Draco se sorprendió la primera vez que Harry se sentó a su lado, y no frente a él, en su mesa de la Sala de los Menesteres. Y la primera vez que Harry apoyó su cabeza en su hombro para pedirle los apuntes. Pero pronto el comportamiento del Gryffindor pasó de ser nuevo y extrañamente emocionante a pasar factura.

-No entiendo qué he hecho mal – se quejó Harry, partiendo más y más cáscaras de ligústico para añadirlas al caldero en el que estaban preparando una poción, a solas, la noche del jueves. Draco se inclinó hacia delante, observando el color y la textura del brebaje.

-Te has pasado con el tamaño de las hojas de geranio – decidió, sujetando el mango que sobresalía de dentro del caldero para remover mientras el chico añadía el ingrediente.

-Deja que siga yo – dijo el Gryffindor, agarrando también el mango. Sus manos se rozaron y Harry no hizo nada por evitarlo.

Draco quería apartarse, pero habría sido demasiado obvio, por lo que siguió removiendo, sintiendo que se ponía rojo. Harry debió de darse cuenta del cambio de color de su cara, porque se quitó el jersey y masculló:

-Uf, sí que hace calor aquí dentro. ¿No te estás asando?

Draco, que tenía puesta una túnica y estaba sudando, negó con la cabeza. Agradeció mentalmente al mundo cuando Harry no volvió a poner sus manos al lado de las de él.

-Estoy bien.

No lograba entender el comportamiento de Harry. Cuando entraba en contacto físico con él, casi parecía que Draco... le gustaba. Pero eso era imposible. Draco debía de estar imaginándoselo. Harry nunca decía nada al respecto, ni parecía darse cuenta de las reacciones inapropiadas que suscitaba en Draco. Él, de cualquier manera, no iba a quitarse ninguna prenda ni aunque se estuviera muriendo de calor. No podía permitir que el Gryffindor, ni nadie más, descubriera las cicatrices de sus brazos.

-Creo que soy un caso perdido – masculló Harry cuando, por fin, consiguieron que la poción volviera a su color normal.

-Te falta disciplina – repuso Draco. Harry hizo un sonido de queja.

-No entiendo por qué es tan importante hacer las cosas de una forma tan detallada. ¿Qué le importa a la poción si le echo las hojas cortadas en trozos de tres o de cuatro centímetros? ¿Y cómo se las arregla la gente para inventar nuevas pociones? Me los imagino en sus casas, probando a echar hojas de todos los tamaños dentro de la misma mezcla a ver qué sale de cada una...

-Existen unas normas, Potter – soltó Draco, sacudiendo la cabeza ante la incorregibilidad del chico –. Cada ingrediente, cada movimiento al remover y cada temperatura tiene una serie de propiedades que, combinadas, tienen un resultado diferente. La forma de crear nuevas pociones no es a base de prueba y error, sino de deducciones lógicas.

Harry gruñó y se inclinó hacia delante, apoyando su frente en el hombro de Draco.

-Es aburrido e insoportable.

Draco se sintió todavía más acalorado. ¿Por qué tenía el Gryffindor que actuar con tanta confianza? ¿Cómo podía no darse cuenta de lo mucho que el contacto físico le hacía temblar? Draco solo quería dejar de sentir mariposas cada dos por tres, y Harry no estaba siendo de mucha ayuda.

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El sábado por la mañana, Draco estaba tan nervioso ante la perspectiva de pasar un día entero a solas con Harry que se planteó cancelar sus planes, fueran cuales fueran. Pero no lo hizo, por supuesto, porque, aunque una parte de él odiaba lo vulnerable que se sentía con el chico, la mayor parte de su ser adoraba cada segundo que pasaba con el Gryffindor. Estar con Harry era cómodo, y hacía que la serpiente de su pecho se debilitase.

Ser amigo de Harry era lo que Draco había querido desde que tenía once años. Ahora que lo había conseguido, no estaba dispuesto a dejar que un par de emociones tontas lo arruinasen.

Cuando todo el mundo se había ido al pueblo, Harry y él se encontraron en el séptimo piso.

-¿Preparado? – dijo el Gryffindor, como si Draco ya estuviera enterado de qué iban a hacer.

Levantó una ceja. Harry puso los ojos en blanco.

-Está bien, te contaré el plan – cedió –. Tú y yo vamos a salir.

