frío y se envolvió en el abrigo que cerró mientras oía los golpes.

La figura de Tom se volvió difusa mientras se ponía una bata azul oscura de tela suave —Harry la reconocía de la habitación de su profesor— y entonces, cuando abrió la puerta, Harry enterró la cara en la alfombra intentando pasar desapercibido.

Sirius Black estaba allí, furioso.

—¡Maldita sea! —gruñó—. ¿Dónde está Harry?

Harry quería que un agujero se abriera en la tierra y le tragase. Sin embargo, se la arregló para responder.

—Por Merlín, ¿acaso no se puede tener privacidad?

Sirius le buscó en la lúgubre habitación hasta encontrarle. Pareció querer acercarse cuando se percató de las ropas sobre el sofá, y su rostro se descompuso como si hubiera chupado un limón.

—Oh, diablos, yo, Merlín, Morgana, no quería, es decir —Sirius comenzó a trabarse con las palabras, algo realmente extraño en él, y Tom le enseñó la puerta.

—Si me haces el favor, Black, espéranos en Grimmauld Place. Harry y yo iremos en unos minutos.

Sirius, demasiado sumiso para el gusto de Harry, asintió con la cabeza y se marchó. La poca luz de la habitación cubrió el tono rosado de sus mejillas.

Harry enterró la cara en la alfombra de nuevo.

—Si me dice algo voy a matarlo —amenazó, y Tom rió sonoramente.

—Si me dice algo a mí voy a matarlo —se acercó y lo cargó en brazos como si fuera una princesa. Harry intentó protestar, pero encontró que se le dificultaba moverse—. ¿Listo para regresar a Grimmauld? Allí estaremos mejor que aquí.

—En cualquier lugar, donde estés tú, yo estaré bien.

Tom sonrió y besó la frente de Harry, completamente conmovido.

—Entonces, estamos en las mismas.


Y aquí acaba el capítulo. Me ha costado mogollón escribirlo pero cuando le cogí la mano fluyó fácil y rápido de mis dedos, y me ha encantado escribirlo, me ha encantado leerlo, corregirlo, en fin, puedo decir que de momento es uno de mis capítulos favoritos de todo el fic. He amado darle este poder a Neville, el personaje menospreciado por categoría, y he amado las descripciones de Neville (muchas gracias a Arkantos, mi bb homohetbiaconfundido, que me ha facilitado descripciones de cómo ve a Tom y a Harry en este fic que le he obligado a leer rompiendo su categoría de fanático del Drarry), en fin, lo he amado. Así que ahora los dejo esperando tener vuestros hermosos y sentsualones comentarios; ¿qué les pareció? ¿Cambiarían algo? ¿Están de acuerdo con lo que sucedió? ¿Están a favor, en contra? ¿Queréis saber la historia de los guantes de piel de dragón y la peluca rubia? ¿O la historia de cómo Sirius se probó veinte pantalones de cuero y al final no compró ninguno? Si queréis leer ambas historias, dejad review pidiéndolas; os complaceré ;)

Adoro este fic y todo lo que conlleva. Adoro escribir para vosotros que me llenáis de alegría con vuestros reviews. Por favor, jamás dejéis de hacerlo; On the way out no sería nada sin vosotros. :'D

Os amo. No como Tom ama a Harry, ni como Harry ama a Tom, porque sólo amo a una persona de esa manera y su nombre comienza con J, pero esto no es una confesión, no, nah. Amo vuestros reviews, así que por favor dejadme sus opiniones, dudas, sugerencias, comentarios, todo lo que queráis en ellos. ¿Sí?

Muchísimas gracias a todos por leer. *inserte aquí corazón BIEN gay*

¡Feliz Halloween!

~Trick or treat till the neighbors gonna die of fright

It´s our town, everybody screm

In this town of Halloween

I am the one hiding under your bed

Teeth ground sharp and eyes glowing red

I am the one hiding under yours stairs

Fingers like snakes and spiders in my hair

This is Halloween~