Capítulo 13.- La muerte no es el final
Acceso auxiliar a los primeros niveles.
Ministerio del Tiempo post-Roa, 2018
"There are some things you can't share
without ending up liking each other,
and knocking out a twelve-foot mountain troll
is one of them"
"Harry Potter and the Sorcerer's Stone"
J.K. Rowling
Fue un instante, apenas.
Oyó las botas del soldado alemán, acercándose.
Oyó el cerrojo metálico de su fusil, sacando el casquillo.
Y esperó...
El corazón en un puño...
Un poco más...
Hasta el último momento...
Entonces Pepa se sacó la Walther y le descerrajó un tiro, primero al suyo y luego al que Reverte tenía encima.
Dos disparos rápidos, por sorpresa, que mataron a los dos últimos alemanes que quedaban en pie.
Apenas oyó los disparos de los demás, ni las voces llegando de las escaleras, porque se moría sin aire.
Logró quitarse el chaleco para poder respirar y cuando lo logró, sólo pudo pensar en Marieta.
¡Marieta!
¡Los alemanes habían venido por donde Marieta!
Olvidó a Reverte, inconsciente, a su lado.
Olvidó a José y a Piñol, levantándose doloridos.
Olvidó a los que venían con Vargas, preguntando si estaban bien.
Llegó a donde Marieta seguía tumbada en el suelo.
La pobre tenía el chaleco acribillado y una herida de bala, roja, le ponía un hilo de sangre en medio de la frente.
Marieta estaba muerta, comprendió.
- ¡Marieta! ¡Marieta, no! ¡NO!
¡Se la habían matao!
Pepa cayó de rodillas volviendo a no sentir aire a su alrededor, las caras de los soldados que iban con Vargas en borrones y sus voces, sus palabras, deshaciéndose en el aire sin que les encontrara sentido.
Luego se rompió de dolor.
Arturo olió una ostia de amoniaco antes de abrir los ojos y se encontró a un médico guaperas, de barba y rizos morenos, poniéndole sales. Parpadeó. Seguían en la gruta del Ministerio. Se oían aun voces de pelea y algún que otro tiro; se tocó la cabeza vendada, aturdido, porque dolía un cojón y medio. No se notó el chaleco, así que supuso que se lo habrían quitado; una vez un chaleco recibía un tiro, creyó recordar, tampoco era que sirviera de mucho, y por cómo le dolía el costado a él le habían metido tres o cuatro. Al menos, agujeros dentro el cuerpo, casi que parecía que no.
A través de las gafas agrietadas (su puta madre, las nuevas), vio que su médico tenía una par de cicatrices de quemaduras, dándole al careto afligido y torturado un puntito peligroso.
Se las debía calzar a pares, el hijoputa.
- ¿Qué ha pasado? -pudo preguntar-. ¿Quién coño eres?
- Me llamo Julián -contestó el otro-. Parece que los alemanes os han sorprendido y no os han matado a todos de milagro. El dibujante tiene un tiro en el culo y el abogado un hombro agujereado. Los demás bien, pero...
- ¿Qué?
- Han... Matado a la Dúrcal -explicó el tal Julián sin saber bien, parecía, cómo decirlo.
Arturo se apoyó en él y se levantó mareado sin creérselo del todo; al mismo tiempo del otro lado del túnel volvía a llegarles una ráfaga de mosquetería francesa; fue respondida por lo que parecían virotes y arcabuces de infantes de principios del XVI, quienes estaban parapetados tras los restos del gólem. Iba a advertirles de la rampa del mirador, pero ya habían puesto allí hombres con alabardas: alguien usaba la cabeza, menos mal.
- Los malos parece que siguen bloqueados al otro lado -completó el médico su informe-. Ya me contarás cómo coño habéis llenado la entrada de arena.
Arturo suspiró, rogando porque la cabeza no le explotara.
- No sé si creérmelo yo que lo he visto, así que otro día te lo cuento, doctor.
- Enfermero -corrigió Julián.
Acto seguido le pasó una pasti y Arturo se la tragó. Más cerca de la escalera y separados del intercambio de proyectiles del cuello de botella, una mujer y un hombre con pinta de haberse escapado de una feria del renacimiento discutían planes sobre un mapa sujeto en el suelo con piedras.