Por un momento, pensó que iba a atragantarse con su propia saliva. ¡¿Salir?! ¿Qué quería decir con eso? "Respira, Draco. Seguro que se refiere a salir de Hogwarts."

-¿Qué dices, Potter? No podemos salir a Hogsmeade, nos verán juntos – exclamó, más alto de lo necesario, para que Harry no notase cuál había sido la primera conclusión a la que había llegado.

-Ah, pero no vamos a ir a Hogsmeade – contestó Harry, sonriendo de lado –. Vamos a ir a Londres. Al Londres muggle.

A Draco se le abrió la boca.

-¿Qué? – consiguió pronunciar tras un momento – ¿Te has vuelto loco?

-Para nada – dijo Harry, empezando a avanzar hacia las escaleras –. Piénsalo. Allí podemos caminar juntos por la calle sin que nadie nos reconozca. En el mundo muggle no seremos Harry Potter y Draco Malfoy; solo dos chicos cualquiera.

Eso le hizo dudar. La idea de hacer lo que Harry estaba diciendo era ciertamente tentadora.

- Venga, lo único que necesitamos ahora es ropa y dinero muggle. Y yo tengo ambas cosas en mi cuarto. Vamos.

Siguió caminando mientras sacaba de su mochila la capa de invisibilidad. Cuando se giró para dársela a Draco, se paró.

-¿No vienes?

Draco quería moverse, pero estaba paralizado. ¿Estaba Harry insinuando que iba a llevar a Draco hasta su dormitorio, donde seguramente no habría nadie más? Harry caminó hacia él y le agarró del brazo, tirando ligeramente. Draco consiguió por fin avanzar y se cubrió con la capa de invisibilidad, y Harry le guio a través de los pasillos del castillo, que estaban prácticamente desiertos.

Tras unos minutos, se paró delante de un cuadro con una mujer gorda vestida de rosa. Draco miró a su alrededor. A pesar de que su mente racional sabía que era invisible y que nadie sabría que estaba allí, la idea de entrar en la sala común de Gryffindor le ponía nervioso. No quería meterse en problemas. ¿Y si le llevaban a juicio por hacer algo así?

-Ala de hipogrifo – pronunció Harry. Al instante, el cuadro se movió, abriendo una puerta en la pared que el chico atravesó sin mirar atrás. Draco apenas tuvo tiempo de dudar; entró por el agujero un segundo antes de que volviera a cerrarse.

La estancia era de tonos rojos y cálidos, cómo no. Aparte de eso, tenía todo lo que una sala común debía tener. Una chimenea encendida, sofás, butacas, escritorios y una gran alfombra donde, en aquel momento, unos niños de primero o segundo estaban jugando a las cartas.

Los niños saludaron a Harry, quien devolvió el saludo y procedió a ascender por unas escaleras que daban a distintas puertas cerradas. Abrió una de ellas y entró, dejándola abierta más tiempo del necesario para que Draco pudiera pasar detrás de él.

-No hay moros en la costa – dijo el Gryffindor –. Puedes quitarte la capa.

-¿Qué? – preguntó, prestando atención solo a medias. Estaba atónito. Así que aquella era la habitación de Harry Potter. Ahora ya había visto su cuarto en la casa de los Weasley y también la de Hogwarts. Y no podían ser más diferentes.

El dormitorio de los Gryffindors de octavo era algo más grande que el de los Slytherins, lo que tenía sentido, teniendo en cuenta que allí vivían cinco chicos, y no tres, como en la de Draco. También era mucho más luminoso. Los dormitorios de las mazmorras estaban bajo el nivel del suelo, y unas lámparas de cristales verdes eran su única fuente de luz. Allí, por el contrario, unas grandes ventanas ofrecían vistas a los jardines del colegio. Las cortinas de las camas eran rojas, y la cama hacia la que se dirigió Harry estaba completamente deshecha.

El chico le sacó de sus pensamientos tirando de la capa para descubrir a Draco.

-He dicho que no hay moros en la costa. Significa que no hay nadie. ¿Es que no conoces esa expresión?

-Pues claro que no – bufó Draco, cruzándose de brazos para ocultar lo nervioso que se sentía –. Será una tontería muggle.

Harry se acuclilló al lado de su baúl y empezó a sacar prendas de ropa de dentro.

-Hablando de tonterías muggles, vamos a ponernos algo que no vaya a llamar su atención, ¿vale?

-No pienso cambiarme delante de ti – replicó Draco, hablando, tal vez, demasiado rápido. Harry le lanzó una mirada extrañada.

-Ya lo suponía. Tienes ahí el baño – dijo, señalando una puerta cerrada al otro lado de la estancia.

Draco aceptó el montón de ropa que el chico le estaba tendiendo y prácticamente corrió hasta el baño y se encerró dentro, lanzando un par de hechizos a la puerta por precaución. Se desnudó evitando mirar al espejo; no estaba de humor para ver su torso lleno de cicatrices. No cuando estaba a punto de pasar el día con la persona que las había causado.

Cuando se puso aquellos pantalones flojos y aquella camiseta vieja, se dio cuenta realmente de lo que estaba haciendo. Estaba poniéndose ropa muggle. Ropa muggle horriblemente fea.

-¿Estás listo? – le llegó la voz de Harry desde el otro lado de la puerta.

-¡No! – prácticamente gritó, llevando una mano al pomo para sujetarla en caso de que el Gryffindor intentase abrirla –. Esta ropa es horrible. No pienso ir a ninguna parte así vestido.

-Oh, vamos, Draco. En Londres nadie te conoce.

-Me da igual – espetó. No podía arriesgarse a que nadie le viera con aquel aspecto, y mucho menos Harry –. ¿Quién se pondría esta ropa? Parecen harapos.

-Mi primo Dudley – contestó el chico, aún al otro lado de la puerta –, quien usa unas cinco tallas más que cualquiera de nosotros.

-No pienso salir a ninguna parte vestido como tu primo Dully – replicó.

-Dudley.

-Lo que sea.

Harry se quedó callado un momento. Luego, con tono de exasperación, contestó:

-Está bien, te llevaré a una tienda de ropa en cuanto lleguemos a Londres. Puedes ir con la capa hasta los límites del colegio y solo tendrás que estar visible con esa ropa hasta que lleguemos a la tienda. ¿Trato hecho?

-¿Quieres llevarme a una tienda muggle a comprar ropa muggle para mí? – se burló Draco –. No creo que esa gente tenga el más mínimo sentido de la moda, Potter.

A pesar de todo, Draco abrió la puerta y se escondió tras el marco para que Harry no pudiera ver las pintas que tenía.

-No lo sabrás si no lo pruebas – respondió el chico, encogiéndose de hombros –. Anda, vámonos.

No podía decir que no. Tenía demasiadas ganas de estar con Harry. Para ocultarlo, decidió meterse con el chico de la primera forma que se le ocurrió.

-¿Qué se supone que llevas puesto? – dijo con su mejor tono de burla.

-Oh, es mi sudadera Weasley – contestó Harry, imperturbado –. Molly le hace una a cada uno de sus hijos todas las navidades. Lleva regalándome una a mí también desde primero.

Draco puso mala cara. ¿Por qué era Harry tan inmune a sus insultos ese año? Incluso Pansy se ofendía de vez en cuando, y llevaban muchos años siendo amigos. Harry, en cambio, parecía no darse ni cuenta de que estaba siendo atacado. Draco se sentía desprotegido.

Volvió a hacerse invisible y atravesó los jardines de Hogwarts junto a Harry. Le daba algo de miedo que alguien se fijase en el rastro doble de huellas que estaban dejando en la nieve, pero todo estaba desierto y llegaron al límite del colegio sin cruzarse con nadie.

-Dame la mano, Draco – dijo Harry, quien hasta ese momento había caminado en silencio, mirando a un punto ligeramente a la derecha de donde él estaba –. Ya podemos desaparecernos.

Draco asomó una mano por la capa para que el chico la sujetase. En cuanto se tocaron, sintió que se ponía rojo. Menos mal que su cara seguía tapada.

Un instante después, estaba girando en el aire de forma vertiginosa y, con un sonido parecido a una explosión, apareció de nuevo de pie en medio de un callejón desierto que no estaba cubierto de nieve, sino mojado por la lluvia. La capa se le había escurrido, y su mano seguía pegada a la de Harry. La habría soltado al instante de no ser porque se tropezó, tambaleándose hacia delante. Desaparecerse siempre le hacía perder el equilibrio, lo cual era inaceptable, ya que venía de una familia de magos y debería haber estado acostumbrado.