Cerca de ellos Arturo vio a los demás.
El enfermero le llevó a donde Vargas y Flores velaban el cuerpo de De Las Heras.
Isabel vio venir al que llamaban Reverte.
Se le puso la cara gris, debajo del vendaje blanco. Los pinches nazis les habían hecho buen roto; todos los hombres menos José heridos y la pobre De Las Heras...
¡Ay!
¡Si ya era difícil verla muerta, más difícil era ver a Flores llorar por ella!
La pobre zarca peleaba por contenerse, pero no podía; se le iba la vida en cada hipido y en cada lágrima. Murmuraba. Murmuraba rezos entre cada "Es culpa mía", que Isabel no había podido detener.
No estaba para platicar, pero tampoco pues para que la dejaran sola.
Con el pobre José Alfredo, pensó, había sido más fácil: el pobre llevaba enfermo tiempo, había tenido una vida... ¿Cómo consolarse con una niña que apenas había empezado a vivir?
- Se iba a casar con Antonio en unos meses... -murmuró Flores, los ojos perdidos-. ¡Es culpa mía!
Luego volvió a llorar.
Reverte seguía gris.
Pero el doctorcito a su lado era que estaba verde.
- No puede ser -murmuró-... Yo aun la recuerdo.
- Yo también -dijo Reverte.
Isabel no entendió.
Vio al sabio irse mientras el doctorcito trataba de curar el quemado que Flores había tenido en la frente desde el pinche lobo comehombres.
Ella no le dejó.
El tal Julián aun la recordaba, pensó Arturo.
Y él también.
Arturo sentía que algo se le revolvía allí, sin poder hacer nada; ver muerta a De Las Heras en primer plano, sin tele delante, le había dejado con las tripas por el suelo. Mierda de nuevo, de primera calidad y bien fresquita, trayendo más mierda que había tardado años en empaquetar y arrinconar al fondo de la cabeza; lo jodido no era verla muerta, sino oír a Flores llorar por ella, de rodillas, sin querer soltar el cuerpo de su regazo.
Sólo Vargas siguió a su lado, tratando de consolarla.
Observó a Piñol, a Bravo y a José, a unos metros. Bravo tenía el brazo izquierdo en cabestrillo, mientras que Piñol estaba de pie, pero con la pierna izquierda sin tocar el suelo y la corva apoyada en una roca.
A José, la cara manchada de pólvora como a todos, se lo llevaban los demonios.
- ¿Se encuentra bien? -le preguntó a Arturo cuando le vio llegar.
- Me encuentro.
- ¿Y ahora qué? -preguntó Bravo.
La mujer y el hombre que hacían planes delante de un mapa se les acercaron entonces.
- Debemos tomar aquesa sala. Controlar los umbrales Nos es vital -anunció ella. Porte regio, mirada fría-. Nos sabemos que existe otra entrada en el lado sur y más leales a nuestra causa por ella intentando entrar (*1): franquearles paso nos daría el control de los primeros niveles.
- Sería de gran ayuda saber qué fuerzas y armas guarda el enemigo dentro -añadió el hombre, un poco menos formal.
Arturo miró a los demás.
Y luego trató de evitar que los sollozos de Flores se le metieran dentro.
Trató de pensar.
Aun la recordaba.
Aun recordaba a Rocía Dúrcal de mayor.
Estaba en el Ministerio del Tiempo y bollito con hoyuelos hablaba como si controlara del tema, así que igual era como aquella Irene Larra, o como la pobre Casper; quería respuestas de gratis para seguir a lo suyo y tal. Nuestra causa, decía. Con giros del siglo XV y plural mayestático. Mejor guardarse lo de llamarla bollito, se le ocurrió a Arturo, porque el maromo a su lado tenía unos brazos que no parecían de tañir gentilmente laúdes. Prioridades. La cosa iba por prioridades. Y que bomboncete quisiera información, igual les podía sacar de aquel embrollo.
Tocaba echarle morrazo, en plan total.
- Señora... Antes de que llegaran ustedes pudimos cargarnos a dos Roas diferentes -explicó Arturo-. Nosotros y esa otra muchacha de ahí -dijo señalando el cuerpo de la pobre Casper-, quien como nuestra amiga De Las Heras no va a vivir para contarlo. No hago otra cosa que preguntarme si, puesto que parece usted saber tanto de esta casa, no sabrá de algún método para que, como con Roa, que a uno le maten tenga remedio.