-¿Estás bien? – preguntó el Gryffindor, inclinándose hacia delante para sostenerle. Draco se apartó.

-Sí, sí, no ha sido nada.

-Vale... – murmuró Harry, poco convencido.

-¿Vamos a comprar ropa o qué? No quiero que nadie me vea así.

-Claro.

El chico le quitó la capa y la guardó de nuevo en su mochila. Caminaron hasta la calle contigua al callejón, por la que decenas, incluso cientos de muggles estaban paseando, entrando y saliendo de tiendas, comiendo. Nadie les prestó la más mínima atención.

-¿Eso son coches? – preguntó en cuanto vio un artefacto metálico moviéndose por el centro de la calle. Había oído hablar de los coches muggles en segundo, cuando Harry y Weasley estrellaron uno contra el Sauce Boxeador.

-Sí, lo son. Y eso de ahí es un autobús – explicó señalando un vehículo rojo mucho más grande que los demás –. Vamos, busquemos una tienda. Pregúntame todo lo que quieras saber.

Draco sabía lo que era un autobús gracias al Autobús Noctámbulo, pero no reconocía la mayoría de las cosas que veía en las calles y los escaparates. Aún así, no hizo más preguntas. Le habían enseñado que las cosas muggles eran aberraciones, y no curiosidades. Que no debía actuar como un Weasley. Ahora no sabía qué creer, pero Harry no tenía por qué enterarse de sus debates internos.

Tras lo que le pareció una eternidad caminando entre muggles al lado del chico, entraron en una tienda. Draco no tenía muchas esperanzas de encontrar prendas mejores que las que llevaba puestas, pero se encontró con que había estado equivocado.

El sitio estaba lleno de maniquíes. Algunos llevaban ropa de colores blancos y negros, y otras piezas eran azul marino, gris o beis, pero no había colores llamativos, lo que sorprendió a Draco. Las túnicas de los magos solían ser de colores vivos o simplemente negras. Se dio cuenta de que le gustaba la estética de aquel lugar.

-Harry, ¿qué es eso? – susurró, señalando el conjunto que llevaba puesto uno de los maniquíes.

-Es un traje – explicó –. Pantalones lisos, camisa blanca, corbata... es un estilo elegante para ocasiones especiales.

"Me gusta," pensó. Pero no dijo nada. Su orgullo no le permitía admitir que no había tenido razón. El Gryffindor, sin embargo, pareció leerle la mente. Avanzó hasta el estante que estaba bajo el maniquí y sacó de él una camisa. Se la tendió junto con una percha de la que colgaban unos pantalones y una chaqueta pulcramente estirados.

-Puedes probártelos allí – murmuró, señalando unas puertas que tenían sobre ellas un cartel que rezaba "Probador".

Draco no dijo nada. Aceptó la ropa y levantó la barbilla, caminando hasta uno de los cubículos.

La forma en la que bloqueaban la puerta los muggles era confusa, pero entendió que tenía que mover aquella pieza metálica para que nadie pudiera abrirla desde el otro lado. Resuelto ese asunto, Draco se vistió, y después observó su aspecto en el espejo. La talla era la adecuada. La forma de su cuerpo con aquel conjunto puesto era extraña, pero no le desagradaba. Desde luego, era mucho mejor que los sacos viejos que Harry le había prestado.

Salió del probador y, al localizar a su amigo, que estaba esperando fuera, repuso, con aire satisfecho:

-He decidido que me queda aceptable.

El Gryffindor soltó una carcajada.

-Me alegro, Draco, pero nadie se abrocha el último botón de las camisas. Y deberías ponerte los zapatos.

Abrió el botón rápidamente y volvió a entrar en el cubículo para ponerse sus zapatos, que, por suerte, eran negros y combinaban con aquel atuendo. Cuando volvió a salir, le dio al chico sus prendas viejas y Harry y él se dirigieron al mostrador de la tienda.

-Se lo lleva puesto – dijo el chico al dependiente, que le lanzó a Draco una mirada extraña. Draco levantó una ceja en su dirección.

-Son ciento cincuenta y tres libras – fue la respuesta del hombre. Lo dijo mirando a Draco, como si esperase que fuera a pagar él.