Ella se llevó la mano a la cruz colgada al cuello, incómoda.
- Nos estamos aquí para proteger la Historia y aqueste nuestro Ministerio. Conocemos de sobra las fechorías del brujo judío -gruñó, molesta-, pues hemos sufrido de primera mano cuál es su poder (*2). Aborrecemos sus artes y por ello os digo, caballero, que sólo en manos de Cristo está el resucitar a los muertos.
- Mientes, guapa.
El maromo sacó una daga que Arturo sintió demasiado afilada en el cuello.
- ¿Osáis llamar mentirosa a la reina Isabel de Castilla?
Arturo hizo un gesto con la mano a los de detrás, porque le había parecido oir seguros quitándose y no estaba muy seguro de que el mozo del siglo XV captara las amenazas sutiles y modernas. Y tampoco estaba la cosa para cambiar la Historia. Isabel de Castilla. Flipa.
Bollete era Isabel de Trastámara. Y él que la pintaba de morena.
- Lo que digo es que si su Católica Majestad quiere que le hablemos de lo que hay dentro -mumuró Arturo, tratando de que la punta de la daga no le hicese un corte en el afeitado-, puede contarnos cómo hacemos para que De Las Heras viva la vida que le toca, tal y como dice la Historia -recalcó-. Lo mismo con allí, la Casper.
Silencio.
José y los otros, desde atrás, parecieron comprender de qué hablaban.
- Si nos dice cómo traerlas de vuelta -propuso José-, igual hasta entramos con ustedes y les echamos una mano.
- Estará de acuerdo Su Majestad -apostilló Piñol con media sonrisa-, en que más gente para detener a Roa no estará de más.
- Mire que quiénes somos nosotros para decidir si Dios quiere a De Las Heras viva o no -continuó David en plan picapleitos-, cuando ha sido obra del demonio el llevársela.
Isabel de Castilla los miró, los ojos entrecerrados, claramente molesta por la intromisión.
Asintió, sin parecer convencida, tras unos momentos de duda.
Arturo sintió la daga separarse de su cuello.
- ¿En verdad la Historia cambia si aquestas mujeres mueren aquí?
- Ya le digo a usted, jefa.
Ella se santiguó y tardó unos segundos en volver a levantar los ojos del suelo.
- Hágase -aceptó-. Explicad a los infantes que nos acompañan qué hallarán dentro; ayudadles a tomar la plaza y a derrotar a aquellos a los que Roa compró con oro robado (*3) y yo os diré el umbral por donde deberéis portar sus cuerpos. Lo que halléis del otro lado y lo que los que allí encontréis os pidan, de vosotros y vuestras almas dependerá.
(*1) ver: Tiempo de resistencia.
(*2) ver: El anhelo del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba.
(*3) ver: El oro a tiempo.
- ¿Qué? -acertó Pepa a preguntar.
Sus manos. Se le habían dormido las manos. No sentía en ellas el pelo revuelto de la pobre Marieta. No sentía su peso. Sólo las lágrimas cayéndole y los mocazos que Vargas secó con un pañuelo le parecían de verdad.
José se acercó a ella un poco más.
- Hay un umbral allí dentro -repitió-. Dicen que podemos traerla de vuelta si la llevamos allí.
Pepa no entendió por unos segundos.
¿Traerla de vuelta?
¿A Marieta?
¿Era posible?
Por un momento creyó que José le estaba contando un cuento para consolarla. Al ver a los demás preparar armas, de pie, esperándola, comprendió que no era así: que era verdad.
Había una manera.
Los miró. Los miró agradecida. No eran necios o inconscientes: sabían que se estaban jugando la vida por Marieta.
- ¿Qué hay que hacer? -asintió, sorbiendo mocos.
- Tomar la gruta de las puertas -resumió Piñol-; pero no nos quedan muchas balas.
Pepa asintió, mirando alrededor, logrando pensar.
Dejó a la pobre Marieta despacio, para no hacerla daño, y se levantó.
- Los alemanes trajeron las suyas -respondió, pasándose el antebrazo por los ojos-. Vamos a devolvérselas.