Él miró a Harry, dándose cuenta, de pronto, de que no tenía dinero muggle.

-Ah, sí, yo llevo el dinero – masculló Harry un momento después, al darse cuenta del silencio incómodo que se había desatado. Sacó de su mochila un montón de monedas y papeles extraños, que le tendió al hombre. Éste le dio el cambio y volvió a lanzarles una mirada extrañada –. Bueno, gracias y adiós.

Salieron de la tienda y retomaron la marcha por la calle.

-Eso ha sido incómodo – se rio el chico, sacudiendo la cabeza. Draco frunció el ceño.

-¿Ha sido caro? – preguntó.

-No. Bueno, un poco, pero no te preocupes, tengo dinero de sobra.

-El estado de tu ropa no dice lo mismo – se burló Draco –. De todas formas, dime cuánto te ha costado en dinero normal, para que pueda devolvértelo.

-No hace falta – replicó Harry, encogiéndose de hombros.

Draco apretó los puños. No iba a permitir que Harry Potter hiciera nada por él, mucho menos pagarle algo que había sido caro. Ni lo merecía, ni era algo que un Malfoy hiciera.

-Yo también tengo mucho dinero, Potter. No necesito tu caridad – espetó –. Así que dime cuánto te ha costado para que te lo devuelva y deja de hacerte el héroe.

-Está bien, está bien. Te lo digo después; no sé hacer el cálculo de cabeza.

-Bien – asintió.

-Bien.

Después de eso, caminaron en silencio. Harry era quien estaba decidiendo en qué dirección iban, y Draco le siguió con aire desganado. En el fondo estaba muerto de curiosidad, por supuesto. ¿Qué serían aquellas cabinas rojas que había en las calles? ¿Y aquella comida extraña que una muggle estaba tomándose mientras caminaba? ¿Qué vendía aquella tienda tan grande?

Cuando Harry giró a la izquierda en la siguiente calle sin pararse a pensar ni un momento, Draco salió de su ensimismamiento y se dio cuenta de que el Gryffindor parecía saber a dónde estaba dirigiéndose.

-¿A dónde vamos? – inquirió, tratando de poner un tono de voz poco interesado.

-Supongo que ya es hora de que te lo diga – repuso él, encogiéndose de hombros –. Vamos al cine.

-Ah. Vale – se las arregló para contestar, aunque su mente había empezado a dar vueltas. ¿Al cine? ¿No era eso lo que había hecho durante las vacaciones con sus dos amigos? Sí, lo era. Y Harry había afirmado que ir al cine era algo que los muggles hacían con sus parejas. Bueno, y con sus amigos. Pero eso había sonado a que los grupos de amigos iban juntos, y no de dos en dos.

"Deja de pensar tonterías," se reprendió mientras entraban en un edificio lleno de carteles e imágenes que se movían en las paredes. Había un mostrador donde varias personas estaban comprando lo que parecían comidas y bebidas. Varios grupos de muggles estaban dirigiéndose a un pasillo con distintas puertas con letreros sobre ellas. Nadie les prestó atención.

-Pensaba que los muggles no podían hacer que las imágenes se movieran – susurró, frunciendo el ceño.

-No lo hacen con magia, sino con electricidad – contestó Harry, también en voz baja, mientras se dirigían hacia el mostrador.

-¿Y eso qué es?

-No sé explicarlo.

Se pusieron a la cola y Draco no pudo evitar mirar a su alrededor, presa de la curiosidad. El mundo muggle era sumamente extraño. Su ropa, sus hábitos, sus invenciones. Pero Harry había estado en lo cierto; allí podían ser dos amigos pasando la tarde juntos. Allí no eran un héroe y un villano. Era relajante poder huir de aquella etiqueta.

-Un cubo de palomitas y dos aguas, por favor – dijo Harry a la chica que les atendió unos minutos después.

-¿Ya tenéis entradas? – preguntó ella, llenando un cubo con unas nubes blancas extrañas. Debían de ser las palomitas.

-Oh, eh... no – masculló Harry.

-A esta hora solo emiten "Tienes un e-mail" y "Bichos: una aventura en miniatura". ¿Cuál queréis ver? – dijo con tono de voz monótono.

-La primera – repuso Harry. Miró a Draco para ver si estaba de acuerdo. Él no tenía ni idea de cómo era una película, y no había prestado atención a los títulos. Asintió sin más, fiándose del criterio del Gryffindor.

-¿Pagáis todo junto? –. Harry asintió –. Son veinte libras con cincuenta peniques.

Entraron en una sala oscura llena de asientos, Harry cargando el cubo y Draco las botellas.

Al principio, Draco no entendió nada. Los muggles de la pantalla estaban hablando de "ordenadores" y "e-mails". No quería preguntar nada, pero Harry se inclinó hacia él de todas formas y le explicó lo que eran.

-Los e-mails son mensajes escritos que la gente se envía a distancia, como hacemos tú y yo con las monedas.

-Ah – susurró él, notando un cosquilleo en el cuello al sentir la respiración del chico tan cerca de su oreja. No pudo evitar imaginar cómo habría sido si Harry no se hubiera apartado al terminar de hablar. Si se hubiera inclinado un poco más y hubiera puesto sus labios sobre la piel de Draco.

Harry volvió a acercarse a él un momento después para darle otra explicación, pero él no la oyó. Estaba ocupado obligando a su cuerpo a no tener una maldita erección en medio del cine.

Tras las explicaciones iniciales, fue capaz de seguir el argumento. A medias.

Sus ojos no paraban de volar hacia su izquierda, hacia la silueta de Harry. También estaba vigilando que sus dedos no se encontrasen con los del chico en el cubo de palomitas, que estaba en medio de sus piernas. Draco había descubierto que el aperitivo sabía bien a pesar de ser muggle, por lo que estaba comiendo algunas de vez en cuando.

Al cabo de una hora, Draco estaba inmerso en el argumento de la película; trataba de dos enemigos comerciales que eran confidentes por correo. En persona se dedicaban a discutir, solo para llegar a casa y contárselo todo el uno al otro como amigos sin saber con quién estaban hablando.

Al cabo de un tiempo, el hombre descubrió que aquella mujer era la persona con la que había estado hablando, pero ella seguía sin saber nada. "¡Díselo!", se frustró Draco. "Si le dices que eres la persona que la ha ayudado ella dejará de odiarte".

Llegó el final de la película y, por fin, ella descubrió la verdad. "Ya iba siendo hora", pensó él. Los protagonistas se besaron y la película terminó. Cuando las luces de la sala se encendieron, Draco sentía una especie de calidez en su pecho. Aquella invención muggle le había gustado.

-No puedo creer que acabásemos viendo una película romántica – dijo Harry, riéndose, cuando salieron de la sala –. Si Hermione y Ron se enteran, se reirán de mí hasta el fin de los tiempos.

Él simplemente asintió. No había estado dispuesto a admitir que la película le había gustado antes, y mucho menos tras oír a Harry reírse así de la situación. Tampoco quería pensar en el hecho de que, si Weasley y Granger descubrieran que su mejor amigo estaba viéndose en secreto con Draco Malfoy, reírse probablemente sería lo último que harían.

El estómago de Draco rugió y se dio cuenta de que era la hora de comer. Harry le llevó al restaurante más cercano que encontró, ya que se había puesto a llover.

-¿McDonald's? – preguntó con tono escéptico, echando un vistazo a través de las ventanas del local –. No tiene muy buena pinta.

-No sé, nunca antes lo he probado – se encogió de hombros el Gryffindor –. Pero tengo hambre y no quiero empaparme, así que...

Entraron y Harry pidió comida para los dos, indicándole a Draco que se sentase en una de las pocas mesas que estaban libres. Aquello estaba lleno de muggles y no parecía un lugar muy higiénico; tuvo que hacer un esfuerzo por no poner una mueca de asco al ver una mancha de grasa en la pared. Por si fuera poco, aquella estúpida música que tanto le gustaba a Harry estaba sonando de fondo.

A pesar de todo eso, se sentía bien. Allí no eran Draco Malfoy y Harry Potter; tan solo eran dos amigos pasando la tarde juntos.

Cuando terminó de comerse sus hamburguesas con patatas, Harry se levantó para ir al servicio. Draco se quedó allí sentado, cavilando sobre lo que la gente que estaba a su alrededor estaría pensando de ellos. ¿Cuál imaginarían que era su historia? ¿Qué creerían que era Harry para Draco?

"¿Qué es Harry para mí?" se preguntó. Lo cierto era que ya no lo sabía. Enemigo, conocido, amigo, o...

No, no quería pensar en ninguna otra posibilidad.

Para distraerse, Draco se puso a escuchar la música que estaba sonando en el establecimiento, tratando de entender la letra por encima de las voces de la gente y de los gritos de los niños.

See you blowin' me a kiss, it doesn't take a scientist

To understand what's goin' on, baby

If you see somethin' in my eye, let's not overanalyze

Don't go too deep with it baby

So let it be what it'll be

Don't make a fuss and go crazy over you and me

Here's what I do, I'll play it loose

Not like we have a date with destiny

"Oh, genial," pensó, maldiciendo su mala suerte. "Es una canción de amor."

It's just a little crush

Not like I faint every time we touch

It's just some little thing

Not like everything I do depends on you

Sha la la la, sha la la la...

"¡Eso es!" se dijo tras oír aquellas últimas frases. La canción definía lo que sentía por Harry. Un par de emociones tontas, nada serio, nada que no fuera a superar pronto. "It's just a little crush," la voz femenina había dicho. "Eso es lo que Harry es para mí. Un crush."

It's raisin' my adrenalin, you're bangin' on a heart of tin

Please don't make too much of it, baby

Say, "That we're forever more"

That's not what I'm lookin' for, all I can commit to is maybe

Harry volvió del baño. Mientras recogían sus cosas y se ponían sus chaquetas para marcharse, Draco oyó los últimos versos de la canción, sintiéndose mucho mejor ya que, por fin, le había puesto nombre a lo que sentía por el Gryffindor.

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Volvieron a aparecerse justo al lado de la entrada a los terrenos, Draco aún vestido con el traje que se había comprado y cubierto por la capa de invisibilidad. Siguió a Harry hacia el castillo; habían acordado caminar juntos hasta el séptimo piso para que pudiera devolverle la capa a Harry y fingir que no se habían visto en todo el día. Sus planes, sin embargo, se vieron frustrados.

-¡Harry! – llamó Weasley, quien estaba corriendo hacia ellos. Draco se quedó paralizado. El suelo estaba cubierto de una capa de nieve y, sin duda, el chico se daría cuenta si a su lado empezaban a aparecer huellas frescas sin dueño.

-¡Ron! – exclamó Harry, sorprendido. Se giró para mirar a su amigo.

-¿Qué haces aquí fuera? – preguntó el pelirrojo en cuanto los alcanzó.

-Estaba dando un paseo – mintió Harry rápidamente. Weasley pasó un brazo por encima de su hombro y se echó a caminar, contándole algo a Harry y avanzando hasta el castillo. Harry se giró para mirar en dirección a Draco una última vez antes de irse.

Draco no sabía qué hacer. ¿Debía seguirles, y ver si podía devolverle la capa al chico de forma discreta? No, no parecía una idea inteligente. Lo mejor era quedarse allí y volver al castillo cuando no hubiera nadie cerca.

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Al llegar a su cuarto, Draco escondió la capa debajo de su almohada y cerró las cortinas para que nadie viese el bulto. Cuando sus amigos volvieron del pueblo, Draco fingió que llevaba toda la tarde estudiando, y ellos se sentaron con él y sacaron los libros para aprovechar el resto de la tarde.

A la hora de dormir, aseado y en pijama, Draco se metió en la cama. "Por fin," pensó. Por fin tenía tiempo para revivir una y otra vez los acontecimientos de aquel día sin que nadie le interrumpiera.

Así que Harry era su crush. Podía con ello. Tendría que superarlo, pero podía con ello. Decidió que empezaría a evitar cualquier contacto físico con el Gryffindor y a suprimir cualquier reacción de su cuerpo.

"¿Mañana?" le llegó un mensaje unos minutos después. Harry debía de querer su capa.

"Dime una hora," contestó él.

"20:00."

"Nos vemos."

Draco se dijo que, si solo iba a tener la capa una noche, su decisión podía esperar al día siguiente. Sacó la tela gruesa de debajo de su almohada y se la acercó a la cara. Ah, que bien olía el estúpido Gryffindor.

Casi sin darse cuenta, aunque tal vez de forma más consciente de lo que estaría dispuesto a admitir, Draco se quedó dormido esa noche abrazado a la capa de invisibilidad de Harry Potter.